PAIS RELATO

Libros de ray bradbury

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ray bradbury

calidoscopio
El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro m
cuento de navidad
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espaci
dragón
La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desm
el cohete
Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los o
el desierto
Oh, el día feliz al fin ha llegado… Era la hora del crepúsculo y Janice y Leonora preparaban infatigablemente el equipaje, entonando canciones, comiendo algún bocado, y animándose mutuamente. Pero
el dragón
La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desm
el emisario
Supo que había llegado de nuevo el otoño, porque Torry entró retozando en la casa, trayendo con él un refrescante olor a otoño. En cada uno de sus perrunos rizos negros llevaba una muestra del oto
el funerario
El señor Benedict salió de su vivienda. Se quedó de pie en el porche, tímido y sintiéndose inferior a los demás. Un perrito pasó trotando, con mirada astuta; tanto, que el señor Benedict no se atr
el hombre del piso de arriba
Recordó lo cuidadosa y eficientemente que la abuela trabajaba las tripas de pollo embutido y retiraba las maravillas que contenían; las asas relucientes y húmedas del intestino que huele a carne,
el hombre muerto
—Aquél es el hombre —dijo Mrs. Ribmoll, señalando al otro lado de la calle—. ¿Ves aquel hombre sentado en la barrica de alquitrán, delante de la tienda de Mr. Jenkins? Bueno, es él. Le llaman Odd
el juego de octubre
Volvió a guardar el arma en el cajón de la cómoda y lo cerró. No, no así. Louise no sufriría de esa manera. Estaría muerta, y todo habría terminado, y no sufriría. Era muy importante que aquello t
el lago
Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando
el otro pie
CUANDO OYERON LAS NOTICIAS salieron de los restaurantes y los cafés y los hoteles y observaron el cielo. Las manos oscuras protegieron los ojos en blanco. Las bocas se abrieron. A lo largo de mile
el parque de juegos
El señor Charles Underhill ignoró mil veces el parque de juegos, antes y después de la muerte de su mujer. Pasaba ante él mientras iba hacia el tren suburbano, o cuando volvía a su casa. El parque
el peatón
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través
el pequeño asesino
No podía decir realmente cuando tuvo la idea de que iban a asesinarla. Durante el último mes había habido algunos pocos signos sutiles, pequeñas sospechas, movimientos ocultos como mareas en ella,
el pijama del gato
No todas las noches, al conducir por Millpass, la Ruta 9 de California, uno espera encontrarse con un gato en el carril central. De hecho, tampoco suele encontrarse a un animal así en cualquier ca
el que espera
Vivo en un pozo. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra. No me muevo. No hago nada más que esperar. Arriba, veo las estrellas frías de la noche y la mañana, y el sol. Y a
el que esquivaba las balas
El trasporte estaba cargado, listo para partir a medianoche. Los pies se arrastraban sobre las largas planchadas de madera. Se oía cantar muchas canciones. Muchos se despedían silenciosamente del
el regalo
Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y
el ruido de un trueno
El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad: SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUA
el viento
A las seis y media de la tarde sonó el teléfono. Era el mes de diciembre, y había oscurecido ya cuando Thompson descolgó el receptor. —¿Sí? —¡Hola, Herb! —¡Oh! ¿Eres tú, Allin? —¿Está tu esposa en
el zorro y el bosque
Hubo fuegos artificiales aquella primera noche, algo inquietantes quizá, pues recordaban otras cosas horribles, pero éstas eran hermosas realmente: cohetes que subían en el aire antiguo y dulce de
encuentro nocturno
Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina. -Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo. El viejo pasó un trapo por el parabrisa
esqueleto
Ya se le había pasado la hora de ver otra vez al doctor. El señor Harris se metió, desanimado, en el hueco de la escalera, y vio el nombre del doctor Burleigh en letras doradas y una flecha que ap
fénix brillante
Un día de abril del año 2022, la gran puerta de la biblioteca restalló secamente. Como un trueno. Hey, pensé. En el último peldaño de las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfund
hola y adiós
Pues claro que se iba, qué otra cosa podía hacer, el tiempo se había agotado y se iba, se iba muy lejos. Tenía ya hecha la maleta, había sacado brillo a los zapatos; se había cepillado el pelo y s
hora cero
¡Oh, era maravilloso! ¡Qué juego! Nunca se habían divertido tanto. Los niños salían como disparados por una catapulta a través de los verdes jardines, gritándose unos a otros, tomados de la mano,
interim
El murmullo atravesó el terreno de un extremo a otro; y no era muy grande: estaba limitado al este y al oeste por álamos, sicomoros, grandes robles y arbustos, y contenido al norte y al sur por un
juguemos a los venenos
—¡Te odiamos! —Gritaron los dieciséis chicos y chicas, apretándose alrededor de Michael en el aula. Michael gritó. El recreo había terminado, pero el señor Howard, el maestro, aún no había llegado
la bruja de abril
En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un río, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que s
la caja de sorpresas
MIRÓ POR LAS VENTANAS de la mañana fría, con la caja de resorte en las manos, escudriñando la tapa oxidada. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: el polichinela no saltaba a la luz con un grito,
la carretera
La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en l
la ciudad
LA CIUDAD ESPERABA desde hacía veinte mil años. El planeta se movió en el espacio, y las flores del campo crecieron y cayeron, y la ciudad todavía esperaba. Y los ríos del planeta crecieron y se s
la costa
Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y l
la guadaña
DE REPENTE SE ACABÓ EL CAMINO. Recorría el valle como cualquier otro camino, entre laderas de tierra yerma y pedregosa y encinas, y después junto a un gran campo de trigo solo en aquel desierto. L
la mañana verde
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo.
la multitud
El señor Spallner se llevó las manos al rostro. Hubo una impresión de movimiento en el aire, un grito delicadamente torturado, el impacto y el vuelco del automóvil, contra una pared, a través de u
la pradera
—GEORGE ME GUSTARÍA que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños. —¿Qué le pasa? —No lo sé. —Pues bien, ¿y entonces? —Sólo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psicólogo para
la sabana
1 -George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños. -¿Qué le pasa? -No lo sé. -Pues bien, ¿y entonces? -Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo par
la sirena
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebl
la sonrisa
La cola se ordenó en la plaza del pueblo a las cinco de la mañana, cuando los gallos cantaban en los lejanos campos cercados y no había fuegos. En todas partes, entre los edificios ruinosos, había
la tercera expedición
La nave vino del espacio. Vino de las estrellas, y las velocidades negras, y los movimientos brillantes, y los silenciosos abismos del espacio. Era una nave nueva, con fuego en las entrañas y homb
la última noche del mundo
¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo? -¿Qué haría? ¿Lo dices en serio? -Sí, en serio. -No sé. No lo he pensado. El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del ve
las doradas manzanas del sol
—Al sur —dijo el capitán. —Pero —dijo la tripulación— no hay direcciones aquí en el espacio. —Cuando uno viaja hacia el sol —replicó el capitán—, y todo se hace amarillo y ardiente y perezoso, ent
los colonizadores
Los hombres de la Tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como
los desterrados
LOS OJOS DE LAS BRUJAS eran de fuego y de las bocas les salía un aliento de llamas. Inclinadas sobre el caldero probaban el líquido con palos grasientos y dedos huesudos. —When shall we three meet
los hombres de la tierra
Quienquiera que fuese el que golpeaba la puerta, no se cansaba de hacerlo. La señora Ttt abrió la puerta de par en par. -¿Y bien? -¡Habla usted inglés! -el hombre, de pie en el umbral, estaba asom
los largos años
Cada vez que el viento se levantaba en el cielo, el señor Hathaway y su reducida familia se quedaban en la casa de piedra y se calentaban las manos al fuego de leña. El viento agitaba las aguas de
los vigilantes
En esta habitación, el sonido de la máquina de escribir semeja el repicar de unos nudillos sobre madera, y mi sudor cae sobre las teclas que pulsan incesantemente mis temblorosos dedos. Y dominand
mañana y mañana
Hasta el momento en que abrió la puerta, el día no fue diferente de los demás. Había deambulado por Los Ángeles buscando un empleo que no encontraba y se preguntaba por qué la costumbre de vivir e
muere un hombre cuidadoso
Sólo duermes cuatro horas por noche. Te acuestas a las once y te levantas a las tres y todo es tan claro como el cristal. Entonces empiezas el día, tomas tu café, lees un libro durante una hora, e
nunca más la veo
Alguien golpeó suavemente la puerta de la cocina, y cuando la señora O’Brian abrió, allí estaba su mejor inquilino, el señor Ramírez, entre dos oficiales de policía. El señor Ramírez se quedó en e
remedio para melancólicos
-Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla -dijo el doctor Gimp. -Si ya no le queda sangre -se quejó la señora Wilkes-. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila? -Camila no se siente bien. -
tiempo intermedio
De noche, ya muy tarde, el anciano salió de la casa con una linterna en la mano y preguntó a los niños cuál era el propósito de su juego. Los niños no respondieron, sino que se echaron sobre las h
todo el verano en un día
—¿Ya? —Ya. —¿Ahora? —En seguida. —¿Sabrán los sabios, realmente? ¿Sucederá hoy? —Mira, mira y verás. Los niños se amontonaban, se apretujaban como muchas rosas, como muchas flores silvestres, y mi
un cetro final, una corona duradera
—¡Allí está! Los dos hombres miraron hacia abajo. El helicóptero también se inclinó a un lado. La costa aparecía más lejos. —No. Es sólo una roca y algo de musgo… El piloto levantó la cabeza, lo c
un toque de mal humor
Una tarde de mayo que, por lo demás, no tenía nada de extraordinario, Johnathen Hughes se encontró con su destino; le faltaba una semana para cumplir los veintinueve años y el destino venía de otr
usher ii
—«Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región singularmente lóbreg
vendrán lluvias suaves
La voz del reloj cantó en la sala: –Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete. Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando
ylla
Tenía en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cr
¡te pillé!
Estaban tremendamente enamorados. Lo proclamaban. Lo sabían. Lo vivían. Cuando no se miraban mutuamente, estaban el uno en brazos del otro. Si no se besaban, se encontraban en la cama, hechos un r