I
—Todos me preguntan qué «pienso» de todo —dijo Spencer Brydon—; y yo contesto como puedo… soslayando la pregunta o haciendo otra, desconcertándolos con cualquier disparate. A decir verdad a nadie le debería importar —continuó—, pues, aunque fuera posible responder a una solicitud tan ridícula acerca de un tema tan importante de manera tan contundente como quien espeta «la bolsa o la vida», lo que yo «pensase» seguiría siendo algo que sólo me concierne a mí.
Hablaba con Miss Staverton, con la que desde hacía un par de meses había aprovechado cualquier ocasión de hablar que se le brindase; esa disposición y ese recurso, ese consuelo y apoyo, tal como la situación se presentaba en realidad, de inmediato habían ocupado el primer lugar en la considerable serie de sorpresas escasamente mitigadas que acompañaron a su regreso, demorado de manera tan extraña, a Estados Unidos. De una forma u otra, todo era sorprendente; y eso podía ser lógico cuando, durante tanto tiempo y tan sistemáticamente, había abandonado todo, esmerándose en dejar tanto margen a las sorpresas. Les había concedido más de treinta años… treinta y tres, para ser exactos; y ahora le parecía que ellas habían organizado su actuación completamente en consonancia con aquella licencia. Tenía veintitrés años cuando dejó Nueva York… ahora tenía cincuenta y seis; a menos, desde luego, que contase conforme a una sensación que había tenido algunas veces desde su repatriación; en cuyo caso habría vivido mucho más de lo que corrientemente le es asignado al hombre. Habría hecho falta un siglo, se decía a sí mismo reiteradamente, y se lo decía también a Alice Staverton, habría hecho falta una ausencia más prolongada y una mentalidad más distanciada incluso que aquellas de las que había sido culpable, para que se acumulasen las diferencias, las novedades, las rarezas y sobre todo las grandezas que, para lo bueno y para lo malo, incidían en su visión dondequiera que mirase.
Sin embargo, el hecho más relevante durante todo aquel tiempo había sido la imprevisibilidad; ya que había supuesto, década tras década, que le estaba permitido, del modo más liberal e inteligente, la brillantez del cambio. Actualmente comprendía que nada le estaba permitido; echaba de menos lo que había estado seguro de encontrar, y encontró lo que nunca había imaginado. Las proporciones y los valores estaban trastocados; las cosas desagradables de su remota juventud, cuando había tomado conciencia demasiado pronto del sentido de lo desagradable… esos fenómenos increíbles, cuando sucedían, más bien le encantaban; en tanto que las cosas «presuntuosas», las cosas modernas, tremendas, fabulosas, las que más específicamente había llegado a comprender, como hacen miles de cándidos curiosos cada año, eran precisamente la causa de su consternación. Eran como tantas trampas dispuestas para desagradar, sobre todo para provocar una reacción, cuyos resortes pisaba constantemente en su incansable caminar. Indudablemente todo aquel espectáculo era interesante, pero habría resultado demasiado desconcertante si cierta verdad más sutil no hubiese salvado la situación. Desde esa perspectiva más ecuánime, obviamente él no había venido por todas esas monstruosidades; había venido, no sólo a fin de cuentas sino a primera vista, siguiendo un impulso que nada tenía que ver con ellas. Había venido —por decirlo pomposamente— a inspeccionar su «propiedad», de la cual se había mantenido alejado más de cuatro mil millas durante un tercio de siglo; o, por expresarlo con menos sordidez, había cedido al capricho de volver a ver su casa en la esquina alegre, como solía llamarla cariñosamente… la casa en donde había visto la luz por vez primera, donde varios miembros de su familia habían vivido y muerto, donde había pasado las vacaciones de su niñez excesivamente escolarizada y había cosechado las escasas flores sociales de su desalentadora adolescencia, y que, apartado de ella durante tanto tiempo, gracias a las muertes consecutivas de sus dos hermanos, había pasado enteramente a sus manos. Era propietario de otra, no tan «buena» exactamente… la esquina alegre había sido excepcionalmente ampliada y consagrada, desde hacía mucho; y el valor de ambas constituía su principal capital, con unos ingresos, en estos últimos años, procedentes de sus respectivos alquileres, que (gracias precisamente a ser originariamente excelentes) nunca habían sido deprimentemente bajos. Podía vivir en «Europa», como se había acostumbrado a hacer, con el producto de aquellos prósperos arrendamientos neoyorquinos, y tanto mejor ya que el del segundo edificio, un simple número en una larga hilera de casas, iba a expirar dentro de doce meses y su renovación con un elevado aumento resultaba perfectamente posible.
Ambas eran propiedades suyas, en efecto, pero desde que llegó había descubierto que las diferenciaba perfectamente. La casa que daba a la calle, dos bloques orientados hacia poniente, estaba en proceso de reconstrucción para convertirse en un elevado edificio de apartamentos; Brydon había accedido, hacía algún tiempo, a las propuestas para esa transformación… en la cual, ahora que ya estaba en marcha, había descubierto con gran asombro por su parte que era capaz, allí mismo, y aunque carecía de la menor experiencia previa, de participar con cierta inteligencia, casi con cierta autoridad. Había vivido tanto tiempo dándole la espalda a tales asuntos y con la cara vuelta a otros tan distintos que apenas sabía qué hacer con esa aguda sensación, en un compartimento de su mente en el que nunca había penetrado, de poseer una capacidad para los negocios y un sentido de la construcción. Aquellas virtudes, ahora tan corrientes en su entorno, habían estado latentes en su propio organismo… donde tal vez podría decirse de ellas que habían dormido el sueño de los justos. Actualmente, en aquel espléndido tiempo otoñal —el otoño al menos era una pura bendición en aquel terrible lugar— haraganeaba por su «obra» sin dejarse intimidar, inquieto en su fuero interno; no le «preocupaba» en lo más mínimo que todo aquel proyecto, como decían, fuera vulgar y sórdido, y estaba dispuesto a subir por escaleras de mano, a pasear por la tabla, a tocar los materiales y a dar la impresión de conocerlos, a hacer preguntas, en conclusión, y a afrontar explicaciones y realmente a «ponerse» a calcular.
Le divertía, a decir verdad, le encantaba bastante; y al mismo tiempo divertía, incluso más, a Alice Staverton, aunque quizá le encantaba apreciablemente menos. Ella, sin embargo, no iba a estar mejor de dinero con aquello, como él… y tanto, increíblemente: no era probable, él lo sabía, que pudiera mejorar en algo la situación en la que se encontraba la joven, en el atardecer de su vida, como propietaria y ocupante delicadamente frugal de la casita de Irving Place, a la que se las había arreglado sutilmente para aferrarse a lo largo de una vida que había transcurrido casi ininterrumpidamente en Nueva York. Si él conocía ahora el camino a aquella casa mejor que a ninguna otra dirección entre las espantosas numeraciones que se multiplicaban por doquier, haciendo que le pareciese que todo aquel lugar se reducía a una enorme página de un libro de contabilidad, cubierta increíblemente de renglones pautados y entrecruzados y de cifras… si había adquirido, para su consuelo, aquella costumbre, se debía realmente en buena medida al encanto de haber encontrado y reconocido, en medio del inmenso laberinto masificado, rompiendo la simple y burda generalización de que la riqueza, la fuerza y el éxito constituyen los valores máximos, un pequeño lugar tranquilo donde los objetos y las sombras, todas las cosas delicadas, conservaban la aspereza de las notas de una voz aguda perfectamente educada, y en el que la economía lo envolvía todo como el perfume de un jardín. Su vieja amiga vivía con una doncella y ella misma quitaba el polvo a sus reliquias, despabilaba sus lámparas de gas y bruñía sus cubiertos de plata; se mantenía apartada, siempre que podía, de las horribles aglomeraciones modernas, pero salía y presentaba batalla cuando lo que se ponía en entredicho era realmente el «espíritu», el espíritu que después de todo ella confesaba, con orgullo y una pizca de timidez, correspondía al de tiempos mejores, el de un periodo común a ellos, el periodo social, bastante lejano y antediluviano, en el que reinaba el orden. Utilizaba los tranvías cuando era necesario, esos chismes terribles a los que la gente trepaba como en un naufragio trepa, presa del pánico, a los botes salvavidas; se enfrentaba, inescrutablemente, haciendo un esfuerzo, a todas las conmociones y padecimientos públicos; pues, con esa esbelta elegancia engañosa de su apariencia, que desafiaba a cualquiera a decir si era una mujer bastante joven que los disgustos hacían parecer mayor, o una bella y afable mujer madura que parecía joven gracias a su eficaz indiferencia; con su inapreciable mención, sobre todo de recuerdos e historias de las que podía formar parte, él la encontraba tan exquisita como una flor descolorida y seca (una rareza, al principio) y, a falta de otros encantos, ella constituía una recompensa suficiente a sus esfuerzos. Compartían el conocimiento, «su» conocimiento (ese posesivo discriminatorio estaba siempre en sus labios) de presencias de otra época, presencias completamente anubladas, en el caso de él, por su experiencia masculina y su libertad de nómada, anubladas por el placer, la infidelidad, episodios de la vida que eran para ella desconocidos y vagos, por «Europa» en resumidas cuentas, pero todavía no eclipsados, todavía a la vista y entrañables, gracias a la piadosa visita del espíritu del que ella nunca se había desviado.
Un día ella le había acompañado a ver cómo se elevaba su «casa de pisos»; él la había ayudado a salvar distancias y le había explicado sus planes, y mientras estaban allí había ocurrido ante ella una breve pero viva discusión con el encargado, el representante de la empresa constructora que realizaba la obra. Él había descubierto que supo «enfrentarse» a dicho personaje por el incumplimiento del papel de este último al no contemplar algún detalle de una de las condiciones estipuladas, y que había argumentado su caso con tanta lucidez que ella, además de ruborizarse de momento de manera tan encantadora, en solidaridad por su triunfo, más tarde le había dicho (aunque en un tono algo más irónico) que a todas luces había descuidado durante muchos años un auténtico don. Si se hubiese quedado en su país se habría anticipado al inventor del rascacielos. Si se hubiese quedado en su país habría descubierto su genio a tiempo para poner en marcha verdaderamente alguna nueva variedad arquitectónica tremenda hasta dar a marchas forzadas con una mina de oro. Iba a recordar aquellas palabras a medida que pasaban las semanas, por el débil timbre argentino con que habían sonado por encima de sus más raras y más profundas vibraciones, últimamente más ocultas y más amortiguadas.
Este íntimo embeleso sin motivo había empezado a tenerlo presente después de los primeros quince días, había prorrumpido de un modo repentino y de lo más extraño: lo encontró allí —y era esa imagen la que tenía en cuenta para juzgar el asunto, o al menos la que le hacía estremecerse y ruborizarse en buena medida— poco más o menos como hubiera podido salirle al paso algún extraño personaje, algún ocupante inesperado, a la vuelta de uno de los oscuros pasillos de una casa vacía. Esa singular analogía seguía obsesionándole, cuando no la perfeccionaba él mismo, en efecto, dándole una forma todavía más excesiva: que al abrir una puerta tras la cual tenía la convicción de no encontrar nada, una puerta de acceso a una habitación cerrada y vacía, se topara, conteniendo un gran sobresalto, con una presencia completamente erguida, algo plantado en medio de aquel espacio que le mirase a través de la oscuridad. Después de aquella visita a la casa en construcción fue a pie con su acompañante a ver la otra, que siempre había considerado con mucho la mejor, que en dirección este formaba una de las esquinas, precisamente la «alegre», de la calle ahora tan indecorosa y desfigurada en líneas generales en sus tramos occidentales, y de una avenida relativamente conservadora. La avenida, como decía Miss Staverton, todavía tenía pretensiones de decoro; la mayoría de la gente de edad se había ido, y los apellidos antiguos eran desconocidos, de cuando en cuando un viejo recuerdo parecía extraviarse, distraídamente, como si te encontraras, a altas horas de la noche, con alguna persona de muy avanzada edad y sintieras el impulso de observarla o seguirla, amablemente, para asegurarte de que regresaba a su casa sin correr ningún peligro.
Entraron juntos nuestros amigos; él abrió con su llave, pues allí no había nadie, explicó, ya que tenía sus razones para preferir dejar el lugar desocupado, y se las arreglaba con un simple acuerdo mediante el cual una buena mujer que vivía en la vecindad iba todos los días una hora para abrir las ventanas, limpiar el polvo y barrer. Spencer Brydon tenía sus razones y cada día era más consciente de ellas; cada vez que iba allí le parecían mejores, aunque no se las mencionó a su acompañante, como tampoco le dijo todavía con cuánta frecuencia, una frecuencia completamente absurda, acudía a la casa. De momento sólo le dejó ver, mientras recorrían las grandes habitaciones vacías, que allí reinaba la vacuidad más absoluta y que, de arriba abajo, no había nada más que la escoba de Mrs. Muldoon, en un rincón, que pudiera tentar a los ladrones. Mrs. Muldoon estaba en aquel momento en el edificio y acompañó locuazmente a los visitantes, precediéndoles de habitación en habitación, abriendo postigos y levantando ventanas de guillotina… todo ello para enseñarles, les comentó, lo poco que había que ver allí. Había poco que ver, en efecto, en aquel edificio grande y lúgubre cuyas características principales y distribución general del espacio, el estilo de una época de mayores prestaciones, hacían sin embargo en su dueño el efecto de una súplica honrada, le afectaban como si un viejo y estimado sirviente, un criado de toda la vida le pidiera buenos informes, o incluso una pensión de retiro; no obstante también le influyó un comentario de Mrs. Muldoon que, contenta como estaba de complacerlo con su rutina del mediodía, esperaba encarecidamente que nunca le hiciera una petición. Si llegara a desear algún día, por las razones que fuera, que entrara en la casa después de anochecer, ella sencillamente le diría que, «po’favó», se lo pidiese a otra.
El hecho de que no hubiera nada que ver no era óbice, según aquella valiosa mujer, para que no pudieran verse cosas, y le dijo con franqueza a Miss Staverton que no podía esperarse que a ninguna señora le gustara «trepar a los pisos altos en las horas malas». Como dentro de la casa no había gas del alumbrado ni luz eléctrica, la mujer evocaba una espantosa visión de su paso a través de las grandes habitaciones en penumbra —¡con tantas como había!— a la trémula luz de una vela. Miss Staverton se enfrentó a su mirada francamente hostil con una sonrisa, manifestándole que ella, por supuesto, también rehuiría semejante aventura. Mientras tanto Spencer Brydon guardaba silencio… de momento; la cuestión de las horas «malas» en su antiguo hogar había llegado a ser ya demasiado seria para él. Hacía algún tiempo que había empezado a «trepar» y sabía exactamente por qué, tres semanas antes, con ese propósito, había guardado con sus propias manos un paquete de velas en el fondo de un cajón del viejo aparador que ocupaba, como «si formara parte del mobiliario», el hueco que había al fondo del comedor. En aquel preciso momento se rió de sus acompañantes… sin embargo en seguida cambió de tema; debido, en primer lugar, a que le pareció que su risa, incluso en aquel momento, despertaba aquel extraño eco, aquella deliberada resonancia humana (apenas sabía cómo calificarla), que los sonidos devolvían a su oído o a su imaginación cuando se encontraba allí a solas; y en segundo lugar porque imaginaba que Alice Staverton estaba en aquel instante a punto de preguntarle, como si lo adivinara, si alguna vez había paseado por la casa de noche. Había ciertas adivinaciones para las que no estaba preparado y, en todo caso, había evitado la pregunta cuando Mrs. Muldoon los había abandonado, pasando a otras dependencias.
Afortunadamente había mucho que decir en aquel lugar tan consagrado, que podía decirse libre y claramente; de modo que, después de dirigir una mirada anhelante a su alrededor, su amiga prorrumpió en una serie completa de declaraciones:
—¡Espero que no diga en serio que quieren que eche usted abajo esto!
Su respuesta llegó, de inmediato, cuando se volvió a despertar en él la ira: eso era, por supuesto, lo que querían exactamente, y por lo que le daban la «lata» con la reiteración propia de gente que, por mucho que lo intentara, no podía comprender la propensión de un hombre a los sentimientos decorosos. Él había encontrado en aquel lugar, tal como estaba, un interés y un júbilo imposibles de expresar. Había otros valores además de los asquerosos valores arrendaticios, y en resumidas cuentas, en resumidas cuentas…
Pero Miss Staverton le interrumpió de esta manera:
—¡En resumidas cuentas, va a sacar tanto provecho de su rascacielos que, con la lujosa vida que le van a proporcionar esas ganancias mal adquiridas, va a poder permitirse durante algún tiempo sus momentos de sentimentalismo aquí!
La sonrisa de ella tenía para Brydon, lo mismo que sus palabras, esa delicada ironía particular que creía ver no pocas veces en su conversación; una ironía sin mordacidad y que se debía, precisamente, a que tenía tanta imaginación… no como los vulgares sarcasmos que se oyen en boca de la mayoría de la gente, sobre todo en el mundo de la «buena sociedad», que trata de conseguir una reputación de inteligencia, cuando en realidad nadie la tiene. Le resultaba agradable en aquel preciso momento tener la seguridad de que cuando él le hubiera contestado, tras una breve vacilación: «Pues sí; eso es, precisamente, ¡usted lo ha dicho!», la imaginación de ella seguiría haciéndole justicia. Le explicó que, aun cuando no recibiera un solo dólar por la otra casa, él apreciaría de todos modos esta casa; e insistió, además, mientras se rezagaban y paseaban, en el hecho de que estaba ya despertando estupefacción y de que se daba cuenta de la auténtica perplejidad que estaba creando.
Habló del valor y la importancia que le daba a todo, a la simple visión de las paredes, a las simples formas de las habitaciones, al simple ruido de los suelos, al simple tacto de su mano al coger los antiguos pomos bañados en plata de las distintas puertas de caoba, que hacía pensar en la presión de las palmas de las manos de los muertos; a los setenta años del pasado, en fin, que aquellas cosas representaban, los anales de casi tres generaciones, contando la de su abuelo, cuyos días habían terminado allí, y a las cenizas intangibles de su juventud, extinta hacía tanto tiempo, flotando en el mismo aire como motas microscópicas. Ella escuchaba todo; era una mujer que respondía con familiaridad pero que hablaba poco. Por consiguiente no lanzó una nube de palabras; podía asentir, podía estar de acuerdo, sobre todo podía alentar, sin hacer eso. Sólo al final fue un poco más allá que el propio Brydon.
—Entonces, ¿cómo lo sabe? Puede que, después de todo, quiera vivir aquí.
Aquello más bien le hizo detenerse realmente, pues no era lo que él había estado pensando, al menos en el sentido de las palabras de Alice.
—¿Quiere decir que puedo decidir quedarme aquí por esta casa?
—Pues no sé, ¡con una casa así…!
Pero, de un modo realmente maravilloso, Alice tenía demasiado tacto para poner el punto sobre una i tan monstruosa, y aquello era precisamente un ejemplo de que no hablaba por hablar. ¿Cómo era posible que alguien —con algo de inteligencia— insistiese en que cualquier otra persona «quisiera» vivir en Nueva York?
—Pues verá —dijo él—, yo pude haber vivido aquí (ya que tuve ocasión de hacerlo en mi juventud); podía haber pasado aquí todos esos años. Entonces todo habría sido bastante diferente… y, me imagino, bastante «divertido». Pero ésa es otra cuestión. Y además, lo bueno de eso… me refiero a mi perversidad, a mi negativa a acceder a un «trato»… radica precisamente en la ausencia total de motivos. ¿No comprende que si yo hubiera tenido algún motivo con respecto a este asunto, habría sido distinto, y entonces sería inevitablemente una cuestión de dólares? En este asunto no hay ningún otro motivo más que los dólares. Dejemos claro por consiguiente que no hay absolutamente ninguno… ni siquiera un amago.
Habían vuelto al vestíbulo y se disponían a marcharse, pero desde donde estaban se dominaba, a través de una puerta abierta, una amplia vista del salón central, grande y cuadrado, con sus ventanas ostentosamente separadas, lo que resultaba un acierto casi anticuado. Ella volvió la mirada, que durante unos instantes se cruzó con la de él.
—¿Está usted seguro de que el «amago» de un motivo no sería suficiente…?
Brydon se dio perfecta cuenta de que palidecía. Pero aquello era lo más aproximado a lo que iban a llegar. Pues respondió, eso creyó él, con una expresión a medio camino entre una mirada desafiante y una sonrisa burlona:
—¿Fantasmas?… ¡por supuesto el lugar debe ser un hervidero de fantasmas! Me avergonzaría de él si no los tuviera. La pobre Mrs. Muldoon tiene razón: por eso sólo le he pedido que le eche un vistazo.
Miss Staverton volvió a mirar con aire ausente, y no cabía duda de que le pasaban por la mente cosas que no decía. Puede que incluso por un momento imaginase, absorta en aquella elegante habitación, que deducía vagamente algo. Simplificado como la máscara mortuoria de un bello rostro, aquello tal vez le produjo una impresión similar a la conmoción que causa la expresión «forzada» del molde conmemorativo de escayola. Pero cualquiera que fuese su impresión, ella mostró en su lugar una tópica vaguedad.
—Bah, ¡si al menos estuviera amueblada y habitada…!
Parecía dar a entender que en caso de que la casa todavía estuviera amueblada, él podría haberse mostrado un poco menos reacio a la idea de regresar a ella. Pero pasó directamente al vestíbulo, como si quisiera olvidarse de sus palabras, y un momento después él había abierto la puerta de la casa y estaba con ella en la escalera. Él cerró la puerta y, mientras se volvía a meter la llave en el bolsillo, mirando arriba y abajo, se hicieron cargo de la relativamente cruda realidad de la avenida, que le recordó a él la arremetida de la luz del desierto que sufre el viajero al salir de una tumba egipcia. Pero antes de poner el pie en la calle arriesgó una respuesta adecuada a las palabras de ella.
—Para mí, la casa está habitada. Para mí está amueblada.
Ante lo cual, a ella le resultó fácil decir, entre suspiros, de manera imprecisa y con discreción:
—¡Ah, sí…!
Dado que los padres de él y su hermana predilecta, por no hablar de otros muchos parientes, habían pasado toda su vida y habían muerto allí, eso quería decir que dentro de aquellas paredes la vida no podía borrarse.
Fue algunos días después de aquello, durante la hora que volvió a pasar con ella, cuando Brydon manifestó su impaciencia por la curiosidad demasiado halagüeña que tenía la gente que conocía por enterarse del aprecio que él sentía por Nueva York. No había llegado a ninguna conclusión que pudiera expresar públicamente, y en cuanto a la cuestión de lo que «pensaba» (pensara bien o mal de todo aquello), le absorbía completamente un tipo de pensamiento. Se trataba simplemente de vano egoísmo, y además era, si ella lo prefería así, una obsesión morbosa. Comprobaba que todo le hacía volver a la cuestión de qué podía haber sido de él, de la vida que podía haber llevado, de lo que podría haber «llegado a ser», si no hubiera renunciado de aquella manera desde el principio. Y confesando por vez primera la vehemencia con que se entregaba a aquella absurda especulación —que sin duda no hacía más que confirmar también la costumbre que tenía de pensar demasiado egoístamente— afirmaba la imposibilidad de que pudiera interesarle o atraerle cualquier otra cosa.
—¿Qué habría sido de mí? ¿En qué me habría convertido? No dejo de preguntármelo constantemente, como un idiota; ¡como si pudiera saberlo! Veo lo que ha sido de muchos otros que conozco y me da muchísima pena, tanta que llego a exasperarme, la idea de que también podría haberme ocurrido a mí algo parecido. Sólo que no puedo imaginarme qué, y me preocupa tanto, me da tanta rabia saber que nunca podré satisfacer mi curiosidad, que eso me hace evocar lo que recuerdo haber sentido, una o dos veces, después de haber considerado, por varias razones, que era mejor echar al fuego sin abrirla alguna carta importante. Después me arrepentía, lo lamentaba… nunca sabré lo que decía aquella carta. ¡Puede usted decir, por supuesto, que es una nimiedad!
—Yo no he dicho que sea una nimiedad —interrumpió Miss Staverton con seriedad.
Estaba sentada junto al fuego, y ante ella, de pie e intranquilo, él se volvía a un lado y a otro, con la atención dividida entre la intensidad de su idea fija y su caprichoso examen con el monóculo, sin fijarse en lo que veía, de los antiguos y caros objetos que había en la repisa de la chimenea. La interrupción de ella hizo que por un momento la mirase con mayor dureza.
—¡No me importaría que lo hubiese dicho! —pero se rió—. No es más que una figura retórica, en todo caso, para como me siento ahora. No debí haber seguido ese rumbo obstinado en mi juventud… y casi a pesar de la maldición de mi padre, por así decirlo; no debí haberlo mantenido así, «allí», desde aquel día hasta hoy, sin ninguna duda ni remordimiento; sobre todo, no tendría que haberme gustado tanto, no tendría que haberme encantado, sin duda, con tan abismal vanidad por haberlo preferido; cualquier desviación de aquello, digo, debería haber producido algún resultado distinto en mi vida y en mi «apariencia». Me habría quedado aquí… si hubiera sido posible; era demasiado joven, a los veintidós años, para juzgar, pour deux sous, si era posible. Si hubiese esperado, podría haber visto que sí lo era, y entonces, quedándome aquí, podría haber estado más cerca de convertirme en uno de esos tipos que han sido forjados tan duros y a los que las circunstancias han vuelto tan perspicaces. No es que los admire demasiado… la cuestión de si ellos tienen algún encanto, o si sus especiales circunstancias ejercen sobre ellos algún atractivo, más allá de la vulgar pasión por el dinero, no tiene nada que ver con ello: se trata únicamente de la fantástica evolución, perfectamente posible sin embargo, de mi propio carácter que puedo echar de menos. Se me ocurre que entonces tenía dentro de mí un extraño alter ego, como la flor abierta en un pequeño y terso capullo, y que simplemente seguí el curso, lo transferí a un clima que lo marchitó de una vez para siempre.
—Y siente curiosidad por saber cómo habría sido la flor —dijo Miss Staverton—. Yo también, si le interesa saberlo; llevo preguntándomelo desde hace varias semanas. Soy partidaria de la flor —prosiguió—, tengo la impresión de que habría sido espléndida, enorme y monstruosa.
—¡Monstruosa sobre todo! —repitió el visitante—; y me imagino que, por eso mismo, espantosa y repugnante.
—No puede creer usted eso —replicó ella—; si lo creyera no sentiría curiosidad. Lo sabría y eso sería suficiente para usted. Lo que siente —y me compadezco de usted por ello— es que habría tenido poder.
—¿Le habría gustado que yo fuera así? —preguntó él.
Ella apenas tardó en responder.
—¿Cómo no iba a gustarme?
—Ya veo. Le habría gustado, ¡habría preferido que fuese multimillonario!
—¿Cómo no iba a gustarme? —se limitó a preguntar de nuevo.
Él permanecía de pie ante ella… su pregunta lo mantenía inmovilizado. La aceptaba, era muy razonable; y en efecto, el hecho de que no la refutara lo demostraba.
—Al menos sé lo que soy —prosiguió con toda naturalidad—; la otra cara de la moneda es bastante evidente. No he tenido una conducta edificante… creo que se piensa de mí en muchas partes que apenas he sido decente. He seguido extraños caminos y he adorado extraños dioses; se le debe haber ocurrido muy a menudo… de hecho me lo ha confesado tantas veces… que llevé, en estos treinta años, una vida egoísta, frívola, escandalosa. Y ya ve usted lo que ha sido de mí.
Ella se limitó a esperar, sonriéndole.
—Fíjese en lo que ha sido de mí.
—Oh, usted es una persona a la que nada le habría podido alterar. Nació para ser lo que es, en cualquier parte, de un modo u otro: tiene la perfección que nada podría haber malogrado.
—¿No comprende usted que, sin mi exilio, no habría estado esperando hasta ahora…?
Pero un extraño remordimiento le detuvo.
—Lo que tiene que comprender —dijo ella en seguida—, me parece a mí, es que su exilio no ha echado a perder nada. No ha impedido que por fin esté aquí. No ha estropeado eso… No ha invalidado lo que ha dicho…
Ella también titubeó.
Brydon se preguntaba qué podía significar la emoción contenida de ella.
—¿Cree usted, entonces —¡qué espanto!— que no podría haber sido mejor de lo que soy?
—¡Oh, no! ¡Ni mucho menos!
Dicho lo cual se levantó de la silla y se acercó a él.
—Pero no me importa —sonrió.
—¿Quiere decir que soy lo bastante bueno?
Ella reflexionó un poco.
—¿Me creerá si le digo que sí? Quiero decir, ¿eso zanjará la cuestión?
Y entonces, como si leyera en su rostro que se echaba atrás, que se le había ocurrido algo que, por absurdo que fuera, no podía exponer todavía, añadió:
—A usted tampoco le importa… aunque de un modo muy distinto: a usted no le importa más que su propia persona.
Spencer Brydon lo admitió: de hecho eso era lo que había manifestado. No obstante, dándose importancia, matizó.
—Él no es yo. Es otra persona completamente distinta. Pero necesito verlo —añadió—. Y puedo hacerlo. Y lo haré.
Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él creyó ver algo en la de ella que le hizo suponer que adivinaba el extraño sentido de sus palabras. Pero ninguno de los dos lo expresó de otra manera, y la aparente comprensión de ella, que no se escandalizó ni puso reparos, ni optó por el fácil recurso de la irrisión, le conmovió más que ninguna otra cosa hasta entonces, porque constituía para su contenida obstinación, al punto, un ingrediente que era como el aire que necesitaba para respirar. Lo que ella dijo, sin embargo, fue algo inesperado.
—El caso es que yo ya lo he visto.
—¿Que usted…?
—Lo he visto en un sueño.
—¡Ah, en un «sueño»…!
Aquello le defraudó.
—Pero en dos ocasiones consecutivas —prosiguió ella—. Lo vi como le veo a usted ahora.
—¿Ha tenido el mismo sueño…?
—En dos ocasiones consecutivas —repitió ella—. Idéntico.
Aquello le agradó porque parecía revelar algo.
—¿Sueña conmigo con tanta frecuencia?
—Bueno, ¡con él! —dijo, sonriendo.
Volvió a examinarla con la mirada.
—Entonces lo sabe todo sobre él —y como ella no decía nada más, añadió—: ¿Cómo es el desdichado?
Ella titubeó, y pareció que él la presionaba tanto que, teniendo motivos para resistirse, no tuvo más remedio que rehuir la pregunta.
—¡Se lo contaré en alguna otra ocasión!
II
Después de aquello hubo para él más de una ventaja, más de un atractivo culto, más de una extravagante emoción secreta, en la forma particular que tenía de entregarse a su obsesión y de abordar lo que creía cada vez más que era su privilegio. Durante aquellas semanas sólo vivió para eso… ya que le parecía realmente que la vida no comenzaba más que después de que Mrs. Muldoon se hubiera retirado, y cuando visitaba aquella casa tan amplia, desde el desván hasta el sótano, convencido de estar solo, sabía que su posesión estaba a salvo y, como lo expresó tácitamente, se soltaba el pelo. En algunas ocasiones iba dos veces en el mismo día; los momentos que más le gustaban eran cuando empezaba a oscurecer, el breve crepúsculo otoñal; era entonces la ocasión que, una y otra vez, más esperaba. Le parecía que entonces podía deambular y aguardar con mayor intimidad, entretenerse y escuchar, estar atento, jamás en toda su vida había estado tan atento, al latido de aquel lugar enorme y equívoco: prefería que no estuvieran encendidas las lámparas y sólo deseaba poder prolongar cada día la duración del oscuro crepúsculo. Más tarde —casi nunca antes de la medianoche, aunque en tal caso la velada se prolongaba— observaba a la trémula luz de una vela; la movía lentamente, la sostenía en alto, la enfocaba a lo lejos, disfrutando sobre todo, tanto como podía, de vistas despejadas, tramos que comunicaban habitaciones y que daban a pasillos; una auténtica ocasión u oportunidad, como la habría llamado él, para la revelación que pretendía provocar. Era una práctica que a él le parecía que podía «funcionar» perfectamente sin despertar comentarios; nadie en absoluto estaba enterado; ni siquiera Alice Staverton, que además era un pozo de discreción, se lo imaginaba del todo.
Entraba y salía con la seguridad y tranquilidad de un propietario; el azar le había favorecido hasta entonces pues, aunque daba la casualidad de que un «policía» gordo que rondaba por la avenida lo había visto entrar de vez en cuando a las once y media, todavía no lo había visto, que él supiera, salir a las dos. Iba andando hasta allí en las noches frescas de noviembre, y llegaba regularmente a primeras horas; era tan natural hacer eso después de cenar como dirigirse a un club o a su hotel. Cuando se marchaba del club, si no había cenado fuera, en apariencia era para ir a su hotel; y cuando se iba del hotel, si había pasado allí parte de la tarde, en apariencia era para ir a su club. Todo era natural en resumidas cuentas; todo se conjuraba y era estimulante: incluso había algo en el tenor de su experiencia que verdaderamente encubría, algo que acallaba y simplificaba, el resto de lo que se sabía. Se relacionaba, hablaba, renovaba, con bastante flexibilidad y gratamente, antiguas amistades… encontraba efectivamente, hasta donde podía, nuevas expectativas y parecía comprender que después de todo, a pesar de que le había dicho a Miss Staverton que las trayectorias de tan diferentes relaciones eran poco edificantes para quienes pudieran haberlas contemplado, rotundamente él gustaba más que lo contrario. Tenía un éxito social turbio, de segundo orden… y ello con gente que realmente no tenía idea de cómo era él. Aquel murmullo con que lo recibían, aquellos tapones que saltaban en su honor, no eran más que meros ruidos superficiales… lo mismo que los gestos con que él reaccionaba eran sombras exageradas, enfáticas en la medida en que significaban muy poco, de algún juego de ombres chinoises. Durante todo el día se imaginaba a sí mismo pasando directamente por encima de una fila erizada de cabezas insensibles, inconscientes, y penetrando en la otra vida, la verdadera, la que le esperaba; la vida que, en cuanto oía el chasquido que hacía el portón de su casa al cerrarse a sus espaldas, empezaba para él, en la esquina alegre, tan cautivadora como los lentos compases iniciales de alguna música exquisita que siguen al golpecito de batuta del director.
Siempre cogía al vuelo el primer impacto de la punta de acero de su bastón en el antiguo pavimento de mármol del vestíbulo, grandes rectángulos blancos y negros que recordaba haber admirado en su infancia y que habían contribuido a desarrollar en él, ahora lo comprendía, una primera concepción del estilo. Aquel impacto era como el amortiguado tañido reverberante de alguna campana lejana, colgada quién sabe dónde… en las profundidades de la casa, del pasado, de aquel otro mundo místico en el que él podría haber prosperado si, para bien o para mal, no lo hubiese abandonado. Cuando experimentaba aquella sensación, hacía siempre lo mismo: guardaba el bastón en un rincón sin hacer ruido… sintiendo una vez más que aquel lugar se parecía a un gran cuenco de cristal, de inapreciable cristal cóncavo, que sonaba delicadamente haciendo pasar un dedo mojado por el borde. El cristal cóncavo contenía, por decirlo así, aquel otro mundo místico, y el rumor indeciblemente puro que surgía de su borde era como el suspiro, el patético lamento, apenas audible para su aguzado oído, de todas las posibilidades frustradas a las que había renunciado. Lo que hacía, por consiguiente, al recurrir a su presencia callada era despertarlas para que pudieran disfrutar de una vida fantasmagórica en la medida en que ello fuera todavía posible. Eran tímidas, casi insaciablemente tímidas, pero en realidad no eran siniestras; al menos no le había parecido que lo fueran hasta entonces… antes de que hubieran adoptado la Forma que él tanto había deseado que adoptaran, la Forma bajo la que por momentos se veía a sí mismo poco menos que recorriendo la casa de puntillas, de habitación en habitación, y de piso en piso.
Ésa era la esencia de su visión… que parecía una completa locura, si se quería, mientras se encontraba fuera de la casa y ocupado en otra cosa, pero que adquiría la mayor verosimilitud en cuanto llegaba y se situaba. Sabía lo que se proponía y lo que quería; estaba tan claro como la cifra de un cheque que se presenta a cobro. Su alter ego «caminaba»: ésa era la impresión que tenía de su imagen, mientras que la idea que tenía del motivo que le impulsaba a dedicarse a tan extraño pasatiempo era el deseo de acecharlo y enfrentarse con él. Él deambulaba lenta, cautelosamente, pero sin descanso… Mrs. Muldoon había acertado, sin lugar a dudas, al imaginarse que «trepaban»; y la presencia que él esperaba también deambulaba sin descanso. Pero con tanta cautela y tanta astucia, la convicción de la probable escapatoria de su presa, de hecho ya completamente perceptible, completamente audible, aumentaba noche tras noche, hasta que finalmente le proporcionó una exactitud que no era comparable con nada de lo que había conocido en su vida. Muchas personas que juzgan superficialmente sostenían la teoría, él lo sabía, de que estaba desperdiciando su vida cediendo a las sensaciones, pero no había saboreado ningún placer tan exquisito como la tensión a la que ahora estaba sometido, no había conocido ninguna diversión que exigiese al mismo tiempo la paciencia y el valor de seguir los pasos de una criatura más sutil, pero quizá más peligrosa, si se la acorralaba, que cualquier fiera salvaje. Los términos, las comparaciones, las mismas costumbres de la caza entraban de nuevo en juego de forma fehaciente; incluso había momentos en que revivía pasajes de su esporádica experiencia como cazador, recuerdos conmovedores de sus años mozos, en páramos, montañas y desiertos… y su entusiasmo aumentaba gracias a la tremenda fuerza de aquella analogía. Por momentos se sorprendía a sí mismo —una vez había colocado su única vela en alguna repisa o en algún hueco de la pared— retrocediendo para ponerse a cubierto o refugiarse, tratando de pasar inadvertido detrás de una puerta o en una jamba, como antaño había buscado el lugar estratégico que le proporcionaba una roca o un árbol; se sorprendía a sí mismo conteniendo la respiración y viviendo el júbilo momentáneo, aquella incertidumbre suprema que sólo se da en la caza mayor.
No estaba asustado (aunque se planteaba la cuestión como creía que los caballeros que participaron en cacerías de tigres de Bengala o se enfrentaron cuerpo a cuerpo con el gran oso de las Montañas Rocosas era bien sabido que confesaron habérsela planteado); y eso desde luego —ya que ¡al menos en esto podía ser sincero!— porque le daba la impresión, tan íntima y tan extraña, de que él mismo causaba pavor, producía sin duda una tensión, seguramente mayor de la que él iba a sentir. Para él, las señales de alarma que su presencia y vigilancia creaban se dividían en categorías, y llegó a familiarizarse bastante con ellas; aunque nunca le impidieron darse cuenta del prodigio de que probablemente había establecido una relación con ellas, de que probablemente disfrutaba de unos conocimientos sin precedentes en la experiencia humana. A bastante gente le aterrorizan las apariciones, en todos los aspectos, pero ¿a quién no se le han vuelto tanto las tornas alguna vez hasta el punto de convertirse él mismo en un terror imprevisible en el mundo de las apariciones? Aquello podría haberle parecido sublime si se hubiera atrevido a pensarlo; pero realmente no insistió demasiado en aquel aspecto de esa prerrogativa suya. Mediante la costumbre y la repetición alcanzó una capacidad extraordinaria para penetrar en la oscuridad de las distancias y en las tinieblas de los rincones, para devolver su inocencia a las falsedades de la luz vacilante, a las formas de aspecto siniestro que adquieren las meras sombras en la penumbra, a causa de corrientes de aire fortuitas, de cambiantes efectos de perspectiva; dejando su tenue luz, podía seguir vagando por la casa sin ella, pasar a otras habitaciones y, sabiendo que estaba a sus espaldas en caso de necesitarla, ver el camino a su alrededor, proyectar visualmente en beneficio propio una claridad relativa. Aquella facultad que había adquirido le hacía sentirse como un monstruoso gato furtivo; se preguntaba si en aquellos momentos los destellos amarillos de su mirada fulminarían, y qué podría ser en verdad de su pobre alter ego, apremiado a enfrentarse con semejante sujeto.
Sin embargo, le gustaba que los postigos estuvieran abiertos; abría por todas partes los que Mrs. Muldoon había cerrado, y después volvía a cerrarlos cuidadosamente, para que ella no se diese cuenta: le gustaba —¡oh, cómo le gustaba eso, sobre todo en las habitaciones del piso superior!— la impresión sensorial de la dura plata de las estrellas otoñales a través de los cristales de las ventanas, y algo menos el fulgor de las farolas abajo en la calle, el blanco brillo eléctrico que habría requerido la protección de cortinas. Aquello era propio de la sociedad humana; formaba parte del mundo en el que había vivido, y desde luego se sentía más cómodo por el semblante, fríamente generalizado e impersonal, que aquél parecía ofrecerle a pesar de su indiferencia. Como es natural encontraba apoyo principalmente en las habitaciones que daban a la amplia fachada y a su prolongación lateral; y le faltaba bastante en el interior en sombras y en los parajes de atrás. Pero si a veces, en sus rondas, se alegraba de su alcance óptico, no por ello dejaba de afectarle a menudo la parte trasera como si se tratase de la selva en la que vivía su presa. Allí el lugar estaba más subdividido; en concreto había una gran «extensión», donde las pequeñas habitaciones para los criados se habían multiplicado, abundaban los escondrijos, los rincones, los armarios, los pasillos y las ramificaciones, particularmente en la amplia escalera trasera, a la que se asomaba más de una vez y miraba hacia abajo… su circunspección no le hacía desistir de su propósito, aunque se daba cuenta de que un espectador podría figurarse que era un bobalicón de solemnidad jugando al escondite. De hecho, una vez fuera, podía hacer aquella rapprochement irónica; pero dentro de aquellas paredes, y pese a la claridad que entraba por las ventanas, su firmeza estaba a prueba de la cínica luz de Nueva York.
Aquella idea que tenía acerca de la exacerbada preocupación de su víctima se había convertido en una auténtica prueba para él; ya que se había impuesto desde el principio, ¡con verdadera determinación!, que podía «cultivar» toda su capacidad de percepción. Le parecía que por encima de todo podía dedicarse a ese cultivo… que desde luego no era más que otra denominación de su forma de pasar el tiempo. La estaba fomentando, perfeccionando, con la práctica; a consecuencia de lo cual había logrado tal agudeza que ahora podía percibir impresiones, testimonios de su postulado general, que antes no habría podido captar inmediatamente. Eso ocurría, más concretamente, con un fenómeno que últimamente le pasaba con bastante frecuencia en las habitaciones de arriba, el reconocimiento —absolutamente inconfundible, y durante un rato, a partir de una hora determinada de la reanudación de su campaña tras una renuncia diplomática, una ausencia deliberada de tres noches— de que indudablemente alguien iba tras él, le seguía la pista a una distancia cuidadosamente asumida y con el propósito expreso de que, quebrantada su confianza, su prepotencia, a él debería parecerle que simplemente era perseguido. Aquello le preocupaba y finalmente le hizo perder la compostura, pues confirmaba, de todas las impresiones concebibles, la que menos le convenía. No le perdían de vista mientras que él —en cuanto a lo fundamental de su situación— continuaba sin ver, y por tanto su único recurso era volverse de repente, recuperar terreno con rapidez. Daba media vuelta, volvía sobre sus pasos, como si pudiera captar en el rostro al menos el revuelo que dejaba en el aire algún otro giro rápido. Era cierto, desde luego, que su punto de vista completamente dislocado sobre aquellas maniobras le recordaba a Pantalón, el personaje de la farsa navideña a quien el ubicuo Arlequín abofetea y engaña por la espalda; pero eso dejaba intacta la influencia de las condiciones mismas cada vez que se exponía de nuevo a ellas, de modo que, de hecho, esta asociación, si hubiera llegado a padecerla constantemente, no habría sino contribuido en cierto aspecto a intensificar su circunspección. Había llevado a cabo, como he dicho, sus tres ausencias para dar la impresión infundada de que aplazaba sus actividades en el edificio; y el resultado de la tercera fue confirmar el efecto secundario de la segunda.
Cuando regresó aquella noche —la noche siguiente a su última intermisión— estuvo en el vestíbulo y miró hacia arriba, a la escalera, experimentando una certidumbre más íntima que cualquier otra que hubiese conocido. «Está allí, en lo alto, esperando… no retrocede, como en otras ocasiones, para desaparecer. Se mantiene firme, y es la primera vez… lo cual es una prueba, ¿no?, de que le ha ocurrido algo». Así razonaba Brydon, con una mano en la barandilla y un pie en el primer peldaño; y en aquella posición sintió como nunca antes había sentido que su lógica era como un jarro de agua fría. Aquello le dejó helado, pues pareció darse cuenta de pronto de lo que ahora estaba en juego. «¿Mayor acoso?… sí, se hace cargo de ello, pues eso deja bien claro que he venido, como suele decirse, “para quedarme”. Definitivamente no le gusta y no puede soportarlo, en el sentido, quiero decir, de que su ira, sus intereses amenazados, se equilibran ahora con su pavor. Lo he perseguido hasta que se ha “revuelto”; eso es lo que ha ocurrido allá arriba: es como un animal con colmillos o cornamenta que por fin se siente acorralado». Brydon llegó a estar plenamente convencido, como digo —¡aunque qué le indujo a ello se escapa a mi comprensión!— de que eso era exactamente lo que ocurría; sin embargo, un momento después, bajo el influjo de aquella certidumbre, empezó a sudar, y no habría consentido en atribuir aquel sudor al miedo como tampoco se habría atrevido inmediatamente a guiarse por él para tomar la iniciativa. A pesar de todo le produjo un escalofrío ingente, un escalofrío que revelaba sin duda un repentino desaliento, pero también, con idéntico estremecimiento, la duplicación de su conciencia más extraña, más gozosa, posiblemente la más gloriosa al cabo de un rato.
«Ha estado zafándose, retrocediendo, ocultándose, pero ahora, excitado por la cólera, ¡luchará!». Aquella intensa impresión equivalía a un solo trago, por decirlo así, de terror y de aprobación. Pero lo maravilloso del caso era que la aprobación, por el hecho experimentado, fuera tan grande, ya que, si estaba dando caza a su otro yo, esa inefable entidad no era en última instancia indigna de él. Contraatacó allí —en algún lugar próximo, aunque él todavía no lo había visto— como una presa hostigada, lo mismo que el gusano pisoteado del proverbio acaba por contraatacar; y en aquel instante Brydon saboreó probablemente una sensación más compleja de lo que jamás habría considerado compatible con la cordura. Era como si le avergonzara que un personaje tan próximo a él hubiera logrado zafarse tan clamorosamente, que hasta el final no se hubiera expuesto a dar la cara; de modo que la desaparición de aquel peligro suponía, en el acto, un mejoramiento de la situación en conjunto. Sin embargo, mediante otro raro subterfugio de idéntica sutileza, estaba ya tratando de evaluar hasta qué punto podía estar él mismo en peligro de sentir miedo; se alegraba, pues, de poder, de alguna forma, inspirar seriamente aquel miedo, y al mismo tiempo temblaba por la forma en que podría conocerlo pasivamente.
El temor a conocerlo debió de aumentar al poco tiempo, y quizá el momento más extraño de su aventura, el más memorable o el más interesante de verdad, después de su crisis, fue el lapso que duró algunos instantes del combate consciente y concentrado, la sensación de que necesitaba agarrarse a algo, siquiera a la manera de quien resbala sin cesar por una tremenda pendiente; el fuerte impulso, sobre todo, a moverse, a actuar, a arremeter, como fuera y contra algo… para demostrarse a sí mismo, en pocas palabras, que no tenía miedo. La necesidad de «agarrarse a algo» era la condición a la cual se veía reducido de momento; si hubiera habido algo, en aquella gran vaciedad, a lo que asirse, se habría dado cuenta en seguida de que se había agarrado a eso, del mismo modo en que, de haberse llevado un susto en casa, podría haberse agarrado al respaldo de la silla más próxima. Le había sorprendido en todo caso —de eso se daba cuenta— algo sin precedentes desde que se apropió de la casa; había cerrado los ojos, los había mantenido apretados durante un largo minuto, como impulsado por aquel instinto desalentador y aquella visión terrorífica. Cuando los abrió, la habitación en la que se encontraba y las contiguas, extrañamente parecían más luminosas… tan luminosas que al principio casi creyó que se había hecho de día. Se mantuvo firme, fuera lo que fuese aquello, justo donde se había detenido; su resistencia le había ayudado… era como si allí hubiera algo que había superado. Poco después supo qué era: había estado a punto de huir. Había puesto toda su fuerza de voluntad para no irse; de no haber sido así se habría dirigido a la escalera, y le parecía que, aun con los ojos cerrados, habría bajado, habría sabido cómo llegar, directa y rápidamente, hasta el pie.
El caso es que, como había resistido, estaba allí… todavía en lo alto, entre las más intrincadas habitaciones del piso de arriba, quedándole todavía por recorrer las otras, el resto de la casa, hasta que le llegara el momento de irse. Se iría cuando llegara el momento… sólo entonces: ¿no se iba todas las noches a la misma hora? Sacó el reloj… había suficiente luz para ver la hora: no eran más que la una y cuarto, y nunca se había retirado tan pronto. La mayoría de las veces llegaba a sus habitaciones a las dos… tras un paseo de un cuarto de hora. Aguardaría un cuarto de hora más… no se movería hasta entonces; y siguió mirando el reloj, pensando mientras lo sostenía que aquella espera deliberada, una espera que le costaba mucho esfuerzo, cosa que reconocía, serviría perfectamente para atestiguar lo que deseaba hacer. Demostraría su valor… a menos que realmente pudiera probarlo mejor abandonando por fin aquel lugar. Lo que ahora creía fundamentalmente era que, dado que no había echado a correr en el primer momento, conservaba su honorabilidad —al parecer nunca en toda su vida había tenido tanta—, que debía proteger y mantener bien alta. Tenía ante sí en verdad una especie de imagen física, una imagen casi digna de una época más romántica. Aquella observación desde luego sólo brillaba tenuemente pero en seguida resplandeció con mayor fulgor; ¿qué época romántica, después de todo, podía haberse ajustado a su estado mental u, «objetivamente», como suele decirse, a su asombrosa situación? La única diferencia habría sido que, blandiendo su honorabilidad por encima de la cabeza como si fuera un rollo de pergamino, entonces —tratándose de una época heroica— podría haber bajado las escaleras con una espada desenvainada en la otra mano.
En aquellos momentos, a decir verdad, la vela que había dejado en la repisa de la chimenea, en la habitación de al lado, tendría que haber hecho de espada; y para apoderarse de aquel utensilio, al cabo de un minuto había dado el número de pasos necesarios. La puerta entre las dos habitaciones estaba abierta y en la segunda, otra puerta daba a una tercera habitación. Aquellas tres habitaciones, según recordaba, daban también a un pasillo común, pero tras ellas había una cuarta sin salida, salvo a través de la anterior. Haberse movido, haber escuchado de nuevo sus pasos, le ayudó considerablemente; sin embargo, aunque reconocía eso, una vez más se entretuvo un poco junto a la repisa de la chimenea donde había quedado la vela. Cuando se puso de nuevo en movimiento, titubeando sobre dónde dirigirse, se sorprendió a sí mismo al darse cuenta, al principio de un modo relativamente vago, de un detalle que le produjo un sobresalto como el que a menudo acompaña a un recuerdo angustioso, el violento sobresalto de haber dejado afortunadamente de olvidar. Tenía a la vista la puerta donde terminaba la breve cadena de comunicación, que ahora contemplaba desde el umbral más cercano, el único que no daba directamente a aquélla. Situada a cierta distancia a la izquierda de donde se encontraba, le habría permitido entrar a la última de las cuatro habitaciones, la que no tenía otra vía de acceso o salida, si no la hubieran cerrado, de eso estaba íntimamente convencido, después de su visita anterior, probablemente un cuarto de hora antes. Miró con los ojos bien abiertos aquel hecho asombroso, volvió a detenerse donde estaba y volvió a contener la respiración mientras estudiaba su significado. Sin duda la habían cerrado posteriormente… es decir, la última vez que pasó por allí ¡indudablemente estaba abierta!
Estaba plenamente convencido de que algo había sucedido entremedias… que no era posible que no se hubiera dado cuenta antes (con lo cual se refería a su primera visita de aquella noche a todas las habitaciones) de aquella barrera que excepcionalmente se le había presentado. No cabe duda de que, desde aquel momento, había experimentado una agitación tan extraordinaria que podría haberle hecho dudar de todo lo que había visto antes; y trató de convencerse a sí mismo de que quizá había entrado en la habitación y, sin darse cuenta, automáticamente, al salir, había cerrado la puerta tras él. La dificultad radicaba en que eso era precisamente lo que nunca hacía; era contrario a su norma, como él hubiera podido decir, que en esencia consistía en no obstruir el paso. Y dicha norma se le había metido en la cabeza desde el primer momento, como ahora se daba perfecta cuenta: la extraña aparición, al fondo de una de las habitaciones, de su desconcertada «presa» (¡término que ahora, gracias a una malévola ironía, resultaba tan poco adecuado!) era la clase de éxito que su imaginación más había acariciado, confiriéndole siempre un refinamiento en su belleza. Había visto cincuenta veces cómo comenzaba a concretarse una percepción que después se había interrumpido; cincuenta veces se había dicho a sí mismo con voz entrecortada: «¡Allí!», bajo el efecto de alguna breve y vana alucinación. La casa, tal y como estaba, se prestaba a ello admirablemente; podía admirar el buen gusto de una época exigente, en la que la arquitectura indígena podía disfrutar tanto con la multiplicación de puertas… todo lo contrario de lo que ocurre en la época moderna, que casi las proscribe por completo; pero eso había contribuido bastante a suscitar esa obsesión por tropezarse con presencias telescópicas, como él podría llamarlas, enfocadas y estudiadas en perspectiva cada vez más reducidas y como para descansar el codo.
Tales eran las consideraciones que ocupaban su atención en aquellos momentos… servían perfectamente para convertir lo que veía en prodigioso. Él no podía haber bloqueado, por algún tipo de error, aquella abertura; y si no lo había hecho él, si eso era inconcebible, no cabía la menor duda de que había sido otra persona. ¿Otra persona?… un momento antes le había parecido oírle respirar; pero ¿cuándo había estado tan cerca como en aquel acto sencillo, lógico y completamente personal? O sea, era tan lógico que uno podría haberlo tomado por personal; sin embargo, ¿cómo se lo tomaba él?, se preguntaba Brydon a sí mismo, mientras, resoplando entrecortadamente, le parecía que los ojos fueran a salírsele de las órbitas. Ah, por fin estaban frente a frente los dos, las dos proyecciones opuestas de sí mismo; y esta vez, tanto como uno quisiera, salía a relucir la cuestión del peligro. Y con ella surgía, como nunca antes, la cuestión del valor… pues él sabía que lo que el rostro inexpresivo de la puerta le decía era: «¡Demuéstranos cuánto valor tienes!». Le miraba fijamente, volvía a fulminarlo con la mirada, lanzándole aquel reto; le exponía las dos alternativas que tenía: ¿iba a abrirla o no? ¡Oh!, darse cuenta de aquello suponía pensar… y pensar, Brydon lo sabía, mientras seguía allí, significaba, con el transcurso del tiempo, ¡no haber hecho nada! No haber hecho nada —aquello le resultaba lamentable y angustioso— significaba incluso seguir sin hacer nada; todo aquello significaba, a decir verdad, considerar el asunto de otra manera, nueva y terrible. ¿Cuánto tiempo se había detenido? ¿Cuánto tiempo había reflexionado? En aquel momento no había nada con que medirlo; pues su vacilación ya había cambiado… como por efecto de su intensidad. Allí encerrado, acorralado, desafiante, y con la prueba palpable de que se había producido el prodigio, anunciado de esta manera como en un letrero que salta a la vista… bajo aquel aumento de énfasis la situación había cambiado; y Brydon decidió por fin sorprendentemente en qué consistía el cambio.
La nueva situación aconsejaba algo completamente diferente; ¡le daba a entender el valor supremo de la Discreción! Sin duda cayó en la cuenta poco a poco… pues llevaba su tiempo; por eso se había quedado en el umbral tan completamente inmóvil, por eso había avanzado o retrocedido tan poco hasta entonces. Lo más extraño de todo era que dado que, dando diez pasos y poniendo la mano en el picaporte, o incluso arrimando el hombro o la rodilla a un entrepaño, si fuera necesario, podía satisfacer toda el ansia de su necesidad fundamental, saciar su enorme curiosidad, mitigar su inquietud… era asombroso, pero también excesivo y poco frecuente, que renunciara de pronto a aquello en lo que tanto había insistido. La Discreción… aceptó al vuelo la propuesta; y sin embargo, en verdad, no llegó a tal extremo porque con ello protegiera sus nervios o salvara el pellejo, sino porque, lo cual era mucho más valioso, así salvaba la situación. Si digo que la «aceptó al vuelo» es porque me parece que el término está en consonancia con el hecho de que —al cabo de no sé cuánto tiempo, a decir verdad— volvió a ponerse en movimiento, se fue derecho hacia la puerta. No pensaba tocarla… al parecer ahora podría si quisiera: esperaría sólo un poco, para demostrar, para probar, que no quería. Ocupaba así otra posición, cerca del delgado tabique que le privaba de la revelación; pero con la mirada baja y las manos entrelazadas, sencillamente en una profunda quietud. Prestaba atención como si hubiera algo que oír, pero esa actitud, mientras duró, sólo le permitió escuchar su propia voz: «Si no quieres, pues… de acuerdo: te dispenso y abandono. Me conmueves al suplicar decididamente mi compasión: me convences de que por motivos precisos y sublimes —qué sé yo— los dos deberíamos haber sufrido. Los respeto, pues, y aunque conmovido y privilegiado como, creo, jamás lo ha sido hombre alguno, me retiro, renuncio… nunca volveré a intentarlo, palabra de honor. Así que quédate para siempre… ¡y déjame!».
Aquél era, para Brydon, el sentido profundo de esa última manifestación… solemne, mesurada, directa, como él creía que debía ser. Concluyó, se dio la vuelta; y ahora en verdad se daba cuenta de lo profundamente conmovido que se había sentido. Volvió sobre sus pasos, cogió la vela, consumida, observó, casi hasta la arandela, y volvió a percibir con claridad sus pisadas, ligeras como él quería; después de lo cual, al cabo de un momento, se dio cuenta de que estaba en el otro extremo de la casa. Allí hizo lo que nunca había hecho todavía a aquellas horas: abrió a medias una de las ventanas de bisagra de la fachada y dejó entrar el aire de la noche; algo que en cualquier momento anterior le habría parecido una brusca ruptura del hechizo. El hechizo ya estaba roto, y no importaba… estaba roto gracias a su concesión y a su rendición, que hacía inútil que en lo sucesivo regresara. La calle vacía —su otra vida, tan diferente aunque fuera una gran vacuidad a la luz de un farol— quedaba al alcance de la voz, al alcance de la mano; permanecía allí arriba como si fuera a volver a ella, aunque seguía asomado; observaba como si esperase algún hecho corriente, reconfortante, alguna vulgar señal humana, el paso de un barrendero o de un ladrón, algún noctámbulo, por muy despreciable que fuera. Le habría alegrado aquel signo de vida; habría agradecido mucho ver acercarse lentamente a su amigo el policía, a quien hasta entonces había procurado evitar, y no estaba seguro, si aparecía la patrulla, de no haber sentido el impulso de ponerse en contacto con ella, de llamarla, con algún pretexto, desde el cuarto piso en que se encontraba.
No estaba seguro de encontrar un pretexto que no fuera demasiado tonto o demasiado comprometedor, ninguna explicación que, en tal caso, dejara a salvo su dignidad y no permitiera que su nombre apareciese en los periódicos: estaba tan ocupado pensando en cómo dejar constancia de su Discreción, como consecuencia de la promesa solemne que acababa de expresar a su íntimo adversario, que dicha cuestión cobró gran importancia y algo había rebasado irónicamente su sentido de la proporción. Si hubiera habido una escalera de mano apoyada en la fachada de la casa, aunque fuera una de esas vertiginosas escaleras verticales que emplean los pintores y los techadores y a veces dejan por la noche, se las habría arreglado de una forma u otra, a horcajadas sobre el alféizar de la ventana, para conseguir, extendiendo la pierna o el brazo, descender de aquel modo. Si hubiera habido alguno de esos trastos increíbles como los que había encontrado en las habitaciones de los hoteles, una manejable escalera de emergencia en forma de cable con muescas o un plano inclinado de lona, se habría valido de ellos como prueba… bueno, de su delicadeza en aquellos momentos. Tal como estaban las cosas, acariciaba aquel sentimiento un poco en vano, e incluso —al final apenas sabía, una vez más, al cabo de cuánto tiempo— comprobó, tal vez a consecuencia del efecto que causó en su mente la falta de respuesta del mundo exterior, que se convertía de nuevo en una imprecisa angustia. Le parecía que había esperado durante una eternidad algún despertar de aquella solemne quietud; la misma vida de la ciudad estaba bajo los efectos de un hechizo… era muy extraño que aquel vacío y aquel silencio, que recorría de arriba abajo todo aquel panorama de objetos conocidos y más bien desagradables, durasen tanto. Se preguntaba si alguna vez aquellas casas de fachadas severas, que habían empezado a parecer lívidas a la tenue luz del alba, si alguna vez habían hecho tan poco caso a cualquier necesidad de su espíritu. Grandes vacíos edificados, grandes silencios atestados de gente, a menudo en el centro de las ciudades, a altas horas de la noche adoptaban una especie de máscara siniestra, y Brydon se dio cuenta en seguida de aquella gran negación colectiva… sobre todo de que estaba a punto de amanecer, aunque pareciera casi increíble, mostrándole de lo que él había sido capaz aquella noche.
Miró de nuevo su reloj y vio lo que había pasado con su noción del tiempo (las horas le habían parecido minutos… no como en otras situaciones tensas, en que los minutos se le antojaban horas). El extraño aspecto de las calles no era más que el tenue arrebol plomizo del amanecer en el que todo estaba todavía inmovilizado. La súplica con voz entrecortada que había lanzado desde la ventana abierta había sido la única señal de vida y no podía hacer otra cosa sino callarse finalmente, sumido en una desesperación todavía peor. Sin embargo, aunque estaba tan profundamente desmoralizado, de nuevo fue capaz de sentir un impulso que denotaba —al menos conforme a su estimación en aquellos momentos— una resolución extraordinaria; fue capaz de volver sobre sus pasos hasta el sitio donde se quedó helado al extinguirse su último conato de duda acerca de si había en aquel lugar otra presencia además de la suya. Aquello requería un esfuerzo lo bastante intenso como para ponerlo enfermo; pero él tenía un motivo, que de momento superaba a todo lo demás. Había que atravesar todo el resto de la casa, y ¿qué pasaría si la puerta que había visto cerrada estaba ahora abierta? Podía aferrarse a la idea de que el cierre de la puerta había sido poco menos que un acto de compasión hacia su persona, una oportunidad que se le ofrecía de bajar, marcharse, escapar de aquel lugar y no volver a profanarlo nunca más. Aquel planteamiento era coherente, funcionaba; pero el sentido que tenía para él dependía, a todas luces, de la dosis de paciencia que su reciente actividad, o más bien su reciente inactividad, hubiera causado. La imagen de aquella «presencia», cualquiera que fuese, esperando que él acudiera allí… aquella imagen no había sido tan concreta para sus nervios como cuando se paró en seco en el punto en el que a ciencia cierta se le había aparecido. Pues, con toda su resolución, o más exactamente con todo su pavor, se paró en seco… se contuvo para no ver realmente. El riesgo era demasiado grande y su miedo demasiado indudable: en aquel momento adoptó una forma específica atroz.
Él sabía —sí, nunca había estado tan seguro de una cosa— que si veía la puerta abierta, aquello supondría, de la forma más abyecta, el fin para él. Significaría que el causante de su vergüenza —pues era su vergüenza la causante de aquella completa abyección— estaba otra vez en libertad y era dueño de todo; y por eso le resultaba evidente que debería tomar una determinación. Volvería directamente a la ventana que había dejado abierta y a través de ella, aunque no hubiera una larga escalera de mano ni una cuerda colgando, se veía a sí mismo dirigiéndose, de modo incontrolable, insensato y fatal, a la calle. Aquella espantosa posibilidad al menos podía evitarla; pero sólo negándose a tiempo a asegurarse. Tenía que ocuparse de toda la casa, aquel hecho seguía en pie; pero ahora sabía que sólo la incertidumbre podía ponerlo en marcha. Retrocedió sigilosamente del lugar donde se había parado —nada más hacer eso se sintió de pronto más seguro— y, dirigiéndose a tientas hacia la gran escalera, dejó atrás habitaciones abiertas y pasillos retumbantes. Se encontraba en lo alto de la escalera, tenía por delante un largo descenso a oscuras y tres amplios rellanos que la delimitaban. Su instinto le decía que se lo tomara con calma, pero sus pies producían un sonido discordante en el suelo y, por extraño que parezca, cuando al cabo de dos minutos se dio cuenta de ello, aquello de algún modo sirvió de ayuda. No habría podido hablar, el tono de su voz le habría asustado, y el criterio o recurso corriente de «silbar en la oscuridad» (ya fuera literal o figuradamente) habría parecido despreciable y vulgar; sin embargo le gustaba oír sus pasos y, cuando llegó al primer rellano —tomándoselo sin prisa pero con paso seguro—, aquel éxito parcial le arrancó un suspiro de alivio.
La casa, además, parecía inmensa, las proporciones espaciales excesivas; las habitaciones abiertas, hacia ninguna de las cuales desvió la mirada, tenían cerrados los postigos y eran tétricas como bocas de cavernas; sólo la alta claraboya, que remataba la profunda caja de la escalera, le proporcionaba un medio en el que le era posible avanzar, pero que podría haber sido, por su extraño color, un submundo acuoso. Trató de pensar en algo grandioso, como por ejemplo que su propiedad era realmente magnífica, una espléndida posesión; pero esa grandiosidad consistía asimismo en el flamante deleite con que finalmente iba a sacrificarla. Ahora podían llegar los constructores, los encargados de la demolición… podían venir en cuanto quisieran. Después de los dos primeros tramos, había ido a parar a otra zona, y a la mitad del tercero, cuando sólo quedaba uno más, reconoció la influencia de las ventanas bajas, de las persianas a medio bajar, del destello esporádico de los faroles, de los espacios acristalados del vestíbulo. Era el fondo del mar, que tenía su propia iluminación y que hasta veía pavimentado —cuando en un momento dado se acercó a echar una larga ojeada por encima de la barandilla— con las baldosas de mármol de su infancia. Para entonces sin duda se sentía mejor, como podría haber dicho de haberse encontrado en una situación más normal; eso le permitió detenerse y respirar, y la mejoría aumentó al ver aquellas losas blancas y negras de otros tiempos. Pero lo que sobre todo creía era que, dado que la impunidad le arrastraba como con manos firmes, seguramente quedaba zanjada la cuestión de lo que podría haber visto arriba si se hubiera atrevido a echar una última ojeada. La puerta cerrada, ya remota afortunadamente, seguía cerrada… y en resumidas cuentas él sólo tenía que llegar a la de la casa.
Siguió bajando, cruzó el pasillo que formaba el acceso al último tramo y si volvió a detenerse un instante allí fue sobre todo por la intensa emoción que le produjo la seguridad de poder huir. Eso le hizo cerrar los ojos… que volvió a abrir para seguir bajando el tramo recto y en pendiente de los escalones restantes. Todavía tenía una sensación de impunidad, pero se trataba de una impunidad casi excesiva; puesto que las luces laterales y la que se filtraba a través de la tracería en abanico situada en lo alto de la entrada iluminaban tenuemente el vestíbulo; parecía, se dio cuenta en seguida, que el vestíbulo estaba abierto de par en par, que las hojas de bisagra de la puerta interior las habían echado hacia atrás completamente. Eso le hizo plantearse de nuevo la pregunta, y le pareció que los ojos se le salían de las órbitas, como antes le había ocurrido en lo alto de la casa delante de la otra puerta. Si había dejado abierta aquella puerta, ¿no había dejado ésta cerrada y no se encontraba ahora ante la más inmediata evidencia de la existencia de alguna inconcebible actividad oculta? La pregunta era tan apremiante como un cuchillo en el costado, pero la respuesta seguía demorándose y parecía perderse en la imprecisa oscuridad en medio de la cual el alba dejaba entrar por encima de la puerta exterior una tenue luminosidad en forma de arco, un margen semicircular, un frío nimbo plateado que, cuando él lo miraba, parecía desplazarse un poco… cambiar de sitio, dilatarse y contraerse.
Era como si hubiera algo dentro del semicírculo, protegido por la falta de claridad, cuya extensión equivalía a la opaca superficie que había detrás, los entrepaños pintados de la última barrera que le quedaba en su huida, la puerta cuya llave tenía en el bolsillo. La falta de claridad le engañó por más que abriera los ojos de par en par, le afectó como si de algún modo ocultara o desafiara cualquier certeza, de suerte que, después de que su paso vacilase un momento, se dejó llevar por la sensación de que allí había por fin algo que ver, que tocar, que coger, que conocer… algo completamente anormal y horrible, pero que tenía que acercarse a ello si quería liberarse o sufrir una derrota total. La densa y oscura penumbra ocultaba prácticamente a una figura que se mantenía tan inmóvil como las imágenes erguidas de las hornacinas o como un centinela de visera negra que protegiera un tesoro. Brydon iba a darse cuenta después, iba a recordar y a vislumbrar algo concreto en lo que había creído durante el resto de su descenso. Vio que en el centro de aquel borde de tenue luz grisácea disminuía la imprecisión y le pareció que aquello estaba tomando la misma forma que, durante tantos días, la vehemencia de su curiosidad había anhelado. Se ensombreció, se perfiló, era algo, era alguien, el prodigio de una presencia individual.
Rígido y consciente, espectral y sin embargo humano, un hombre de su misma sustancia y estatura esperaba allí para medirse con su capacidad de espantar. Sólo podía ser eso… sólo eso hasta que, al avanzar, se dio cuenta de que lo que difuminaba su rostro era el par de manos levantadas que lo cubría, y que, lejos de mostrarse desafiante, se parapetaba tras un enigmático gesto de desaprobación. De modo que Brydon se hizo cargo de lo que tenía ante él; ahora con todos los detalles, gracias a aquella luz más alta, fuerte e intensa: su absoluta tranquilidad, su auténtica vitalidad, su cabeza entrecana inclinada y sus manos blancas que le ocultaban el rostro, la extraña actualidad de su traje de etiqueta, con las lentes colgando, solapas de seda brillantes y camisa blanca de lino, botones de perla, cadena del reloj de oro y zapatos lustrosos. Ningún gran maestro moderno podría haber ofrecido un retrato más fiel de él, haberlo sacado con más arte, como si en cada matiz y rasgo se hubiera aplicado un «tratamiento» de lo más consumado. La reacción de nuestro amigo, antes de que se diera cuenta, había alcanzado unas proporciones enormes… aquello interrumpió su comprensión del sentido de la maniobra inescrutable de su adversario. Al menos le ofreció aquel significado, mientras él se quedó boquiabierto; pues no tuvo más remedio que quedarse boquiabierto al ver que su otro yo se angustiaba también, pues aquello era prueba de que ahora que él estaba allí para lograr disfrutar de una vida triunfante, no podía hacer frente a su triunfo. ¿Acaso no lo probaba aquel gesto espléndido de ocultarse el rostro con las manos, fuertes y completamente extendidas?… tan extendidas y tan a propósito que, a pesar de un detalle indiscutible que sobrepasaba a cualquier otro, el hecho de que a una de aquellas manos le faltaran dos dedos, que estaban reducidos a muñones, como si de manera fortuita se los hubieran arrancado de un disparo, el rostro quedaba eficazmente protegido y a salvo.
Pero ¿estaría «a salvo»?… Brydon susurraba su admiración hasta que la misma impunidad de su actitud y la misma insistencia de su mirada provocaron, ésa fue su impresión, un súbito revuelo que un momento después se reveló como un portento todavía mayor, cuando aquella cosa levantó la cabeza, mostrando un propósito más valeroso. Las manos, mientras él miraba, empezaron a moverse, a abrirse; luego, como obedeciendo a una decisión repentina, se retiraron del rostro, dejándolo al descubierto y expuesto. Al ver aquello, el horror se apoderó de Brydon, se le hizo un nudo en la garganta y lanzó un grito ahogado que no pudo articular; ya que la identidad recién descubierta era demasiado horrorosa para ser suya, y aquella mirada hostil reflejaba la vehemencia de su propia protesta. El rostro, aquel rostro, ¿era de Spencer Brydon?… siguió escrutándolo, pero apartando la mirada con consternación y rechazo, cayendo inmediatamente de la cumbre de sublimidad en la que se encontraba. Era desconocido, inconcebible, espantoso, ¡sin relación con posibilidad alguna! Lo habían «timado», se lamentó en su fuero interno, siguiendo los pasos a una presa como aquélla: la presencia que tenía ante sí era, en efecto, una presencia, el horror que albergaba en su interior era verdadero horror, pero el desperdicio de sus noches había sido únicamente grotesco y el éxito de su aventura, una ironía. Una identidad como aquélla no encajaba con él en ningún punto, convertía su alternativa en monstruosa. Mil veces sí, a medida que se acercaba más a él, aquel rostro era el de un desconocido. Ahora se acercó todavía más, como una de esas imágenes fantásticas que, en nuestra niñez, se agrandaban al proyectarlas una linterna mágica; ya que el desconocido, quienquiera que fuese, perverso, odioso, descarado, vulgar, había avanzado como para agredirle y él se dio cuenta de que estaba cediendo terreno. Entonces, más apremiado todavía, asqueado por la impresión recibida, y retrocediendo ante aquel aliento cálido y la vehemencia suscitada por una vida más grande que la suya propia, la furia de una personalidad en presencia de la cual se derrumbaba la suya, tuvo la impresión de que se le nublaba la vista y sus piernas flaqueaban. La cabeza le daba vueltas; la estaba perdiendo; la había perdido.
III
Lo que le había hecho volver en sí, obviamente, aunque ¿al cabo de cuánto tiempo?, fue la voz de Mrs. Muldoon, que le llegaba desde muy cerca, desde tan cerca que le pareció verla arrodillada en el suelo ante él, mientras él estaba tendido y la miraba; no estaba completamente tendido en el suelo, sino incorporado a medias y apoyado en alguien… consciente, sí, de que lo sostenían con delicadeza y, más específicamente, de que su cabeza reposaba sobre algo de una suavidad extraordinaria y una fragancia ligeramente reconfortante. Se puso a considerar, se preguntó qué había ocurrido, pero la cabeza sólo le respondía a medias; entonces intervino otro rostro, inclinado más directamente sobre él, y finalmente se dio cuenta de que Alice Staverton había hecho de su regazo un almohadón amplio y perfecto para su cabeza, y que con tal fin se había sentado en el primer peldaño de la escalera, mientras el resto del largo cuerpo de Brydon permanecía tendido sobre las viejas losas blancas y negras. Estaban fríos aquellos cuadrados de mármol de su juventud; pero él por alguna razón no lo estaba, en aquella espléndida recuperación del conocimiento… poco a poco, el momento más maravilloso que había conocido, que le había dejado tan gratamente, tan rotundamente pasivo, y sin embargo rodeado por un tesoro de inteligencia del que lentamente se iba apropiando; disperso, podría decir, en el aire del lugar y mostrando el brillo dorado de un atardecer de finales de otoño. Había vuelto en sí, en efecto… había vuelto de mucho más lejos de lo que ningún otro hombre había viajado nunca; pero resultaba extraña la sensación de que el lugar adonde había vuelto le parecía que realmente merecía la pena, como si hubiese emprendido aquel prodigioso viaje sólo para ir allí. De manera lenta pero segura iba recuperando la conciencia, completándose así la visión de su situación; lo habían vuelto a llevar milagrosamente… lo habían levantado y transportado cuidadosamente desde donde lo habían encontrado, en el confín de un interminable corredor gris. A pesar de ello le permitieron descansar, y lo que le había hecho recuperar el conocimiento fue la interrupción de aquella prolongada y apacible marcha.
Le había hecho recuperar el conocimiento, el conocimiento… sí, eso era lo maravilloso de su situación; que llegaba a parecerse cada vez más a la de un hombre que se ha dormido con la noticia de una gran herencia y que luego, tras soñar con ella, profanándola con asuntos que nada tienen que ver con la misma, al despertar comprueba imperturbablemente la certeza de tal hecho y no tiene más que tumbarse para ver cómo se acrecienta. Tal era el curso de su paciencia: no tenía más que dejar que ella le fuera propicia. Además debían de haberlo levantado y, con algunas interrupciones, transportado; puesto que por qué y de qué otra manera se habría dado cuenta más tarde, cuando el atardecer brillaba con mayor intensidad, de que ya no estaba al pie de la escalera de su casa —situada, según parecía ahora, en el otro extremo del oscuro túnel en el que él se hallaba— sino en un banco junto a una de las ventanas del salón de techo alto, sobre el cual habían extendido, a modo de lecho, una capa de suave paño forrada de piel gris que conocía bien y que una de sus manos acariciaba como para comprobar que era de verdad. El rostro de Mrs. Muldoon había desaparecido, pero el otro, el segundo que había reconocido, se inclinaba sobre él de un modo que indicaba que todavía lo sostenían y se hallaba apoyado en una almohada. Se hacía cargo de todo y cuanto más cargo se hacía más parecía satisfacerle: estaba tan satisfecho como si hubiera comido y bebido. Eran las dos mujeres quienes lo habían encontrado, al haber utilizado su llave Mrs. Muldoon, a la hora acostumbrada, y sobre todo al haber llegado cuando Miss Staverton todavía se hallaba cerca de la casa. Ya se estaba alejando, llena de inquietud, preocupada por haber llamado varias veces en vano… calculaba que era la hora a la que llegaba la buena mujer; pero esta última, afortunadamente, había aparecido cuando ella seguía todavía allí, y entraron juntas. Estaba tendido más allá del vestíbulo, poco más o menos como yacía ahora… es decir, aparentemente se había caído, pero lo extraordinario del caso era que no tenía contusiones ni cortes profundos; tan sólo estaba sumido en un profundo aletargamiento. Sin embargo, de lo que más se daba cuenta en aquellos momentos, con mayor claridad, era de que Alice Staverton no había dudado, durante un rato indeciblemente largo, de que estaba muerto.
«Debió de ser porque lo estaba». Lo comprendió mientras ella lo sostenía.
—Sí… sólo es posible pensar que estaba muerto. Usted me ha devuelto literalmente a la vida. Sólo que —se preguntó, alzando la vista hacia ella—, en el nombre de todo lo que es sagrado, ¿cómo?
Tan sólo un instante después ella inclinó su rostro y le besó, y había algo en la manera de hacerlo, y en la forma en que sus manos abrazaban y estrechaban su cabeza mientras él sentía la fría benevolencia y castidad de sus labios, algo en toda aquella dicha que en cierta medida respondía a todo.
—Y ahora te cuido —dijo ella.
—¡Oh, cuídame, cuídame! —le imploró él mientras el rostro de ella todavía estaba inclinado sobre él: en respuesta a lo cual lo volvió a bajar y lo dejó cerca, muy pegado al suyo.
Aquello sellaba su situación… cuya impresión él saboreó en silencio durante un prolongado momento de felicidad. Pero él replicó:
—Pero ¿cómo sabías…?
—Estaba preocupada. Tenías que haber venido, ¿recuerdas?… y no me habías avisado.
—Sí, me acuerdo… tenía que haber ido a verte hoy a la una —eso explicaba su «antigua» vida y relación… que estaban tan cerca y a la vez tan lejos—. Yo seguía todavía ahí fuera, en medio de mi extraña oscuridad… ¿dónde fue?, ¿qué ocurrió? Debo haberme quedado allí tanto tiempo…
Él no tuvo más remedio que preguntarse por el alcance y la duración de su desvanecimiento.
—¿Desde anoche? —preguntó ella con una pizca de temor por su posible indiscreción.
—Desde esta mañana, eso debe de haber sido: la fría penumbra del alba. ¿Dónde he estado? —se lamentó vagamente—, ¿dónde he estado? —notó que ella le abrazaba más estrechamente, y fue como si aquello le ayudase a expresar su queja sin ningún temor—. ¡Qué día tan largo y sombrío!
Completamente enternecida, Alice esperó un momento.
—¿En la fría penumbra del alba? —dijo con voz trémula.
Pero él ya se había puesto a juntar las piezas de todo aquel prodigio.
—Como yo no me presentaba viniste tú directamente, ¿no es así?
Ella meditó un poco.
—Primero fui a tu hotel, donde me anunciaron tu ausencia. Habías salido a cenar la noche anterior y desde entonces no habías vuelto. Pero al parecer sabían que habías estado en tu club.
—¿Tenías, pues, idea de esto…?
—¿De qué? —preguntó ella en seguida.
—Pues… de lo que había ocurrido.
—Creí que en todo caso habrías estado aquí. Supe desde el principio —dijo— que habías venido.
—¿Lo sabías…?
—Bueno, lo creía. No te dije nada después de aquella conversación que tuvimos hace un mes… pero estaba segura. Sabía que vendrías —afirmó.
—¿Quieres decir que persistiría?
—Que le verías.
—¡Ah, pero si no le vi! —exclamó Brydon, sin dejar de protestar—. Hay alguien, un bruto atroz; al que acorralé de manera bastante horrible. Pero no era yo.
Al oír eso ella volvió a inclinarse sobre él, mirándolo fijamente a los ojos.
—No… no eras tú.
Y fue como si, mientras el rostro de ella se cernía sobre él, hubiera podido descifrar en el mismo, de no haber estado tan cerca, algún significado concreto oculto tras su sonrisa.
—No, gracias al cielo —repitió ella—, ¡no eras tú! No podías haber sido tú desde luego.
—Ah, pero sí que lo era —insistió él con delicadeza. Y miró fijamente al frente como había estado haciéndolo durante tantas semanas—. Tenía que haberme conocido a mí mismo.
—¡No podías! —replicó ella para consolarlo.
Y luego, volviendo a lo dicho antes, como para dar más explicaciones sobre lo que había hecho:
—Pero no fue sólo eso, que no hubieras estado en casa —prosiguió—. Espere hasta la hora a la que habíamos encontrado a Mrs. Muldoon aquel día que vine contigo; y, como te he dicho, ella llegó cuando yo, al no conseguir que nadie acudiera a abrirme la puerta, seguía en la escalera desesperada. Al cabo de un rato, si no hubiera llegado ella, por suerte, habría hallado el modo de encontrarla. Pero no era —dijo Alice Staverton, como si una vez más sus intenciones fueran buenas—, no era sólo eso.
Tumbado como estaba, sus ojos se volvieron hacia ella.
—¿Qué más, entonces?
Ella afrontó el asombro que sus palabras habían provocado.
—¿Dices que fue en la fría penumbra del alba? Verás, en la fría penumbra del alba te vi yo también esta mañana.
—¿Me viste…?
—Le vi —dijo Alice Staverton—. Debe de haber sido en el mismo momento.
Él permaneció unos instantes tratando de asimilar aquello, como si deseara ser del todo razonable.
—¿En el mismo momento?
—Sí, en mi sueño otra vez, el mismo que te he mencionado. Se me volvió a aparecer. Entonces me di cuenta de que era una señal. Aquel hombre había ido a verte.
Al oír aquello Brydon se levantó; tenía que verla mejor. Ella le ayudó cuando comprendió su ademán, y él se incorporó, recobrando el equilibrio al lado de ella en el banco junto a la ventana, y cogiendo con su mano derecha la izquierda de la joven.
—Él no fue a verme.
—Tú volviste en ti —dijo ella con una sonrisa maravillosa.
—Bueno, he vuelto en mí ahora, gracias a ti, querida. Pero ese bruto de rostro atroz es un malvado desconocido. No tiene nada que ver conmigo, ni siquiera con lo que yo podía haber sido —afirmó Brydon con determinación.
Pero ella conservaba la lucidez, que era como un efluvio de infalibilidad.
—¿No se trataba precisamente de que podrías haber sido diferente?
Estuvo a punto de poner mala cara.
—¿Tan diferente como eso…?
La mirada de ella volvió a parecerle más hermosa que todas las cosas de este mundo.
—¿No habías querido saber exactamente cuán diferente? Eso es lo que me pareciste —dijo— esta mañana.
—¿Como él?
—¡Un malvado desconocido!
—¿Entonces cómo supiste que era yo?
—Porque, como te dije hace unas semanas, mi mente, mi imaginación, le ha dado muchas vueltas a lo que pudiste, o no pudiste, haber sido, lo cual demuestra, como puedes ver, cuánto he pensado en ti. En medio de todo eso te dirigiste a mí, para responder a mi perplejidad. Así comprendí —prosiguió ella—, y creí que, ya que la cuestión te interesaba tanto, como me dijiste aquel día, acabarías viendo por ti mismo. Y cuando esta mañana vi otra vez, supe que era porque tú habías visto… y también entonces, desde el primer momento, porque en alguna medida tú me necesitabas. Me pareció que él me decía eso. Así que ¿por qué no habría de gustarme?
Aquello hizo que Spencer Brydon se levantara.
—¿Te «gusta» ese horror…?
—Podría haberme gustado. Para mí —dijo— no era un horror. Lo habría aceptado.
—¿Aceptado…? —la voz de Brydon sonaba de una manera extraña.
—Antes, por el interés que podía tener que fuese distinto… sí. Y como no lo rechace cuando lo reconocí… como tan cruelmente hiciste tú por fin, querido, cuando te enfrentaste a él y viste lo distinto que era…, en fin, comprende, debió de parecerme a mí menos horrible. Y puede que le haya gustado que le compadeciera.
Ella estaba de pie a su lado, pero todavía estrechaba su mano… todavía lo sostenía con su brazo. Pero aunque todo aquello le aclaraba poco las cosas, preguntó a regañadientes y con resentimiento:
—¿Te «compadeciste» de él?
—Ha sido desdichado, ha sido destruido —dijo ella.
—¿Y yo no he sido desdichado? ¿No he sido —¡no tienes más que mirarme!— destruido?
—Ah, no digo que él me guste más —admitió ella después de pensárselo un momento—. Pero él es siniestro, está consumido… y le han pasado cosas. No utiliza para ver un precioso monóculo como el tuyo.
—No —aquello le chocó a Brydon—; yo no podría haber lucido el mío «en el centro de la ciudad». Me habrían tomado el pelo.
—Esos enormes quevedos de lentes convexas… los vi, me di cuenta de qué tipo eran… es porque tiene la vista estropeada. ¡Y su pobre mano derecha…!
—¡Ah! —Brydon se estremeció, ya fuera porque veía probada su identidad, o por los dedos que le faltaban. Luego añadió lúcidamente—: Tiene un millón de años. Pero no te tiene a ti.
—Y no es… no, ¡él no es… tú! —murmuró ella, mientras él la atraía hacia su pecho.