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virginia salazar

el eco de un hombre solitario

Un cielo despejado se despide de la lluvia, dejando un fresco atardecer. El reloj marca las seis y media de la tarde. Una triste reunión se celebra en una generosa casa: una reunión privada después del entierro de la señora Margot, una viuda que trabajó muy duro hasta sus últimos días de vida.
Los visitantes se van uno a uno, dándole el pésame a un hombre llamado Saúl, el hijo único de la señora Margot. Saúl es un hombre obeso de cincuenta años, padece diabetes desde su adolescencia.
—¿Estarás bien solo? —pregunta Amado, uno de los primos contemporáneos de Saúl.
—Creo que sí —responde Saúl con voz gruesa y un nudo en la garganta.
—Cualquier cosa, por favor llámame. —Amado coloca la palma de la mano sobre el amplio hombro de Saúl.
—Gracias, primo.
La casa queda tan vacía como el alma de Saúl, quien daría todo por estar en el lugar de su madre difunta. Se pasea por el dormitorio de Margot, todo sigue igual a como lo dejó hace una semana, cuando fue ingresada al hospital donde murió en la mañana del día de ayer, por un paro respiratorio.
Pese a que tiene el estómago cerrado, por la gran tristeza que carga en su cuerpo, su estómago ruge de hambre. Camina hacia la cocina, donde solo encuentra los restos de la comida que dejaron los invitados: platos, tazas y vasos sucios. Su barriga vuelve a crujir. Abre una bolsa de papel sobre el mesón de la cocina y halla un último pan, uno redondo y crocante. Se sirve un vaso de agua y se dirige al salón de la casa, donde se tumba en un sofá desgastado, enciende el televisor y se come su pan con agua.
Pasan los días. Saúl consumió toda la comida que quedaba en la cocina, mal cocinando la carne y los huevos, no sabe cocinar. Tiene hambre, pero no quiere salir de su casa. El motivo no es su duelo, simplemente él no acostumbra a salir a hacer diligencias, todo lo hacía su madre: Margot hacía las compras del mercado, las compras de las medicinas, le compraba la ropa y era la única proveedora de esa casa. Saúl era un hombre solitario, sin pareja ni hijos, y ahora sin madre.
Una visita inesperada es la salvación de Saúl. Su primo Amado acaba de llegar a visitarlo.
—¿Cómo estás, Saúl? —pregunta Amado al entrar a la casa. Debe taparse la nariz del hedor que se siente.
—Hola, primo. Estoy bien, pero tengo mucha hambre. ¿Podrías comprar algo de comer? Yo te doy el dinero. —A Saúl le quedó la pensión de su madre fallecida.
—Date un baño y vamos juntos, ¿te parece?
Saúl se queda pensativo. Amado sabe muy bien que Margot le hacía todo a Saúl, pero quería que empezara a independizarse, puesto que ya no había nadie que se encargara de él.
—No me siento muy bien, no tengo ganas de salir... Extraño mucho a mi mamá —dice Saúl con la mirada al suelo.
Pese a que eso era un tanto cierto, por otro lado, Saúl no quiere empezar a hacer las cosas por su cuenta, nunca había tenido esa necesidad.
—Te entiendo, Saúl, no hay problema. Yo te hago la compra... ¿Tienes tus medicinas para la diabetes?
—Sí, tengo de eso para un rato largo.
Amado sale de la casa, agradeciendo el oler otro aire, el hedor dentro de esa casa es insoportable. Hace la compra en un supermercado cerca del lugar, compra comida para un mes: lácteos, carnes, vegetales, cereales, frutas... Todo lo necesario para una buena alimentación.
Pasa el mes.
Amado recibe la llamada de Cristina, una de sus primas. Ella le cuenta que la casa de Saúl apesta, pero no solo la casa, parece que Saúl no se ducha desde la muerte de su madre. Ambos deciden contratar a una persona para que haga el aseo de la casa, y otra para que duche a Saúl, ya que pareciera que es incapaz hasta de bañarse. Nuevamente, deben hacerle la compra de la comida. Pasan tres meses y la situación de Saúl no mejora. La desidia de su cuerpo y su casa son cada vez más notorias. El dinero se acaba. Sus primos llegan a la conclusión de que Saúl debe recibir ayuda, y para eso toman la decisión de llevarlo a un asilo de ancianos, donde le atenderán todas sus necesidades. Es lo que se adapta al presupuesto con el que cuentan.
Al principio, Saúl no se toma bien esa decisión, no quiere que lo saquen de su hogar. Y de mala gana, echa a sus primos de la casa.
A los días, Amado recibe una llamada de Saúl, donde le da la noticia de que acepta la propuesta de que lo lleven a un asilo. Amado se mueve rápidamente y hace los contactos para inscribirlo en un asilo, uno que queda cerca de su casa, para poder visitarlo con regularidad.
—Hola, Saúl, este sábado vamos a buscarte para ingresarte al asilo. Es un lugar muy bonito, con habitaciones individuales, área de televisor, un hermoso patio para ver la naturaleza... Hay psicólogos que pueden ayudarte con el duelo... Ten todas tus pertenencias listas. Pasaremos a buscarte al medio día —habla Amado a través de su teléfono móvil. Hoy es martes.
—Está bien, primo, gracias. Nos vemos el sábado —contesta Saúl, con voz muy animada, lo que le da alegría a Amado.
El día viernes tratan de contactar a Saúl. Realizan un sin número de llamadas a su teléfono móvil y no atiende, su última actividad por las redes sociales y el WhatsApp fue hasta el miércoles por la noche. Llaman repetidas veces al número fijo de su casa, y tampoco atiende la llamada. Preocupados, deciden ir a primera hora del día sábado, el día que deben ingresarlo al asilo.
Amado y su prima Cristina, llegan a las ocho de la mañana a casa de Saúl. Tocan el timbre de la puerta, y nadie contesta. Llaman al teléfono celular, y nadie contesta, ni se escucha sonar. Hacen la llamada al teléfono fijo de la casa, se perciben los timbrados desde adentro de la casa, pero nadie atiende. Comprueban si la puerta está cerrada, lo cual es correcto. A través de las ventanas delanteras solo se vislumbra una casa oscura y deshabitada. Así que deciden dar la vuelta a la casa, para entrar por la puerta trasera, la cual también está bloqueada.
Amado se percata de la ventana del dormitorio de Saúl, y sin pensarlo dos veces, se asoma por ella, subiéndose a un muro, porque esta está un poco elevada por el desnivel de la casa.
—¡Cristina! No te asomes... Saúl... está muerto —dice Amado, tras tragar grueso y taparse la boca con una de sus manos.
—¿Cómo lo sabes? ¿Y si está dormido?
—Está muerto... Debemos llamar a un cerrajero para entrar y sacarlo de allí.
Ambos primos empiezan a hacer las llamadas respectivas para solventar el impactante incidente. Encuentran a un cerrajero, quien llega de forma inmediata y abre con mucha facilidad el cerrojo de la puerta. Al entrar a la casa, un olor golpea sus narices, pero no el olor de un cuerpo putrefacto, olía a cloro. Charcos de líquido de hipoclorito reposan por toda la casa. El equipo forense se encuentra en camino, ellos serán los encargados de levantar el cuerpo.
Amado es el primero en entrar a la habitación de Saúl. Ahora ve con más nitidez la terrible escena: el cuerpo pálido y abombado de su primo, con ojos abiertos y saltones, la boca deforme y totalmente abierta. Cristina no puede con la curiosidad y, decide entrar a ver el cuerpo, lo que le produce fuertes náuseas y una terrible tristeza, casi prefiere no haberlo visto.
El equipo forense llega a la casa. Todos entran uniformados y con guantes en las manos. Cuando ven el cuerpo de Saúl, se dan cuenta de que no cabe en el automóvil de traslado de cadáveres, una camioneta Van. Saúl era obeso, y con la hinchazón de su cadáver, ahora era mucho más enorme. El traslado se complica, pero no es algo imposible, deben sacar el cuerpo a como dé lugar. El equipo forense decide buscar otro transporte, un camión 350.
Se comienza el levantamiento del cadáver, después de haber limpiado todos los charcos de cloro. Lo envuelven en un plástico especial, de esos que usan para envolver muebles, ya que una bolsa para cadáver le quedaba pequeña. Entre varias personas lo levantan y lo colocan sobre dos camillas con ruedas, que tuvieron que unir y adaptar para poder trasladar el cuerpo al vehículo.
Al momento de levantar los restos de Saúl, el hedor putrefacto hizo presencia. Un olor tan potente, que impregnó toda la cuadra de casas y se extendió en casi toda la villa.
Cristina y Amado se dirigen a las oficinas forenses para hacer el papeleo. Al llegar, se quedan en una desgastada sala de espera por casi una hora. Después son invitados a pasar a una pequeña y oscura oficina, donde los espera un señor detrás de un escritorio, tecleando en un computador. Cuando el agente se percata de la presencia de los dos primos, los invita a pasar y les da la bienvenida.
—Señor Amado, ¿va a realizarle autopsia al cuerpo de Saúl? —pregunta el agente, tras una larga pausa mientras anotaba datos en el documento que está en la pantalla del computador.
—Creo que no, es algo muy costoso y no queremos demorar el asunto.
—Debemos colocar el motivo del deceso. —El agente lo mira abriendo los ojos como platos.
—¿Y cómo hacemos eso sin una autopsia? —pregunta Cristina, quien tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Sufría de alguna enfermedad? —pregunta el agente.
—Sufría de diabetes —responde Amado.
—Muy bien, colocaremos que se murió de un paro cardíaco. —El agente escribe sobre el teclado de su computadora.
A los minutos se escucha una impresora haciendo su trabajo. El agente agarra dos hojas de papel impreso y las coloca sobre la mesa.
—Firme aquí y aquí —indica el agente, y Amado firma con pulso tembloroso sobre una línea encima de su nombre, en dos hojas de papel —. En recepción les indicarán lo que deben hacer para los siguientes pasos. Siento mucho la pérdida de su primo.
—Muchas gracias, agente, y gracias por ayudarnos con todo este asunto.
—Es nuestro deber.
Ambos primos salen de la oficina y se dirigen a la recepción, donde los atiende una chica muy simpática, quien les explica todo el proceso del velatorio y el entierro.
—¿Van a incinerarlo o a sepultarlo? —pregunta que descoloca a ambos primos, quienes se quedan mirando entre sí por unos cuantos segundos.
—Pienso que lo mejor es la cremación —responde Amado.
El velorio de Saúl duró apenas unas doce horas. Después el cuerpo fue trasladado al crematorio, donde no se sabe cómo se realizó el procedimiento, debido al voluminoso cuerpo de Saúl.
El eco de un hombre solitario que vivió toda su vida, enfermo de pereza, fue reducido a cenizas, las cuales fueron entregadas a Amado, quien después decidiría que hacer con ellas.