I
—¡A fe mía que usted debe haber perdido el juicio! —exclamó Spencer Coyle mientras el joven permanecía allí, lívido y un poco jadeante, y repetía: «A decir verdad, lo tengo completamente decidido» y «Le aseguro que lo he meditado todo a fondo». Los dos estaban pálidos, pero Owen Wingrave sonreía de un modo exasperante para su supervisor, quien no obstante discriminaba lo suficiente para darse cuenta de que aquella mueca —era como una impertinente mirada de soslayo— obedecía a un nerviosismo extremo, por otra parte comprensible.
—Seguramente fue un error haber llegado tan lejos; pero precisamente por eso me parece que no debo dar un paso más… —dijo el pobre Owen, esperando maquinalmente, casi humildemente… no quería vanagloriarse, y a decir verdad no tenía ningún motivo para hacerlo—, y posando, a través de la ventana, el brillo cáustico de su mirada en las estúpidas casas de enfrente.
—No sabe el disgusto que me ha dado. Me ha sentado muy mal —y en verdad Mr. Coyle parecía realmente enfadado.
Lo lamento mucho. El temor al efecto que iba a causarle me impidió decírselo antes.
—Tendría que habérmelo dicho hace tres meses. ¿Es que no sabe lo que quiere de un día para otro? —insistió el mayor de los dos.
El joven se contuvo por un momento; luego se excusó con voz trémula.
—Está usted muy enfadado conmigo, y me lo esperaba. Le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho por mí. Yo haría cualquier cosa por usted a cambio, pero eso no lo puedo hacer. Como es natural todo el mundo me pondrá verde. Estoy preparado… estoy preparado para lo que sea. Por eso he tardado tanto tiempo: para asegurarme de que estaba preparado. Creo que su disgusto es lo que más siento y lo que más lamento. Pero poco a poco se le pasará —concluyó Owen.
—¡A usted se le pasará más deprisa, supongo! —exclamó satíricamente el otro. Estaba tan agitado como su amigo, y evidentemente no se hallaban en condiciones de prolongar un encuentro que les hacía sangrar a ambos. Mr. Coyle era «preparador» profesional; preparaba a aspirantes al ejército, no más de tres o cuatro al mismo tiempo, a los que aplicaba el irresistible estímulo cuya posesión era a la vez su secreto y su fortuna. No tenía un gran establecimiento; él habría dicho que no era un negocio al por mayor. Ni su sistema, ni su salud ni su temperamento habrían podido concordar con las cantidades; de modo que pesaba y medía a sus alumnos, y eran más los aspirantes que rechazaba que los que admitía. Era un artista en lo suyo, que sólo se interesaba por las asignaturas selectas y era capaz de sacrificios casi apasionados por el individuo. Le gustaban los jóvenes fogosos —había tipos de facilidad y clases de capacidad que le dejaban indiferente—, y a Owen Wingrave le había tomado un cariño especial. El talento de aquel joven, por no hablar de su personalidad toda, tenía un matiz particular que casi hechizaba, y en todo caso cautivaba. Los candidatos de Mr. Coyle solían hacer maravillas, y él habría podido conseguir que una multitud de ellos alcanzaran los más altos puestos. Tenía exactamente la estatura del gran Napoleón, con un cierto atisbo de genio en sus ojos de color azul claro: se había dicho de él que parecía un concertista de piano. En aquel preciso instante el tono de su alumno preferido expresaba, sin intención desde luego, una sabiduría superior que le irritaba. La elevada opinión que Wingrave tenía de sí mismo, que habría parecido justificada por su extraordinario talento, nunca le había molestado antes; pero hoy, de pronto, le pareció intolerable. Cortó en seco la discusión, negándose rotundamente a dar por concluidas las relaciones que les unían, y comentó a su alumno que más le valdría irse a alguna parte —a Eastbourne, por ejemplo: el mar le reanimaría— y tomarse unos cuantos días para ponerse al corriente y recobrar el juicio. Disponía de tiempo, porque iba muy bien: cuando Spencer Coyle recordó lo bien que iba, de buena gana le habría abofeteado. Aquel joven alto y atlético no era físicamente un sujeto al que se pudiera convencer con razonamientos simplificados; pero una discreción preocupada en su apuesto semblante, que indicaba compunción mezclada con resolución, prácticamente venía a decir que si con eso se pudiese conseguir algo habría puesto ambas mejillas. Evidentemente no pretendía que su sabiduría fuese superior; tan sólo la presentaba como suya. Se trataba de su carrera, al fin y al cabo. No podía negarse a llevar a cabo la formalidad de intentar ir a Eastbourne, o al menos morderse la lengua, aunque había algo en su actitud que implicaba que si lo hacía sería, en realidad, por darle a Mr. Coyle ocasión de recobrarse. No tenía la sensación de estar fatigado, pero era lo más natural que, con aquella presión tremenda, Mr. Coyle lo estuviera. El propio intelecto de Mr. Coyle se beneficiaría de las vacaciones de su alumno. Mr. Coyle comprendió lo que él quería decir, pero se dominó; únicamente pidió, estando en su derecho, una tregua de tres días. Owen la concedió, aunque el abrigar tristes ilusiones fuera visiblemente contra su conciencia; pero antes de que se separasen el famoso preparador intensivo comentó:
—De todos modos, me parece que debería consultarlo con alguien. Creo que ha mencionado que su tía había venido a Londres.
—Pues sí… está en Baker Street. Vaya usted a verla —dijo el muchacho para consolarle.
Su tutor le dirigió una mirada penetrante.
—¿Le ha sacado a colación esta locura?
—Todavía no… no se lo he dicho a nadie. Creí conveniente hablar antes con usted.
—¡Así que lo «creyó conveniente»! —exclamó Spencer Coyle, indignado por los criterios de su joven amigo. Añadió que probablemente iría a visitar a Miss Wingrave; después de lo cual el joven desleal salió de la casa.
Sin embargo no partió de inmediato hacia Eastbourne; se limitó a dirigir sus pasos hacia Kensington Gardens, de donde la atractiva residencia de Mr. Coyle —cobraba muy caro y tenía una casa grande— no distaba mucho. El famoso preparador «hospedaba» a sus alumnos, y Owen había mencionado al mayordomo que volvería a cenar. Notaba la tibieza del día primaveral en su sangre joven y llevaba en el bolsillo un libro; y una vez que se hubo adentrado en el parque y, tras un corto paseo, se dejó caer en una silla, y lo sacó con ese suspiro lento y silencioso que finalmente anuncia un placer aplazado. Estiró las largas piernas y se puso a leer; era un volumen de poemas de Goethe. Llevaba varios días en un estado de máxima tensión, y ahora, al romperse el cordón, el alivio fue proporcionado; pero era característico de él que esa liberación consistiese en un placer intelectual. Si había renunciado a la posibilidad de una carrera magnífica no era para perder el tiempo por Bond Street ni para alardear de su indiferencia en el escaparate de un club. En cualquier caso, a los pocos momentos se le había olvidado todo: la presión tremenda, la decepción de Mr. Coyle y hasta su temible tía de Baker Street. Si esos observadores le hubiesen sorprendido, seguramente habrían tenido alguna excusa para su exasperación. No había la menor duda de que era obstinado, pues hasta la misma elección de pasatiempo daba a entender lo bien que llevaba el alemán.
—¿Usted sabe qué diablos le pasa? —preguntó aquella tarde Spencer Coyle al joven Lechmere, que nunca había visto que el director del establecimiento emplease palabrotas delante de un alumno. El joven Lechmere no era sólo condiscípulo de Wingrave; debía ser amigo íntimo suyo, de hecho su mejor amigo, e inconscientemente le había prestado a Mr. Coyle el servicio de hacer resaltar todavía más, por contraste, la promesa de las grandes dotes de Owen. Era de baja estatura, robusto y en general poco inspirado, y a Mr. Coyle, que no encontraba divertido creer en él, nunca le había parecido menos interesante que en aquel momento, en que le miraba fijamente con aquel rostro del que habría resultado tan difícil deducir que hubiese captado una idea como prejuzgar una comida con sólo mirar la tapadera de una fuente. El joven Lechmere ocultaba esa clase de logros como si se tratase de imprudencias juveniles. De todas formas, era evidente que no podía concebir que hubiese ningún motivo para pensar que a su compañero de estudios le pasara nada fuera de lo normal; de modo que Mr. Coyle tuvo que proseguir:
—Se niega a ingresar. ¡Manda a paseo toda su carrera!
La primera cosa que le llamó la atención al joven Lechmere fue la novedad, como de lenguaje vulgar olvidado, del vocabulario empleado por el jefe.
—¿No quiere ir a Sandhurst?
—No quiere ir a ninguna parte. Renuncia por completo al ejército. Pone objeciones —dijo Mr. Coyle en un tono que le hizo contener la respiración al joven Lechmere— a la profesión militar.
—¡Pero si ha sido la profesión de toda su familia!
—¿Profesión? ¡Ha sido su religión! ¿Conoce usted a Miss Wingrave?
—Claro que sí. Es horrible, ¿no es cierto? —exclamó inocentemente el joven Lechmere.
Su instructor titubeó.
—Es formidable, si es eso lo que quiere usted decir, y está bien que lo sea; porque en cierta medida, en su persona, aunque sea una solterona amable, representa el poderío, representa las tradiciones y las gestas del ejército británico. Representa el dominio expansivo del linaje inglés. Creo que se puede confiar en que su familia se le eche encima, pero se deberían movilizar todas las influencias. Me gustaría saber cuál es la suya. ¿Puede usted hacer algo al respecto?
—Puedo intentar un par de rondas con él —dijo pensativamente el joven Lechmere—. Pero sabe una barbaridad. Tiene las ideas más extraordinarias.
—¿Le ha hablado, pues, de alguna de ellas?… ¿le ha hecho confidencias?
—Le he oído hablar por los codos en el patio —sonrió el sincero joven—. Me ha dicho que lo desprecia.
—¿Qué es lo que desprecia? No lo entiendo.
El más consecuente de los educandos de Mr. Coyle se paró a meditar un momento, como consciente de una responsabilidad.
—Pues yo creo francamente que la vida militar. Dice que tenemos una idea equivocada acerca de ella.
—No debería hablarle a usted así. Eso es corromper a la juventud de Atenas. Es sembrar la sedición.
—¡A mí eso no me afecta! —dijo el joven Lechmere—. Tampoco me dijo nunca que pensara mandarlo todo a paseo. Siempre creí que quería llevarlo a cabo, sencillamente porque era su obligación. Es capaz de discutir sobre lo que quieras. Y de ponerte la cabeza como un bombo… diré eso en su favor. Pero es una verdadera lástima… estoy seguro de que haría una gran carrera.
—Pues dígaselo; suplíqueselo; forcejee con él… por el amor de Dios.
—Haré lo que pueda… le diré que es una auténtica vergüenza.
—Eso es, pulse esa nota… insista en que sería una deshonra.
El joven miró extrañamente a Mr. Coyle.
—Estoy seguro de que él no haría nada deshonroso.
—En fin… no parecería correcto. Eso es lo que hay que hacerle ver… valerse de ello. Expóngale el punto de vista de un camarada… de un compañero de armas.
—¡Eso es lo que creí que íbamos a ser! —reflexionó románticamente el joven Lechmere, muy inspirado por la naturaleza de la misión que se le imponía—. Es una buenísima persona.
—¡Nadie lo pensará si se vuelve atrás! —dijo Spencer Coyle.
—¡Pues a mí que no se atrevan a decírmelo! —respondió su alumno acalorado.
Coyle lo consideró, dándose cuenta de su tono y consciente de que, dada la obstinación de las cosas, aunque este joven fuese un soldado nato, no atribuiría ninguna emoción a sus alternativas, salvo quizás de parte de la guapa chica con quien tenía la seguridad de que estaría unido plácidamente en fecha próxima.
—¿Le aprecia usted mucho?… ¿confía en él?
En aquellos tiempos el joven Lechmere se pasaba la vida contestando preguntas terribles, pero nunca le habían hecho tantas ni tan directas como aquéllas.
—¿Si confío en él? ¡Ya lo creo!
—¡Pues sálvelo!
El pobre chico estaba desconcertado, como si aquella intensidad le obligase a aceptar que había más cosas en aquel ruego que las que pudieran salir a la superficie; y sin duda se dio cuenta de que no estaba más que empezando a comprender una situación compleja cuando un instante después, con las manos metidas en los bolsillos, respondió esperanzado pero sin ostentación:
—¡Creo que podré convencerle!
II
Antes de ver al joven Lechmere, Mr. Coyle había decidido telegrafiar una pregunta a Miss Wingrave. Había dejado pagada la respuesta, que al serle entregada rápidamente puso punto final a la entrevista que acabamos de relatar. De inmediato se fue en coche a Baker Street, donde la señora había dicho que le esperaba, y cinco minutos después de llegar, sentado frente a la singular tía de Owen Wingrave, le repitió varias veces, triste y enfadado, y con la infalibilidad de su experiencia:
—Es tan inteligente… ¡es tan inteligente!
Había declarado que había sido un lujo preparar a un chico así.
—Claro que es inteligente; ¿qué iba a ser si no? ¡Que yo sepa, no ha habido más que un tonto en la familia! —dijo Jane Wingrave. Era una alusión que Mr. Coyle podía entender, y que le recordaba otra de las razones de la decepción, de la humillación, por decirlo así, de la buena gente de Paramore, a la vez que daba ejemplo de aquella tosquedad concienzuda que en anteriores ocasiones había observado en su anfitriona. El pobre Philip Wingrave, hijo primogénito del difunto hermano de esta señora, era literalmente imbécil y vivía desterrado de todas las miradas; deforme, insociable, irrecuperable, había sido relegado a un manicomio privado, y se había convertido, para los amigos de la familia, en una pequeña leyenda lúgubre y silenciada. Todas las esperanzas de la casa, de la pintoresca Paramore, ahora hogar permanente y más bien triste del anciano sir Philip —sus achaques le mantendrían allí hasta el final—, se congregaban por consiguiente sobre la cabeza del hermano menor, a quien la naturaleza, como arrepentida de su anterior chapuza, además de hacerle extraordinariamente apuesto, había colmado de una acusada buena disposición para todo. Habían sido los dos únicos vástagos del único hijo varón del anciano, quien, como muchos de sus antepasados, había entregado su vida joven y gallarda al servicio de su país. Owen Wingrave, el mayor, había recibido la herida mortal, en combate cuerpo a cuerpo, de un sable afgano; el golpe le había partido el cráneo en dos. Su esposa, que por aquel entonces se hallaba en la India, estaba a punto de dar a luz al tercero de sus hijos; y cuando tuvo lugar el acontecimiento, a oscuras y angustiada, la criatura vino al mundo sin vida y la madre no pudo sobrevivir a sus múltiples desgracias. El segundo de los pequeños que estaba en Inglaterra, con su abuelo en Paramore, fue confiado al cuidado especial de su tía, la única soltera, y durante aquel interesante domingo que, por insistente invitación, Spencer Coyle, a pesar de lo ocupado que estaba, había pasado bajo aquel techo, después de que aceptase dar clases a Owen, el celebrado preparador intensivo recibió una impresión vivaz de la influencia que ejercía Miss Wingrave, al menos en intención. Lo cierto es que el hombrecito observador había conservado una imagen curiosa de aquella corta visita: la visión de una casa jacobina venida a menos, desvencijada e increíblemente «horripilante», pero llena de carácter todavía y un acertado marco para la figura distinguida del viejo soldado pacífico. Sir Philip Wingrave, reliquia más que celebridad, era un octogenario menudo, curtido y erguido, de ojos ardientes y estudiada cortesía. Le gustaba hacer los honores limitados de su casa, pero incluso cuando con mano temblorosa encendía la vela del dormitorio para un invitado reprobador era imposible no entrever, debajo de la superficie, al despiadado anciano de alcurnia. Los ojos de la imaginación podían echar un vistazo hacia atrás a su apretado pasado oriental… a episodios en los que sus escrupulosos modales únicamente le habrían hecho más terrible. Tenía su leyenda… ¡y qué historias se contaban de él!
Mr. Coyle recordaba también otras dos figuras: una desvaída e inofensiva Mrs. Julian, domesticada en la casa por un sistema de visitas frecuentes como viuda de un oficial y amiga particular de Miss Wingrave, y una muchacha de dieciocho años, extraordinariamente inteligente, que era hija de esa señora y que al especulativo visitante le pareció ya formada para otras relaciones. Fue muy impertinente con Owen, y en el transcurso de un largo paseo que había dado con el joven, y cuyo efecto había sido, tras mucha conversación, confirmar su buena opinión de él, se había enterado —pues Owen parloteaba confidencialmente— de que Mrs. Julian era hermana de un caballero muy gallardo, el capitán Hume-Walker, del cuerpo de Artillería, que había caído en el motín de la India, y de que entre él y Miss Wingrave (había sido la única concesión conocida de aquella señora) se creía que se había creado una situación algo delicada, que tomó un sesgo trágico. Habían estado prometidos, pero ella, cediendo a su naturaleza celosa, había roto con él y le había mandado a su destino, que fue horrible. Una vehemente sensación de haber sido injusta con él, un remordimiento insoportable e incesante se había apoderado de ella inmediatamente después, y cuando la pobre hermana del capitán, unida también a un militar, quedó casi sin recursos por un golpe todavía más duro, se había consagrado denodadamente a una larga expiación. Había buscado consuelo llevándose a Mrs. Julian a vivir durante gran parte del tiempo en Paramore, donde se convirtió en ama de llaves no remunerada, aunque no sin críticas, y Spencer Coyle imaginó como una parte de ese consuelo el que ella pudiera pisotearla cuando le viniera en gana. La impresión de Jane Wingrave no fue la más tenue que había recogido en aquel domingo intensivo… una ocasión singularmente teñida para él de la sensación de duelo y luto y recuerdo, de nombres nunca pronunciados, del lamento lejano de las viudas y los ecos de batallas y malas noticias. Era todo muy militar desde luego y a Mr. Coyle le hizo estremecerse un poco pensando en aquella profesión cuyas puertas ayudaba a franquear a unos jóvenes por lo demás inofensivos. Miss Wingrave podía, además, agravar esa mala conciencia… tan fría y clara era la buena persona que le miraba desde aquellos ojos, hermosos y duros, y bramaba en su sonora voz. Era persona de gran distinción, de facciones angulosas pero no desgarbada, de amplia frente y abundante cabello negro, arreglado como el de quien, tal vez excusablemente, se imagina tener una cabeza «aristocrática», y veteado ya de blanco irregularmente. Pero si para nuestro preocupado amigo ella representaba el genio de una raza militar no era porque tuviese andares de granadero ni vocabulario de cantinera; era tan sólo porque tales afinidades estaban vivazmente implícitas en el hecho general al que su mera presencia y cada una de sus acciones y miradas y matices aludían de forma constante y directa: el valor supremo de su familia. Si ella era marcial se debía a que descendía de una dinastía militar y por nada del mundo habría sido otra cosa que lo que los Wingrave habían sido. Resultaba casi vulgar en relación a sus antepasados y, si alguien se hubiese visto tentado a reñir con ella, habría encontrado un buen pretexto en su defectuoso sentido de las proporciones. Esa tentación, sin embargo, no le decía nada a Spencer Coyle, para quien, como carácter fuerte manifestado en sus opiniones y el volumen de su voz, ella era casi un «regalo», y que se alegraba de ver en ella una fuerza ejercida en su favor. Habría deseado que su sobrino hubiese tenido algo más de la estrechez de miras de ella, en lugar de tener que soportar aquella tendencia a examinar las cosas de sus parientes. Se preguntaba por qué, cada vez que Miss Wingrave venía a la ciudad, recurría a Baker Street para alojarse. Él nunca había sabido ni oído hablar de Baker Street como residencia: no lo asociaba más que con bazares y fotógrafos. Adivinaba en ella una indiferencia rígida hacia todo lo que no fuera la pasión de su vida. Eso era lo único que verdaderamente le importaba, y habría tomado habitaciones en Whitechapel si hubieran entrado en sus planes tácticos. Había recibido a su visitante en una habitación amplia, fría y descolorida, amueblada con asientos nada fiables y decorado con jarrones de alabastro y flores de cera. La única pequeña comodidad personal que parecía haber buscado era un grueso catálogo de los Economatos del Ejército y la Armada, que reposaba sobre un vasto y desolado tapete de azul defectuoso. Su clara frente —era como una pizarra de porcelana, un receptáculo para direcciones y cuentas— se había ruborizado cuando el preparador intensivo de su sobrino le contó la extraordinaria noticia; pero él comprendió que, afortunadamente, estaba más enfadada que asustada. Básicamente tenía, tendría siempre, demasiada poca imaginación para el miedo, y además la sana costumbre de hacer frente a todo le había enseñado que la ocasión solía proporcionarle una dosis a tener en cuenta. Comprendió que su único temor en la hora presente podría haber sido el de no poder impedir que su sobrino apareciese en público como un asno, o algo peor, y que a esa clase de aprensiones ella era de hecho inasequible. Prácticamente tampoco le preocupaba la sorpresa; no reconocía ninguno de los sentimientos fútiles, ninguno de los sentimientos sutiles. Que Owen hubiese hecho el tonto, aunque sólo fuera por una hora, le enojaba; le avergonzaba como le habría avergonzado enterarse de que su sobrino había contraído deudas o se había enamorado de una muchacha de baja condición. Pero en cualquier enfado quedaba el hecho atenuante de que nadie podría tomarla a ella por tonta.
—No recuerdo haberme tomado tanto interés por ningún joven… creo que no lo he hecho nunca, desde que empecé a tratar con ellos —dijo Mr. Coyle—. Le aprecio, creo en él. Ha sido un placer ver cómo se maneja.
—¡Sé muy bien cómo se manejan! —Miss Wingrave echó la cabeza hacia atrás, con ademán de estar tan al corriente como si hubiese aparecido fugazmente ante ella una inconsiderada serie de generaciones con un ruido metálico de vainas y espuelas. Spencer Coyle admitió la insinuación de que ella no tenía nada que aprender de nadie acerca del comportamiento natural de un Wingrave, y hasta se sintió culpable por las siguientes palabras de ella de ser, a sus ojos, con la turbulenta historia de su contratiempo y su débil queja por su alumno, más bien un pobre hombre.
—¡Si le aprecia —exclamó Miss Wingrave—, por piedad haga que se tranquilice!
Mr. Coyle empezó a explicarle que era menos sencillo de lo que ella parecía imaginar; pero se dio perfecta cuenta de que en realidad ella entendía poco de lo que le decía. Cuanto más insistía él en que el chico tenía una especie de independencia intelectual, más le parecía a ella que eso era una prueba concluyente de que su sobrino era un Wingrave y un soldado. Hasta que le mencionó que Owen había hablado de la carrera de las armas como algo que estaría «por debajo» de él, hasta que atrajo su atención aquella luz más intensa sobre la complejidad del problema, no prorrumpió, tras un momento de reflexión estupefacta, con un:
—¡Envíemelo inmediatamente!
—Precisamente quería pedirle permiso para hacer eso. Pero también he querido prepararla para lo peor, hacerle comprender que él me parece verdaderamente obstinado, y sugerirle que los argumentos más poderosos que tenga usted a su alcance —sobre todo si pudiera usted echar mano de alguno sumamente práctico— nunca estarán de más.
—Creo tener un argumento poderoso —y Miss Wingrave miró duramente a su visitante. No sabía ni muchísimo menos qué instrumento pudiera ser, pero le rogó que lo pusiera en práctica en seguida. Prometió que el joven iría a Baker Street aquella misma noche, mencionando, no obstante, que él ya le había exhortado a pasar un par de días en Eastbourne. Eso llevó a Jane Wingrave a inquirir, sorprendida, qué ventaja podía haber en aquel costoso remedio, y a replicar con decisión, al decirle él: «La ventaja de un pequeño descanso, un pequeño cambio, un pequeño alivio a sus nervios destrozados»:
»—¡Ah, no le mime… nos está costando mucho dinero! Yo hablaré con él y me lo llevaré a Paramore; allí será castigado, y se lo devolveré enmendado.
Spencer Coyle acogió ésa garantía con aparente satisfacción, pero antes de dejar a aquella enérgica señora se dio cuenta de que había asumido una nueva preocupación: un desasosiego que le llevó a decirse, refunfuñando, para sus adentros: «Sí, en el fondo es un granadero, y no tendrá tacto. No sé cuál será su poderoso argumento; lo único que me temo es que cometa una estupidez y el chico se empecine todavía más. Es mejor el anciano…, él sí sabe emplear el tacto, aunque no sea un volcán completamente apagado. Lo más probable es que Owen lo enfurezca. En otras palabras, es un problema que el mejor de ellos sea el muchacho».
Aquella noche, a la hora de cenar, volvió a darse cuenta de que el mejor era el muchacho. El joven Wingrave —quien, le alegró observar, todavía no se había marchado a la costa— apareció en la comida como de costumbre, pareciendo inevitablemente un poco cohibido, pero no demasiado original para Bayswater. Habló de forma natural con Mrs. Coyle, a quien desde el principio le había parecido el joven más apuesto que habían admitido en aquella casa; de modo que la persona más incómoda era el pobre Lechmere, que se tomó muchas molestias, como a instancias de la más profunda delicadeza, en no mirar a los ojos a su insensato compañero. Spencer Coyle, sin embargo, pagaba las consecuencias de su propia observación profunda sintiéndose cada vez más preocupado; se daba perfecta cuenta de que había toda clase de cosas en su joven amigo que la gente de Paramore nunca comprendería. Ya empezaba incluso a rechazar el planteamiento de presionarle… empezaba a pensar que al fin y al cabo tenía derecho a tener sus propias ideas… empezaba a recordar que estaba hecho de una pasta demasiado fina para ser manejada con dedos torpes. Era así como el fogoso preparador intensivo, con sus percepciones caprichosas y sus solidaridades complicadas, estaba condenado en líneas generales a no acostumbrarse sin problemas ni a sus disgustos ni a sus entusiasmos. Su amor a la verdad rigurosa no le dio nunca ocasión de disfrutarlos. Después de cenar le mencionó a Wingrave la conveniencia de una visita inmediata a Baker Street, y el joven, con gesto «extraño», eso le pareció —es decir, volviendo a sonreír con aquella obstinada animación al servicio de una causa equivocada que ya había mostrado en su reciente entrevista—, se marchó para afrontar la prueba. Spencer Coyle estaba seguro de que estaba asustado… de que su tía le daba miedo, pero lo cierto es que no le parecía que fuese una muestra de pusilanimidad. Él habría estado asustado, bien lo sabía, de haber estado en la posición del pobre muchacho, y la visión de su alumno dirigiéndose resueltamente hacia la batería a pesar de sus temores evocaba de forma concluyente el temperamento del soldado. Más de un valiente joven se habría rajado ante aquella situación particular.
—¡Qué ideas tiene! —exclamó el joven Lechmere, dirigiéndose a su instructor, después de que su camarada hubo abandonado la casa. Estaba perplejo y un tanto atribulado… tenía una emoción que desahogar. Antes de la cena había ido directamente a ver a su amigo, como le había pedido Mr. Coyle, y le había sonsacado que sus escrúpulos se basaban en una convicción imperiosa de la estupidez —«crasa barbarie» la llamaba— de la guerra. Su gran queja era que no se hubiera inventado nada más inteligente, y estaba decidido a demostrar, de la única forma que podía, que él no era una bestia tan insensible.
—¡Y piensa que a todos los grandes generales deberían haberlos fusilado, y que Napoleón Bonaparte en particular, el más grande de todos, era un canalla, un criminal, un monstruo tal que no hay palabras para calificarle! —replicó Mr. Coyle, completando la descripción del joven Lechmere—. Veo que le ha obsequiado exactamente con las mismas perlas de sabiduría que me ofreció a mí. Pero quiero saber qué dijo usted.
—¡Yo dije que eso era una sarta de majaderías!
El joven Lechmere dijo eso con énfasis, y se sorprendió un poco al oír que Mr. Coyle se reía, fuera de tono, ante tan justa declaración, y un momento después proseguía:
—Todo eso es muy curioso… me imagino que hay algo de verdad en ello. ¡Pero es una lástima!
—Me contó cuándo empezó a ver el asunto de esa manera. Hace cuatro o cinco años, cuando leyó un montón de cosas sobre todos los grandes personajes y sus campañas: Aníbal y Julio César, Marlborough, Federico y Bonaparte. Ha leído mucho, y dice que eso le abrió los ojos. Dice que le acometió una ola de repugnancia. Habla de la «miseria inconmensurable» de las guerras, y pregunta por qué las naciones no echan abajo a los gobiernos, a los dirigentes que las sostienen. Al que más aborrece es al pobre Bonaparte.
—Bueno, el pobre Bonaparte era un canalla. Era un tremendo rufián —declaró inesperadamente Mr. Coyle—. Pero supongo que no admitió eso.
—En mi opinión su comportamiento era inaceptable, y me alegro mucho de que le pusiéramos de rodillas. Pero la observación que le he hecho a Wingrave es que su propia conducta provocaría un sinfín de comentarios. —Y Lechmere vaciló un instante antes de añadir—: Le he dicho que tendría que prepararse para lo peor.
—Como es natural él le habrá preguntado qué entendía usted por «lo peor» —dijo Spencer Coyle.
—Sí, me lo preguntó, ¿y sabe qué le dije? Le dije que sus escrúpulos de conciencia y su oleada de repugnancia se interpretarían como un mero pretexto. Entonces él me dijo: «¿Pretexto de qué?».
—¡Ah, en eso le cogió a usted! —respondió Mr. Coyle con una risita que desconcertó a su alumno.
—Nada de eso… pues se lo dije.
—¿Qué le dijo?
Una vez más, durante unos instantes, con su mirada consciente puesta en la de su instructor, el joven se demoró.
—Pues lo que hablamos hace unas horas. Que ofrecería el aspecto de no tener… —el sincero joven titubeó de nuevo, pero lo sacó a relucir—… temperamento militar, ¿no? ¿Y sabe usted qué nos contestó a eso? —prosiguió.
—¡Maldito sea el temperamento militar! —replicó de inmediato el preparador intensivo.
El joven Lechmere abrió desmesuradamente los ojos. El tono de Mr. Coyle le dejaba en la duda de si estaba atribuyendo la frase a Wingrave o expresaba su propia opinión, pero exclamó:
—¡Ésas fueron exactamente sus palabras!
—Le da igual —dijo Mr. Coyle.
—Tal vez no. Pero no es justo que nos insulte. Yo le he dicho que es lo mejor del mundo, y que no hay nada más estupendo que el valor y el heroísmo.
—¡En eso fue usted el que le cogió a él!
—Le dije que era indigno de él insultar una profesión noble, magnífica. Le dije que no hay tipo más excelso que el soldado que cumple con su deber.
—Ése es básicamente su tipo, hijo mío.
El joven Lechmere se ruborizó; no podía inferir —y el riesgo naturalmente le resultaba inesperado— si en aquel momento no existía fundamentalmente para diversión de su amigo. Pero le tranquilizó en parte la cordialidad con que ese amigo continuó, poniéndole una mano en el hombro:
—¡Siga así con él! Podemos conseguir algo. En cualquier caso, se lo agradezco muchísimo.
Otra duda quedaba, sin embargo, sin esclarecer… una duda que le llevó todavía a un nuevo desahogo antes de abandonar el doloroso tema:
—¡Le da igual! ¡Pero es extrañísimo que pase eso!
—Así es, pero recuerde lo que me dijo esta tarde… me refiero a eso de que no le aconsejaría a nadie que le viniera a usted con insinuaciones.
—¡Creo que tumbaría al tío que se atreviera! —dijo el joven Lechmere.
Mr. Coyle se había puesto en pie; la conversación había tenido lugar mientras estuvieron los dos sentados después de que Mrs. Coyle se retirase de la mesa, y el dueño del establecimiento, de acuerdo con principios que formaban parte de su minuciosidad, administró a su cándido educando una copa de excelente clarete. El discípulo en cuestión, también en pie, se quedó un momento, no por darle otro «tiento», como él habría dicho, a la garrafa, sino para secarse su microscópico bigote con prolongado e insólito esmero. Su acompañante comprendió que tenía que poner de manifiesto algo que requería un último esfuerzo, y le esperó un momento con la mano en el pomo de la puerta. Cuando el joven Lechmere se acercó un poco más, Spencer Coyle advirtió una intensidad desacostumbrada en aquel rostro redondo e ingenuo. El muchacho estaba nervioso, pero trataba de comportarse como un hombre de mundo.
—Por supuesto que esto queda entre nosotros —tartamudeó—, y no le diría una palabra de ello a nadie que no tuviera el interés que usted tiene por el pobre Wingrave. Pero ¿usted cree que se raja?
Mr. Coyle le miró por un momento con tal dureza que visiblemente se asustó de lo que había dicho.
—¡Rajarse! ¿Rajarse de qué?
—Pues de lo que hablábamos… del servicio —el joven Lechmere tragó saliva y añadió, con una falta de ingenio activo casi patética a ojos de Spencer Coyle—: ¡De los peligros, ya me entiende!
—¿Quiere usted decir que piensa en su pellejo?
Los ojos del joven Lechmere se dilataron de modo suplicante, y lo que su instructor vio en su rostro rosado —incluso creyó ver una lágrima— fue el temor a un desengaño tan espantoso como grande había sido la leal admiración que había sentido.
—¿Tiene… tiene mucho miedo? —repitió el sincero muchacho con temblorosa incertidumbre.
—¡Por Dios, no! —dijo Spencer Coyle, volviendo la espalda.
Con lo cual el joven Lechmere se sintió un poco desairado y hasta un poco avergonzado. Pero más aún se sintió aliviado.
III
Menos de una semana después el anciano recibió una nota de Miss Wingrave, que había abandonado inmediatamente Londres con su sobrino. Le proponía que se acercase a Paramore el domingo siguiente… a decir verdad Owen estaba bastante pesado. Sobre el terreno, en aquella casa de ejemplos y de recuerdos y en combinación con su pobre padre, que estaba «tremendamente disgustado», podría merecer la pena librar una última batalla. Mr. Coyle leyó entre líneas en esa carta que el grupo de Paramore había ganado mucho terreno desde que Miss Wingrave, en Baker Street, había tomado a la ligera su desesperación. No era una mujer insinuante, pero llegaba al extremo de presentar la cuestión como un favor particular a otorgar a una familia afligida; y expresaba el placer que les daría el que fuera acompañado por Mrs. Coyle, para quien adjuntaba una invitación por separado. Mencionaba que iba a escribir también, sujeto a la aprobación de Mr. Coyle, al joven Lechmere. Pensaba que un muchacho tan simpático y varonil podría hacerle algún bien a su desdichado sobrino. El celebrado preparador intensivo decidió aprovechar la ocasión; y ya no se trataba tanto de que estuviera enfadado, sino preocupado. Mientras dirigía su respuesta a la carta de Miss Wingrave se sorprendió a sí mismo sonriendo al pensar que en el fondo iba a defender a su ex alumno más que a traicionarle. Le dijo a su esposa, que era una mujer rubia, saludable y tarda —una persona de mucha más presencia que él—, que más le valdría tomarle la palabra a Miss Wingrave: aquella casa era una muestra tan extraordinaria, tan fascinante de antigua casa inglesa. Esa última alusión era veladamente sarcástica… más de una vez había acusado a la buena mujer de estar enamorada de Owen Wingrave. Ella lo reconocía, incluso se jactaba de su pasión; lo que demuestra que el tema, entre ellos, se trataba con espíritu liberal. Su esposa llevó adelante la broma aceptando la invitación con ilusión. Al joven Lechmere le encantó hacer lo propio; su instructor, amablemente, pensó que un pequeño descanso le refrescaría con vistas a su último esfuerzo.
Si algo llamó la atención de nuestro amigo después de haber estado una o dos horas en aquella magnífica casa antigua fue el hecho de que los ocupantes de Paramore se tomaban el problema muy en serio. Esa brevísima segunda visita, que empezó el sábado por la tarde, iba a constituir el episodio más extraño de su vida. Tan pronto como se halló en privado con su mujer —se habían retirado para vestirse para la cena—, ambos se llamaron mutuamente la atención, con efusión y casi con alarma, acerca de la siniestra tristeza que difundía aquel lugar. La casa era admirable desde su antigua fachada gris, que avanzaba en alas hasta formar tres lados de un cuadrilátero, pero Mrs. Coyle no tuvo ningún escrúpulo en declarar que si hubiera sabido de antemano la clase de impresión que iba a recibir jamás habría puesto el pie en ella. La calificó de «pavorosa», le pareció siniestra y sobrecogedora, y acusó a su marido de no habérselo advertido debidamente. Él le había mencionado con antelación algunas de las apariciones que la esperaban, pero mientras se vestía casi febrilmente ella tenía innumerables preguntas que hacerle. No le había dicho nada de la chica, de aquella chica extraordinaria, Miss Julian; o sea, no le había dicho que esa señorita, que hablando sin rodeos era una simple subordinada, sería de hecho, y como consecuencia de su manera de comportarse, la persona más importante de la casa. Mrs. Coyle estaba ya dispuesta a anunciar que detestaba la afectación de Miss Julian. Su marido, sobre todo, no le había dicho que encontrarían a su joven alumno con todo el aspecto de tener cinco años más.
—No me lo podía imaginar —dijo Spencer—, ni que la naturaleza de la crisis que aquí se está viviendo fuese tan perceptible. Pero el otro día le sugerí a Miss Wingrave que debería presionar a su sobrino muy en serio, y me ha tomado la palabra. Le han cortado los suministros… están intentando hacer que se rinda por hambre. No era eso lo que yo quise decir… pero la verdad es que ya ni sé qué quería decir. Owen siente la presión, pero no cede.
Lo extraño era que, una vez allí, el caviloso instructor sabía todavía mejor, aunque entornase los ojos al hecho, que su propio ánimo se había visto atrapado por una oleada de reacción. Si se encontraba en aquella casa era porque estaba del lado del pobre Owen. Todas sus impresiones, todos sus recelos, se habían acentuado sobre el terreno. Había algo en la propia resistencia del joven fanático que empezaba a encantarle. Cuando su esposa, en la intimidad de la conferencia que he citado, se quitó la máscara y alabó, incluso con extravagancia, la postura que había adoptado su alumno (valía demasiado para ser un horrible soldado y era muy noble de su parte sufrir por sus convicciones… ¿no era tan íntegro como un joven héroe, aunque tuviera la palidez de un mártir cristiano?), la buena señora no hacía sino expresar la solidaridad que él, bajo pretexto de considerar a su antiguo educando como una rara excepción, ya había reconocido en su propia alma.
Pues hacía media hora, después de tomar un té frugal en la vieja sala marrón de la casa, aquel indagador en las razones de las cosas le había propuesto, antes de ir a vestirse, dar un breve paseo por el exterior, e incluso ya en la terraza, mientras caminaban juntos hacia uno de los extremos más alejados, había tomado del brazo a su acompañante encarecidamente, permitiéndose así una familiaridad desacostumbrada entre discípulo y maestro, y calculada para mostrar que había adivinado con quién podía contar que fuera más comprensivo. Spencer Coyle a su vez había adivinado algo, de modo que no le sorprendió que el chico quisiera hacerle una confidencia particular. Al llegar le había parecido que cada uno de los miembros del grupo iba a querer ser el primero en apropiarse de él, y sabía que en aquel momento Jane Wingrave estaría mirando a través de alguna antigua empañadura de una ventana —la casa había sido tan poco modernizada que los cristales, gruesos y oscuros, tenían tres siglos—, para ver si su sobrino intentaba envenenar la mente del visitante. Por consiguiente Mr. Coyle no perdió tiempo en recordarle al joven —aunque cuidando de decírselo medio en broma— que él no había ido a Paramore para dejarse corromper. Había ido para hacer, cara a cara, una última petición, que esperaba no fuese enteramente inútil. Owen sonrió tristemente mientras andaban, preguntándole si creía que tenía el aspecto usual del individuo que va a rendirse.
—Le encuentro extraño… parece usted enfermo —dijo Spencer Coyle muy sinceramente.
Se habían detenido al llegar al final de la terraza.
—He tenido que hacer uso de una gran capacidad de resistencia, y eso te agota.
—¡Ay, hijo mío, me gustaría que su gran capacidad… pues evidentemente la tiene… se empleara en mejor causa!
Owen Wingrave, sonriente, bajó la mirada a su pequeño pero erguido instructor.
—¡No lo creo!
Y a continuación añadió, para explicar por qué:
—¿Lo que usted quiere (si fuera tan amable de tener buena opinión de mi carácter) no es verme emplear la máxima capacidad, en una u otra dirección? Pues así es como empleo más.
Admitió haber tenido momentos terribles con su abuelo, que le había amenazado de una manera como para ponerle a uno los pelos de punta. Él ya esperaba que no les iba a gustar, en absoluto, pero no se figuraba que fuesen a armar tal escándalo. Lo de su tía fue distinto, aunque igualmente ofensivo. Le habían hecho creer que se avergonzaban de él; le acusaban de deshonrar públicamente su apellido. Era el único que se había echado atrás… el primero en trescientos años. Todo el mundo sabía que iba a ingresar en el ejército, y ahora todo el mundo le tomaría por un hipócrita que de repente simulaba tener escrúpulos. Hablaban de sus escrúpulos como no se hablaría ni de un dios de los caníbales. Su abuelo le había aplicado adjetivos indignantes. «Me ha llamado… me ha llamado…». Al llegar aquí Owen titubeó y le falló la voz. Estaba todo lo demacrado que podía estar un joven de tan espléndida salud.
—¡Me lo figuro! —dijo Spencer Coyle con una risa nerviosa.
Los ojos nublados de su acompañante, como siguiendo las últimas y extrañas consecuencias de lo ocurrido, se posaron por un instante en un objeto lejano. Luego buscaron los suyos, y durante otro momento los sondearon profundamente.
—No es cierto. No, no lo es. ¡No es eso!
—¡Ni yo creo que lo sea! ¿Pero usted qué propone a cambio?
—¿A cambio de qué?
—De la estúpida solución de la guerra. Si la suprime, tendría que sugerir por lo menos un reemplazo.
—Eso es problema de los que mandan, de los gobiernos y de los consejos de ministros —dijo Owen—. Ellos encontrarían en seguida un reemplazo, en cada caso particular, si se les diera a entender que serían colgados… y también destripados y descuartizados… de no encontrarlo. Hágase de ello delito capital; ¡eso aguzará el ingenio de los ministros!
Sus ojos se iluminaron mientras hablaba, y parecía seguro y exaltado. Mr. Coyle dio un triste suspiro de renuncia: verdaderamente era un caso tenaz de obsesión. Comprendió que al momento siguiente Owen le preguntaría si él también le consideraba un cobarde; pero calculó con alivio que ni sospechaba de él en ese sentido, ni tampoco se retraía inquietantemente de poner a prueba la pregunta. Spencer Coyle quería demostrar confianza, pero una declaración directa de que no ponía en duda el valor de Owen sería en cierto modo un cumplido demasiado burdo… sería como decirle que no dudaba de su sinceridad. La dificultad se soslayó en seguida, cuando Owen prosiguió:
—Mi abuelo no puede quebrantar el vínculo, pero yo no tendré nada más que esta casa, que, como usted sabe, es pequeña, y que, según están las rentas, ha dejado de producir ingresos. Él tiene algo de dinero… no mucho, pero aunque valga poco me deshereda. Mi tía hará lo mismo… me ha comunicado sus intenciones. Iba a haberme dejado sus seiscientas libras anuales. Todo estaba acordado, pero ahora lo que está claro es que no obtendré ni un penique de eso si renuncio al ejército. Debo añadir, para ser franco, que yo por mi cuenta tengo trescientas libras anuales de mi madre. Y no miento si le digo que la pérdida del dinero me importa un comino.
El joven respiró hondo y despacio, como una criatura dolorida; luego añadió:
—¡No es eso lo que me preocupa!
—¿A qué se va a dedicar entonces? —preguntó su amigo, sin hacer ningún otro comentario.
—No lo sé… tal vez nada. Nada importante, en todo caso. ¡Únicamente algo pacífico!
Owen sonrió con gesto aburrido, como si, aunque Mr. Coyle estuviese preocupado, todavía pudiera apreciar el efecto humorístico de semejante declaración de labios de un Wingrave; pero lo que sugirió a su invitado, que levantó la mirada hacia él con la sensación de que después de todo por algo era un Wingrave y tenía la entereza de un militar bajo el fuego enemigo, fue la exasperación que semejante declaración, así expresada y que les parecería el colmo de lo ignominioso, debía haber producido en su abuelo y en su tía. «A lo mejor a nada»… ¡cuando podría continuar la gran tradición! Sí, él no era débil, y era interesante; pero estaba claro que desde determinado punto de vista estaba provocando.
—¿Qué es, entonces, lo que le preocupa? —demandó Mr. Coyle.
—Esta casa… el propio aire que se respira en ella y la sensación que produce. Hay voces extrañas que parecen quejarse… decir cosas horribles cuando paso. Me refiero a la conciencia y la responsabilidad en general por lo que estoy haciendo. Desde luego no me ha sido fácil… ¡ni mucho menos! Le aseguro que no me gusta.
Con una luz en ellos que era como un anhelo de justicia, Owen volvió a bajar los ojos hacia los del pequeño instructor; luego prosiguió:
—He despertado a todos los viejos fantasmas. Hasta los retratos me dirigen miradas fulminantes desde las paredes. Hay uno de mi tatarabuelo (el de aquella historia extraordinaria que usted ya conoce… aquel anciano que cuelga en el segundo descansillo de la escalera grande) que verdaderamente se mueve en el lienzo, que casi se levanta cuando paso cerca. Tengo que subir y bajar las escaleras… ¡es bastante embarazoso! Es lo que mi tía llama el círculo familiar, y están sentados siempre tan serios para juzgarme. El círculo entero se ha constituido aquí, es una especie de presencia terrible que todo lo abarca, que se extiende hasta el pasado, y el otro día, cuando regresaba con ella, Miss Wingrave me dijo que no iba a tener yo la desfachatez de mantenerme firme ante él y mencionar tales cosas. Tuve que decírselas a mi abuelo; pero ahora que ya están dichas me parece que no hay más que hablar. Quiero irme… no me importa si no regreso nunca más.
—¡Pero usted es un soldado; tiene que luchar hasta resolverlo! —rió Mr. Coyle.
Esa ligereza pareció desanimar al joven, pero cuando se volvían para regresar por donde habían venido, él mismo sonrió débilmente al cabo de un momento y respondió:
—¡Estamos todos contaminados!
Hicieron en silencio parte del camino hasta el viejo pórtico; entonces el mayor de los dos se paró en seco, tras asegurarse de estar a suficiente distancia de la casa para que no le oyeran, y preguntó de repente:
—¿Qué dice Miss Julian?
—¿Miss Julian?
Owen se había ruborizado perceptiblemente.
—Estoy seguro de que ella no habrá ocultado su parecer.
—Es el mismo del círculo familiar, pues forma parte de él, naturalmente. Aparte de que ella tenga el suyo propio.
—¿Su propio parecer?
—Su propio círculo familiar.
—¿Se refiere a su madre… aquella señora tan paciente?
—Me refiero más en particular a su padre, que cayó en combate. Y su abuelo, y el padre de su abuelo, y sus tíos y sus tíos abuelos… todos cayeron en combate.
Mr. Coyle, sin cambiar extrañamente de expresión, lo comprendió.
—¿No ha sido suficiente el sacrificio de tantas vidas? ¿Por qué quiere sacrificarle a usted?
—¡Porque me odia! —declaró Owen al tiempo que reanudaban la marcha.
—¡Ah sí, el odio de las chicas guapas a los jóvenes apuestos! —exclamó Spencer Coyle.
Él no lo creía, pero su mujer sí, parecía verdaderamente, cuando él le mencionó la conversación mientras, de la manera que se ha descrito, los visitantes se vestían para la cena. Mrs. Coyle ya había descubierto, durante la media hora que el grupo pasó en la sala, que no había cosa más desagradable que el comportamiento de Miss Julian hacia el joven caído en desgracia; y a juicio de esta señora había que ser ciego para no ver que estaba ya intentando coquetear de manera escandalosa con el joven Lechmere. Era una pena que hubieran llevado a ese bobo: en aquellos momentos él estaba en la sala con aquel ser. Spencer Coyle tenía otra versión… le parecía que había en juego elementos más sutiles. La posición de aquella chica en la casa era inexplicable a menos que estuviera predestinada al sobrino de Miss Wingrave. Como sobrina del desdichado prometido de la propia Miss Wingrave, esta señora le había destinado desde muy temprano la misión de remediar, mediante su enlace con la esperanza de la estirpe, la trágica brecha que había separado a sus mayores; y si en respuesta a esto se decía que a una chica de carácter no podía hacerle gracia que nadie le dijera en un asunto como ese que estaba hecha para tal deber, el ilustrado amigo de Owen tenía ya preparado el argumento de que ninguna joven en la situación de Miss Julian cometería nunca la tontería de discrepar en serio de una oportunidad excelente. Estaba familiarizada con Paramore y se sentía segura; por consiguiente podía permitirse el lujo de divertirse fingiendo que tenía la posibilidad de escoger. No eran más que trucos inocentes y pretensiones. Tenía un curioso encanto, y sería vano pretender que el heredero de aquella casa no le pareciese bastante bueno a una chica de dieciocho años, por muy lista que fuese. Mrs. Coyle le recordó a su marido que precisamente su antiguo educando no era ya de la casa: esa cuestión había sido uno de los temas en que emplearon su ingenio después del paseo de los dos hombres por la terraza. Spencer le mencionó entonces a su mujer que a Owen le daba miedo el retrato de su tatarabuelo. Como ella no se había fijado, se lo enseñaría al bajar.
—¿Y por qué el de su tatarabuelo más que los otros?
—Porque es el más impresionante. Es el único que a veces han visto.
—¿Dónde lo han visto? —Mrs. Coyle se había vuelto bruscamente.
—En la habitación donde le encontraron muerto… el Cuarto Blanco, lo han llamado desde siempre.
—¿Me estás diciendo que en esta casa hay un fantasma probado? —chilló casi Mrs. Coyle—. ¿Y me traes aquí sin decírmelo?
—¿No te lo mencioné al volver de mi otra visita?
—Ni una palabra. Sólo me hablaste de Miss Wingrave.
—La historia me absorbió por completo… la has debido olvidar.
—¡Pues deberías habérmela recordado!
—Si hubiera pensado en ello, me habría callado… pues tú no habrías venido.
—¡Ojalá no lo hubiese hecho! —exclamó Mrs. Coyle—. Pero —preguntó inmediatamente— ¿qué historia es ésa?
—Pues un acto de violencia que tuvo lugar aquí hace siglos. Creo que fue en tiempos de Jorge II cuando el coronel Wingrave, uno de sus antepasados, en un ataque de ira, asestó a uno de sus hijos, un chico en pleno crecimiento, un golpe en la cabeza del que el desdichado murió. De momento se echó tierra al asunto y se difundieron algunas otras explicaciones. Tendieron al pobre chico en una de las habitaciones del otro lado de la casa, y en medio de abrumadores rumores se dieron prisa con el funeral. A la mañana siguiente, cuando se reunió la familia, echaron de menos al coronel Wingrave; le buscaron inútilmente, y por fin a alguien se le ocurrió que pudiera estar en aquel cuarto de donde habían llevado a su hijo a enterrar. Esa persona llamó a la puerta sin recibir respuesta… luego la abrió. El infeliz yacía muerto en el suelo, vestido, como si se hubiera tambaleado y caído de espaldas, sin una herida, ni una señal, ni nada en su aspecto que revelase lucha ni sufrimiento. Era un hombre fuerte y sano… nada podía explicar aquel ataque tan fulminante. Debió de haber ido a aquel cuarto por la noche, antes de acostarse, en un arrebato de remordimiento o atraído por el miedo. Sólo después de aquello se dio a conocer la verdad sobre la muerte del chico. Pero en ese cuarto no duerme nadie.
Mrs. Coyle había palidecido bastante.
—¡Espero que no, naturalmente! ¡Gracias a Dios no nos han puesto allí a nosotros!
—Estamos a suficiente distancia… yo conozco el escenario del suceso.
—¿Quieres decir que has estado dentro…?
—Sólo unos momentos. Están bastante orgullosos del lugar, y mi joven amigo me lo enseñó en mi anterior visita.
Mrs. Coyle abrió desmesuradamente los ojos.
—¿Y cómo es?
—No es más que una alcoba vacía, insulsa y anticuada, bastante grande y amueblada con cosas de la «época». Está revestida hasta el techo con entrepaños de madera, y es evidente que hace muchísimos años los paneles estuvieron pintados de blanco. Pero la pintura se ha oscurecido con el tiempo, y en las paredes cuelgan tres o cuatro «dechados» antiguos y extraños, con su marco y su cristal.
Mrs. Coyle miró en derredor con un estremecimiento.
—¡Me alegro de que aquí no haya dechados! ¡Nunca oí nada tan inquietante! Bajemos a cenar.
Al bajar la escalera su marido le mostró el retrato del coronel Wingrave: la efigie, no carente de fuerza y estilo dado el lugar y la época, de un apuesto caballero de facciones duras, con casaca roja y peluca. Mrs. Coyle declaró que su descendiente el anciano sir Philip se le parecía muchísimo; y a su marido le pareció, aunque se lo guardó para él, que si uno tenía el valor de pasearse de noche por los vetustos corredores de Paramore podía tropezarse con una figura parecida, vagando, con la impaciencia de un fantasma, de la mano de la figura de un muchacho crecido. Mientras se dirigía al salón en compañía de su esposa se dio cuenta de pronto que debería haberse empeñado más en que su alumno fuese a Eastbourne. La velada, sin embargo, parecía haberse encargado de disipar todos aquellos presentimientos fantásticos, pues la inflexibilidad del círculo familiar, tal como él había preconcebido su composición, fue mitigada por la presencia de algunos «vecinos». Al grupo de invitados a la cena se incorporaron dos parejas prometedoras, una de ellas el párroco y su esposa, y un joven silencioso que había venido al campo a pescar. Aquello fue un alivio para Mr. Coyle, que ya empezaba a preguntarse qué era, después de todo, lo que se esperaba de él y por qué habría hecho la tontería de venir, y que en aquel preciso instante presintió que al menos durante las primeras horas no habría que abordar directamente la situación. Lo cierto es que encontró, como ya había encontrado antes, suficiente ocupación para su ingenio interpretando los diversos síntomas de los que era expresión el cuadro social expuesto ante él. Mañana probablemente tendría un día agotador: preveía la dificultad del largo y decoroso domingo, y cómo sufriría las ideas de la aburrida Jane Wingrave, obtenidas en fatigosa entrevista. Su padre y ella le harían comprender que dependían de él para hacer lo imposible, y si intentaban mezclarle en una política demasiado indiscreta podría acabar por decirles lo que opinaba de la misma… eventualidad que no había necesidad de que se produjera para hacer que su visita fuese una deprimente equivocación. El verdadero propósito del anciano era evidentemente dejar que sus amistades vieran en ello una prueba concluyente de que no pasaba nada. La presencia del gran instructor londinense equivalía a una profesión de fe en los resultados del examen inminente. Estaba claro, aunque ello no dejara de sorprender al visitante principal, que se había obtenido de Owen el compromiso de no hacer nada que estropease la aparente concordia. El joven dejó pasar las alusiones a sus duros trabajos y, callándose sus intenciones, habló con las señoras tan amigablemente como si no le hubiesen «desheredado». Cuando Mr. Coyle le miró un par de veces, desde el otro lado de la mesa, le llamó la atención la indefinible pasión que dejaba entrever, descubrió en su rostro risueño un enigmático patetismo: era imposible no sentir remordimiento por un corderito tan visiblemente marcado para el sacrificio. «¡Maldito sea, qué lástima que sea tan luchador!», suspiró para sus adentros… y con una falta de lógica que era sólo aparente.
Esa idea, sin embargo, le habría absorbido más si no le hubiese acaparado la mayor parte de su atención Kate Julian, que en aquel momento, teniéndola enfrente, le pareció una joven notable, y hasta posiblemente interesante. El interés no residía en una belleza extraordinaria, porque, aunque era guapa, con aquellos ojos grandes, orientales, aquel cabello magnífico y aquella originalidad descarada, él había conocido cutis más sonrosados y facciones más de su agrado: moraba en una extraña impresión que ella daba de ser exactamente la clase de persona que, dada su posición, las consideraciones vulgares, las de la prudencia y quizás hasta un poco las del decoro, le habrían impuesto no ser. Era lo que vulgarmente llamaban una subordinada… sin dinero, protegida, tolerada; pero algo en su presencia toda daba a entender que si su situación era inferior, su carácter, para compensarla, estaba por encima de precauciones o sumisiones. No era en absoluto que fuese agresiva… era demasiado indiferente para eso; era únicamente como si, no teniendo nada que ganar ni que perder, pudiera darse el lujo de hacer lo que quisiera. Se le ocurrió a Spencer Coyle que era posible que realmente tuviese más cosas en juego de las que su imaginación parecía tener en cuenta; fuera cual fuese esa cantidad, de todos modos, él no había visto nunca a una joven que se esmerase menos en ir sobre seguro. Se preguntó, inevitablemente, cómo serían las relaciones entre Jane Wingrave y una inquilina como aquélla; pero esas preguntas eran, por supuesto, simas insondables. Tal vez la aguda Kate dominase incluso a su protectora. Aquella otra vez que estuvo en Paramore había tenido la impresión de que, con sir Philip a su lado, la chica era capaz de luchar entre la espada y la pared. Divertía a sir Philip, le encantaba, y a él le gustaba la gente que no tenía miedo; entre él y su hija, por otra parte, no había duda acerca de quién estaba más arriba en la escala de mando. Miss Wingrave da por sentadas muchas cosas, y más que ninguna otra el rigor de la disciplina y el destino del vencido y del cautivo.
Pero ¿qué extraña relación habría podido establecerse entre aquel inteligente muchacho y una compañera de su niñez tan original? No podía ser de indiferencia, y sin embargo, tratándose de dos jóvenes tan felices y guapos, era todavía menos probable que fuera de aversión. No eran Pablo y Virginia, pero tenían que haber tenido su verano común y su idilio: a ninguna buena chica podía no gustarle tan buen chico como no fuese que a él no le gustase ella, y ningún buen chico podía resistirse a aquella propincuidad. Mr. Coyle recordaba, en efecto, que por lo que le había contado Mrs. Julian no parecía que la propincuidad hubiera sido ni mucho menos constante, debido a las ausencias de su hija en el colegio, por no hablar de las de Owen; sus visitas a unos cuantos amigos que tenían la bondad de «llevársela» de vez en cuando; sus temporadas en Londres —tan difíciles de conseguir, pero todavía posibles con la ayuda de Dios— para «sacar partido» del dibujo, del canto, sobre todo del dibujo, mejor dicho de la pintura al óleo, por la que había conseguido grandes elogios. Pero la buena señora también había mencionado que los chicos eran verdaderamente como hermanos, lo cual era un poco, en resumidas cuentas, como Pablo y Virginia. Mrs. Coyle tenía razón, y era evidente que Virginia estaba haciendo todo lo posible por hacerle pasar las horas agradablemente al joven Lechmere. La conversación no era tan vertiginosa que le supusiera mucho esfuerzo a nuestro crítico para reflexionar sobre esas cosas: el tono de la ocasión, gracias principalmente a los otros invitados, no predisponía a la divagación… tendía a la repetición de anécdotas y a la discusión de los alquileres, temas que se apiñaban como animales inquietos. Calculaba con qué intensidad ansiaban sus anfitriones que la velada transcurriera como si nada hubiera sucedido; y eso le daba la medida de su íntimo resentimiento. Antes de que la cena terminase se dio cuenta de que estaba impaciente por su segundo alumno. El joven Lechmere, desde que empezó su preparación intensiva, había hecho todo lo que podía esperarse de él; pero eso no logró impedir que su instructor se diera cuenta de que en los momentos de relajación era tan inocente como un recién nacido. Mr. Coyle había considerado que las distracciones de Paramore seguramente le habrían estimulado, y el comportamiento del pobre muchacho confirmaba el acierto de su pronóstico. El estímulo había sido aplicado sin duda alguna; había llegado en forma de revelación. La luz en la frente del joven Lechmere anunciaba, con un candor que era casi una petición de compasión, o en todo caso una deprecación de ridículo, que jamás había visto nada comparable a Miss Julian.
IV
En el salón, después de la cena, la joven halló ocasión de abordar al antiguo preceptor de Owen. Permaneció un momento delante de él, sonriendo mientras abría y cerraba el abanico, y luego dijo súbitamente, alzando sus extraños ojos:
—Sé a qué ha venido usted, pero es inútil.
—He venido a ocuparme de usted un poco. ¿Es eso inútil?
—Es muy amable. Pero yo no soy el problema en estos momentos. No podrá usted hacer nada con Owen.
Spencer Coyle vaciló un momento.
—¿Qué hará usted con su joven amigo?
Ella abrió desmesuradamente los ojos y miró a su alrededor.
—¿Se refiere a Mr. Lechmere? ¡Pobrecito mío! Hemos estado hablando de Owen. Le admira muchísimo.
—Yo también. Debo decírselo.
—Todos le admiramos. Por eso estamos tan desesperados.
—¿Así que a usted personalmente le gustaría que fuese militar? —preguntó el visitante.
—He puesto todo mi afán en ello. Adoro el ejército, y le tengo muchísimo cariño a quien fue mi antiguo compañero de juegos —dijo Miss Julian.
Spencer recordó la distinta versión de su actitud que el joven le había dado; pero por lealtad a Owen prefirió no discutir.
—Sería inconcebible que su antiguo compañero de juegos no le tuviera cariño a usted. Por lo tanto, debe estar deseando complacerla; y no veo por qué dos personas jóvenes e inteligentes como ustedes no van a poder solucionar eso.
—¡Que desea complacerme! —repitió Mrs. Julian—. Lamento decirle que no manifiesta tal deseo. Me tiene por insolente y descarada. Le he dicho lo que pienso de él, y francamente me detesta.
—¡Pero si usted tiene muy buena opinión de él! Acaba de decirme que le admira.
—Su talento y sus posibilidades sí; hasta su aspecto personal, si se me permite aludir a ello. Pero no su conducta en estos momentos.
—¿Ha puesto usted las cosas en claro con él? —preguntó Spencer.
—Claro que sí, me he atrevido a serle franca… me pareció que la ocasión lo permitía. No le podía gustar lo que le dije.
—¿Qué le dijo?
La joven, pensando un momento, volvió a abrir y cerrar el abanico.
—Pues… como somos amigos desde hace tanto tiempo… ¡le he dicho que su conducta empieza a ser indigna de un caballero!
Después de que hubo hablado su mirada se encontró con la de Mr. Coyle, que investigó sus ambiguas profundidades.
—¿Qué le habría dicho, de no existir ese vínculo?
—¡Es curioso que usted lo pregunte… de esa manera! —respondió ella echándose a reír—. No comprendo su postura: ¡yo creía que lo suyo era formar soldados!
—Acepte mi modesta broma. Pero en el caso de Owen Wingrave no hay nada que «formar» —declaró Coyle—. En mi opinión —y el pequeño preparador intensivo hizo una pausa, consciente de haber incurrido en una paradoja—, en mi opinión ya es un luchador, en un elevado sentido del término.
—¡Pues que lo demuestre! —exclamó ella con impaciencia y en seguida se puso a pensar en otra cosa.
Spencer Coyle la dejó marchar; había algo en su tono que le molestaba, y hasta le escandalizaba un poco. Era evidente que había habido alguna disputa violenta entre aquellos jóvenes, y la reflexión de que al fin y al cabo no era asunto suyo no hacía sino preocuparle más. Aquella casa era, en efecto, una casa militar, y ella en todo caso era una damisela que tenía puesto su ideal de hombría —sin duda las damiselas tenían siempre sus ideales de hombría— en el tipo del guerrero con correaje. Era un gusto como otro cualquiera; pero todavía un cuarto de hora más tarde, encontrándose cerca del joven Lechmere, que encarnaba ese ideal, Spencer Coyle seguía estando tan enojado que se dirigió al inocente mozo con una cierta sequedad magistral.
—Ya sabe que no está usted obligado a acostarse tarde. No le he traído aquí para eso.
Los invitados a la cena se estaban despidiendo, y las velas para los dormitorios centelleaban en fila a modo de advertencia. El joven Lechmere, sin embargo, estaba excitado demasiado gratamente para sentirse desairado: tenía una alegre preocupación que le hacía sonreír casi de oreja a oreja.
—Estoy deseando que llegue la hora de acostarse. ¿Sabe usted que hay una habitación divertidísima?
Coyle consideró un instante si debía aceptar la insinuación; luego la tirantez de la situación le impulsó a hablar.
—¿No le habrán puesto allí por supuesto?
—Claro que no: nadie ha pasado la noche allí desde hace siglos. Pero eso es exactamente lo que quiero hacer… sería tremendamente divertido.
—¿Ha intentado obtener la autorización de Miss Julian?
—Dice que ella no puede darla. Pero cree en todo eso, y sostiene que nadie se ha atrevido nunca.
—¡Ni se atreverá! —dijo Spencer con decisión—. Precisamente un hombre en su situación crítica debe pasar la noche con tranquilidad.
El joven Lechmere suspiró decepcionado pero se mostró razonable.
—Está bien. Pero ¿puedo quedarme levantado para darle un toque a Wingrave? Todavía no he tenido ocasión.
Mr. Coyle consultó su reloj.
—Puede fumarse un cigarrillo.
Sintió una mano en el hombro y al volverse vio a su mujer echándole cera de la vela sobre la casaca. Las señoras se iban a acostar, y era la hora predilecta de sir Philip; pero Mrs. Coyle confió a su marido que después de aquellas cosas horribles que le había contado se negaba rotundamente a quedarse sola en cualquier parte de la casa, aunque fuera por muy poco tiempo. Él prometió seguirla inmediatamente y, tras los apretones de manos de rigor, las señoras se retiraron entre frufrús de faldas. En Paramore se mantenían las formas tan perfectamente como si la vieja mansión no padeciera en aquellos momentos ninguna congoja. Lo único que Coyle echó en falta fue el saludo de Kate Julian. No le dirigió ni una palabra ni una mirada, pero la vio mirar con dureza a Owen. Su madre, tímida y compasiva, fue al parecer la única persona de quien el joven recibió una inclinación de cabeza. Miss Wingrave condujo a las tres señoras —un pequeño desfile de velas temblorosas— subiendo por la ancha escalera de roble y pasando por delante del retrato vigilante del malhadado ancestro. Apareció el criado de sir Philip para ofrecer su brazo al anciano, el cual dio la espalda al pobre Owen cuando el chico hizo un vago ademán de adelantarse a prestar ese servicio. Mr. Coyle se enteró más tarde de que antes de que Owen cayera en desgracia había sido siempre suyo, cuando estaba en casa, el privilegio de llevar ceremoniosamente a su abuelo a descansar. Ahora sir Philip había cambiado de costumbres desdeñosamente. Sus habitaciones estaban en el piso bajo, y hacia ellas se fue arrastrando los pies, rígidamente, con la ayuda de su criado, después de clavar por un momento, significativamente, sobre el más responsable de sus visitantes aquel espeso rayo rojo, como un destello de brasas removidas, que siempre hacía que sus ojos desentonaran extrañamente de la suavidad de sus modales. Parecían decirle al pobre Spencer: «¡Mañana le cantaremos las cuarenta a ese joven bribón!». Cualquiera habría deducido de aquella mirada que aquel joven bribón, que en aquellos momentos se dirigía hacia el otro extremo de la sala, por lo menos había falsificado un cheque. Su amigo le contempló por un momento, vio que se dejaba caer nervioso en un sillón, y que se levantaba en seguida con impaciencia. Ese mismo movimiento volvió a llevarle a donde Mr. Coyle daba sus últimas órdenes al joven Lechmere.
—Voy a acostarme, y me gustaría en particular que cumpliera lo que le dije hace un momento. Fúmese un solo cigarrillo aquí con nuestro anfitrión y luego váyase a su habitación. Menuda reprimenda le aguarda si me entero de que ha estado por la noche tratando de hacer alguna jugada absurda.
El joven Lechmere, con la mirada baja y las manos en los bolsillos, no dijo nada… no hacía más que tirar de la esquina de una alfombra con la punta del pie; de modo que su compañero de visita, no satisfecho con una promesa solemne tan tácita, acto seguido siguió diciéndole a Owen:
—Debo pedirle, Wingrave, que no me tenga levantado a un sujeto tan sensible… y por supuesto métalo en la cama y cierre la puerta con llave.
Mientras Owen le miraba fijamente un instante sin entender, aparentemente, el motivo de tanta solicitud, añadió:
—Lechmere siente una curiosidad morbosa por una de sus leyendas… de sus habitaciones históricas. Córtesela de raíz.
—¡Ah, la leyenda no está nada mal, pero lo de la habitación me temo que sea un tremendo camelo! —dijo Owen riéndose.
—¡Tú sabes que no te crees eso que estás diciendo, hijo mío! —le respondió el joven Lechmere.
—No creo que él piense eso.
Mr. Coyle observó las manchas de rubor sobre el rostro de Owen.
—¡No se atrevería a pasar allí una noche! —prosiguió su acompañante.
—Ya sé quién te lo ha dicho —dijo Owen, encendiendo con apuros un cigarrillo en la vela, sin ofrecer a ninguno de sus amigos.
—Bueno, ¿y qué si ella lo dijo? —preguntó el más joven de ellos, un poco colorado—. ¿Las quieres todas para ti? —continuó con mucha guasa, hurgando en la pitillera.
Owen Wingrave se limitó a fumar en silencio; luego puso de manifiesto:
—Sí… ¿y qué si ella lo dijo? Pero ella no sabe, añadió.
—¿No sabe qué?
—¡No sabe nada!… ¡Yo le meteré en la cama y le arroparé!
Owen se dirigió alegremente hacia Coyle, el cual comprendió que su presencia, desde el momento en que se había tocado cierta tecla, estorbaba a los jóvenes. Sentía curiosidad, pero había ciertas discreciones y delicadezas, frente a sus alumnos, que siempre había hecho gala de poner en práctica; escrúpulos que sin embargo no le impidieron, mientras subía la escalera, recomendarles que no hicieran el burro.
En lo alto de la escalera, para su sorpresa, se encontró con Miss Julian, que al parecer bajaba otra vez. No había empezado a desvestirse, ni el verle la desconcertó apreciablemente. A pesar de todo, en tono un tanto discordante del rigor con que diez minutos antes le había ignorado, dejó caer estas palabras:
—Voy a bajar a buscar algo. He perdido una alhaja.
—¿Una alhaja?
—Una turquesa de bastante valor, que se ha desprendido de mi medallón. ¡Como es el único adorno de verdad que tengo el honor de poseer…!
Y empezó a descender.
—¿Quiere que vaya con usted a ayudarla? —preguntó Spencer Coyle.
Ella se detuvo unos peldaños más abajo volviendo a él sus ojos orientales.
—¿No son las voces de nuestros amigos lo que se oye en la sala?
—Esos extraordinarios jóvenes están allí.
—Ellos me ayudarán.
Y Kate Julian siguió bajando.
Spencer Coyle estuvo tentado de seguirla, pero acordándose del tacto que tenía por norma se reunió con su mujer en su habitación. Retrasó, sin embargo, el irse a la cama, y aunque se asomó al vestidor no logró ni siquiera quitarse la casaca. Durante media hora fingió leer una novela; después de lo cual, silenciosamente, o tal vez tendría que decir agitadamente, salió del vestidor al pasillo. Siguió por el corredor hasta la puerta de la habitación que sabía que se le había asignado al joven Lechmere, y le tranquilizó encontrarla cerrada. Media hora antes la había visto abierta; por consiguiente podía dar por hecho que el perplejo muchacho se había ido a acostar. Era de eso de lo que había querido asegurarse, y habiendo hecho eso ya iba a retirarse cuando oyó un ruido en la habitación: el ocupante estaba haciendo algo, en la ventana, lo que indicaba que podía llamar sin temor a despertar a su alumno. El joven Lechmere salió, en efecto, a la puerta en camisa y pantalones. Dejó entrar a su visitante con cierta sorpresa, y cuando la puerta volvió a cerrarse, aquél dijo:
—No quiero amargarle la vida, pero me estaba remordiendo la conciencia y quise comprobar que no se expone usted a emociones excesivas.
—¡Las hay de sobra! —dijo el ingenuo joven—. Miss Julian volvió a bajar.
—¿En busca de una turquesa?
—Eso dijo ella.
—¿La encontró?
—No sé. Yo me subí. La dejé con el pobre Owen.
—Ha hecho usted muy bien —dijo Spencer Coyle.
—No sé —repitió con inquietud el joven Lechmere—. Les dejé peleándose.
—¿Por qué?
—No lo entiendo. ¡Son muy raros los dos!
Spencer se lo pensó. Tenía, básicamente, sus principios y su alto sentido del decoro, pero lo que en aquel preciso instante tenía en particular era una curiosidad, mejor dicho, reconociéndola por lo que era, una compasión que los barría todos.
—¿Se le ocurre que ella le tiene manía? —se permitió preguntar.
—¡Ya lo creo!… ¡si hasta le dice que miente!
—¿A qué se refiere?
—Pues sí, delante de mí. Por eso les he dejado; la situación se estaba poniendo demasiado incómoda. Como un idiota volví a poner sobre el tapete el tema de aquella habitación fatal, y dije que sentía mucho haber tenido que prometerle a usted no ir a probar suerte en ella.
—No se puede fisgar de esa manera en una casa ajena… uno no puede tomarse esas libertades, ¿sabe? —interpuso Mr. Coyle.
—Estoy de acuerdo… mire qué bueno soy. ¡No quiero ni acercarme a ese lugar! —dijo el joven Lechmere en tono confidencial—. Miss Julian me dijo: «Ah, supongo que usted se atrevería, pero… —y se volvió hacia el pobre Owen riéndose— es más de lo que podía esperarse de un caballero que ha adoptado una línea de conducta tan singular». Se veía que ya había pasado algo entre los dos en relación al tema… que ella se había mofado de él o le había desafiado. Es posible que sólo fuera en broma, pero que él abandonase la carrera militar era evidente que había sacado a colación la cuestión de su cobardía… quiero decir su valor.
—¿Y Owen qué dijo?
—Al principio nada; pero al cabo de un rato dijo muy tranquilo: «He pasado toda la noche en aquel condenado lugar». Con lo cual los dos abrimos desmesuradamente los ojos y lanzamos un grito, y le preguntó qué había visto allí. Él afirmó no haber visto nada y Miss Julian le contestó que debería contar mejor esa historia… que debería sacarle más provecho. «No es una historia… es una simple realidad», dijo él; después de lo cual ella se mofó de él y quiso saber por qué, si había hecho eso, no se lo había contado esta mañana, sabiendo lo que pensaba de él. «Lo sé, querida, pero me da igual», dijo el pobre diablo. Eso la enfureció, y le preguntó muy en serio si le daría igual saber que pensaba que estaba intentando engañarnos.
—¡Qué bestia! —exclamó Spencer Coyle.
—Es una chica de lo más sorprendente… no sé qué pretende —resolló el joven Lechmere.
—¡Sorprendente en efecto… para andar retozando e intercambiando palabras a tales horas de la noche con un par de jóvenes disolutos!
Pero el joven Lechmere quiso puntualizar.
—Lo digo porque yo creo que ella le aprecia.
A Mr. Coyle le sorprendió tanto ese insólito síntoma de sutileza, que se enardeció.
—¿Y cree usted que él la aprecia a ella?
Eso produjo en su alumno un decaimiento y un suspiro lastimero.
—No lo sé… ¡me rindo!… Pero estoy seguro de que sí vio algo u oyó algo —añadió el joven.
—¿En aquel lugar ridículo? ¿Por qué está tan seguro?
—Pues porque parece haber visto u oído algo. Creo que se tiene que notar… en un caso así. Actúa como si hubiera ocurrido algo.
—¿Entonces por qué no iba a decirlo?
El joven Lechmere se lo preguntó y encontró la respuesta.
—A lo mejor es tan malo que no se puede mencionar.
Spencer Coyle se echó a reír.
—¿Y usted no se alegra de no haber entrado?
—¡Muchísimo!
—Ande, ganso, váyase a acostar —dijo Spencer con renovada hilaridad nerviosa—. Pero antes dígame cómo respondió a la acusación de que intentaba engañarlos.
—Le dijo: «¡Pues llévame tú misma y enciérrame dentro!».
—¿Y ella le llevó?
—No lo sé… yo me subí.
Mr. Coyle cruzó una larga mirada con su alumno.
—No creo que estén en la sala en estos momentos. ¿Dónde está la habitación de Owen?
—No tengo la menor idea.
Mr. Coyle no sabía qué hacer; también él lo ignoraba y no se podía poner a probar puertas. Ordenó a Lechmere que se fuera a dormir, y salió al corredor. Se preguntó si sería capaz de encontrar el camino hasta la habitación que Owen le había mostrado una vez, recordando que, como muchas otras, tenía pintado su nombre antiguo en la puerta. Pero los corredores de Paramore eran intrincados; además alguno de los criados estaría todavía levantado, y no quería dar la impresión de que merodeaba más de la cuenta. Regresó a su habitación, donde Mrs. Coyle no tardó en advertir que su marido continuaba sin poder descansar. Como ella confesó tener por su parte, en aquel lugar terrible, una sensación cada vez mayor de «repelús», pasaron las primeras horas de la noche conversando, de manera que una parte de esa vigilia la entretuvieron forzosamente con el relato que hizo su marido de su coloquio con Lechmere, e intercambiando opiniones sobre el mismo. A eso de las dos Mrs. Coyle estaba tan preocupada por su joven amigo perseguido, y tan poseída por el temor de que aquella chica malvada se hubiera valido de la invitación de Owen para someterle a una prueba abominable, que rogó a su marido que fuera a esclarecer la situación, aun a costa de su propia tranquilidad. Pero Spencer, tercamente, había acabado por embelesarse, a medida que el silencio completo de la noche se extendía sobre ellos, en una burda aceptación de que Owen estaba dispuesto a arrostrar sabía Dios qué impía presión… exposición tanto más penosa para una sensibilidad excitada cuanto que el pobre muchacho ya había aprendido, por la terrible experiencia de la noche anterior, el tremendo esfuerzo que tendría que realizar.
—Espero que esté allí —le dijo a su mujer—: ¡eso los pone en evidencia a todos de una manera espantosa!
De todos modos, no podía comprometerse a explorar una casa que conocía tan poco. Fue inconsecuente… tampoco se dispuso a acostarse. Se sentó en el vestidor con su luz y su novela… esperando quedarse dormido. Sin embargo, al fin Mrs. Coyle se volvió y dejó de hablar, y por fin también él se quedó dormido en el sillón. Cuánto tiempo estuvo durmiendo sólo lo supo después por cálculos; lo primero que supo fue que se había despertado confuso y sobresaltado por un ruido espantoso. Recuperó en seguida la lucidez, ayudado sin duda por un confirmativo grito de horror procedente de la habitación de su esposa. Pero no prestó atención a su esposa; de un salto ya había salido al corredor. Allí el sonido se repitió: era el «¡Socorro! ¡Socorro!» de una mujer presa del terror. Venía de un sector lejano de la casa, pero indicaba suficientemente de cuál. Corrió derecho hacia él, con ruido de puertas que se abrían y voces asustadas en los oídos y la falta de claridad del alba en los ojos. Al doblar uno de los pasillos tropezó con la blanca figura de una chica desmayada sobre un banco, y la revelación fue tan intensa que interpretó sin detenerse que se trataba de Kate Julian, herida demasiado tarde en su orgullo por un escalofrío de remordimiento por lo que había hecho con sorna, quien, tras venir a liberar a la víctima de su mofa, había retrocedido tambaleante, abrumada ante la catástrofe que había provocado: la catástrofe que al momento siguiente él mismo comprobó horrorizado en el umbral de una puerta abierta. Owen Wingrave, vestido como le había visto por última vez, yacía muerto en el lugar donde encontraron a su antepasado. Tenía todo el aspecto del joven soldado sobre el territorio conquistado.