País Relato - Autores

henry james

vuelta de tuerca

La historia nos había mantenido sin resuello, en torno al fuego, pero salvo la obvia observación de que era espantosa, como básicamente debe de serlo cualquier relato curioso contado en Nochebuena en una casa antigua, no recuerdo que se hiciera ningún otro comentario hasta que a alguien se le ocurrió señalar que era el único caso que había conocido en que un niño hubiese sido sometido a una prueba de aquella índole. Se trataba, si se me permite mencionarlo, de una aparición en una casa antigua, como la que nos había reunido en esa ocasión… una aparición horrible a un muchachito que dormía en la habitación de su madre y que la despertó aterrado; no la despertó para que disipara su temor y lo tranquilizara a fin de que volviera a conciliar el sueño, sino para que, antes de que lograra hacerlo, también ella se enfrentara a la misma visión que lo había sobresaltado. Fue aquella observación lo que incitó a Douglas —⁠no de inmediato sino más tarde, aquella misma noche⁠— a dar una respuesta que produjo el interesante resultado sobre el cual les llamo la atención. Alguien más contó una historia no especialmente impresionante, que advertí que él no atendía. Lo interpreté como una señal de que tenía algo que aportar y que lo único que debíamos hacer era esperar. A decir verdad esperamos otras dos noches más; pero aquella misma velada, antes de que cada cual se fuera por su lado, sacó a relucir lo que tenía en la mente.
—Estoy completamente de acuerdo —⁠en lo referente al fantasma de Griffin o lo que fuera⁠— en que el hecho de que se apareciese primero al niño, a tan corta edad, le añade un toque especial. Pero no es el primer caso de tan encantadora índole en el que se ha visto involucrado un niño. Si la implicación de un niño le da a la historia otra vuelta de tuerca, ¿qué dirían ustedes de dos niños?
—Diríamos, por supuesto —exclamó alguien⁠— ¡que dos niños le dan dos vueltas! Y también que queremos enterarnos de lo que les pasó.
Todavía estoy viendo a Douglas delante del fuego; se había levantado para ponerse de espaldas a él y miraba hacia abajo a aquel contertulio con las manos en los bolsillos.
—Hasta ahora nadie salvo yo ha oído esa historia. Es demasiado horrible.
Por supuesto, varias voces declararon que aquello daba mayor valor al asunto, y nuestro amigo, con moderada habilidad, preparó su triunfo paseando su mirada sobre todos nosotros y prosiguió:
—Es algo increíble. No conozco nada que se le aproxime.
—¿De puro terror? —recuerdo que pregunté.
Pareció decirme que no era tan sencillo como eso; realmente no sabía cómo calificarlo. Se pasó una mano por los ojos y puso mala cara.
—De lo espantoso que es… ¡Qué horror!
—¡Oh, qué delicia! —exclamó una de las mujeres.
No le prestó atención; me miró, como si, en lugar de verme a mí, estuviera viendo aquello de lo que hablaba.
—Por la pavorosa fealdad y el horror y el sufrimiento que trajo consigo.
—Pues entonces —le dije—, siéntese y empiece a contar.
Se volvió hacia el fuego, dio un puntapié a un leño y lo contempló durante unos instantes. Luego volvió a mirarnos.
—No puedo empezar. Tengo que pedir que me lo manden de la ciudad.
Al oír aquello hubo un gruñido unánime y muchos reproches, después de lo cual explicó con el mismo aire preocupado:
—La historia está escrita. Se encuentra en un cajón cerrado con llave, de donde no ha salido desde hace años. Podría escribir a mi criado y adjuntarle la llave; él podría enviarme el paquete tal como lo encuentre.
Parecía proponérmelo a mí concretamente… casi daba la impresión de que solicitaba mi ayuda para decidirse. Había roto la capa de hielo que había dejado que se formara a lo largo de muchos inviernos; había tenido sus razones para un silencio tan largo. Los otros tomaron a mal el aplazamiento, pero lo que a mí me cautivó fue precisamente sus escrúpulos. Le imploré que enviara la carta con el primer correo y convinimos una audición lo antes posible; luego le pregunté si la experiencia en cuestión la había tenido él personalmente. Su respuesta fue inmediata.
—¡Oh, no, a Dios gracias, no!
—¿Y es suyo el testimonio? ¿Fue usted quien tomó nota del asunto?
—Solamente la impresión que me produjo. Aquí la tengo —⁠y se golpeó ligeramente el corazón⁠—. Nunca la he perdido.
—Así que su manuscrito…
—Está escrito con tinta descolorida y una preciosa caligrafía —⁠volvió a detenerse⁠—. De una mujer. Que murió hace veinte años. Me envió las páginas en cuestión antes de morir.
Todos le estaban escuchando y como es natural hubo alguien que se las dio de listo, o al menos sacó alguna conclusión. Pero Douglas la eludió sin una sonrisa aunque también sin irritarse.
—Era una persona encantadora, aunque diez años mayor que yo. Era institutriz de mi hermana —⁠dijo en voz baja⁠—. Era la mujer más agradable que he conocido con esa profesión; habría sido digna de cualquier otra. De esto hace ya tiempo y este episodio ocurrió mucho antes. Yo estaba en el Trinity y la conocí cuando volví a casa el verano del segundo curso. Aquel año me quedé mucho tiempo allí… hizo un tiempo magnífico; y en sus horas libres dimos algunos paseos juntos y conversamos en el jardín… conversaciones en las que me pareció muy inteligente y simpática. Oh, sí, no se rían ustedes: me gustaba muchísimo y todavía me alegra pensar que yo también le agradaba a ella. De no haber sido así, no me habría contado la historia. Nunca se la había contado a nadie. No fue simplemente que ella me lo dijera, me di cuenta de que no lo había hecho. Estaba seguro; lo comprendí. Entenderán perfectamente el porqué cuando la escuchen.
—¿Por lo alarmante que fue el asunto?
Siguió mirándome fijamente.
—Lo comprenderán fácilmente —⁠repitió⁠—. No les quepa la menor duda.
Yo también lo miré fijamente.
—Ya comprendo. Estaba enamorada.
Por primera vez se echó a reír.
—Es usted perspicaz. Sí, estaba enamorada. Es decir: lo había estado. Saltaba a la vista… no podía contar la historia sin que aquello saltara a la vista. Lo comprendí, y ella comprendió que yo lo había comprendido; pero ninguno de los dos hablamos de ello. Recuerdo el momento y el lugar… la esquina del césped, la sombra de las grandes hayas y la larga y calurosa tarde de verano. No era un escenario propicio para estremecerse; y sin embargo…
Se apartó del fuego y se dejó caer en su sillón.
—¿Recibirá el paquete el jueves por la mañana? —⁠le pregunté.
—No es probable que llegue antes del correo de la tarde.
—Pues entonces, después de cenar…
—¿Se reunirán todos aquí conmigo?
Nos volvió a mirar.
—¿No se va nadie?
Lo dijo casi como si lo esperase.
—¡Nos quedaremos todos!
—Yo me quedaré… ¡y yo! —⁠exclamaron las señoras que ya habían anunciado su partida. Mrs. Griffin, no obstante, expresó que necesitaba algunas aclaraciones más.
—¿De quién estaba enamorada?
—La historia lo dirá —me encargué de responder.
—¡Yo no puedo esperar tanto!
—La historia no lo dirá —⁠dijo Douglas⁠—; al menos de una manera literal y corriente.
—Tanto peor entonces. Es la única manera de que pueda entenderlo.
—¿No nos lo dirá usted, Douglas? —⁠preguntó alguien.
De nuevo se levantó de un salto.
—Sí… mañana. Ahora debo acostarme. Buenas noches.
Y agarrando rápidamente una palmatoria, se fue dejándonos algo perplejos. Desde el fondo del gran salón marrón en donde nos encontrábamos oímos sus pasos en la escalera; después de lo cual Mrs. Griffin tomó la palabra.
—En fin, si no sé de quién estaba enamorada ella, sí sé de quién lo estaba él.
—Ella era diez años mayor —⁠dijo su marido.
—Raison de plus… ¡a esa edad! Pero tan prolongada reserva es bastante amable por su parte.
—¡Cuarenta años! —añadió Griffin.
—Con aquel arrebato final.
—El arrebato —repliqué— nos proporcionará una extraordinaria oportunidad el jueves por la noche.
Y todos estuvieron de acuerdo conmigo en que en vista de aquello perdimos interés por todo lo demás. La última historia, aunque incompleta y con aspecto de primera entrega de un serial, se había contado ya; nos estrechamos las manos y «estrechamos nuestras palmatorias», como dijo alguien, y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente supe que una carta que contenía la llave había salido con el primer correo con destino al piso que Douglas tenía en Londres; pero a pesar de la eventual difusión de la noticia —⁠o quizás precisamente a causa de ello⁠— lo dejamos en paz hasta después de la cena, en realidad hasta ese momento de la noche que más parecía convenir al tipo de emociones en que teníamos puestas nuestras esperanzas. Entonces se mostró tan comunicativo como podíamos desear, y es más: nos explicó el motivo que tenía para ello. Lo hizo de nuevo en el salón, ante el fuego, donde la noche anterior tanto nos había asombrado. Al parecer, el relato que había prometido leernos requería realmente, para su correcta comprensión, unas cuantas palabras de introducción. Permítaseme decir aquí claramente, para acabar de una vez, que esta narración, extraída de una transcripción textual que hice mucho tiempo después, es la que voy a ofrecerles ahora. El pobre Douglas, antes de su muerte —⁠cuando ya la vislumbraba⁠—, me confió el manuscrito que le llegó el tercero de aquellos días y que, en el mismo sitio, empezó a leer, con un impacto enorme, a nuestro reducido y silencioso círculo en la noche del cuarto. Las señoras a punto de marcharse que habían dicho que se quedarían, gracias a Dios, no se quedaron: se fueron, como consecuencia de planes anteriores, muertas de curiosidad, según manifestaron, motivada por los detalles con los que ya nos había intrigado. Pero aquello sólo consiguió que el pequeño auditorio resultante fuese más compacto y selecto, y que permaneciera alrededor de la chimenea sujeto a una emoción compartida.
El primero de aquellos detalles daba a entender que el resumen escrito retomaba la historia cuando ésta, en cierto modo, ya había empezado. Por tanto era preciso estar al corriente de que su vieja amiga, la menor de varias hijas de un humilde párroco rural, dispuesta a prestar servicio como aya a la edad de veinte años, marchó a Londres algo turbada para responder personalmente a un anuncio tras haber mantenido una breve correspondencia con el anunciante. Al presentarse para la entrevista en una casa de Harley Street que la impresionó por lo grande e imponente que era, esta persona destinada a ser su patrón resultó ser un caballero, un soltero en la flor de la vida, un personaje como nunca se le había aparecido, salvo en sueños o en una novela antigua, a la chica nerviosa y preocupada salida de una casa parroquial de Hampshire. No es difícil imaginarlo; afortunadamente es un tipo que nunca desaparece. Era apuesto, descarado, simpático, desenvuelto, alegre y amable. Inevitablemente, le pareció galante y espléndido, pero lo que más la cautivó y le inspiró el valor que más tarde mostró fue que le planteara todo el asunto como un favor a él, por el que se comprometía a estarle siempre agradecido. Supuso que era rico, aunque terriblemente derrochador; lo veía envuelto en una aureola de elegancia de última moda, belleza, costosas costumbres y modales encantadores con las mujeres. Residía en Londres en una gran mansión llena de botines de viajes y de trofeos de caza; pero era a su casa de campo, la antigua residencia de su familia en Essex, adonde quería que ella fuese inmediatamente.
A la muerte de sus padres en la India, había quedado como tutor de dos sobrinitos, niño y niña, hijos de un hermano militar, fallecido dos años antes. Aquellos niños, que habían caído en sus manos por la más inesperada de las casualidades, eran una carga muy pesada para un hombre en su situación… un hombre solitario sin la menor experiencia en la materia y ni una pizca de paciencia. Todo ello le había ocasionado una gran preocupación y sin duda le había hecho cometer una serie de errores garrafales, pero sentía una enorme lástima por aquellos pobres chavales y había hecho todo lo que podía; en concreto los había enviado a su otra casa, ya que el campo era, por supuesto, el sitio más adecuado para ellos, y desde el principio los confió al personal más idóneo que pudo encontrar, desprendiéndose incluso de sus propios criados para que los atendieran y acudiendo él mismo, siempre que podía, a ver qué tal lo estaban haciendo. El mayor inconveniente era que los niños prácticamente no tenían otros parientes y a él sus asuntos le ocupaban todo el tiempo. Los había instalado en Bly, que era un lugar saludable y seguro, y había puesto al frente de su reducido personal —⁠aunque sólo de la servidumbre⁠— a una mujer excelente, Mrs. Grose, antigua doncella de su madre, que estaba seguro de que le gustaría a la visitante. Era ama de llaves y de momento se estaba encargando también de supervisar a la niña, a quien, por suerte, había tomado mucho cariño, al carecer ella de hijos propios. Había personal más que suficiente, pero, por supuesto, la joven que iba a desempeñar las funciones de institutriz sería la máxima autoridad. Durante las vacaciones tendría también que ocuparse del niño —⁠que, a pesar de ser muy pequeño, estaba interno en un colegio desde hacía un trimestre, pero ¿qué otra cosa podía hacerse?⁠—, el cual regresaría de un día a otro, ya que las vacaciones estaban a punto de comenzar. Al principio se había encargado de los dos niños una joven que habían tenido la desgracia de perder. Era una persona muy respetable y se había ocupado maravillosamente de ellos hasta que murió, grave inoportunidad que precisamente no dejó otra alternativa que el internamiento del pequeño Miles en un colegio. Desde entonces, Mrs. Grose había hecho todo lo que podía por Flora, en cuanto a modales y ropa; y además tenían una cocinera, una doncella, una ordeñadora, un viejo poni, y un mozo de cuadra y un jardinero también ancianos, todos ellos asimismo absolutamente respetables.
Cuando Douglas había llegado a aquel punto de su descripción alguien hizo una pregunta.
—¿Y de qué murió la anterior institutriz? ¿De tanta respetabilidad?
Nuestro amigo respondió inmediatamente.
—Ya llegaremos a eso. No quiero anticiparme.
—Perdóneme… pensé que era precisamente eso lo que estaba usted haciendo.
—De haber sido yo su sucesora —⁠sugerí⁠—, me habría gustado saber si el cargo llevaba consigo…
—¿Un inevitable peligro de muerte?
Douglas concluyó lo que yo estaba pensando.
—Quiso saberlo y lo supo. Mañana se enterarán ustedes de lo que averiguó. Mientras tanto, como es natural, el panorama le pareció un tanto desagradable. Era joven, inexperta, miedosa: imaginaba pesados deberes y poca compañía, una soledad realmente grande. Vaciló… se tomó un par de días para consultar y pensárselo. Pero el sueldo ofrecido sobrepasaba con mucho sus modestas pretensiones, y en una segunda entrevista afrontó las consecuencias y aceptó el cargo.
Y dicho esto, Douglas hizo una pausa que, en beneficio de la concurrencia, me indujo a añadir:
—La moraleja que se desprende es que, por supuesto, aquel joven espléndido ejercía una seducción a la que ella sucumbió.
Douglas se levantó y, como había hecho la noche anterior, se acercó a la chimenea, atizó un leño con el pie, y permaneció un momento de espaldas a nosotros.
—Lo vio sólo dos veces.
—Sí, pero es precisamente lo más hermoso de su pasión.
Al oír aquello, Douglas se volvió hacia mí, lo cual me sorprendió un poco.
—Sí, fue lo más hermoso. Hubo otras que no habían sucumbido —⁠prosiguió⁠—. Él le habló francamente de sus dificultades… le dijo que a varias candidatas las condiciones les habían parecido inaceptables. Por alguna razón, sencillamente se asustaron. Les parecía un trabajo aburrido… raro; sobre todo debido a su principal condición.
—¿Cuál era?
—Que no debería molestarlo nunca… nunca jamás: ni recurrir a él, ni quejarse, ni escribirle bajo ningún concepto; debía enfrentarse ella misma a todos los problemas, recibir todo el dinero de su abogado, hacerse cargo de todo y dejarle a él tranquilo. Ella prometió hacer todo eso y me contó que, por un momento, cuando, aliviado y encantado, él le tendió la mano, dándole las gracias por el sacrificio, se sintió ya recompensada.
—Pero ¿fue esa toda su recompensa? —⁠preguntó una de las señoras.
—Nunca más volvió a verlo.
—¡Oh! —dijo la señora.
Y, como nuestro amigo volvió a marcharse inmediatamente, aquélla fue la única aportación importante sobre el tema hasta que, la noche siguiente, sentado en su mejor sillón junto a una esquina de la chimenea, abrió la descolorida tapa roja de un delgado álbum de cantos dorados pasado de moda. La lectura completa nos llevó, a decir verdad, más de una noche, pero a la primera ocasión la misma señora hizo otra pregunta.
—¿Cómo ha titulado la historia?
—No le he puesto ningún título.
—¡A mí se me ocurre uno! —⁠dije.
Pero Douglas, sin prestarme atención, había empezado a leer con una admirable claridad que traducía al oído toda la belleza de la caligrafía de la autora.
I
Recuerdo todo el principio como una sucesión de altibajos, un vaivén de emociones contrapuestas. Después de decidirme a aceptar su súplica, pasé, en cualquier caso, un par de días muy malos en la ciudad; me di cuenta de que todas mis dudas surgían de nuevo, es más: tuve la impresión de que había cometido un error. En aquel estado de ánimo pasé las largas horas en la traqueteante diligencia que cogía todos los baches, la cual me condujo hasta la parada donde me recogería un vehículo enviado de la casa. Me dijeron que ya habían encargado aquel medio de transporte y, al atardecer de aquel día de junio, comprobé que me estaba esperando un cómodo cabriolé con pescante. Al viajar a aquella hora, en un día precioso, a través de la campiña cuya tibieza estival parecía brindarme una acogedora bienvenida, recobré la entereza y, cuando entramos en el paseo arbolado que accedía a la mansión, sentí un alivio que probablemente no era más que una prueba de hasta qué punto me había venido abajo. Me imagino que había esperado, o temido, algo tan lóbrego que el espectáculo que se ofreció a mi vista me sorprendió gratamente. Recuerdo la agradable impresión que me produjeron la amplia y despejada fachada, sus ventanas abiertas con las cortinas nuevas y un par de doncellas asomadas; recuerdo el césped y las alegres flores y el crujido de las ruedas en la grava y las arracimadas copas de los árboles por encima de las cuales los grajos daban vueltas y graznaban en el cielo dorado. El escenario era de una grandeza que no tenía nada que ver con mi modesto hogar, y en seguida apareció en la puerta una persona muy educada, que llevaba a una niña de la mano y me recibió con una reverencia tan cortés como si fuera yo la señora de la casa o una visita distinguida. En Harley Street había recibido una impresión más somera y, cuando lo recordé, aquello me hizo pensar que su propietario era todavía más caballeroso, y me sugirió que allí iba a disfrutar mucho más de lo que él me había prometido.
Mi ánimo no volvió a decaer hasta el día siguiente, pues sobrellevé estupendamente las horas que siguieron gracias a que me presentaron a la más joven de mis pupilos. La niñita que acompañaba a Mrs. Grose me pareció en el acto una criatura tan encantadora que sería una gran suerte tener que tratar con ella. Era la niña más guapa que había visto en mi vida y más tarde me pregunté por qué mi patrón no había hecho más hincapié en ello. Dormí poco aquella noche: estaba demasiado nerviosa; y recuerdo que aquello también me asombró, que no se me iba de la cabeza, sumándose a la sensación que tenía de que me trataban con gran generosidad. Mi amplia e impresionante habitación, una de las mejores de la casa, la gran cama con dosel, que encontraba lujosa, los cortinajes estampados, los grandes espejos en los que, por primera vez, podía verme de cuerpo entero, todo ello me pareció, lo mismo que el maravilloso atractivo de la pequeña a mi cargo, otros tantos regalos añadidos. Como también me lo pareció, desde el primer momento, que me llevara bien con Mrs. Grose, pues me temo que le había dado demasiadas vueltas en la cabeza a aquella relación durante mi viaje en la diligencia. Lo cierto es que lo único que podría haberme echado atrás de esta primera impresión fue lo desmesuradamente contenta que se puso al verme. Al cabo de media hora me di cuenta de que aquella mujer corpulenta, sencilla, franca, limpia y saludable, estaba tan contenta que realmente procuraba que no se le notara demasiado. Incluso entonces me extrañó un poco que no quisiera mostrar su alegría, y si hubiera reflexionado sobre ello, con un poco de suspicacia, podría haberme inquietado por supuesto.
Pero era un consuelo que no pudiera haber la menor inquietud en relación a algo tan beatífico como la radiante imagen de mi niñita, cuya belleza angelical tenía probablemente que ver más que cualquier otra cosa con el desasosiego que, antes del amanecer, me hizo levantar de la cama varias veces y vagar por la habitación para hacerme una idea más completa de la situación y de mis perspectivas; para observar desde mi ventana abierta la tenue aurora estival, examinar lo que pudiese captar del resto de la casa, y escuchar, mientras comenzaban a gorjear los primeros pájaros en la oscuridad que se desvanecía, la posible repetición de uno o dos sonidos, menos naturales y procedentes no de fuera sino de dentro de la casa, que creía haber oído. Hubo un momento en que creí reconocer, débil y lejano, el grito de un niño; y otro en el que me desperté sobresaltada pues me pareció oír unos leves pasos en el pasillo delante de la puerta de mi habitación. Pero tales sensaciones no eran lo bastante nítidas para que no las rechazara, y únicamente a la luz, o más bien a la penumbra, debería decir, de otros hechos posteriores, me vienen ahora a la memoria. Cuidar, enseñar, «formar» a la pequeña Flora serían motivos más que suficientes para llevar una vida feliz y provechosa. Habíamos acordado entre nosotras que después de aquella primera noche la niña dormiría conmigo por norma, y con tal propósito ya habían dispuesto su camita blanca en mi habitación. Me habían encargado que me ocupara exclusivamente de ella, y si se había quedado por última vez con Mrs. Grose fue únicamente en consideración a mi inevitable desconocimiento del lugar y a su timidez natural. A pesar de esa timidez —⁠sobre la que la propia niña, de la manera más extraña del mundo, había sido totalmente franca y valerosa, permitiendo, sin la menor señal de incomodidad, con la rigurosa y afable serenidad de uno de los angelicales niños de Rafael, que habláramos de ella, se la atribuyéramos y tomáramos una determinación⁠— yo estaba plenamente segura de que no tardaría en gustarle. La simpatía que ya sentía por Mrs. Grose se debía en parte a la complacencia que pude ver que sintió ante mi admiración y asombro cuando nos sentamos a cenar con cuatro velas grandes y mi pupila, en una silla alta y con babero, me miraba intensamente entre las velas por encima del pan y la leche. Como es natural, había cosas que en presencia de Flora sólo podíamos comunicarnos mediante miradas de asombro y satisfacción, y alusiones oscuras e indirectas.
—Y el niño… ¿se parece a ella? ¿Es también tan extraordinario?
Ambas coincidíamos en que no se debía halagar en demasía a los niños.
—Ah, señorita, de lo más extraordinario. ¡Si tiene tan buena opinión de ésta!
Y se quedó allí con un plato en la mano, sonriendo a nuestra acompañante, que nos miró a una y a otra con una plácida y celestial expresión en los ojos, en la que no había nada que nos indujera a detenernos.
—¿Que si tengo buena opinión de ella?; claro que sí.
—¡Entonces le embelesará el joven caballero!
—Bueno, para eso he venido, creo yo… para embelesarme. Me temo, sin embargo —⁠recuerdo haber sentido el impulso de añadir⁠—, que me dejo embelesar demasiado fácilmente. ¡Ya me ocurrió en Londres!
Todavía puedo ver el ancho rostro de Mrs. Grose al comprender lo que le decía.
—¿En Harley Street?
—En Harley Street.
—Bueno, no es usted la primera, señorita… y no será la última.
—Oh, no pretendo ser la única —⁠fui capaz de reírme al decir aquello⁠—. De todos modos, mi otro pupilo, tengo entendido, regresa mañana, ¿no es así?
—Mañana no: el viernes, señorita. Llegará, como usted, en la diligencia, al cuidado del guarda, e irá a recogerlo el mismo carruaje que a usted.
Inmediatamente quise saber si no sería, por consiguiente, lo más adecuado, así como cordial y amable, que yo fuera con su hermanita a esperar la llegada del transporte público; una proposición a la que Mrs. Grose asintió de tan buen grado que hasta cierto punto tomé su actitud como una especie de reconfortante promesa —⁠jamás desmentida, ¡gracias a Dios!⁠— de que estaríamos completamente de acuerdo en todo. ¡Oh, sí, se alegraba de que yo estuviera allí!
Supongo que lo que sentí al día siguiente no puede decirse honradamente que fuese una reacción al júbilo de mi llegada; probablemente fue a lo sumo un ligero agobio producido por una ponderación más exacta de las proporciones de mi nueva situación, a medida que recorría el lugar, lo contemplaba y lo asimilaba. Era de una extensión y una magnitud para las que no estaba preparada y ante ellas me sentí de pronto un poco asustada aunque a la vez orgullosa. Con aquella excitación, las lecciones salieron ciertamente perjudicadas; pensé que mi primer deber era ganarme su confianza por los medios más amables que pudiera ingeniarme. Pasé el día con ella al aire libre; decidimos, con gran satisfacción por su parte, que sería ella, sólo ella, quien me mostrase el edificio. Me lo mostró paso a paso, habitación por habitación, secreto por secreto, con sus divertidos y deliciosos comentarios infantiles, con el resultado de que, al cabo de media hora, nos habíamos convertido en formidables amigas. Dado que era una niña, me sorprendió, durante nuestro recorrido, su confianza y valor, la manera en que, en aposentos vacíos y pasillos sombríos, por escaleras tortuosas, que me hicieron detenerme, e incluso en lo más alto de un viejo torreón cuadrado con matacanes que me dio vértigo, seguía oyendo su melodiosa charla, y me seducía su disposición a contarme muchas más cosas de las que yo preguntaba. No he vuelto a ver Bly desde el día en que lo abandone, y me atrevería a decir que a mis ojos más viejos y experimentados les parecería ahora un lugar mucho menos impresionante. Pero mientras mi pequeña guía, con sus cabellos de oro y su bata azul, saltaba delante de mí por las esquinas y correteaba por los pasillos, tuve la impresión de encontrarme en un castillo de fábula, habitado por un duendecillo de color de rosa, un lugar que, para variar un poco, parecía salido, en alguna medida, de un libro infantil o de un cuento de hadas. ¿No sería sencillamente que me había quedado dormida con un libro de cuentos y estaba soñando? No; era una casa grande, fea y antigua, aunque cómoda, que incluía algunos detalles arquitectónicos de un edificio todavía más antiguo, en parte desplazado y en parte utilizado, en el cual tenía la impresión de que nos hallábamos casi tan perdidas como un puñado de pasajeros en un gran barco a la deriva. ¡Y, sorprendentemente, era yo quien llevaba el timón!
II
Me acordé de ello cuando, dos días más tarde, me fui en coche con Flora a recibir al joven caballero, como lo llamaba Mrs. Grose; y sobre todo por un incidente, ocurrido la segunda noche, que me desconcertó sumamente. El primer día había sido, en conjunto, tranquilizador, como he dicho; pero antes de que terminase iba a ver cómo cambiaba de registro. Aquella tarde la saca del correo, que llegó con retraso, contenía una carta dirigida a mí con letra de mi patrón, que, sin embargo, comprobé que no incluía más que unas pocas palabras para adjuntar otra, dirigida a él, con el sello todavía intacto.
«Por la letra reconozco que es del director del colegio, que es un tremendo pelmazo. Léala, por favor; y entiéndase con él; pero no se moleste en informarme. Ni una palabra. ¡Me voy!».
Rompí el sello con gran esfuerzo… tan grande que me llevó mucho tiempo hacerlo; me llevé a mi habitación la misiva sin abrir y no quise enfrentarme a su contenido hasta justo antes de acostarme. Habría sido mejor dejarlo para la mañana del día siguiente, pues pasé otra noche sin dormir. Sin nadie a quien pedir consejo, al día siguiente me invadió la angustia; y finalmente no pude resistir más y decidí sincerarme al menos con Mrs. Grose.
—¿Qué significa esto? Han despedido al niño del colegio.
Me lanzó una peculiar mirada que noté en seguida; luego, con rápido y visible desconcierto, pareció tratar de retirarla.
—Pero ¿no dan permiso a todos?
—Sí… los mandan a casa. Pero sólo durante las vacaciones. Miles no podrá regresar nunca más.
Al darse cuenta de que la observaba, deliberadamente enrojeció.
—¿No volverán a admitirlo?
—Se niegan rotundamente.
Al oír aquello alzó los ojos, que había apartado de mí; los vi llenos de lágrimas.
—¿Qué ha hecho?
Traté de encontrar las palabras; luego juzgué preferible entregarle la carta sencillamente, lo cual, no obstante, dio por resultado que ella, en lugar de cogerla, simplemente escondió las manos. Negó con la cabeza de manera lamentable.
—Esas cosas no son para mí, señorita.
¡Mi consejera no sabía leer! Me estremecí al darme cuenta de mi error, que traté de disimular lo mejor que pude abriendo la carta para leérsela en voz alta; luego me arrepentí y, tras doblarla de nuevo, volví a guardármela en el bolsillo.
—¿Es realmente malo?
Todavía tenía lágrimas en los ojos.
—¿Lo dicen esos caballeros?
—No entran en detalles. Simplemente se disculpan porque es imposible que el niño continúe en el colegio. Eso sólo puede significar una cosa.
Mrs. Grose escuchó conteniendo la emoción y se abstuvo de preguntarme qué podía significar; de modo que, en seguida, para darle al asunto un poco de coherencia sin más ayuda que su sola presencia, proseguí:
—Dicen que es un perjuicio para los demás.
Al oír aquello, estalló súbitamente, con uno de esos cambios rápidos propios de la gente sencilla.
—¡El señorito Miles!… ¿él, un perjuicio?
Había tanta buena fe en sus palabras que, aunque yo no había visto todavía al niño, mis propios temores me incitaron a considerar lo absurdo de aquella idea. Para mostrar mi solidaridad, al punto me vi expresando a mi amiga el siguiente comentario sarcástico.
—¡Para sus pobres e inocentes compañeros!
—¡Es demasiado espantoso decir cosas tan crueles! —⁠exclamó Mrs. Grose⁠—. Pero si apenas tiene diez años.
—Sí, sí; es increíble.
Era evidente que me agradecía semejante declaración.
—Primero, véalo, señorita. Luego, créaselo.
Inmediatamente sentí una nueva impaciencia por verlo; fue el comienzo de una curiosidad que, durante las siguientes horas, iba a alcanzar una intensidad casi penosa. Mrs. Grose era consciente, pude advertir, del efecto que me habían producido sus palabras, y sacó provecho descaradamente.
—Otro tanto podría usted creer de la jovencita. Dios la bendiga —⁠añadió un instante después⁠—. ¡Mírela!
Me volví y vi que Flora, a quien diez minutos antes había dejado sentada en el aula con una hoja de papel en blanco, un lápiz y una plana de preciosas «oes redondas», estaba a la vista delante de la puerta abierta. A su manera mostraba una extraordinaria despreocupación por las tareas que consideraba desagradables, pero me miraba, sin embargo, con una expresión tan infantil que parecía manifestar que aquello se debía únicamente al afecto que había concebido hacia mi persona, el cual le había obligado a seguirme. No necesité más para darme cuenta de toda la fuerza de la comparación de Mrs. Grose y, tomando en brazos a mi pupila, la cubrí de besos mezclados con un sollozo de desagravio.
A pesar de todo, durante el resto del día esperé otra ocasión para acercarme a mi colega, sobre todo cuando, hacia el atardecer, empecé a sospechar que más bien trataba de evitarme. Recuerdo que la alcance en la escalera; bajamos juntas y en el último peldaño la retuve, agarrándola del brazo con una mano.
—Considero lo que me dijo al mediodía como una declaración de que usted nunca lo ha visto portarse mal.
Mrs. Grose echó hacia atrás la cabeza; para entonces era evidente que de verdad había adoptado una actitud.
—Oh, que nunca lo haya visto… ¡no pretendí decir eso!
De nuevo estaba desconcertada.
—Entonces ¿lo ha visto…?
—Por supuesto que sí, señorita, ¡gracias a Dios!
Pensándolo bien, acepté aquella afirmación.
—¿Quiere usted decir que un niño que nunca…?
—Para mí no es un niño.
La agarré con más fuerza.
—¿Le gusta a usted que los niños tengan carácter y sean traviesos? —⁠Y en seguida, anticipándome a su respuesta, proseguí⁠—: ¡A mí también! —⁠puse de manifiesto entusiásticamente⁠—. Pero no hasta el punto de contaminar…
—¿Contaminar?
Aquella palabra altisonante la dejó desorientada. Se la expliqué.
—Corromper.
Me miró fijamente, comprendiendo a qué me refería; pero le produjo una extraña risa.
—¿Tiene usted miedo de que él pueda corromperla?
Hizo la pregunta con tanta gracia y descaro que no tuve más remedio que reírme, sin duda un poco tontamente, por miedo a hacer el ridículo.
Pero al día siguiente, cuando se acercaba ya la hora de irme en el carruaje, la abordé en otra parte de la casa.
—¿Cómo era la mujer que estuvo aquí antes?
—¿La última institutriz? Era también joven y bonita… casi tan joven y tan bonita como usted, señorita.
—¡Ah, entonces espero que su juventud y su belleza le hayan facilitado las cosas! —⁠recuerdo que improvisé⁠—. ¡Parece que le gustamos jóvenes y guapas!
—Desde luego —asintió Mrs. Grose⁠—: ¡Así es como le gustaban!
Nada más decir aquello se interrumpió.
—Quiero decir que así le gustan… al patrón.
Aquello me sobrecogió.
—Pero ¿a quién se refería usted antes?
Se quedó mirándome con una expresión vaga, pero se puso colorada.
—A él, por supuesto.
—¿Al señor?
—¿A quién iba a ser?
Era tan evidente que no podía referirse a nadie más, que un instante después dejé de tener la impresión de que me había dicho involuntariamente más de lo que pretendía; y sólo le pregunté lo que quería saber.
—¿Vio ella algo en el chico…?
—¿Que no estuviera bien? Nunca me lo dijo.
Tuve un escrúpulo pero lo superé.
—¿Era cuidadosa… exigente?
Parecía que Mrs. Grose trataba de ser concienzuda.
—En algunas cosas… sí.
—Pero no en todas, ¿no es cierto?
Volvió a pensárselo.
—Verá usted, señorita… ha muerto. No me gusta contar chismes.
—Comprendo perfectamente sus sentimientos —⁠me apresuré a responder; pero en seguida pensé que aquello no era obstáculo para que pudiera preguntarle algo más.
—¿Murió aquí?
—No… se marchó.
No sé por qué me pareció que en la concisión de Mrs. Grose había cierta ambigüedad.
—¿Se marchó para morir?
Mrs. Grose no apartaba los ojos de la ventana, pero a mí me parecía que, hipotéticamente, yo tenía derecho a saber qué era lo que se esperaba que hiciesen las jóvenes contratadas para trabajar en Bly.
—¿Quiere usted decir que enfermó y tuvo que volver a su casa?
—Al parecer no enfermó en esta casa. A finales de año se marchó a su casa, dijo, para pasar unas breves vacaciones, a las que le daba derecho, sin duda alguna, el tiempo que llevaba con nosotros. Teníamos entonces una niñera… una joven que se había quedado con nosotros y era buena chica y lista; ella se ocupó de los niños durante aquel periodo de tiempo. Pero nuestra aya no volvió, y en el preciso momento en que esperaba su regreso me informó el señor de que había muerto.
Le di vueltas al asunto.
—Pero ¿de qué?
—¡Nunca me lo dijo! Y ahora discúlpeme, señorita —⁠dijo Mrs. Grose⁠—, pero debo continuar con mi trabajo.
III
Por fortuna, a pesar de mis fundadas preocupaciones, el hecho de que me volviera la espalda no fue un desaire que obstaculizase el progreso de nuestro mutuo aprecio. Después de traer a Miles a casa, nuestras relaciones se hicieron más íntimas que nunca a causa del asombro y la emoción que me embargaban: tan monstruoso me parecía el hecho que me acababan de revelar de que habían expulsado a aquel niño. Llegué un poco tarde al lugar fijado para nuestro encuentro y, al verlo ante la puerta de la posada donde lo había dejado la diligencia buscándome ansiosamente, sentí inmediatamente que poseía el mismo fulgor de inocencia e irradiaba la misma fragancia de pureza que había percibido desde el primer momento en su hermanita. Era increíblemente guapo, y Mrs. Grose había dado en el clavo: en su presencia no había lugar para ningún otro sentimiento que no fuera una especie de ternura apasionada hacia él. Lo que inmediatamente me arrebató el corazón fue algo divino que nunca había visto hasta ese punto en ningún otro niño… aquella impresión indescriptible de que no conocía nada de las cosas de este mundo salvo el amor. Habría sido imposible asociar una mala reputación con una mayor dulzura e inocencia, y cuando regresé a Bly con él, seguía estando desconcertada —⁠por no decir indignada⁠— por lo que significaba aquella horrible carta que guardaba bajo llave en uno de los cajones del escritorio de mi habitación. Tan pronto como pude hablar a solas con Mrs. Grose le manifesté que todo aquello era grotesco.
Me comprendió inmediatamente.
—¿Se refiere usted a la cruel acusación…?
—No se sostiene en pie ni un solo instante. ¡Mírelo usted, mi querida señora!
Sonrió ante mi pretensión de haber descubierto el encanto del niño.
—¡Le aseguro, señorita, que no hago otra cosa! ¿Qué va a decirles entonces? —⁠añadió inmediatamente.
—¿En respuesta a la carta?
Ya lo había decidido.
—Nada en absoluto.
—¿Y a su tío?
Fui tajante.
—Nada en absoluto.
—¿Y al muchacho?
Estuve estupenda.
—Nada en absoluto.
Se secó la boca con el delantal.
—En ese caso la apoyaré. Lo arreglaremos.
—¡Lo arreglaremos! —repetí con vehemencia, dándole mi mano para sellar nuestro compromiso.
Me la retuvo un momento, y luego volvió a llevarse el delantal a la boca con la mano libre.
—¿Le importaría, señorita, que me tomara la libertad…?
—¿De besarme? ¡No!
Tomé en mis brazos a la buena mujer y después de estrecharnos como hermanas me sentí todavía más fortalecida e indignada.
En cualquier caso, aquello siguió así durante algún tiempo: un tiempo tan lleno de acontecimientos que, cuando recuerdo todo lo que pasó, me hace pensar que voy a necesitar esforzarme mucho para aclarar un poco las cosas. Ahora me parece asombroso que aceptase aquella situación. Me había comprometido con mi compañera a arreglar aquel asunto y me hallaba, al parecer, bajo el efecto de un hechizo capaz de allanar la magnitud y las consecuencias, de gran trascendencia y dificultad, de semejante esfuerzo. Me había dejado arrastrar por una gran oleada de encaprichamiento y compasión. En mi ignorancia, mi confusión y tal vez mi engreimiento, me resultaba sencillo asumir que podía ocuparme de un muchacho cuya educación apenas había comenzado. Ni siquiera logro recordar en el día de hoy qué planes concebí para el final de sus vacaciones y la reanudación de sus estudios. Teníamos idea de que yo le daría clases, por supuesto, aquel encantador verano; pero ahora tengo la impresión de que durante varias semanas fui yo quien recibió clases. Aprendí algo —⁠al principio, por supuesto⁠— que no me habían enseñado en mi insignificante y reprimida vida; aprendí a divertirme, e incluso a divertir a otros, y a no pensar en el mañana. Fue la primera vez, en cierto modo, que me familiaricé con los espacios abiertos, el aire libre y la libertad, que saboreé toda la armonía del verano y todo el misterio de la naturaleza.
Y además recibía atenciones… y eso era muy agradable. Ah, aquello era una trampa —⁠no planeada pero sí insidiosa⁠— a mi imaginación, a mi delicadeza, tal vez a mi vanidad; a todo lo que había en mí de más excitable. El mejor modo de describirlo es decir que estaba desprevenida. Los niños me daban tan pocas molestias… eran tan extraordinariamente amables. Solía hacer conjeturas —⁠aunque vagamente inconexas⁠— acerca de cómo los trataría el severo futuro (¡pues todos los futuros son severos!) y si podría lastimarlos. Gozaban de la plenitud de la salud y de la felicidad; y sin embargo, como si tuviera a mi cargo una pareja de infantes próceres, o príncipes de sangre real, para quienes todo tendría que estar custodiado, ordenado y fijado, la única forma que en mi imaginación podían tomar para ellos los años venideros era una prolongación romántica y verdaderamente regia del jardín y del parque. Sobre todo es posible, desde luego, que lo que de pronto sucedió confiera a aquel tiempo anterior el encanto de la quietud… ese silencio en el que algo se prepara o está listo para saltar. El cambio fue en realidad como el salto de una fiera.
Durante las primeras semanas los días fueron largos; cuando hacía mejor tiempo, a menudo me proporcionaban lo que yo llamaba mi propia hora, la hora en que, cuando mis pupilos habían tomado el té y se habían acostado, podía pasar un rato a solas antes de retirarme a descansar. Por mucho que me gustara su compañía, aquella hora era lo que más apreciaba de todo el día; y me gustaba sobre todo cuando, a medida que se iba la luz —⁠o más bien, debería decir, cuando el día se rezagaba y en el cielo arrebolado sonaban desde los añosos árboles los últimos reclamos de las últimas aves⁠— podía dar una vuelta por los jardines y disfrutar de la belleza y majestuosidad del lugar, casi con una sensación de ser la propietaria que me divertía y halagaba. En aquellos momentos era un placer sentirme tranquila y justificada; sin duda, quizás también pensar que, gracias a mi discreción, mi apacible sentido común y mi intachable conducta, estaba complaciendo —⁠¡si alguna vez pensaba en ello!⁠— a la persona a cuyas presiones había cedido. Lo que yo estaba haciendo era lo que él había esperado encarecidamente de mí y me había pedido directamente, y que pudiese hacerlo, después de todo, me producía una alegría todavía mayor de lo que había previsto. En resumidas cuentas, tal vez me imaginaba ser una joven extraordinaria y me consolaba la confianza en que eso llegaría a ser reconocido públicamente. En fin, tenía que ser extraordinaria para hacer frente a las cosas extraordinarias que en seguida empezaron a suceder.
Ocurrió de repente una tarde en medio de mi hora de asueto: los niños estaban arropados y yo había salido a dar mi paseo. Una de las cosas que solía pensar durante aquellos itinerarios, y que ahora no tengo el menor reparo en señalar, era que sería tan maravilloso como un cuento maravilloso encontrarme de pronto con alguien. Alguien que apareciera en un recodo del camino y que, deteniéndose frente a mí, me sonriera y me diera su aprobación. No pedía más que eso… pedía únicamente que él lo supiera; y la única manera de estar segura de que él se había enterado sería verlo reflejado en su bello rostro. Eso era exactamente lo que tenía presente —⁠me estoy refiriendo a su rostro⁠— cuando, en la primera de aquellas ocasiones, al final de un largo día de junio, me paré en seco al salir de un bosquecillo y aparecerse ante mí la casa. Lo que me detuvo en el acto —⁠y me produjo un sobresalto mucho mayor del que podría esperarse de cualquier aparición⁠— fue la sensación de que lo que me imaginaba se había hecho realidad en un abrir y cerrar de ojos. ¡Allí estaba él!… pero muy arriba, al otro lado del césped y en lo más alto de la torre a la que me había llevado la pequeña Flora aquella primera mañana de mi llegada. Aquella torre formaba parte de un par —⁠construcciones cuadradas, almenadas, fuera de lugar⁠— a las que por alguna razón designaban «la nueva» y «la vieja», aunque yo apenas podía diferenciarlas. Flanqueaban los dos extremos de la casa y seguramente eran disparates arquitectónicos, redimidos en cierta medida desde luego por el hecho de no estar completamente separados ni tener una altura demasiado pretenciosa; con su recargada y cursi antigüedad databan de una época de renacimiento romántico que formaba ya parte de un respetable pasado. Las admiraba, me fascinaban, porque en cierto modo todos podíamos sacar provecho de la grandiosidad de sus almenas, sobre todo cuando se perfilaban en el crepúsculo; no obstante, semejante altura no parecía ser el lugar más adecuado para que se me apareciera la figura que tan a menudo había invocado. Recuerdo que aquella figura, recortada en la diáfana penumbra, me produjo dos oleadas de emoción bien distintas, que respondían, claramente, a las diferentes impresiones de mi primera y de mi segunda sorpresa. La segunda fue la terrible percepción del error de la primera: el hombre con el que se tropezaron mis ojos no era la persona que yo precipitadamente había supuesto. Aquello me produjo tal desconcierto que, después de tantos años, no puedo ofrecer una descripción concreta de lo que vi. Es admisible que un hombre desconocido en un lugar solitario pueda asustar a una joven educada en familia; y la figura que me miraba tenía tan poco que ver —⁠unos cuantos segundos bastaron para convencerme⁠— con cualquier otra persona que yo conociese como con la imagen que tenía en la mente. No lo había visto en Harley Street… ni en ninguna otra parte. Además, de la manera más extraña del mundo, en un instante, y por el hecho mismo de su aparición, el lugar se había quedado desierto. Al hacer aquí esta afirmación con una parsimonia mayor que nunca, para mí al menos vuelve a repetirse todo lo que sentí en aquel momento. Fue como si, mientras captaba lo que capté, el resto de la escena hubiese sido asolado por la muerte. Mientras escribo, escucho de nuevo el profundo silencio en el que se desvanecieron los sonidos del anochecer. Los grajos dejaron de graznar en el cielo dorado y la hora amistosa perdió, durante aquel inefable minuto, toda su voz. Pero no hubo ningún otro cambio en la naturaleza, a menos que, en efecto, fuese un cambio lo que percibí con extraña nitidez. El cielo no había perdido todavía su tono dorado, ni el aire su transparencia, y el hombre que me miraba por encima de las almenas era tan definido como un retrato en su marco. De modo que pensé, con extraordinaria rapidez, en cada una de las personas que podría haber sido y que no era. A través de la distancia, estuvimos uno frente al otro el tiempo suficiente para que yo me preguntara con vehemencia quién podía ser y para que, como resultado de mi incapacidad para afirmarlo, sintiese un asombro cada vez más intenso.
A posteriori, la gran cuestión, o una de ellas, con respecto a ciertos asuntos, es, lo sé, cuánto han durado. Pues bien, este asunto en el que me vi envuelta, piensen ustedes lo que quieran de él, duró lo suficiente para que me diera tiempo a barajar una docena de posibilidades, ninguna de las cuales me pareció más satisfactoria que la de suponer que había alguien en la casa —⁠sobre todo ¿desde cuándo?⁠— cuya presencia yo ignoraba. Duró mientras me mortificó un poco la sensación de que mi cargo parecía requerir que no existiese tal ignorancia ni tal persona. Duró, en todo caso, mientras dicho visitante —⁠y recuerdo que me llamó la atención su extraña desenvoltura, la muestra de familiaridad que denotaba el hecho de no llevar sombrero⁠— pareció examinarme desde su posición, a través de aquella luz cada vez más débil, exactamente con la misma curiosidad y el mismo esmero que su presencia provocaba en mí. Estábamos demasiado lejos el uno del otro para llamarnos, pero hubo un momento en que, de haber estado a menor distancia, el resultado adecuado de nuestra recíproca manera de mirarnos fijamente habría sido algún conato de romper el silencio. Estaba en una de las esquinas, la más alejada de la casa, muy erguido, me pareció, y con ambas manos apoyadas en el parapeto. De modo que lo vi como veo las letras de esta página; luego, un minuto después exactamente, como si deseara añadir algo al espectáculo, cambió lentamente de sitio… pasó, sin dejar de mirarme fijamente, a la esquina opuesta de la plataforma. Sí, tuve la abrumadora sensación de que durante su traslado nunca apartó los ojos de mí, y en estos momentos todavía veo cómo pasaba la mano, mientras avanzaba, de una almena a la siguiente. Se detuvo en la otra esquina, aunque menos tiempo, e incluso cuando se volvió siguió mirándome fijamente con insistencia. Se alejó y no supe más de él.
IV
Ciertamente esperaba algo más en aquella ocasión, pues me quedé tan profundamente paralizada como estremecida. ¿Había un «secreto» en Bly… un misterio como el de Udolpho o un familiar loco, del que no se podía hablar, que estaba recluido en algún lugar desconocido? No sabría decir durante cuánto tiempo estuve dándole vueltas en mi cabeza a aquellas ocurrencias o cuánto tiempo permanecí, desconcertada a causa de una mezcla de curiosidad y temor, en el lugar donde había tenido mi confrontación; sólo recuerdo que cuando volví a entrar en la casa era ya completamente de noche. Entre tanto, la agitación ciertamente se había apoderado de mí, pues debí de recorrer unas tres millas, dando vueltas por aquel lugar; sin embargo, más tarde me sentí tanto más agobiada que aquel albor de mis temores no fue, en comparación, sino un simple escalofrío. A decir verdad, lo más extraño de todo —⁠por extraño que hubiese sido el resto⁠— fue cuando, al entrar al vestíbulo, me encontré con Mrs. Grose. Aquella imagen me viene a la memoria cuando trato de recordar: la impresión que recibí a mi vuelta de un amplio espacio revestido con paneles de madera blancos, brillantemente iluminado por las lámparas, con sus retratos y una alfombra roja, y la amable y sorprendida mirada de mi amiga, que inmediatamente me dijo que me había echado en falta. Se me ocurrió en seguida, nada más verla, que, dada su evidente cordialidad, una vez que mi aparición la tranquilizó, no sabía absolutamente nada en relación al incidente que me disponía a contarle. No había imaginado de antemano que su agradable rostro me pararía en seco y, de algún modo, sopesé la importancia de lo que había visto al comprobar que no me decidía a mencionarlo. Apenas hay nada en toda esta historia que me parezca tan extraño como el hecho de que el verdadero comienzo de mi miedo vino acompañado, podría decir, del impulso instintivo de ahorrárselo a mi amiga. Por consiguiente, allí mismo, en aquel vestíbulo agradable y con sus ojos fijos en mí, por alguna razón que entonces no habría podido expresar, experimenté un súbito cambio dentro de mí: le ofrecí un vago pretexto para justificar mi tardanza y, con la excusa de la belleza de la noche y el abundante rocío que me había empapado los pies, en cuanto pude me retiré a mi habitación.
Aquí todo fue distinto; aquí, durante los días posteriores, las cosas fueron bastante extrañas. Un día tras otro, hubo horas —⁠o al menos momentos, incluso robados a mis deberes patentes⁠— en que tuve que encerrarme para pensar. No era tanto que estuviera más nerviosa de lo que podía soportar como que tenía muchísimo miedo de llegar a estarlo; pues la verdad a la que ahora tenía que enfrentarme era, simple y llanamente, que no podía llegar a ninguna conclusión acerca de quién era aquel visitante, con quien me había relacionado de manera tan inexplicable y no obstante, al menos eso me parecía, tan íntima. Tardé poco en comprender que fácilmente podría descubrir, sin hacer preguntas ni despertar sospechas, cualquier complicación doméstica. La impresión recibida debía de haber agudizado todos mis sentidos; al cabo de tres días y como consecuencia de una mayor atención, estaba segura de que los criados no habían conspirado contra mí ni había sido objeto de ninguna «broma» suya. De que, fuera lo que fuese lo que yo sabía, nadie más estaba enterado de ello. La única deducción sensata era que alguien se había tomado una libertad bastante monstruosa. Eso era lo que me repetía a mí misma cada vez que me metía en mi habitación y cerraba la puerta con llave. Habíamos sido víctimas, en masa, de una intrusión; algún viajero sin escrúpulos, interesado en las casas antiguas, se había abierto paso sin ser visto, había disfrutado del panorama desde el mejor punto de observación y luego salió furtivamente como entró. Si me había mirado fijamente con tanto atrevimiento no era más que una muestra de su indiscreción. Lo bueno del caso, después de todo, era que seguramente ya no volveríamos a verlo.
Pero no era tan bueno, lo confieso, como para permitirme considerar que lo que, básicamente, hacía que ninguna otra cosa tuviera demasiada importancia era sencillamente mi maravilloso trabajo. Mi maravilloso trabajo se reducía a mi vida con Miles y Flora, y nada podía hacer que me gustara tanto como la impresión de que dedicarme a él me permitía sustraerme a mi preocupación. El atractivo de mis pequeños pupilos era un constante placer, que me llevaba a asombrarme de nuevo de la vanidad de mis primeros temores, del fastidio que había empezado a albergar ante el probable prosaísmo de mis funciones. No había tal prosaísmo, al parecer, ni ninguna clase de agobios; así que ¿cómo no iba a ser maravilloso un trabajo que se presentaba a diario tan bonito? Tenía todo el encanto del cuarto donde juegan los niños y la poesía del aula. No quiero decir con eso que únicamente estudiáramos novelas y poesías; quiero decir que no sé expresar de otra manera la clase de interés que me inspiraban mis pupilos. ¿Cómo describirlo salvo diciendo que, en vez de acostumbrarme progresivamente a ellos —⁠qué maravilla para una institutriz: pongo a mis colegas por testigo⁠— hacía nuevos y constantes descubrimientos? Había, sin duda, una dirección en la que aquellos descubrimientos cesaban: una profunda oscuridad continuaba ocultando todo lo referente al comportamiento del niño en el colegio. Me había sido concedida de inmediato, ya lo he señalado, la posibilidad de enfrentarme a aquel misterio sin ninguna angustia. Tal vez se acercaría más a la verdad decir que, sin pronunciar una sola palabra, el mismo niño lo había aclarado. Había logrado que toda aquella acusación pareciese absurda. Mi conclusión tomó cuerpo al contemplar su resplandeciente inocencia: sin ir más lejos, era demasiado refinado y recto para aquel horrendo y sucio mundillo del colegio, y había tenido que pagar un precio por ello. Reflexioné con perspicacia que el percatarse de tales diferencias individuales, de tales cualidades superiores, provoca siempre en la mayoría —⁠en la que se podía incluir incluso a estúpidos y sórdidos directores de colegio⁠— de una manera infalible, deseos de venganza.
Los dos niños tenían una delicadeza —⁠era su único defecto, aunque nunca convirtió a Miles en un afeminado⁠— que los mantenía (¿cómo podría expresarlo?) casi impersonales y hacía, desde luego, que fuera completamente imposible castigarlos. Eran como esos querubines de las anécdotas que no tenían —⁠moralmente al menos⁠— dónde golpear. Recuerdo que, en especial Miles, me daba la impresión de que nunca había tenido, por decirlo así, ni siquiera las mínimas trazas de lo que podría llamarse historia. De un niño pequeño esperamos muy pocos «antecedentes», pero en aquel guapo muchachito había algo extraordinariamente sensible, y sin embargo extraordinariamente alegre, que, más que en ninguna otra criatura de su edad que yo haya visto, me parecía que se renovaba todos los días. Nunca había sufrido ni por un segundo. Consideré aquello como una refutación tajante de que alguna vez lo hubieran castigado de verdad. Si hubiese cometido alguna maldad, lo habrían «atrapado», y yo me habría enterado de rebote… habría descubierto el rastro, me habría dado cuenta de la ofensa y el deshonor. No pude reconstruir nada en absoluto y, por consiguiente, era un ángel. No hablaba nunca de su colegio, y jamás mencionaba a otros compañeros o profesores; y yo, por mi parte, estaba demasiado indignada para aludir a ellos. Me encontraba por supuesto bajo su hechizo, y lo más sorprendente es que, incluso entonces, lo sabía perfectamente. Pero me rendía ante él; era un antídoto contra cualquier pesar, y yo tenía más de uno. Por aquellos días estaba recibiendo cartas preocupantes de mi casa, donde las cosas no marchaban bien. Pero con la alegría que me procuraban los niños, ¿qué me importaba todo lo demás? Ésa era la pregunta que solía hacerme en mis ocasionales momentos de retiro. Estaba deslumbrada por el encanto de aquellos niños.
Hubo un domingo —para proseguir con nuestra historia⁠— en que llovió con tal intensidad y durante tantas horas que no pudimos ir a la iglesia; a consecuencia de ello, cuando declinaba el día, acordé con Mrs. Grose que, si por la tarde mejoraba el tiempo, asistiríamos juntas al último servicio. Afortunadamente dejó de llover y me preparé para nuestro paseo, atravesando el parque y siguiendo la carretera que conducía al pueblo, el cual nos llevaría unos veinte minutos. Cuando bajaba las escaleras para reunirme con mi colega en el vestíbulo, me acordé de un par de guantes que habían requerido tres puntadas y las habían recibido —⁠con una publicidad poco edificante tal vez⁠— mientras acompañaba a los niños a tomar el té, que los domingos, a título excepcional, se servía en aquel frío y limpio templo de caoba y bronce que era el comedor de los «adultos». Los guantes los había dejado allí y volví para recogerlos. El día era bastante gris, pero todavía persistía la luz vespertina, y eso me permitió, al cruzar el umbral, no sólo reconocer, en una silla junto al amplio ventanal, cerrado en aquel momento, las prendas que buscaba, sino también darme cuenta de la presencia de una persona que, desde el otro lado de los cristales, miraba hacia el interior. Un solo paso me bastó; mi visión fue instantánea; allí estaba. La persona que miraba hacia el interior era la misma que ya se me había aparecido en otra ocasión. Así que se me apareció de nuevo, no diré que con mayor claridad, pues eso era imposible, pero sí con una proximidad que representaba un paso adelante en nuestra relación y que, al verlo, hizo que perdiese el aliento y me quedase helada. Era el mismo… era el mismo, y visto esta vez, igual que la anterior, de cintura para arriba, pues el ventanal, aunque el comedor estaba en la planta baja, no llegaba hasta el suelo de la terraza donde él se encontraba. Tenía el rostro pegado al cristal, pero el resultado de esta mejor visión sólo sirvió, aunque parezca mentira, para demostrarme lo bien que lo había visto la vez anterior. Sólo permaneció unos cuantos segundos… lo suficiente para convencerme de que él también me había visto y reconocido; pero fue como si lo hubiera estado mirando durante años y lo conociera desde siempre. Esta vez, no obstante, sucedió algo que no había sucedido antes: me miró fijamente a los ojos, a través del cristal y desde el otro extremo de la habitación, con la misma intensidad y dureza de entonces, pero por un momento apartó su mirada de mí y, mientras seguía observándolo, vi que la fijaba sucesivamente en varias otras cosas. En el acto al susto que ya tenía se añadió la certeza de que no era a mí a quien había venido a buscar. Había venido a buscar a alguna otra persona.
Aquella fugaz revelación —pues fue una revelación en medio del pavor⁠— me produjo un efecto de lo más sorprendente, que hizo aflorar en mí, mientras continuaba allí de pie, una repentina conciencia del deber y el valor. Digo valor porque sin duda alguna ya había ido demasiado lejos. Volví a salir precipitadamente de la habitación, llegué hasta la puerta de entrada a la casa, en un instante me encontré en la avenida de acceso y, atravesando la terraza lo más rápido que pude, doblé la esquina hasta que el ventanal apareció ante mí. Pero no vi a nadie… mi visitante había desaparecido. Me detuve, y casi me desplomé a causa del verdadero alivio que sentí; pero no dejé que se me escapara ningún detalle… le di tiempo a reaparecer. Digo tiempo, pero ¿cuánto duró? Hoy no podría precisar la duración de todo aquello. Debo de haber perdido facultades para poder realizar ese tipo de cálculos: es imposible que durase tanto como a mí me pareció. La terraza y todo el edificio, el césped y el jardín que se extendía más allá, la porción del parque que podía ver, estaban desiertos, envueltos en una gran desolación. Había arbustos y grandes árboles, pero recuerdo haber tenido la completa seguridad de que no se ocultaba detrás de ninguno de ellos. Podía o no estar allí, pero si no lo veía es que no estaba. Me aferré a eso; luego, instintivamente, en vez de regresar como había ido, fui hacia el ventanal. Tenía el presentimiento de que debía ponerme donde él había estado. Así lo hice; pegué mi rostro al cristal y miré, como él, al interior de la habitación. En aquel preciso momento, como para mostrarme exactamente cuál había sido el alcance de su visión, entró en la habitación Mrs. Grose, como yo había hecho antes, procedente del vestíbulo. Gracias a eso tuve una imagen completa de la repetición de lo que ya había ocurrido. Ella me vio como yo había visto al visitante; se paró en seco como había hecho yo; se llevó un susto parecido al que yo había recibido. Palideció, y eso me hizo preguntarme si yo me había puesto tan pálida. Abrió los ojos de par en par, en suma, y retrocedió por el mismo camino que yo había seguido; y comprendí que había salido y venía hacia mí, y que en seguida se encontraría conmigo. Me quedé donde estaba y, mientras esperaba, pensé en más de una cosa. Pero sólo voy a mencionar una. Me preguntaba por qué se había asustado ella.
V
Me lo hizo saber tan pronto como, tras doblar la esquina de la casa, apareció de nuevo ante mí.
—En nombre del cielo, ¿qué le ocurre…?
Estaba sofocada y sin aliento.
No dije nada hasta que se acercó bastante.
—¿A mí? —Debí de poner una cara de asombro⁠—. ¿Se me nota?
—Está usted tan blanca como el papel. Tiene un aspecto horrible.
Reflexioné; podía refutar aquello, sin ningún escrúpulo, con toda la inocencia del mundo. Mi necesidad de respetar la altanería de Mrs. Grose se había desvanecido sin más y, si por un momento dudé, no fue por ocultarle nada. Le tendí mi mano y ella la tomó; se la apreté un poco, queriendo sentirla cerca de mí. Había una especie de respaldo en su tímida palpitación de sorpresa.
—Ha venido usted a buscarme, por supuesto, para asistir a la iglesia, pero no puedo ir.
—¿Ha ocurrido algo?
—Sí. Debe usted saberlo ahora. ¿Tenía un aspecto muy raro?
—¿A través del ventanal? ¡Terrible!
—Verá usted —le dije—, me he asustado.
Los ojos de Mrs. Grose expresaron claramente que ella no quería que la asustaran, pero también que sabía de sobra cuál era su sitio como para no estar dispuesta a compartir conmigo cualquier molestia del tipo que fuese. ¡Sí, estaba completamente decidido que debía compartirlas!
—Lo que usted vio desde el comedor hace un momento fue consecuencia de aquello. Lo que yo vi —⁠justo antes⁠— fue mucho peor.
Me apretó la mano.
—¿Qué vio usted?
—Un hombre singular que miraba hacia el interior.
—¿Quién era ese hombre singular?
—No tengo la menor idea.
Mrs. Grose miró a nuestro alrededor inútilmente.
—¿Dónde se ha metido, pues?
—Eso lo sé todavía menos.
—¿Lo había visto antes?
—Sí… una vez. En la torre vieja.
Me miró todavía más fijamente.
—¿Quiere usted decir que es un forastero?
—¡Ya lo creo!
—Y sin embargo no me lo contó.
—No… por varias razones. Pero ahora que usted ha adivinado…
Mrs. Grose abrió mucho los ojos en respuesta a aquella acusación.
—¡Yo no he adivinado nada! —⁠dijo sencillamente⁠—. ¿Cómo iba a adivinarlo yo si usted ni se lo imagina?
—Ni por asomo.
—¿No lo ha visto en ningún otro sitio además de la torre?
—Y en este mismo lugar hace un instante.
Mrs. Grose volvió a mirar a su alrededor.
—¿Qué estaba haciendo en la torre?
—Únicamente estaba allí y me miraba.
Reflexionó durante un momento.
—¿Era un caballero?
Comprobé que no necesitaba pensármelo.
—No —me miró todavía más asombrada⁠—. No.
—Entonces, ¿no era nadie de por aquí? ¿Nadie del pueblo?
—Nadie… nadie. No se lo dije, pero me aseguré.
Dejó escapar un vago suspiro de alivio: extrañamente, aquello era mucho mejor. Nos llevaba un poco más lejos, desde luego.
—Pero si no es un caballero…
—¿Qué es? Es un horror.
—¿Un horror?
—Es… ¡Dios me valga si sé lo que es!
Mrs. Grose miró a su alrededor una vez más; clavó la mirada en la oscura lejanía y luego, recobrando la compostura, se volvió hacia mí y dijo inconsecuentemente:
—Es hora de que vayamos a la iglesia.
—¡No me siento en condiciones de ir a la iglesia!
—¿No le haría bien a usted?
—¡No se lo haría a ellos!… —⁠dije, señalando la casa con la cabeza.
—¿A los niños?
—Ahora no puedo dejarlos.
—¿Tiene miedo…?
Hablé con atrevimiento.
—Tengo miedo de él.
Al oír aquello, el ancho rostro de Mrs. Grose me mostró por vez primera el remoto y ligero resquicio de una mente más desarrollada: vislumbré hasta cierto punto el albor tardío de una idea que yo no le había dado y que hasta entonces me era completamente desconocida. Recuerdo que pensé en ello inmediatamente como en algo que podía obtener de ella, y tuve la impresión de que estaba relacionado con el deseo que ella mostraba de enterarse de más cosas.
—¿Cuándo fue… lo de la torre?
—Hacia mediados de mes. A esta misma hora.
—Casi al caer la noche —dijo Mrs. Grose.
—Oh, no, ni mucho menos. Lo vi como la veo a usted ahora.
—Entonces, ¿cómo entró?
—¿Y cómo salió? —me eché a reír⁠—. ¡No tuve ocasión de preguntárselo! Esta tarde —⁠prosiguió⁠— ya ve usted que no ha podido entrar.
—¿Sólo atisba?
—¡Espero que se limite a eso! —⁠Mrs. Grose me había soltado la mano y se alejó un poco. Esperé unos instantes; luego puse de manifiesto⁠—: Váyase a la iglesia. Adiós. Yo debo vigilar.
Lentamente volvió de nuevo el rostro hacia mí.
—¿Teme por ellos?
Intercambiamos otra larga mirada.
—¿Usted no?
En vez de contestarme se acercó a la ventana y, durante un momento, aplicó el rostro al cristal.
—Ya ve usted cómo podía ver —⁠añadí entretanto.
No se movió.
—¿Cuánto tiempo permaneció aquí?
—Hasta que yo salí. Vine a reunirme con él.
Mrs. Grose se volvió por fin y su rostro ocultaba algo más.
—Yo no habría podido salir.
—¡Yo tampoco! —volví a reírme—. Pero lo hice. Tengo un deber que cumplir.
—También lo tengo yo —me respondió; después de lo cual añadió⁠—: ¿Qué aspecto tiene?
—Me moría de ganas de decírselo. Pero no se parece a nadie.
—¿A nadie? —repitió.
—No lleva sombrero.
Entonces, al ver en su cara que aquel detalle, para profunda consternación suya, le había dado una pista sobre quién podía ser, rápidamente añadí nuevas pinceladas para completar el retrato.
—Tiene el pelo rojo, muy rojo, crespo, y una cara pálida, alargada, con facciones correctas y cortas patillas más bien raras, tan rojas como su cabello. Sus cejas son algo más oscuras; parecen particularmente arqueadas y dan la impresión de que puede moverlas mucho. Sus ojos son penetrantes, extraños… muy extraños; pero de lo único que estoy segura es de que son más bien pequeños y miran muy persistentemente. Tiene la boca grande y los labios finos y, excepto sus cortas patillas, va muy bien afeitado. Tuve la sensación de que parecía un actor.
—¡Un actor!
El caso es que, en aquel momento, era imposible parecerse menos a un actor que Mrs. Grose.
—Nunca he visto a ninguno, pero me los imagino así. Es alto, activo, erguido —⁠continué⁠—, pero nunca… ¡jamás!… un caballero.
El rostro de mi compañera había ido palideciendo a medida que yo hablaba; puso los ojos en blanco y abrió mucho la boca.
—¿Un caballero? —exclamó, desconcertada, anonadada⁠—: ¿Un caballero él?
—Entonces, ¿lo conoce usted?
Visiblemente trató de contenerse.
—Pero ¿es apuesto?
Encontré la forma de ayudarla.
—¡Extraordinariamente!
—¿Cómo vestía?
—Con ropa de otra persona. Elegante, pero no es suya.
Dejó escapar un entrecortado gemido afirmativo.
—¡Es del señor!
En seguida lo cogí.
—¿Es que lo conoce?
Titubeó, pero sólo unos instantes.
—¡Quint! —exclamó.
—¿Quién es Quint?
—Peter Quint… su hombre de confianza, su ayuda de cámara, ¡cuando estaba aquí!
—¿Cuando estaba aquí el señor?
Boqueando todavía, pero decidida a satisfacer mi curiosidad, ató cabos.
—Nunca llevaba sombrero, pero sí llevaba… bueno, ¡se echaron de menos sus chalecos! Los dos estuvieron aquí… el año pasado. Después el señor se marchó y Quint se quedó solo.
Proseguí, aunque me detuve un momento.
—¿Solo?
—Solo con nosotras.
Acto seguido, como si su voz surgiera de mucho más adentro, añadió:
—Como encargado.
—¿Y qué fue de él?
Se quedó tanto tiempo callada que me desconcertó todavía más.
—Se marchó también —puso de manifiesto finalmente.
—¿Adónde se marchó?
Al oír aquello, su expresión se volvió un tanto insólita.
—¡Dios sabe dónde! Murió.
—¿Murió?
Casi chillé.
Realmente pareció ponerse en guardia, plantarse más firmemente, para expresar su asombro.
—Sí. El señor Quint está muerto.
VI
Hizo falta, por supuesto, más de un pasaje como aquél para hacernos a la idea de lo que íbamos a tener que afrontar como pudiésemos: mi terrible propensión a recibir impresiones del género tan gráficamente ilustrado y el conocimiento que de ahora en adelante tendría mi compañera —⁠un conocimiento mitad consternación, mitad compasión⁠— de esa propensión mía. Aquella misma tarde, después de la revelación que me dejó tan abatida durante una hora… ninguna de las dos asistimos a ningún oficio religioso salvo a una ceremonia de lágrimas y votos, plegarias y promesas, una culminación de la serie de mutuas recusaciones y compromisos que siguieron inmediatamente cuando nos retiramos juntas al aula y nos encerramos allí para poner las cosas en claro. El resultado de ello fue sencillamente reducir nuestra situación a sus elementos más escuetos. Ella no había visto nada, ni siquiera el ligero atisbo de una conjetura, y nadie en la casa, salvo la institutriz, se hallaba en semejante apuro; sin embargo aceptó la verdad tal como se la ofrecí, sin impugnar directamente mi cordura, y acabó demostrándome a este respecto una ternura atemorizada, una deferencia por mi más que discutible privilegio, el recuerdo de la cual perdura en mí como el de las más bondadosas obras de beneficencia.
Por consiguiente, lo que decidimos ambas aquella noche fue que creíamos poder soportar juntas esas cosas; y yo ni siquiera estaba segura de que, pese a su exención, no fuera ella quien tenía que soportar la parte más pesada de la carga. Sabía en aquel momento, creo, tan bien como lo supe más tarde, que yo era capaz de enfrentarme a cualquier cosa para proteger a mis pupilos; pero tardé algún tiempo en estar completamente segura de que mi fiel aliada se hallaba dispuesta a cumplir con las condiciones de un acuerdo tan severo. Yo resultaba una compañera bastante rara… exactamente tan rara como ella lo era para mí; pero cuando recuerdo lo que tuvimos que pasar juntas veo cuántos temas de interés mutuo debimos haber encontrado en la única idea que, por fortuna, podía tranquilizarnos. Fue la idea, el segundo movimiento, que me sacó directamente, podría decir, del aposento secreto de mi pavor. Podía tomar el aire en el patio, al menos, y Mrs. Grose podía reunirse allí conmigo. Ahora recuerdo perfectamente el modo concreto en que recobré fuerzas antes de separarnos aquella noche. Habíamos repasado una y otra vez todos los detalles de lo que yo había visto.
—¿Dice usted que estaba buscando a alguna otra persona… a alguien que no era usted?
—Estaba buscando al pequeño Miles —⁠de repente me sentía poseída por una lucidez portentosa⁠—. Eso era lo que estaba buscando.
—Pero ¿cómo lo sabe?
—¡Lo sé, lo sé, lo sé! —Mi exaltación aumentó⁠—. ¡Y usted también lo sabe, querida!
No lo negó, pero tuve la impresión de que yo ni siquiera necesitaba que lo hiciera. Poco después reanudó la conversación.
—¿Y qué si él lo hubiera visto?
—¿Al pequeño Miles? ¡Eso es lo que quiere!
Parecía enormemente asustada de nuevo.
—¿El niño?
—¡No lo quiera Dios! El hombre. Quiere aparecerse a ellos.
La idea de que pudiera hacerlo era atroz, y sin embargo, en alguna medida, podía mantenerla a raya; lo cual, por otra parte, logré demostrar prácticamente mientras nos quedamos allí. Yo tenía la absoluta certeza de que volvería a ver lo que ya había visto, pero algo en mi fuero interno me decía que ofreciéndome valientemente como único sujeto de tal experiencia, aceptándola, provocándola, superándola del todo, serviría de víctima propiciatoria y preservaría la tranquilidad del resto de la casa. En especial, así protegería a los niños y les evitaría aquella experiencia. Me acuerdo de una de las últimas cosas que le dije aquella noche a Mrs. Grose.
—Me sorprende que mis pupilos nunca hayan mencionado…
Me miró con severidad al ver que me detenía con aire distraído.
—El tiempo que pasaron con él, ni su nombre, su porte, su historial, cualquier cosa. Nunca han aludido a ello.
—La niña no se acuerda. Nunca se enteró ni llegó a saber nada.
—¿Se refiere usted a las circunstancias de su muerte? —⁠Reflexioné más a fondo⁠—. Tal vez no. Pero Miles debería acordarse… Miles debería saberlo.
—¡No se lo pregunte! —exclamó Mrs. Grose.
Le devolví la mirada que me había echado.
—No tema —continué pensando—. Es bastante extraño.
—¿Que nunca haya hablado de él?
—Nunca, ni la menor alusión. Y usted me dice que eran «grandes amigos».
—¡Él no lo era! —declaró con énfasis Mrs. Grose⁠—. Eran sólo imaginaciones de Quint. Le gustaba adularlo, quiero decir… mimarlo —⁠hizo una breve pausa; luego añadió⁠—: Quint se tomaba demasiadas libertades.
Aquellas palabras, al hacerme recordar su rostro —⁠¡vaya rostro!⁠— me produjeron una súbita sensación de asco.
—¿Demasiadas libertades con mi niño?
—¡Demasiadas libertades con todos!
Me abstuve por el momento de analizar aquella descripción más allá de la reflexión de que parte de ella podía aplicarse a varios miembros de la servidumbre, a la media docena de doncellas y criados que todavía permanecían en nuestra pequeña colonia. Pero en medio de nuestro recelo existía el hecho afortunado de que nadie recordaba que hubiese habido nunca ninguna leyenda preocupante, ninguna pelea entre los pinches, que se pudiera atribuir a aquella antigua mansión. No tenía mala fama ni nadie había hablado mal de ella nunca, y Mrs. Grose, por lo visto, únicamente deseaba abrazarse a mí estrechamente y temblar en silencio. Incluso la puse a prueba, a última hora. Fue a medianoche, cuando tenía ya la mano en el tirador de la puerta del aula y se estaba despidiendo.
—Entonces, ¿me asegura usted —⁠pues es de la mayor importancia⁠— que Quint era sin duda y de manera manifiesta un mal tipo?
—No tan manifiesta. Yo lo sabía… pero el señor no.
—¿Y nunca se lo dijo?
—Verá usted, no le gustaban las habladurías… detestaba las quejas. Era muy tajante con ese tipo de cosas, y si la gente se portaba bien con él…
—¿No se preocupaba de nada más?
Aquello encajaba bastante bien con la impresión que me había causado: no era un caballero al que le gustara preocuparse, ni demasiado exigente tal vez en relación a algunas de las compañías que frecuentaba. Aun así, apremié a mi informante.
—¡Le aseguro que yo se lo habría dicho!
Se dio cuenta de mi discernimiento.
—Quizás hice mal. Pero la verdad es que tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De lo que pudiera hacer ese individuo. Quint era tan listo… tan astuto.
Aquello me afectó probablemente más de lo que di a entender.
—¿No tenía usted miedo de ninguna otra cosa? ¿De su influencia, por ejemplo…?
—¿Su influencia? —repitió con el rostro angustiado y a la expectativa al ver que yo titubeaba.
—Sobre unas valiosas vidas inocentes. Estaban a cargo de usted.
—¡No, no estaban a mi cargo! —⁠me contestó rotunda y angustiosamente⁠—. El señor confiaba en él y lo empleó aquí porque, por lo visto, no se encontraba bien de salud y pensaron que el aire del campo le sentaría admirablemente. Así que cualquier decisión dependía de lo que él opinara. Sí —⁠me informó⁠—, incluso sobre ellos.
—¿Sobre ellos? ¿Ese individuo? —⁠Tuve que reprimir una especie de alarido⁠—. ¿Y usted lo aceptaba?
—No. No podía… ¡ni puedo ahora!
Y la pobre mujer rompió a llorar.
A partir del día siguiente, como he dicho, se les sometió a un severo control; sin embargo, durante una semana, ¡cuántas veces y con cuánta vehemencia volvimos sobre el mismo tema! Por mucho que lo hubiésemos discutido aquel domingo por la noche, me atormentaba todavía, sobre todo en las horas posteriores —⁠pues pueden imaginarse lo poco que dormí⁠— el presentimiento de que ella no me había contado todo. Yo no me había callado nada, pero Mrs. Grose me ocultaba algo. Además, a la mañana siguiente estaba convencida de que ello no se debía a una falta de sinceridad, sino a los temores que por todas partes la acosaban. Al volver sobre ello, me parece, en efecto, que cuando salió el sol al día siguiente yo había podido interpretar con inquietud en aquellos hechos que habíamos presenciado casi todo el significado que les iban a otorgar posteriores acontecimientos más crueles. Lo que me proporcionaron sobre todo fue precisamente una imagen del siniestro personaje del vivo —⁠¡el muerto podía esperar un poco!⁠— y de los meses que había pasado ininterrumpidamente en Bly, los cuales, sumados, abarcaban un periodo enorme. El término de aquella época funesta sólo había llegado cuando, al amanecer de un día de invierno, un jornalero que iba a trabajar muy temprano, encontró a Peter Quint completamente tieso en el camino que conducía al pueblo: una catástrofe explicada —⁠al menos en apariencia⁠— por una herida visible en la cabeza; tal herida podía haber sido producida (y, según las pruebas finales, lo había sido) por un fatal traspiés en la oscuridad, en una cuesta empinada y cubierta de hielo, tras abandonar la taberna y tomar un camino equivocado, en cuyo fondo yacía. La cuesta helada, el error al volver de noche habiendo bebido más de la cuenta, explicaban muchas cosas… al final, después de la investigación y de un interminable comadreo, prácticamente todo; pero había habido cosas en su vida, extraños sucesos y lances, desórdenes secretos, vicios más que sospechados, que habrían explicado mucho más.
Apenas puedo encontrar palabras que ofrezcan una imagen verosímil de mi estado de ánimo; pero en aquellos días era literalmente capaz de deleitarme en el extraordinario alarde de heroísmo que la situación me exigía. Comprendía que el servicio que se me pedía era admirable y difícil; y sería una gran cosa poder mostrar —⁠¡a su debido tiempo!⁠— que era capaz de triunfar donde muchas otras chicas habían fracasado. Fue una enorme ayuda para mí —⁠¡confieso que cuando miro hacia atrás casi me dan ganas de aplaudirme!⁠— que comprendiera mi reacción con tanta claridad y sencillez. Me encontraba allí para proteger y defender a las criaturitas más desdichadas y más adorables del mundo, cuyo desamparo se había convertido de pronto en una súplica explícita, un profundo y constante dolor para quien les profesara afecto. Estábamos realmente aislados; unidos en nuestro peligro. Ellos sólo me tenían a mí, y yo… en fin, los tenía a ellos. Era, en suma, una oportunidad magnífica. Aquella oportunidad se me presentaba como una imagen enormemente sustancial. Yo era una pantalla… iba a ponerme delante de ellos. Cuanto más viese yo, menos verían ellos. Empecé a vigilarlos con una ansiedad contenida, una tensión disimulada, que, de haberse prolongado demasiado tiempo, bien podría haberse convertido en algo parecido a la locura. Lo que me salvó, ahora lo comprendo, fue que se convirtió en algo completamente distinto. La ansiedad no duró… fue sustituida por horribles pruebas. Pruebas, digo, sí… desde el momento en que realmente me hice cargo de ellas.
Aquel momento data de una tarde en que dio la casualidad de que pasé un rato en el jardín con mi pupila más joven. Habíamos dejado a Miles en el interior de la casa, sentado sobre el cojín rojo del asiento de un hondo sillón situado junto al ventanal; había querido terminar un libro y yo me había alegrado de alentar un propósito tan loable en un jovencito cuyo único defecto era cierta maña para no estarse nunca quieto. Su hermana, por el contrario, había estado al tanto para salir, y durante media hora di un paseo con ella, buscando la sombra, pues el sol estaba todavía alto y el día era excepcionalmente caluroso. Una vez más me di cuenta, mientras caminábamos, de cómo, al igual que su hermano, conseguía —⁠era una encantadora cualidad de ambos⁠— dejarme sola sin parecer que me abandonaba, y acompañarme sin parecer que me agobiaba. Nunca eran molestos pero tampoco indiferentes. Todos mis cuidados se limitaban a comprobar cómo se divertían enormemente sin mí: era un espectáculo que parecían preparar en serio y en el que me utilizaban como admiradora activa. Entraba en un mundo de su invención… ellos no tenían ninguna ocasión de recurrir a la mía; de modo que lo único que yo tenía que hacer era ser para ellos alguna persona o cosa notable que el juego del momento requiriese y que, gracias a mi elevado rango, era simplemente una oportuna y extremadamente distinguida sinecura. He olvidado qué representaba yo en aquella ocasión; sólo recuerdo que era alguien muy importante y reservado y que Flora se tomaba el juego muy en serio. Nos hallábamos en la orilla del lago y, como hacía poco que habíamos empezado a estudiar geografía, el lago representaba el mar de Azov.
De pronto, en medio de aquellos elementos, me di cuenta de que al otro lado del mar de Azov había un espectador que se interesaba en nosotras. Tuve conocimiento de ello de la manera más extraña del mundo… o sea, la más extraña, salvo la mucho más extraña en que rápidamente se transformó. Me había sentado con una labor —⁠pues yo era, en el juego, algo o alguien a quien estaba permitido sentarse⁠— en el viejo banco de piedra que dominaba el estanque; y en aquella posición, sin tener todavía una visión directa, comencé a darme cuenta con certeza de la presencia, a bastante distancia, de una tercera persona. Los árboles añosos, el espeso matorral, proporcionaban una considerable y agradable sombra, pero todo ello estaba bañado por la claridad de la calurosa y apacible tarde. No había ninguna ambigüedad en nada; ninguna, al menos, en la convicción que por momentos fui adquiriendo acerca de lo que sin duda vería frente a mí y al otro lado del lago cuando alzara los ojos. En aquel momento los tenía fijos en la labor de punto que me tenía ocupada y todavía puedo recordar el espasmo del esfuerzo que tuve que hacer para no moverlos hasta haberme calmado lo suficiente para poder decidir qué iba a hacer. Delante de mí había una cosa extraña… un personaje cuyo derecho a estar allí presente puse en duda en el acto impetuosamente. Recuerdo haber examinado todas las posibilidades, haberme dicho a mí misma, por ejemplo, que nada era más natural que la aparición de alguno de los sirvientes que trabajaban allí, o incluso un recadero, un cartero o un repartidor de alguna tienda del pueblo. Aquel recuerdo tuvo tan poco efecto sobre mi casi completa certeza, como sabía —⁠aun sin mirar⁠— que lo tendría sobre la personalidad y la actitud de nuestro visitante. Lo más normal era que esas cosas fuesen en realidad todo lo contrario de lo que parecían.
De la verdadera identidad de la aparición me iba a cerciorar tan pronto como el pequeño cronómetro de mi valor señalase el segundo adecuado; mientras tanto, con un esfuerzo que fue ya bastante intenso, trasladé la mirada a la pequeña Flora, que en aquel momento se hallaba a unas diez yardas de distancia. El corazón se me había parado por un momento debido a la sorpresa y el terror que me producía la pregunta de si ella también lo vería; y contuve la respiración mientras esperaba que un grito suyo, alguna repentina e inocente señal de interés o de alarma, me lo revelara. Esperé, pero nada pasó; luego, en primer lugar —⁠y en esto hay algo más espantoso, me parece, que en todo lo que me queda por contarme decidió la sensación de que desde hacía un minuto Flora había dejado de hacer ruido; y en segundo lugar, la circunstancia de que también desde hacía un minuto había vuelto la espalda al agua mientras jugaba. Tal era su actitud cuando por fin la miré… con la firme convicción de que todavía nos estaba observando alguien. Ella había cogido un trocito de madera lisa que casualmente tenía un pequeño orificio, el cual, era evidente, le había sugerido la idea de hincarle otro fragmento que pudiera hacer de mástil, y hacer así un barco. Mientras la observaba, estaba intentando, de forma notoria y poniendo en ello toda su atención, ajustar el segundo pedazo en su sitio. El comprender lo que estaba haciendo me fortaleció de tal modo que al cabo de unos segundos me sentí dispuesta a hacer algo más. Entonces desvié la mirada de nuevo… me enfrenté a lo que tenía que enfrentarme.
VII
Después de aquello traté de localizar a Mrs. Grose tan pronto como pude; y me resulta imposible referir de manera inteligible cómo aguanté todo aquel tiempo. Sin embargo todavía me parece oír cómo lloré cuando poco menos que me arrojé en sus brazos.
—¡Lo saben!… es demasiado monstruoso: ellos lo saben, ¡lo saben!
—¿Qué demonios…?
Noté su incredulidad mientras me abrazaba.
—Pues todo lo que sabemos nosotras… ¡y sabe Dios cuántas cosas más!
Luego, mientras me soltaba, se lo demostré, tal vez sólo entonces me lo demostré a mí misma con plena coherencia.
—Hace dos horas, en el jardín —⁠apenas podía articular palabra⁠—, ¡Flora la vio!
Mrs. Grose se tomó aquello como si hubiese recibido un golpe en el estómago.
—¿Se lo ha dicho ella? —dijo jadeando.
—Ni una palabra… eso es lo más horroroso. ¡Se ha negado a hablar! ¡Una niña de ocho años!
Mi estupefacción era indescriptible.
Lo único que pudo hacer Mrs. Grose, por supuesto, fue abrir la boca todavía más.
—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?
—Yo estaba allí… lo vi con mis propios ojos: vi que ella se dio cuenta perfectamente.
—¿Quiere decir que se dio cuenta de la presencia de él?
—No… de ella.
Mientras hablaba me daba cuenta de que yo debía de ofrecer un aspecto horrible, pues vi su reflejo diferido en el rostro de mi compañera.
—Esta vez… era otra persona; pero un personaje de una maldad y un horror tan inconfundibles como el otro: una mujer vestida de negro, pálida y atroz —⁠¡con tal apariencia y tal semblante también!⁠— en la orilla opuesta del lago. Yo estaba allí con la niña… tranquila de momento; y en medio de eso surgió.
—¿Cómo surgió?… ¿de dónde?
—¡De donde ellos vienen! De pronto apareció y permaneció allí… pero no tan cerca.
—¿Y no se acercó más?
—¡Por la impresión y la sensación que me produjo, podría haber estado tan cerca como usted!
Mi amiga, movida por un extraño impulso, retrocedió un paso.
—¿Era alguien a quien usted no había visto nunca?
—Nunca. Pero alguien a quien la niña sí había visto. Y usted también.
Entonces, para demostrar que lo había meditado todo a fondo, añadí:
—Mi predecesora: la que murió.
—¿Miss Jessel?
—Miss Jessel. ¿No me cree? —⁠insistí.
La angustia la hizo volverse a derecha e izquierda.
—¿Cómo puede usted estar tan segura?
En mi estado de nervios, aquello me provocó un estallido de impaciencia.
—Entonces pregúnteselo a Flora… ¡ella está segura!
Pero nada más decirlo me interrumpí.
—¡No, por el amor de Dios, no lo haga! Dirá que no era ella… ¡mentira!
Mrs. Grose no estaba tan desconcertada como para no protestar de manera instintiva.
—¿Cómo puede usted decir eso?
—Porque lo tengo muy claro. Flora no quiere que yo lo sepa.
—Sólo trata de no preocuparla.
—No, no… es algo más profundo, ¡mucho más profundo! Cuanto más lo analizo, más lo comprendo, y cuanto más lo comprendo más miedo tengo. Ignoro lo que no comprendo, ¡lo que no temo!
Mrs. Grose trató de seguirme.
—¿Quiere usted decir que teme volver a verla?
—Oh, no; eso no importa… ¡ahora!
Luego me expliqué.
—Lo que temo es no verla.
Pero mi compañera parecía todavía más pálida.
—No comprendo.
—Pues bien, lo que temo es que la niña pueda seguir viéndola —⁠y que sin duda lo hará⁠— sin que yo lo sepa.
Al imaginarse aquella posibilidad, Mrs. Grose se derrumbó por un momento, sin embargo en seguida se tranquilizó de nuevo como si tuviera plena conciencia de lo que en realidad pasaría si cediéramos una pulgada.
—¡Dios mío!… ¡no debemos perder la cabeza! Después de todo, si a ella no le importa… Incluso intentó hacer una broma a pesar de todo.
—Tal vez le guste.
—¡Cómo van a gustarle tales cosas… a ese renacuajo de niña!
—¿No es eso acaso una prueba de su bendita inocencia? —⁠preguntó valerosamente mi amiga.
Por un momento casi me convenció.
—Sí, tenemos que aferrarnos a eso… ¡es preciso! Si no es una prueba de lo que usted dice, entonces es una prueba de… ¡Dios sabe qué! Pues esa mujer es el horror de los horrores.
Al oír aquello, Mrs. Grose estuvo unos instantes mirando al suelo; luego alzó los ojos por fin y dijo:
—Dígame cómo lo sabe.
—Entonces, ¿admite que era ella? —⁠exclamé.
—Dígame cómo lo sabe —se limitó a repetir mi amiga.
—¿Que cómo lo sé? ¡Porque la vi! Por la forma en que miraba.
—¿A usted, quiere decir? ¿Con perversidad?
—¡Madre mía, no!… No lo habría podido soportar. No me dirigió siquiera una mirada. Sólo miraba fijamente a la niña.
Mrs. Grose trató de imaginárselo.
—¿La miraba fijamente?
—¡Oh, sí, y con qué ojos tan atroces!
Me miró fijamente como si realmente mis ojos pudieran parecerse a los de la aparición.
—¿Quiere decir con animadversión?
—Dios nos asista, no. Algo mucho peor.
—¿Peor que animadversión?
Aquello realmente la desorientó.
—Con una determinación… indescriptible. Con una especie de intención furiosa.
Conseguí hacerla palidecer.
—¿Intención?
—De apoderarse de ella.
Sin dejar de mirarme a los ojos, Mrs. Grose se estremeció y se fue hacia la ventana; y mientras permanecía allí mirando hacia el exterior, concluí mi exposición de los hechos.
—Eso es lo que Flora sabe.
Poco después se dio la vuelta.
—¿Y dice usted que esa persona vestía de negro?
—De luto… más bien ropa de mala calidad, casi raída. Pero —⁠sí⁠— de una extraordinaria belleza.
Entonces me di cuenta de que, poco a poco, había convencido por fin a la víctima de mis confidencias, pues era evidente que sopesaba mis palabras.
—Oh, muy hermosa, sí, mucho —⁠insistí⁠—, portentosamente hermosa. Pero odiosa.
Lentamente volvió a mi lado.
—Miss Jessel… era odiosa.
De nuevo me cogió una mano y la apretó como para darme fuerzas ante la creciente inquietud que pudiera causarme aquella revelación.
—Los dos eran odiosos —dijo finalmente.
De modo que durante un rato nos enfrentamos de nuevo a los hechos; y realmente ver la situación con tanta claridad me proporcionó una gran ayuda.
—Agradezco la consideración que ha tenido —⁠le dije⁠— de no hablarme de ellos hasta ahora; pero sin duda ha llegado el momento de que me lo cuente todo.
Pareció estar de acuerdo, pero no llegó a decir nada, visto lo cual proseguí:
—Tiene que contármelo ya. ¿De qué murió ella? Vamos, dígamelo: ¿había algo entre ellos?
—Todo.
—¿A pesar de la diferencia…?
—Sí, de clase, de situación —⁠lo puso de manifiesto con desconsuelo⁠—. Ella era una señora.
Consideré lo que me había dicho, y de nuevo comprendí.
—Claro… era una señora.
—Y él estaba muy por debajo —⁠dijo Mrs. Grose.
Tuve la impresión de que, delante de ella, sin duda no necesitaba insistir demasiado acerca del lugar que ocupaba un sirviente en la escala social; pero no había nada que me impidiera aceptar la valoración de mi compañera sobre la degradación de mi predecesora. Había una forma de resolver aquello, y la utilicé; era sin duda la más adecuada dada la visión que yo tenía, bastante manifiesta, del difunto hombre «de confianza» de nuestro patrón: astuto, bien parecido, desvergonzado, seguro de sí mismo, corrompido, depravado.
—Era un tipo despreciable.
Mrs. Grose consideró que tal vez sería mejor establecer algún tipo de matices.
—No he conocido a nadie como él. Hacía lo que quería.
—¿Con ella?
—Con todos.
Fue como si hubiese vuelto a aparecer Miss Jessel ante los ojos de mi amiga. De todas formas, por un momento me pareció que la evocaba tan claramente como yo la había visto junto al estanque; y afirmé con decisión:
—¡Debe haber sido también porque ella quería!
El rostro de Mrs. Grose indicaba que así había sido en efecto, pero al mismo tiempo dijo:
—Pobre mujer… ¡pagó por ello!
—Entonces, ¿sabe usted de qué murió? —⁠le pregunté.
—No… no sé nada. No quise saberlo. Me alegré mucho de no saberlo; ¡y di gracias al cielo de que se encontrase muy lejos de aquí!
—Sin embargo cuando ocurrió tendría usted alguna idea…
—¿Del verdadero motivo por el que se marchó? Oh, sí… en lo referente a eso. No podía quedarse. Figúrese lo que sería… ¡para una institutriz! Y más tarde imaginé… y sigo imaginando. Y lo que imagino es espantoso.
—No tan espantoso como lo que yo imagino —⁠le respondí; y debí de mostrarle… fui bastante consciente de ello, desde luego… una lamentable apariencia de derrota. Y con ello saqué de nuevo a relucir toda la compasión que ella sentía por mí, y ante sus renovadas muestras de bondad mi capacidad de resistencia se vino abajo. Me eché a llorar, como la había hecho llorar a ella en otra ocasión; me cobijó en su pecho maternal y no pude contener mis lamentos.
—¡No lo consigo! —sollocé con desesperación⁠—; ¡no puedo salvarlos ni protegerlos! Es mucho peor de lo que había soñado. ¡Están perdidos!
VIII
Lo que le había dicho a Mrs. Grose era bastante cierto: en el asunto que le había expuesto había turbiedades y contingencias que me faltaba valor para tratar de averiguar; de modo que, cuando volvimos a encontrarnos sin que nuestro común asombro se hubiera disipado, estuvimos de acuerdo en que debíamos resistirnos a cualquier fantasía extravagante. Aunque perdiésemos todo lo demás, no teníamos que perder la cabeza… por difícil que pudiera ser, desde luego, que toda aquella prodigiosa experiencia que tuvimos no nos pareciese por lo menos controvertible. Hacia el final de aquella noche, mientras todos dormían, sostuvimos otra conversación en mi habitación en la que ella estuvo de acuerdo conmigo en que, sin lugar a dudas, yo había visto exactamente lo que decía haber visto. Comprobé que para convencerla por completo de ello sólo tuve que preguntarle cómo, si «me lo había inventado», había sido capaz de ofrecerle una descripción de cada una de las personas que se me aparecieron que revelaba hasta el último detalle sus rasgos más significativos… un retrato ante cuya exposición ella los reconoció inmediatamente y los nombró. Como es natural, ella quería echar tierra sobre el asunto… ¡y no podía culparla del todo por ello!; por consiguiente me apresuré a asegurarle que en aquellos momentos mi interés consistía únicamente en tratar de encontrar una forma de escapar de él. Convine con ella cordialmente acerca de la posibilidad de que si se repetían —⁠pues dábamos por supuesto que las apariciones se repetirían⁠— me acostumbraría al peligro; y le manifesté claramente que el riesgo a que me exponía se había convertido de pronto en la menor de mis preocupaciones. Lo intolerable era mi nueva sospecha; y no obstante, las últimas horas del día habían aportado un poco de alivio incluso a esta complicación.
Al marcharme de su lado, después de mi primer estallido, había vuelto por supuesto al lado de mis pupilos, asociando el adecuado remedio para mi consternación con el encanto que sentía al estar con ellos, que ya había reconocido como un recurso que realmente podía cultivar y que todavía no me había fallado. En otras palabras, de nuevo me había metido de cabeza en el singular mundo de Flora y allí me di cuenta —⁠¡era casi un lujo!⁠— de que podía poner su manita, de una manera consciente, precisamente en el lugar que me dolía. Me había mirado con una expresión dulce y especulativa y luego me había echado en cara haber «llorado». Yo creía haber borrado las feas huellas del llanto; pero, ante aquella impenetrable indulgencia, pude alegrarme literalmente —⁠de momento al menos de que no hubieran desaparecido del todo. Contemplar los abismos de los ojos azules de la niña y declarar que su encanto era un ardid de su ingenio precoz equivalía a sentirme culpable de cinismo y antes que eso prefería naturalmente retractarme de mi opinión y, en la medida de lo posible, de mi agitación. No podía retractarme por el mero hecho de quererlo, pero sí repetirle a Mrs. Grose —⁠como hice una y otra vez a altas horas de la noche⁠— que mientras pudiéramos escuchar las voces de nuestros amiguitos, estrecharlos contra nuestros pechos y sentir la fragancia de sus rostros en nuestras mejillas, todo se vendría abajo excepto su fragilidad y su belleza. Fue una lástima que, de algún modo, para solucionarlo de una vez por todas, tuve igualmente que volver a enumerar las muestras de sutileza que, aquella tarde, a la orilla del lago, me permitieron milagrosamente mantener la serenidad. Fue una lástima que me viese obligada a examinar una vez más la certeza del momento mismo y a repetir cómo había tenido la revelación de que la inconcebible comunión que entonces sorprendí debía de haber sido por ambas partes una cosa habitual. Fue una lástima que tuviera que contar de nuevo con voz trémula los motivos por los que, en mi delirio, ni por un momento había puesto en duda que la chiquilla veía a nuestra visitante exactamente como yo veía a Mrs. Grose, y que, precisamente porque la veía, quería hacerme creer que no, y al mismo tiempo, sin delatarse, lograr adivinar si yo la veía. Fue una lástima que necesitara recapitular las prodigiosas actividades con las cuales procuró distraer mi atención: el aumento perceptible de sus movimientos, la mayor intensidad de sus juegos, sus canciones, su torrente de palabras ininteligibles y sin sentido y su invitación a retozar.
Sin embargo, si no hubiera consentido en hacer aquella revisión, para probar que no había nada en todo el asunto, se me habrían escapado los dos o tres débiles motivos de consuelo que todavía me quedaban. No habría sido capaz, por ejemplo, de aseverar a mi amiga que estaba segura —⁠lo cual ya era mucho⁠— de que yo, al menos, no me había traicionado. No me habría visto forzada, impulsada por la necesidad, por la desesperación —⁠apenas sé cómo llamarlo⁠— a invocar cualquier ayuda adicional a la inteligencia que pudiera conseguir acorralando completamente a mi colega. Poco a poco, bajo presión, me había contado mucho; pero había un punto sospechoso en todo aquel asunto que todavía me intrigaba a veces como si el ala de un murciélago me rozase las sienes; y recuerdo cómo en aquella ocasión —⁠pues todos dormían en la casa y la conjunción del peligro que corríamos y de nuestra vigilancia parecía sernos de ayuda⁠— me di cuenta de la importancia de dar el último tirón a la cortina.
—No creo que exista nada tan horrible —⁠recuerdo haber dicho⁠—; no, digámoslo de una vez, querida, no lo creo. Pero si lo creyese, ¿sabe usted?, hay algo que, sin ahorrarle a usted nada… sí, ¡ni una pizca!…, querría que me dijese ahora mismo. ¿En qué pensaba usted cuando, con lo preocupadas que estábamos, antes de la vuelta de Miles, con la carta de su colegio, dijo usted, después de insistir yo tanto, que no pretendía afirmar literalmente que nunca se hubiese portado «mal»? No se ha portado mal «nunca», realmente, durante estas semanas que he vivido con él y lo he observado tan de cerca; ha sido un imperturbable prodigio de deliciosa y adorable bondad. Por lo tanto, usted podría perfectamente haber hecho esta afirmación si no hubiese tenido, como ocurrió, algo que objetar. ¿Qué era ello, y a qué circunstancia observada por usted se refería?
Era una pregunta bastante directa, pero la ligereza no era nuestro fuerte y, en cualquier caso, antes de que la gris aurora nos aconsejara separarnos, había obtenido su respuesta. Lo que mi amiga había pensado confirmaba bastante mi conjetura. Era, ni más ni menos, que, durante un periodo de varios meses Quint y el muchacho habían estado permanentemente juntos. Era, desde luego, un detalle muy apropiado que evidenciaba que se había atrevido a criticar la conveniencia, a insinuar la incongruencia, de una alianza tan estrecha, e incluso a llegar a revelarle el asunto con toda franqueza a Miss Jessel. Ésta le había pedido, con altanería, que no se metiera en lo que no le importaba y, en vista de ello, la buena mujer había abordado directamente al pequeño Miles. Lo que le había dicho a él, ya que ante mi insistencia me lo contó, fue que a ella le gustaba ver que los jóvenes caballeros no olvidaban su posición social.
Desde luego, volví a apremiarla todavía más sobre aquello.
—¿Le recordó que Quint no era más que un humilde criado?
—¡Y usted que lo diga! Y fue su respuesta, en primer lugar, lo que estuvo mal.
—¿Y qué más? —Aguardé un poco—. ¿Le repitió sus palabras a Quint?
—No, eso no. Eso es precisamente lo que nunca habría hecho —⁠sus palabras seguían impresionándome⁠—. En cualquier caso, yo estaba segura —⁠añadió⁠— de que no lo haría. Pero negó otras circunstancias.
—¿Qué circunstancias?
—Que hubiesen andado juntos como si Quint fuese su tutor —⁠y muy importante⁠— y Miss Jessel sólo fuese aya de la pequeña señorita. Que hubiera salido con aquel individuo, quiero decir, y que pasaran muchas horas juntos.
—¿Entonces anduvo con evasivas… negó haber hecho tal cosa?
Su asentimiento fue bastante preciso por lo que me vi obligada a añadir en seguida:
—Ya veo. Mintió.
—¡Bah! —masculló Mrs. Grose.
Era como si insinuara que aquello no importaba; sugerencia que respaldó, desde luego, con otro comentario.
—Es que, después de todo, a Miss Jessel le daba igual. No se lo prohibía.
Reflexioné.
—¿Se lo dijo él para justificarse?
Al oír aquello volvió a desplomarse.
—No, nunca me habló de ello.
—¿Nunca mencionó a Miss Jessel en relación con Quint?
Comprendió, ruborizándose visiblemente, adónde quería yo ir a parar.
—No explicó nada. Se negó —⁠repitió⁠—; se negó.
¡Dios mío, cómo la apremié entonces!
—De modo que usted comprendió que Miles sabía lo que había entre aquellos dos miserables, ¿no es así?
—No lo sé… ¡no lo sé! —se lamentó la pobre mujer.
—Sí que lo sabe, querida —repliqué⁠—; sólo que no tiene mi enorme descaro e incluso oculta, por timidez y modestia y delicadeza, la impresión de que en el pasado, cuando sin mi ayuda tuvo que andar dando tumbos en silencio, casi todo le hacía sentirse desdichada. ¡Pero se lo sacaré! Había algo en el muchacho que le hizo a usted pensar —⁠continué⁠— que disimulaba y ocultaba la relación entre ellos.
—Pero no pudo impedir…
—¿Que usted se enterase de la verdad? ¡Puede ser! Pero, cielos —⁠me puse a pensar con vehemencia⁠—, ¡eso demuestra, hasta cierto punto, lo que habían conseguido hacer de él!
—Bueno, ¡nada que ahora no esté bien! —⁠alegó Mrs. Grose tristemente.
—¡No me sorprende la expresión de su rostro —⁠persistí⁠— cuando le mencioné la carta del colegio!
—¡Dudo que fuera más rara que la del suyo! —⁠replicó con vigor e inocencia⁠—. Y si entonces era tan malo como aquello parecía indicar, ¿cómo es posible que ahora sea un ángel?
—Sí, en efecto… ¡si era un demonio en el colegio! ¿Cómo es posible, cómo? Pues no sé —⁠le dije con fastidio⁠—, tendrá usted que planteármelo de nuevo, aunque durante algunos días no podré decirle nada. ¡Pero vuelva a preguntármelo! —⁠Grité de tal modo que mi amiga abrió desmesuradamente los ojos⁠—. Hay ciertas direcciones en las cuales no debo perderme por ahora. —⁠Entretanto volví a su primer ejemplo… el único al que acababa de referirse un momento antes… sobre la apropiada disposición del muchacho a tener algún que otro desliz⁠—. Si Quint era un humilde criado… como usted le reprochó en aquella ocasión de que me habló…, una de las cosas que Miles le respondió, me imagino, fue que usted también lo era.
De nuevo su asentimiento fue tan adecuado que continué:
—¿Y usted se lo perdonó?
—¿No habría hecho usted lo mismo?
—¡Oh, sí!
Y allí mismo intercambiamos, en la quietud de la noche, las más extrañas muestras de regocijo. Luego proseguí:
—En todo caso, mientras él estaba con el hombre…
—Miss Flora estaba con la mujer. ¡A los dos les venía de perlas!
Tuve la impresión de que a mí también me venía de perlas, sólo que en exceso; con lo cual quiero decir que encajaba perfectamente con el funesto panorama cuyo vaticinio estaba a punto de prohibirme. Pero conseguí contenerme hasta tal punto que, por ahora, no daré otra aclaración del mismo que la que pueda proporcionar la mención de mi comentario final a Mrs. Grose.
—Confieso que el hecho de que haya mentido y que fuera tan descarado son muestras menos agradables de lo que hubiera esperado que usted me revelara sobre el despertar del hombrecito que lleva dentro. Sin embargo —⁠dije pensativa⁠—, deben ser suficientes, pues más que nunca me hacen sentir que tengo que estar alerta.
Un momento después me ruboricé al ver en el rostro de mi amiga cuán incondicionalmente había perdonado al muchacho, mucho más de lo que su anécdota me pareció que habría incitado a hacerlo a mi propia benevolencia. Fue más evidente cuando, al dejarme en la puerta del aula, me dijo:
—No pensará acusarlo, ¿verdad?…
—¿De mantener una relación que me oculta? Bueno, recuerde que, mientras no tenga más pruebas, todavía no acuso a nadie.
Luego, antes de que cerrase la puerta para irse a su habitación por otro pasillo, concluí:
—Sólo me queda esperar.
IX
Esperé y esperé, y, según pasaban los días, disminuyó un poco mi consternación. A decir verdad bastó que pasaran unos cuantos, sin perder nunca de vista a mis pupilos y sin nuevos incidentes, para que las lastimosas fantasías e incluso los recuerdos odiosos se borrasen de un brochazo. He hablado de que rendirme a su extraordinario encanto infantil era algo que yo misma podía fomentar activamente, y ya pueden imaginarse que no dejé de acudir a esa fuente en busca del alivio que pudiera proporcionarme. Más extraño de lo que puedo expresar fue, ciertamente, el esfuerzo que tuve que llevar a cabo para enfrentarme a mis nuevas perspectivas. Sin embargo la tensión habría sido aún mayor, indudablemente, de no haber tenido éxito con tanta frecuencia. Solía preguntarme cómo era posible que los niños que tenía a mi cargo no adivinaran que yo pensaba cosas raras de ellos; y la circunstancia de que aquellas cosas sólo hacían que ellos pareciesen más interesantes no era en sí misma una ayuda inmediata para ocultárselas. Temía que pudieran imaginarse que eran muchísimo más interesantes. En todo caso, poniéndome en lo peor, como a menudo hacía cuando meditaba, cualquier duda sobre su inocencia —⁠libres de culpa y condenados de antemano como estaban⁠— sólo podía ser una razón de más para correr riesgos. Había momentos en que me figuraba que los cogía en mis brazos, movida por un impulso irresistible y los estrechaba contra mi corazón. Nada más hacer eso solía preguntarme: «¿Qué pensarán ellos de esto? ¿No me estaré traicionando demasiado?». Habría sido fácil enredarme con deplorables e insensatas conjeturas sobre lo mucho que podía traicionarme; pero la verdadera explicación, creo yo, de los momentos de paz que todavía pude disfrutar fue que el apremiante encanto de mis compañeros me seguía seduciendo incluso aunque lo ensombreciera la posibilidad de que fuese premeditado. Pues si de vez en cuando pensaba que podía levantar sospechas con aquellos breves arrebatos en que manifestaba mi intensa pasión por ellos, también recuerdo que me preguntaba si no podría parecerme raro el apreciable aumento de sus propias demostraciones de afecto.
Durante aquel periodo se mostraron exagerada y prodigiosamente cariñosos conmigo; lo cual, después de todo, pensaba yo, no era más que una digna respuesta de unos niños tan reverenciados y halagados. El homenaje que tanto me prodigaban surtía tanto efecto sobre mis nervios como si yo nunca hubiese tenido la intención, por así decirlo, de pillarlos literalmente con un propósito concreto. Nunca, creo yo, habían querido hacer tantas cosas por su pobre protectora; quiero decir —⁠aparte de recibir sus clases cada vez mejor, lo cual era naturalmente lo que más le gustaba a ella⁠— para divertirla, distraerla, sorprenderla; leerle pasajes de un libro, contarle historias, proponerle charadas, abalanzarse sobre ella disfrazados de animales y de personajes históricos, y sobre todo asombrarla con las «obras» que, a escondidas, se habían aprendido de memoria y podían recitar interminablemente. Nunca podré llegar al fondo —⁠ni aunque me dejase llevar ahora⁠— de las prodigiosas observaciones personales, todas ellas sujetas a rectificaciones todavía más personales, con las que en aquella época pasé largas horas con ellos. Me habían demostrado desde el principio una facilidad para todo, una aptitud general que, una vez puesta en marcha, alcanzaba alturas insospechadas. Hacían sus deberes como si les encantaran; se permitían el lujo, por la mera exuberancia de sus dotes, de hacer pequeños alardes de memoria que nadie les había impuesto. No sólo se presentaban ante mí como tigres o como romanos, sino también como personajes de Shakespeare, astrónomos y navegantes. La circunstancia era tan extraordinaria que me imagino que tuvo mucho que ver con el hecho para el que, en estos momentos, no encuentro otra explicación: me refiero a la anormal calma con que me tomé el asunto de buscarle otro colegio a Miles. Lo que recuerdo es que, de momento, me contentaba con no plantearme la cuestión, y aquella satisfacción debía de surgir de las impresionantes muestras de inteligencia que constantemente me ofrecía. Era demasiado inteligente para que una mala institutriz, para que la hija de un clérigo, lo echara a perder; y la hebra más extraña, si no la más brillante, de aquel rico bordado de ideas del que acabo de hablar era la impresión que yo podría haber recibido, si me hubiera atrevido a desentrañarlo, de que el muchacho se encontraba bajo alguna influencia que actuaba sobre su exigua vida intelectual como un tremendo estímulo.
Si era fácil pensar, sin embargo, que un muchacho así podía aplazar su vuelta al colegio, era al menos tan evidente que el hecho de que el director de un colegio lo hubiese «expulsado» era un misterio indescifrable. Déjenme añadir que en su compañía —⁠y tenía cuidado de no dejarlos solos casi nunca⁠— no podía seguir ninguna pista que me llevase muy lejos. Vivíamos en una nube de música y afecto, de prosperidad y de funciones teatrales privadas. El sentido musical de ambos niños era muy acusado, pero el mayor en especial tenía una maravillosa facilidad para captar y repetir melodías. El piano del aula prorrumpía en fantasías completamente horripilantes; y cuando no era así se confabulaban en los rincones, y a continuación uno de ellos salía de la habitación muy animado para volver a «entrar» como algo distinto. Yo había tenido hermanos varones y no era ninguna revelación para mí que las chiquillas pudieran idolatrar servilmente a los muchachitos. Lo que superaba todo lo imaginable era que existiera un muchachito capaz de mostrar tanta consideración por alguien de una edad, sexo e inteligencia inferiores a los suyos. Estaban extraordinariamente unidos, y decir que nunca se peleaban ni se quejaban sería hacer un burdo elogio a la amabilidad de su trato. La verdad es que, a veces (cuando yo caía en la Vulgaridad) descubría quizás pequeños indicios de entendimiento entre ellos, mediante los cuales mientras uno me tenía ocupada el otro se escabullía. Supongo que en toda diplomacia hay un aspecto ingenuo; pero si mis pupilos la practicaban conmigo era sin duda con un mínimo de grosería. Fue en otro lugar completamente distinto donde, después de una tregua, estalló la grosería.
Me doy cuenta de que realmente me hago la remolona; pero aunque me horrorice debo arriesgarme. Al continuar con el relato de los horrores de Bly no sólo desafío las creencias más liberales —⁠que poco me importan⁠— sino que (y esto es ya otra cuestión) renuevo lo que sufrí, recorro otra vez mi horrible camino hasta el final. De pronto llegó un momento en que, cuando miro hacia atrás, todo el asunto me parece que no fue más que un puro sufrimiento; pero al menos he llegado al fondo del mismo, y el camino más directo para salir de él es sin duda seguir adelante. Una noche —⁠sin nada que me llevara a ello o me preparase⁠— sentí la misma impresión de frío que había experimentado la noche de mi llegada y que, por ser entonces mucho más ligera, como he mencionado, probablemente habría hecho poca mella en mi memoria si mi estancia posterior hubiese sido menos agitada. Todavía no me había acostado; estaba leyendo a la luz de dos velas. Había una habitación en Bly repleta de libros antiguos —⁠algunos de ellos novelas del siglo pasado⁠— que, gozando de una reputación claramente despreciativa, aunque no tanta como para que se los considerase ejemplares descarriados, habían llegado hasta aquella aislada mansión y habían atraído mi inconfesada curiosidad juvenil. Recuerdo que el libro que tenía entre las manos era Amelia de Fielding; también que estaba completamente despierta. Recuerdo además que tenía la firme convicción de que era tremendamente tarde pero que me negaba a mirar el reloj. Por último, me figuro que la cortina blanca que, como estaba de moda en aquellos tiempos, cubría la cabecera de la camita de Flora, velaba, como ya me había asegurado mucho antes, para que el descanso de la niña fuese perfecto. Recuerdo, en suma, que aunque estaba profundamente interesada en mi lectura, al pasar una página comprobé que mi embeleso se había disipado y levanté los ojos del libro y miré fijamente a la puerta de mi habitación. Mientras permanecía escuchando un momento, me acordé de la vaga sensación que había tenido, la primera noche, de que había algo indeterminable que se movía por la casa, y noté que la débil corriente que entraba por la ventana abierta movía la persiana a medio bajar. Entonces, dando muestras de una parsimonia que tendría que haber parecido espléndida si hubiese habido allí alguien para admirarla, dejé a un lado mi libro, me levanté y, cogiendo una vela, salí inmediatamente de la habitación y, una vez en el pasillo, apenas iluminado por la luz que llevaba conmigo, cerré la puerta con llave sin hacer ruido.
Ahora no sabría decir qué fue lo que me decidió ni lo que me guió, pero avancé resueltamente por el pasillo, sosteniendo en alto la vela, hasta llegar frente al ventanal que presidía el gran rellano de la escalera. En aquel momento me di cuenta irreflexiblemente de tres cosas. Fueron casi simultáneas, pero se produjeron en tres instantes sucesivos. Mi vela se apagó, debido a un movimiento brusco, y me di cuenta de que el leve fulgor del amanecer, a través de la ventana abierta, la hacía innecesaria. Sin ella, un instante después, supe que había alguien en la escalera. Hablo de una sucesión de momentos, pero no necesité ni el transcurso de unos segundos para ponerme tiesa a fin de afrontar un tercer encuentro con Quint. La aparición había alcanzado el rellano que había a mitad de la escalera y se hallaba, por consiguiente, en el lugar más próximo a la ventana, donde, al verme, se paró en seco y se quedó mirándome fijamente igual que lo había hecho desde la torre y desde el jardín. Me reconoció también como yo lo reconocí a él; y así, a la tenue penumbra del frío crepúsculo, con un destello en lo alto del cristal y otro abajo en la escalera de roble encerada, nos miramos cara a cara con la misma intensidad que las otras veces. En aquella ocasión, se trataba indudablemente de una detestable y peligrosa presencia viva. Pero eso no era lo más asombroso de todo; reservo esa prerrogativa para otra circunstancia completamente distinta: la de que todos mis temores me habían abandonado sin lugar a dudas y que no había nada en mí que me impidiera enfrentarme y medirme con él.
Después de aquel momento extraordinario me angustié bastante, pero no sentí, gracias a Dios, ningún terror. Y él se dio cuenta de que no lo sentía… al cabo de un instante fui consciente de eso y era algo magnífico. Tuve la impresión, en un arrebato de confianza, de que si me mantenía en mis trece un solo minuto ya no tendría —⁠de momento al menos⁠— que vérmelas con él; y, en consecuencia, durante aquel minuto la aparición fue tan humana y tan monstruosa como si se tratara de un verdadero encuentro: monstruosa porque era humana, tan humana como encontrarse sola, a altas horas de la noche, en una casa donde todos duermen, con algún enemigo, algún aventurero, algún criminal. El silencio sepulcral con que nos miramos tan de cerca y durante tanto tiempo fue lo único que dio un toque sobrenatural a todo aquel horror, por enorme que fuese. Si me hubiese encontrado a un asesino en un lugar parecido y a semejante hora, por lo menos habríamos hablado. Algo habría pasado entre nosotros si ambos hubiésemos estado vivos; si no hubiera pasado nada, alguno de nosotros se habría movido. Aquel momento se prolongó tanto que faltó muy poco para que yo misma pusiera en duda incluso que estuviese viva. Únicamente puedo expresar lo que vino después si digo que el silencio mismo —⁠que era realmente un testimonio de mi entereza⁠— se convirtió en el elemento en el que vi desaparecer a aquella figura; en el que vi que se volvía decididamente, como podría haber visto volverse, al recibir una orden, al vil miserable a quien una vez perteneció y, sin apartar los ojos de su infame espalda a la que ninguna joroba podría haber desfigurado más, bajar la escalera y sumirse en la oscuridad en la que se perdía el siguiente recodo.
X
Permanecí un rato en lo alto de la escalera, pero en seguida comprendí que cuando mi visitante se había ido, lo había hecho definitivamente; luego regresé a mi habitación. Lo primero que vi allí, a la luz de la vela que había dejado encendida, fue que la camita de Flora estaba vacía; y en vista de ello me quedé sin respiración, presa de todo el terror que, cinco minutos antes, había sido capaz de resistir. Me precipité hacia el lugar donde la había dejado acostada y sobre el cual —⁠pues la pequeña colcha de seda y las sábanas estaban desarregladas⁠— las cortinas blancas habían sido corridas engañosamente; entonces mis pasos, con indecible alivio por mi parte, provocaron una respuesta sonora: reparé en que la persiana de la ventana se movía y por detrás de ella, agachada, apareció alegremente la niña. Se quedó allí de pie con tanto candor y tan poco camisón, sus rosados pies desnudos y el resplandor dorado de sus rizos. Parecía tremendamente seria y yo nunca había tenido tal sensación de haber perdido una ventaja adquirida (cuya emoción había sido tan prodigiosa) como al darme cuenta de que se dirigía a mí con un reproche:
—¡Qué mala es usted! ¿Dónde ha estado?
En vez de cuestionar su comportamiento irregular me veía acusada y teniendo que justificarme. La niña se explicó, con respecto a aquello, con la más encantadora y vehemente ingenuidad. De pronto se había dado cuenta, mientras estaba acostada, de que me había ido de la habitación y se había levantado de un salto para ver qué había sido de mí. Con la alegría de su reaparición me dejé caer de nuevo en mi silla… sintiéndome entonces, y sólo entonces, un poco mareada; ella vino corriendo hacia mí, se echó encima de mis rodillas para que la abrazara, mientras la luz de la vela iluminaba directamente su maravillosa carita que todavía estaba enrojecida por el sueño. Recuerdo que cerré los ojos un momento, complaciente, deliberadamente, como si no pudiera resistir el brillo excesivo de sus hermosos ojos azules.
—¿Me buscabas mirando por la ventana? —⁠le dije⁠—. ¿Pensabas que podía estar paseando por el jardín?
—Pues verá usted, creí que había alguien.
Mientras me sonreía no palideció lo más mínimo.
¡Oh, cómo la miré en aquel momento!
—¿Y viste a alguien?
—¡Oh, no! —respondió casi con resentimiento (sirviéndose del privilegio de la inconsecuencia infantil), aunque con mucha dulzura al arrastrar un poco su negación.
En aquel momento, dado el estado de mis nervios, estaba completamente segura de que mentía; y si cerré los ojos una vez más fue por la turbación que me producían las tres o cuatro formas en que podía tomarme aquello. Una de ellas me tentó por un momento con una intensidad tan singular que, para resistirla, tuve que estrechar a mi niñita con tal arrebato que, increíblemente, ella se conformó sin proferir un solo grito ni dar ninguna muestra de estar asustada. ¿Por qué no soltárselo allí mismo y acabar con todo aquello… por qué no decírselo sin rodeos en su preciosa carita iluminada? «Ves, por supuesto que ves, sabes que ves y realmente sospechas que yo lo creo; por consiguiente, ¿por qué no me lo confiesas francamente, para que al menos podamos aceptarlo juntas y enterarnos quizás, dado lo extraño de nuestro destino, de dónde estamos y de lo que significa?». Aquella pretensión se desvaneció, ¡ay de mí!, lo mismo que había venido: si hubiera sucumbido inmediatamente a ella podría haberme ahorrado… bueno ya verán ustedes qué. En lugar de sucumbir me levanté otra vez de un salto, miré su cama y opté por un inútil término medio.
—¿Por qué corriste la cortina para hacerme creer que todavía estabas allí?
Flora reflexionó lúcidamente; después de lo cual me dijo, con su divina sonrisita:
—¡Porque no quería asustarla!
—Pero si creías que me había ido…
La niña se negó rotundamente a dejarse enredar; volvió la mirada a la llama de la vela como si la pregunta fuese tan irrelevante o, en todo caso, tan impersonal como la Mrs. Marcet o nueve veces nueve.
—Oh, pero usted sabe —me contestó bastante apropiadamente⁠— que podía regresar, querida, ¡y es lo que ha hecho!
Y al cabo de un rato, cuando ya se había acostado, con objeto de hacerla callar tuve que retenerle la mano bastante tiempo, para demostrarle que reconocía lo pertinente que había sido mi regreso.
Ya pueden imaginarse el cariz general que tomaron mis noches a partir de aquel momento. Repetidas veces me quedé levantada hasta no sé cuándo; elegía los momentos en que mi compañera de cuarto dormía sin lugar a dudas para salir a hurtadillas y dar vueltas por el pasillo sin hacer ruido. Llegué incluso hasta el sitio donde había encontrado a Quint la última vez. Pero nunca más volví a encontrármelo allí, y a la vez puedo decir que en ninguna otra ocasión lo vi en la casa. No obstante, por poco no tuve una aventura diferente en la escalera. Una vez, al mirar desde arriba, advertí la presencia de una mujer sentada en uno de los escalones inferiores, que me daba la espalda, con el cuerpo medio inclinado y la cabeza entre las manos, como si estuviera atribulada. Apenas llevaba yo allí un instante, sin embargo, cuando desapareció sin volverse hacia mí. A pesar de todo eso, sabía exactamente qué horrible rostro hubiese podido mostrarme; y me pregunté si, en lugar de encontrarme arriba hubiese estado abajo, habría tenido el mismo valor para subir que había mostrado recientemente con Quint. El caso es que no faltaron ocasiones que requirieron mi valor. La undécima noche después de mi encuentro con aquel señor —⁠desde entonces las contaba todas⁠— me llevé un susto que lo esquivó peligrosamente y que desde luego, por lo inesperado, resultó ser sin duda alguna la impresión más fuerte que tuve. Precisamente fue la primera de aquella serie de noches en las que, cansada de tanto velar, había decidido que podía acostarme de nuevo a la hora en que solía hacerlo antes, sin que se pudiera hablar de negligencia. Me dormí al instante y, como supe más tarde, hasta casi la una de la madrugada; pero al despertar me incorporé inmediatamente, tan espabilada como si una mano me hubiese zarandeado. Había dejado una luz encendida, pero ya se había apagado, y tuve la inmediata certeza de que había sido Flora. Aquello hizo que me levantara y me dirigiese en seguida, a oscuras, hasta su cama, que comprobé que había abandonado. Una ojeada a la ventana me aclaró algo más las cosas y, al encender una cerilla, el cuadro se completó.
La niña se había vuelto a levantar… esta vez apagando la vela y, con el propósito de observar o responder a algo, de nuevo se había hecho un hueco detrás de la persiana y escudriñaba bien entrada la noche. Que ahora veía algo —⁠cosa que no había ocurrido, estaba convencida, la noche anterior⁠— me lo demostraba el hecho de que no se movió cuando volví a encender una cerilla ni cuando me puse precipitadamente las zapatillas y me envolví en un chal. Escondida, protegida, absorta, estaba apoyada aparentemente en el alféizar —⁠la ventana se abría hacia fuera⁠— y entregada a su quehacer. Había una gran luna inmóvil para ayudarla, y este hecho contribuyó a mi rápida decisión. Estaba encarando a la aparición que habíamos encontrado en el lago y podía comunicarse con ella como no había podido hacerlo entonces. Lo que yo debía procurar hacer era salir al pasillo y, sin que ella lo notase, alcanzar alguna otra ventana que diera a la misma zona del jardín. Llegué a la puerta sin que me oyera; salí, cerré y estuve atenta, desde fuera, por si escuchaba algún ruido que ella hiciera. Mientras estaba en el pasillo no perdí de vista la puerta del dormitorio de su hermano, que se encontraba a menos de diez pasos y que, inexplicablemente, hizo que volviese a sentir el extraño impulso que antes he llamado mi tentación. ¿Qué pasaría si entrara sin rodeos y me dirigiera a su ventana? ¿Qué pasaría si, arriesgándome a desconcertarlo al revelarle mis motivos, arrojaba al resto del misterio el lazo corredizo de mi osadía?
Aquel pensamiento se apoderó de mí lo suficiente como para hacerme atravesar el pasillo hasta el umbral de su puerta y detenerme de nuevo. Escuché con más atención de lo que es normal; me figuraba lo que podía estar ocurriendo; me preguntaba si su cama estaría también vacía y él acechando a escondidas. Fue un minuto interminable, al final del cual mi impulso flaqueó. El niño no hacía ningún ruido; podía ser inocente; el riesgo era terrible; me volví. Había alguien en el jardín… alguien que merodeaba para que lo vieran, la visita con la que Flora se comunicaba; pero no la visita que más relación tenía con mi niño. Vacilé de nuevo, pero por otros motivos y sólo unos pocos segundos; luego tomé una decisión. En Bly había bastantes habitaciones vacías, y era sólo cuestión de elegir la adecuada. De pronto me pareció que la más conveniente era una de la planta baja —⁠aunque bastante por encima de los jardines⁠— situada en la esquina de la casa a la que me he referido como la torre vieja. Era un amplio aposento cuadrado, arreglado con cierto lujo como dormitorio, cuyo excesivo tamaño lo hacía tan incómodo que, aunque Mrs. Grose lo mantenía en perfecto orden, no había sido ocupado desde hacía muchos años. A menudo lo había admirado y sabía arreglármelas en su interior; sólo tenía que cruzarlo, después de titubear al principio ante el frío y la tristeza derivados de su abandono, y desatrancar con suma discreción uno de los postigos. Una vez realizado aquel paso, dejé al descubierto el cristal sin hacer ningún ruido y, aplicando mi rostro al vidrio, pude ver, pues la oscuridad de fuera era mucho menor que la de dentro, que disponía de la dirección adecuada. Luego vi algo más. La luna hacía que la noche fuera extraordinariamente clara y me permitió ver en el césped a una persona, de tamaño reducido por la distancia, que permanecía inmóvil como si estuviese fascinada, mirando hacia donde yo había aparecido… es decir, mirando no tanto a mí directamente sino a algo que estaba, al parecer, encima de mí. Evidentemente había otra persona por encima de mí… había una persona en la torre; pero la que estaba en el césped no era en absoluto quien me había imaginado y a cuyo encuentro me había apresurado a salir confiadamente. La persona que estaba en el césped —⁠sentí náuseas al comprenderlo⁠— era el pobrecito Miles en persona.
XI
No hablé con Mrs. Grose hasta el día siguiente a última hora; el tesón que ponía en no perder de vista a mis pupilos hacía difícil a menudo que pudiera encontrarme a solas con ella: tanto más cuanto que ambas nos dábamos cuenta de la importancia de no despertar —⁠lo mismo entre los criados que en los niños⁠— ninguna sospecha de que estábamos nerviosas o que debatíamos en secreto algún misterio. En este sentido, simplemente su aspecto tranquilo me proporcionaba una gran seguridad. No había nada en su dulce rostro que revelara a los demás la menor de mis horribles confidencias. Estaba absolutamente segura de que me creía: de no haber sido así no sé lo que habría sido de mí, pues sola no hubiera podido soportar aquella tensión. Pero ella era un magnífico monumento a la bendita falta de imaginación, y si no podía ver en nuestros pequeños encomendados más que su belleza y gentileza, su alegría e inteligencia, no tenía ninguna comunicación directa con las fuentes de mi preocupación. Si hubieran sido visiblemente maleados o maltratados sin duda se la vería lo bastante demacrada, tratando de encontrar el motivo, como para equipararse a ellos; no obstante, tal y como estaban las cosas, yo tenía la impresión de que, cuando ella los contemplaba, con sus grandes brazos blancos cruzados y esa apariencia de serenidad en toda ella, daba gracias a la misericordia divina de que, si estaban echados a perder, los trozos todavía podían servir. En su mente, las ilusiones daban paso a un estable resplandor de fuego hogareño, y yo había empezado a darme cuenta de cómo, al aumentar su convicción de que, según pasaba el tiempo sin ningún contratiempo manifiesto, nuestros pequeños podían, después de todo, arreglárselas por sí mismos, ella dirigía sus mayores afanes al triste caso de la persona en quien su tutor había delegado. Aquello era, para mí, una indudable simplificación: podía comprometerme ante el mundo a que mi rostro no dejase traslucir nada, pero en aquellas circunstancias habría sido una enorme inquietud añadida tener que preocuparme del suyo.
En el momento del que hablo, apremiada por mí, se había reunido conmigo en la terraza, donde, dado lo avanzado de la estación, el sol vespertino resultaba ya muy agradable; nos sentamos allí juntas mientras delante de nosotras y a cierta distancia, aunque no tanto como para que no pudiéramos llamarlos cuando quisiéramos, los niños paseaban de un lado a otro con una de sus más dóciles disposiciones de ánimo. Caminaban despacio, al unísono, en el césped por debajo de nosotras; el muchacho, mientras andaba, leía en voz alta un libro de cuentos y con un brazo rodeaba los hombros de su hermana para mantenerse en estrecho contacto con ella. Mrs. Grose los observaba evidentemente complacida; luego capté el reprimido chasquido mental con que se volvió deliberadamente hacia mí para que le presentara la otra cara del asunto. La había convertido en un receptáculo de cosas espeluznantes, pero en su paciencia para soportar el sufrimiento había un extraño reconocimiento de mi superioridad… mis talentos y mi función. Ofrecía su mente a mis revelaciones de la misma manera que, si yo hubiera querido preparar una pócima de bruja y se lo hubiese propuesto con desfachatez, me habría presentado una olla limpia. Ésa era realmente su actitud en el momento en que, al relatarle lo acontecido la noche anterior, llegué al punto de lo que me había dicho Miles cuando, después de verlo a una hora tan escandalosa, casi en el mismo sitio donde daba la casualidad de que se encontraba en aquellos momentos, bajé para que volviera otra vez a su habitación, tras decidir en la ventana, ante la imperiosa necesidad de no alarmar a la casa, aquel método antes que cualquier otro más ruidoso. Entre tanto la había dejado con pocas dudas acerca de mi exigua esperanza de describirle con éxito, pese a su comprensión efectiva, mi deslumbramiento ante la poca inspiración con la cual, después de haberlo hecho entrar en la casa, el muchacho se enfrentó al desafío de mi terminante pregunta. Tan pronto como aparecí en la terraza iluminada por la luna vino hacia mí lo más directamente que pudo; tras lo cual lo tomé de la mano sin decir una palabra y lo conduje, en medio de la oscuridad, por la escalera que Quint había estado rondando tan ansiosamente en su busca, a lo largo del pasillo donde yo había escuchado y temblado, hasta su habitación abandonada.
Durante el trayecto no cruzamos ni una palabra y yo me preguntaba —⁠¡y cómo!⁠— si estaría tanteando en su horrible mente alguna explicación plausible y no demasiado burda. Sin duda pondría a prueba su inventiva y entonces experimenté, al ver su auténtico desconcierto, un curioso escalofrío triunfal. Era una endiablada trampa para alguien al que todo le había salido bien hasta entonces. Ya no podía alardear de su perfecta decencia, ni podía simularla; de modo que, ¿cómo demonios iba a salir del apuro? Aunque aquella pregunta punzaba furiosamente dentro de mí, desde luego, también me preguntaba cómo demonios saldría yo misma. Por fin me enfrentaba, como nunca lo había hecho antes, con todo el peligro inherente, incluso en aquel momento, a la exteriorización de mis propios horrores. Recuerdo, en efecto, que cuando nos metimos en su pequeño aposento, en cuya cama nadie había dormido y tan iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana que no había necesidad de encender una cerilla… recuerdo que de pronto me desplomé, me dejé caer al borde de la cama, abrumada por la idea de que él debía saber realmente que ya me «tenía» en sus manos, como suele decirse. Podía hacer lo que quisiera, y valerse de toda su inteligencia, mientras yo continuara remitiéndome a la vieja tradición de incriminar a los que se ocupan de los jóvenes por hacer caso de sus supersticiones y miedos. Lo cierto es que me «tenía» en sus manos, estaba metida en un aprieto; pues ¿quién me liberaría, quién consentiría que me soltaran si, ante la más mínima duda de una propuesta, yo era la primera en introducir en nuestro perfecto trato un elemento tan nefasto? No, no: era inútil intentar comunicar a Mrs. Grose, como seguramente no lo es menos tratar de sugerir aquí, cómo, durante nuestra breve y reñida escaramuza en la oscuridad, el niño me hizo estremecer de admiración. Fui, por supuesto, muy amable y comprensiva; nunca, jamás había puesto mis manos sobre sus pequeños hombros con tanta ternura como cuando, apoyada contra la cama, lo retuve allí para criticarlo. No tuve más remedio, al menos para guardar las formas, que decírselo.
—Ahora tienes que decirme… toda la verdad. ¿Por qué saliste? ¿Qué estabas haciendo allí?
Todavía veo su maravillosa sonrisa, el blanco de sus hermosos ojos y sus dientes al descubierto, que brillaban en la oscuridad.
—Si le digo por qué, ¿me comprenderá?
Al oír aquello, el corazón me dio un vuelco. ¿Me diría el porqué? Mis labios no pudieron articular palabra alguna de apremio, y me di cuenta de que sólo le contesté con una imprecisa y repetida mueca de asentimiento. Miles era la gentileza misma y, mientras yo meneaba la cabeza, parecía más que nunca un principito de cuento de hadas. Fue, en efecto, su esplendor lo que me dio un respiro. ¿Sería tan grande si fuera realmente a decírmelo?
—Bueno —dijo por fin—, salí precisamente para que usted pudiera hacer esto.
—¿Hacer qué?
—Creer… para variar… ¡que soy malo!
Nunca olvidaré la amabilidad y la alegría con que pronunció aquella palabra, ni cómo, para colmo, se inclinó hacia delante y me besó. Aquello fue prácticamente el final de todo. Recibí su beso y, mientras lo estrechaba entre mis brazos durante breves instantes, tuve que hacer un formidable esfuerzo para no echarme a llorar. Me había dado precisamente la explicación que menos me permitía replicarlo y, con el único propósito de confirmar mi aceptación, mientras echaba un vistazo a la habitación, le dije:
—Entonces, ¿no llegaste a desnudarte del todo?
Verdaderamente refulgía en medio de la penumbra.
—Nada de eso. Me levanté a leer.
—¿Y cuándo bajaste?
—A media noche. ¡Cuando soy malo, lo soy de verdad!
—Comprendo, comprendo… ¡qué detalle! Pero ¿cómo podías estar seguro de que yo me enteraría?
—Oh, me puse de acuerdo con Flora —⁠¡con qué soltura soltaba sus respuestas!⁠—. Ella debía levantarse y mirar afuera.
—Que es lo que hizo.
¡Quien había caído en la trampa era yo!
—De modo que ella interrumpió su lectura y, para ver lo que estaba mirando, usted también miró… y vio.
—¡Mientras tú —convine— agarrabas un constipado de campeonato en esta noche fría!
Esta hazaña lo envaneció tanto que pudo permitirse asentir rebosante de orgullo.
—¿Cómo si no habría podido ser lo bastante malo? —⁠preguntó.
Luego, tras otro abrazo, el incidente y nuestra conversación concluyeron con mi reconocimiento de todas las reservas de bondad a las que había sido capaz de recurrir para llevar a cabo su broma.
XII
La especial impresión que yo había recibido no me parecía a la luz del día del todo convincente, repito, para exponérsela a Mrs. Grose, aunque la reforcé con la mención de otro comentario que Miles me había hecho antes de separarnos.
—Todo reside en unas cuantas palabras —⁠le dije⁠—, palabras que en realidad aclaran el asunto. «¡Piense usted en lo que yo podía hacer!». Me soltó eso para demostrarme lo bueno que era. Sabe perfectamente lo que «podía hacer». De eso ya dio una muestra en el colegio.
—¡Dios santo, cómo cambia usted! —⁠exclamó mi amiga.
—No cambio… sencillamente llego a una conclusión. Los cuatro, créame, se ven constantemente. Si en cualquiera de estas últimas noches hubiese estado usted con alguno de los niños lo habría comprendido claramente. Cuanto más he observado y esperado, más me he dado cuenta de que si no hubiera nada más para asegurarlo, bastaría con el sistemático silencio de ambos. Nunca, ni por un desliz de la lengua, han mencionado siquiera a ninguno de sus antiguos amigos, como tampoco Miles ha aludido nunca a su expulsión. Ah, sí, podemos sentarnos aquí y mirarlos, y ellos pueden alardear ante nosotros hasta hartarse; pero incluso aunque finjan estar absortos en su ensueño están imbuidos de la visión de los muertos que les han sido devueltos. El niño no le está leyendo nada a su hermana —⁠afirmé⁠—; están hablando de ellos… ¡están diciendo cosas horribles! Me comporto, lo sé, como si estuviera loca; y es un milagro que no lo esté. Lo que he visto la habría vuelto loca a usted; pero a mí sólo me ha vuelto más lúcida, ha permitido que se me ocurran otras cosas.
Mi lucidez debía de parecer atroz, pero las encantadoras criaturas que eran víctimas de ella, pasando y volviendo a pasar cariñosamente entrelazadas, proporcionaban a mi colega algo a lo que aferrarse; y me di cuenta de cuán fuerte se aferraba al ver que, sin dejarse llevar por el ímpetu de mi pasión, seguía sin apartar la mirada de ellos.
—¿Qué otras cosas se le han ocurrido?
—Pues que las mismas cosas que me habían encantado y fascinado, en el fondo, como ahora comprendo de una manera tan extraña, también me desconcertaban y me inquietaban. Su belleza que no es de este mundo, su bondad completamente antinatural. Todo no es más que un juego —⁠proseguí⁠—; ¡se trata de una táctica y un fraude!
—¿Por parte de esos pequeños tan encantadores…?
—¿Que no son más que unas adorables criaturas? Sí, ¡aunque parezca un disparate! —⁠El hecho mismo de sacar esto a relucir me ayudaba realmente a analizarlo… a investigarlo a fondo y a atar cabos⁠—. No es que hayan sido buenos… es que han estado ausentes. Si ha sido fácil vivir con ellos es, sencillamente, porque llevan una vida propia. No son míos… ni suyos. ¡Son de él y de ella!
—¿De Quint y de esa mujer?
—De Quint y de esa mujer. Quieren apoderarse de ellos.
¡Cómo pareció estudiarlos la pobre Mrs. Grose al oír aquello!
—Pero ¿por qué?
—Por todo el mal que, en aquellos espantosos días, les inculcó la pareja. Y para seguir acosándolos con ese mal, para continuar su obra demoníaca, para eso vuelven los otros.
—¡Pardiez! —dijo mi amiga en voz baja.
La exclamación era vulgar, pero revelaba una verdadera aceptación de mi nueva prueba de lo que, en los malos tiempos —⁠¡pues los había habido todavía peores que éstos!⁠— debía de haber ocurrido. No podía haber mejor justificación para mí que el pleno asentimiento de su experiencia acerca de los abismos de depravación que yo creía posible en aquel par de canallas. Fue obviamente el recuerdo lo que la llevó a decir poco después:
—¡Eran unos granujas! Pero ¿qué pueden hacer ahora? —⁠prosiguió.
—¿Hacer? —lo repetí tan alto que Miles y Flora, pese a la distancia, se detuvieron un momento en su paseo y nos miraron⁠—. ¿No hacen bastante? —⁠pregunté en un tono más bajo de voz, mientras los niños, tras sonreír, asentir con la cabeza y enviarnos besos con las manos, reanudaron su exhibición.
Durante unos momentos permanecimos pendientes de ellos; luego respondí:
—¡Pueden destruirlos!
Al oír aquello mi compañera se volvió, pero lanzó una súplica silenciosa, que me indujo a ser más explícita.
—Todavía no saben exactamente cómo… pero se esfuerzan en intentarlo. Sólo se dejan ver de través, por decirlo así, y de lejos… en lugares extraños y elevados, en lo alto de una torre, en el tejado de una casa, detrás de una ventana, en la otra orilla de un estanque; pero hay un firme propósito, por ambas partes, de acortar las distancias y superar los obstáculos: así que el éxito de esos demonios es sólo cuestión de tiempo. Sólo tienen que limitarse a dar sensación de peligro.
—¿Para que acudan los niños?
—¡Y para que perezcan en el intento!
Mrs. Grose se levantó despacio y yo añadí concienzudamente:
—¡A no ser, por supuesto, que podamos impedirlo!
De pie ante mí, mientras yo seguía sentada, saltaba a la vista que le estaba dando vueltas al asunto.
—Tendría que ser su tío quien lo impida. Debería llevárselos.
—¿Y quién va a obligarlo?
Había estado escudriñando a lo lejos, pero me dejó caer como haciéndose la tonta:
—Usted, señorita.
—¿Escribiéndole que su casa está emponzoñada y que sus sobrinitos han enloquecido?
—Pero ¿y si lo están, señorita?
—¿Si lo estoy yo misma, quiere usted decir? Vaya noticia para que se la dé una persona que goza de su confianza y cuyo primordial compromiso fue no causarle molestias.
Mrs. Grose pensó en ello, mientras seguía de nuevo a los niños con la mirada.
—Sí, detesta que lo molesten. Ése fue el principal motivo…
—¿De que esos desalmados lo engañaran durante tanto tiempo? Sin duda alguna, aunque su indiferencia debe de haber sido tremenda. Como yo no soy una desalmada, en cualquier caso, no debería engañarlo.
Al cabo de un momento y por toda respuesta, mi amiga se sentó otra vez y me agarró del brazo.
—Consiga al menos que venga a verla.
Abrí desmesuradamente los ojos.
—¿A mí? —De pronto tuve miedo de lo que ella pudiera hacer⁠—. ¿«Él»?
—Debería estar aquí… debería ayudar.
Me levanté rápidamente y creo que la expresión que mostró mi rostro debió de parecerle más rara que nunca.
—¿Se imagina usted que voy a pedirle que nos visite?
No, por la forma en que me miraba fijamente al rostro era evidente que no se lo imaginaba. En lugar de eso, podía imaginarse incluso —⁠como una mujer puede adivinar los pensamientos de otra⁠— lo mismo que yo: la irrisión de su patrono, su regocijo, su desdén por no haber podido aguantar sola y por el admirable mecanismo que había puesto en marcha para llamar su atención hacia mis despreciables encantos. Ella no sabía —⁠nadie lo sabía⁠— lo orgullosa que yo estaba de servirlo y de atenerme a las condiciones estipuladas; sin embargo, a pesar de todo, tomó nota, creo, de la advertencia que le hice a continuación.
—Si llegase usted a perder la cabeza hasta el punto de llamarlo en mi nombre…
Realmente se asustó.
—¿Qué, señorita?
—Los abandonaría, en el acto, a él y a usted.
XIII
Reunirse con ellos estuvo muy bien, pero hablarles resultó, como siempre, un esfuerzo superior a mis fuerzas… presentó, en el cara a cara, dificultades tan insuperables como antes. Aquella situación continuó durante un mes, y con nuevos empeoramientos y extrañas impresiones, sobre todo la impresión, cada vez más acentuada, de que mis pupilos hacían gala de una ligera ironía. No era sólo producto, estoy tan segura hoy como lo estaba entonces, de mi endemoniada imaginación: era completamente evidente que se daban cuenta de mi aprieto y que aquella extraña relación estableció, en cierto modo, durante bastante tiempo, la atmósfera en la que nos movíamos. No quiero decir que hablaran en tono burlón o que dijesen groserías, ya que no había ningún peligro de que ocurriera eso: me refiero, por el contrario, a que entre nosotros era cada vez más importante lo que no mencionábamos ni abordábamos, y que tantas evasivas no hubieran sido posibles sin un especial acuerdo tácito. En algunos momentos, era como si tuviéramos que enfrentarnos continuamente con temas ante los cuales debíamos pararnos en seco, salir de repente de callejones que comprendíamos que no tenían salida, cerrar de un portazo, que hacía que nos mirásemos unos a otros —⁠pues, como todos los portazos, era algo más fuerte de lo que habíamos pretendido⁠—, las puertas que habíamos abierto indiscretamente. Todos los caminos conducen a Roma, y hubo momentos en que debería habernos sorprendido que casi cualquier disciplina escolar o tema de conversación bordease terrenos prohibidos. Terreno prohibido era la cuestión del retorno de los muertos en general y, en particular, lo que podría sobrevivir, en el recuerdo de los niños pequeños, de los amigos que habían perdido. Hubo días en que podría haber jurado que uno de ellos, con un ligero codazo invisible, le decía al otro: «Ella cree que esta vez lo hará… pero ¡qué va!». «Hacerlo» habría sido permitirme, por ejemplo —⁠y de vez en cuando⁠— alguna referencia directa a la joven que me había precedido en el cargo. Mostraban una deliciosa e inagotable curiosidad por ciertos episodios de mi propia vida que les había contado una y otra vez; estaban al corriente de todo lo que me había ocurrido, conocían, con todo detalle, la historia de mis más insignificantes aventuras, y las de mis hermanos y hermanas, y las del gato y el perro de mi casa, así como muchos detalles del temperamento caprichoso de mi padre, del mobiliario y medidas de nuestra casa y de los temas de conversación de las viejas de nuestro pueblo. Entre una cosa y otra, había más que suficiente para charlar, si uno era lo bastante rápido y sabía por instinto cuándo había que dar un rodeo. Tenían una habilidad especial para tirar de los hilos de mi inventiva y de mi memoria; y cuando después recordaba tales ocasiones, quizás ninguna otra cosa me hacía sospechar tanto de que me vigilaban a escondidas. En cualquier caso, sólo nos sentíamos cómodos cuando hablábamos de mi vida, mi pasado y mis amigos; un estado de cosas que les llevaba a veces, sin que viniera al caso, a interrumpir una conversación y echar mano de recuerdos de mi vida social. Me solicitaban —⁠sin que existiera una relación evidente⁠— que repitiera la celebrada mot de Goody Gosling o que confirmara los detalles ya suministrados sobre lo gracioso que era el poni de la parroquia.
Fue en parte debido a coyunturas como aquéllas, y en parte a otras completamente distintas, el que, con el cariz que habían tomado las cosas, se hiciera más perceptible lo que he llamado mi aprieto. El hecho de que pasaran los días sin que tuviera otros encuentros debería haber contribuido, al parecer, a aplacar un poco mis nervios. Desde la liviana escaramuza, aquella segunda noche en el rellano del piso de arriba, de la presencia de una mujer al pie de la escalera, no había visto nada, ni dentro ni fuera de la casa, que hubiera sido mejor no ver. Al doblar muchas esquinas me imaginaba que podía tropezarme con Quint y hubo muchas situaciones que, solamente por lo siniestras que eran, habrían favorecido la aparición de Miss Jessel. El verano había pasado, se había ido; el otoño había caído sobre Bly y había reducido a la mitad la claridad de nuestros días. El lugar, con su cielo gris y sus guirnaldas marchitas, sus espacios vacíos y sus dispersas hojas muertas, era como un teatro después de la función: cubierto de programas de mano arrugados tirados por el suelo. Había determinadas situaciones atmosféricas, circunstancias de ruido o de silencio, inenarrables impresiones del tipo de «es el momento propicio», que me recordaban, durante el tiempo suficiente para captarlo, el ambiente en el que, aquella tarde de junio al aire libre, había visto por vez primera a Quint, y también aquellos otros momentos en que, después de verlo a través de la ventana, lo busqué en vano entre los arbustos. Reconocía los presagios, los augurios… reconocía el momento, el lugar. Pero seguían estando solos y vacíos, y yo continuaba sin ser molestada; si es que puede decirse eso de una joven cuya sensibilidad no había disminuido sino que se había intensificado del modo más extraordinario. En mi conversación con Mrs. Grose sobre la horrible escena de Flora junto al lago le había dicho —⁠dejándola perpleja al hacerlo⁠— que a partir de aquel momento lamentaría mucho más perder mi poder que conservarlo. Había expresado entonces la vigorosa idea que tenía en la mente: que a decir verdad, vieran o no los niños las apariciones —⁠puesto que eso todavía no estaba probado de manera definitiva⁠—, prefería con mucho, para protegerlos, exponerme yo sola a ellas. Estaba dispuesta a conocer lo peor que podía conocerse. Lo que había vislumbrado entonces con desagrado era que mis ojos podían cerrarse justo cuando los suyos estaban más abiertos que nunca. El caso es que, al parecer, mis ojos se habían cerrado en aquellos momentos… una consumación por la que parecía blasfemo no dar gracias a Dios. Había, ay de mí, una dificultad para ello: le habría dado las gracias con toda mi alma si no hubiera tenido, en idéntica medida, la convicción del secreto que guardaban mis pupilos.
¿Cómo puedo reconstruir hoy las extrañas fases de mi obsesión? Hubo veces en que, encontrándonos juntos, habría estado dispuesta a jurar que, en mi presencia, pero sin que yo pudiera percibirlo directamente, recibían literalmente, y con sumo agrado, visitas de conocidos suyos. Era entonces cuando, si no me hubiera disuadido la posibilidad de que el daño que pudiera resultar fuese mayor que el que trataba de evitar, no habría podido contener mi exaltación y habría gritado: «¡Aquí están, aquí están, granujillas, ahora no podéis negarlo!». Los granujillas lo negaban todo con una mezcla de sociabilidad y ternura, de cuyas cristalinas profundidades —⁠como el centelleo de un pez en un río⁠— asomaba la mofa de su situación de ventaja con respecto a mí. En verdad era más profunda de lo que yo creía la impresión que había recibido aquella noche en que, buscando bajo las estrellas a Quint o a Miss Jessel, había visto allí al niño por cuyo descanso yo velaba, y el cual inmediatamente había mostrado —⁠volviéndose en seguida hacia mí⁠— la encantadora mirada que, desde las almenas de la torre, me había dirigido la espantosa aparición de Quint. Si se trataba de meterme miedo, en aquella ocasión mi descubrimiento me asustó más que ninguna otra cosa, y fue básicamente en aquel estado de pánico cuando saqué mis conclusiones. Me atormentaban tanto que a veces, en ratos perdidos, me encerraba para ensayar en voz alta —⁠era al mismo tiempo un alivio fantástico y una nueva desesperación⁠— la manera en que podía ir al grano. Enfocaba el asunto desde todos los ángulos mientras recorría con impaciencia mi habitación, pero siempre me derrumbaba al pronunciar sus monstruosos nombres. Nada más disiparse en mis labios me decía que realmente los estaba ayudando a representar algo infame si al pronunciarlos profanaba un caso de fragilidad instintiva tan raro como probablemente no se haya conocido nunca en ningún aula. Cuando me decía a mí misma: «¡Ellos tienen la educación de callarse, y tú, abusando de su confianza, tienes la vileza de hablar!», me daba cuenta de que me sonrojaba y me cubría el rostro con las manos. Después de aquellas escenas a solas, hablaba por los codos más que nunca, me comportaba con bastante soltura hasta que tenía lugar uno de nuestros prodigiosos silencios palpables —⁠no puedo llamarlos de ninguna otra forma⁠—, el extraño impulso vertiginoso de elevarme o flotar (¡trato de encontrar los términos apropiados!) en una inmovilidad, en una pausa de toda la vida, que no tenía nada que ver con que en aquel momento pudiéramos estar haciendo más o menos ruido, y que yo podía percibir a través de cualquier alborozo o recitación acelerada o estrepitoso aporreo del piano. Entonces sabía que los otros, los intrusos, estaban allí. Aunque no lo fueran, era como si «pasara un ángel», como dicen los franceses, y me ponía a temblar, mientras permanecían allí, por miedo a que dirigiesen a sus jóvenes víctimas algún mensaje todavía más endemoniado o alguna imagen más sobrecogedora de lo que habían considerado suficientes para mí.
De lo que me resultaba más difícil de librarme era de la cruel idea de que, por mucho que yo hubiese visto, Miles y Flora veían más: cosas terribles e inimaginables, que se derivaban de episodios atroces de sus relaciones en el pasado. Tales cosas, desde luego, dejaban en apariencia, de momento, un escalofrío que categóricamente negábamos sentir; y, con tantas repeticiones, habíamos conseguido los tres un entrenamiento tan estupendo que, cada vez, para indicar que dábamos por terminado el incidente, efectuábamos casi automáticamente los mismos movimientos. En todo caso, era sorprendente que los niños me besaran de modo inveterado con una insensata impertinencia, y que nunca —⁠uno u otro⁠— dejasen de hacerme la rebuscada pregunta que nos había ayudado a sortear más de un peligro: «¿Cuándo cree usted que vendrá? ¿No cree que deberíamos escribirle?». No había nada como aquella pregunta, lo sabíamos por experiencia, para salir airoso de cualquier situación embarazosa. El que tenía que venir, por supuesto, era su tío de Harley Street; y vivíamos totalmente convencidos de que podía llegar en cualquier momento para unirse a nuestro círculo. Era imposible haber alentado menos aquella creencia de lo que había hecho él, pero si no hubiésemos podido echar mano de ella nos habríamos privado mutuamente de nuestros más admirables alardes. Él no les escribía nunca… lo cual podía haber parecido egoísta, pero formaba parte de su halagadora confianza en mí; pues la forma en que un hombre rinde su mayor homenaje a una mujer es posible que no sea más que mediante la más festiva celebración de una de las leyes sagradas de su propia comodidad. Así que yo creía cumplir con el espíritu de la solemne promesa que le hice de no acudir a él cuando daba a entender a nuestros amiguitos que sus propias cartas no eran más que encantadores ejercicios literarios. Eran demasiado bonitas para enviarlas; las guardaba para mí; todavía las conservo. La verdad es que era una regla que únicamente acentuaba el sarcasmo con que yo aceptaba la suposición de que en cualquier momento podía presentarse su tío. Era exactamente como si nuestros amiguitos supieran que para mí no podía haber nada más embarazoso que aquello. Además, cuando miro hacia atrás, no me parece observar en todo ello nada más extraordinario que el mero hecho de que, a pesar de mi tensión y de su júbilo, nunca perdí la paciencia con ellos. ¡Ahora pienso lo adorables que en verdad deben de haber sido, para que en aquellos días no llegara a odiarlos! No obstante, ¿habría terminado por traicionarme mi exasperación si el alivio se hubiese pospuesto mucho más? Poco importa, pues finalmente llegó. Lo llamo alivio, aunque no fue mayor que el producido por una réplica mordaz en medio de una gran tensión o el estallido de una tormenta en un día sofocante. Pero al menos fue un cambio, y llegó de repente.
XIV
Un domingo por la mañana, de camino hacia la iglesia, llevaba a mi lado al pequeño Miles. No perdía de vista a su hermana, que iba delante de nosotros con Mrs. Grose. Era un día frío y despejado, el primero de esas características desde hacía tiempo; había escarchado un poco por la noche y el aire otoñal, luminoso y cortante, hacía que las campanas de la iglesia casi pareciesen alegres. Fue una extraña casualidad que en un momento así me sintiera especialmente sorprendida y muy agradecida por la obediencia de los pequeños a mi cargo. ¿Por qué no se tomaban nunca a mal mi inexorable e incesante compañía? Algo hizo que me diese perfecta cuenta de que tenía al chico pegado a mis faldas, y que, por la forma en que nuestras compañeras marchaban delante de mí, podría haber parecido que yo tomaba precauciones para evitar cualquier peligro de rebelión. Actuaba como un carcelero con miras a posibles sorpresas y fugas. Pero todo aquello pertenecía —⁠me refiero a su espléndida claudicación⁠— a aquel especial despliegue de circunstancias tan desastrosas. Endomingado por el sastre de su tío, que tenía carta blanca y era partidario de los chalecos bonitos y de sus mismos aires de grandeza, Miles llevaba grabado en su persona de tal modo su derecho a la independencia, y a todos los privilegios de su sexo y condición, que si de pronto hubiese reclamado su libertad yo no habría dicho nada. Por una de las más extrañas casualidades, me estaba preguntando cómo me enfrentaría a él cuando la revolución se produjera inevitablemente. La llamo revolución porque ahora comprendo cómo, con las palabras que dijo, se levantó el telón del último acto de mi espantoso drama y se precipitó la catástrofe.
—Escuche, querida —me dijo de modo encantador⁠—, ¿sabe usted cuándo demonios voy a volver al colegio?
Transcritas aquí, aquellas palabras parecen bastante inofensivas, en particular pronunciadas por la suave, aguda y despreocupada voz cantarina con que soltaba sus modulaciones a todos los interlocutores, pero sobre todo a su inmutable aya, como si estuviera arrojando rosas. Había algo en ellas que siempre lo «atrapaban» a uno, y a mí me atraparon en todo caso con tanta eficacia que me paré en seco como si uno de los árboles del parque hubiese caído atravesando el camino. Había algo nuevo, allí mismo, entre nosotros, y él se dio cuenta perfectamente de que yo lo había reconocido, aunque para permitirme hacerlo, no tuvo necesidad de parecer menos sincero y encantador de lo habitual. Tuve la impresión de que, al ver que yo no sabía qué responder, se daba cuenta de la ventaja que había conseguido. Tardé tanto en encontrar algo que decirle que tuvo bastante tiempo, más de un minuto, para añadir con su sugestiva pero poco convincente sonrisa:
—Ya sabe usted, querida, que para un chico estar siempre con una dama…
Aquel latiguillo de «querida» estaba constantemente en sus labios cuando se dirigía a mí, y nada podría haber expresado mejor el matiz exacto del sentimiento que yo deseaba inspirar a mis pupilos que aquella cariñosa familiaridad. Era tan respetuosamente afable.
Pero en seguida me di cuenta de que debía andar con tiento al elegir mis propias palabras. Recuerdo que, para ganar tiempo, traté de reírme y me pareció ver en el bello rostro que me observaba lo desagradable y rara que debía de parecerle.
—Y siempre con la misma dama, ¿verdad? —⁠le respondí.
Ni se inmutó ni pestañeó siquiera. Prácticamente todo se había acabado entre nosotros.
—Desde luego es una dama la mar de «perfecta»; pero después de todo yo soy un chico, ¿no es cierto?, que se está… bueno, haciendo mayor.
Me entretuve un momento con él, siempre tan cariñoso.
—Sí, te estás haciendo mayor.
¡Pero qué impotente me sentía!
Todavía tengo la descorazonadora impresión de que él parecía saberlo y jugaba con ello.
—No puede usted decir que no me he portado muy bien, ¿verdad?
Le puse la mano en el hombro, pues, aunque tenía la impresión de que habría sido mejor seguir caminando, todavía no me sentía del todo capaz.
—No, no puedo decir eso, Miles.
—Excepto aquella noche, ¡ya sabe usted!…
—¿Aquella noche?
No podía mirarle a los ojos como hacía él.
—Bueno, cuando bajé… cuando salí de la casa.
—Ah, sí. Pero he olvidado por qué lo hiciste.
—¿Lo ha olvidado? —hablaba con la exagerada amabilidad con que suelen hacer reproches los niños⁠—. Bueno, ¡fue sólo para demostrarle que podía hacerlo!
—Ah, sí… y pudiste.
—Y puedo volver a hacerlo.
Me pareció que tal vez, después de todo, conseguiría no perder la cabeza.
—Sin duda alguna. Pero no lo harás.
—No, no haré otra vez eso. No fue nada.
—No fue nada —le dije—. Pero tenemos que seguir.
Echó a andar de nuevo conmigo, cogiéndome del brazo.
—Entonces, ¿cuándo voy a volver?
Mientras le daba vueltas en la cabeza, adopte el aire más responsable que pude.
—¿Estabas muy contento en el colegio?
Se lo pensó.
—¡Yo estoy contento en cualquier parte!
—En ese caso —le dije con voz trémula⁠—, ¡si estás igual de contento aquí!…
—¡Ah, pero eso no es todo! Desde luego, usted sabe mucho…
—¿Insinúas que sabes casi tanto como yo? —⁠me atreví a preguntarle al ver que vacilaba.
—¡Ni la mitad de lo que quisiera! —⁠manifestó Miles sinceramente⁠—. Pero no es sólo eso.
—¿Qué es, pues?
—Bueno… quiero ver más mundo.
—Ya veo; ya veo.
Habíamos llegado a la iglesia y un grupo de personas, entre ellas varios criados de Bly, que se dirigían allí también, se habían apiñado alrededor de la puerta para vernos entrar. Apreté el paso; quería llegar antes de que la conversación que sosteníamos llegara más lejos; me consolaba pensando que durante más de una hora Miles tendría que estar callado; y envidié la relativa penumbra del banco de la iglesia y el remedio casi espiritual del cojín sobre el que podría arrodillarme. Me parecía realmente estar participando en una carrera para huir de la confusión en la que Miles estaba a punto de sumirme, pero tuve la impresión de que él se me había adelantado cuando, antes incluso de que entrásemos en el camposanto, me soltó:
—¡Quiero estar con los que son como yo!
Aquello me hizo, literalmente, saltar hacia delante.
—¡No hay muchos como tú, Miles! —⁠le dije, riéndome⁠—. ¡A no ser, quizás, la pequeña Flora!
—¿De veras me compara con una niña pequeña?
Aquello me cogió absolutamente desprevenida.
—¿Es que no quieres a nuestra dulce Flora?
—Si no la quisiera… y a usted tampoco; ¡si no la quisiera!… —⁠repitió, como si retrocediera para saltar, pero dejando la frase sin terminar, de modo que, después de traspasar la verja de entrada, se hizo inevitable otra parada, que me impuso ejerciendo presión con su brazo. Mrs. Grose y Flora habían entrado en la iglesia, los demás fieles las habían seguido y nosotros nos quedamos solos, durante un minuto, entre las vetustas sepulturas. Nos habíamos detenido, en el sendero que partía de la verja de entrada, junto a una tumba oblonga de poca altura parecida a una mesa.
—Si no la quisieras ¿qué?
Echó una mirada alrededor de las tumbas, mientras yo esperaba.
—Bueno, ¡ya sabe usted qué!
Pero no se movió y en seguida añadió algo que me hizo caer directamente sobre la lápida como si de pronto necesitara apoyarme.
—¿Piensa mi tío lo mismo que usted?
Me apoyé de forma notoria.
—¿Cómo sabes lo que pienso?
—Bueno, por supuesto que no lo sé; me sorprende que nunca me lo diga. Pero yo me refiero a si él lo sabe.
—¿Si sabe qué, Miles?
—Pues cómo me estoy comportando.
Rápidamente tuve que reconocer que no podía dar a aquella pregunta ninguna respuesta que no implicara cierto detrimento para mi patrón. No obstante me pareció que en Bly todos nos sacrificábamos bastante para no darle demasiada importancia a aquel asunto.
—No creo que a tu tío le importe mucho.
Al oír aquello, Miles se me quedó mirando.
—Entonces, ¿no cree usted que se pueda hacer nada para que le importe?
—¿En qué sentido?
—Pues haciendo que venga.
—¿Y quién va a hacerle venir?
—¡Yo! —dijo el muchacho con extraordinaria animación y énfasis. Me miró con una expresión similar y luego entró solo en la iglesia.
XV
El asunto quedó prácticamente resuelto desde el momento en que no lo seguí. Fue una lamentable rendición a mi nerviosismo, pero lo cierto es que, aunque me di cuenta de ello, no logré recobrar la calma. Lo único que hice fue quedarme sentada en mi tumba, tratando de descifrar todo el significado de lo que nuestro joven amigo me había dicho; cuando lo había captado todo, adopte también el pretexto, para explicar mi ausencia, de que me avergonzaba dar a mis pupilos y al resto de la congregación tal ejemplo de retraso. Lo que me dije sobre todo fue que Miles había averiguado algo sobre mí y prueba de ello era aquel inoportuno desmoronamiento mío. Había descubierto que existía algo que me asustaba mucho, y que probablemente podría utilizar mi miedo, en beneficio propio, para conseguir más libertad. Mi miedo consistía en tener que enfrentarme con la intolerable cuestión de los motivos de su expulsión del colegio, puesto que aquél fue realmente el problema que había originado todos los horrores que surgieron después. Que su tío llegase a Bly para tratar conmigo de aquellos asuntos era una solución a la que, estrictamente hablando, tendría que haber hecho todo lo posible por acogerme; pero me sentía tan incapaz de soportar lo desagradable y penoso del asunto que simplemente lo dejé para más adelante y viví al día. El muchacho, para mi desconcierto, tenía toda la razón, estaba en condiciones de decirme: «O aclara con mi tutor la misteriosa interrupción de mis estudios, o deje de contar con que lleve junto a usted una vida tan anormal para un muchacho». Lo que era tan anormal para aquel muchacho en particular que a mí me preocupaba era la repentina revelación de que sabía lo que pasaba y disponía de un plan.
Aquello fue lo que realmente me abrumó, lo que me impidió entrar. Di una vuelta alrededor de la iglesia, indecisa, vacilante; pensé que lo que me había pasado con él ya no tenía remedio. Por consiguiente no podía arreglar nada, y hacerme un sitio en el banco junto a él era un esfuerzo excesivo: se sentiría mucho más seguro que nunca para cogerme del brazo y tenerme allí sentada durante una hora en estrecho y mudo contacto con su comentario sobre nuestra conversación. Por primera vez desde su llegada quise alejarme de él. Al detenerme debajo de la vidriera orientada al este y escuchar los cánticos de la ceremonia religiosa se apoderó de mí un impulso que, tuve la impresión, podría dominarme por completo a poco que lo hubiese estimulado. Podría fácilmente poner fin a mi sufrimiento con sólo marcharme. Ahí estaba mi oportunidad; nadie iba a detenerme; podía acabar con todo… volver la espalda y largarme. Era sólo cuestión de darme prisa en volver de nuevo a casa, que estaría prácticamente vacía debido a la asistencia a la iglesia de tantos criados, y hacer unos cuantos preparativos. Nadie, en resumidas cuentas, podría censurarme si me marchaba con urgencia. ¿Para qué escaparme si era únicamente hasta la cena? Serían sólo un par de horas, al final de las cuales —⁠estaba completamente convencida⁠— mis pequeños pupilos, con aire inocente, fingirían estar sorprendidos de que no hubiese entrado en la iglesia con ellos.
—¿Por qué hizo eso? ¡Qué mala es usted! ¿Por qué demonios nos ha preocupado tanto… y nos ha abandonado en la misma puerta… haciendo también que nos distrajéramos?… ¿acaso lo ignora?
No podía enfrentarme a tales preguntas, ni a sus ojitos falsamente encantadores mientras las hacían; sin embargo era a eso exactamente a lo que me tenía que enfrentar, cada vez lo veía más claro, por lo que al fin tuve que ceder.
Me fui de inmediato; salí directamente del camposanto y, pensándomelo muy bien, volví sobre mis pasos a través del parque. Me pareció, cuando llegué a la casa, que había tomado la cínica decisión de huir. La calma dominical, tanto de los alrededores como del interior, en donde no encontré a nadie, poco menos que me dio la sensación de que aquélla era mi oportunidad. Si me marchaba rápidamente, de esa manera me libraría de todo sin armar ningún escándalo, sin tener que decir ni una palabra. Sin embargo, tendría que darme mucha prisa, y el problema del transporte era el más importante que tenía que solucionar. Me acuerdo de que, una vez en el vestíbulo, atormentada por las dificultades y los obstáculos, me caí al pie de la escalera… me desplomé súbitamente en el primer escalón y a continuación, con repugnancia, recordé que fue allí exactamente donde, hacía más de un mes, en la oscuridad de la noche e igualmente doblegada por las cosas tremendas que estaban pasando, había visto el espectro de la mujer más horrible del mundo. Al recordar aquello recobré la entereza y pude incorporarme; subí el resto de los escalones; y, trastornada como estaba, me dirigí al aula, donde había objetos de mi pertenencia que tenía que llevarme. Pero al abrir la puerta descubrí, de repente, que mis ojos ya no estaban sellados. Lo que vi hizo que inmediatamente se tambaleara de nuevo mi resistencia.
Sentada ante mi propia mesa, a la clara luz del mediodía, vi a una persona a la que, sin mi experiencia anterior, habría tomado a primera vista por una doncella que se había quedado al cuidado de la casa y que, aprovechándose de uno de los escasos momentos en que nadie la observaba, había cogido de la mesa del aula mis plumas, mi tinta y mi papel y se dedicaba a escribir, con considerable esfuerzo, una carta a su novio. Era indudable que se esforzaba por la forma en que, mientras sus brazos descansaban sobre la mesa, sus manos, con evidente extenuación, sostenían la cabeza; pero cuando capté aquel detalle ya me había dado cuenta de que, a pesar de que yo había entrado, su actitud persistía extrañamente. Fue entonces —⁠justo en el preciso momento en que me daba cuenta de eso⁠— cuando, al cambiar de postura, su identidad se me reveló de manera fulgurante. Se levantó, no como si me hubiese oído entrar, sino con una indescriptible melancolía, mezcla de indiferencia y despreocupación, y de pronto tenía ante mí, a menos de doce pies de distancia, a mi infame predecesora, deshonrada y trágica; pero en cuanto la miré fijamente para retener sus rasgos en mi memoria, la horrible imagen se desvaneció. Enigmática como la medianoche con su vestido negro, su belleza macilenta y su indescriptible aflicción, me había mirado el tiempo suficiente para parecer decirme que tenía tanto derecho a sentarse a mi mesa como yo a sentarme a la suya. La verdad es que, durante los breves instantes que duró todo aquello, tuve la sensación extraordinariamente descorazonadora de que yo era la intrusa. Como una absurda protesta contra aquello, me oí gritar, dirigiéndome de hecho a ella, «¡Tú, atroz y despreciable mujer!», con una voz que, a través de la puerta abierta, resonó por el largo pasillo y la casa vacía. Me miró como si me hubiese oído, pero yo ya me había recobrado de la impresión y había aclarado las cosas. Un minuto después en la habitación no había más que el sol y la sensación de que debía quedarme.
XVI
Había contado tanto con que el regreso de los demás se iba a caracterizar por una demostración pública de condena que me desconcertó comprobar lo silenciosos y discretos que se mostraron acerca de mi deserción. En lugar de censurarme y halagarme alegremente, no hicieron ninguna alusión a mi ausencia y eso me permitió, de momento, estudiar la extraña expresión del rostro de Mrs. Grose, al ver que ella tampoco dijo nada. Lo hice con el propósito de asegurarme de que, de una manera u otra, la habían sobornado para que guardase silencio; un silencio que, sin embargo, me encargaría de romper en la primera ocasión que nos quedásemos a solas. La ocasión se presentó antes del té: conseguí estar cinco minutos con ella en la habitación del ama de llaves, donde, a media luz, entre el olor a pan recién horneado, pero perfectamente barrida y adornada, la encontré sentada, en apenada placidez, delante del fuego. Así la veo todavía, así es como mejor la veo: mirando al fuego sentada en su silla de respaldo recto en aquella habitación oscura pero resplandeciente, la perfecta imagen de «cada cosa en su sitio»… de cajones cerrados con llave y de reposo irremediable.
—Oh, sí, me pidieron que no dijese nada; y para complacerlos —⁠mientras estaban conmigo⁠— se lo prometí desde luego. Pero ¿qué le sucedió a usted?
—Fui con ustedes sólo por dar un paseo —⁠le dije⁠—. Tenía que regresar después para encontrarme con una amiga.
Se mostró sorprendida.
—¿Una amiga… usted?
—Oh, sí, ¡tengo un par de ellas! —⁠le dije, riéndome⁠—. Pero ¿le dieron a usted los niños alguna razón?
—¿Para no aludir a que usted nos había dejado? Sí; dijeron que a usted le parecería mejor. ¿Le parece mejor?
La expresión de mi rostro la había compungido.
—¡No, me parece peor!
Pero al cabo de un momento añadí:
—¿Dijeron por qué me parecería mejor?
—No; el señorito Miles sólo dijo: «¡Sólo debemos hacer lo que a ella le gusta!».
—¡Ya me gustaría a mí, desde luego, que lo hiciese! ¿Y qué dijo Flora?
—Miss Flora fue muy amable. Dijo: «¡Oh, por supuesto, por supuesto!»… y yo dije lo mismo.
Pensé unos instantes.
—Usted fue también muy amable… Me parece estar oyéndoles a los tres. Pero, a pesar de todo, entre Miles y yo se ha aclarado ya todo.
—¿Aclarado? —Mi compañera abrió desmesuradamente los ojos⁠—. Pero ¿qué, señorita?
—Todo. Pero no importa. He tomado una decisión. Volví a casa, querida —⁠proseguí⁠—, para mantener una conversación con Miss Jessel.
Para entonces ya había adquirido la costumbre de tener a Mrs. Grose, literalmente, bajo mi control antes de decir cosas de esa índole; así que, aunque me miró con asombro al escuchar mis palabras, pude conseguir incluso que se mantuviera relativamente firme.
—¡Una conversación! ¿Quiere usted decir que habló?
—Algo equivalente. La encontré, a mi regreso, en el aula.
—¿Y qué dijo?
Todavía puedo oír a la buena mujer y recordar la franqueza con que me miró estupefacta.
—¡Que sufre los tormentos…!
Fue aquello, en verdad, lo que le hizo quedarse boquiabierta, mientras yo completaba los detalles de mi descripción.
—¿Quiere usted decir —titubeó—… de los condenados?
—De los condenados. De los réprobos. Y por eso, para compartirlos…
Se me quebró la voz, horrorizada ante aquella idea.
Pero mi compañera, menos imaginativa, siguió insistiendo.
—¿Compartirlos con quién…?
—Reclama a Flora —al decirle aquello, Mrs. Grose podría poco menos que haber echado a correr si yo no hubiese estado preparada. Pero la retuve allí para demostrar que lo estaba⁠—. Sin embargo, como le he dicho, no importa.
—¿Porque usted está ya decidida? ¿Pero a qué?
—A todo.
—¿Y a qué llama usted «todo»?
—Pues a mandar a buscar a su tío.
—Sí, señorita, hágalo, por el amor de Dios —⁠exclamó mi amiga.
—¡Vaya si lo haré, pues claro que sí! Me figuro que es la única solución. Lo que le he dicho que he aclarado con Miles es que, si cree que no me atrevo… y piensa aprovecharse de eso… verá que está equivocado. Sí, sí; le diré a su tío aquí mismo (y delante del muchacho si es preciso) que si me va a reprochar por no haber hecho nada para buscarle otro colegio…
—¿Sí, señorita…? —mi compañera me apremió.
—En fin, que existe aquel horrible motivo.
Obviamente existían tantos motivos para mi pobre colega que se podían disculpar sus vaguedades.
—Pero… ¿a cuál… se refiere?
—Pues a la carta de su antiguo colegio.
—¿Se la va a mostrar al amo?
—Tendría que haberlo hecho en cuanto la recibí.
—¡Oh, no! —dijo Mrs. Grose con determinación.
—Le pondré de manifiesto —proseguí implacablemente⁠— que no puedo encargarme de resolver el problema tratándose de un niño que ha sido expulsado…
—¡Por algo que nunca hemos sabido de qué se trataba! —⁠confesó Mrs. Grose.
—Por perverso. ¿Por qué otra cosa iba a ser… cuando es tan listo, tan guapo y tan perfecto? ¿Acaso es estúpido, o desaliñado, o enfermizo, o tiene mal genio? Es exquisito… así que sólo puede ser eso; y eso hará que se descubra todo lo demás. Después de todo —⁠dije⁠—, es culpa de su tío, ¡por dejar aquí a una gente así…!
—En realidad no los conocía en absoluto. La culpa es mía.
Al decir aquello había palidecido por completo.
—Bah, usted no sufrirá por ello —⁠le contesté.
—¡Y los niños tampoco! —me respondió con contundencia.
Guardé silencio durante un momento; nos miramos mutuamente.
—¿Qué voy a decirle, pues?
—No necesita decirle nada. Yo se lo diré.
Sopesé sus palabras.
—¿Quiere usted decir que le escribirá…? —⁠Al recordar que no sabía escribir, me interrumpí⁠—. ¿Cómo se comunican ustedes?
—Hablo con el administrador y él le escribe.
—¿Quiere usted que él escriba nuestra historia?
Mi pregunta tenía una connotación sarcástica que no era ni mucho menos intencionada y, al cabo de un momento, hizo que Mrs. Grose se derrumbara. Había lágrimas en sus ojos otra vez.
—¡Ay, señorita, escriba usted!
—De acuerdo… esta noche —contesté por fin; y tras decir aquello nos separamos.
XVII
Aquella noche llegué a empezarla. El tiempo había vuelto a cambiar, soplaba un fuerte viento, y debajo de la lámpara de mi habitación, con Flora durmiendo a mi lado, estuve mucho tiempo sentada frente a una hoja de papel en blanco, escuchando el azote de la lluvia y el batir de las ráfagas de viento. Finalmente cogí una vela y salí de la habitación; atravesé el pasillo y escuché un momento ante la puerta de Miles. Lo que me había incitado a escuchar, presa de mi infinita obsesión, era alguna señal que revelara que el niño no dormía, y en seguida capté una, aunque no del tipo que yo había esperado. Su voz me dijo con retintín:
—Oiga, ya sé que está ahí… pase.
¡Fue una alegría en medio de aquella tristeza!
Entré con mi vela y lo encontré en la cama, completamente despierto pero muy a gusto.
—Vaya, ¿qué hace usted levantada? —⁠me preguntó con una afable delicadeza que me hizo pensar que, si Mrs. Grose hubiese estado presente, no habría podido encontrar ninguna prueba de que algo se había «aclarado» entre nosotros.
Me quedé mirándolo con la vela en la mano.
—¿Cómo supiste que estaba ahí?
—Pues porque la he oído, desde luego. ¿Se figura usted que no hace ruido? ¡Parece un escuadrón de caballería! —⁠y se echó a reír deliciosamente.
—Entonces, ¿no estabas dormido?
—¡Nada de eso! Me quedo despierto y pienso.
Había dejado la vela cerca, a propósito, y luego, al ver que me tendía la mano amistosamente, me había sentado en el borde de la cama.
—¿En qué estabas pensando? —⁠le pregunté.
—¿En qué demonios voy a pensar, querida, más que en usted?
—¡Ay, aunque tu aprecio me enorgullece, no exijo tanto! Preferiría de momento que durmieras.
—Bueno, también pienso, ¿sabe usted?, en ese curioso asunto nuestro.
Noté la frialdad de su firme manita.
—¿De qué curioso asunto hablas, Miles?
—Pues de la forma en que me educa. ¡Y todo lo demás!
Contuve completamente la respiración durante un momento, y la luz trémula de mi vela fue suficiente para permitirme ver cómo me sonreía desde la almohada.
—¿A qué te refieres con todo lo demás?
—Oh, ya lo sabe usted, ¡vaya si lo sabe!
Durante unos momentos no pude decir nada, aunque me pareció que, mientras retenía su mano y seguíamos mirándonos a los ojos, mi silencio equivalía a admitir su acusación, y que quizás, en aquellos momentos, nada en el mundo real era tan fabuloso como nuestra relación.
—Por supuesto que volverás al colegio —⁠le dije⁠—, si es eso lo que te preocupa. Pero no al antiguo… tenemos que encontrar otro, que sea mejor. ¿Cómo iba yo a saber que te preocupaba ese asunto, si nunca me lo dijiste, ni nunca hablaste de ello? —⁠Mientras me escuchaba atentamente, la grata blancura de su rostro inocente le hacía por momentos tan conmovedor como un melancólico paciente de un hospital infantil; y, cuando se me ocurrió tal similitud, habría dado todo lo que poseía en este mundo por ser de verdad la enfermera o la hermana de la caridad que pudiera ayudar a curarlo. En fin, ¡incluso como estaban las cosas quizás podría ser útil!⁠—. ¿Te das cuenta de que nunca me has dicho una sola palabra acerca de tu colegio… me refiero al antiguo; que nunca lo mencionaste para nada?
Pareció sorprendido; sonrió con el mismo encanto de siempre. Pero evidentemente se proponía ganar tiempo; esperaba, pedía consejo.
—¿No le he hablado nunca?
No era yo quien esperaba que le ayudase… ¡era el ser con quien me había tropezado!
Algo en su tono de voz y en la expresión de su rostro me dejó el corazón compungido por una congoja como nunca antes había sentido; tan indeciblemente conmovedor era ver su pequeño cerebro desconcertado y sus escasos recursos puestos a prueba para representar, hechizado como estaba, el papel de la inocencia y la firmeza.
—No, nunca… desde que regresaste. Nunca me has mencionado a ninguno de tus profesores, a ninguno de tus compañeros, ni la más mínima cosa que te sucedió en el colegio. Nunca, mi pequeño Miles —⁠nunca jamás⁠— me has dado el menor indicio sobre nada que pudiera haber ocurrido allí. Por consiguiente puedes figurarte cuán a oscuras estoy. Hasta que se te escapó esta mañana, apenas me has hecho ninguna referencia, desde el primer momento en que te vi, a nada de tu vida anterior. Parecías aceptar totalmente el presente. —⁠Era sorprendente cómo mi absoluta convicción acerca de su precocidad secreta… o como quiera llamar al veneno de una influencia que no me atrevía a mencionar más que a medias… le hacía parecer, a pesar de las muestras apenas perceptibles de su turbación interior, tan accesible como una persona mayor, y me obligaba a mí a tratarlo como si su inteligencia estuviera a la altura de la mía⁠—. Creí que querías seguir como hasta ahora.
Me pareció que al oír aquello se sonrojó ligeramente. En cualquier caso, meneó lánguidamente la cabeza, como un convaleciente un poco fatigado.
—No… no es cierto. Quiero marcharme.
—¿Estás cansado de Bly?
—Oh, no, me gusta Bly.
—¿Entonces…?
—¡Oh, ya sabe usted lo que un muchacho necesita!
Me pareció que no lo sabía tan bien como Miles y de momento me puse a cubierto.
—¿Quieres ir con tu tío?
De nuevo, al oír aquello, con una encantadora expresión irónica en el rostro, negó con la cabeza recostada sobre la almohada.
—¡Ah, no puede usted librarse de eso!
Permanecí unos instantes en silencio y esta vez fui yo, creo, la que cambió de color.
—Querido, ¡no quiero librarme!
—No puede aunque lo desee. ¡No puede, no puede! —⁠se quedó mirándome fijamente con sus bellos ojos⁠—. Mi tío tiene que venir aquí, y deben ustedes arreglar las cosas.
—Si lo hacemos —le respondí con más brío⁠—, puedes estar seguro de que será para sacarte de aquí.
—Bueno, ¿no comprende que es eso precisamente lo que deseo? Tendrá que decirle… por qué no ha hecho nada: ¡tendrá que decirle un montón de cosas!
La exultación con que dijo aquello no sé por qué me ayudó, de momento, a enfrentarme con él un poco más.
—¿Y cuántas tendrás que contarle tú, Miles? ¡Hay cosas que te preguntará!
Se lo pensó.
—Es muy probable. Pero ¿qué cosas?
—Las cosas que no me has contado. Para decidir qué hacer contigo. No puede enviarte de nuevo…
—¡No quiero volver! —me interrumpió⁠—. Quiero cambiar de aires.
Lo dijo con una serenidad admirable, con una auténtica y plena alegría; y sin duda fue aquello lo que más me evocó el patetismo, la antinatural tragedia infantil, de su probable reaparición al cabo de tres meses con todas aquellas bravatas y con mayor deshonor todavía. Me abrumó descubrir que nunca sería capaz de soportarlo y aquello hizo que me descuidase. Me arrojé sobre él y lo abracé con toda la ternura de mi compasión.
—¡Mi querido, mi pequeño Miles…!
Mi rostro estaba muy cerca del suyo y me dejó que lo besara, sencillamente tomándoselo con indulgente buen humor.
—¿Y bien, querida?
—¿No hay nada… nada en absoluto que quieras contarme?
Se apartó un poco, volvió el rostro hacia la pared y levantó la mano para mirársela, como suelen hacer los niños enfermos.
—Ya se lo he contado… se lo conté esta mañana.
¡Qué pena me daba!
—¿Que sólo quieres que no te moleste?
Volvió la cabeza hacia mí como reconociendo que le había comprendido; luego respondió con la misma amabilidad de siempre:
—Que me deje en paz.
Dijo aquello incluso con una extraña dignidad, algo que me hizo soltarlo, aunque, cuando me levanté lentamente, me quedé junto a él. Bien sabe Dios que no quería agobiarlo, sólo que, al hacer aquello, tuve la impresión de que darle la espalda equivalía a abandonarlo o, para decirlo más exactamente, perderlo.
—Acabo de empezar una carta para tu tío —⁠le dije.
—¡Pues entonces termínela!
Esperé un momento.
—¿Qué ocurrió antes?
Me miró de nuevo.
—¿Antes de qué?
—Antes de que volvieras. Y antes de que te marcharas.
Se quedó callado durante un rato, pero no dejó de mirarme.
—¿Qué ocurrió?
El tono en que dijo aquellas palabras, en las que por primera vez me pareció captar un leve temblor, como si empezara a ceder, me hizo caer de rodillas junto a la cama y aferrarme una vez más a la posibilidad de dominarlo.
—¡Mi querido, mi pequeño Miles, si supieras cómo deseo ayudarte! Es sólo eso, nada más que eso, y preferiría morir antes que causarte alguna pena o hacerte algún daño… preferiría morir antes que tocarte uno solo de tus cabellos. ¡Mi querido, mi pequeño Miles —⁠sí, lo saqué a relucir aun sabiendo que podía ir demasiado lejos⁠—, sólo quiero que me ayudes a salvarte!
Pero, nada más decirlo, supe que había ido demasiado lejos. La respuesta a mi súplica fue instantánea, pero vino en forma de un estallido y un frío extraordinarios, una ráfaga de aire helado y un temblor tan grande en toda la habitación como si la violencia del viento hubiese hecho pedazos el marco de la ventana. El muchacho pegó un agudo chillido que, en medio de la confusión del resto de ruidos, podría haber parecido, indistintamente, aunque yo estaba tan cerca de él, lo mismo una muestra de alborozo que de terror. Me levanté de un salto otra vez y me di cuenta de que estábamos a oscuras. Permanecimos así un momento, y mientras tanto miré a mi alrededor y vi que las cortinas, que habían sido corridas, no se movían y que la ventana seguía estando cerrada.
—¡Vaya, se ha apagado la vela! —⁠exclamé entonces.
—¡Fui yo quien sopló, querida! —⁠dijo Miles.
XVIII
Al día siguiente, después de las clases, Mrs. Grose encontró un momento para decirme en voz baja:
—¿Ha escrito ya, señorita?
—Sí… he escrito.
Pero no añadí —por el momento— que la carta, sellada y con las señas puestas, seguía todavía en mi bolsillo. Habría tiempo suficiente para enviarla antes de que el recadero fuese al pueblo. Entre tanto, mis pupilos habían tenido una mañana más brillante y más ejemplar que nunca. Fue efectivamente como si ambos se hubieran tomado a pecho pasar por alto cualquier pequeña fricción reciente. Llevaron a cabo descomunales proezas en aritmética, superaron por completo mi escaso nivel de conocimientos y, más animados que nunca, hicieron bromas sobre geografía e historia. Era llamativo desde luego, especialmente en Miles, su deseo aparente de demostrar lo fácilmente que podía hacerme quedar mal. En mis recuerdos, a este niño lo sitúo realmente en un marco de belleza y sufrimiento que no hay palabras que puedan traducir; cada uno de sus impulsos revelaba una distinción muy suya; jamás hubo una criaturita, todo franqueza y desenvoltura para los que no estaban al tanto, más ingeniosa, un jovencito más extraordinariamente caballeroso. Tenía que protegerme permanentemente para que el asombro que su contemplación producía a mi dictamen de iniciada no me traicionase; reprimir la mirada impertinente y el suspiro de desánimo con los que constantemente acometía y a la vez repudiaba el enigma de qué podía haber hecho un joven caballero como él para merecer tal castigo. Digamos que, a juzgar por el siniestro prodigio que conocía, le había sido revelado todo el mal que se pueda una imaginar: todo el sentido de la justicia que había en mí anhelaba encontrar la prueba de que aquél podía haberse traducido en hechos.
En cualquier caso, nunca se había mostrado tan caballeroso como cuando, después de almorzar temprano aquel horrible día, vino a preguntarme si me gustaría que tocara para mí durante media hora. Ni David tocando para Saúl podría haber mostrado un sentido más agudo de la oportunidad. Fue literalmente una encantadora demostración de tacto, de magnanimidad, como si me hubiese dicho francamente: «Los auténticos caballeros andantes sobre los que tanto nos gusta leer nunca se aprovecharon tanto de una ventaja adquirida. Sé lo que usted piensa ahora: piensa que —⁠para que la dejen en paz y no la sigan⁠— ya no se preocupará más por mí ni me espiará, no estará tan encima de mí, me permitirá ir y venir. De acuerdo, “vengo”… ¡pero no me voy! Habrá tiempo de sobra para ello. Me encanta de veras su compañía y quiero demostrarle que luchaba por una cuestión de principios». Pueden figurarse si me resistí a su súplica o dejé de acompañarlo de nuevo, cogidos de la mano, hasta el aula. Se sentó ante el viejo piano y tocó como nunca había tocado; y si hay quienes piensan que habría sido mejor que hubiese estado dando patadas a un balón sólo puedo decir que estoy completamente de acuerdo con ellos. Pues al cabo de un rato cuya duración, al estar bajo su influencia, no puedo precisar, me levanté de golpe con la extraña sensación de que, literalmente, me había quedado dormida en mi puesto. Fue después del almuerzo, y frente a la chimenea del aula, y no obstante, en realidad no me había dormido ni muchísimo menos; únicamente había hecho algo mucho peor: me había olvidado de algo. ¿Dónde estaba Flora durante todo aquel tiempo? Cuando se lo pregunté a Miles, siguió tocando un momento antes de contestar, y luego sólo supo decir:
—Caramba, querida, ¿cómo voy a saberlo?
Y soltó además una jovial carcajada que inmediatamente después, a modo de acompañamiento vocal, prolongó con una disparatada e incoherente canción.
Me fui directamente a mi habitación, pero su hermana no estaba allí; luego, antes de bajar las escaleras, investigué en otras. Como no se hallaba en ninguna parte, supuse que estaría con Mrs. Grose, a quien, tranquilizada por aquella teoría, por consiguiente me puse a buscar. La encontré donde la había encontrado la noche anterior, pero respondió a mi rápido requerimiento con una completa ignorancia medrosa. Sencillamente había supuesto que, después de la comida, me había llevado a los dos niños; estaba en su derecho a pensar eso, porque era la primera vez que yo había permitido que la chiquilla desapareciera de mi vista sin tomar ninguna medida especial. Claro está, desde luego, que podía estar con las criadas, de modo que la busqué de inmediato sin dar muestras de alarma. Inmediatamente acordamos eso; pero cuando, diez minutos más tarde, conforme a lo que habíamos acordado, nos vimos en el vestíbulo, fue sólo para comunicarnos mutuamente que, tras comedidas pesquisas, no habíamos conseguido localizarla. Allí intercambiamos durante un minuto nuestras mudas alarmas y pude darme cuenta de con qué alto interés me devolvió mi amiga las que yo le había comunicado primero.
—Estará arriba —me dijo al cabo de un rato⁠—, en una de las habitaciones que usted no ha registrado.
—No, está más lejos —me había decidido⁠—. Ha salido de casa.
Mrs. Grose abrió desmesuradamente los ojos.
—¿Sin sombrero?
Naturalmente yo también sabía ser muy elocuente con la mirada.
—¿Acaso esa mujer no va siempre sin él?
—¿Está con ella?
—¡Sí, está con ella! —⁠manifesté⁠—. Tenemos que encontrarlas.
La había cogido del brazo, pero de momento mi amiga, al afrontar aquella explicación del asunto, no logró reaccionar a la presión de mi mano. Allí parada sólo hacía caso, por el contrario, a su desazón.
—¿Y dónde está el señorito Miles?
—Está con Quint. Estarán en el aula.
—¡Dios bendito, señorita!
Yo misma me daba cuenta de que mi opinión —⁠y por consiguiente mi tono de voz, supongo⁠— denotaban una convicción más circunspecta que nunca.
—Me han jugado una mala pasada —⁠proseguí⁠—; han puesto en práctica su plan con éxito. Miles ha encontrado la manera más divina de tenerme quieta mientras Flora se marchaba.
—¿Divina? —repitió Mrs. Grose, perpleja.
—¡Infernal, entonces! —le repliqué casi jovialmente⁠—. Se ha protegido él mismo también. ¡Pero venga!
Mrs. Grose se entristeció irremediablemente al mirar las zonas altas de la casa.
—¿Va a dejarlo…?
—¿Tanto tiempo con Quint? Sí… eso ya no me preocupa.
Siempre terminaba, en parecidas ocasiones, por apoderarse de mi mano, y de esa manera pudo retenerme en aquellos momentos. Pero, tras quedarse boquiabierta un instante ante mi súbita resignación, puso de manifiesto con impaciencia:
—¿A causa de su carta?
Rápidamente, a modo de respuesta, busqué la carta, la saqué, se la mostré y luego, soltándome de su mano, fui a dejarla sobre la gran mesa del vestíbulo.
—Luke la llevará —le dije, mientras regresaba a su lado.
Llegué a la puerta de la casa y la abrí; estaba ya en los peldaños de la entrada.
Mi compañera vacilaba todavía: la tormenta de la noche y primeras horas de la mañana había amainado, pero la tarde era húmeda y gris. Bajé hasta el camino de entrada mientras ella permanecía en el umbral.
—¿Se va a ir sin ponerse nada encima?
—¿Qué más me da si la niña no lleva nada? No puedo perder tiempo en vestirme —⁠exclamé⁠—, si usted cree necesario hacerlo, tendré que dejarla. Mientras tanto pruebe a buscarla arriba.
—¿Con ellos allí?
¡Y al decir aquello la pobre mujer se reunió conmigo de inmediato!
XIX
Fuimos directamente al lago, como lo llamaban en Bly, y en mi opinión con razón, aunque puede que fuese una lámina de agua menos considerable de lo que suponía alguien como yo que había viajado tan poco. Mis conocimientos sobre la materia eran escasos, y el estanque de Bly, al menos en las pocas ocasiones en que había consentido, bajo la protección de mis pupilos, en surcar su superficie en la vieja batea amarrada allí para nuestro uso, me había impresionado tanto por su extensión como por sus aguas revueltas. El lugar donde solíamos embarcar se encontraba a media milla de la casa, pero yo tenía la íntima convicción de que, dondequiera que estuviese, Flora no se hallaba cerca de casa. Nunca me había dado esquinazo para correr una pequeña aventura y, desde el día de aquella otra realmente grande que había compartido con ella junto al estanque, me había dado cuenta, en nuestros paseos, de cuál era la parte que más le atraía. Por eso había dirigido los pasos de Mrs. Grose en una dirección tan precisa… una dirección a la que ella, al darse cuenta, opuso una resistencia que me indicaba que nuevamente estaba desorientada.
—¿Va usted al estanque, señorita? ¿Cree que ella está dentro…?
—Es posible, aunque no es muy profundo, creo, en ninguna parte. Pero lo que considero más probable es que esté en el sitio desde el cual, el otro día, vimos las dos lo que le conté a usted.
—¿Cuando ella fingió no ver…?
—¡Con aquella pasmosa sangre fría! Siempre he estado segura de que quería volver sola. Y ahora su hermano ha conseguido que lo haga. Mrs. Grose seguía en el mismo sitio en donde se había detenido.
—¿Cree usted que los niños hablan de ellos?
¡Podía contestar a eso con aplomo!
—Dicen cosas que, si las oyésemos, sencillamente nos horrorizarían.
—¿Y si ella está allí…?
—¿Qué?
—¿Está también Miss Jessel?
—Sin duda alguna. Ya lo verá.
—¡Ah, gracias! —exclamó mi amiga, plantada con tanta firmeza que, al darme cuenta, seguí sin ella.
Cuando llegué al estanque, no obstante, me seguía muy de cerca y comprendí que, fuera lo que fuese lo que ella temía que pudiera acontecerme, le parecía que exponerse a estar a mi lado era el menor de los peligros posibles. Exhaló un gemido de alivio cuando al fin divisamos la mayor parte de la superficie del lago y no vimos a la niña. No había el menor rastro de Flora en aquel lado más próximo a la orilla donde tanto me había llamado la atención verla, ni tampoco en el margen opuesto, donde, exceptuando una franja de unas veinte yardas, un espeso soto descendía hasta el estanque. Aquella extensión de agua, de forma oblonga, era tan estrecha comparada con su longitud que, al no verse los extremos, podría haberse tomado por un riachuelo. Contemplamos aquel tramo vacío y entonces me di cuenta de que los ojos de mi amiga me querían decir algo. Comprendí lo que quería decir y le contesté negando con la cabeza.
—No, no; ¡espere! Se ha llevado el bote.
Mi compañera miró al embarcadero vacío y luego al otro lado del lago.
—Entonces, ¿dónde está el bote?
—Que no lo veamos es la más convincente de las pruebas. Lo ha utilizado para cruzar el lago, y luego se las ha arreglado para ocultarlo.
—¿Ella sola… siendo tan niña?
—No está sola y en tales ocasiones no es una niña: es una vieja, una mujer muy vieja.
Escudriñé la parte visible de la orilla mientras Mrs. Grose, ante la extraña perspectiva que yo le presentaba, asumía de nuevo uno de sus repentinos accesos de sumisión; luego le indiqué que el bote podía estar perfectamente en un pequeño refugio formado por uno de los recovecos del estanque, una entrada disimulada, en el lado de acá, por un saliente en la orilla y un grupo de árboles que crecían cerca del agua.
—Pero si el bote está allí, ¿dónde demonios está ella? —⁠preguntó mi colega con ansiedad.
—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.
Y eché a andar de nuevo.
—¿Dando toda la vuelta?
—Desde luego, por lejos que esté. No nos llevará más de diez minutos, pero queda lo bastante lejos para que la niña prefiriera no caminar. Cruzó directamente.
—¡Pardiez! —exclamó de nuevo mi amiga: como siempre, la concatenación de mi lógica era demasiado para ella.
Aun así se arrastró pisándome los talones y, cuando habíamos recorrido la mitad del camino —⁠un trayecto tortuoso y agotador sobre un terreno muy accidentado y por un sendero obstruido por la maleza⁠— me detuve para que recobrase el aliento. Con mucho gusto le presté mi brazo para que se apoyara, asegurándole que podía ayudarme enormemente; y aquello nos puso de nuevo en marcha, de modo que al cabo de unos cuantos minutos más llegamos al lugar desde el que comprobamos que el bote se hallaba donde yo había supuesto. Lo habían dejado a propósito lo más fuera de la vista posible y estaba atado a una de las estacas de un vallado que, justo allí, llegaba hasta el borde del agua y había servido de ayuda para desembarcar. Al observar que había recogido y puesto a buen recaudo el par de remos cortos y gruesos, tuve que reconocer que era una enorme proeza para una niña tan pequeña; pero para entonces había visto demasiados prodigios y había resollado ante demasiadas circunstancias más movidas. Había una verja en el vallado, a través de la cual pasamos, y que nos llevó a campo abierto en un breve intervalo de tiempo. Luego ambas exclamamos al mismo tiempo:
—¡Allí está!
Flora estaba en la hierba, a poca distancia de nosotras, y sonreía como si hubiera concluido su representación. Lo siguiente que hizo, sin embargo, fue agacharse y arrancar —⁠como si hubiera ido allí sólo para eso⁠— una rama grande y antiestética de helechos marchitos. En seguida tuve la convicción de que acababa de salir del soto. Nos esperó, sin dar un solo paso, y me di cuenta de la inusitada solemnidad con que en aquel momento nos acercamos a ella. No dejó de sonreír hasta que nos reunimos con ella; pero todo ello se hizo en medio de un silencio flagrantemente ominoso. Mrs. Grose fue la primera en romper el encanto: cayó de rodillas y, atrayendo a la niña hacia su pecho, estrechó en un largo abrazo el frágil y blando cuerpecito. Mientras duraba aquel mudo paroxismo me limité a observarlo… haciéndolo con más atención cuando vi que Flora me miraba a hurtadillas, asomando el rostro por encima del hombro de nuestra compañera. Estaba seria… había dejado de sonreír; pero aquello intensificó la angustia con que yo envidiaba en aquellos momentos la naturalidad de la relación que Mrs. Grose tenía con ella. Sin embargo, durante todo aquel tiempo, no ocurrió nada más entre nosotras salvo que Flora había dejado caer al suelo otra vez su ridículo helecho. Lo que ella y yo nos habíamos dicho tácitamente era que los pretextos ya no servían. Cuando por fin Mrs. Grose se levantó, retuvo la mano de la niña, de modo que tenía todavía frente a mí a las dos; y la singular reticencia de nuestras relaciones amistosas se puso todavía más de manifiesto en la mirada franca que me dirigió. «¡Que me ahorquen —⁠decía⁠— si soy yo la que habla!».
La primera en hacerlo fue Flora, tras mirarme de arriba abajo con sincera admiración. Estaba sorprendida de que fuéramos con la cabeza descubierta.
—¡Caramba!, ¿dónde están sus cosas?
—¿Y dónde están las tuyas, querida? —⁠respondí inmediatamente.
Había recobrado su alegría habitual y pareció tomarse aquello como una respuesta más que suficiente.
—¿Dónde está Miles? —prosiguió.
Había algo en la valentía de aquella pregunta que me desarmó por completo: aquellas tres palabras suyas fueron, en un abrir y cerrar de ojos, como el destello de una espada desenvainada, el empujón a la copa que, durante semanas y semanas, mi mano había mantenido en alto y llena hasta el borde, y que en aquel momento, incluso antes de hablar, tuve la sensación de que se desbordaba a raudales.
—Te lo diré si tú me dices… —⁠me oí decir a mí misma y después escuché el temblor con que se me quebró la voz.
—Bueno, ¿y qué?
La ansiedad de Mrs. Grose me llamó la atención, pero era ya demasiado tarde, y le solté lenta y cuidadosamente:
—¿Dónde está Miss Jessel, cielo?
XX
Tal como sucedió con Miles en el camposanto, salió a relucir todo el asunto. Por mucho que yo hubiera pensado en el hecho de que aquel nombre nunca se había mencionado entre nosotras ni una sola vez, la rápida mirada de castigo con que la niña lo acogió fue como si equiparase realmente mi rompimiento del silencio con la rotura de un cristal. A eso vino a añadirse el grito interpuesto, como para detener el golpe, que Mrs. Grose lanzó en aquel mismo instante para sobreponerse a mi violencia… el alarido de una criatura asustada, o más bien herida, que, al cabo de unos pocos segundos, se completó con un jadeo por mi parte. Agarré a mi compañera del brazo.
—¡Está allí, está allí!
Miss Jessel se hallaba ante nosotras en la orilla opuesta, exactamente lo mismo que la otra vez, y recuerdo, con extrañeza, que la primera sensación que me produjo fue un estremecimiento de júbilo por haber aportado una prueba. Ella estaba allí, así que yo tenía razón; estaba allí, de modo que yo no era inhumana ni estaba loca; estaba allí para que la viera la pobre y asustada Mrs. Grose, pero sobre todo por Flora; y ningún momento de aquel horrendo episodio de mi vida fue quizás tan extraordinario como aquél en que deliberadamente le lancé un inconexo mensaje de gratitud… con la sensación de que, aunque se tratase de un pálido y voraz demonio, lo captaría y lo entendería. Estaba erguida en el mismo lugar que mi amiga y yo acabábamos de abandonar, y no había en todo el largo alcance de su deseo ni una pizca de maldad en la que se quedara corta. Aquella primera e intensa impresión fue cosa de pocos segundos, durante los cuales el atolondrado parpadeo de Mrs. Grose en la dirección que yo señalaba me pareció confirmar que ella también la veía al fin, justo en el momento en que volví mis ojos precipitadamente hacia la niña. Tengo que reconocer que la revelación de cómo le había afectado a Flora la aparición me sobresaltó mucho más que si simplemente la hubiese encontrado nerviosa, pues un espanto tan patente no era, desde luego, lo que yo había esperado. Preparada y en guardia al enterarse de que la buscábamos, era lógico que se reprimiera para no traicionarse; y por tanto me desconcertó en seguida el primer atisbo de un detalle que no había tenido en cuenta. Ver que su carita sonrosada no se había descompuesto, y que ni siquiera fingía mirar en dirección al prodigio que yo acababa de anunciar, sino que, en vez de eso, se volvió hacia mí con una dura y silenciosa expresión circunspecta, una expresión absolutamente nueva y sin precedentes, que parecía adivinarme el pensamiento, juzgarme y acusarme… fue un golpe que, en alguna medida, convertía a la chiquilla misma en un personaje de mal agüero. Me quedé boquiabierta ante su frialdad aun cuando mi certeza de que la veía con total claridad nunca fue mayor que en aquel momento, y entonces, necesitando defenderme de inmediato, intenté fervientemente hacerla confesar:
—Está ahí, desdichada criaturita… ahí, ahí, ahí, ¡y la ves lo mismo que me ves a mí!
Poco antes le había dicho yo a Mrs. Grose que en tales circunstancias Flora no era una niña, sino una vieja, una mujer muy vieja, y mi descripción de ella no podía haber tenido una confirmación más impresionante que en la forma en que, por toda respuesta, sin expresar ninguna concesión o reconocimiento, se limitó a mostrarme en su semblante una reprobación cada vez más profunda, y de pronto completamente inamovible en efecto. Para entonces —⁠si es que consigo encajar todas las piezas⁠— estaba más horrorizada por lo que podría llamar con toda la razón su actitud que por ninguna otra cosa, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que también tenía que vérmelas, y de qué manera, con Mrs. Grose. De todas formas, mi compañera de más edad en seguida borró todo lo demás excepto el rubor de su rostro y su indignada y ruidosa protesta, un vehemente estallido de desaprobación.
—¡Vaya susto más espantoso que me ha dado, señorita! ¿Dónde demonios ve usted algo?
Sólo pude apretarle el brazo más deprisa todavía, pues incluso mientras hablaba, aquella horrorosa aparición seguía allí nítida e impávida. Llevaba ya un minuto y permaneció allí mientras yo, agarrando a mi colega, continuaba empujándola hacia ella y mostrándosela e insistía en señalarla con la mano.
—¿No la ve exactamente como la vemos nosotras?… ¿Va usted a decirme que no la ve… ahora? ¡Si es tan grande como una hoguera! ¡Pero mire usted, querida, mire…!
Miraba hacia donde yo lo hacía y, al escuchar su profundo gemido de negación, repulsa y compasión —⁠una mezcla de lástima por mí y alivio por verse eximida de la visión⁠—, tuve la impresión, que incluso entonces me conmovió, de que me habría respaldado si hubiese sido capaz. Bien podía hacerme falta, pues con aquel duro golpe de comprobar que sus ojos estaban irremediablemente sellados tuve la sensación de que mi situación se venía abajo horriblemente, me pareció —⁠comprendí⁠— que mi lívida predecesora, desde su posición, se apresuraba a derrotarme, y estimé, por encima de todo, que a partir de aquel momento tendría que enfrentarme con la asombrosa actitud de la pequeña Flora. Actitud que Mrs. Grose adoptó de manera inmediata y violenta, poniéndose a tranquilizarla ansiosamente, mientras horadaba mi sensación de desastre con un prodigioso triunfo personal.
—¡No está allí, jovencita, allí no hay nadie… tú nunca viste nada, cielo mío! ¿Cómo podría estar ahí Miss Jessel… si la pobre está muerta y enterrada? Nosotras lo sabemos, ¿verdad, mi amor? —⁠y apelaba, sin la menor consideración, a la niña⁠—. No es más que un simple error y una broma… ganas de preocuparse… ¡nos iremos a casa lo más deprisa que podamos!
La pequeña había respondido a eso con una inesperada corrección remilgada y, con Mrs. Grose a sus pies, de nuevo estaban unidas, como si dijéramos, en indignada oposición a mí. Flora siguió mirándome fijamente con su mascarilla de descontento, e incluso en aquel momento rogué a Dios que me perdonara por parecerme que, mientras seguía agarrada con fuerza al vestido de nuestra amiga, su incomparable belleza infantil se había echado a perder de repente, se había desvanecido por completo. Ya lo he dicho antes: literalmente su expresión se había endurecido muchísimo; se había vuelto vulgar y casi fea.
—No sé qué quiere usted decir. Yo no veo a nadie. No veo nada. Nunca lo he visto. Creo que es usted inhumana. ¡No la quiero!
Luego, tras aquella declaración, que podría haber salido de cualquier chica de la calle impertinente y grosera, se abrazó más estrechamente a Mrs. Grose y ocultó en sus faldas su horrible carita. En aquella posición lanzó un gemido casi frenético.
—Sáqueme de aquí, sáqueme de aquí… ¡lléveme lejos de ella!
—¿De mí? —le dije entrecortadamente.
—De usted… ¡sí, de usted! —⁠exclamó ella.
Hasta Mrs. Grose me miró consternada; mientras, yo no podía hacer otra cosa que volver a comunicarme con la figura que, en la orilla opuesta, inmóvil, tan silenciosa como si captara, a través de la distancia, nuestras voces, seguía allí tan manifiestamente para mi desastre aunque de nada me sirviera. La desdichada niña había hablado exactamente como si hubiera extraído de alguna fuente exterior cada una de sus punzantes palabras y, por lo tanto, completamente desesperada por todo lo que tenía que aceptar, no pude hacer más que menear tristemente la cabeza en señal de desaprobación.
—Si hubiese dudado alguna vez, todas mis dudas habrían desaparecido en aquellos momentos. He estado viviendo con la triste verdad y ahora, por fin, se ha cerrado alrededor de mí. Por supuesto que te he perdido: me he entrometido y, bajo su dictado —⁠y al decir aquello miré, de nuevo por encima del estanque, a nuestra infernal testigo⁠—, has comprendido la manera más fácil y consumada de responder a ello. Lo he hecho lo mejor que he podido, pero he perdido. Adiós.
A Mrs. Grose le dije un imperativo, casi frenético, «¡Váyanse, váyanse!», ante lo cual, con infinita angustia, aunque mudamente obsesionada por la chiquilla y convencida desde luego de que, a pesar de su ceguera, había ocurrido algo espantoso y que algún grave contratiempo nos amenazaba, se retiró lo más rápido que pudo, tomando el camino por el que habíamos venido.
De lo primero que sucedió cuando me quedé sola no tengo ningún recuerdo. Sólo sé que al cabo de un cuarto de hora, creo, un olor húmedo y un contacto rugoso y helado, que estremecieron y taladraron mi inquietud, me hicieron comprender que debía de haberme arrojado al suelo, cayendo boca abajo, y debí dejarme llevar por el frenesí de mi aflicción. Debí de haber estado allí tumbada mucho tiempo, llorando y lamentándome, pues cuando levanté la cabeza casi se había hecho de noche. Me puse de pie y miré un momento, a través del crepúsculo, el estanque y su vacía orilla encantada, y luego seguí mi triste y penoso camino de vuelta a casa. Cuando llegué a la verja de la valla, me sorprendió comprobar que el bote había desaparecido, de modo que pensé nuevamente en el extraordinario dominio de la situación que tenía Flora. Aquella noche la pasó en casa, por el más tácito y añadiría, si la palabra no fuera tan incongruentemente falsa, el más afortunado de los acuerdos, con Mrs. Grose. A mi regreso no vi a ninguna de las dos, pero en cambio, por una ambigua compensación, vi mucho a Miles. Lo vi tanto —⁠no puedo emplear otra frase⁠— que pude juzgarlo, más que nunca, con imparcialidad. Ninguna de las noches que pasé en Bly iba a resultar tan ominosa como aquélla; a pesar de lo cual —⁠y a pesar también del profundo abismo de consternación que se había abierto bajo mis pies⁠— estuvo literalmente presidida, con verdaderos altibajos, por una tristeza extraordinariamente grata. Al llegar a la casa ni siquiera busqué al muchacho; me fui directamente a mi habitación para cambiarme de ropa y constatar, de un vistazo, el abundante testimonio material de la ruptura de Flora. Se había llevado todas sus pertenencias. Cuando más tarde, junto al fuego del aula, me sirvió el té la doncella habitual, no me permití hacer ninguna pregunta sobre mi otro pupilo. Era ya libre… ¡y podía serlo sin ninguna limitación! Bueno, eso hizo; y consistió —⁠al menos en parte⁠— en presentarse a eso de las ocho y sentarse a mi lado en silencio. Cuando retiraron el servicio de té yo había apagado las velas y acercado mi sillón al fuego un poco más: sentía un frío terrible y me parecía que nunca volvería a entrar en calor. Así que cuando apareció él yo estaba sentada frente al resplandor del fuego a solas con mis pensamientos. Se paró un momento junto a la puerta a mirarme; luego —⁠como si quisiera compartirlos⁠— se arrellanó en un sillón al otro lado de la chimenea. Nos quedamos allí en absoluto silencio; no obstante, tuve la impresión de que quería estar conmigo.
XXI
Antes de que despuntara un nuevo día, al abrir los ojos en mi habitación, encontré junto a la cabecera de mi cama a Mrs. Grose, que venía con las peores noticias. Flora tenía una fiebre tan alta que posiblemente estaba a punto de caer enferma; había pasado la noche sumamente inquieta, una noche agitada sobre todo por unos temores que no se debían ni muchísimo menos a su antigua institutriz sino del todo a la actual. No protestaba contra la posible reaparición en escena de Miss Jessel… era evidente que lo hacía con suma vehemencia contra la mía. Me puse en pie inmediatamente, dispuesta a hacer una gran cantidad de preguntas; más que nada porque mi amiga visiblemente se había apretado los machos para enfrentarse conmigo de nuevo. Me di cuenta en cuanto le pregunté si creía más en la sinceridad de la niña que en la mía.
—¿Persiste en negarle a usted que vio, o ha visto alguna vez, algo?
Grande fue la turbación de mi visitante.
—¡Ay, señorita, no es un asunto sobre el que yo pueda apremiarla! Ni tampoco, debo decir, me parece que tenga que hacerlo. Le ha hecho envejecer mucho, de pies a cabeza.
—Oh, me lo puedo imaginar perfectamente. Le molesta, exactamente como si fuera todo un personajillo importante, que la acusen de no decir la verdad y que, de alguna forma, duden de su respetabilidad. «¡Miss Jessel desde luego… ella sí!». ¡Pero la chiquilla es «respetable», vaya si lo es! La impresión que me produjo ayer fue, se lo aseguro, la más extraña de todas: superó por completo a todas las demás. ¡Metí la pata! Nunca más volverá a hablarme.
Todo aquello era tan horroroso y confuso que mantuvo a Mrs. Grose en silencio durante un corto espacio de tiempo; luego aceptó mi punto de vista con una franqueza que, tuve la seguridad, ocultaba algo más.
—Creo, de veras, señorita, que nunca le hablará. ¡Se lo ha tomado a la tremenda!
—Y eso es prácticamente —resumí⁠— lo único que le importa.
¡Oh, sí, podía ver aquello en el rostro de mi visitante, y también muchas otras cosas más!
—Me pregunta cada tres minutos si creo que va a entrar usted.
—Comprendo… comprendo. —También yo, por mi parte, tenía mucho más que averiguar⁠—. ¿Le ha dicho a usted, desde ayer, una sola palabra sobre Miss Jessel, salvo para rechazar su familiaridad con algo tan horrible?
—Ni una, señorita. Y por supuesto usted sabe —⁠añadió mi amiga⁠— que me creí lo que ella me dijo cuando estábamos junto al lago: que en aquel preciso momento, allí al menos, no había nadie.
—¡Cómo no! Y naturalmente usted la sigue creyendo.
—No la contradigo. ¿Qué más puedo hacer?
—¡Nada en absoluto! Tiene usted que entendérselas con una personita de lo más lista. Los han hecho —⁠sus dos amigos quiero decir⁠— todavía más listos incluso de lo que la naturaleza los hizo; ¡disponían de una maravillosa materia prima! Flora tiene ahora motivos para quejarse y lo explotará hasta el final.
—Sí, señorita; pero ¿hasta qué final?
—Pues hasta indisponerme con su tío. ¡Le dará a entender que soy la criatura más vil…!
Me estremecí sólo de imaginar la escena en el rostro de Mrs. Grose; por un momento parecía que de pronto los veía juntos.
—¡Con la buena opinión que él tiene de usted!
—¡Pues tiene una extraña manera… se me ocurre ahora —⁠me eché a reír⁠—… de probarlo! Pero eso no importa. Lo que Flora quiere, desde luego, es librarse de mí.
Mi compañera tuvo el valor de reconocerlo.
—No quiere volver a verla nunca más.
—De modo que usted ha venido —⁠le pregunté al acelerar mi marcha⁠—, ¿no es cierto? —⁠Antes de que tuviera tiempo de contestar, sin embargo, la interrumpí⁠—. Tengo una idea mejor… resultado de mis reflexiones. Mi marcha parecería lo más apropiado, y el domingo realmente estuve a punto. Sin embargo no lo haré. Es usted la que debe irse. Tiene que llevarse a Flora.
Mi visitante, al oír aquello, reflexionó.
—Lejos de aquí. Lejos de ellos. Y ahora, sobre todo, lejos de mí. Directamente a casa de su tío.
—¿Sólo para acusarla a usted…?
—No, no «sólo» para eso. Para dejarme, también, con mi remedio.
Seguía sin entenderlo.
—¿Y cuál es su remedio?
—Para empezar, la lealtad de usted. Y luego la de Miles.
Me miró fijamente.
—¿Usted cree que él…?
—¿Que no se volverá en contra mía, si tiene ocasión? Sí, me atrevo todavía a creerlo. En todo caso, quiero hacer la prueba. Márchese con su hermana lo antes posible y déjeme a solas con él.
Yo misma estaba asombrada del ánimo que todavía me quedaba y por consiguiente, quizás algo más desconcertada al ver cómo dudaba ella, a pesar del magnífico ejemplo que yo le daba.
—Hay una cosa, desde luego —⁠proseguí⁠—: antes de irse, los niños no deben verse, ni por un momento.
Luego se me ocurrió que, a pesar del presumible aislamiento de Flora desde el mismo momento de su regreso del estanque, podría ser ya demasiado tarde.
—¿Quiere usted decir —pregunté ansiosamente⁠— que se han visto?
Al oír aquello se ruborizó bastante.
—¡Ay, señorita, no soy tan tonta como para eso! Si me he visto obligada a marcharme de su lado en tres o cuatro ocasiones, siempre la he dejado con alguna de las criadas, y en estos momentos, aunque está sola, la he encerrado bajo llave en un lugar seguro. Y sin embargo… sin embargo…
Había demasiadas cosas.
—Sin embargo ¿qué?
—Bueno, ¿está usted segura del señorito?
—No estoy segura de nada salvo de usted. Pero, desde anoche, tengo una nueva esperanza. Me parece que quiere darme una oportunidad. Creo que —⁠¡pobrecito infeliz!⁠— quiere hablar conmigo. Anoche estuvo sentado conmigo durante dos horas, frente a la lumbre y en silencio, como si estuviera a punto de hacerlo.
Mrs. Grose miró fijamente por la ventana el grisáceo día que despuntaba.
—¿Y lo hizo?
—No, por más que esperé, confieso que no lo hizo y, sin romper el silencio, ni siquiera la más mínima alusión al estado o a la ausencia de su hermana, finalmente nos besamos y nos dimos las buenas noches. Aun así —⁠continué⁠—, no puedo consentir que, si su tío ve a la niña, vea también a su hermano sin darle antes al muchacho un poco más de tiempo… más que nada porque las cosas se han puesto tan mal.
Sobre este punto mi amiga parecía más reacia de lo que yo podía comprender.
—¿Qué quiere usted decir con más tiempo?
—Pues verá usted, uno o dos días… hasta que lo suelte. Entonces estará de mi parte… ya ve usted lo importante que es. Si no pasa nada, sencillamente habré fracasado y, en el peor de los casos, usted me habrá ayudado haciendo a su llegada a la ciudad todo lo que le sea posible.
Así se lo expuse, pero ella siguió durante un rato tan ensimismada en otros argumentos que acudí de nuevo en su ayuda.
—A menos, desde luego —concluí—, que realmente usted no quiera ir.
Por su expresión, por fin lo vi todo muy claro: me tendió la mano como muestra de su compromiso.
—Iré… iré. Me iré esta misma mañana.
Quise ser honrada con ella.
—Si prefiere esperar un poco más, me comprometo a que ella no me vea.
—No, no: es el lugar mismo. La niña debe marcharse.
Me miró un momento con ojos apesadumbrados y luego soltó el resto:
—Su idea es razonable, yo misma, señorita…
—Usted dirá.
—No puedo quedarme.
La mirada que me dirigió me sobresaltó por lo que sugería.
—¿Quiere usted decir que desde ayer ha visto…?
Negó con la cabeza de manera solemne.
—¡He oído…!
—¿Oído?
—De labios de esa niña… ¡horrores! ¡Ahí lo tiene! —⁠suspiró con trágico alivio⁠—. Palabra de honor, señorita, ¡dice unas cosas…!
Pero al evocar aquello se derrumbó; se dejó caer en el sofá presa de un súbito llanto y, como la había visto hacer en otras ocasiones, dio rienda suelta a toda su angustia.
Yo, por mi parte, también me dejé llevar pero de otra manera completamente distinta.
—¡Oh, gracias a Dios!
Al oír aquello Mrs. Grose se levantó otra vez de un salto, y se secó los ojos al tiempo que dejaba escapar un gemido.
—¿Gracias a Dios?
—¡Eso me da la razón!
—¡Claro que sí, señorita!
No hubiera podido desear mayor énfasis, pero me limité a esperar.
—¿Tan horrible es?
Me imaginé que mi colega no sabía cómo expresarlo.
—Realmente espeluznante.
—¿Acerca de mí?
—Acerca de usted, señorita… puesto que ha de enterarse. Es más de lo que una podría imaginar, tratándose de una chiquilla; y no comprendo en dónde pudo haberlo aprendido…
—¿El espantoso lenguaje con que se refiere a mí?
Solté una carcajada que era, sin duda, bastante significativa, y sólo sirvió, hay que reconocerlo, para que mi amiga se pusiera todavía más seria.
—Verá usted, quizás yo también debería… ¡ya que he oído algo de eso antes! Sin embargo no puedo soportarlo —⁠prosiguió la pobre mujer mientras, con el mismo movimiento, echaba un vistazo a la esfera de mi reloj, que estaba encima de mi tocador⁠—. Pero debo regresar.
No obstante la retuve.
—¡Ah, si no puede soportarlo…!
—¿Cómo puedo seguir con ella, quiere usted decir? Pues precisamente por eso: para llevármela de aquí. Lejos de esto —⁠prosiguió⁠—, lejos de ellos…
—¿Cree usted que podría ser diferente? ¿Que ella podría liberarse? —⁠la agarre casi con júbilo⁠—. Entonces, a pesar de lo de ayer, usted cree…
—¿En tales cosas?
Por la forma tan natural como lo dijo, pude ver en su rostro que no necesitaba entrar en más detalles y que me daba la razón en todo como no lo había hecho nunca.
—Creo.
Sí, fue un regalo para el oído, y aún estábamos hombro a hombro: si continuaba estando segura de eso debería importarme bien poco cualquier otra cosa que pudiera suceder. Si ocurriese una catástrofe contaría con la misma ayuda que había tenido la primera vez que necesité una confidente y, si mi amiga respondía de mi sinceridad, yo respondería de todo lo demás. A pesar de todo, en el momento de despedirme de ella, me sentí molesta hasta cierto punto.
—Hay una cosa, desde luego —⁠se me acaba de ocurrir⁠— que habría que tener en cuenta. Mi carta, dando la alarma, habrá llegado a Londres antes que usted.
En aquel momento me di todavía más cuenta de hasta qué punto se había andado con rodeos y lo agotada que debía sentirse finalmente.
—Su carta no habrá llegado. No se envió.
—¿Pues qué fue de ella?
—¡Dios sabe! El señorito Miles…
—¿Quiere usted decir que él la cogió? —⁠exclamé.
Tardó en responder, pero al final superó su reticencia.
—Quiero decir que ayer, cuando regresé con Miss Flora, vi que no estaba donde usted la había puesto. A última hora de la tarde tuve ocasión de preguntarle a Luke y él me dijo que no había reparado en ella ni la había tocado.
Nos limitamos a intercambiar una de aquellas profundas miradas inquisitivas con las que solíamos sondearnos, y fue Mrs. Grose la primera en subir la plomada exclamando casi eufórica:
—¡Comprende usted!
—Sí, comprendo que si Miles la cogió probablemente la habrá leído y luego destruido.
—¿Y no se da cuenta de nada más?
La miré un momento y sonreí con tristeza.
—Me parece que a estas alturas tiene usted los ojos más abiertos que yo.
Resultó ser así, en efecto, pero casi tuvo que ruborizarse para demostrarlo.
—Ahora comprendo lo que debió de hacer en el colegio —⁠y, con ingenua perspicacia, hizo con la cabeza un gesto de desilusión casi divertido⁠—. ¡Robó!
Le di vueltas a lo que me dijo… trataba de ser más imparcial.
—Pues no sé… quizás.
Me miró como si no hubiese esperado encontrarme tan tranquila.
—¡Robó cartas!
No podía comprender los motivos que yo tenía para conservar la calma, que después de todo era bastante superficial; así que se los expuse de la mejor manera que pude.
—¡Espero que entonces sacara más provecho que ahora! En todo caso, la nota que dejé ayer encima de la mesa —⁠proseguí⁠— le habrá proporcionado tan escaso beneficio… pues contenía únicamente una escueta petición de una entrevista… que debe de estar ya muy avergonzado de haber ido tan lejos por tan poco, y es posible que lo que tenía pensado anoche era precisamente la necesidad de confesarlo todo —⁠me pareció que, por el momento, dominaba la situación, lo tenía todo controlado⁠—. Déjenos, déjenos —⁠estaba ya junto a la puerta, metiéndole prisa para que se marchara⁠—. Se lo sacaré. Vendrá a verme. Confesará. Si confiesa se salvará. Y si se salva…
—¿También usted entonces?
Aquella pobre mujer me besó al decirlo y se despidió.
—¡Yo la salvaré sin la intervención de él! —⁠exclamó al marcharse.
XXII
Sin embargo, nada más marcharse ella —⁠y en el acto la eché de menos⁠— fue cuando me vi realmente en apuros. Si había contado con lo que me supondría el quedarme a solas con Miles, rápidamente tuve que reconocer que al menos serviría para mostrarme de lo que yo era capaz. En ningún otro momento de mi estancia en Bly me acometieron tantos temores como cuando supe que el carruaje en el que viajaban Mrs. Grose y mi joven pupila había traspasado la verja de entrada. Ahora estaba, me dije a mí misma, cara a cara con los elementos y, durante gran parte del resto del día, mientras combatía mi debilidad, llegué a pensar que me había precipitado excesivamente. Me encontraba en una situación todavía más apurada que aquéllas en las que me había visto envuelta anteriormente; sobre todo porque, por primera vez, veía en el aspecto de los demás un confuso reflejo de la crisis. Lo que había sucedido les extrañó a todos, por supuesto; por muchos comentarios que pudieran hacerse, nadie podía explicarse la repentina marcha de mi colega. Las doncellas y los criados parecían desconcertados; el resultado fue un agravamiento de mi nerviosismo, hasta que comprendí la necesidad de sacar partido de todo aquello. En resumidas cuentas, fue precisamente por aferrarme al timón como evite el naufragio definitivo; y me atrevería a decir que, para no darme por vencida, aquella mañana me mostré muy altiva y muy cáustica. Me alegré de tener mucho de que ocuparme, y me encargué de que todos supieran también que, abandonada así a mis propios medios, podía mostrarme increíblemente firme. Durante una hora o dos vagué por toda la casa con esa actitud y no me cabe la menor duda de que debí de dar la impresión de estar preparada para cualquier arremetida. De modo que, en provecho de aquéllos a quienes pudiera importarle, alardeé de estar muy angustiada.
Hasta la hora de la cena, la persona a quien menos pareció importarle aquello resultó ser el pequeño Miles en persona. Mientras tanto, mis idas y venidas por la casa no me permitieron verlo ni siquiera fugazmente, aunque contribuyeron a hacer más público el cambio que había tenido lugar en nuestra relación como consecuencia de que él me había engañado, el día anterior, reteniéndome junto al piano, en interés de Flora. El confinamiento y la posterior marcha de la niña habían llamado mucho la atención, desde luego, y el incumplimiento de nuestro horario acostumbrado de clases había anunciado el cambio mismo. Miles ya había desaparecido cuando, antes de bajar, abrí de un empujón la puerta de su habitación, y una vez abajo me enteré de que había desayunado, en presencia de un par de criadas, con Mrs. Grose y su hermana. Luego había salido, eso dijo, a dar una vuelta; nada mejor que aquello podía expresar su sincero convencimiento de la brusca transformación de mis funciones en la casa. Faltaba todavía por establecer qué iba a permitir él que fueran estas funciones: suponía por lo menos un extraño alivio —⁠quiero decir para mí en particular⁠— renunciar a cualquier pretensión. Si tanto había salido a la superficie, apenas exagero al decir que lo que había quedado más patente tal vez era lo absurdo de que prolongásemos la ficción de que yo podía enseñarle algo más. Saltaba a la vista que, valiéndose de tretas tácitas en las que cuidaba, incluso más que yo misma, de proteger mi dignidad, yo había tenido que suplicarle que me evitara tener que esforzarme para ponerme a su misma altura. De todos modos, disponía ya de su libertad; nunca más iba a volver a quitársela: como, por otra parte, le había demostrado suficientemente la noche anterior cuando, al reunirse conmigo en el aula, no lo recriminé ni hice ninguna alusión a lo ocurrido últimamente. A partir de aquel momento, tenía más que de sobra con mis otras ideas. Sin embargo, cuando él al fin llegó, su hermosa apariencia, en la que lo que había ocurrido hasta entonces no había dejado, visiblemente, la menor huella, hizo que me diese perfecta cuenta de la dificultad para ponerlas en práctica, de las acumulaciones de mi problema.
Para mostrar a la servidumbre la etiqueta que había decidido establecer, ordené que mis comidas con el muchacho debían servirse abajo, como llamábamos al comedor; de modo que le había estado esperando en medio de la grave suntuosidad de aquel aposento desde cuya ventana había recibido de Mrs. Grose, aquel primer domingo de sustos, el primer destello de algo que difícilmente podría llamarse luz. En aquel momento volví a darme cuenta —⁠pues me había dado cuenta una y otra vez⁠— de que mi equilibrio dependía de la rigurosidad de mi voluntad, la voluntad de cerrar los ojos lo más herméticamente que pudiera ante la verdad de que tenía que enfrentarme a algo que era, repugnantemente, contra natura. Sólo podía seguir adelante si depositaba mi confianza en la «naturaleza», si la tenía en cuenta, tomando mi monstruosa y dura prueba como un impulso en una dirección insólita, desde luego, y desagradable, pero que sólo exigía, después de todo, para hacerle frente correctamente, dar otra vuelta de tuerca a la virtud humana corriente. No obstante, ninguna tentativa podía requerir más tacto que aquel intento de suplir, una misma, a toda la naturaleza. ¿Cómo podía emplear yo ni siquiera un poco de aquel ingrediente para ocultar cualquier referencia a lo que había sucedido? ¿Cómo podía, por otra parte, hacer una referencia sin sumirme de nuevo en la horrible oscuridad? Pues bien, al cabo de un tiempo, se me ocurrió una especie de respuesta, que fue confirmada, incuestionablemente, cuando tuve la estimulante visión de lo que había de excepcional en mi pequeño compañero. Fue, en efecto, como si en aquel momento él hubiese encontrado —⁠como había encontrado tan a menudo durante nuestras clases⁠— alguna otra manera delicada de tranquilizarme. ¿No había un rayo de esperanza en el hecho de que, mientras compartíamos nuestra soledad, se presentara con un brillo engañoso que hasta entonces nunca había tenido… el hecho de que (aprovechando la oportunidad, la inapreciable oportunidad que había surgido), sería absurdo, con un niño tan dotado, privarse de la ayuda que una pudiera extraer de una inteligencia plena? ¿Para qué le había sido concedida aquella inteligencia si no para salvarlo? ¿No podía una, para llegar a su mente, arriesgarse a forzar su carácter tendiéndole un brazo firme? Fue como si, cuando estábamos frente a frente en el comedor, me hubiese mostrado, literalmente, el camino a seguir. El cordero asado estaba sobre la mesa y yo había despedido a los criados. Miles, antes de sentarse, permaneció un momento con las manos en los bolsillos y miró el asado, como si se dispusiera a hacer algún comentario gracioso sobre el mismo. Pero lo que dijo en seguida fue:
—Escuche, querida, ¿es verdad que está muy enferma?
—¿La pequeña Flora? No tan mal y en seguida mejorará. En Londres se restablecerá. Bly había dejado de sentarle bien. Ven aquí y sírvete un poco de cordero.
Me obedeció con celeridad, se llevó el plato con cuidado hasta su sitio y, cuando se hubo instalado, prosiguió.
—¿Bly empezó a sentarle tan mal de pronto?
—No tan de repente como pudiera parecer. Ya se veía venir.
—Entonces, ¿por qué no se la llevó antes?
—¿Antes de qué?
—Antes de que se pusiera demasiado enferma para viajar.
Le respondí de inmediato.
—No está demasiado enferma para viajar; pero podría haberlo estado si se hubiese quedado. Había que aprovechar la oportunidad. El viaje disipará la mala influencia —⁠¡ah, estuve magnífica!⁠— y la hará desaparecer por completo.
—Comprendo, comprendo.
También Miles estuvo magnífico, si vamos a eso. Se puso a comer con esos encantadores «modales en la mesa» que, desde el día de su llegada, me habían liberado de la ordinariez de tener que reprenderlo. Fuera cual fuese el motivo por el que lo habían expulsado del colegio, no fue por malos modales en la mesa. Aquel día estuvo tan irreprochable como siempre; pero sin lugar a dudas estaba más preocupado. Era evidente que trataba de dar por supuestas más cosas de las que, sin ayuda, encontraba completamente normales; y se sumió en un apacible silencio mientras se daba cuenta de su situación. Nuestra comida fue de lo más breve… la mía un vano pretexto, e inmediatamente ordené que recogieran la mesa. Mientras lo hacían, Miles permaneció de pie con las manos de nuevo en los bolsillos y de espaldas a mí… y miró por el amplio ventanal a través del cual, el otro día, había visto yo lo que me hizo levantar. Continuamos callados mientras la criada estuvo presente… tan callados, se me ocurrió enigmáticamente, como una joven pareja de recién casados que, en su viaje de novios, se sienten cohibidos, en la posada, en presencia del camarero. Sólo se volvió cuando el camarero nos hubo dejado.
—Bueno… ¡ya estamos solos!
XXIII
—Sí, más o menos —me imagino que sonreí levemente⁠—. No del todo. ¡Eso no nos gustaría! —⁠proseguí.
—No… supongo que no. Desde luego, están los demás.
—Sí, claro, están los demás… el resto de la casa —⁠admití.
—Sin embargo, aunque estén —⁠me respondió, con las manos todavía en los bolsillos y plantado frente a mí⁠—, no cuentan mucho, ¿verdad?
Me conformé, pero me pareció que palidecía.
—¡Depende de a qué llames «mucho»!
—Sí —respondió complaciente—, «¡todo depende!».
En vista de ello, sin embargo, se volvió de nuevo hacia la ventana y llegó en seguida a ella con su paso indeciso, impaciente, reflexivo. Se quedó allí un rato, con la frente pegada al cristal, contemplando los ridículos matorrales que tan bien conocía yo y el monótono paisaje de noviembre. Yo tenía siempre el pretexto de mi «labor» y escudándome en eso llegué al sofá. Me instalé allí con ella, como había hecho repetidas veces en aquellos momentos de suplicio que he descrito en los que sabía que los niños se dedicaban a algo de lo que yo estaba excluida, siguiendo mi costumbre de estar preparada para lo peor. Pero recibí una extraordinaria impresión al comprender el significado de que el muchacho me diera la espalda avergonzado… nada menos que la impresión de que esta vez no estaba excluida. Aquella deducción alcanzó en pocos minutos una intensidad muy definida que parecía ligada a la clara percepción de que era él con toda seguridad quien estaba excluido. El marco y los cristales del ventanal eran para él una especie de imagen de algún tipo de fracaso. De todas formas, me parecía verlo encerrado o excluido. Era admirable pero no agradable: lo acepté con un estremecimiento de esperanza. ¿No estaba buscando a través de aquel cristal encantado algo que no podía ver?… ¿Y no era la primera vez en todo aquel asunto que había tenido tal lapsus? La primera, la única vez: me parecía un estupendo presagio. Aquello le hacía sentirse inquieto, aunque estaba alerta; había estado inquieto todo el día e, incluso, cuando se sentó a la mesa con sus encantadores modales de siempre, había necesitado todo su extraño talento infantil para disimularlo. Cuando por fin se volvió hacia mí, fue casi como si todo aquel talento hubiese sucumbido.
—¡Bueno, creo que me alegro de que Bly me siente bien!
—Sin duda alguna parece que en las últimas veinticuatro horas has visto mucho más que en todo el tiempo anterior. Espero —⁠proseguí resueltamente⁠— que hayas disfrutado.
—Oh, sí, nunca había ido tan lejos; he recorrido todos los alrededores… millas y más millas. Nunca me había sentido tan libre.
Realmente tenía una manera de expresarse muy particular y me limité a tratar de ponerme a su altura.
—Y bien, ¿te gusta?
Siguió allí de pie, sonriendo; luego por fin expresó en tres palabras más discernimiento del que nunca hubiera creído que pudieran contener tan pocos vocablos.
—¿Y a usted?
Sin embargo, antes de que hubiese tenido tiempo de reaccionar, continuó como si creyera que aquello era una impertinencia que había que suavizar.
—Se lo ha tomado de una forma que no podría ser más encantadora, pues desde luego si nos hemos quedado solos los dos, es usted la que está más sola. ¡Pero espero —⁠agregó⁠— que no le importe mucho!
—¿Tener que ver contigo? —pregunté⁠—. Mi querido niño, ¿cómo no va a importarme? Aunque haya renunciado a exigir tu compañía —⁠estás tan por encima de mí⁠— por lo menos disfruto enormemente de ella. ¿Por qué otra cosa iba a quedarme aquí?
Me miró de forma más directa y la expresión de su rostro, más seria, me pareció la más hermosa que jamás le había visto.
—¿Se queda sólo por eso?
—Naturalmente. Me quedo como amiga tuya y por el enorme interés que me tomo por ti hasta que pueda hacerse algo contigo que merezca más la pena. Eso no debe sorprenderte —⁠la voz me temblaba tanto que me parecía imposible disimularlo⁠—. ¿No recuerdas que te dije, cuando fui a sentarme en tu cama la noche de la tormenta, que no había nada en el mundo que no hiciera por ti?
—¡Sí, sí! —Él, por su parte, cada vez más nervioso visiblemente, tenía también que dominarse; pero tuvo mucho más éxito que yo, pues, riéndose a pesar de lo serio que estaba, pudo fingir que estábamos bromeando gratamente⁠—. Sólo que, en mi opinión, ¡era para conseguir que yo hiciera algo por usted!
—Fue en parte para conseguir que tú hicieras algo —⁠reconocí⁠—. Pero ya sabes que no lo hiciste.
—Oh, sí —dijo con fingido entusiasmo⁠—, usted quería que le contase algo.
—Eso es. De un modo claro, sin rodeos. Lo que pensabas, ya sabes.
—¡Ah!, entonces, ¿por eso se ha quedado?
Hablaba con una alegría a través de la cual todavía pude captar un sutilísimo estremecimiento de pasión ofendida; pero ni siquiera puedo expresar el efecto que me produjo aquella insinuación, aunque casi imperceptible, de que fuera a ceder. Era como si lo que tanto había anhelado hubiese ocurrido por fin sólo para dejarme estupefacta.
—Bueno, sí… más vale que lo confiese. Fue precisamente por eso.
Tardó tanto en responder que me imaginé que se proponía rechazar el motivo que yo había alegado para quedarme; pero lo que finalmente dijo fue:
—¿Quiere usted que se lo diga ahora… aquí?
—No podría haber mejor lugar ni ocasión.
Miró a su alrededor con inquietud y tuve la rara —⁠¡la extraña!⁠— impresión de haber visto en él el primer síntoma de que era inminente que el miedo se apoderase de él. Fue como si de pronto tuviese miedo de mí… lo cual me pareció, desde luego, lo mejor que tal vez podía ocurrirle. Sin embargo en la angustia misma del esfuerzo me pareció inútil tratar de mostrarme severa, e inmediatamente después me oí decir en un tono tan amable que casi resultaba grotesco:
—¿Tienes muchas ganas de volver a salir?
—¡Muchísimas!
Me sonrió heroicamente, y aquel conmovedor valor se acrecentó porque incluso enrojeció de angustia. Cogió su sombrero, que había traído consigo al entrar en el comedor, y se puso a retorcerlo de una forma que, cuando casi me hallaba a punto de llegar a puerto, experimenté un horror obstinado por lo que estaba haciendo. Hacer aquello, de cualquier forma, era un acto de violencia, porque ¿en qué consistía aquello sino en una intromisión de la idea de culpa flagrante en una pequeña criatura desvalida que me había revelado las posibilidades de una hermosa relación? ¿No era degradante crearle a un ser tan exquisito una zozobra tan ajena a él? Supongo que ahora comprendo nuestra situación con una claridad que no podía haber tenido entonces, pues me parece ver nuestros pobres ojos iluminados por el destello premonitorio de la angustia que nos aguardaba. De modo que dimos vueltas uno alrededor del otro, llenos de terror y de escrúpulos, como dos luchadores que no se atreven a acercarse. ¡Pero cada uno de nosotros temía por el otro! Aquello nos mantuvo un poco más en suspenso e ilesos.
—Se lo contaré todo —dijo Miles⁠—, quiero decir que le contaré todo lo que quiera. Quédese conmigo, lo pasaremos estupendamente y le contaré todo… lo haré. Pero no ahora.
—¿Por qué no ahora?
Mi insistencia hizo que se apartara de mí y volviese una vez más a la ventana, mientras los dos manteníamos un silencio, durante el cual podría haber oído la caída de un alfiler. Luego volvió de nuevo a mi lado como si alguien con el que francamente debía contar le estuviera esperando afuera.
—Tengo que ver a Luke.
Nunca le había obligado a decir una mentira tan corriente como aquélla y me sentí avergonzada en consonancia. Pero, por horribles que fuesen, sus mentiras confirmaban mi verdad. Llevé a cabo con esmero unas cuantas puntadas más de mi labor.
—En ese caso vete a ver a Luke y espero que cumplas lo prometido. Pero a cambio de eso, antes de que te vayas, responde satisfactoriamente a una pregunta mucho más insignificante.
Parecía que se sentía tan seguro de haber triunfado que todavía podía regatear un poco más.
—¿Mucho más insignificante…?
—Sí, una mínima parte del total. Dime —⁠me absorbía tanto mi labor que le dije sin pensarlo⁠— si ayer por la tarde cogiste de la mesa del vestíbulo, ya sabes, mi carta.
XXIV
No pude saber cómo acogió aquella pregunta porque durante unos minutos sufrí algo que sólo puedo describir como una violenta disociación de mi conciencia… un golpe que al principio, mientras me levantaba de un salto, no me permitió más que el gesto al azar de agarrarlo y atraerlo hacia mí, mientras buscaba apoyo en el mueble más cercano, tratando instintivamente de mantenerlo de espaldas a la ventana. La aparición con la que ya había tenido que enfrentarme en aquel lugar estaba ante nosotros: Peter Quint había aparecido como un centinela delante de una prisión. Lo siguiente que vi fue que había llegado a la ventana, por fuera, y que, con el rostro pegado al cristal, miraba hacia el interior de la habitación, ofreciendo una vez más su lívido rostro de condenado. Decir que en un segundo ya había tomado una decisión sólo describe burdamente lo que sucedió dentro de mí al verlo; no obstante, creo que ninguna mujer tan abrumada como yo recuperó nunca en tan poco tiempo el dominio de sus actos. Ante el horror mismo de su cercana presencia se me ocurrió que lo que debía hacer, al ver y afrontar lo que veía y afrontaba, era evitar que el muchacho se diera cuenta. La inspiración —⁠no puedo llamarla por otro nombre⁠— consistió en darme cuenta de que podía hacerlo por voluntad propia e intuitivamente. Era como pelearse con un demonio por el alma de un ser humano y, cuando me había formado un juicio imparcial, vi que aquella alma humana —⁠a la que yo tendía mis brazos con manos temblorosas⁠— tenía su adorable frente infantil bañada en sudor. El rostro que tenía a mi lado estaba tan blanco como aquel otro pegado al cristal, y en seguida salió de él un sonido, ni bajo ni débil, sino como si llegara desde mucho más lejos, que yo absorbí como si fuera una bocanada de perfume.
—Sí… la cogí.
Al oír aquello, dejé escapar un gemido de alegría, lo atraje hacia mí y lo estreché entre mis brazos; y mientras lo apretaba contra mi pecho, donde podía sentir en la súbita fiebre de su cuerpecito el extraordinario latido de su corazoncito, no aparté los ojos de la ventana y vi que aquel individuo se movía y cambiaba de postura. Lo he comparado con un centinela, pero su lentitud al moverse por un momento recordaba más bien el merodeo de una fiera que huye. Sin embargo, en aquellos momentos mi valor se había avivado tanto que, para no dejarlo traslucir demasiado, tuve, por decirlo así, que disimular la pasión que me inflamaba. Mientras tanto aquel rostro volvía a mirar airadamente por la ventana, el muy canalla permanecía inmóvil como si vigilara y aguardase. Fue la misma confianza de que en aquellos momentos podía desafiarlo, así como la certeza absoluta de que el niño no era consciente de su presencia, lo que me hizo seguir adelante.
—¿Por qué la cogiste?
—Para ver lo que usted decía de mí.
—¿Abriste la carta?
—La abrí.
Mientras volvía a apartarlo un poco de mí, mis ojos no dejaron de mirar al rostro de Miles, en el que la desaparición de su expresión burlona me demostró los enormes estragos que su desasosiego le había producido. Lo más prodigioso de todo era que al fin, gracias a mi éxito, ya no podía ver al espectro ni comunicarse con él: sabía que estaba en presencia de algo, pero no sabía de qué se trataba, y menos aún que yo también lo estaba y lo sabía. ¿Y qué importaba aquel tenso malestar si, al volver a mirar a la ventana, vi que de nuevo el ambiente estaba despejado y —⁠gracias a mi triunfo personal⁠— la influencia maléfica se había desvanecido? Allí no había nadie. Comprendí que había ganado la partida y que sin duda me enteraría de todo.
—¡Y no encontraste nada! —dejé escapar mi júbilo.
Negó con su cabecita de la manera más lúgubre y pensativa.
—Nada.
—¡Nada en absoluto! —casi grité de alegría.
—Nada en absoluto —repitió él con tristeza.
Besé su frente; estaba empapada.
—¿Y qué has hecho con ella?
—La he quemado.
—¿Quemado?
Tenía que ser entonces o no lo haría nunca.
—¿Es eso lo que hiciste en el colegio?
¡Hay que ver lo que sacó a colación aquella pregunta!
—¿En el colegio?
—¿Cogiste cartas… u otras cosas?
—¿Otras cosas? —Parecía estar pensando en algo remoto que si le impresionaba era únicamente por el apremio de su ansiedad. Sin embargo le llegó al alma⁠—. ¿Quiere usted decir si robé?
Sentí que enrojecía hasta la raíz del cabello al mismo tiempo que me preguntaba qué era más extraño: si hacerle a un caballero una pregunta así o verlo aceptarla con una indulgencia que daba la medida exacta de su derrota.
—¿Por eso no podías volver?
Lo único que sintió fue una pequeña sorpresa más bien deprimente.
—¿Sabía usted que no podía volver?
—Lo sé todo.
A oír aquello me dirigió su más prolongada y extraña mirada.
—¿Todo?
—Todo. Luego llegaste a…
Pero no pude repetir la pregunta.
Miles sí pudo, con toda naturalidad.
—No. No robé.
Debió notar por la expresión de mi rostro que le creía del todo; sin embargo mis manos —⁠aunque fue por puro cariño⁠— lo zarandearon como para preguntarle por qué, si lo habían expulsado sin razón, me había condenado al suplicio de todos aquellos meses.
—¿Qué hiciste pues?
Miró con cierta pena al techo de la habitación y respiró a fondo dos o tres veces, como si tuviera dificultad. Era como si estuviese en el fondo del mar y levantara los ojos hacia alguna tenue luz verdosa.
—Verá usted… dije cosas.
—¿Sólo eso?
—¡Les pareció suficiente!
—¿Para expulsarte?
¡La verdad es que jamás ninguna persona «expulsada» se había mostrado tan poco dispuesta a explicar lo ocurrido como aquella personita! Pareció sopesar mi pregunta, pero de una forma completamente objetiva y casi sin recursos.
—Bueno, supongo que no debí hacerlo.
—Pero ¿a quién se las dijiste?
Era evidente que trataba de recordar, pero renunció… lo había olvidado.
—¡No lo sé!
Casi me sonrió pese a estar desolado por su rendición, que desde luego era tan completa en la práctica, para entonces, que debí dejarlo allí mismo. Pero estaba encaprichada con la victoria… cegada, aunque ya entonces el resultado fue que lo que tenía que haberlo acercado tanto en realidad acentuó todavía más nuestra separación.
—¿Se lo dijiste a todos? —pregunté.
—No; fue sólo a… —pero negó ansiosamente con la cabeza⁠—. No recuerdo sus nombres.
—¿Eran tantos pues?
—No… sólo unos pocos. Los que me caían bien.
¿Los que le caían bien? Me pareció que en lugar de conseguir una mayor claridad, cada vez lo veía todo más oscuro, y al cabo de un minuto la misma compasión que me inspiraba me llevó a pensar con horror que quizás fuera inocente. Por un momento la sensación fue desconcertante e insondable, pues si él era inocente, ¿qué demonios era yo entonces? Paralizada, mientras duró, por el mero roce de aquella pregunta, dejé que él se fuera, de modo que, dando un profundo suspiro, se alejó de mí otra vez; y permití que mirase hacia la ventana vacía, pues me parecía que allí ya no había nada de lo que protegerlo.
—¿Y repitieron ellos lo que tú les dijiste? —⁠proseguí al cabo de un momento.
Pronto se distanció de mí, respirando todavía con dificultad y dando la impresión de nuevo, aunque esta vez sin enojarse por ello, de verse retenido contra su voluntad. Una vez más, como había hecho antes, alzó la vista al día nublado como si, de lo que hasta entonces lo había sostenido, no quedara más que una ansiedad indecible.
—Oh, sí —contestó no obstante—, deben de haberlo repetido. A quienes les caían bien —⁠añadió.
En alguna medida era menos de lo que yo había esperado; pero le di vueltas al asunto.
—¿Y esas cosas llegaron a…?
—¿A los profesores? ¡Oh, sí! —⁠respondió con toda naturalidad⁠—. Pero yo no sabía que ellos las hubieran contado.
—¿Los profesores? No lo hicieron… nunca las contaron. Por eso te lo pregunto.
Volvió de nuevo hacia mí su hermosa carita enardecida.
—Sí, fue una pena.
—¿Una pena?
—Lo que supongo que a veces dije. Como para que escribieran a casa.
No vale la pena hablar del exquisito patetismo con que el orador se contradecía en su discurso; lo único que sé es que un instante después me oí soltar con prosaico vigor:
—¡Tonterías!
Pero lo que añadí a continuación debió de sonar más severo.
—¿Qué fue lo que dijiste?
Mi severidad iba dirigida por entero a su juez, a su verdugo; sin embargo le indujo de nuevo a alejarse de mí, y aquel movimiento me hizo saltar sobre él, lanzando un grito incontenible. Pues allí de nuevo, pegado al cristal, como para echar por tierra su confesión y retrasar su respuesta, se hallaba el horrible culpable de nuestra aflicción… el lívido rostro del condenado. Sentí que me daba un mareo al ver que se me escapaba mi victoria y tenía que reanudar la batalla, de modo que mi alocado salto sólo sirvió para traicionarme. Al comprender, en medio de mi acción, que él sólo adivinaba lo que pasaba y que seguía sin ver a nadie en la ventana, dejé que se enardeciera el impulso de convertir el clímax de su consternación en la prueba misma de su liberación.
—¡Basta, basta, basta! —grité a mi visitante mientras trataba de apretar al niño contra mi pecho.
—¿Está ella aquí? —dijo entrecortadamente, mirando en la dirección que señalaban mis palabras, aunque sin ver nada. Luego, cuando, asombrada por aquel extraño «ella», repetí su pregunta con un grito ahogado, él me respondió con inesperada furia:
—¡Miss Jessel, Miss Jessel!
Capté, estupefacta, su suposición… en alguna medida consecuencia de lo que le habíamos hecho a Flora, pero aquello sólo hizo que quisiera demostrarle que se trataba de algo todavía mejor.
—¡No es Miss Jessel! Pero está en la ventana… justo frente a nosotros. Está allí… ese monstruo cobarde, ¡allí por última vez!
Al oír aquello, después de un segundo en el que movió la cabeza como un perro que ha perdido el rastro y luego la sacudió frenéticamente como si buscara aire y luz, se me echó encima, lívido de rabia, desconcertado, echando un vistazo en vano por todas partes sin encontrar nada, aunque para entonces yo tenía la sensación de que la sobrecogedora presencia llenaba la habitación como el aroma de un veneno.
—¿Es él?
Estaba tan decidida a conseguir mi prueba que adopté un tono glacial para desafiarlo.
—¿A quién te refieres?
—¡A Peter Quint… especie de demonio! —⁠Miró de nuevo alrededor de la habitación con el rostro descompuesto y suplicante⁠—. ¿Dónde?
Todavía me parece estar oyendo aquel nombre que implicaba su absoluta rendición y a la vez su tributo a mi devoción.
—¿Qué importa él ahora, vida mía?… ¿Qué importancia puede tener en el futuro si te tengo a ti? —⁠exclamé, abalanzándome sobre la fiera⁠—. ¡Él te ha perdido para siempre!
Y luego, para demostrar mi logro, le dije a Miles:
—¡Allí, allí!
Pero él ya se había dado la vuelta a trompicones y miraba de nuevo fijamente, sin ver más que el apacible día. El golpe por aquella pérdida de la que me sentía tan orgullosa le hizo lanzar un grito, como si fuera una criatura arrojada a un abismo, y para que se recuperase tuve que agarrarlo como habría tenido que hacerlo para que no se cayera. Lo agarré, sí, lo sujeté… pueden imaginarse con qué pasión; pero al cabo de un minuto empecé a darme cuenta de lo que en realidad estaba sosteniendo. Estábamos solos, el día era apacible, y su corazoncito, desposeído, había dejado de latir.