País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

poker mortal

1
De vez en cuando me gusta divertirme.
Ya sabéis.
No, no todo es salir de marcha, ligar con una desconocida en un bar, despertar por la mañana con una resaca de espanto y con ella al lado, sin saber cómo se llama. Cuando sucede esto, estás hecho una mierda, Dios sabe dónde, y encima la chica te parece mucho menos guapa, mucho menos de todo.
Vomitas, te vistes y te vas.
Cuando digo divertirme también es con los colegas.
Cuatro o cinco tíos, solos, dispuestos a reventar la noche.
Eso no significa que uno no pueda acabar como en el primer caso, despertando en cualquier parte, sin recordar nada, quizá con los bolsillos vacíos.
O una herida.
O un ojo morado.
Gajes, por otra parte, del oficio.
Bueno, sí, ya, mis amigos se ríen por eso de ser detective.
Creen que todos somos como los de las películas americanas. Sobre todo los de las películas en blanco y negro de los años 40 y 50, con mafiosos de medio pelo que se sabe que son los malos nada más aparecer en escena y con rubias explosivas que se sabe que son perversas antes de que abran la boca y le pidan un cigarrillo al protagonista o le encarguen seguir al marido sospechoso de montárselo con otra. Malos con matones rudos y rubias sexys con ojos turbios y labios muy, muy rojos.
La vida real no es así.
O al menos, a mí no me caen casos con mafiosos ni rubias.
Tampoco me va mal.
Soy bueno en lo mío.
Una sombra cuando sigo a alguien, un lince a la hora de atar cabos sueltos, y con un instinto a prueba de bombas. Cuando me da en la nariz algo… eso va a misa.
Olfato, se llama.
Percepción innata, lo llamo yo.
En el fondo, en la vida basta con sumar dos y dos. Solo hay dos opciones: o da cuatro o da veintidós. Sí, porque dos más dos son cuatro, pero si preguntan cuánto son dos y dos, entonces no hay suma que valga. Dos y dos son veintidós.
¿Y por qué os cuento esto?
¿Por qué me enrollo tanto?
No lo sé. Supongo que para no contaros la historia así, sin más, a palo seco.
Me llamo Valeriano.
Sí, de acuerdo, hay que joderse. Pero ese es mi nombre.
La peña opta por llamarme Val.
Os contaré lo que pasó anoche.
Venga, relajaos.
De entrada, no salí con la peña. Juan estaba enfermo, Vicente con la mujer después de la última bronca, Enrique de viaje y Eduardo pillado por una tía de bandera que amenazaba con desarbolarle los sentidos. Todos sabemos lo que pasa cuando pierdes el culo por una señora así. Es como si quisieras acabártela de golpe.
Dura poco, pero mientras dura…
Total, que salí solo, aunque fuera un palo, y me metí en el bar de Paco. Allí siempre pasan cosas, es divertido. Una noche hay una pelea, a la otra la poli hace una redada y a la siguiente a un pavo le da por coger una guitarra y ponerse a cantar. Con tal de pasar el rato y no aburrirse… También suelen ir chicas, jóvenes y maduras, unas para aprender y otras para poner en práctica lo que ya saben. Quid pro quo, ¿no? Pues eso. Yo no estaba para gaitas, lo único que quería era pasar el rato y volver a casa de una pieza. Tenía trabajo al día siguiente. Me acodé en la barra y al poco apareció Gustavo.
Nos pusimos a hablar de esto, y de lo otro, y de lo de más allá, y luego, inesperadamente, asomó la jeta Lorenzo, que nos dijo:
—Vamos a jugar al póker, ¿os apuntáis?
Gustavo es guardia de seguridad. Lorenzo trabaja en una oficina. Jugar al póker con ellos era como robarle el dinero a una anciana. Pero tampoco hablamos de una cifra con cuatro números. Todo lo más cien, doscientos, trescientos euros sobre la mesa.
—¿Quiénes son los otros? —pregunté.
—No los conoces —dijo Lorenzo—. Uno es mi primo Lucas. El otro un amigo suyo llamado Elías. Nos hace falta un cuarto miembro para la partida, aunque si os apuntáis los dos, mejor. ¿Qué me decís?
Gustavo y yo nos miramos.
Él fue el primero en encogerse de hombros.
—Por mí…
Yo había cobrado un par de casos. En otras circunstancias sabía que era mejor que ellos. Pero con dos tíos nuevos, desconocidos…
Estuve a punto de decir que no.
Pero dije:
—Bien, pero nada de pasar la noche en vela. Gane o pierda, como mucho a las dos me retiro. Aviso.
2
Nos metimos en la trastienda del bar. Paco nos dejaba hacer lo que quisiéramos allí, siempre y cuando consumiéramos. La mesa con el tapete verde nos esperaba, y encima, la baraja. Lucas y Elías ya estaban sentados. Nos presentaron. Lucas era alto, espigado. Tenía un cigarrillo en la comisura de los labios y el humo, que subía por su cara como si fuera algo pegajoso, le obligaba a tener medio cerrado el ojo de ese lado. Elías, en cambio, era el clásico tipo bajito y regordete, con escaso pelo en la cabeza y ojos vivos. El pelo que le faltaba arriba lo llevaba abajo, en la barba, espesa y cerrada. Como la mesa era grande, para seis o incluso más jugadores, nos sentamos espaciadamente. Antes de empezar Paco aterrizó dispuesto a sacarse su tajada. No es que me apeteciera, pero Lorenzo pidió directamente una botella de whisky y cinco vasos.
A los quince minutos, estábamos enfrascados en el juego.
Yo estaba sentado entre Lorenzo y Gustavo. Tenía a los otros dos delante. Mejor así, porque Lucas empalmaba un cigarrillo tras otro. Para los que no fumamos —no, no fumo, ¿pasa algo?— tener a un tipo echando humo sin parar es un coñazo. El lugar era amplio, pero con la puerta cerrada sabía que pronto se habría llenado y apestaríamos.
Incluso se lo dije:
—Fumar mata.
Me lanzó una mirada con su único ojo libre. Luego forzó una media sonrisa de ironía y no dijo nada.
Un tipo duro.
Mi mejor mano llegó a las doce menos diez.
Caray, me debí de llevar como ciento cincuenta o ciento sesenta euros.
Como imaginaba, de los dos nuevos, uno era un jugador mediocre, Elías, y el hombre-humo un jugador ligeramente más experimentado. Con su cara imperturbable todavía no le había pillado ningún gesto o rictus delator. Ganó una mano con un ful sin inmutarse. Cuando perdía tampoco hacía el menor gesto. Con un sombrero y una pistola al cinto, habría pasado por un tahúr en una película del oeste.
El cenicero ya lo tenía lleno.
La botella de whisky, vacía.
Lorenzo pidió otra.
Yo preferí no liarme.
Después de la última mano se notaba que nos estábamos animando. Eran las doce menos cinco cuando empezó la partida crucial.
¿Que cómo sé la hora? Pues porque tenía delante de mí un reloj de esos grandes y redondos colgado de una pared. Por eso lo sé.
Llevaba ganados unos setenta u ochenta euros. El que más perdía, Elías, claro.
No hablábamos mucho.
Mejor.
En ese momento, yo era el que repartía las cartas.
—Dos.
—Una.
—Voy servido.
—Yo tres.
Silencio.
—Subo veinte euros.
—Los veo y subo a treinta.
—Pues sí que…
—Yo voy.
—Tus treinta y diez más.
—Que sean cincuenta.
—Joder.
—¿Vas o no?
—Voy.
Silencio.
—Tú hablas.
—Lo estoy pensando.
—Es para hoy.
—De acuerdo. Ahí los tienes.
—Yo paso —fue el primero en rendirse Lorenzo tirando las cartas.
—¿Tú vas, Val?
Justo antes de que sucediera todo, yo estaba pensando que lo de ir de farol no iba conmigo y lo mejor era dejarlo. En el póker, locuras, las mínimas. Tenía unas cartas pésimas. Una simple pareja. Y eso que me había descartado de tres. Lo malo era que en la mesa por primera vez se superaban los doscientos euros. Gustavo era el que había subido a cincuenta. Ni loco iba a verlos. Lucas le daba caladas a su cigarrillo sin moverlo de la comisura de los labios ni cogerlo con las manos. Estaba muy pendiente de sus cartas. Elías tragó saliva y su nuez subió y bajó con estrépito. Gustavo sonreía, como si tuviera buen juego o quisiera engañarnos. Lorenzo, ya fuera de combate, se estaba desperezando un poco.
Como digo, eso fue justo antes de que sucediera todo.
La pregunta todavía flotaba en el aire.
—¿Tú vas, Val?
Yo también iba a echar las cartas sobre la mesa, como Lorenzo.
Eran las doce en punto.
Y… se apagó la luz.
Primero, me quedé como en suspenso.
Una voz dijo:
—¡Mierda!
Otra bromeó:
—¡Que nadie toque la pasta!, ¿eh?
La única luz, más bien lucecita, era la del cigarrillo de Lucas.
Una luz que, de pronto, cayó, chisporroteó y desapareció.
Hubo dos ruidos y un gemido.
El gemido era un estertor, el primer ruido el de un vaso al ser volcado sobre la mesa, el segundo el de un golpe seco que coincidió con la desaparición de la brasa del cigarrillo.
Entonces volvió la luz.
Lorenzo tanteaba en la mesa, tratando de encontrar el vaso que él mismo había volcado a oscuras. Gustavo había dejado las cartas boca abajo. Elías y yo todavía las teníamos en las manos.
El muerto era Lucas.
Muerto y bien muerto.
El cuchillo se le había hundido en toda la garganta.
—¡Coño!
—¡Sopla!
—¿Pero qué…?
—¡Joder!
Lucas había caído sobre la mesa. El golpe seco lo había dado él, al chocar su frente con el tapete y la madera de debajo. El gemido también era cosa suya, justo al penetrarle la hoja en el cuello.
Miré a los otros tres.
Instinto de poli.
Parecían perplejos, ojos muy abiertos, parálisis absoluta. Lorenzo se quedó con el vacío vaso en la mano. Elías con las cartas. Gustavo tragó saliva con tanta fuerza que pareció como si sonara un trueno lejano.
—Que nadie se mueva —dije yo.
No sé si me obedecieron o es que no podían hacerlo, porque estaban más tiesos que tres palos de banderas.
Yo no había sido, así que uno de ellos era un asesino.
Elías y Gustavo estaban a su lado, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Podían haberlo hecho fácilmente, guiándose por el brillo del cigarrillo encendido. Y lo mismo Lorenzo, arrojándole el cuchillo apuntando unos centímetros más abajo de aquel foco rojo.
¿Quién?
Todos, incluso el asesino, nos miramos entre sí.
—Yo no he sido —dijo Elías—. Todavía sujeto mis cartas con las dos manos.
—¡Yo las he dejado en la mesa al apagarse la luz, pero tampoco he sido! —afirmó Gustavo.
—Yo estaba buscando el vaso para echar un trago después de pasar —gruñó Lorenzo.
Yo no dije nada.
Alguien había apagado las luces a las doce en punto. El cómplice del asesino. Con Lucas fumando sin parar, era un blanco fácil incluso a oscuras. Un plan perfecto con cuatro candidatos. Mucho trabajo para la policía en cuanto llegase.
No pude impedir que se levantaran.
Elías fue el primero, como si la proximidad del muerto fuera a contaminarle. Puso las cartas en la mesa y retiró la silla. Gustavo le secundó al momento. Lorenzo, en cambio, hizo lo que había querido hacer un momento antes: servirse un trago de whisky.
Más bien un pelotazo, porque casi llenó el vaso.
El único que siguió sentado fui yo.
—Hay que avisar a la poli —rezongó Lorenzo pasándose el antebrazo por los labios para secárselos.
—¡Oh, Dios…! …gimió Elías.
—¡Esto nos va a fastidiar a todos! —se vino abajo Gustavo.
—La luz no se ha apagado por casualidad, ¿verdad? —preguntó Elías.
—Claro que no —dije yo—. Pero ahora eso no importa. El mismo asesino ya dirá quién ha sido su cómplice externo.
—¡Somos cuatro! ¡Pudo haber sido cualquiera! —gritó Lorenzo.
—Sí, hablas mucho tú —se dirigió hacia mí Gustavo con malos modos.
—Soy detective, recuerda.
—¿Y eso qué? ¿Los detectives no matáis? ¡Estáis tan o más podridos, como todos!
—¿Quién organizó la partida? —pregunté pasando de su comentario—. Yo ni conocía a esos dos —señalé al muerto y a Elías.
—Fue Lucas —dijo Lorenzo.
—Creía que habías sido tú —afirmó Elías.
—¿Ah, sí? ¡Tú dijiste que si jugaba Lucas te apuntabas!
Empezaron a discutir, los tres.
Uno de ellos fingía.
Y fingía bien.
Estábamos atrapados en aquella ratonera. Tocaba reaccionar. Éramos animales acorralados, no nos fiábamos los unos de los otros, pero tocaba salir, avisar a la policía y enfrentarnos a las consecuencias.
Elías fue hacia la puerta y la abrió, pero sin llegar a salir.
Lorenzo miró el dinero de la mesa, como si lamentara dejarlo allí.
Gustavo se apartó de nosotros y se puso a vomitar en un rincón.
Yo, en cambio, hice lo que menos esperaban.
Examinar las cartas.
—¿Qué haces? —gruñó Lorenzo.
—Ver vuestros juegos —dije yo.
—¿Para qué? —balbuceó Elías.
—¡Eso no se hace! ¡La partida no ha terminado! —protestó Gustavo.
Ni hice caso a Gustavo ni les contesté. Ninguno me detuvo. De pronto parecían hipnotizados.
Me moví lenta, deliberadamente, dando la vuelta a la mesa muy despacio mientras le daba la vuelta a sus juegos.
Elías tenía dos parejas. Gustavo un trío de Jotas. Lorenzo un hermoso ful de ases y dieces.
Entonces los miré de nuevo y ya no dudé en decirlo:
—Tú eres el asesino, Lorenzo.
3
En la escena del crimen, mientras los de la científica acababan de hacer su trabajo, solo quedábamos mi amigo Dan y yo.
Dan era un buen tipo. Un pies planos de confianza, inspector de la vieja escuela, minucioso y detallista. A veces chocábamos. A veces teníamos nuestros más y nuestros menos. Pero los dos aparcábamos las diferencias tratándose de la ley. A él no le gustaban mucho los detectives, porque íbamos a nuestra bola, y a mí no me acababan de gustar demasiado algunos métodos legales, que permitían a más rufianes de la cuenta salirse de rositas con sus chanchullos. Dan quería pruebas para todo. A mí me bastaba y sobraba con el instinto.
—Fuiste rápido —asintió de pronto Dan.
—Vamos, estaba cantado —dije yo.
—No presumas.
—No lo hago.
—Si hubierais salido de la habitación, tal vez el cómplice habría entrado para mover las cartas. ¿Cómo se te ocurrió ver sus juegos?
—Ya me conoces.
Dan señaló el reloj de la pared.
—Lorenzo sabía que el cómplice apagaría la luz a las doce en punto. Estaba en guardia, listo para actuar.
—Por eso dijo que no iba y tiró las cartas, como si llevara un mal juego, para no distraerse, sacar cuanto antes el cuchillo y lanzárselo a Lucas de inmediato. Lo hizo tan rápido que después volcó el vaso que tenía delante. ¿Pero quién va a pasar teniendo un ful? Es absurdo. Un ful y con todo ese dinero en la mesa.
—Le delató su juego.
—Para una vez que, probablemente, tenía uno bueno…
—Bien —suspiró Dan—. Habrá que ver el motivo. Imagino que algo viejo, de su pasado, o no se habría arriesgado a tanto si fuera un tema actual que le relacionara con él. Ya se lo sacaremos. Mientras tanto… Tú vete a casa, Val. Ya te diré algo por la mañana.
—De acuerdo —le tendí la mano.
Nos la estrechamos con fuerza.
Antes de salir de aquella habitación miré por última vez a Lucas, el muerto.
Chasqueé la lengua.
—¿Ves como fumar mata, amigo? —rezongué.