Encuentro, como usted profetizó, mucho de interesante, pero poco de utilidad, para la delicada cuestión que me planteó: la posibilidad de publicación. Sus diarios son menos sistemáticos de lo que yo esperaba; ella sólo tenía la bendita costumbre de anotar y narrar. Resumía, guardaba; al parecer pocas veces había dejado pasar una buena historia sin cazarla al vuelo. Me refiero, por supuesto, no tanto a las cosas que oía cuanto a las que veía y sentía. Unas veces escribe sobre sí misma, otras sobre otros, de cuando en cuando sobre una combinación de ambos. Lo incluido bajo esa última rúbrica es lo que suele ser más gráfico. Pero, como usted comprenderá, no siempre lo más gráfico es lo más publicable. La verdad es que es terriblemente indiscreta, o por lo menos tiene todos los materiales que harían falta para que lo fuese yo. Tome como ejemplo el fragmento que le envío después de dividirlo, para su comodidad, en varios capítulos cortos. Es el contenido de un cuaderno en blanco de pocas hojas que he hecho copiar y que tiene el mérito de ser más o menos una cosa completa, un todo inteligible. Estas páginas, evidentemente, datan de hace varios años. He leído con la más viva admiración lo que tan detalladamente exponen, y he hecho todo lo posible por creerme el prodigio que dejan deducir. Esas cosas serían llamativas, ¿no es cierto?, para cualquier lector; pero ¿se imagina por un momento que yo expusiera públicamente semejante documento, aunque, como si ella misma hubiera querido que el mundo sacase provecho del mismo, no ha dado a sus amigos nombres ni iniciales? ¿Tiene usted alguna pista sobre su identidad? Le cedo la palabra.
I
Sé perfectamente, claro está, que yo me lo busqué; pero eso no lo mejora nada. Yo fui la primera que le habló de ella: él ni tan siquiera la había oído mencionar. Aunque si casualmente yo no hubiera hablado, alguien lo habría remediado: después traté de consolarme con esa reflexión. Pero el consuelo que dan las reflexiones es escaso: el único consuelo que cuenta en la vida es no haber sido tonto. Ésa es una bienaventuranza de la que yo, sin duda, nunca gozaré. «Pues deberías conocerla y comentarlo con ella», fue lo que le dije inmediatamente. «Dios los cría y ellos se juntan». Le conté quién era ella, y le expliqué que eran tal para cual porque, si él había tenido en su juventud una aventura extraña, ella había tenido otra parecida más o menos por la misma época. Era cosa bien sabida de sus amistades… continuamente le pedían que relatara el incidente. Era encantadora, inteligente, guapa, desdichada; pero, aun así, era a aquello a lo que en un principio había debido su celebridad.
Tenía dieciocho años cuando, estando de viaje en alguna parte del extranjero con una tía suya, había tenido una visión de su padre en el momento de morir. Su padre estaba en Inglaterra, a centenares de millas de distancia y, que ella supiera, ni muriéndose ni muerto. Ocurrió de día, en el museo de una gran ciudad extranjera. Ella había pasado sola, adelantándose a sus acompañantes, a una salita que contenía una obra de arte famosa, y que en aquel momento ocupaban otras dos personas. Una era un anciano conservador; a la otra, antes de fijarse en ella, la tomó por un desconocido, un turista. Solamente se dio cuenta de que tenía la cabeza descubierta y estaba sentado en un banco. Sin embargo, en el instante en que sus ojos se posaron en él vio con asombro a su padre, quien, como si llevara mucho tiempo esperándola, la miraba con singular angustia y con una impaciencia que era casi un reproche. Ella corrió hacia él, gritando desconcertada: «Papá, ¿qué te pasa?», pero a eso siguió una demostración de sentimiento todavía más intenso cuando, ante aquel movimiento, su padre desapareció sin más, dejándola consternada mientras el conservador y sus parientes, que para entonces la habían seguido de cerca, se agruparon a su alrededor. Aquellas personas, el funcionario, la tía, los primos, fueron por lo tanto, en cierto modo, testigos del hecho… del hecho, al menos, de la impresión que ella había recibido; y hubo además el testimonio de un médico que atendía a una de las personas del grupo y a quien se comunicó inmediatamente lo sucedido. El médico prescribió un remedio contra la histeria pero le dijo a la tía en privado: «Espere a ver si no ocurre nada en su casa». Algo había ocurrido: el pobre padre, víctima de un mal repentino y violento, había muerto aquella mañana. La tía, hermana de la madre, recibió antes de que el día finalizara un telegrama en el que se le anunciaba el suceso y se le pedía que preparase a su sobrina para comunicárselo. Su sobrina ya estaba preparada, y la sensación de aquella aparición como es natural permaneció indeleble en ella. A todos nosotros, como amigos suyos, nos había sido transmitida, y todos la habíamos transmitido unos a otros espeluznados. Habían pasado doce años, y ella, como mujer desgraciada en su matrimonio que vivía separada de su marido, había cobrado interés por otros motivos; pero como el apellido que ahora llevaba era un apellido bastante corriente, y como además su separación judicial apenas podía considerarse una distinción en los tiempos que corrían, era habitual calificarla de «ésa, ya sabes, que vio al fantasma de su padre».
En cuanto a él, vaya por Dios, él había visto al de su madre… ¡eso es todo! Yo no me había enterado hasta aquella ocasión en que nuestro trato más íntimo, más agradable, le indujo a mencionarlo, por algún giro en nuestra conversación, y ello me sugirió el impulso de hacerle saber que tenía un rival en ese terreno… una persona con quien podía comparar impresiones. Más tarde, aquella historia vino a ser también para él, tal vez porque yo la repetí excesivamente, una cómoda etiqueta mundana; pero no había sido ése el motivo por el que un año antes me lo habían presentado. Tenía otros méritos, como ella, pobrecita, también los tenía. Puedo decir sinceramente que me di perfecta cuenta de ellos desde el primer momento… los descubrí antes de que él descubriera los míos. Recuerdo que me sorprendió ya en aquel entonces que su opinión acerca de los míos se estimuló por el hecho de que yo pudiera competir, aunque por supuesto no directamente de mi propia experiencia, con su curiosa anécdota. Databa aquella anécdota, como la de ella, de una docena de años atrás: un año en el que, estando en Oxford, por no sé qué razones se había quedado a pasar las «largas» vacaciones de verano. Una tarde de agosto había estado en el río. Cuando volvió a su habitación, todavía a plena luz del día, encontró allí a su madre de pie y como si estuviera mirando fijamente la puerta. Aquella mañana había recibido una carta suya desde Gales, donde residía con su padre. Al verle le sonrió radiante y le tendió los brazos, y entonces al dar él un salto hacia delante y abrir los suyos con júbilo, ella desapareció de aquel lugar. Él le escribió aquella noche, contándole lo sucedido; la carta había sido cuidadosamente conservada. A la mañana siguiente se enteró de su muerte. Aquel azar de nuestra conversación hizo que el pequeño prodigio que yo pude presentarle le impresionase muchísimo. Nunca se había tropezado con otro caso. Decididamente tenían que conocerse, mi amiga y él; seguramente tendrían cosas en común. Yo me encargaría, ¿verdad?… si a ella no le importaba; pues a él no le importaba en absoluto. Yo había prometido hablarlo con ella lo antes posible, y aquella misma semana pude hacerlo. A ella le «importaba» tan poco como a él; estaba totalmente dispuesta a verle. Y sin embargo no iba a producirse ningún encuentro… como comúnmente se entienden los encuentros.
II
La mitad de mi cuento consiste en eso: la forma extraordinaria en que se vio obstaculizado. Fue culpa de una serie de accidentes; pero esos accidentes, persistiendo al cabo de los años, acabaron siendo, para mí y para otras personas, motivo de hilaridad con cada una de las partes. Al principio eran bastante divertidos, luego llegaron a aburrir bastante. Lo curioso es que ambas partes estaban de acuerdo: no se podía decir que se mostrasen indiferentes, ni mucho menos poco dispuestos. Fue uno de esos caprichos del azar, ayudado, supongo, por una oposición bastante estable de las ocupaciones y costumbres de uno y otra. Las de él se centraban en su cargo, su incesante inspección, que le dejaba poco tiempo libre, reclamándole constantemente y obligándole a anular compromisos. Le gustaba la vida social, pero la encontraba por dondequiera que fuese y la tomaba a la carrera. Yo nunca sabía en un momento dado dónde podía estar, y a veces pasaban meses seguidos sin que le viera. Ella, por su parte, era prácticamente suburbana: vivía en Richmond y no «salía» nunca. Era una mujer distinguida, pero no de la buena sociedad, y muy sensible, según decía la gente, a su situación. Decididamente altiva y un tanto caprichosa, vivía su vida tal como la había planeado. Había cosas que era posible hacer con ella, pero era imposible conseguir que fuera a las reuniones en casa ajena. La verdad es que éramos los demás los que íbamos, algo más a menudo de lo que parecía conveniente, a las suyas, que consistían en su prima, una taza de té y el paisaje. El té era bueno; pero el paisaje nos era ya familiar, aunque quizás no tanto como la prima —una solterona desagradable que formaba parte del grupo cuando aquello del museo y que por aquel entonces vivía con ella— de un modo tan ofensivo. Aquella relación con una pariente inferior, que en parte obedecía a motivos económicos —ella proclamaba que su acompañante era una administradora maravillosa—, era una de las pequeñas contrariedades que le teníamos que perdonar. Otra era su apreciación de las convenciones creadas por su ruptura con el marido. Ésta era extremada… muchos la calificaban incluso de morbosa. No se insinuaba a nadie; tenía escrúpulos; sospechaba desaires, o quizás debería decir que los recordaba: era una de las pocas mujeres que he conocido a quienes aquel particular aprieto había hecho modestas más que atrevidas. ¡Pobrecita, tenía tanta delicadeza! Especialmente marcados eran los límites que había fijado a las posibles atenciones de los hombres: siempre pensaba que su marido sólo esperaba la ocasión para abalanzarse sobre ella. Desalentaba, si no prohibía las visitas de personas del sexo masculino no seniles: decía que para ella todas las precauciones eran pocas.
Cuando por primera vez le mencioné que tenía un amigo al que los hados habían distinguido de la misma fantástica manera que a ella, la dejé completamente en libertad para que me dijera: «¡Ah, pues tráigalo a verme!». Seguramente habría podido llevarle, y se habría producido una situación del todo inocente, o al menos relativamente simple. Pero no dijo nada de eso; no dijo más que: «Tendré que conocerle, ya lo creo; sí, ¡estaré al tanto!». Ésa fue la causa del primer retraso, y mientras tanto sucedieron varias cosas. Una de ellas fue que a medida que pasaba el tiempo, dado lo encantadora que era, fue haciendo cada vez más amistades, y a menudo esos amigos eran también lo suficientemente amigos de él como para sacarle a colación en la conversación. Era curioso que sin pertenecer, por decirlo así, al mismo mundo, o, según la expresión horrenda, al mismo ambiente, hubiese dado la casualidad de que mi frustrada pareja se encontrase en tantos casos con las mismas personas y las hiciera unirse a aquel extraño coro. Ella tenía amigos que no se conocían entre sí, pero que inevitable y puntualmente le hablaban bien de él. Tenía también un tipo de originalidad, un interés intrínseco, que hacía que cada uno de nosotros la tuviera como un recurso privado, cultivado celosamente, más o menos en secreto, como una de esas personas a las que no se ve en una reunión social, a las que no todo el mundo —no el vulgo— puede abordar, y con quien, por consiguiente, el trato es particularmente difícil y particularmente precioso. La veíamos por separado, con citas y condiciones, y en general nos parecía que no contárnoslo unos a otros contribuía a crear armonía después de todo. Siempre había alguien que había recibido una nota suya más tarde que otro. Hubo una tonta que durante mucho tiempo, entre los no privilegiados, debió a tres simples visitas a Richmond la fama de codearse con «cantidad de personas inteligentísimas y poco conocidas».
Todos hemos tenido amigos que parecía buena idea juntar, y todos recordamos que nuestras mejores ideas no han sido nuestros mayores éxitos; pero dudo que jamás se haya dado otro caso en el que el fracaso estuviera en proporción tan directa con la cantidad de influencia puesta en marcha. Es posible realmente que en este caso concreto la cantidad de influencia fuera lo más notable. Tanto la dama como el caballero lo calificaron ante mí y ante otros de tema para una farsa clamorosa. La primera razón aducida había desaparecido con el tiempo, y sobre ella florecieron otras cincuenta mejores. Eran bastante parecidos: tenían las mismas ideas, tretas y gustos, los mismos prejuicios, supersticiones y herejías; decían las mismas cosas y, a veces, las hacían; les gustaban y les desagradaban las mismas personas y lugares, los mismos libros, autores y estilos; había detalles de parecido hasta en su aspecto y sus facciones. Se estableció casi como norma que los dos eran, en lenguaje corriente, igual de «simpáticos» y casi igual de guapos. Pero la gran semejanza, que suscitaba asombros y comentarios, era su rara obstinación acerca de no dejarse fotografiar. Eran las únicas personas de quienes se supiera que nunca habían «posado» y que se negaban a ello con vehemencia. Sencillamente no querían… no, por mucho que se les dijera. Yo me había quejado de eso enérgicamente; a él, en particular, había deseado tan inútilmente poder mostrarle sobre la chimenea del salón, en un marco de Bond Street. Ésa era, de cualquier modo, la más poderosa de las razones por las que debían conocerse… todas las poderosas razones reducidas a la nada por aquella extraña ley que les había hecho darse tantos portazos en las narices mutuamente, que había hecho de ellos los cubos de un pozo, los dos extremos de un balancín, los dos partidos del Estado, de modo que cuando uno estaba arriba el otro estaba abajo, cuando uno estaba fuera el otro estaba dentro; sin la más mínima posibilidad para ninguno de entrar en una casa hasta que el otro la hubiera abandonado, ni de abandonarla inadvertidamente hasta que el otro estuviera en camino. Únicamente llegaban cuando ya no se les esperaba, que era precisamente también cuando se marchaban. Eran, en una palabra, alternos e incompatibles; su desencuentro era tan inveterado que sólo podía explicarse pensando que estaba concertado de antemano. Tan lejos estaba de serlo, sin embargo, que acabó —literalmente al cabo de varios años— por decepcionarles y enojarles. Yo no creo que su curiosidad fuese intensa hasta que resultó completamente vana. Se hizo mucho, desde luego, por ayudarles, pero era como tender alambres para que tropezasen. Para poner ejemplos tendría que haber tomado notas; pero recuerdo que ninguno de los dos había podido jamás asistir a una cena en la ocasión apropiada. La ocasión apropiada para uno era la ocasión inoportuna para el otro. Para la inoportuna eran de lo más puntuales, y nunca hubo más que ocasiones inoportunas. Hasta los elementos se confabulaban en contra, reforzados por la propia constitución humana. Un catarro, un dolor de cabeza, un luto, una tormenta, una niebla, un terremoto, un cataclismo se interponían infaliblemente. El asunto pasaba ya de broma.
Sin embargo como broma había que seguir tomándolo, aunque no pudiera uno por menos de pensar que con la broma la cosa se había puesto seria, se había producido por ambas partes un discernimiento, una incomodidad, un verdadero temor al último accidente de todos, el único que podía aportar alguna novedad, el accidente que les reuniese. El efecto final de sus predecesores había sido despertar ese instinto. Estaban bastante avergonzados… quizás incluso un poco el uno del otro. Tanto preparativo, tanta frustración: ¿qué podría valer en verdad para conseguirlo? Un mero encuentro sería mera sosería. ¿Me los imaginaba yo al cabo de los años, preguntaban a menudo, mirándose estúpidamente el uno al otro? Si les aburría la broma, podría aburrirles mucho más otra cosa. Los dos se hacían exactamente las mismas reflexiones, y de alguna manera cada uno estaba seguro de enterarse de las del otro. Creo realmente que era ese peculiar retraimiento lo que por fin controlaba la situación. Quiero decir que si durante el primer año o dos habían fracasado sin poder evitarlo, mantuvieron la costumbre porque —¿cómo lo diré?— se habían puesto nerviosos. Realmente había que pensar en una volición persistente para explicar algo tan corriente y tan ridículo.
III
Cuando para coronar nuestra larga relación acepté su renovada oferta de matrimonio, se dijo humorísticamente, lo sé, que yo había puesto como condición que me regalara una fotografía suya. Lo cierto es que yo me había negado a darle la mía sin ella. En cualquier caso, le tenía por fin, muy destacado, encima de la repisa de la chimenea, donde, el día que ella vino a darme la enhorabuena, estuvo más cerca que nunca de verle. Al posar para aquel retrato él le había dado un ejemplo que yo la invité a seguir; si él había sacrificado su obstinación… ¿por qué no iba a sacrificar ella la suya? Ella también tenía que regalarme algo por mi compromiso… ¿por qué no iba a regalarme la foto que haría pareja? Se echó a reír y negó con la cabeza; el impulso de sus negativas con la cabeza parecía venido desde tan lejos como la brisa que mueve una flor. La foto que hacía pareja con el retrato de mi futuro marido era el retrato de su futura mujer. Ella había tomado su postura… y era tan incapaz de apartarse de ella como de explicarla. Era un prejuicio, un entêtement, un voto: viviría y se moriría sin haber sido fotografiada. Ahora, además, se había quedado sola en aquel estado: eso era lo que le gustaba; la hacía tanto más original. Se alegró de la caída de su antiguo cómplice, y estuvo un buen rato mirando su fotografía, sin hacer sobre ella ningún comentario memorable, aunque le dio la vuelta incluso para verla por detrás. En lo tocante a nuestro compromiso se mostró encantadora, toda cordialidad y comprensión.
—Llevas más tiempo conociéndole que yo sin conocerle —dijo—, y eso parece demasiado tiempo.
Ella se daba cuenta de cuánto habíamos corrido juntos por montes y valles y de lo inevitable que era que a partir de entonces descansáramos juntos. Estoy segura de todo eso porque lo que le siguió fue tan extraño que es una especie de alivio para mí señalar hasta qué punto nuestras relaciones fueron tan naturales como habían sido siempre. Fui yo quien con una locura súbita las alteró y destruyó. Ahora veo que ella no me dio ningún pretexto, y que sólo encontré uno en su forma de mirar aquel hermoso rostro metido en un marco de Bond Street. ¿Cómo, pues, habría querido yo que lo mirase? Lo que yo había deseado desde el principio era que le gustase a ella. Pues bien, eso era lo que todavía deseaba… hasta el momento en que me prometió que en esta ocasión me ayudaría realmente a romper el absurdo maleficio que los había tenido separados. Yo había acordado con él que cumpliese con su deber si ella cumplía tan clamorosamente con el suyo. En aquellos momentos me encontraba en otra situación… estaba en condiciones de responder por él. Me comprometí verdaderamente a que a las cinco de la tarde del sábado siguiente él estaría allí mismo. Había salido de la ciudad por un asunto urgente, pero, habiendo prometido mantener su promesa al pie de la letra, regresaría a propósito y con tiempo de sobra. «¿Estás completamente segura?», recuerdo que me preguntó, con gesto serio y pensativo; me pareció que palidecía un poco. Estaba cansada, estaba indispuesta: era una lástima que él fuera a conocerla después de todo en tan mal momento. ¡Si la hubiese podido ver cinco años antes! Sin embargo, le respondí que esta vez estaba segura, y que el éxito, por consiguiente, dependía únicamente de ella. A las cinco en punto del sábado le encontraría en un sillón concreto que le señalé, el mismo en el que él solía sentarse y en el que —aunque eso no se lo mencioné— se había sentado hacía una semana, cuando me planteó la cuestión de nuestro futuro de una forma que me convenció. Ella lo miró en silencio, como antes había mirado la fotografía, mientras yo repetía por enésima vez que era demasiado absurdo que no lograra de una forma u otra presentarle mi otro yo a mi amiga más querida.
—¿Soy tu amiga más querida? —me preguntó ella con una sonrisa que por un momento le devolvió su belleza.
Mi respuesta fue estrecharla contra mi pecho; después de lo cual me dijo:
—De acuerdo, vendré. Me da mucho miedo, pero cuenta conmigo.
Cuando se hubo marchado empecé a preguntarme de qué tendría miedo, porque lo había dicho como si hablara completamente en serio. Al día siguiente, a media tarde, me llegaron unas líneas suyas: al llegar a casa se había encontrado con la noticia de la muerte de su marido. Hacía siete años que no se veían, pero quería que yo lo supiera de esa forma antes de que me enterase de otra. Sin embargo, por extraño y triste que resulte decirlo, su vida cambiaba tan poco con ello que mantendría escrupulosamente nuestra cita. Me alegré por ella… supuse que al menos cambiaría en el sentido de tener más dinero; pero incluso con aquella distracción, lejos de olvidar que me había dicho que tenía miedo, me pareció vislumbrar una razón para tenerlo. Su temor, conforme avanzaba la tarde, se hizo contagioso, y el contagio tomó en mi pecho la forma de un pánico repentino. No eran celos… era solamente pavor a sentir celos. Me llamé tonta por no haberme estado callada hasta que fuésemos marido y mujer. Después de eso me sentiría hasta cierto punto segura. Tan sólo era cuestión de esperar otro mes más… una nadería sin duda para quienes habían esperado tanto tiempo. Quedaba bastante claro que ella estaba nerviosa, y ahora que era libre su nerviosismo no sería menor. ¿Qué era aquello, por consiguiente, sino un claro presentimiento? Hasta la fecha había sido víctima de injerencias, pero era muy posible que en lo sucesivo fuera ella quien las originase. La víctima, en tal caso, sería sencillamente yo. ¿Qué había sido la injerencia sino el dedo de la Providencia apuntando a un peligro? El peligro era, por supuesto, para la pobre de mí. Lo había mantenido a raya una serie de accidentes con una frecuencia sin precedentes; pero el régimen de accidentes visiblemente tocaba ya a su fin. Yo tenía la íntima convicción de que ambas partes acudirían a la cita. Cada vez estaba más convencida de que se estaban acercando, convergiendo. Eran como los que van buscando un objeto escondido en el juego de la gallinita ciega; tanto ella como él habían empezado a «quemarse». Habíamos hablado de romper el sortilegio; pues bien, efectivamente se iba a romper… a no ser, desde luego, que simplemente adoptase otra forma y exagerase sus encuentros como había exagerado sus fugas. Era algo en lo que no podía dejar de pensar; me impedía dormir… a medianoche me encontraba muy inquieta. Finalmente me di cuenta de que no había más que un modo de conjurar al fantasma. Si el régimen de accidentes había terminado, no tendría más remedio que asumir su sucesión. Me senté a escribir una nota apresurada para que él la encontrase a su regreso y, como los criados ya se habían acostado, yo misma salí con la cabeza descubierta a la calle vacía y ventosa para echarla en el buzón más próximo. En ella le decía que no iba a poder estar en casa por la tarde, como había pensado, y que tendría que posponer su visita hasta la hora de la cena. Con ello le daba a entender que me encontraría sola.
IV
Cuando, según lo acordado, ella se presentó a las cinco me sentí, naturalmente, falsa y despreciable. Mi acción había sido una locura momentánea, pero al menos tenía que estar a su altura, como suele decirse. Ella permaneció una hora en casa; él, claro está, no acudió; y yo no pude hacer otra cosa que continuar con mi perfidia. Había creído preferible dejarla venir; aunque ahora me parezca raro, consideré que disminuía mi culpa. No obstante, ante aquella mujer tan visiblemente pálida y fatigada, afligida por la sensación de todo lo que la muerte de su marido había puesto en marcha, sentí una punzada verdaderamente lacerante de lástima y de remordimiento. Si no le dije allí mismo lo que había hecho fue porque estaba demasiado avergonzada. Fingí asombro… lo fingí hasta el final; protesté que si alguna vez había tenido confianza había sido aquel día. Me sonrojo al contarlo… lo tomo como penitencia. No hubo nada que no dijera contra él en mi indignación; inventé suposiciones, atenuantes; reconocí con estupor, mientras las manecillas del reloj corrían, que la suerte de ambos no había cambiado. Ella se sonrió ante aquella visión de su «suerte», pero parecía preocupada… parecía rara: lo único que me sostenía era el hecho de que, por extraño que parezca, llevase luto… no grandes cantidades de crespón, sino sencillamente luto riguroso. Llevaba en la toca tres pequeñas plumas negras. Llevaba un manguito pequeño de astracán. Eso, con la ayuda de un poco de reflexión intensa, me daba un poco la razón. Me había escrito diciendo que el súbito evento no significaba ningún cambio para ella, pero por lo visto sí lo había habido por lo menos en cuanto a eso. Si se inclinaba a seguir las formalidades de rigor, ¿por qué no observaba la de no hacer visitas en los primeros días? Había alguien a quien deseaba tanto ver que no podía esperar hasta enterrar a su marido. Semejante revelación de impaciencia me daba la dureza y la crueldad necesarias para poner en práctica mi odioso engaño, aunque al mismo tiempo, según se iba consumiendo aquella hora, sospeché en ella algo todavía más profundo que la decepción, y en cierto modo menos satisfactoriamente disimulado. Me refiero a un extraño alivio subyacente, la blanda y débil emisión del aliento cuando ha pasado un peligro. Lo que sucedió durante aquella hora inútil que pasó conmigo fue que por fin renunció a él. Le dejó ir para siempre. Hizo de aquello la broma más elegante que yo había visto hacer de nada; pero fue, a pesar de todo, una gran fecha en su vida. Habló, con su moderada alegría, de todas las otras ocasiones vanas, el prolongado juego del escondite, la rareza sin precedentes de una relación así. Porque fue, o había sido, una relación, ¿no es cierto? Ahí estaba precisamente lo absurdo de todo aquello. Cuando se levantó para marcharse, le dije que era una relación más que nunca, pero que yo no tenía el descaro, después de lo que había ocurrido, de proponerle de momento otra oportunidad. Estaba claro que la única oportunidad válida sería la celebración de mi matrimonio. ¡Por supuesto que iría a mi boda! Cabía incluso esperar que él fuera también.
—¡Si voy yo, no irá él!
Recuerdo el acusado temblor y el ligero quiebro de su risa. Admití que podía haber algo de razón en eso. Lo que había que hacer por tanto era casarnos antes tranquilamente.
—No nos ayudará. ¡Nada nos ayudará! —dijo dándome un beso de despedida—. ¡No le veré jamás, jamás!
Con esas palabras me dejó.
Yo podía soportar su decepción, como la he llamado; pero cuando, un par de horas más tarde, le recibí a él para la cena, descubrí que la suya no la podía soportar. El modo en que mi maniobra podría haberle afectado no lo había tenido en cuenta especialmente; pero el resultado de eso fue la primera palabra de reproche que salía de su boca. Digo «reproche», y esa expresión apenas parece lo bastante fuerte para los términos en que me manifestó su sorpresa de que, en tan extraordinarias circunstancias, no hubiera yo encontrado alguna forma de no privarle de semejante ocasión. Sin duda podría habérmelas arreglado para no verme obligada a salir, o para dejar que su encuentro hubiera tenido lugar de todos modos. Seguramente se habrían desenvuelto muy bien, en mi salón, sin mí. Ante aquello me derrumbé: confesé mi iniquidad y su miserable motivo. No había aplazado mi cita con ella ni había salido; ella había venido y, tras esperarle durante una hora, se había marchado convencida de que el único culpable de su ausencia era él.
—¡Debe haber pensado que soy un perfecto animal! —exclamó—. ¿Me ha llamado… —y recuerdo el corte de respiración casi perceptible de su pausa—… lo que tenía derecho a llamarme?
—Te aseguro que no ha dicho nada que demostrara el menor enfado. Miró tu fotografía, hasta darle la vuelta para mirarla por detrás, donde por cierto está escrita tu dirección. Sin embargo no le indujo a manifestarse. No le preocupas tanto como todo eso.
—¿Entonces por qué te da miedo?
—No era ella la que me daba miedo. Eras tú.
—¿Tan seguro te parecía que iba a enamorarme de ella? No habías aludido nunca a esa posibilidad —prosiguió mientras yo permanecía callada—. Aunque la describieras como una persona admirable, no era bajo esa luz como me la presentabas.
—¿Quieres decir que si hubiera sido así a estas alturas te las habrías arreglado para echarle la vista encima? Yo entonces no temía nada —añadí—. No tenía los mismos motivos.
Al oír eso me besó, y cuando recordé que ella había hecho lo mismo un par de horas antes sentí por un momento como si él recogiera de mis labios la propia presión de los de ella. A pesar de los besos, el incidente había dejado una cierta frialdad, y sufrí terriblemente sintiendo que él me hubiera visto culpable de un engaño. Lo había visto sólo a través de mi confesión sincera, pero yo me sentía tan desdichada como si tuviera una mancha que borrar. No podía olvidar de qué manera me había mirado cuando hablé de la aparente indiferencia con que ella había acogido el que él no viniera. Por primera vez desde que le había conocido me pareció que dudaba de mi palabra. Antes de separarnos le dije que la iba a desengañar: que a primera hora de la mañana me iría a Richmond, y le informaría de que él no había tenido ninguna culpa. Yo expiaría mi pecado, le dije; me arrastraría por el polvo; confesaría y pediría perdón. Al oír eso me besó una vez más.
V
En el tren, al día siguiente, me pareció que había sido mucho por su parte el haber consentido; pero mi resolución era bastante firme y seguí adelante. Ascendí la larga cuesta hasta donde comienza la vista, y acto seguido llamé a la puerta. Me desconcertó un poco el hecho de que las persianas estuvieran todavía echadas, pensando que, si bien había llegado temprano debido a la presión de mi remordimiento, no cabía duda de que había dejado tiempo a los de la casa para levantarse.
—¿En casa, señá? Ha dejado la casa para siempre.
Aquel anuncio de la anciana doncella me sobresaltó extraordinariamente.
—¿Se ha marchado?
—Ha muerto, señá, por favor —acto seguido, mientras me quedé boquiabierta al escuchar aquella horrible palabra, añadió—: Murió anoche.
El fuerte grito que se me escapó sonó incluso a mis oídos como una brusca violación del momento. A primera vista sentí como si la hubiera matado; se me nubló la vista, y vi de manera imprecisa que la mujer me tendía los brazos. De lo que sucedió a continuación no recuerdo nada, solamente me acuerdo de la pobre prima estúpida de mi amiga, en una habitación en sombras, tras un intervalo que debió de ser muy breve, hablándome en tono acusatorio entre sollozos contenidos. No podría asegurar cuánto tiempo tardé en comprender, en creer y luego en rechazar, con un esfuerzo inmenso, aquella punzada de responsabilidad que supersticiosamente, irracionalmente, había sido casi lo único de lo que me di cuenta al principio. El médico, después de que ocurriera el hecho, había sido extraordinariamente prudente y claro: estaba convencido de que se debió a una debilidad del corazón desde hacía mucho tiempo latente, causada seguramente años atrás por el nerviosismo y los terrores que su matrimonio le habían deparado. En aquella época había tenido escenas crueles con su marido, había temido por su vida. Después de eso, tenía que haber evitado encarecidamente toda emoción, cualquier tipo de inquietud e incertidumbre, como por supuesto se había dado perfecta cuenta en su apreciable perseverancia en llevar una vida tranquila; pero ¿quién podía asegurar que nadie, sobre todo una «señora de verdad», pudiera protegerse de todo pequeño tropiezo? Un par de días antes lo había tenido con la noticia del fallecimiento de su marido… puesto que había sobresaltos de todo tipo, no sólo de aflicción y de sorpresa. En realidad ella jamás había pensado en una liberación tan próxima: había parecido, como si él fuera a vivir tanto como ella. Después, aquella tarde, en la ciudad, evidentemente había tenido algún contratiempo: algo debió haberle ocurrido allí, que sería indispensable poner en claro. Había vuelto muy tarde —eran más de las once—, y al recibirla en el vestíbulo su prima, que estaba sumamente preocupada, ella había reconocido estar agotada y que tenía que descansar un momento antes de subir las escaleras. Habían entrado juntas en el comedor, proponiéndole su compañera que tomase una copa de vino y apresurándose a ir al aparador para servírsela. No fue más que un momento, pero cuando mi informadora se volvió nuestra pobre amiga no había tenido tiempo de sentarse. De improviso, con un débil gemido apenas audible, se desplomó en el sofá. Había muerto. ¿Qué «pequeño tropiezo» desconocido le había asestado el golpe? ¿Qué sobresalto, me pregunto, la había esperado en la ciudad? Mencioné inmediatamente el único motivo de preocupación concebible: no haber encontrado en mi casa, donde había acudido a las cinco invitada con ese propósito, al caballero con el que me iba a casar, que involuntariamente no había podido ir, y a quien ella no conocía en absoluto. Eso valía bien poco, obviamente; pero podía haber ocurrido perfectamente otra cosa: nada era más posible en las calles de Londres que un accidente, sobre todo un accidente en aquellos atroces coches de alquiler. ¿Qué había hecho ella, adónde había ido al marcharse de mi casa? Yo había dado por hecho que se había ido directamente a la suya. Las dos nos acordamos en seguida de que a veces, en sus excursiones a la capital, por conveniencia, por darse un respiro, pasaba una hora o dos en el «Gentlewomen», un tranquilo club de señoras, y le prometí que lo primero que haría sería solicitar información de buena fe en dicho establecimiento. Acto seguido entramos en la cámara oscura y terrible en donde yacía muerta bajo llave y donde poco después pedí quedarme a solas con ella y permanecí media hora. La muerte la había embellecido, la había dejado hermosa; pero lo que yo sentí, sobre todo, al arrodillarme junto a su lecho, fue que la había silenciado, la había dejado callada. Había echado la llave a algo que a mí me importaba saber.
A mi regreso de Richmond, y después de haber cumplido con otro deber, me dirigí a sus aposentos. Era la primera vez, aunque a menudo había deseado conocerlos. En la escalera, que, como la casa incluía una veintena de viviendas, era de libre acceso público, me encontré con su criado, que volvió conmigo y me hizo pasar. Al oírme entrar apareció él en el umbral de otra habitación más interior, y en cuanto quedamos solos le di la noticia:
—¡Ha muerto!
—¿Muerto?
Le impresionó enormemente, y me di cuenta de que no necesitaba preguntar a quién me refería con aquella brusquedad.
—Murió anoche… nada más abandonar mi casa.
Él me miró fijamente con la expresión más extraña, buscando su mirada la mía como si recelara una trampa.
—¿Anoche… nada más abandonar tu casa? —repitió mis palabras estupefacto. Y a continuación me soltó, de modo que yo lo oí estupefacta a mi vez:
»—¡Imposible! Si yo la vi.
—¿Cómo que la «viste»?
—Ahí mismo… donde tú estás.
Eso me recordó pasado un instante, como si pudiera ayudarme a asimilarlo, el gran prodigio de aquel aviso de su juventud.
—En la hora de la muerte… comprendo: como viste perfectamente a tu madre.
—No, no como vi a mi madre… así no, ¡así no! —Estaba hondamente afectado por la noticia… mucho más, estaba claro, de lo que pudiera haber estado la víspera: tuve la viva sensación de que, como me dije a mí misma entonces, había indudablemente una relación entre ellos dos, y que realmente él había estado cara a cara con ella. Semejante idea, que reafirmaba su extraordinario privilegio, le habría presentado de improviso como un ser exasperantemente anormal de no haber sido por la vehemencia con que insistió en la diferencia—. La vi viva. La vi para hablar con ella. La vi como ahora te estoy viendo a ti.
Es curioso que por un momento, aunque sólo por un momento, encontrase yo alivio en el más personal, por decirlo así, pero también en el más natural, de aquellos dos hechos extraños. Al momento siguiente, al aceptar aquella imagen de ella yendo a verle al salir de mi casa, y lo que precisamente explicaba en lo referente al empleo de su tiempo, demandé, con una pizca de aspereza que no dejé de advertir:
—¿Y se puede saber a qué venía?
Él había tenido ya un minuto para pensar… para recobrarse y evaluar resultados, de modo que al hablar, aunque todavía hubiera excitación en su mirada, mostró una rojez deliberada y trató, sin propósito serio, de restar gravedad a sus palabras con una sonrisa.
—Venía precisamente a verme. Venía… después de lo que había pasado en tu casa… para que, a pesar de todo, al fin nos conociéramos. Me pareció un motivo perfecto, y por eso lo acepté.
Miré la habitación donde ella había estado… donde ella había estado y yo nunca hasta entonces.
—¿Y así como tú lo aceptaste fue como ella lo expresó?
—Ella no lo expresó de ninguna manera más que estando aquí y dejando que la mirase. ¡Fue suficiente! —exclamó riéndose de manera increíble.
Cada vez estaba más asombrada.
—¿Quieres decir que no te dijo nada?
—No dijo nada. No hizo más que mirarme como yo la miraba.
—¿Y tú tampoco dijiste nada?
Volvió a dirigirme aquella penosa sonrisa.
—Yo pensé en ti. La situación era delicada en todos los sentidos. Yo procedí con el mayor tacto. Pero ella se dio cuenta de que me había gustado.
Repitió incluso la risa discordante.
—¡Evidentemente te «gustó»!
Entonces reflexioné un momento:
—¿Cuánto tiempo se quedó?
—No sabría decirlo. Pareció como veinte minutos, pero es probable que fuese mucho menos.
—¡Veinte minutos de silencio! —empezaba a tener una opinión concreta, y a partir de entonces de hecho me aferré a ella—. ¿Sabes que lo que me estás contando es verdaderamente una monstruosidad?
Hasta entonces había permanecido de pie de espaldas al fuego; al oír eso, con una mirada de súplica, se vino a mí.
—Te lo ruego, cariño, no lo tomes a mal.
Podía no tomármelo a mal, y así se lo di a entender; pero lo que no pude de ninguna manera, cuando él abrió los brazos con cierta torpeza, fue dejar que me atrajera hacia sí. De modo que se creó entre los dos, durante un tiempo apreciable, la incomodidad de un gran silencio.
VI
Él lo rompió en seguida, diciendo:
—¿No hay absolutamente ninguna duda de su muerte?
—Lamentablemente ninguna. Vengo de estar de rodillas junto a la cama donde la han tendido.
Clavó sus ojos en el suelo; luego los levantó hacia los míos.
—¿Qué aspecto tiene?
—Parece… en paz.
Volvió a alejarse, mientras le observaba; pero al cabo de un momento comenzó:
—Entonces, ¿a qué hora…?
—Debió ser cerca de medianoche. Se derrumbó al llegar a su casa… como consecuencia de una dolencia cardíaca que sabía que tenía, y de la que su médico tenía conocimiento, pero de la que, pacientemente, valientemente, nunca me había hablado.
Me escuchaba atentamente, y durante un minuto no pudo hablar. Por fin exclamó, con un acento de confianza casi infantil, de sencillez realmente sublime, que todavía resuena en mis oídos según escribo:
—¡Era maravillosa!
Incluso en aquel momento fui capaz de tener la suficiente ecuanimidad para responderle que eso siempre se lo había dicho yo; pero al minuto siguiente, como si después de hablar hubiera vislumbrado lo que él podría haberme hecho sentir, prosiguió en seguida:
—Por lo menos comprenderás que si no llegó a su casa hasta medianoche…
Le corregí inmediatamente.
—¿Tuviste bastante tiempo para verla? ¿Cómo es eso —pregunté—, si no te fuiste de mi casa hasta muy tarde? No recuerdo a qué hora exactamente… estaba preocupada. Pero tú sabes que, aunque dijiste que tenías mucho que hacer, te quedaste un buen rato después de la cena. Ella, por su parte, pasó toda la velada en el «Gentlewomen», de allí vengo… he hecho averiguaciones. Allí tomó el té; se quedó muchísimo tiempo.
—¿Qué estuvo haciendo durante todo ese muchísimo tiempo?
Le vi ansioso de poner en duda a cada paso mi versión de los hechos; y cuanto más lo demostraba más me empeñaba yo en hacer hincapié en aquella versión, en preferir con aparente terquedad una explicación que no sólo aumentaba la maravilla y el misterio, sino que, de los dos prodigios entre los que se me daba a elegir, era el que mis celos reactivados más fácilmente podían aceptar. Él defendía, con un candor que ahora me parece hermoso, el privilegio de haber conocido, a pesar del fracaso absoluto, a la mujer viva; en tanto que yo, con una vehemencia que hoy me asombra, aunque en cierto modo sigan humeantes sus cenizas, no podía sino responderle que, en virtud de un extraño don compartido por ella con su madre, y que también por parte de ella era hereditario, se había repetido para él el prodigio de su juventud, y para ella el prodigio de la suya. Había sido a él… sí, y movida de un impulso todo lo encantador que él quisiera; ¡pero no había sido en carne y hueso! Era mera cuestión de evidencia. Yo había recibido, sostuve, un informe preciso de lo que ella había hecho —durante la mayor parte de ese tiempo— en el pequeño club. El lugar estaba casi vacío, pero los empleados se habían fijado en ella. Había estado sentada, inmóvil, en un sillón, junto a la chimenea del salón; había reclinado la cabeza, había cerrado los ojos, pareció haber dormido plácidamente.
—Ya. Pero ¿hasta qué hora?
—En eso —me vi obligada a responder— los criados me fallaron un poco. La portera en particular por desgracia es tonta, aunque se supone que también es una señora. Es evidente que a esas horas, sin que nadie la sustituyera y en contra de las normas, estuvo algún tiempo ausente de la portería desde donde debe vigilar las entradas y salidas. Se confunde, miente a ojos vistas; de modo que, a partir de sus observaciones, no puedo darte una hora con seguridad. Pero notaron que a eso de las diez y media nuestra pobre amiga ya no estaba en el club.
Le vino al pelo.
—Vino derecha aquí, y desde aquí se fue derecha al tren.
—No podría haberse marchado con el tiempo tan justo —declaré—. Precisamente es algo que nunca hacía.
—No había necesidad de tomarlo con el tiempo justo, hija mía… tuvo tiempo de sobra. Te falla la memoria en eso de que yo me fui tarde: te dejé, da la casualidad, más pronto que de costumbre. Lamento que el tiempo que pasé contigo te pareciera largo, pues estaba aquí de vuelta a eso de las diez.
—Para ponerte en zapatillas —le repliqué— y quedarte dormido en tu sillón. No te despertaste hasta la mañana… ¡la viste en sueños!
Él me miraba en silencio y con ojos melancólicos… unos ojos que daban a entender que tenía que reprimir alguna irritación. En seguida proseguí:
—Recibes la visita, a hora intempestiva, de una señora… soit: nada más probable. Pero señoras hay muchas. Por el amor de Dios, si no fue anunciada ni dijo nada, y por si fuera poco nunca habías visto ni un solo retrato suyo, ¿cómo pudiste identificar a la persona de la que estamos hablando?
—¿No me la habían descrito hasta la saciedad? Te la describiré sin omitir detalle.
—¡Ahórratelo! —grité con una rapidez que le hizo reír una vez más. Yo me puse colorada, pero continué—: ¿La hizo entrar tu criado?
—No estaba… nunca está cuando se le necesita. Una de las peculiaridades de este caserón es que desde la puerta de la calle se puede acceder hasta los diferentes pisos prácticamente sin obstáculos. Mi criado hace la corte a una joven que trabaja en el piso de arriba, y anoche estuvo en ello un buen rato. Cuando sale deja la puerta de fuera, la de la escalera, sólo entornada, lo que le permite volver sigilosamente sin hacer ruido. La puerta se abre, pues, de un empujón. Ella se lo dio… sólo hacía falta un poco de valor.
—¿Un poco? ¡Toneladas! Y toda clase de cálculos imposibles.
—Pues lo tuvo… y los hizo. ¡La verdad es que yo no he negado en ningún momento —añadió— que eso no fuera muy sorprendente!
Algo había en su tono que por un tiempo me impidió confiarme a hablar. Al fin dije:
—¿Cómo llegó a saber dónde vivías?
—Recordaría la dirección que figuraba en la pequeña etiqueta que afortunadamente los de la tienda dejaron pegada al marco que había encargado para mi fotografía.
—¿Y cómo iba vestida?
—De luto, amor mío. No grandes cantidades de crespón, sino sencillamente luto riguroso. Llevaba en la toca tres pequeñas plumas negras. Llevaba un manguito pequeño de astracán. Cerca del ojo izquierdo —continuó— tiene una diminuta cicatriz vertical…
Le corté en seco.
—La señal de una caricia de su marido —luego añadí—: ¡Qué cerca de ella has tenido que estar!
No me respondió nada a eso, y me pareció que se ruborizaba; al observarlo me detuve inmediatamente.
—En fin, adiós.
—¿No te quedas un rato? —volvió a mí con ternura, y esa vez le dejé—. Su visita tuvo su belleza —murmuró mientras me abrazaba—, pero la tuya tiene más.
Le dejé besarme, pero recordé, como había recordado el día anterior, que el último beso que ella había dado en este mundo había sido, suponía yo, para los labios que él tocaba.
—Es que yo soy la vida —le contesté—. Lo que viste anoche era la muerte.
—¡Era la vida… era la vida!
Hablaba con indulgente obstinación… me solté. Nos miramos fijamente.
—Describes la escena —si a eso se puede llamar descripción— en términos incomprensibles. ¿Estaba en la habitación antes de que lo supieras?
—Yo estaba escribiendo cartas… en esa mesa de debajo de la lámpara, completamente absorto en lo que hacía… y al levantar la vista la vi frente a mí.
—¿Qué hiciste entonces?
—Me levanté de un salto profiriendo una exclamación, y ella, sonriéndome, se llevó un dedo a los labios, como advirtiéndome de algo, pero con una especie de dignidad delicada. Yo sabía que aquello quería decir que me callase, pero lo extraño fue que inmediatamente pareció explicarla y justificarla. En todo caso estuvimos así, frente a frente, durante un tiempo que, como ya te he dicho, no puedo calcular. Como tú y yo estamos ahora.
—¿Simplemente mirándoos de hito en hito?
Negó con la cabeza impacientemente.
—¡Nosotros no estamos mirándonos de hito en hito!
—En efecto, pero estamos hablando.
—El caso es que estábamos… en cierto modo —se perdió en el recuerdo—. Fue tan cordial como esto.
Tuve en la punta de la lengua el preguntarle si eso no era decir demasiado, pero en lugar de ello le hice la observación de que lo que ellos habían hecho era evidentemente contemplarse con mutua admiración. Después le pregunté si la había reconocido inmediatamente.
—No del todo —contestó—, pues como es natural no la esperaba; pero mucho antes de que se fuera se me ocurrió quién era… quién podía ser únicamente.
Medité un poco.
—¿Y al final cómo se fue?
—Igual que había llegado. La puerta estaba abierta tras ella y salió.
—¿Deprisa… despacio?
—Más bien deprisa. Pero volviendo la vista atrás —sonrió para añadir—: La dejé marchar, porque sabía perfectamente que iba a aceptar lo que ella quisiera.
Fui consciente de exhalar un suspiro largo e impreciso.
—Pues bien, ahora tienes que aceptar lo que yo quiero… debes dejar que me marche.
Al oír eso volvió a acercarse a mí, deteniéndome y persuadiéndome, declarando con toda la galantería del mundo que lo mío era muy distinto. Yo habría dado cualquier cosa por poder preguntarle si la había tocado pero las palabras se negaban a ser pronunciadas: sabía hasta sus últimas consecuencias lo horrendas y vulgares que resultarían. Dije otra cosa… no recuerdo exactamente qué; algo ligeramente retorcido y con el propósito, bastante mezquino, de lograr que me lo dijera sin yo preguntarle. Pero no me lo dijo; no hizo sino repetir, como si atisbara la conveniencia de tranquilizarme y consolarme, su declaración de hacía unos minutos… la aseveración de que ella era ciertamente exquisita, como yo había insistido siempre, pero que yo era su «verdadera» amiga y lo sería permanentemente. Eso me llevó a reafirmar, en el espíritu de mi réplica anterior, que yo tenía al menos el mérito de estar viva; lo que a su vez volvió a arrancar de él aquel rasgo de contradicción que me horrorizaba.
—¡Pero si ella estaba viva! ¡Viva, viva!
—¡Estaba muerta, muerta! —aseveré yo con una energía, con una determinación de que fuera así, que ahora al venirme a la memoria me parece casi grotesca. Pero el sonido de la palabra tal como se oyó me llenó súbitamente de horror, y toda la emoción natural que su significado podría haber evocado en otras condiciones se acumuló y estalló a raudales. Me invadió la sensación de que un gran afecto se había extinguido, y de cuánto la había querido yo y cuánto había confiado en ella. Tuve una visión, al mismo tiempo, de la solitaria belleza de su fin.
—¡Se ha ido… la hemos perdido para siempre! —me eché a sollozar.
—Eso es exactamente lo que yo siento —exclamó él, hablando con amabilidad extrema y apretándome contra sí para consolarme—. Se ha ido; la hemos perdido para siempre: así que ¿qué importa ya?
Se inclinó sobre mí, y cuando su rostro hubo tocado el mío apenas supe si estaba mojado por mis lágrimas o por las suyas.
VII
Mi teoría, mi convicción, mi postura, podría decir, llegó a ser que sin embargo jamás se habían «conocido»; y precisamente sobre esa base me pareció generoso pedirle que asistiera conmigo a su entierro. Así lo hizo con mucha modestia y ternura, y yo asumí, aunque a él estaba claro que no le apetecía nada ese peligro, que la solemnidad de la ocasión, integrada en gran parte por personas que les habían conocido a los dos y estaban al tanto de la prolongada broma, privaría suficientemente a su presencia de cualquier asociación por feble que fuera. Sobre lo que había sucedido la noche de su muerte, poco más se dijo entre nosotros; yo le había tomado horror al factor comprobante. En cualquiera de las dos hipótesis era una grosería y un fisgoneo. A él, por su parte, le faltaba corroboración aducible —es decir, todo salvo una declaración del portero de su casa, personaje de lo más informal e intermitente, según él mismo admitía—, de que entre las diez y la medianoche habían entrado y salido del lugar por lo menos tres señoras completamente enlutadas. Lo cual resultaba excesivo; ni él ni yo necesitábamos que fueran tres. Él sabía que yo consideraba haber justificado cada fracción del tiempo de nuestra amiga, y dejamos el asunto por resuelto; nos abstuvimos de discutir más. Lo que yo sabía, sin embargo, era que él se abstenía por darme gusto, más que porque cediera a mis razones. No cedía… era sólo indulgencia; él persistía en su interpretación porque le gustaba más. Le gustaba más, sostenía yo, porque tenía más que decirle a su vanidad.
Ése, en situación análoga, no habría sido su efecto sobre mí, aunque yo tenía sin duda tanta vanidad como él; pero son cosas del talante de cada uno, y en lo referente a ellas nadie puede juzgar por otro. Yo debería haber supuesto que era más grato ser objeto de una de esas ocurrencias inexplicables que se relatan en los libros escalofriantes y se discuten en reuniones eruditas; no podía concebir, por parte de un ser recién precipitado al infinito y todavía vibrante de emociones humanas, nada más delicado y puro, más elevado y augusto, que un tal impulso de reparación, de admonición, o incluso de curiosidad. Eso era hermoso, si se quería, y yo en su lugar tendría mejor opinión sobre mí misma por haber sido distinguida y escogida de ese modo. Era público que él ya contaba, había contado desde hacía mucho tiempo con aquel punto de vista, y ¿qué era tal hecho en sí mismo sino casi una prueba? Cada una de las extrañas apariciones contribuía a confirmar la otra. Él tenía una impresión diferente; pero tenía también, me apresuro a añadir, un deseo inequívoco de no oponerse o, como suele decirse, de no armar un follón. Yo podía creer lo que quisiese… tanto más cuanto que todo este asunto era, en cierto modo, un misterio de mi invención. Era un suceso de mi historia, un enigma de mi conciencia, no de la suya; por consiguiente él lo tomaría como a mí me pareciese más conveniente. Los dos teníamos, en cualquier caso, otras cosas entre manos; nos apremiaban los preparativos de nuestra boda.
Los míos eran sin duda urgentes, pero según pasaban los días descubrí que creer lo que yo «quisiese» era creer algo de lo que cada vez estaba más íntimamente convencida. Descubrí también que no me gustaba hasta ese punto, o que el placer distaba, en cualquier caso, de ser la causa de mi convicción. Mi obsesión, como realmente puedo llamarla y como empezaba a percibir, se negaba a ser apartada a codazos, como yo había esperado, por mi dedicación a deberes más importantes. Si tenía mucho que hacer, todavía era más lo que tenía que pensar, y llegó un momento en que mis ocupaciones se vieron seriamente amenazadas por mis pensamientos. Ahora lo veo todo, me doy cuenta de ello, lo vuelvo a vivir. Está terriblemente vacío de alegría, de hecho está lleno a rebosar de amargura; y sin embargo debo ser justa conmigo misma… no habría podido hacer otra cosa que lo que hice. Las mismas extrañas impresiones, si tuviera que enfrentarme a ellas de nuevo, me producirían la misma angustia profunda, las mismas dudas mordaces, las mismas certezas más mordaces todavía. Ah, sí, todo es más fácil de recordar que de poner por escrito, pero incluso aunque pudiera reconstruirlo todo hora por hora, aunque pudiera encontrar términos para lo inexpresable, la fealdad y el dolor me frenarían rápidamente la mano. Permítaseme anotar, pues, con toda sencillez y brevedad, que una semana antes del día de nuestra boda, tres semanas después de la muerte de ella, supe con todo mi ser que había algo muy serio que tenía que mirar de frente, y que si iba a hacer ese esfuerzo tenía que hacerlo en seguida, sin dejar pasar una hora más. Mis celos no extinguidos… ésa era la máscara de la Medusa. No habían muerto con la muerte de ella, habían sobrevivido lívidamente y se alimentaban de sospechas indecibles. Serían indecibles hoy, mejor dicho, si no hubiera sentido la apremiante necesidad de formularlas en su momento. Esa necesidad tomó posesión de mí… para salvarme, al parecer, de mi destino. Una vez hecho eso, no vi —dada la urgencia del caso, que las horas menguaban y el intervalo se acortaba— más que una salida, la de la prontitud y la franqueza absolutas. Al menos no podía perjudicarle que lo aplazara un día más; al menos podía considerar que mi dificultad era demasiado delicada para ser un subterfugio. Así pues, tranquilamente, pero aun así de forma súbita y horrible, le expuse una noche que deberíamos reconsiderar nuestra situación y reconocer que se había alterado por completo.
Él me miró sin parpadear, con valor.
—¿Cómo que se ha alterado?
—Otra persona se ha interpuesto entre nosotros.
No se tomó más que un instante para pensar.
—No voy a fingir que no sé a quién te refieres —sonrió compadeciéndose de mi aberración, pero pretendiendo ser amable—. ¡Una mujer que está muerta y enterrada!
—Está enterrada, pero no muerta. Está muerta para el mundo… está muerta para mí. Pero no está muerta para ti.
—¿Vuelves a la diferente interpretación que dimos a su aparición aquella noche?
—No —respondí—, no vuelvo a nada. No me hace falta. Me basta y me sobra con lo que tengo delante.
—¿De qué se trata, querida, por favor?
—De que has cambiado por completo.
—¿Por aquel absurdo? —rió.
—No tanto por aquél como por otros absurdos que le han seguido.
—¿Como cuáles?
Estábamos enfrentados verdaderamente, y ninguno de los dos pestañeó; pero en la mirada de él había una extraña luz sin brillo, y mi certeza vencía a su perceptible palidez.
—¿De veras pretendes —pregunté— no saber cuáles son?
—¡Querida mía —me contestó—, los describes muy imprecisamente!
Pensé un momento.
—¡Puede ser bastante embarazoso acabar el cuadro! Pero visto desde ese punto de vista… y desde el primer momento…, ¿ha habido alguna vez algo más embarazoso que tu idiosincrasia?
Recurrió a la vaguedad… cosa que siempre hacía muy bien.
—¿Mi idiosincrasia?
—Tu notoria, tu peculiar facultad.
Se encogió de hombros con un gesto de gran impaciencia, un gemido de desdén exagerado.
—¡Ah, mi peculiar facultad!
—Tu accesibilidad a otras formas de vida —proseguí fríamente—, tu dominio de las impresiones, las apariciones, los contactos, que —para nuestro bien o para nuestro mal— a los demás nos están vedados. Al principio formaba parte del profundo interés que despertaste en mí… fue una de las razones de que me divirtiera, de que realmente me enorgulleciera conocerte. Era una distinción magnífica; sigue siendo una distinción magnífica. Pero como es natural entonces yo no había previsto cómo iba a operar en estos momentos; y aunque ése hubiese sido el caso, no habría previsto cómo iba a afectarme su funcionamiento.
—Por el amor de Dios —inquirió suplicante—, ¿a qué te refieres de modo tan increíble? —Luego, mientras yo permanecía callada, buscando el tono para responder a mi acusación—. ¿Cómo demonios opera? —prosiguió—, ¿y cómo demonios te afecta?
—Cinco años te estuvo echando en falta —dije—, pero ahora ya no tiene que echarte en falta nunca. ¡Te has reconciliado con ella!
—¿Que me he reconciliado con ella?
Había empezado a pasar del blanco al rojo.
—La ves… la ves; ¡la ves todas las noches! —Él soltó una carcajada de burla, pero me pareció que sonaba a falso—. Viene a ti como vino aquella noche —declaré—; ¡hizo la prueba y descubrió que le gustaba!
Con la ayuda de Dios, pude hablar sin pasión ciega ni violencia vulgar; pero aquéllas fueron las palabras exactas —y entonces no me parecieron nada «imprecisas»— que pronuncié. Él había apartado la mirada al reírse, batiendo palmas por mi desatino, pero al momento volvió a mirarme con un cambio de expresión que me sorprendió.
—¿Te atreves a negar —pregunté entonces— que la ves habitualmente?
Él había optado por la vía de la indulgencia, de llegar a un acuerdo conmigo y seguirme la corriente amablemente.
En cualquier caso, para mi asombro, dijo de pronto:
—Bueno, querida, ¿y qué si la veo?
—Que estás en tu derecho natural: es propio de tu constitución y de tu suerte maravillosa, aunque quizás no del todo envidiable. Pero, como fácilmente comprenderás, eso nos separa. Te libero incondicionalmente.
—¿Me liberas?
—Tienes que elegir entre ella y yo.
Me miró duramente.
—Comprendo —se marchó, como si entendiera lo que yo había dicho y pensando qué mejor tratamiento darle. Por fin se volvió hacia mí de nuevo—. ¿Cómo demonios sabes tú una cosa tan íntima?
—¿Cuando tú has puesto tanto empeño en ocultarla, quieres decir? Es muy íntima, y puedes creer que nunca te traicionaré. Has hecho todo lo posible, has desempeñado tu papel, te has comportado, ¡pobrecito!, leal y admirablemente. Por eso te he observado en silencio, desempeñando también mi papel; he tomado nota de cada bajada de tu voz, de cada distracción de tus ojos, de cada esfuerzo de tu mano indiferente: he esperado hasta estar completamente segura y rotundamente descontenta. ¿Cómo puedes ocultarlo, cuando estás enamorado de ella de la manera más abyecta, cuando casi te mueres del placer que te da? —Contuve su rápida protesta con un gesto más rápido—. La amas como nunca has amado, y pasión por pasión, ¡ella te corresponde! ¡Te domina, te controla, te posee por completo! Una mujer, en un caso como el mío, adivina y siente y ve; no es un obtuso zopenco que deba ser «informado verosímilmente». Tú vienes a mí maquinalmente, compungidamente, con los sobrantes de tu ternura y lo que queda de tu vida. Yo puedo renunciar a ti, pero no puedo compartirte: ¡lo mejor de ti es suyo, yo sé que lo es y libremente te cedo a ella para siempre!
Él se defendió valerosamente, pero no pudo arreglarlo; reiteró su negación, se retractó de lo que había admitido, ridiculizó mi acusación, cuya extravagancia indefendible, además, le concedí de buen grado. No pretendía yo ni por un momento que estuviéramos hablando de cosas corrientes; no pretendía ni por un momento que él y ella fuesen personas corrientes. ¿Quieren decirme, si lo hubieran sido, cómo iban a haberme gustado? Habían gozado de una rara extensión del ser y me habían puesto a su nivel en su vuelo; sólo que yo no podía respirar aquel aire e inmediatamente había pedido que me dejaran bajar. Todo en aquellos hechos era monstruoso, y más que nada lo era mi percepción lúcida de los mismos; la única cosa relacionada con la naturaleza y la verdad era el que yo tuviera que actuar sobre la base de aquella percepción. Me di cuenta, después de haber hablado en ese sentido, de que mi certeza era completa; lo único que faltaba por ver era qué efecto le producía. Él disimuló, de hecho, dicho efecto tras una acumulación de burlas, diversión que le sirvió para ganar tiempo y cubrirse la retirada. Puso en duda mi sinceridad, mi cordura, casi mi humanidad, y eso, ni que decir tiene, aumentó la brecha que nos separaba y confirmó nuestra ruptura. Lo hizo todo, en resumidas cuentas, menos convencerme de que yo estuviera en un error o de que él fuera desdichado: nos separamos, y yo le dejé ir a su comunión inconcebible.
Nunca se casó, como tampoco yo lo he hecho. Cuando seis años más tarde, en soledad y silencio, me enteré de su muerte, la acogí como una contribución directa a mi teoría. Fue repentina, no llegó a explicarse lo suficiente, estuvo rodeada de unas circunstancias en las que —pues las desmenucé, ¡ya lo creo!— adiviné claramente una intención, la huella de su propia mano escondida. Fue el resultado de una prolongada necesidad, de un deseo insaciable. Para decirlo en términos exactos, fue la respuesta a una llamada irresistible.