henry james
adinaI Habíamos estado hablando sobre Sam Scrope alrededor del fuego —conscientes, todos nosotros, de la norma de mortuis. Nuestro anfitrión, sin embargo, había permanecido en silencio, un poco para mi
alas rotasI Consciente como era de lo que había entre ellos, aunque, tal vez, menos consciente que nunca de por qué, a aquellas alturas, tendría que haber algo, difícilmente habría supuesto que pudieran est
compañeros de viajeLa Última Cena de Leonardo en Milán es indiscutiblemente la pintura más impresionante de Italia. Parte de su inmensa solemnidad se debe sin duda a que es una de las primeras grandes obras maestras
cuatro entrevistasSolo fueron cuatro las ocasiones en que la vi, pero guardo un vívido recuerdo de las mismas: ella causó en mí una profunda impresión. Me parecía muy bonita e interesante: una encantadora muestra d
daisy millerI En el pueblecito de Vevey, en Suiza, hay un hotel particularmente confortable. De hecho, allí abundan los hoteles pues el entretenimiento de los turistas es el negocio del lugar que, como muchos
de grey, un relato románticoCorría el año 1820, y la señora De Grey, tal como dicen en Irlanda (y también fuera de allí), había cumplido sesenta y siete primaveras. No obstante, seguía siendo una mujer atractiva y, lo que es
de una clase especialCalifico esta historia de caso asombroso en su género: tal vez, en realidad, el mejor de cuantos he tenido oportunidad de conocer. El género es, además, es el más grande de todos, el registro en e
diario de un hombre de cincuenta añosFlorencia, 5 de abril de 1874 Me dijeron que encontraría Italia enormemente cambiada; y en veintisiete años hay mucho espacio para los cambios. Pero para mí todo sigue tan perfectamente igual que
el alquiler fantasmaTenía yo veintidós años y acababa de salir de la Universidad. Podía elegir libremente mi carrera y la elegí sin ninguna vacilación. A decir verdad, más adelante renuncié a ella de un modo no menos
el altar de los muertos1 Sentía el pobre Stransom un desagrado mortal hacia los pequeños aniversarios, y aún le desagradaban más cuando tenían pretensiones aparatosas. Las celebraciones y las simulaciones le eran penosa
el árbol de la ciencia1 Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un juicio comprometedor sobre la obra, como era
el arte de la novelaNo habría puesto yo un título tan amplio a estas pocas observaciones, que por fuerza están faltas de perfección, sobre una materia cuyo estudio pleno nos llevaría tan lejos, de no haber creído des
el fondo coxonI “¡No se lo van a quitar de encima en su vida!”, me dije esa noche de regreso a la estación, pero más tarde, mientras estaba solo en mi compartimento (desde Wimbledon hasta Waterloo, antes de que
el holbein de lady beldonaldI La señora Munden aún no había visitado mi estudio con un pretexto tan bueno como la primera vez que me expuso que se me ofrecía la oportunidad —según dijo, si yo quería dejar caer el pañuelo— de
el mejor de los lugaresI George Dane había abierto los ojos a un nuevo y luminoso día, la cara de la naturaleza bien lavada por el chaparrón de la noche anterior, y toda radiante, como de buen humor, con nobles propósit
el mentirosoI El tren se retrasó media hora y el camino desde la estación se hizo más largo de lo que había supuesto, de manera que cuando llegó a la casa los huéspedes se habían dispersado a fin de vestirse
el patagoniaI Las casas estaban a oscuras en la noche de agosto y la perspectiva de Beacon Street, con su doble cadena de farolas, era un desierto en escorzo. La fachada semicilíndrica del club, único edifici
el punto de vistaI De la señorita Aurora Church, a bordo, a la señorita Whiteside, en París Mi niña querida, el bromuro de sodio (si es así como lo llaman) resultó ser perfectamente inútil. No quiero decir que no
el rincón felizI —Todo el mundo me pregunta qué «pienso» de todo —dijo Spencer Brydon—; y yo respondo como puedo, eludiendo o desviando la pregunta, quitándome a la gente de encima con cualquier tontería. En rea
el último de los valerioA menudo había afirmado que si mi ahijada decidiese casarse con un extranjero me negaría a concederle su mano. Y sin embargo, cuando el joven conde Valerio me fue presentado en Roma como su enamor
eugene pickeringI Esto sucedió en Homburg, hace varios años, antes de que el juego se hubiese prohibido. La noche era bastante cálida, y todo el mundo se había congregado en la terraza del Kursaal y la explanada
flickerbridgeI Frank Granger había llegado de París para pintar un retrato, un encargo que le había hecho, en su calidad de joven compatriota con futuro, cuyas primeras obras algún día se cotizarían bien, una
gabrielle de bergeracI Mi viejo y querido amigo, con su albornoz de franela blanca y su peluca “acompañada”, como ponen en los menús, de un gorro de noche carmesí, dejó pasar un momento allí, sentado junto al fuego. A
historia de una obra maestraI Fue apenas el verano pasado, durante una estancia de seis semanas en Newport, cuando John Lennox se prometió a Miss Marian Everett, de Nueva York. Mr. Lennox era viudo, sin hijos, y poseía una g
julia brideI Había paseado con su amigo hasta lo alto de las amplias escaleras del museo, aquellas que descienden de las galerías de pintura; y luego una vez que el joven se hubo marchado, sonriendo, mirando
la amante de briseuxLa pequeña galería de pintura de M. es el típico museo de provincia: frío, trasnochado, sin visitantes, y conteniendo un conjunto de pequeñas obras de pintores cuya trayectoria no tuvo realce. El
la bestia en la junglaI Poco importa lo que provocó, en su encuentro, la perturbadora conversación; probablemente solo fueron unas palabras que él mismo había pronunciado sin intención, pronunciado cuando, tras haberse
la casa natalI La oferta, al principio, les pareció demasiado buena para creérsela, y la carta que les dirigió su amigo para, como decía, tantear el terreno, para sondear sus inclinaciones y posibilidades, cer
la confesión de guestI “Llego a las ocho y media. Enfermo. Ven a buscarme”. La brevedad telegráfica de la misiva de mi hermanastro dio a mis pensamientos ese giro melancólico, resultado habitual de sus mensajes. Deber
la edad maduraAquel día de abril era templado y luminoso, y el pobre Dencombe, feliz en la presunción de que sus energías se recuperaban, estaba parado en el jardín del hotel, comparando los atractivos de diver
la figura de la alfombraI Yo había publicado algunas cosas y ganado algunos peniques: había quizá tenido tiempo incluso para empezar a pensar que era más sutil de lo que alcanzaban a ver los condescendientes; pero cuando
la figura en el tapiz1 He hecho unas pocas cosas y ganado un poco de dinero. Quizás incluso haya tenido tiempo para empezar a pensar que soy mejor de lo que podrían sugerir los beneficios que recibo, pero cuando estim
la historia de un añoI Mi historia principia igual que han principiado muchísimas historias en los últimos tres años y, a decir verdad, igual que han concluido otras tantas; pues, cuando el protagonista se marcha, ¿ac
la humillación de los northmoreI Cuando murió lord Northmore, las alusiones públicas al suceso adoptaron, en su mayor parte, una forma un tanto plúmbea y de compromiso. Había desaparecido una gran figura política. Se había apag
la lección del maestro1 Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras —descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un cír
la leyenda de ciertas ropas antiguasHacia mediados del siglo XVIII vivía en la provincia de Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su nombre es lo de menos; me tomaré la libertad de llamarla señora Willoughby: un apellid
la madona del futuroNos hallábamos conversando sobre artistas con una sola obra maestra en su haber: pintores y poetas que solo una vez en sus vidas habían sido agraciados por la inspiración divina, que solo una vez
la muerte del leónI Supongo que, sencillamente, cambié de opinión, un hecho que debió gestarse cuando el señor Pinhorn me devolvió el manuscrito. El señor Pinhorn era mi “jefe”, como se le llamaba en la redacción.
la próxima vezEs digna de recordación la singularísima visita que esta mañana me tributó la señora Highmore: vino a proponerme que escribiera una gacetilla sobre su próxima gran obra de inminente aparición. Sus
la señora medwinI —Bueno, ¡somos tal para cual! —exclamó el visitante de la pobre dama, al final de la explicación de ésta, de modo francamente desconcertante. La pobre dama era la señorita Cutter, que vivía en S
la señora temperlyI —¡Pero bueno, primo Raymond! ¿En qué está usted pensando? ¡Pero si solo tiene dieciséis años! —Ella me dijo que tenía diecisiete —contestó el joven como si eso supusiera gran diferencia. —Bueno,
la sombra de una historiaI El tiempo había empeorado tanto que el día se había echado a perder. El viento se había levantado y la tormenta había cobrado fuerza; de vez en cuando, ambos se unían para golpear las firmes ven
la tercera personaI Cuando, hace algunos años, dos buenas mujeres, anteriormente no íntimas y ni siquiera más que ligeramente conocidas, se hallaron domiciliadas en una misma mansión en el pequeño pero antiguo pueb
la tonalidad del tiempoI Estaba demasiado complacido con lo que creía haber hecho por ella en calidad de amigo muy, muy antiguo para no ir a verla ese mismo día con la noticia. Sabía que trabajaba hasta tarde, igual que
la venganza de osborneI Philip Osborne y Robert Graham eran amigos íntimos. Este último había ido a pasar el verano en ciertos manantiales medicinales en las afueras de Nueva York, el recurso a los cuales había sido pr
la vida privadaHablábamos de Londres, encarados con un gran glaciar, erizado y prístino. La hora y el escenario formaban una de esas impresiones que, en Suiza, compensan un poco de la moderna indignidad de viaja
la vuelta de tuercaLa historia nos había mantenido alrededor del fuego lo suficientemente expectantes, pero fuera del innecesario comentario de que era horripilante, como debía serlo por fuerza todo relato que se na
lady barberinaI Es bien sabido que existen pocas vistas en el mundo más grandiosas que las avenidas principales de Hyde Park en una bonita tarde de junio. En eso se encontraban completamente de acuerdo dos pers
las dos carasI El criado, que, a pesar de su expresión sellada y lacrada, parecía tener sus motivos, tras anunciar el nombre aguardó inmóvil, en una actitud insólita, alguna instrucción. La señora Grantham, si
las razones de georginaI Ella era ciertamente una muchacha peculiar, y si al final él sintió que no la conocía ni la entendía, no es sorprendente que al comienzo pensara de igual forma. Al inicio, sin embargo, él experi
lo mejor de todo1 Cuando después de la muerte de Ashton Doyne -sólo tres meses después- le hicieron a George Withermore eso que suele llamarse una proposición, con respecto a un «volumen», la comunicación le lleg
lo realI Cuando la esposa del conserje, que solía contestar el timbre, anunció «Un caballero y una dama, señor», tuve, como me sucedía a menudo por esos días —el deseo es padre del pensamiento— la intuic
los amigos de los amigosEncuentro, como profetizaste, mucho de interesante, pero poco de utilidad para la cuestión delicada —la posibilidad de publicación—. Los diarios de esta mujer son menos sistemáticos de lo que yo e
los matrimoniosI —¿Por qué no se quedan un ratito más? —preguntó la anfitriona mientras sujetaba la mano de la muchacha y sonreía. —Es absurdo marcharse tan pronto.—Mrs Churchley inclinó la cabeza hacia un lado
los papeles de aspernI Había llegado yo a tener confianza con la señora Prest; en realidad, bien poco habría avanzado yo sin ella, pues la idea fructífera, en todo el asunto, cayó de sus amistosos labios. Fue ella qui
los periódicosI Durante un lapso de tiempo relativamente largo —la densa duración de un invierno londinense, animado (si es que puede usarse esta palabra) por fogonazos y fulgores eléctricos, por tétricas «inca
louisa pallantI ¡Jamás afirmen tener la última palabra sobre ningún corazón humano! En cierta ocasión fui obsequiado con una revelación que me dejó perplejo y conmovido, encarnada en cierta persona a la que cre
madame de mauvesI El panorama que se domina desde la terraza de Saint-Germain-en-Laye es tan célebre como inmenso. Ante uno, en medio de una vastedad umbría, se extiende París, salpicado de cúpulas y fortificacio
maud evelynA una alusión a una señora que yo no conocía, pero que era conocida por dos o tres de los que estaban conmigo, uno de éstos preguntó si sabíamos la extraña circunstancia que motivaba su «venida»,
nona vincentI —No sé si pedirle que me la lea —dijo la señora Alsager mientras aún se entretenían un poco junto a la chimenea antes de que él se despidiese. Miraba el fuego de soslayo, apartando el vestido y
pandoraI Desde hace tiempo es habitual que los barcos a vapor de la North German Lloyd, que transportan pasajeros de Bremen a Nueva York, fondeen durante unas horas en el tranquilo puerto de Southampton,
romance de la ropa antiguaHacia mediados del siglo XVIII vivía en la provincia de Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su nombre es lo de menos; me tomaré la libertad de llamarla señora Willoughby: un apellid
sir dominick ferrandI «Hay algunas pegas, pero si lo modifica lo aceptaré —decía la árida nota del señor Locket; y no había malgastado tinta en la posdata al añadir—: Venga a verme, y le explicaré lo que me propongo»
sir edmund ormeAunque el fragmento no está fechado, al parecer este relato se escribió mucho después de la muerte de su esposa, que supongo es una de las personas a las que se alude. Sin embargo, no hay nada en
un día únicoEl señor Herbert Moore, un caballero de renombre en el mundo científico, viudo y sin hijos, incapaz de conciliar sus costumbres sedentarias con el gobierno doméstico, había invitado a su única her
un episodio internacionalI Hace cuatro años, en 1874, dos jóvenes caballeros ingleses tuvieron ocasión de viajar a Estados Unidos. Cruzaron el océano en pleno verano y cuando llegaron a Nueva York el 1 de agosto, la febri
un error trágicoI Un bajo faetón inglés estaba detenido frente a la puerta de la estafeta de Correos de una ciudad portuaria francesa. Sentada en él estaba una dama, con el velo echado y con una sombrilla pegada
un paisajista¿Ustedes recuerdan cómo, hará unos doce años, varios de nuestros amigos fueron sorprendidos con la noticia del rompimiento del compromiso entre el joven Locksley y la señorita Leary? Este evento c
un peregrino apasionadoI Tras decidir que navegaría de regreso a Norteamérica en la primera parte de junio, determiné pasar el entretanto de seis semanas en Inglaterra, con la cual yo había soñado mucho pero que hasta e
un problemaSeptiembre llegaba a su término, y con él la luna de miel de dos jóvenes personas en las cuales celebraré interesar al lector. La habían estirado con un soberano desdén hacia los datos del calenda
un puñado de cartasI MISS MIRANDA HOPE, PARÍS, A MRS. ABRAHAM C. HOPE. BANGOR, MAINE (EEUU) 5 de septiembre de 1879. MI QUERIDA MADRE: Te escribí por última vez el martes de la semana pasada, pero aunque todavía mi
una vida en londresI Llovía, al parecer, pero a ella le daba igual: se pondría unos zapatos recios e iría andando hasta Plash. Sentía tal inquietud y desazón que le resultaba doloroso; unas voces extrañas la asustab
¡pobre richard!I El jardín de Miss Whittaker cubría un par de acres, por detrás y a ambos lados de la casa. Estaba rodeado a lo lejos por una gran pradera, a su vez limitada por un antiguo camino de sirga inutil