I
Cuando, después de la muerte de Ashton Doyne —sólo tres meses después— entraron en contacto, valga la expresión, con George Withermore, en relación a un «volumen», la comunicación le llegó directamente de sus editores, que habían sido también, y la verdad es que mucho más, los del propio Doyne; pero no le sorprendió enterarse, al celebrarse la entrevista que luego le propusieron, que habían recibido algunas presiones por parte de la viuda de su difunto cliente en cuanto a que se publicase antes una Vida. Las relaciones de Doyne con su mujer, por lo que sabía Withermore, habían sido un capítulo muy especial… que por cierto representaría un capítulo delicado para el biógrafo; pero, desde los primeros días de su aflicción, la viuda había mostrado por su parte estar al tanto de lo que había perdido, y hasta de lo que había carecido, lo suficiente para poner en guardia a un observador en modo alguno iniciado contra alguna actitud de reparación, alguna adhesión, incluso exagerada, en favor de un nombre distinguido. George Withermore creía estar iniciado; sin embargo lo que no esperaba era oír que ella le había mencionado a él como la persona en cuyas manos depositaría con la mayor prontitud los materiales para el libro.
Esos materiales —diarios, cartas, memorándums, notas, documentos de muchas clases— eran propiedad de la viuda y estaban por completo bajo su control, sin ningún tipo de condiciones referentes a ninguna parte de su herencia; de modo que ella era libre en aquel momento de hacer con ellos lo que quisiera… libre, en particular, de no hacer nada. Lo que Doyne habría dispuesto, de haber tenido tiempo para hacerlo, no podía ser otra cosa que meras suposiciones y conjeturas. La muerte se lo había llevado demasiado pronto y demasiado repentinamente, y la lástima era que los únicos deseos que se sabía que él había expresado eran deseos de que no se hiciera nada en absoluto. Se había ido antes de lo esperado… eso es lo que pasaba; y el final fue accidentado y necesitaba arreglos. Withermore era perfectamente consciente de lo cerca que había estado de él, pero también se daba cuenta de que era un hombre relativamente olvidado. Él era un periodista joven, un crítico, un individuo que vivía al día y con poco que mostrar, por el momento, de ningún género sobresaliente. Sus escritos eran pocos y de corta extensión, sus relaciones escasas y vagas. Doyne, por el contrario, había vivido bastante tiempo —sobre todo había tenido bastante talento— para llegar a ser grande y, entre sus muchos amigos, adornados también con grandeza, había varios que conocían a su mujer a los que habría sido más plausible acudir.
La preferencia que había expresado —y la había expresado de una forma indirecta y considerada que le dejaba a él cierta libertad— hacía pensar a nuestro joven que al menos debería ir a verla, ya que en cualquier caso tendrían mucho de que hablar. Escribió inmediatamente a la viuda, ella le dio una hora rápidamente, y pusieron las cosas en claro. Pero él salió de la entrevista con su idea personal enormemente reforzada. Ella era una mujer extraña, y a él nunca le había parecido agradable; no obstante había algo que le conmovía en su celo activo y atolondrado. Quería que se preparase el libro, y el individuo de la pandilla de su marido a quien ella creía que seguramente podría manejar mejor iba a encargarse de hacerlo. Mientras vivía Doyne, nunca lo había tomado demasiado en serio, pero la biografía tendría que ser una respuesta completa a cualquier imputación que se le hiciese a ella. Tenía escasos conocimientos de cómo se hacían tales libros, pero había estado mirando y algo había aprendido. Desde el principio, Withermore se alarmó un poco al ver que quería participar en la elección de la extensión del libro. Hablaba de varios «volúmenes», pero él también tenía sus ideas al respecto.
—Pensé inmediatamente en usted, como mi marido habría hecho —le había dicho casi nada más presentarse ante él, con sus abundantes atavíos de luto, sus grandes ojos negros, su gran peluca negra, su gran abanico y guantes negros, su demacrada, deplorable y trágica, aunque imponente presencia que, desde cierto punto de vista, podría haber parecido «elegante».
»—Usted era el que más le gustaba. ¡Sí, mucho! —le dijo, y eso fue suficiente para que a Withermore se le subiera a la cabeza.
Poco importaba que después pudiera preguntarse si ella había conocido a Doyne lo bastante para llegar a eso, sin ninguna duda. Se habría dicho a sí mismo que el testimonio de ella sobre aquel punto apenas contaba. No obstante, donde no hay fuego ninguno, no sale humo; ella, al menos, sabía lo que quería decir, y él no era una persona a la que ella pudiera tener interés en adular. Subieron en seguida al estudio vacío del gran hombre, que estaba en la parte de atrás de la casa y daba a un gran jardín verde —una vista hermosa y capaz de inspirar al pobre Withermore— común a un grupo de casas caras.
—Aquí puede usted trabajar perfectamente, ya me entiende —dijo Mrs. Doyne—, tendrá el sitio únicamente para usted; lo pondré todo en sus manos; de modo que, sobre todo por las noches, será perfecto en cuanto a tranquilidad y aislamiento, ¿no le parece?
La perfección, en efecto, le pareció al joven cuando miró a su alrededor, después de haber explicado que, como trabajaba en un periódico de la tarde, tenía las mañanas ocupadas y todavía, durante bastante tiempo, tendría que ir siempre por la noche. La habitación estaba llena de la presencia de su desaparecido amigo; todo lo que allí había le había pertenecido a él; todo lo que tocaron había formado parte de su vida. De pronto aquello fue demasiado para Withermore… un honor demasiado grande, y hasta un encargo demasiado grande; recuerdos todavía recientes volvían a su memoria y, mientras el corazón le latía más deprisa y sus ojos se llenaron de lágrimas, el apremio de su lealtad casi le parecía más de lo que podía soportar. Al ver sus lágrimas, a la propia Mrs. Doyne se le saltaron las suyas y, durante un minuto, los dos sólo se miraron el uno al otro. Él casi esperaba que ella exclamase: «¡Ayúdeme a sentirme como usted sabe que quiero sentirme!». Y poco después uno de ellos dijo, con pleno asentimiento del otro, y sin que importara quién lo hubiera dicho: «Aquí es donde estamos con él». Pero fue indudablemente el joven el que, antes de que salieran de la habitación, dijo que era allí donde él estaba con ellos.
El joven empezó a ir allí tan pronto como pudo arreglar las cosas, y fue luego, allí mismo, en medio de aquel silencio perfecto, entre la luz de la lámpara y del fuego, y con las cortinas echadas, cuando empezó a notar que una sensación cada vez más fuerte iba apoderándose de él. Huía del sombrío noviembre londinense; atravesaba la casa grande en silencio, subía por la escalera alfombrada de rojo, y no encontraba en su camino más que el plumero de alguna doncella muda y bien entrenada, o a la propia Mrs. Doyne, saliendo de una habitación abierta, con su majestuosa ropa, y su trágico rostro aprobatorio; y luego, con un simple toque en aquella puerta tan bien hecha, que producía un chasquido seco y agradable, se encerraba durante tres o cuatro horas con el espíritu del que siempre había proclamado a las claras que era su maestro. Se sintió no poco asustado cuando, ya la primera noche, se le ocurrió pensar que lo que más le había afectado realmente de todo aquel asunto era la posibilidad, el privilegio y el lujo de tener aquella sensación. Indudablemente no había pensado, ahora se daba cuenta, en el libro propiamente dicho… sobre el que había todavía mucho en que pensar: sencillamente había dejado que su afecto y su admiración —por no hablar de su orgullo satisfecho— se toparan con la tentación que Mrs. Doyne les había ofrecido.
¿Cómo sabía, sin pensarlo más, podía empezar a preguntarse, que el libro, en conjunto, era una cosa deseable? ¿Qué autorización había recibido del propio Ashton Doyne para acceder a él de una forma tan directa y, por decirlo así, tan familiar? El arte de la biografía era una cosa importante, pero había vidas y vidas, había temas y temas. Recordaba confusamente, por lo que a eso se refiere, antiguas palabras que Doyne había dejado caer sobre lo que pensaba de las compilaciones contemporáneas, indicaciones de cómo él mismo discriminaba a otros héroes y otros panoramas. Recordaba incluso que su amigo, por momentos, había dado la impresión de creer que la carrera «literaria» podía muy bien —salvo en el caso de un Johnson y un Scott, con un Boswell y un Lockhart a su servicio— darse por satisfecha con estar representada. Un artista era lo que hacía… no era nada más que eso. Sin embargo, por otra parte, ¿cómo no iba él, George Withermore, pobre diablo, a dejar escapar la ocasión de pasar el invierno en una intimidad tan prometedora? Había sido sencillamente un deslumbramiento… eso era todo. No habían sido las «condiciones» que pusieron los editores —aunque eran muy buenas, según dijeron ellos en el despacho—, había sido el propio Doyne, su compañía, su contacto y su presencia, había sido precisamente lo que estaba resultando, la posibilidad de mantener un trato más cercano que el que tuvo en vida de él. ¡Es extraño que la muerte, de aquellas dos cosas, tuviera menos secretos y misterios! La primera noche que nuestro joven se quedó solo en la habitación le sorprendió que él y su maestro estaban realmente juntos por primera vez.
II
Durante la mayor parte del tiempo, Mrs. Doyne le había dejado solo de forma expresiva, pero en dos o tres ocasiones había hecho una visita rápida para ver si disponía de todo lo necesario, y él había tenido la oportunidad de agradecerle allí mismo la cordura y el celo con que le había allanado el camino. Ella misma había estado en cierto modo revisando las cosas, y ya había podido reunir varios grupos de cartas; además, desde el primer momento había puesto en sus manos todas las llaves de los cajones y armarios, y le había proporcionado información útil sobre el posible paradero de otras cosas. En resumen: había puesto en sus manos todo lo que pudo, y aunque no se sabe si su marido había confiado o no en ella, estaba claro que ella, al menos, sí confiaba en el amigo de su marido. Sin embargo, Withermore empezó a tener la impresión de que, a pesar de todos esos favores, no se sentía todavía tranquila, que cierta inquietud que no podía mitigar continuaba todavía manteniéndose en sintonía con su confianza. Aunque se mostrara tan considerada, al mismo tiempo no dejaba de estar allí perceptiblemente: a través de un sexto sentido extremadamente sutil, que toda la relación había puesto en juego, le parecía que ella revoloteaba, en las horas tranquilas, en lo alto de los rellanos de las escaleras y al otro lado de las puertas; deducía, por el roce silencioso de sus faldas, que estaba vigilándole, a la espera. Una noche, sentado a la mesa de su amigo, cuando estaba ensimismado en las honduras de la correspondencia, se llevó un susto y tuvo que volverse pensando que había alguien detrás de él. Mrs. Doyne había entrado sin que él oyera la puerta, y al ver que se levantaba de un salto le obsequió con una sonrisa forzada.
—Espero —dijo— no haberle asustado.
—Sólo un poco… estaba tan absorto. Por un instante, fue como si —explicó el joven— él mismo estuviera aquí.
El asombro hizo que aumentara la rareza de su rostro.
—¿Ashton?
—Parece estar tan cerca —dijo Withermore.
—¿A usted también?
La pregunta le extrañó naturalmente.
—¿Le parece eso a usted?
Ella tardó un poco en contestar, sin moverse del sitio en que había aparecido, pero mirando alrededor de la habitación, como si quisiera penetrar en sus rincones más oscuros. Tenía una forma especial de levantar hasta la altura de la nariz aquel abanico negro, que aparentemente no dejaba nunca, y con el que cubría la mitad inferior del rostro, haciendo que la penetrante mirada de sus ojos, que asomaban por encima de él, resultase todavía más ambigua.
—A veces.
—Es como si pudiera entrar aquí —prosiguió Withermore— en cualquier momento. Por eso me he sobresaltado hace unos instantes. Hace tan poco tiempo que solía hacerlo realmente… sin ir más lejos fue ayer. Me siento en su sillón, hojeo sus libros, utilizo sus plumas, atizo su fuego… exactamente como que si, sabiendo que dentro de poco iba a volver de dar un paseo, hubiera subido aquí con satisfacción a esperarle. Es una delicia… pero es extraño.
Mrs. Doyne, sin bajar el abanico, le escuchaba con interés.
—¿Le preocupa?
—No… me gusta.
De nuevo titubeó.
—¿Le parece a usted que él está… verdaderamente… en persona en la habitación?
—Bueno, como le decía hace un momento —contestó su acompañante, riendo—, al oírla a usted detrás de mí, me pareció que era eso lo que creía. ¿Qué es lo que queremos, después de todo —preguntó—, sino que esté con nosotros?
—Sí, como dijo usted que había estado… aquella primera vez —le miró con pleno asentimiento—. Está con nosotros.
Ella estuvo bastante solemne, pero Withermore se lo tomó con una sonrisa.
—Entonces tenemos que lograr que se quede. Debemos hacer únicamente lo que a él le gustaría.
—Claro que sí, sólo eso, por supuesto. Pero ¿si está aquí…?
Y pareció que sus ojos sombríos lanzaron la pregunta con cierta angustia por encima del abanico.
—¿Eso demuestra que está contento y que sólo quiere ayudar? Sí, sin duda; seguro que es eso.
Dio un ligero grito entrecortado y volvió a mirar a su alrededor.
—Bueno —dijo al despedirse de él—, recuerde que yo también sólo quiero ayudar.
Después de lo cual, cuando ella se hubo ido, le pareció bastante probable que sólo había entrado para comprobar que todo iba bien.
Todo iba bien, y cada vez mejor, se le ocurrió después de eso, porque, cuando comenzó a meterse en su trabajo, le pareció sentir cada vez más cerca la presencia personal de Doyne. En cuanto empezó a rondarle aquella idea, la recibió con los brazos abiertos, insistió en ella, la alentó, la abrigó por completo, esperando con impaciencia todo el día a que se renovara por la noche, aguardando la llegada de la oscuridad casi como una pareja de enamorados podría aguardar que llegara la hora de su cita. Los menores percances se ajustaban a ella y la confirmaban y, al cabo de tres o cuatro semanas, había llegado a considerarla por lo menos como la consagración de su empresa. ¿No resolvía precisamente la cuestión de lo que Doyne habría podido pensar acerca de lo que ellos estaban haciendo? Lo que ellos estaban haciendo era lo que él quería que se hiciera, y podían continuar, paso a paso, sin ningún tipo de escrúpulos o dudas. Withermore se alegraba por momentos, la verdad sea dicha, de tener aquella certeza: había ocasiones en que se zambullía en las profundidades de algunos de los secretos de Doyne y era especialmente agradable poder considerar que Doyne quería, por decirlo así, que los conociese. Se estaba enterando de muchas cosas que no había sospechado… descorriendo muchas cortinas, forzando muchas puertas, aclarando muchos enigmas, yendo, como suele decirse, detrás de casi todo. Fue en algún esporádico sesgo repentino que tomó alguna de aquellas divagaciones más impenetrables «detrás» de algo cuando, de pronto, a decir verdad, más le pareció, de forma íntima y perceptible, encontrarse cara a cara con su amigo; de modo que apenas podría haber dicho, en aquel instante, si su encuentro sucedía en la restringida travesía y la ajustada restricción del pasado o en el momento y el lugar en que de hecho se encontraba. ¿Ocurría esto en realidad en el 67… o sólo en el otro lado de la mesa?
Afortunadamente, de cualquier modo, incluso bajo la luz más vulgar que pudiera arrojar la publicidad, siempre estaría el hecho de la forma en que Doyne estaba «quedando». Estaba quedando bastante bien… todavía mejor de lo que un partidario tan incondicional como Withermore podría haberse imaginado. Al mismo tiempo, sin embargo, ¿cómo describiría aquel partidario a cualquier otra persona lo que de manera tan especial sentía por dentro? No era una cosa para hablar de ella… era una cosa sólo para sentirla. Había momentos, por ejemplo, mientras estaba inclinado sobre sus papeles, en que estaba tan seguro de notar en el pelo el suave aliento de su amigo muerto como de tener los codos apoyados en la mesa. Había momentos en los que, de haber podido levantar la cabeza, habría visto a su compañero al otro lado de la mesa, tan vívidamente como veía la página a la luz tamizada de la lámpara. Que en semejante coyuntura no pudiera mirar para arriba era asunto suyo, pues la situación estaba controlada —eso era muy natural— por delicadezas profundas y timideces exquisitas, por el temor a dar un paso demasiado repentino o demasiado brusco. Lo que se palpaba en el aire era que si Doyne estaba allí no era tanto por sí mismo como por el joven sacerdote de su altar. Andaba rondando y rezagándose, iba y venía, casi podría haber sido, metido entre los libros y papeles, un bibliotecario silencioso y discreto, haciendo aquellas cosas especiales, prestando esa ayuda callada, tan del agrado de los hombres de letras.
El propio Withermore, mientras tanto, iba y venía también, cambiaba de sitio, vagaba en busca de cosas definidas o vagas; y más de una vez cuando, al bajar un libro de un estante y encontrar en él huellas del lápiz de Doyne, se había puesto a hojearlo y se había ensimismado, había oído desplazarse y moverse con cuidado documentos que estaban encima de la mesa, literalmente había encontrado, al volverse, alguna carta extraviada puesta de nuevo a la vista, algún embrollo aclarado gracias a algún antiguo diario, abierto exactamente por la fecha que él necesitaba. ¿Cómo habría dado, en cada ocasión, con la caja especial o el cajón, entre los cincuenta recipientes, que necesitaba si aquel enigmático ayudante no hubiese tomado la precaución de inclinar la tapa o dejarlo medio abierto de manera que pudiera llamarle la atención?… a pesar, después de todo, del hecho de aquellos lapsos e intervalos en los que, si uno hubiera podido mirar realmente, habría visto a alguien de pie delante de la chimenea, un poquito separado y más erguido de lo normal… alguien que le miraba a uno con un poco más de dureza que si estuviera vivo.
III
Que aquella relación propicia había existido de verdad, había continuado durante dos o tres semanas, quedó suficientemente probado por la desolación con la que nuestro joven se dio cuenta, sin saber por qué, y a partir de cierto día, de que había empezado a echarla de menos. La muestra de eso fue una sensación repentina y sorprendente —con ocasión de haber extraviado una maravillosa página inédita que, por más que la buscase, seguía irremediablemente perdida— de que su situación protegida estaba, al fin y al cabo, expuesta a alguna confusión, e incluso a algún bache. Si, para que todo saliera bien, él y Doyne habían estado juntos desde el principio, la situación a los pocos días de haber tenido aquella primera sospecha, había experimentado el extraño cambio de que dejaron de estarlo. De eso se trataba, se dijo Withermore, desde el momento en que le pareció que, al contemplar tranquilamente su material, una impresión de mero volumen y cantidad había sustituido al agradable supuesto de un camino despejado y un paso rápido. Durante cinco noches tuvo problemas; luego, sin volver a sentarse en su mesa, vagando por la habitación, tomando referencias sólo para dejarlas a un lado, asomándose a la ventana, atizando el fuego, pensando cosas raras, y prestando atención a señales y sonidos, no como los que imaginaba, sino como los que deseaba escuchar e invocaba en vano, llegó a la conclusión de que, al menos de momento, le había abandonado.
Lo extraordinario era que el no poder sentir la presencia de Doyne no sólo le entristecía, sino que le inquietaba en grado sumo. Era más raro, hasta cierto punto, que no estuviera allí de lo que nunca había sido que estaba… tan raro que acabó por afectar a los nervios de Withermore de modo completamente ilógico. Habían tomado con bastante gentileza lo que era de una índole imposible de explicar, reservando contra toda lógica su perspicacia para la vuelta al estado normal, para la anulación de lo falso. Estaban por completo fuera de control cuando finalmente una noche, después de resistirlos una o dos horas, simplemente salió con cuidado de la habitación. Por primera vez le era imposible quedarse allí. Sin propósito definido, pero jadeando un poco, y como un hombre verdaderamente asustado, pasó por el corredor de siempre, y llegó a lo alto de la escalera. Desde allí vio a Mrs. Doyne, que le miraba desde abajo, como si hubiese sabido que vendría; y lo más singular de todo fue que, aunque había estado convencido de que no iba a recurrir a ella, lo único que había hecho era tranquilizarse escapando de allí, la contemplación de su situación le hizo reconocer que estaba justificada, en seguida le pareció que formaba parte de una monstruosa opresión que se cernía sobre ellos dos. Y fue asombroso cómo, en aquel vestíbulo del Londres moderno, entre las alfombras de Tottenham Court Road y la luz eléctrica, llegó hasta él procedente de la señora alta vestida de negro, y volvió a descender luego hasta ella, la idea de que él sabía lo que ella quería decir porque le parecía saberlo. Bajó directamente; ella se metió en su propia habitación del piso de abajo, y allí, con la puerta cerrada, todavía en silencio y con curiosidad en los rostros, tuvieron que hacer frente a unas confesiones que habían cobrado vida inesperadamente con aquellos dos o tres movimientos. Withermore se quedó boquiabierto cuando se le ocurrió por qué le había abandonado su amigo:
—¿Ha estado con usted?
Con eso ya estaba todo dicho… hasta tal punto que ninguno de los dos tuvo que dar explicaciones y que, cuando circuló entre ellos la pregunta: «¿Qué es lo que usted supone que está pasando?», pareció que cualquiera de los dos podía haberla hecho. Withermore echó una mirada alrededor de la habitación pequeña y con mucha luz en la que, noche tras noche ella había estado haciendo su vida lo mismo que él había estado haciendo la suya arriba. Era una habitación bonita, acogedora, lisonjera; pero la viuda había sentido a ratos en ella lo que él había sentido, y había oído en ella lo que él había oído. El efecto que ella producía allí —adusta, con plumas, extravagante, sobre un fondo rosa oscuro— era el de una estampa en colores «decadente», de un cartel de la escuela más moderna.
—¿Comprendió usted que él me había abandonado? —preguntó él.
Ella quiso dejar las cosas claras de forma notoria.
—Esta noche, sí. Lo he comprendido todo.
—¿Sabía usted… antes… que él estaba conmigo?
Ella volvió a vacilar.
—Me di cuenta de que no estaba conmigo. Pero en la escalera…
—¿Sí?
—Verá usted… él pasó; más de una vez. Estaba en la casa. Y en su puerta…
—¿Y bien? —prosiguió mientras ella titubeaba una vez más.
—Si me detenía, podía reconocerlo a veces. El caso es que —añadió—, esta noche, al ver su cara, supe cuál era su situación.
—¿Y por eso salió?
—Pensé que usted vendría aquí.
En vista de ello él le tendió la mano y, de aquel modo, durante un minuto sus manos se estrecharon en silencio. Ninguno de los dos notó en aquellos momentos una presencia peculiar… nada más peculiar que la del uno para el otro. Pero era como si aquel lugar hubiese quedado de repente consagrado, y Withermore volvió a insistir con impaciencia.
—Entonces, ¿qué es lo que ocurre?
—Yo lo único que quiero es hacer lo que deba hacerse —contestó ella, después de un silencio.
—¿Y no lo estamos haciendo?
—Eso es lo que me pregunto. ¿Usted no?
Él también se lo preguntaba.
—Según mi leal saber y entender. Pero tenemos que pensarlo.
—Tenemos que pensarlo —repitió ella.
Y lo pensaron… lo pensaron con vehemencia el resto de aquella noche, juntos, y cada uno por su cuenta (Withermore al menos podía responder por sí mismo) durante muchos días siguientes. Él interrumpió un poco sus visitas y su trabajo, tratando de darse cuenta en el acto, con ojo crítico, de algún error que podría haber justificado aquel trastorno. ¿Habría adoptado, en algún punto importante —o parecía que podría adoptar—, alguna actitud o enfoque equivocado? ¿Había falseado algo por ignorancia o insistido más de lo que convenía? Y volvió por fin con la idea de tener que adivinar dos o tres cosas que podía haber estado en camino de embrollar; después de lo cual tuvo, escaleras arriba, otro período de nerviosismo, seguido en seguida de otra entrevista, abajo, con Mrs. Doyne, que continuaba preocupada y en ascuas.
—¿Está allí?
—Está allí.
—¡Lo sabía! —gritó ella con una extraña melancolía triunfal. Luego, para explicarlo, añadió—: No ha vuelto a estar conmigo.
—Ni conmigo tampoco, para volverme a ayudar —dijo Withermore.
Ella se lo pensó.
—¿Ni para ayudarle?
—No puedo entenderlo… estoy confundido. Haga lo que haga tengo la impresión de equivocarme.
Ella le cubrió por un momento con su aparatoso dolor.
—¿Cómo lo nota?
—Pues por cosas que ocurren. Las cosas más extrañas. No puedo describirlas… y usted no las creería.
—¡Sí, ya lo creo! —exclamó Mrs. Doyne.
—Es que interviene —Withermore trató de explicarse—. Haga lo que haga, me lo encuentro.
Ella le seguía con gran interés.
—¿Se lo «encuentra»?
—Me tropiezo con él. Parece alzarse allí, delante de mí.
Abriendo desmesuradamente los ojos, ella esperó un momento.
—¿Quiere decir que lo ve?
—Me parece que en cualquier momento podría verlo. Estoy desconcertado. Estoy paralizado —luego añadió—: Tengo miedo.
—¿De él? —preguntó Mrs. Doyne.
Withermore meditó.
—Pues verá usted… de lo que estoy haciendo.
—¿Qué es lo que está haciendo, pues, que es tan horrible?
—Lo que usted me propuso que hiciera. Meterme en su vida.
En su actual circunspección, ella mostró una nueva alarma.
—¿Y no le gusta eso?
—¿Le gusta a él? Ésa es la cuestión. Lo ponemos al descubierto. Lo ofrecemos. ¿Cómo lo llaman? Lo entregamos públicamente.
La pobre Mrs. Doyne, como si viera amenazada su ardua reparación, lo meditó un instante con profunda tristeza.
—¿Por qué no íbamos a hacerlo?
—Porque no sabemos. Hay naturalezas, hay vidas, que no se atreven. Es posible que no quiera —dijo Withermore—. Nunca se lo preguntamos.
—¿Cómo podíamos hacerlo?
Tardó un poco en responder.
—Pues bien, se lo preguntamos ahora. Después de todo, eso es lo que nuestro comienzo ha representado hasta ahora. Se lo hemos dicho.
—Pues… si ha estado con nosotros… ya tenemos su respuesta.
Withermore habló entonces como si supiera lo que debía creer.
—No ha estado «con» nosotros… ha estado en contra de nosotros.
—Entonces por qué creyó…
—¿Por qué creí al principio… que lo que quiere es demostrarnos su simpatía? Pues porque mi ingenuidad original me engañó. Estaba… no sé cómo llamarlo… tan emocionado y tan encantado que no lo comprendí. Pero por fin lo comprendo. Lo único que quería era comunicarse. Se esfuerza por salir de su oscuridad; llega hasta nosotros desde su misterio; nos hace débiles señas desde su horror.
—¿«Horror»? —exclamó Mrs. Doyne, con el abanico a la altura de la boca.
—A lo que estamos haciendo —para entonces él ya podía atar cabos—. Ahora comprendo que al principio…
—Bueno, ¿y qué?
Que uno no tenía más que notar que él estaba allí y que, por tanto, no era indiferente. Y me dejé engañar por la belleza que había en eso. Pero está allí como una protesta.
—¿Contra mi Vida? —gimió Mrs. Doyne.
—Contra cualquier Vida. Está allí para salvar su Vida. Está allí para que le dejen en paz.
—¿Renuncia usted, entonces? —dijo ella, casi gritando.
Lo único que él podía hacer era satisfacerla.
—Está allí como una advertencia.
En vista de ello, por un momento estuvieron mirándose a fondo el uno al otro.
—¡Usted tiene miedo! —soltó ella por fin.
Aquello le afectó, pero insistió.
—¡Está allí como una maldición!
A continuación se separaron, pero sólo por dos o tres días; las últimas palabras de ella le seguían sonando tanto en los oídos que, entre la necesidad de darle satisfacción a ella y la otra necesidad que en seguida iba a conocer, le pareció que todavía no podía aceptar su apuesta. Finalmente volvió a la hora de siempre, y la encontró en su lugar habitual.
—Sí, tengo miedo —anunció, como si se lo hubiera pensado bien, y supiera ya todo lo que significaba—. Pero deduzco que usted no lo tiene.
Ella titubeó, reservándose las palabras.
—¿De qué tiene miedo?
—Pues de que, si sigo adelante, lo veré.
—¿Y entonces…?
—Pues entonces —dijo Withermore— tendría que renunciar.
Ella lo sopesó con altivez en el semblante aunque seria.
—Yo creo, ya me entiende, que necesitamos tener una señal clara.
—¿Quiere usted que vuelva a intentarlo?
Lo consideró.
—Usted ya comprende lo que significa para mí renunciar.
—Sí, pero no es preciso que usted lo haga —dijo Withermore.
Ella pareció extrañarse, pero en seguida prosiguió.
—Significaría que no quiere aceptar de mí…
Pero se interrumpió desesperada.
—¿Que no quiere aceptar qué?
—Nada —dijo la pobre Mrs. Doyne.
La miró otra vez un momento.
—Yo también he pensado lo de la señal clara. Volveré a intentarlo.
Cuando se disponía a dejarla, ella recordó.
—Lo único que me temo es que esta noche no hay nada preparado… ni lámpara, ni fuego.
—No se preocupe —dijo él desde el pie de la escalera—; encontraré algo.
A lo cual ella contestó que de todos modos la puerta de la habitación probablemente estaría abierta; y luego se retiró otra vez, como para esperarle. No tuvo que esperar mucho; aunque, con su propia puerta abierta y fijada la atención, es posible que no le pareciese que tardaba tanto como a su visitante. Al cabo de un rato, le oyó en la escalera, y en seguida estaba delante de la puerta de ella, donde, si bien no había aparecido precipitadamente, sino más bien despacio y sin hacer ruido, con retraso y despistado, sí se le veía al menos lívido y perplejo.
—Renuncio.
—Entonces, ¿le ha visto?
—En el umbral… guardándolo.
—¿Guardándolo? —Asomó por encima de su abanico—. ¿Con claridad?
—Enorme. Pero borroso. Enigmático. Espantoso —dijo el pobre George Withermore.
Ella siguió asombrándose.
—¿No entró usted en la habitación?
El joven se volvió.
—¡No lo permite!
—Dice usted que no es preciso que yo —prosiguió ella un momento después—… Bueno, entonces, ¿tengo que…?
—¿Verle? —preguntó George Withermore.
Ella esperó un momento.
—Renunciar.
—Eso debe decidirlo usted misma.
Él, por su parte, lo único que pudo hacer fue arrellanarse en el sofá, y taparse con las manos el rostro inclinado.
No pudo saber después cuánto tiempo había estado sentado así; baste con que lo primero que supo fue que estaba solo en el cuarto, entre los objetos favoritos de la viuda. Sin embargo, nada más conseguir ponerse de pie, con esa sensación y con la de que la puerta que daba al vestíbulo estaba abierta, se encontró de nuevo, en aquel sitio vacío, cálido y lisonjero, enfrente de la presencia grande, adusta y perfumada de ella.
Vislumbró de golpe, mientras le dirigía una mirada de extrañeza todavía más tremenda y triste por encima de la careta de su abanico, que ella había estado arriba; y así fue como, por última vez, se enfrentaron juntos a su extraña situación.
—¿Le ha visto? —preguntó Withermore.
Sería más tarde cuando dedujo, por la forma extraordinaria en que ella cerró los ojos, como para recuperar el equilibrio, y los mantuvo apretados un buen rato, en silencio, que al lado de la visión indecible de la mujer de Ashton Doyne, la que había tenido él podía considerarse un patinazo. Antes de que ella hablase comprendió que todo había terminado.
—Renuncio.