I
George Dane había abierto los ojos a un nuevo y luminoso día, la cara de la naturaleza bien lavada por el aguacero de la noche anterior, y resplandeciente de alegría, como impulsada por buenos propósitos y animadas intenciones: el gran deslumbramiento del comenzar de nuevo, en suma, fijado en su trozo de cielo. Se había quedado levantado hasta tarde para terminar el trabajo… abrumadores atrasos, hasta que por fin se había acostado sin haber reducido apenas el montón. En aquel preciso instante iba a volver a él tras el descanso de la noche; pero de momento sólo podía mirarlo, por encima de la enhiesta fila de cartas que el madrugador cartero había colocado una hora antes y que su sistemático criado ya había dado la vuelta y arreglado en la mesa habitual junto a la chimenea. Era algo demasiado cruel, la perfección doméstica de Brown. Había periódicos en otra mesa, alineados con el mismo rigor de costumbre, demasiados periódicos —¿para qué iba a necesitar nadie tantas noticias?—, y cada uno encima del otro, de manera que sus cabeceras asomaban como si fueran una serie de decapitaciones. Otros periódicos, otras revistas de todo tipo, plegadas y con fajas, formaban un apretado montón que había ido creciendo durante varios días, del que había llegado a tener conciencia cansinamente, sin poder hacer nada. Había libros nuevos, tanto con cubiertas como sin ellas y tirados por el suelo… libros de editores, libros de autores, libros de amigos, libros de enemigos, libros de su propio librero, el cual, le parecía a veces, daba por supuestas cosas inconcebibles. No tocó nada, no se hizo ningún planteamiento, únicamente hojeó con los párpados caídos su trabajo de aquella noche, por así llamarlo… la realidad de sus admoniciones todavía descaradas, en su habitación de ventanas altas y grandes, donde el deber arroja su dura luz en cada rincón. Era la vieja marea creciente, que crecía y crecía aunque sólo se observe un minuto. Anoche le había llegado a los hombros… en este preciso momento le llegaba al mentón.
Nada había desaparecido, nada había pasado mientras dormía: todo había permanecido; nada, que todavía pudiese sentir, había muerto… de forma tan natural, habría imaginado uno; muchas cosas habían nacido por el contrario. Dejarlas en paz, estas cosas, estas cosas nuevas, dejarlas completamente en paz y ver si así, por ventura, no resultaba en cierto modo que era la mejor manera de tratarlas: esta ocurrencia le remozó el rostro por un momento como una posible solución, dándole precisamente, como tantas veces anteriores, la frescura de un soplo de aire. Luego volvió a saber tan bien como siempre lo difícil, lo imposible que era abandonar… que el único remedio, la auténtica esponja capaz de borrarlo todo, sería ser abandonado, ser olvidado. No había ningún asidero para que un hombre a quien alguna vez le había gustado la vida —por lo menos como a él— pudiera en estos momentos huir de ella. Debía cosechar lo que había sembrado. Todo estaba enmarañado; simplemente se había acostado bajo aquella malla y simplemente se había despertado allí. La malla era demasiado fina; los hilos se cruzaban en sitios demasiado juntos, formando en cada uno de ellos un pequeño nudo, apretado y resistente, que esta mañana unos cansados dedos estaban demasiado flácidos y demasiado frágiles para tocar. Los de nuestro pobre amigo no tocaron nada… únicamente entraron en su bolsillo con sigilo y de forma significativa mientras él deambulaba junto a la ventana jadeando débilmente ante el vigor de la naturaleza. Lo más agobiante era que ella misma estuviera tan dispuesta. A altas horas de la noche anterior, junto a la lámpara, le había tranquilizado bastante. Por detrás de las cortinas de su estudio, que estaban echadas, la lluvia se había hecho audible y en cierto modo compasiva; una constante avalancha limpió la ventana, y aquello había parecido bien, había interrumpido con retraso, y si hubiese durado, podría haber despejado el terreno, haciendo flotar en un mar sin límites los innumerables objetos con los que tropezaban sus pies y le desviaban. Decididamente había dejado a un lado la pluma como consecuencia de la agradable sensación de apremio de todo aquello. Al apagar su lámpara había escuchado en el cristal el susurro más grato; había dejado la frase sin terminar y sus papeles completamente extendidos para que el ímpetu de la avalancha se los llevase. Pero quedaban todavía encima de la mesa los restos de la frase… y no todos; lo único que se había llevado y que nunca podría recuperar era la mitad perdida con la que podría haberse emparejado para formar un personaje.
Pero finalmente sólo pudo volver la espalda a la ventana; el mundo estaba por todas partes, dentro y fuera, y el gran egoísmo de su salud y su fuerza no iba a ser probado por discreción o delicadeza. Precisamente se dio media vuelta para encontrar a su criado y la absurda solemnidad de dos telegramas en una bandeja. Brown debía haberlos metido en la habitación a patadas… así que él mismo podría haberlos sacado a patadas.
—Usted me dijo, señor, que le recordase…
George Dane estaba por fin enfadado.
—¡No me recuerdes nada!
—Pero, señor, ¡usted insistió en que le insistiese!
Se volvió desesperado, con un temblor patético en absurda contradicción con sus palabras:
—Si insistes, Brown, ¡te mataré!
Vino a parar de nuevo a la ventana, desde donde, bajando la mirada desde su cuarto piso, pudo ver, bajo el estruendo de trompetas del cielo, que el enorme vecindario empezaba a correr de un lado a otro. Hubo un silencio, pero él sabía que Brown no le había dejado… sabía exactamente cuán erguido, serio, estúpido y fiel seguía allí. Al cabo de un minuto lo volvió a oír.
—Es sólo a causa, señor, usted ya lo sabe, de que no puede recordar…
Al oír aquello Dane echaba chispas; era más de lo que podía soportar en aquel momento.
—¿Qué no puedo recordar, Brown? Lo que no puedo es olvidar. Eso es lo que me pasa.
Brown le miró con la ventaja de dieciocho años de coherencia.
—Me temo, señor, que usted no está bien.
El patrón de Brown se lo pensó.
—Parece increíble decirlo, pero ¡ya me gustaría a mí no estar bien! Sería una excusa tal vez.
El desconcierto de Brown se extendía como el desierto.
—¿Para disuadirlas?
—¡Ah! —dijo con voz quejumbrosa; el pronombre plural, cualquier pronombre, tan a destiempo—. ¿De quién se trata?
—Esas señoras de las que usted habló… que vendrían a almorzar.
—¡Oh! —El pobre hombre se dejó caer en la silla más próxima y miró fijamente a la alfombra durante un rato. Era muy complicado.
—¿Cuántas van a ser, señor? —preguntó Brown.
—¡Cincuenta!
—¿Cincuenta, señor?
Nuestro amigo, desde su silla, echó una mirada alrededor distraídamente; tenía los telegramas en la mano, todavía sin abrir, uno de los cuales rasgó.
«Espero, encanto, que no te importe si traigo hoy, a la una y media, a la pobrecita Lady Mullet, que se empeña tanto», leyó a su acompañante.
Su acompañante lo consideró.
—¿Cuántos van a ser con ella, señor?
—¿Con la pobrecita Lady Mullet? No tengo la menor idea.
—¿Está… desfigurada, señor? —preguntó Brown, como si en tal caso fuesen a ser más.
Su señor se asombró, así que comprendió que su criado se figuraba algún tipo de encorvamiento.
—No, ¡solamente está empeñada en venir!
Dane abrió el otro telegrama y de nuevo leyó en voz alta: «Imposible llegar a las once, lo siento mucho. En cambio cuento contigo, como un gran favor, a las dos en punto aquí».
—¿Cuántos van a ser con esto? —siguió Brown imperturbable.
Dane estrujó las dos misivas y fue con ellas hasta la papelera, echándolas en su interior cuidadosamente.
—No sé qué decirte. Tendrás que ocuparte de todo. Yo no estaré aquí.
Sólo después de eso se mostró expresivo Brown.
—En vez de eso se irá usted…
—¡En vez de eso me iré! —despotricó Dane.
Sin embargo, Brown había tenido ocasión de mostrar con anterioridad que él nunca desertaría de su puesto.
—¿Es que va a sacrificar a las tres?
Hizo una pausa entre respetuosa y reprobatoria.
—¿Hay tres?
—Yo dispongo para cuatro en total.
Su patrón, en cualquier caso, le había captado el pensamiento.
—¿Quieres decir, sacrificar a las tres por una? ¡Oh, no me voy a ir con ella!
La famosa «minuciosidad» de Brown —su gran virtud— nunca había sido tan terrible.
—Entonces, ¿adónde va a ir usted?
Dane se sentó ante su mesa y miró fijamente su descuidada frase.
—«Hay una tierra afortunada… ¡lejos!».
Cantaba como un niño enfermo y sabía que durante un minuto Brown ni se inmutaría. Durante aquel minuto sintió en la espalda el taladro de la crítica.
—¿Está completamente seguro de que se encuentra bien, señor?
—Es mi certeza lo que me abruma, Brown. Mira a tu alrededor y juzga. ¿Podría algo encontrarse más «bien», a ojos del envidioso mundo, que todo lo que aquí nos rodea: esta estupenda colección de cartas, notas, circulares; esta pila de pruebas de imprenta, revistas y libros; estos telegramas incesantes, esos invitados inminentes, este trabajo atrasado, inacabado e interminable? ¿Qué más puede desear un hombre?
—¿Quiere usted decir, señor, que hay demasiado?
Brown tenía a veces esos ramalazos.
—Hay demasiado. Hay demasiado. Pero tú no lo puedes remediar, Brown.
—No, señor —asintió Brown—. ¿Usted tampoco?
—Lo estoy pensando… tengo que averiguarlo. ¡Hay momentos…! —Sí, había momentos, y aquél era uno de ellos: se levantó a trompicones para dar otra vuelta a su laberinto, pero todavía fuera del alcance, sin ni siquiera volver a cruzarse con la mirada de su reprensor. Si alguien creía que él era un genio, ése era Brown; pero era terrible lo que eso significaba, ser un genio para Brown. Había habido veces en que había hecho plena justicia a la forma en que le seguía siendo fiel; en aquellos momentos, sin embargo, aquello era casi lo peor de la avalancha—. No te preocupes por mí —prosiguió con poca sinceridad y volviendo a mirar con desconfianza a través de la ventana el mundo radiante y hermoso—. Tal vez llueva… puede que eso no haya acabado. Me encanta la lluvia —continuó débilmente—. Tal vez, todavía mejor, nieve.
Brown tenía en aquel preciso instante una expresión ciertamente perceptible, y era de miedo.
—¿Nieve, señor… a finales de mayo? —Sin insistir en el detalle miró su reloj—. Se sentirá usted mejor cuando haya desayunado.
—Puede ser —dijo Dane, a quien desayunar le pareció a decir verdad una alternativa más agradable que abrir cartas—. Iré inmediatamente.
—Pero ¿sin esperar…?
—¿Esperar para qué?
Brown al fin, por temor, tuvo su primer lapsus de lógica, que delató, indeciso, con la esperanza manifiesta de que su acompañante pudiese, mediante un recuerdo fortuito, librarle de un deber odioso.
—Usted dice, señor, que no puede olvidar; pero se olvida…
—¿Es algo muy horrible? —interrumpió Dane.
Brown tardó en responder.
—Sólo el caballero que usted me dijo que había invitado…
Dane volvió a interrumpirle; horrible o no, volvía… lo cierto es que el mero hecho de que volviera lo calificaba.
—¿A desayunar hoy? Era hoy; comprendo. —Volvía, sí, volvía; la cita con aquel joven… suponía que era joven… cuya carta, aquella carta sobre… ¿sobre qué era?… le había sorprendido—. Sí, sí; espera, espera.
—Quizás el caballero le hará bien, señor —sugirió Brown.
—Seguramente… seguramente. ¡De acuerdo!
Cualquier cosa que hiciera cuando menos le impediría hacer otra: aquello se le ocurrió a nuestro amigo al oír la vibración del timbre eléctrico en la puerta del piso, mientras Brown se retiraba. En el corto intervalo que siguió Dane tuvo presentes dos cosas más: había olvidado por completo la relación, la procedencia, la finalidad y el motivo de su invitado; y su continua disposición a no tocar… no, con los dedos no. ¡Ah, ojalá pudiera no volver nunca a tocar! Todos los sellos sin romper y todas las peticiones sin atender estaban allí expuestos mientras, durante una pausa que no pudo sopesar, permaneció de pie delante de la chimenea con las manos todavía en los bolsillos. Oyó un breve intercambio de palabras en el vestíbulo, pero después ya nunca recuperaría el tiempo que tardó Brown en reaparecer, preceder y anunciar a otra persona… una persona cuyo nombre, por alguna razón, no llegó a oídos de Dane. Brown volvió a marcharse para servir el desayuno, dejando al anfitrión y su invitado frente a frente. Más tarde, la duración de esta primera fase desafió también cualquier medición; pero aquello importó poco, pues con todo lo que ocurrió llegó puntualmente la segunda, la tercera, la cuarta, la abundante sucesión de las demás. No obstante lo que ocurrió fue que Dane sacó la mano del bolsillo, la tendió sinceramente y sintió que se la estrechaban. De modo que, sin duda alguna, si nunca había querido volver a tocar nada, ya lo había hecho.
II
Podía haber estado una semana en aquel lugar —el escenario de su nueva conciencia— sin haber hablado en absoluto. La ocasión se presentó cuando una de las figuras silenciosas que había estado observando distraídamente al fin se acercó y le mostró un rostro que era la más elevada expresión —para su sensibilidad satisfecha pero hasta entonces ligeramente confusa— del encanto general. ¿Qué era el encanto general? En realidad, no podría haberlo expresado fácilmente; tal era el abismo de atributos negativos, la ausencia de atributos positivos y de todo. Lo extraño fue que al cabo de un minuto le llamó la atención el reflejo de su propia imagen en aquél su primer tertuliano sentado con él en aquel banco cómodo, bajo el pórtico alto y despejado y sobre el amplio jardín que se extendía a lo lejos, en cuyo verdor las dos cosas que más destacaban eran la superficie de aguas mansas y la blanca nota de estatuas antiguas. La ausencia de todo, en el aspecto del Hermano que se había unido a él de manera tan informal —un hombre de su misma edad, modesto y distinguido, con pinta de estar cansado—, no era en realidad, como pronto pudo ver, más que la ausencia de lo que él no quería. No quería, de momento, nada más que estar allí, remojarse en el baño. Estaba todavía bañándose en aquellas extensas y profundas aguas en calma. Estaban sentados uno al lado del otro y en aquellos momentos el agua les llegaba por encima de la barbilla. No había tenido que hablar, no había tenido que pensar, ni siquiera había tenido que sentir apenas. Antes ya había estado sumergido de esa manera, sumergido —¿cuándo y dónde?— en otra gran extensión de agua; sólo que aquélla era de aguas en las que todo era topetazos y jadeos. Ésta era una corriente tan lenta y tan tibia que uno flotaba prácticamente sin moverse y sin tiritar. El silencio no se rompió de inmediato, aunque la verdad es que a Dane le pareció que empezaba a percibirlo antes de que se produjese el sonido. Podía ocurrir sin que fuera menester ninguna palabra que él y su compañero fueran Hermanos, y lo que aquello significaba.
Se preguntaba, aunque no necesitaba sosegarse —pues esa necesidad era imposible—, si su amigo encontraba en él el mismo parecido, la prueba de concordia, la garantía de lo que aquel lugar podía hacer. La larga tarde se acercaba a su fin; las sombras se alejaban y el cielo se arrebolaba cada vez más; pero nada cambiaba —nada podía cambiar— en su propio elemento. Era una seguridad consciente. ¡Era maravilloso! Dane había vivido en ella, pero todavía era enormemente consciente. Habría sentido perder eso, pues precisamente esa realidad, la bendita realidad de la conciencia, por el momento parecía lo más grande de todo. Su único defecto consistía en que, siendo en sí misma una ocupación, un malestar tan ligero en el corazón de la gratitud, la duración del día se iba en ella. Pero aun así, ¿qué tenía eso de malo? Había venido sólo por su propio gusto, para aceptar lo que encontrara. Estaba en la parte en que el gran claustro, rodeado por fuera en tres de sus costados y probablemente, para su sensibilidad embelesada, el efecto más grande, más ligero y más bello que la mano del hombre ha sido capaz de expresar en dimensiones de longitud y anchura, asomaba al mediodía su espléndida cuarta parte, recurría a la gran vista de una galería exterior que se unía al resto del pórtico para formar una logia alta firme, como las que pretendía haber visto, en la Italia de los viejos tiempos, en ciudades antiguas, conventos antiguos y villas antiguas. Le recordaba la disposición de una gran morada de alguna Orden, algún apacible Monte Cassino, alguna Grande Chartreuse más accesible, era su principal término de comparación; pero sabía que en realidad nunca había visto en ninguna parte algo al mismo tiempo tan calculado y tan espléndido.
Tres impresiones en particular le habían acompañado toda la semana, y al menos pudo reconocer en silencio el efecto apropiado que causaron sobre sus nervios.
No habría sabido decir cómo se desarrolló todo… hasta entonces se había contentado también con no saber ni las causas ni los pretextos; pero cada vez que decidía escuchar con un poco de atención creía oír como a lo lejos el lento y melodioso repique de campanas. ¿Cómo podían estar tan lejos y sin embargo oírse tan bien? ¿Cómo podían estar tan cerca y sin embargo sonar tan débiles? Y sobre todo, ¿cómo podían, con la vida detenida de tal forma, ser tan frecuentes y estar sincronizadas? La verdadera esencia del maravilloso cambio experimentado por Dane había sido precisamente que ya no había nada que sincronizar. Ocurría lo mismo con los pasos lentos que, siempre al alcance del oído prestando apenas atención, señalaban el espacio y el tiempo libre, parecían, en largas y frescas arcadas, decaer suavemente y disminuir constantemente. Aquélla era la segunda impresión, y se fundió con la tercera, puesto que, en realidad, cualquier forma de debilidad, en aquel lugar fabuloso y agradable, no era más que otra vuelta, sin sacudidas ni gritos de asombro, de la interminable rodadura de la serenidad. Los pasos ligeros eran figuras discretas; las figuras discretas que, a primera vista, mantenían la representación humana y ponían su perfección al alcance de la mano. Esa perfección, se dio cuenta en el banco junto a su amigo, estaba ya más al alcance de la mano que nunca. Su amigo le dirigió por fin una mirada diferente a las miradas de sus amigos en los clubs de Londres.
—¡Lo importante era descubrirlo!
Era sorprendente cómo encajaba este comentario en su opinión.
—Era eso, ¿no es cierto? Y cuando pienso —dijo Dane— en toda la gente que no lo ha descubierto ¡ni nunca lo hará!
Suspiró por aquellos desventurados con una ternura que, hasta cierto punto, era prácticamente nueva para él, dándose cuenta también de lo bien que su acompañante debía conocer a la gente a la que se refería. Sólo se refería a algunos, pero eran todos los que lo querían; aunque de éstos, qué duda cabe —en fin, por motivos, por cosas que, en esta vida, había observado— nunca habría demasiados. Quizás no todos los que lo querían lo encontrarían realmente; pero al menos no lo encontraría nadie que no lo quisiera de verdad. Además ¡qué necesidad tendría que haber sido la primera! ¡Cómo había tenido que ser al principio la suya propia! Se daba cuenta de nuevo, al ver el rostro de su acompañante, lo que todavía podría ser incluso aunque estuviera completamente satisfecho, así como qué comunicación se establecía por el mero conocimiento público de ello.
—Cada uno debe llegar por sí mismo y por su propio pie… ¿no es eso? Aquí somos Hermanos de momento, como en un gran monasterio, e inmediatamente nos acordamos unos de otros y nos reconocemos como tales; pero primero tenemos que haberlo conseguido aquí como podamos, y nos encontramos después de largos viajes por caminos complicados. Es más, nos encontramos… ¿no es cierto?… con los ojos cerrados.
—¡Bueno, no hable como si estuviéramos muertos! —dijo Dane, riéndose.
—No me importaría morir si eso fuera así —respondió su amigo.
Saltaba a la vista, mientras Dane miraba lo que tenía delante, que a nadie le importaría; pero al cabo de un momento preguntó con la primera expresión hasta entonces de su más elemental asombro:
—¿Dónde está?
—No me sorprendería que estuviese mucho más cerca de lo que nunca imaginamos.
—¿Cerca de la ciudad, quiere usted decir?
—Cerca de todo… cerca de todos.
George Dane reflexionó.
—¿En alguna parte, por ejemplo en Surrey?
Su Hermano le hizo frente en vista de ello un poco a regañadientes.
—¿Por qué dar nombres? Debe tener un ambiente, ¿comprende?
—Sí —dijo Dane pensativamente sin ningún problema—; ¡sin eso…! —Todo aquello seguramente le había vuelto a abrumar y no pudo evitar exclamar—: ¿Qué es ello?
—Pues verdaderamente es una parte de nuestra tranquilidad y de nuestro descanso y de nuestro cambio, creo yo, que no lo sepamos en absoluto y que podamos ponerle realmente, si usted quiere, el nombre de cualquier cosa de este mundo que nos guste… por ejemplo, la cosa que más nos encante que exista.
—Ya sé cómo llamarlo —dijo Dane, al cabo de un momento. A continuación añadió, mientras su amigo escuchaba con interés—: Simplemente «El gran lugar agradable».
—Comprendo… ¿qué más se puede decir? Yo me lo he planteado quizás de modo algo diferente. —Permanecieron allí tan inocentes como niños pequeños confiándose mutuamente los nombres de sus animales falderos—. «El gran deseo satisfecho».
—Ah, sí… ¡eso es!
—¿No nos basta con que sea un lugar promovido para nuestro provecho tan admirablemente que, por mucho que agucemos nuestros oídos, nunca oigamos el chirrido de la maquinaria? ¿No nos basta con que sea simplemente un completo acierto?
—¡Ah, un acierto! —murmuró Dane benévolamente.
—Hace por nosotros lo que aparenta hacer —prosiguió su acompañante—; el misterio no es más profundo que eso. Seguramente la cosa es bastante sencilla de hecho y con una base totalmente práctica; sólo que ha tenido su origen en una idea espléndida, una verdadera ocurrencia genial.
—Sí —contestó Dane—, en cierto sentido —por parte de uno u otro— ¡tan exquisitamente personal!
—Efectivamente… está basada, como todas las cosas buenas, en la experiencia. El «gran deseo» vuelve a casa… ¡eso es lo que hace que sea grande! El día en que volvió a casa en su sano juicio se constituyó este querido lugar. Además, a la larga siempre se ha encontrado… siempre hay que encontrarlo. ¿Cómo no va a hacer falta encontrarlo, cada vez más, a medida que aumentan las presiones de todo tipo?
Dane, con las manos cruzadas en el regazo, comprendió esas sensatas palabras.
—¡Están aumentando las presiones de todo tipo! —dijo sosegadamente.
—Comprendo bastante bien lo que esa acción le ha hecho a usted —declaró su Hermano.
Dane sonrió.
—No podría haberlo soportado más. No sé qué habría sido de mí.
—Yo sí sé lo que habría sido de mí.
—Bueno, es lo mismo.
—Sí —dijo el acompañante de Dane—, sin duda alguna es lo mismo —después de lo cual permanecieron un rato en silencio, pareciendo observar gratamente, en el paisaje del jardín verde, los movimientos imprecisos del monstruo… locura, rendición, fracaso… del que habían escapado. Su banco era como un palco en la ópera—. Es perfectamente posible, ¿sabe usted? —prosiguió el Hermano—, que le haya visto antes. Es posible incluso que nos hayamos conocido bien. No lo sabemos.
Volvieron a mirarse el uno al otro con bastante calma, y por fin Dane dijo:
—No, no lo sabemos.
—A eso me refería cuando dije que llegamos con los ojos cerrados. Sí… hay algo ahí fuera. Hay un vacío, un eslabón perdido, ¡el gran hiato! —dijo el Hermano riéndose—. Es una historia tan simple como antigua, antiquísima ruptura… la brecha que los afortunados católicos han sido siempre capaces de abrir, que todavía son capaces de abrir, con sus innumerables casas religiosas a las que van de «retiro». No me refiero a los ejercicios piadosos… sólo a la simplificación material. No hablo de despojarse de la propia personalidad; hablo únicamente —si alguien tiene una personalidad que valga algo— de recuperarla. El lugar, la época, la forma, para los antiguos creyentes, estuvieron siempre allí… a decir verdad para ellos prácticamente siempre han estado allí. Siempre pueden escapar… las casas santas los acogen. De modo que ya era hora de que nosotros —nosotros, los grandes pueblos protestantes, todavía más anulados y agobiados si cabe, en el caso concreto de la sensibilidad individual, todavía más apiñados en meros términos cuantitativos y prostituidos, gracias a nuestra «iniciativa», a lo meramente profano— aprendiéramos a escapar, encontráramos en alguna parte nuestro retiro y remedio. ¡Hubo tantísimas ocasiones para ello!
Dane alargó la mano para tocar el brazo de su acompañante.
—Es admirable cómo cuando hablamos por nosotros mismos en realidad hablamos por boca de otros. ¡Eso fue exactamente lo que dije!
Había empezado a recordar desde encima del abismo la última vez.
El Hermano, como si eso fuera a hacerles bien a los dos, deseaba únicamente sonsacarle.
—¿Lo que usted «dijo» a quién?
—A él… aquella mañana —Dane volvió a percibir una campana a lo lejos y oyó pasos lentos. Una discreta aparición pasaba por alguna parte… ninguno de los dos se volvió a mirar. Lo que poco a poco tenía él más presente era el discernimiento perfecto. Era supremo… estaba en todas partes—. Acababa de prescindir de mi carga… y él la recogió.
—¿Y era muy grande?
—¡Y tanto! —dijo Dane con regocijo.
—¿Preocupación, pena, duda?
—Oh, no… ¡peor que eso!
—¿Peor?
—«Éxito»… ¡de la más vulgar especie!
Lo mencionó esta vez como si fuese divertido.
—Ah, ¡también lo sé! Nadie en el futuro, tal y como van las cosas, podrá soportar el éxito.
—Sin algo por el estilo… nunca. El mejor es el peor… el mayor, el más terrible. Lo único que me pesa de estar aquí —continuó Dane— es pensar en mi pobre amigo.
—¿La persona a la que ya ha aludido?
Asintió con ternura.
—Mi sustituto en el mundo. Un benefactor tan inefable. Se presentó una mañana en la que todo me crispaba los nervios no sé por qué, en la que el globo terráqueo entero ciertamente parecía, fuera o no por nerviosismo, haberse comprimido terriblemente en mi estudio y empeñarse sencillamente en ir creciendo allí. No era una cuestión de nervios, era una simple cuestión de desplazamiento y trastorno de todo… de completa sumersión en nuestro incesante demasiado. No sabía où donner de la tête… no podría haber dado un paso más.
La comprensión con la que el Hermano escuchaba les hacía parecer niños alimentándose del mismo tazón.
—¿Y entonces recibió el soplo?
—¡Recibí el soplo!
Dane suspiró alegremente.
—El caso es que todos lo recibimos. Aunque me imagino que de modo distinto.
—¿Cómo lo recibió usted, pues…?
El Hermano vaciló, sonriendo.
—Cuéntemelo usted primero.
III
—Pues bien —dijo George Dane—, era un joven que nunca había visto… un hombre al menos mucho más joven que yo…, que me había escrito y enviado algún artículo, algún libro. Lo leí, me causó buena impresión, se lo dije y le di las gracias… después de lo cual, por supuesto, volví a tener noticias de él. ¡Ah, no es posible! —Dane suspiró de manera cómica—. Me preguntaba cosas… sus preguntas eran interesantes; pero para ahorrar tiempo y escritura le dije: «Venga a verme… podremos hablar un poco; pero no podré concederle más de media hora durante el desayuno». Llegó puntualmente un día en que, más que ningún otro en mi vida, me parecía, tal como fueron las cosas, con aquellas interminables presiones y tensiones, haber dejado de ser dueño de mi alma y estar asediado únicamente por los asuntos de otra gente, asfixiado en la mera importunidad irrelevante. Eso me sentaba mal literalmente… me hacía sentir como nunca había sentido que si no soltaba por una vez durante una hora aquello mismo, aquello que importaba y que estaba intentando conseguir, nunca volvería a recuperarlo. Las aguas procelosas se cerrarían sobre mí y caería directamente a las oscuras profundidades donde yacen los muertos vencidos.
—Le sigo paso a paso —dijo el simpático Hermano—. Las aguas procelosas, quiere usted decir, de nuestra época horrible.
—De nuestra época horrible precisamente. No desde luego… como a veces soñamos… de ninguna otra.
—Sí, cualquier otra es sólo un sueño. En realidad no conocemos ninguna otra más que la nuestra.
—No, gracias a Dios… ya está bien —Dane sonrió con satisfacción—. Pues bien, mi joven amigo apareció y todavía no llevaba un minuto ante él cuando poco menos que comprendí que había algo en él que de un modo u otro me iba a ayudar. Vino a mí con envidia, envidia exorbitante… vehemente a decir verdad. Yo era para él, Dios nos asista, el gran «éxito»; él, por su parte, estaba muerto de hambre, deshecho y agotado. ¿Cómo voy a decir lo que pasó entre nosotros?… fue tan extraño, tan súbito, un asunto hasta cierto punto de comprensión y acuerdo mutuo. ¡Era tan astuto y estaba tan macilento y hambriento!
—¿Hambriento? —preguntó el Hermano.
—No me refiero a hambre de pan, aunque incluso de eso de ningún modo tenía demasiado, creo. Me refiero… en fin, a lo que yo tenía y de lo que yo era un pilar para él mientras estaba allí metido hasta el cuello en ridículas declaraciones. Él, pobrecillo, llevaba diez años dando serenatas ante ventanas cerradas y sin embargo nunca había conseguido que se moviera ni un postigo. Mi oscura persiana fue la primera que le abrió una rendija; mi lectura de su libro, la impresión que me causó, mi nota y mi invitación, constituyeron literalmente la única respuesta que alguna vez cayó en su lóbrego callejón. Él vio en mi habitación desordenada, en mi día echado por tierra, en mi rostro aburrido y en mi humor deteriorado —me da vergüenza, pero debo decírselo— la prueba misma de mi suficiencia, la señal misma de mi notoriedad. Y vio en mi repleción y mi «renombre» —¡pobre iluso!— aquello que había ansiado en vano.
—Lo que había ansiado era ser usted —dijo el Hermano. A continuación añadió—: Ya veo adónde va a ir a parar.
—A que le dije al cabo de cinco minutos: «Amigo mío, me gustaría que hiciese la prueba… ¡me gustaría que durante algún tiempo fuese usted yo!». Ha dado usted en el clavo, buen Hermano, eso fue exactamente lo que ocurrió… por extraordinario que fuese que ambos lo hubiéramos entendido. Comprendí lo que él podía darme, y él también lo comprendió. Además comprendió lo que yo podía recibir; a decir verdad era maravilloso lo que comprendía.
—Debe ser muy extraordinario —dijo el tertuliano de Dane riéndose.
—No cabe la menor duda… mucho más extraordinario que yo. Por eso es por lo que lo que le dije en broma… con increíble ironía y desesperación… se convirtió, en sus manos, en vista de su oportunidad, en el medio y el indicativo benditos de por qué estoy sentado en este lugar en su compañía. «Oh, si lo pudiera cambiar todo… ¡echarlo durante una hora a las espaldas de otro! ¡Aunque sólo hubiera un par!»… así fue como se lo dije. Y a continuación, viendo algo en su rostro, le pregunté: «¿Querría usted, de milagro, encargarse de ello?». Le hice saber lo que eso significaba… significaba que debería intervenir en aquel mismo momento. Significaba que debería terminar mi trabajo y abrir mis cartas y atender mis compromisos y estar sujeto, para bien o para mal, a mis contactos y complicaciones. Significaba que tendría que vivir mi vida, pensar con mi cerebro, escribir con mi mano y hablar con mi voz. Significaba por encima de todo que yo tendría que marcharme. Aceptó con magnanimidad… fue capaz de hacerlo como un héroe. Sólo dijo: «¿Qué será de usted?».
—¡Ahí estaba el quid! —admitió el Hermano.
—Ah, pero sólo durante un minuto. De nuevo acudió en mi auxilio —prosiguió Dane—, cuando comprendió que si yo no podía responder a eso en absoluto, al menos sólo me cabía decir que quería pensar, quería terminar, quería hacer la cosa misma —la cosa que importaba y que estaba intentando conseguir, desdichado de mí, y sólo eso— y por consiguiente quería ante todo volverla a ver de verdad, trasplantada, desplazada, marginada como ha estado tanto tiempo hasta ahora. «Sé lo que usted quiere», me comentó tranquilamente al cabo de un momento. «¡Ay, lo que yo quiero, no existe!». «Sé lo que usted quiere», repitió. Sin más empecé a creerle.
—¿Tenía usted alguna idea? —la atención del Hermano palpitaba.
—Oh, sí —dijo Dane—, y fue precisamente mi idea lo que me hizo desesperar. La tenía, tan nítida como era posible, en mi imaginación y mi anhelo… aunque no tan absolutamente nítida como en la realidad. Estábamos sentados uno al lado del otro en el sofá esperando el desayuno. En seguida me puso la mano en la rodilla… me mostró un rostro que la súbita luz que apareció en él había hecho que me pareciera indescriptiblemente hermoso. «Existe… existe», dijo por fin. Así que recuerdo que permanecimos un rato sentados y nos miramos el uno al otro, con la consecuencia final de que descubrí que le creía firmemente. Recuerdo que no fuimos en modo alguno solemnes… sonreímos con el júbilo de los descubridores. Estaba tan contento como yo… estaba enormemente contento. Lo reveló el modo en que respondió a la súplica que se me escapó: «¿Dónde está, pues, demonios? ¡Dígame en seguida dónde está!».
¡El Hermano se mostraba tan comprensivo!
—¿Le dio a usted la dirección?
—Se lo estaba pensando… la estaba buscando a tientas, cogiéndola. Es muy testarudo y debe estar haciendo de todo aquello, mientras nosotros seguimos improvisando y cotilleando, algo mucho mejor de lo que yo nunca hice. La mera visión de su rostro, el contacto de su mano en mi rodilla, me dio a entender, al cabo de un rato, que no sólo sabía lo que yo quería sino que se había acercado más a eso de lo que podría haberme acercado yo en diez años. De pronto se levantó de un salto y fue a la mesa de mi despacho… se sentó directamente como si fuera a despacharme una receta o mi pasaporte. Fue entonces —con sólo mirar su espalda, vuelta hacia mí— cuando tuve el presentimiento de que el sortilegio funcionaba. Simplemente me senté y le observé con la sensación más rara, más profunda, más dulce del mundo… la sensación de un dolor que había cesado. Toda la vida se elevó; yo al menos me había despegado en cierto modo del suelo. Él estaba ya donde yo había estado.
—¿Y dónde estaba usted? —preguntó el Hermano divertido.
—Exactamente en el sofá siempre, apoyado en el almohadón y sintiendo una deliciosa tranquilidad. Él ya era yo.
—¿Y quién era usted? —continuó el Hermano.
—Nadie. Eso era lo gracioso.
—Eso es lo gracioso —dijo el Hermano dando un suspiro como música suave.
Dane imitó el suspiro y, como nadie hablaba con nadie, siguieron uno al lado del otro y observaron que el amplio y grato paisaje se oscurecía hasta convertirse en noche tibia.
IV
Al cabo de tres semanas —en la medida que el tiempo podía determinarse— Dane empezó a darse cuenta de que había recuperado algo. Era lo que nunca nombraban… en parte por no haber necesidad y en parte por falta de una palabra apropiada; pues ¿cuál era ciertamente la descripción que abarcara todo? El único verdadero requisito indispensable era conocerlo, verlo en silencio. Dane tenía un particular signo práctico del que, sin embargo, se había apropiado mediante robo: «la visión y la facultad divina». Ésa era sin duda una expresión lisonjera para la idea que tenía de su genialidad; la genialidad era en cualquier caso lo que él había corrido el peligro de perder y que al final había mantenido pendiente de un hilo que habría podido romperse en cualquier momento. El cambio consistía en que poco a poco su asidero era cada vez más firme, hasta el punto de que tiraba del hilo —cada día más y más— con un ímpetu que con gran regocijo comprobaba que podía soportar. La mera suavidad de ensueño de aquel lugar se reemplazaba; era cada vez un mundo de razón y orden, de acuerdo sensato y visible. Dejaba de ser extraño… era claridad plena, triunfante. Él no prestaba atención, sin embargo, sino distraídamente a la cuestión de dónde estaba, descubriendo estar bastante cerca de la verdad para casi asegurar que si no estaba en Kent, entonces estaría probablemente en Hampshire. Pagaba por todo pero eso… eso no importaba. El pago, no había tardado en enterarse, era en firme; consistía en soberanos y chelines —exactamente igual a los del mundo que había dejado, sólo que se gastaba con mayor entusiasmo— que él consignaba, en su habitación, a un recipiente fijo y que los discretos e inadvertidos agentes (sombras proyectadas sobre las horas como la marcha silenciosa del reloj de sol), que siempre estaban trabajando, trasladaban cuando él estaba ausente. La escena tenía muchísimas facetas que recordaban y se parecían, y una percepción complacida y resignada de aquellas cosas era al mismo tiempo el efecto y la causa de su elegancia.
Dane elegía de su oscuro pasado una docena de símiles vacilantes. El silencioso convento religioso era uno; otro era la luminosa casa solariega. No era ninguna barbaridad que comparase el lugar con un hotel; en una ocasión se permitió insinuar que hacía pensar en un club. Tales imágenes, sin embargo, no eran más que destellos que se apagaban… duraban sólo lo suficiente para iluminar las diferencias. Un hotel sin ruidos, un club sin periódicos… cuando volvía el rostro a lo que era «sin», la visión se abría de par en par. La única aproximación a una verdadera analogía estaba en sí mismo y en sus acompañantes. Eran hermanos, invitados, socios; eran incluso, si se quería —y a ellos no les importaba en absoluto cómo les llamasen— «huéspedes habituales». No eran ellos los que ponían las condiciones, eran las condiciones las que les obligaban a ellos. Esas condiciones se aceptaban por sí mismas, obviamente, con un aprecio, con un embeleso, debería decirse más bien, que procedía, como el aire mismo que las impregnaba y la fuerza que las sostenía, de su tranquila y noble seguridad. Se combinaban para formar la gran y simple idea de un refugio general… una imagen de brazos que se estrechan, de alojamiento generoso. ¿Cuál era realmente el efecto sino la poetización, mediante un gusto perfecto, de un tipo bastante común? No había un milagro a diario; el gusto perfecto, con la ayuda del espacio, servía para el caso. Lo que subyacía y sobresalía en todo aquello, todavía mejor, pensaba Dane, era una inspiración original, pero confirmada, sin extinguir, una idea feliz en un corazón individual. Había nacido de algún modo y en alguna parte —había tenido que insistir en ello— el concepto maldito. El autor podía permanecer en la sombra, pues eso formaba parte de la perfección: servicio personal tan callado y regulado que uno apenas lo sorprendía in fraganti y sólo caía en la cuenta por sus resultados. No obstante la mente juiciosa estaba por todas partes… todo estaba indefectiblemente centrado hasta la médula en una conciencia. Y qué conciencia había tenido que ser, pensó Dane, ¡una conciencia como la suya! Aquella mente juiciosa había sentido, había sufrido; luego, para todo el preocupado conjunto de mentes, la mente juiciosa había visto una oportunidad. De la creación así alcanzada nunca habrías podido decir de todos modos si era el último eco de lo antiguo o la nota más aguda de lo moderno.
Una y otra vez, entre las campanas lejanas y los pasos silenciosos, en el frescor del claustro y en la tibieza del jardín, Dane se sorprendió a sí mismo deseando no saber más y sin embargo queriendo no saber menos. Formaba parte del estilo solemne y la gran clase en la que no había ninguna publicidad personal, ni mucho menos cualquier referencia personal. Esas cosas pertenecían al mundo… a lo que él había abandonado; allí no había ninguna vulgaridad de prestigio o pretensión o fama. Lo verdaderamente exquisito era no tener la complicación de una identidad, y la mayor bendición de todas, sin duda, era la seguridad bien fundada, la completa confianza que uno podía tener en el cumplimiento del contrato. Eso era lo que más había tenido en cuenta la mente juiciosa: la importancia de que los beneficiarios tuvieran la completa sensación de que lo que se les ofrecía estaba garantizado. No tenían que preocuparse más que de pagar… la mente juiciosa sabía por lo que pagaban. Dane tenía presente a todas horas que nunca le cobraran de más. ¡Oh, el baño profundo, el chapoteo suave y fresco en la quietud!… aquello, repetidas veces, como si fuera un tratamiento acostumbrado, una «cura» alemana sublimada, era el gráfico nombre de su lujo. La vida interior volvía a renacer, y para la gente de su generación, víctimas de la locura moderna, mera extensión y ademán maníacos, era la vida interior la que les devolvía la salud. Él había hablado de independencia y había escrito sobre ella, pero ¡con qué palabras tan insolentes y sosas! Así era la realidad misma, sin palabras… la posesión no disputada del largo, dulce, ridículo día. La fragancia de flores deambulando por el vacío, y la discreta periodicidad de una comida exquisita y sencilla en un refectorio limpio y de techo alto, en donde el servicio, silencioso y sin complicaciones, era un triunfo del arte. No había otra explicación en su análisis: toda la dulzura y la serenidad eran cosas creadas, calculadas. Él hacía su análisis, sin embargo, de forma poco metódica, recreándose verdaderamente en el residuo de misterio que erigía, para el gran agente en segundo término, el más íntimo altar del ídolo de un templo; había ratos perdidos para ello, apacibles meditaciones, en el amplio claustro de paz o en algún escondrijo del jardín donde el viento era suave, y un particular atisbo de belleza o un recuerdo de felicidad parecían, de paso, flotar en el aire y rezagarse. En el mero arrebato de cambio que al principio se había apoderado de él, no había hecho distinciones… sólo se había dejado caer, como ya he mencionado, en las calladas profundidades. Luego habían llegado las lentas, suaves fases de inteligencia y significación, más acentuadas y más provechosas quizás después de aquella prolongada conversación con su apacible amigo a la luz del crepúsculo, y que parecían clausurar el proceso poniendo la llave en su mano. Aquella llave, de oro puro, era sencillamente la lista cancelada. Despacio y con gran felicidad interpretaba en la profusión de su bienestar todas las ausencias concretas de las que estaba compuesto. Una tras otra tocaba, como quien dice, todas aquellas cosas sin las cuales el embeleso no era tal.
Lo que estaba más en deuda con tales cosas era el paraíso de su propia habitación: un aposento grande y hermoso, de forma cuadrada, completamente embellecido por descuidos, desde cuya altura podía echar una ojeada a un largo valle hasta un horizonte remoto, y en el cual recordaba vagamente y de manera grata alguna antigua pintura italiana, un Carpaccio o algún primitivo toscano, la representación de un mundo sin periódicos ni cartas, sin telegramas ni fotografías, sin el espantoso, fatal, demasiado. Allí, por suerte, podía leer y escribir; allí por encima de todo podía no hacer nada… podía vivir. Y había toda clase de libertades… siempre había la adecuada para cada ocasión en particular. Podía traerse un libro de la biblioteca… podía traerse dos, podía traerse tres. Un efecto producido por aquel lugar encantador era que, por alguna razón, nunca quería traerse más. La biblioteca era una bendición: alta, despejada y sencilla como todo lo demás, pero con algo, en toda la amplitud de su arcada, distinto, espléndido y alegre. Nunca olvidaría, lo sabía, el estremecimiento de percepción inmediata que sintió la primera vez que estuvo allí, una sola mirada alrededor fue suficiente para mostrarle que le concedería lo que había deseado durante años. No había sentido despreocupación, pero allí sí la sentía: la sensación de un gran cuenco de plata del que podía servirse mientras las horas se desvanecían. Se paseó de una pared a otra, demasiado gratamente en sintonía con aquella ocasión para sentarse exactamente o escoger; reconociendo únicamente de un estante a otro cada uno de aquellos viejos y queridos libros que había tenido que postergar o que nunca devolvió; cada una de aquellas voces profundas, diferentes, de otras épocas que en el barullo del mundo había tenido que dar por perdidas o no oídas. No tardó en volver, como es natural, volvía cada día; allí disfrutaba, de entre todos los momentos inusitados y extraños, de aquellos que eran a la vez más acelerados y más captados… momentos en los que cada percepción contaba el doble y cada acto de la mente era el abrazo de un amante. Fue el periodo de tiempo que, según pasaban los días, quizás le gustó más; aunque, por supuesto, sólo compartía con el resto del lugar, con cada aspecto al que su rostro se volvía, el poder de recordarle el cuidado magistral de todo el conjunto.
Había veces en que levantaba la vista del libro para perderse en el mero matiz de la imagen que nunca faltaba en cualquier momento y en cualquier ángulo. La imagen siempre estaba allí, pero se componía de cosas bastante corrientes. Estaba en la forma en que una ventana abierta en un gran hueco dejaba entrar la grata mañana; en la forma en que el aire seco avivaba ligeramente con su novedad el dorado de las viejas encuadernaciones; en la forma en que una silla vacía junto a una mesa sin papeles mostraba un volumen recién dejado; en la forma en que un alegre Hermano —tan independiente como uno mismo y ofreciendo su inocente espalda— se rezagaba ante una estantería haciendo pasar lentamente las páginas. Formaba parte de la impresión general que, por alguna ley extraordinaria, la visión de uno parecía provenir menos de los hechos que los hechos de la visión de uno; que los ingredientes se definían sobre la marcha por la necesidad del momento o la comprensión del mismo. Lo que más sugería esa reflexión era el grado en que Dane cobraba conciencia al poco rato de estar acompañado. Después de aquella conversación con el buen Hermano en el banco hubo otros buenos Hermanos en otros lugares… siempre había en el claustro o en el jardín alguna figura que se detenía si él se detenía y con la que un saludo se convertía, de la manera más fácil del mundo, en una muestra de la amenidad difusa y la ignorancia consagrada. Pues siempre, siempre, en todos los contactos, se disponía del bálsamo de un apropiado espacio en blanco. Lo que él había sentido la primera vez se repitió: el amigo era siempre distinto y sin embargo al mismo tiempo —eso era divertido, no molesto— sugería la posibilidad de que no podía ser sino uno antiguo pero cambiado. Eso era sencillamente delicioso… tan delicioso realmente en aquellas particulares condiciones concretas como podría haber sido lo contrario en las condiciones abolidas. Estas otras, las abolidas, le vinieron por fin a la memoria a Dane con tal facilidad que fue capaz de ponderar con exactitud cada discrepancia, pero con lo que finalmente se había visto obligado a odiar en ellas se le quitó el miedo a consecuencia de algo que había sucedido. Lo que había sucedido era que, en paseos y conversaciones tranquilas, el insondable sortilegio había surtido efecto y él había recobrado su alma. Para entonces su mano aligerada había tirado del largo hilo y en el extremo quedó pendiente aquel hecho. Fue capaz de cogerlo con la otra mano, pudo descolgarlo, una vez más lo tenía. Eso, cuando ocurrió, fue exactamente lo que había imaginado que debía haber dicho a un camarada con el que, una tarde en el claustro, se encontró paseando.
—Oh, llega… llega por sí mismo, ¿no es cierto, gracias a Dios?… ¡por el simple hecho de encontrar espacio y tiempo!
Seguramente el camarada era un novicio o se hallaba en una fase distinta a la suya; sea como fuere hubo una ligera envidia en el reconocimiento que irradiaba su rostro fatigado aunque vivificado.
—¿Así que le ha llegado a usted?… ¿ha conseguido lo que quería?
Ése era el cotilleo y el intercambio de impresiones que circulaba de aquí para allá. Hacía años, Dane había seguido un tratamiento de hidroterapia durante tres meses, y en esta escena había una divertida repetición de las conocidas preguntas de una cura de aguas, las preguntas que se hacían en la búsqueda periódica de la «reacción»… el malestar, los progresos de cada uno, el efecto en la piel y el estado del apetito. Tales recuerdos aparecían poco a poco a partir de entonces: todas las referencias familiares, todos los fáciles entretenimientos de la mente; y entre ellos, nuestros amigos, dando vueltas a la redonda, confraternizaron tan silenciosamente hasta que, parándose en seco de pronto, Dane, con una mano en el brazo de su acompañante, dejó escapar la más alegre carcajada que había soltado en toda su vida.
V
—¡Caramba, está lloviendo!
Y se quedó mirando el chapoteo del aguacero y el brillo de las hojas mojadas. Era una de esas lloviznas que sacan a relucir dulces olores.
—Pues sí… ¿por qué no? —preguntó su acompañante.
—Verá usted… porque tiene tanto encanto. Es tan apropiado efectivamente.
—Pero todo lo es. ¿No es precisamente por eso por lo que estamos aquí?
—Así es —dijo Dane—; sólo que he estado viviendo con la engañosa suposición de que, de un modo u otro, teníamos un clima.
—También yo, y me imagino que todos. ¿No es ésa la maldita moraleja… que vivimos de engañosos supuestos? Surgen aquí tan fácilmente, donde nada los contradice —el buen Hermano miró al frente apaciblemente… Dane pudo identificar en qué fase se encontraba—. Un clima no consiste en que no llueva nunca, ¿verdad?
—No, seguro que no. Pero de una forma u otra lo bueno que he conseguido se debe en parte a la gran ausencia natural de toda esa desavenencia en la que la cuestión del tiempo desempeña un papel fundamental… sin duda alguna se debe en gran medida a que he tomado aires de forma continua y natural.
—Ah, sí… eso no es una ilusión; pero quizás la sensación venga un poco de que vivimos en un medio más vacío. ¡Hay tan pocas cosas en él! Deja en paz a la gente, pase lo que pase, y es al aire a lo que se aficiona. A los espacios cerrados mal ventilados los tienen que llevar. Yo también tuve —creo que todos debemos tener— la vana sensación de estar en el sur.
—¡Pero imagínelo —dijo Dane, riendo— en nuestras queridas islas Británicas y estando tan cerca de Bradford!
Su amigo estaba bastante dispuesto a imaginar.
—¿De Bradford? —preguntó, completamente impasible—. ¿Cómo de cerca?
El regocijo de Dane aumentó.
—¡Oh, qué más da!
Su amigo, nada desconcertado, lo aceptó.
—Hay cosas que esclarecer… de otro modo sería aburrido. Me parece que es posible esclarecerlas.
—Eso es porque estamos bien dispuestos —dijo Dane.
—Exacto… encontramos cosas buenas en todo.
—En todo —continuó Dane—. Las condiciones establecen eso… nos determinan.
Reanudaron su paseo, lo cual era evidente que, por parte del buen Hermano, equivalía a estar de acuerdo en todo.
—¿No es probable, a decir verdad, que sean muy simples? —preguntó a continuación—. ¿No está el secreto en la simplificación?
—Sí, ¡pero aplicada con tacto!
—Eso es. La cosa es tan perfecta que está abierta a tantas interpretaciones como cualquier otra gran obra: un poema de Goethe, un diálogo de Platón, una sinfonía de Beethoven.
—¿Quiere usted decir que permanece callado —dijo Dane— y nos deja que le pongamos un nombre?
—Sí, pero todos cariñosos. Somos «huéspedes» de alguien… algún exquisito anfitrión o anfitriona que nunca se deja ver.
—Es la Casa de tócame Roque… sin lugar a dudas —asintió Dane.
—Sí… o una clínica de reposo.
A esto, sin embargo, Dane ponía reparos.
—Ah, eso, me parece a mí, no lo expresa ni mucho menos. Usted no estaba enfermo, ¿verdad? Estoy convencido de que no lo estaba realmente. ¡Tal como va el mundo, yo sólo estaba «terriblemente bien» en demasía!
El buen Hermano recapacitó.
—Pero ¿y si no podíamos seguir así?
—No podíamos controlarlo… ¡eso era lo que pasaba!
—Comprendo… comprendo —el buen Hermano suspiró con satisfacción; después de lo cual volvió a poner de manifiesto con buen humor—: ¡Es una especie de jardín de infancia!
—¡Acabará usted diciendo que somos niños de pecho!
—¿De una gran madre, bondadosa e invisible, que se extiende en el espacio y cuyo regazo es el valle entero…?
—¿Y su seno —Dane completó la imagen— la enorme prominencia de nuestra colina? Ya es suficiente; valdrá cualquier cosa que abarque la realidad esencial.
—¿Y a qué llama usted la realidad esencial?
—Pues que —como en los viejos tiempos a orillas de los lagos de Suiza— estamos en pension.
El buen Hermano volvió sobre ello con delicadeza.
—Lo recuerdo… lo recuerdo: ¡siete francos al día sin vino! Pero por desgracia aquí cuesta más de siete francos.
—Sí, bastante más —tuvo que confesar Dane—. Tal vez no sea barato precisamente.
—No obstante, ¿usted diría que es caro precisamente? —preguntó su amigo al cabo de un momento.
George Dane tuvo que pensarlo.
—¿Cómo saberlo, después de todo? ¿Qué práctica tiene uno en estimar lo inestimable? Que sea precisamente barato no es, por supuesto, la impresión que tenemos en general; pero ¿no acabamos por pensar de forma natural que debemos pagar un precio por algo tan terriblemente sensato?
El buen Hermano a su vez reflexionó.
—Acabamos por pensar que debemos pagar… que merece la pena.
—Oh, sí; ¡merece la pena! —repitió Dane con impaciencia—. Si no fuera así, no duraría. ¡Desde luego tiene que durar! —declaró.
—¿Para que podamos volver?
—Sí… ¡figúrese saber que seremos capaces de hacerlo!
Al llegar a este punto se detuvieron de nuevo, mirándose el uno al otro y pensándoselo o al menos fingiéndolo; pues lo que de verdad había en su mirada era pavor a perder la pista.
—Oh, cuando volvamos a quererlo, lo encontraremos —dijo el buen Hermano—. Si el lugar merece la pena, seguirá existiendo.
—Sí, eso es lo bueno; que, gracias a Dios, no sigue sólo por amor.
—Sin duda, sin duda; y sin embargo, gracias a Dios, hay también amor en él.
Se habían rezagado como si, con aquella brisa suave y húmeda, les hubiese hechizado el tamborileo de la lluvia y la forma en que el jardín la absorbía. Al poco tiempo, sin embargo, pareció más bien que estuvieran tratando de hablar abiertamente el uno al otro de un vago y pequeño temor. Veían la pasión creciente de vivir y la necesidad recurrente, y se preguntaban adecuadamente si regresar al frente cuando de repente les llegara su hora sería el fin del sueño. ¿Era tal vez un umbral que, en el fondo, sólo podía cruzarse en una dirección? Tenían que regresar al frente tarde o temprano… eso era cierto: a cada uno le llegaría su hora. La flor habría sido cogida y la baza jugada… la arena, en suma, habría seguido su curso.
Allí, en su lugar, había vida… con toda su pasión; volvía a conocer la vaga inquietud de la necesidad de acción, el revuelo de aquella facultad que había sido renovada y vuelta a consagrar. Ambos parecieron, así confrontados, cerrar los ojos un instante por vértigo; a continuación recobraron la paz y se oyó la confidencia del Hermano.
—¡Oh, nos encontraremos!
—¿Quiere usted decir aquí?
—Sí… y es posible que en el mundo también.
—Pero no lo reconoceremos o sabremos —dijo Dane.
—¿Quiere usted decir en el mundo?
—Ni en el mundo ni aquí.
—¿Ni un poco… ni siquiera un poquito, cree usted?
Dane lo consideró.
—Pues bien, en efecto, me parece mejor que permanezcamos unidos. Pero ya veremos.
Su amigo estuvo de acuerdo afortunadamente.
—Ya veremos.
Y al oír eso, el Hermano, como despedida, le tendió la mano.
—¿Se va usted? —preguntó Dane.
—No, pero creí que usted sí se iba.
Fue extraño, pero al llegar a este punto pareció que llegaba la hora de Dane… que su conciencia se concretaba.
—De acuerdo, me voy. Lo conseguí. ¿Usted se queda? —continuó.
—Un poco más.
Dane vaciló.
—¿Usted no lo ha conseguido todavía?
—No del todo… pero creo que estoy a punto.
—¡Muy bien! —Dane le retuvo la mano, le dio un último apretón, y en aquel momento el sol volvió a brillar tenuemente a través del aguacero, pero sin dejar de llover en el lado de acá y pareciendo repiquetear todavía más en plena claridad—. ¡Hala… qué precioso!
El Hermano miró por un momento desde debajo del elevado arco… a continuación se volvió de nuevo hacia su amigo. Esta vez dio su más largo suspiro de felicidad.
—¡Oh, todo está en orden!
Pero ¿cómo es que, se preguntó Dane al cabo de un rato, en el momento de la separación le retuvieron la mano tanto tiempo? ¿Cómo fue sino por un extraño fenómeno de cambio, producido allí mismo, en el rostro de su acompañante… cambio que le dio otra identidad, pero que iba en aumento y sobre todo le era mucho más familiar, una identidad no hermosa, sino cada vez más marcada, idéntica a la de su criado, a la más conspicua fisonomía del conocido decoro de Brown? Poco a poco abrió los ojos a ésa anomalía; no era su buen Hermano, era en verdad Brown el que le estrechaba la mano. Si sus ojos se habían abierto fue porque habían estado cerrados y porque Brown parecía creer que más le valdría despertarse. Dane se dio cuenta de todo eso, pero la consecuencia fue una recaída en las tinieblas, una nueva contracción de los párpados que se prolongó lo suficiente para dar tiempo a Brown, pensándoselo mejor, a retirar la mano y alejarse en silencio. De lo siguiente que tuvo conciencia Dane fue del deseo de asegurarse de que Brown se había marchado, y aquel deseo tuvo como consecuencia, en cierto modo, que la oscuridad se disipara. La oscuridad había desaparecido por completo cuando vislumbró que le daba la espalda una persona que estaba escribiendo en la mesa de su despacho. Reconoció una porción de un personaje que en alguna parte había descrito a alguien: los hombros diligentes de aquel joven que fracasó en su intento de desayunar conmigo aquella desgraciada mañana. Era extraño, reflexionó finalmente, pero aquel joven todavía seguía allí. ¿Cuánto tiempo se había quedado? ¿Días, semanas, meses? Estaba exactamente en la posición en la que Dane le había visto por última vez. Todo —lo cual era más extraño todavía— estaba exactamente en la misma posición; todo menos la luz de la ventana, que procedía de otra fuente y señalaba una hora distinta. Ya no era después del desayuno; era después… en fin, ¿después de qué? Contuvo un grito ahogado: era después de todo. Y sin embargo —bastante literalmente— no había más que dos diferencias. Una era que, si todavía seguía en el sofá, en aquellos momentos estaba tendido; la otra era el tamborileo en el cristal que le indicaba que la lluvia —la gran lluvia nocturna— había vuelto. ¿Era la lluvia nocturna, ya cuando la había oído por última vez? ¿Sólo dos minutos antes? Siendo así, ¿cuántos pasaron antes de que el joven de la mesa, que parecía enormemente ocupado, encontrara un momento para volver la cabeza hacia él y, al ver que tenía los ojos abiertos, levantarse y acercarse?
—Ha dormido usted todo el día —dijo el joven.
—¿Todo el día?
El joven consultó su reloj.
—Desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Estaba usted extraordinariamente cansado. Nada más dejarle solo, usted se ausentó.
Sí, fue eso; se había «ausentado»… ausentado, ausentado, ausentado. Todo empezaba a encajar: mientras él había estado ausente, el joven había estado presente. Pero quedaba algo por aclarar; Dane se tendió boca arriba.
—Todo ha terminado —continuó el joven.
—¿Todo?
Dane trató de entenderlo todo, pero estaba desconcertado y sólo pudo decir débilmente y sin que tuviera nada que ver con el asunto:
—¡He sido tan feliz!
—Yo también —dijo el joven. Decididamente era ésa la impresión que daba; y al verlo George Dane volvió a asombrarse, y en su asombro adivinó, en efecto, exactamente como otro rostro, completamente, de manera desconcertante, como el de otra persona. Cada uno de ellos era en cierta manera algún otro. Mientras se preguntaba cuál de ellos sería el joven, su benefactor, impresionado por su mirada suplicante, volvió a ponerse a vitorear: «¡Todo está en orden!». Eso respondió a la pregunta de Dane; el rostro era el del buen Hermano vuelto hacia él allí en el pórtico mientras escuchaban el susurro del chubasco. Todo era extraño, pero completamente agradable y claro, tan claro que las últimas palabras que llegaron a sus oídos —las mismas en los dos frentes— parecían proceder de una sola voz. Dane se levantó y echó una mirada alrededor de su habitación, que parecía libre de obstáculos, diferente, dos veces más grande. Todo estaba en orden.