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Libros de virginia salazar

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virginia salazar

primer amor

El sol se hunde rápidamente entre las montañas de un pequeño pueblo, tintando el cielo de color naranja, dónde los bosques cantan de libertad y pureza, los campos son el corazón de la fertilidad y los ríos llevan entre sus aguas el espíritu salvaje de la naturaleza. La penumbra empieza a adueñarse de todo el lugar. Acelerados pasos se escuchan pisar la hierba del campo, acompañados de un leve jadeo.
—Alondra... —La voz de una mujer resuena a lo lejos, de forma repetida.
La chica escucha su nombre cada vez más cerca. Corre sin parar. Su corazón galopa como un caballo desbocado. Su respiración está tan acelerada, que escapa de su boca quemando su garganta. Gotas de sudor recorren su piel.
—Alondra... Te dije que llegaras a casa antes de que cayera el sol... El bosque es muy peligroso —comenta una señora regordeta a las afueras de una cabaña.
—Aquí estoy, mamá... —responde la chica, después de detenerse a tomar aire.
Su madre niega con la cabeza tras ver el estado de la joven: sus cabellos negros están sueltos, alborotados y llenos de pequeñas hojas color sepia, su vestido color turquesa es un manto mugriento de tierra en la parte inferior; y su cara, está colorada y bañada en sudor. Aun así, sus hermosos ojos verdes, brillan con una alegría sin igual.
—Qué vamos a hacer contigo, Alondra. Ya estás en edad de que algún joven venga a pedir tu mano... No has mostrado interés por ninguno y, con ese aspecto salvaje, ningún hombre va a querer desposarte.
—Mamá, ya hablamos sobre eso... Yo no quiero casarme —gruñe la chica, sacudiendo su cabello y pasando por el lado de su madre.
La madre de Alondra resopla y se adentra a la casa junto con su hija.
Dieciocho años, es la edad tope en la cual todas las jóvenes del pueblo se comprometían en matrimonio, esa es la edad de Alondra. Pretendientes no le faltan, todos los jóvenes del pueblo se deslumbran por su belleza única, pero ninguno es capaz de acercarse a ella por su salvaje personalidad. Todos los días su cuerpo le pide adrenalina y, ella sacia esas ansias en el bosque; después de hacer las tareas de la casa ayudando en la granja de su familia.
Un señor yace sentado en una mesa rústica dentro de la cabaña, su cabello pinta algunas canas, sus ojos son grandes y de color verde, los mismos ojos de Alondra. Ese hombre es su padre.
—Hija, tienes prohibido regresar al bosque... —decreta el señor de cabellos plateados.
—No me hagas eso, papá... Por favor...
—Los cazadores contaron que hay una bestia en el bosque, es rápida cazando y asesina a personas. —El hombre suspira —. Encontraron a uno de los cazadores muerto, murió desangrado hace una semana... no quiero que te pase nada.
—Pero, papá...
—No se habla más del asunto... Prohibido ir al bosque.
—Ya soy mayor de edad...
—Cuando te cases y hagas un nuevo hogar, podrás gobernarte... Mientras estés bajo mi techo, seguirás mis órdenes... Quiero a mi hija viva.
Alondra gruñe y se levanta dando un manotón sobre la mesa.
—Cuida tus modales, jovencita —regaña su madre y la chica corre violentamente hacia su habitación —. No sé qué vamos a hacer con esta niña. —Resopla y se tumba en una de las sillas de la mesa.
—Esperemos que un hombre bueno y de alma salvaje se gane el corazón de Alondra. Nuestra hija ya es una mujer, y es la mujer más hermosa que he visto en la vida.
—¿La única mujer más hermosa? —pregunta la madre de Alondra, abriendo mucho los ojos.
—Después de ti, mi hermosa Alba. Ella es tu viva imagen de cuando tenías su edad. —El hombre canoso estira su mano y acaricia la rosada mejilla de su mujer.
—Alondra es mucho más hermosa que yo... Su belleza no es impedimento para encontrar marido... Es su forma de ser, salvaje y brusca, eso no es digno de una dama... Hugo, yo hice todo lo que pude por educar a una dama —se lamenta Alba, arrugando el entrecejo.
—Ella es única... Por eso digo, deberá aparecer un hombre de alma salvaje.
—Si no encuentra marido, pues al menos se quedará con esta casa, ya que su hermano mayor ya hizo una nueva vida y una nueva familia.
—Será lo que tenga que ser, por ahora quiero que viva, no sabemos qué monstruo anda suelto por el bosque.
En el nivel de arriba de la casa, Alondra se lanza con fuerza sobre su cama. Refunfuñando por la prohibición de su padre. El bosque era su vida, lo que más felicidad le daba y tranquilizaba su corazón feroz.
∆∆∆
La mañana llega con mucho movimiento en el pueblo. Otra víctima ha sido encontrada en el bosque, con el mismo motivo de muerte: desangrado por la yugular.
Alondra ha elaborado un plan para regresar al bosque, no le importa lo del asesinato de esos hombres; las ansias son más grandes que su cordura.
—Mamá, voy a casa de Theo, le prometí que iría esta semana a ayudarlo en la carpintería, ya que Nuria no puede, debido al nuevo bebé, mi sobrino el cual quiero ir a visitar también. —Alondra se aprovecha de una verdad, pero no tiene intenciones de ir a casa de su hermano.
—Me parece buena idea, pero regresa antes de que anochezca —recomienda Alba, quien se alegra de la decisión que está tomando su hija. Quizás, la charla de la noche anterior ha dado resultados —. Por favor, te aseas antes de salir, mira que vas a ir a ver a un bebé de un mes de nacido.
Alondra va directo a lavarse, recién ha acabado de ayudar a su madre en el establo: ordeñando las vacas, recolectando huevos, alimentando a los caballos y a las cabras. Se sumerge en una tina de madera con agua tibia. Cuando termina de limpiar y secar todo su cuerpo, se coloca un vestido de color verde grama, de mangas largas y falda suelta hasta las pantorrillas, ceñido de la cintura hasta su escote. Sus piernas las cubre con medias semitransparentes de color negro y se coloca un par de botas trenzadas.
—Me voy, mamá —se despide Alondra, dándole un beso en la frente.
—Cuídate mucho, hija. —Alba ve la hermosa figura de su hija y lo espléndida que se ve con ese vestido que hace juego con sus ojos verdes.
La joven mujer sale hacia los establos de su casa, monta sobre su caballo favorito, un caballo de pelaje negro y emprende su viaje. A mitad de camino se desvía hacia el bosque, galopando por los campos a una gran velocidad. Su cabello mojado se seca rápidamente con la brisa que roza su cuerpo. Se siente libre y eufórica. Después de recorrer un trecho largo hasta llegar a un riachuelo, Alondra se detiene a descansar y a beber agua junto con su caballo. Luego camina hacia uno de los árboles, uno que tiene un hueco en el tronco. La chica hunde sus manos en el hoyo y saca una filosa lanza y un cofre, el cual abre con rapidez y se da cuenta de que sus tesoros siguen intactos: unos cuantos libros de tapa de cuero, plumas y frascos con tinta negra. Lo cierra tan rápido como lo abrió y lo devuelve al agujero en el árbol. Se quita las botas y las medias negras, dejando sus pies y piernas desnudas. La falda de su vestido la amarra en su cintura, dejando sus blancos muslos al descubierto. Corre con lanza en mano y se adentra al río. La chica contiene la respiración y observa con calma a su presa. Cuando la tiene en la mira, arroja la lanza y atina con éxito, clavándose un pescado de gran tamaño en la punta. Cuando la vida abandona el cuerpo del desdichado pez, Alondra lo saca del filo de su lanza, le corta la cabeza, lo abre en dos y coloca las piezas de pescado crudo sobre una piedra plana. Cuando se regresa al río a atrapar otro pez, el crujir de unas ramas en el suelo la alertan de que no está sola.
Alondra se queda inmóvil, cual cazadora, mirando en todas las direcciones. Está acostumbrada a conseguirse con animales salvajes, pero le preocupa que sea un oso.
La silueta de un hombre sale entre los matorrales.
—Tranquila, no te haré daño.
Esas palabras son pronunciadas por un hombre joven y alto, su piel es casi tan blanca como la nieve. Sus facciones son muy varoniles pero refinadas. Su cabello es largo y de color miel, lo carga trenzado hacia atrás. Su vestimenta es sencilla, pantalón negro y camisa manga larga, holgada de color blanca, la cual está por fuera del pantalón. Es la primera vez que Alondra se encuentra con una persona en el bosque, los cazadores no laboran por esa zona. Pero lo que más le sorprende, son los ojos rojos de ese hombre, unos ojos profundos y salvajes que la dejan helada. El extraño se acerca a ella con paso lento. Su mirada no se despega de los ojos de Alondra, quien sigue petrificada con los pies descalzos a orillas del río. Cuando ambos están a un metro de distancia, Alondra decide retroceder, pero pisa una roca filosa y cae de espaldas en la tierra.
El hombre misterioso la agarra en el aire antes de que toque el suelo.
El corazón de Alondra comienza a palpitar de forma acelerada. El extraño hombre la tiene agarrada por la cintura y por uno de sus brazos. La mano de este se siente tan fría como el hielo. La impresionada joven no hace más que solo ver los ojos de ese individuo.
—¿Estás bien? —pregunta después de soltarla.
Ella es incapaz de decir palabra alguna, su garganta se ha secado por completo, por lo que tiene que tragar un gran buche de saliva.
—Estás herida...
En ese instante el pie de Alondra empieza a palpitar de dolor. El joven se agacha a ver la herida, pero cuando ve la sangre chorrear por debajo de la planta del pie de la chica, se aleja de forma violenta.
—Disculpa, debo irme... Lo siento. —El joven hombre comenta y se marcha rápidamente.
En ese instante, Alondra siente que respira nuevamente. Un calor empieza a brotar de su pecho y baja hasta su vientre, donde se convierte en cosquilleo. Una sensación que ella nunca había sentido. Profundos suspiros escapan de su boca, el apetito se le ha esfumado. Guarda la lanza dentro del hoyo en el árbol, monta sobre su corcel negro y emprende una cabalgata lenta. Ha decidido regresar a su casa.
—Hola, hija. ¿Cómo te fue en casa de Theo? —pregunta Alba.
—¿En casa de quién? —Alondra está totalmente fuera de sí.
—De tu hermano... ¿Te sientes bien? Estás pálida.
—¡Ah!... Sí, me fue bien —responde titubeando.
—¿Solo bien? ¿Cómo está el bebé?
—¿El bebé? Ah... Sí, está hermoso, está creciendo muy rápido.
—Me alegra mucho, la semana que viene paso a visitarlos. Se me olvidó darte una manta que le tejí, es de color verde... Mañana se la entregas.
—Qué bien.
—¿Qué almorzaste?
—¡Emmm!... Pescado, eso almorzamos... Sí.
—¿Pescado? Qué extraño, a tu hermano no le gusta —dice Alba y coloca un plato humeante en la mesa —. Come, hija.
—No tengo hambre —comenta la chica, pero su estómago la delata crujiendo fuertemente.
—Creo que sí tienes hambre. Come, para que tus mejillas cojan color.
Alondra empieza a comer con muy poco ánimo, su estómago le indica que tiene hambre, pero su garganta la siente comprimida, como impidiendo el paso de la comida. Aun así, la chica acaba todo el plato. Después sube corriendo a su cuarto. La noche ya se asoma por las ventanas de la cabaña. El rostro del hombre misterioso no deja la mente de Alondra. Suspiros vienen y van, hinchando el pecho de la joven mujer. El cosquilleo en su vientre lo siente con más intensidad, pero este decide bajar hasta su entrepierna. El dolor de la herida en su pie se va al olvido. Alondra no sabe qué es lo que le pasa, pero algo si sabe, tiene un deseo incontrolado de ver a ese extraño hombre nuevamente.
∆∆∆
La mañana aparece con un cielo despejado donde un cálido sol es el protagonista. Alondra ayuda a su madre en las tareas de la granja, se asea y se prepara para salir, con la excusa de que va a casa de su hermano Theo. Está vez porta un vestido de color vino, las mismas botas y medias negras y semitransparentes que llegan hasta sus muslos. Se despide de sus padres y emprende una nueva cabalgata sobre su corcel negro azabache. Llega al mismo sitio de ayer, pero cuando mete la mano en el hoyo del tronco, no consigue el cofre.
—Buscabas esto... —La voz que Alondra ansiaba escuchar resuena detrás de ella.
Cuando se da vuelta, se encuentra con esos enigmáticos ojos rojos, pero su mirada se escapa hacia los carnosos labios del hombre, lo cual hace que se le agüe la boca. Después de unos segundos, posa la vista sobre el cofre que tiene el joven hombre entre sus manos.
—¿Eres muda? —pregunta el joven.
—No. —Por fin, Alondra es capaz de proferir palabras.
—Qué alivio... Mi nombre es Eliot, es un placer —se presenta y le da una reverencia.
—A… Alondra —contesta la chica, siente que el corazón le va a abandonar su cuerpo y se saldrá por su boca.
—Mucho gusto, Alondra, perdón por fisgonear tus cosas, pero me dio curiosidad... Tienes muy buen gusto en libros. —Trata de romper el hielo y coloca el cofre en manos de la chica —. Te vi pescando ayer, eres muy buena haciéndolo.
—Gracias —responde y se voltea a guardar su cofre, sin revisarlo siquiera y saca la lanza filosa.
—Este lugar es hermoso —dice Eliot caminando hacia el río.
—¿Eres nuevo en el pueblo?
—Sí, llegué hace unas semanas.
—¿Qué haces en el bosque? Dicen que hay una bestia asesinando personas.
—¿Una bestia? Y... ¿Qué haces tú en el bosque? Sabiendo que hay bestias asesinas.
Alondra no responde, traga grueso y deja escapar un gran suspiro.
—¿Te ayudo con la pesca? —se ofrece Eliot, estirando uno de sus pálidos brazos. Esta vez, tiene su camisa blanca arremangada hasta los codos.
La joven mujer le entrega la lanza sin titubear. Se siente incapaz de pescar. Eliot coge la lanza, se quita los zapatos, se sube el ruedo de su pantalón hasta las pantorrillas y se adentra al río. En segundos logra ensartar un gran pescado.
—Aquí está el almuerzo —celebra mostrando el pescado en el aire.
—Vaya, es más grande que los que pesco yo.
—Ha sido suerte... ¿Cómo te gusta comerlo?
—Cocido al fuego.
—Pues hagamos fuego.
Eliot ayuda a preparar una fogata, coloca el pescado en un pincho de madera y lo acerca a las brasas. Cuando está listo, Alondra da el primer mordisco, se le nota gran satisfacción en su rostro.
—¿Quieres? —le ofrece a Eliot.
—No, gracias, no tengo hambre —responde con una mirada intensa.
La chica termina su almuerzo, y después va a lavar sus manos y a enjuagar su boca. Eliot la observa con detenimiento, él está sentado sobre un tronco caído. Alondra siente la fuerte mirada de Eliot y voltea a observarlo, él le regala una hermosa sonrisa, sonrisa que termina de hechizar a la joven mujer.
—Debo irme —anuncia Alondra después de secar sus manos y rostro.
—¿Tan rápido? ¿Solo vienes a comer pescado? Charlemos un rato.
Alondra da un gran suspiro. Tiene deseos encontrados, una parte de ella se quiere quedar todo el día con Eliot y saber más de él, la otra parte quiere salir corriendo de allí. El cosquilleo en el vientre vuelve a aparecer y ella camina a sentarse al lado de Eliot.
—¿Qué has venido hacer en este pueblo? —pregunta Alondra después de tragar grueso.
—Negocios.
—¿Qué haces en el bosque?
—Busco terreno.
—¿Para qué?
—Para vivir aquí.
Ambos hacen una pequeña pausa.
—Eliot, gracias por el pescado y por haber evitado que cayera ayer.
—Con mucho gusto... ¿Cómo sigue tu pie?
—Muy bien, fue una herida tonta que sangró más de lo normal.
Cuando Alondra dice la palabra "sangre", Eliot pasa la lengua por sus labios y traga grueso.
—Me tengo que ir —comenta la chica y se levanta del tronco.
En ese instante Eliot también se levanta y queda a muy poca distancia de ella. Estaban tan cerca que ambos perciben sus aromas. Alondra está petrificada, casi hipnotizada. Eliot acuna con sus manos el rostro de Alondra, se acerca, roza su fría nariz con la de ella y le estampa un delicado beso en sus labios. Un subidón de calor se adueña de todo el cuerpo de Alondra, haciendo que se haga desapercibido el frío contacto de Eliot. El cosquilleo de su vientre baja hasta su entrepierna, haciendo que sus genitales palpiten.
La reacción de Alondra es todo lo contrario a la timidez que antes mostraba. La chica se aferra con furia al cuello de Eliot, entrelazando sus dedos en el dorado cabello del hombre. Ambos funden sus labios en un profundo y húmedo beso, donde sus lenguas se acarician con vigor dentro de sus bocas. Las manos de Eliot aprietan la cintura de Alondra y la atrae contra su cuerpo. La chica se separa para respirar, pero con ganas de volver a probar los labios de Eliot. Esta vez, ella se lanza a besar al hombre, pero él la detiene colocando un dedo sobre sus labios. Después desliza ese dedo hasta su cuello y hunde su rostro en él, aspirando el aroma de Alondra, el cual, ahora le agua la boca a él.
Eliot queda drogado con el dulce Aroma de la chica, abre su boca lentamente y se detiene para dejar un suave beso en el cuello de Alondra. Luego sube su boca hasta su oreja y le susurra:
—Nos vemos mañana a la misma hora de siempre. —Eliot se separa y observa los hermosos ojos verdes de Alondra —. Eres muy hermosa. —Acaricia las rosadas mejillas de la excitada chica.
Esa noche, Alondra no puede pegar un ojo. Recuerda con pasión el caluroso beso de Eliot, y como sus manos apretaban su cuerpo. Rueda por toda la cama, acalorada, aun cuando el clima está por debajo de los diez grados. Su corazón repica con fuerza dentro de su pecho.
∆∆∆
Al día siguiente, Alondra se encuentra con Eliot a la misma hora de siempre. Hoy no comerá pescado, la chica se trajo consigo una cesta con panes azucarados. Eliot vuelve a rechazar la comida, pero a ella no le importa. Esta vez, Alondra está más elocuente y relajada, hablan sobre los libros que tiene dentro de su cofre de tesoros. Cuando se aproxima la hora de irse, Alondra se sube en el regazo de Eliot y lo aprieta con sus muslos, iniciado un pasional beso, lo cual termina de desatar la lujuria oculta en ella.
Los besos y las caricias se tornan cada vez más violentos. Alondra despide un fuerte calor por todo su cuerpo, empieza a mover sus caderas sobre el regazo de Eliot, frotando su intimidad sobre él, sintiendo un delicioso placer. Eliot pasea sus manos por el torso de Alondra y las aloja en sus glúteos. Su boca abandona la de ella para besar su cuello y bajar hasta su pecho. Allí muerde el borde del vestido de la chica y lo baja ágilmente con sus dientes, dejando al descubierto los hermosos y rosados pechos de la joven mujer. Alondra está en un éxtasis de lujuria, no detiene a Eliot y él se hunde en sus pechos, recorriéndolos con su lengua y dejando calientes chupadas con sus labios. La chica empieza a acelerar el movimiento de sus caderas, dejando escapar gemidos de su boca. Un fuerte corrientazo en su vientre, la hace arquear su espalda hasta que una pequeña explosión ocurre dentro de su intimidad, haciendo que la intensidad de sus gemidos aumentara hasta quedar exhausta. Eliot la mira con satisfacción, sabe que ha llegado al clímax, el primer orgasmo de Alondra, pero ella no comprende lo que ha pasado y se levanta alarmada.
—Debo irme ya —dice y corre a montar su corcel negro, con rapidez, dejando a Eliot a mitad de su excitación.
Esa noche, el calor corporal no abandona a Alondra, quien se retuerce con desespero entre las sábanas de su cama. Sus manos se van a sus pechos, los siente duros, pero le gusta la sensación, así que empieza a apretarlos y estimularlos, imaginando que sus dedos son la lengua de Eliot. Vuelve a sentir un corrientazo en su vagina y aprieta con fuerza sus piernas mientras contonea sus caderas hasta obtener otro orgasmo, con la boca apretada para no dejar escapar unos cuantos gemidos. El calor del cuerpo de Alondra se disipa lentamente, pero sus ansias sexuales siguen más latentes que nunca, así qué, repite nuevamente. Vuelve a acariciar sus pechos, haciendo hincapié en sus endurecidos pezones. Esta vez baja una de sus manos hasta su entrepierna y empieza a frotar el exterior de su intimidad. Donde sus dedos se resbalan por el jugo que brota de su dilatada humedad. El orgasmo toca su puerta nuevamente, queda exhausta y satisfecha, ahora se dirige al mundo de los sueños.
∆∆∆
A la mañana siguiente, Alondra hace las tareas de la granja, ayudando a su madre y a su padre. Cuando se acerca la hora de ir a su aventura, una visita inesperada lo derriba todo. Theo llega con su esposa y su hijo de un mes de nacido, a visitar la casa de sus padres. Alba se llena de regocijo con tan inesperada visita.
—Hijo, qué alegría verte. ¿Cómo se ha portado Alondra? —pregunta la orgullosa madre.
—¿Alondra? ¿Cómo podría saberlo? Tengo tiempo que no la veo.
Ese comentario encendió la llama del ajusticiamiento dentro de Alba.
—¡Alondra! —grita con fuerza.
La chica corre al llamado de su madre, entrando con una gran sonrisa a la casa, sonrisa que se desdibuja al ver a su hermano junto con su esposa e hijo.
—¿Dónde estuviste estos dos días? ¿Fuiste de nuevo al bosque?... Alondra, tu padre te lo prohibió, ¿es que acaso no te importa tu vida?... Hay un monstruo asesinando gente en el bosque —dice Alba con lágrimas en sus ojos.
—Mamá... Lo siento... Yo...
—Yo, nada... Vete de mi vista… —Alba lanza las palabras con veneno y empieza a sollozar.
Un huracán de culpa destroza la felicidad dentro de Alondra. Su hermano la mira, confundido, y no haya que hacer. Ella le lanza una mirada triste y se va a su habitación, donde se postra hasta que el sol se oculta entre las montañas. Muchos sentimientos se arremolinan en su interior: culpa, vergüenza, tristeza, desilusión, nostalgia... Extraña a Eliot, quiere un fuerte abrazo de él, uno que la haga olvidarse de todo. Quiere oler su piel, sentir sus manos en su cuerpo, besar sus labios. Al llegar a ese punto, la llama de la lujuria empieza a encenderse, haciendo que una idea descabellada se adueñe de su mente: escapar a esas horas de la noche, para encontrarse con su primer amor.
Alondra sale de su habitación y se encuentra con sus padres en el comedor, quienes están finalizando la cena.
—Allí está tu comida. —Señala su madre hacia un plato tapado con una tapa de olla.
Su padre no voltea a mirarla en ningún momento. Lo cual rompe el alma de Alondra, la vergüenza regresa a adueñarse de ella.
—Lo siento mucho, papá. —La chica se disculpa tras sentarse en el comedor.
—Hija, quiero que comprendas que tu madre y yo te amamos muchísimo y nos dolería demasiado el perderte.
—Lo sé.
—¿Sabes que estás castigada? No puedes salir de esta casa sola… No debería castigarte, ya eres toda una mujer, pero…
—Lo sé. —Miente, sus planes son desaparecer esta misma noche.
El padre de Alondra se levanta de la mesa, le da un beso en la frente a su hija y se va a dormir. La joven mujer termina de comer y luego se levanta a despedirse de su madre.
—Te amo, mamá. —Abraza a su madre con fuerza, como si fuese la última despedida.
—También te amo, mi niña hermosa... Debes saber que lo que hacemos, lo hacemos por tu bien.
El abrazo de madre e hija dura más de lo normal. Alba se despega de su hija y se va al dormitorio con su marido. Alondra corre a su habitación y empaca todo lo que encuentra. Ya está decidido, se irá de casa. Agarra pluma, tinta y papel y deja una nota de despedida a su familia, donde expresa lo mucho que los ama, pero su corazón salvaje le cuenta que ese no es su lugar y necesita ir a buscar su camino. Cuando tiene todo listo, deja la nota en el comedor de la mesa y se marcha con su fiel corcel negro. Nunca había cabalgado en la noche, la brisa helada rosa su piel y ella siente que su alma se libera, siendo una con la naturaleza. Está llena de miedos, pero su gran coraje la empuja a seguir. El bosque es un mundo en penumbra. Alondra se adentra a él con mucho cuidado y llega hasta el riachuelo donde ha pasado los tres mejores días de su vida. Acampa al lado del árbol donde oculta sus tesoros, encendiendo una reconfortante fogata.
Suspira profundo.
Un sentimiento de culpa invade su cuerpo, pero no por haber abandonado a su familia, sino por haber desplantado a Eliot el día de hoy. ¿Será que mañana regresa? Era la pregunta que no dejaba de rodar por su mente mientras observaba el fuego de la hoguera. Alondra siente una presencia muy cerca de ella, pero no escuchó a nadie acercarse. Cuando voltea a observar, se encuentra con dos ojos rojos y brillantes.
—¿Eliot? ¿Eres tú?
—Alondra, ¿qué haces aquí a estas horas?
Eliot surge de la oscuridad y la tenue luz de la luna ilumina su pálido rostro.
—Yo... ¿Qué haces tú a estas horas por aquí?
—Eso no tiene importancia... Por fin te veo de nuevo... Me quedé esperando a nuestro encuentro.
El joven hombre se arrodilla sobre la colcha donde está sentada Alondra y se acerca para besarla con delicadeza. Alondra hace de ese beso uno más fogoso. Debe desatar sus bajos instintos, es lo que más desea.
Ambos arrancan sus ropas de forma salvaje mientras sus lenguas bailan una danza sensual. Eliot libera su lengua de la boca de Alondra y la desliza por su cuello hasta llegar a los pechos de la chica, donde juguetea de forma agresiva con sus duros pezones. Su lengua no se queda en ese solo sitio, ahora baja por su vientre hasta llegar a la entrepierna para hundirse en los jugos de la dulce vagina de Alondra.
La excitada chica deja salir un explosivo orgasmo. Pero el acto continúa, ahora Eliot quiere sentir el calor interno de Alondra e introduce su pene erecto sin contemplaciones en la humedad de la joven. Alondra gime de dolor, su virginidad se ha desgarrado. Aun así, no se detiene, en pocos segundos el ardor se torna en placer y ella solo quiere continuar. Arquea su espalda mientras ambos menean sus caderas con un perfecto sincronismo que les genera un delicioso sentir. Fricción húmeda acompañada de corrientazos de placer.
El éxtasis no para, orgasmo tras orgasmo, Alondra está sumida en un trance sexual que la saca totalmente de sí, está anestesiada de lujuria. Tanto que, es incapaz de sentir las profundas mordeduras que Eliot está dejando por todo su cuerpo: cuello, brazos, espalda, pechos, muslos...
Eliot dejó brotar unos filosos colmillos, con los que infringió profundas marcas en todo el cuerpo de Alondra. Con su lengua disfruta del sabor metálico de la sangre que brota de las heridas de la chica, y con pequeñas succiones las va sellando. No quiere que se desangre, su intención no es dejarla morir. Pero, Alondra muere. Su cuerpo desfallece y se torna helado. Eliot la sostiene entre sus brazos y así se quedan por varios minutos; hasta que, Alondra vuelve a la vida, aspirando una gran bocanada de aire.
Su pálido cuerpo borra las heridas, quedando su piel lisa y suave como una porcelana. Sus ojos se tornan de color sangre, los cuales observan con curiosidad a Eliot, quien la mira sin siquiera parpadear. Sus bocas vuelven a fundirse en un furioso beso, uniendo para siempre a dos seres de la noche, inmortales cazadores de la sangre, eternos amantes de la lujuria.