mikaela
Las pisadas fuertes de unos tacones, hacen eco por los estrechos pasillos de las salas de ensayo de un famoso teatro. El aire se impregna de un perfume tan dulce que, hasta el néctar de las flores envidiaría. Todos observan el exuberante contoneo de una mujer al andar. Su cabello rubio parece una perfecta cascada dorada cayendo hasta su cintura, donde un vestido suelto se ciñe a su figura, vestido que baila al compás del aire, dejando al descubierto un par de largas piernas tan blancas y brillantes como el mármol.
—Buenas tardes, Mikaela —saluda un hombre mayor, al ver pasar a la despampanante mujer, ella le regala una sonrisa y continúa su paso constante cual diva.
Así muchos la saludan, y ella a todos les concede solo una sonrisa con sus perfectos y carnosos labios de color carmín, sin pronunciar palabra alguna. Termina su exuberante desfile en su camerino privado, uno bastante generoso y con decorados muy elegantes y flamantes.
—Señorita Mikaela, el elenco la está esperando para iniciar el ensayo —comenta una chica mucho más joven que ella, sus ropas son sencillas y porta una carpeta entre sus brazos.
—En unos minutos me uno al elenco. Debo prepararme para mi papel —responde la elegante mujer, sentada al frente de su enorme espejo repleto de bombillas blancas en el marco.
—Pero, señorita Mikaela... Todos llevan mucho tiempo esperando, hace media hora que debió empezar el ensayo... Y hay personas que deben ir a cumplir con otros compromisos y...
—¿Cómo es tu nombre? —interrumpe a la chica.
—Elvira —responde la joven. Es la tercera vez que le recuerda su nombre.
—Muy bien, Elvira. Pues si ya esperaron media hora, pueden hacerlo diez minutos más... Mi papel es el más importante en la obra, así que lo entenderán.
—Está bien, señorita Mikaela, voy a anunciar su llegada y esperamos por usted... Disculpe la molestia.
Mikaela saca un repertorio de maquillaje y empieza a retocar su ya maquillado rostro. Su cabello lo recoge en un moño alto y elegante, reforzado por muchas capas de laca en aerosol que perfuman todo el camerino. Se quita su delicado vestido para colocarse un traje de antaño, de esos que portan corsé, mangas abombadas, falda larga y abultada con armazón interna. A los quince minutos, sale de su camerino en dirección al escenario del teatro, donde se celebran los ensayos de las obras. De nuevo realiza un desfile que llama la atención de todos a su paso.
Se inicia el ensayo.
Mikaela es la única vestida y maquillada como su personaje en la obra. Ella realiza un ensayo tan espléndido como si la obra se estuviese presentando. Todos la aplauden con vigor. Su papel de protagonista lo asume en cuerpo y alma. El día del estreno de la obra, Mikaela brilla en su máximo esplendor. Le llueven contratos con otros teatros y propuestas hasta para la pantalla grande.
Sus noches las reposa entre los brazos de su primer amor, Héctor. Un buen hombre, apuesto y de buena posición que le ha brindado todos los lujos. El hombre que toda mujer quiere. La vida de Mikaela es una utopía hecha realidad. Obra tras obra, así es la vida de Mikaela, rodeada de glamour y vanidad. Se da el lujo de rechazar muchas propuestas, pues, si alguna no cumple con sus expectativas, ella la deja pasar, porque algo mejor vendrá, donde la traten como la diva que ya es.
El hombre de Mikaela decide formalizar su relación y le pide su unión en matrimonio. La creciente fama de la diva, la empuja a crear la boda más maravillosa jamás vista, realizada en una isla privada donde la celebración dura una semana llena de lujos.
Pasan los años. Mikaela sigue siendo la estrella del teatro e incursiona en la pantalla grande, inflando sus cuentas bancarias de forma brutal. Fiestas vienen y van, nuevos romances tocan a su puerta y, es bienvenida la infidelidad, en forma de amantes esporádicos que ella se da el lujo de escoger, disfrutar y botar a su antojo. Su marido le perdona todas sus fallas maritales y trata de convencerla para crear una familia, pues los años para tener descendencias, se están esfumando como la espuma de las olas al tocar la orilla de la playa.
∆∆∆
El rostro envejecido de una mujer, se refleja en un antiguo espejo, un espejo rodeado de bombillas de luz blanca, las cuales, un par ya están quemadas. La anciana mujer se empolva sus arrugadas mejillas, tratando de eliminar las grietas de su piel, haciendo que su cara quede casi tan blanca como un papel. Con un pulso tembloroso pinta sus delgados y arrugados labios, después retoca sus escasas cejas con un lápiz de color negro. La anciana sonríe al espejo mientras acomoda una peluca de rubios cabellos que caen sobre sus hombros.
—Señora Mikaela, ¿cómo está hoy? —saluda un joven vestido todo de blanco.
—Lista para la obra. Pero mis cejas no han quedado como me gusta... Les pedí un lápiz color café y me trajeron uno negro.
—Oh... Ya lo voy a notificar, detalles como esos son imperdonables... Aun así, está usted estupenda, como siempre. —El joven coloca una bandeja en la peinadora de Mikaela —. Antes de empezar con la función, por favor recuerde tomar sus vitaminas.
Sobre la bandeja reposa una botella de agua y un puñado de cápsulas y pastillas de muchos colores. Mikaela agarra el envase de agua y de un buche engulle el cóctel de medicinas.
—Así me gusta, mi querida Mikaela. Nos vemos en la próxima función —se despide el joven enfermero y camina a la puerta de la habitación. Mira una vez más a la anciana sentada al frente del espejo, niega con la cabeza y cierra con llave al salir.
Mikaela siente como las pupilas de sus ojos color miel se dilatan con rapidez. Empieza a sentir un cansancio aplastante en todo su cuerpo, sus párpados están tan pesados que siente la necesidad de cerrar sus ojos. Pero antes de sucumbir a ese extraño padecer, Mikaela estira su mano hacia un portarretrato que está sobre su peinadora y acaricia la foto que allí reposa. En la foto se ve a un hombre apuesto y sonriente abrazando a dos niños.
El hombre de la foto es Héctor, su primer y único verdadero amor. Los dos niños de la fotografía son sus hijos, quienes ya son adultos con familias. Esa foto es de hace treinta años, cuando Héctor y Mikaela tenían siete años de haberse divorciado. Héctor logró cumplir su sueño de formar una nueva familia, al lado de otra mujer quien le brindó una vida sencilla, lejos de la vanidad.
Una lágrima brota de uno de los ojos de la anciana Mikaela, haciendo sentir más pesadez en sus ojos, acompañado de un leve ardor que la obliga a cerrar sus párpados. Se levanta de la silla de su peinadora y se recuesta en una cama tan blanca como todo en esa habitación: un dormitorio de paredes acolchadas, donde solo habita una cama individual con lencería blanca, un closet blanco con un par de atuendos de teatro, un televisor pantalla plana colgado en una pared y la peinadora con el viejo espejo de camerino. Mikaela por fin cierra sus cansados, pero maquillados ojos, y se sumerge en un profundo sueño en bucle: Se abre el telón y empieza una obra de teatro, donde ella, como siempre, es la protagonista. Mikaela vuelve a ser joven y hermosa, alimentando su soberbia.