—¡Soy el hombre más pequeño del mundo! —grité.
—¿Cómo dice usted? —murmuró el gigante, desde las alturas.
—¡Qué…!
El gigante se agachó y me levantó del suelo, tomando un pellizco de ropa. Me subió a las alturas y me depositó en la palma de su mano, abierta y extendida a la altura de su corazón. Pese a la distancia, el aspirar y expeler de sus fosas nasales casi me lanzan fuera. Más de una y más de dos veces me ha sucedido. Menos mal que los hombres son rápidos y suelo ser cazado mientras caigo, pero, eso sí con dos o tres costillas rotas.
Tendría que estar acostumbrado, pero no lo estoy. No me dejan salir a la calle. No podría, en realidad, subir sobre el bordillo de una acera, tan alto como yo. No me dejan tomar el aire. Y vivo permanentemente en la casa que me han habilitado sobre una mesa de billar, protegido por pantallas de cristal, no para evitar mi huida, sino los estornudos, las rociadas bucales de los que me hablan. ¿Hablar? Es un rugido, un rumor de turbina, de avión a chorro, una tormenta de graves y agudos que no me destrozan.
Yo, en cambio, aunque grito a pleno pulmón, apenas si me hago oír. Está prohibido tocarme; han puesto a mi disposición comida, muebles liliputienses, amplificadores y cosas por el estilo, pero a veces los destrozo y entonces alguien tiene que levantarme y acercarme a su oído para saber lo que digo. Soy un bicho raro, un objeto de laboratorio. Los médicos, los investigadores. —¡Maldecido sea su nombre por los siglos de los siglos!— me examinan continuamente, ¡con lupa, con microscopios!, desnudo, como si fuera un gusano. Debo parecerles una miniatura. Ellos, a mí, me parecen monstruosos. El vello es áspero y duro, como arbustos de un matorral; los poros, abultados, abiertos, parecen volcanes pronto a la erupción; las venas y las arrugas, grietas y desmontes. No soy tan pequeño como para no poder caminar encima. Puedo y lo hago, pero es repelente, si entienden lo que digo. Son repelentes hasta las chicas que antes me parecían hermosas, como la doctora Duwilia, a la que aborrezco particularmente desde el día que me caí en su escote, o la tonta y rubia enfermera llamada Julie, que viéndome desnudo se rio nerviosamente de mis insignificancias.
Todo empezó el día en que el doctor Branswa inminente bioquímico, premio “Nobel”, necesitó un voluntario para un experimento. No lo entendía muy bien. Yo, Tom Salvar, de veinticinco años, vividor, poco aficionado al trabajo y mucho a las mujeres, bebedor cuando se tercia, antiguo ocupante de una habitación en un hotel del Estado, no sé gran cosa de bioquímica, ácidos ribo-nosecuentos, enzimas, agentes patógenos, virus y anticuerpos.
—¡Qué me hace usted daño! —Gruñí al gigante.
—Pues si que tiene mal genio el mosquito éste —refunfuñó el otro, volviéndome a colocar sobre la moqueta del billar, calculando mal las distancias y dejándome caer desde diez centímetros, justamente mi estatura.
—No sea usted bruto, doctor Chajov —amonestó la doctora Duwilia.
—Es que ese pequeñajo resulta de lo más cargante.
—¿Le gustaría a usted estar en su lugar?
Desde mis diez centímetros, aupados en el medio metro de la mesa, observé a mis guardianes, porque lo eran, en cierto modo. Me daban de comer, me bañaban, revisaban mis aparatos auxiliares, mataban las moscas —para mí del tamaño de cóndores en una personal normal— y tamizaban las visitas.
Debo reconocer que, efectivamente, era de lo más cargante. Sabiendo como sabía que era una joya científica, un caso único en el mundo, abusaba. Tiraba la comida por los aires, exigía a gritos mi libertad y, sobre todo, mi tamaño.
Porque lo curioso de todo es que yo era el resultado de una colosal equivocación. Yo, Tom Salvar, aficionado a la “nieve” y desesperado por no conseguirla, me dije que si no podía comprarla, lo mejor era apandarla. Y un hospital, o lo que diablos fuese aquel edificio que olía a botica, era el mejor sitio. Con que voy y me meto, con los ojos llorones, la nariz acuosa y la lengua hinchada, síntomas todos que me tenían al borde del delirio; con que voy y me hincho a caminar entre almacenes y laboratorios, robando todo, lo que parecía blanco; con que voy y ¡Achitss!, estornudo cuando menos falta hacía.
—Salud —dijo alguien que estaba escondido entre unos tubos.
—Gracias, igualmente —dije a mí nadie me gana a educado.
—¿Está usted constipado?
La dije que sí. ¡A ver que vida! ¡No le iba a decir que me moría por una dosis!
—Soy el doctor Branswa —me dijo.
—Encantado. Y yo John Smith —repuse, preguntándome cuándo iba el otro a llamar a la Policía.
Pero el fulano ni pensaba en ello. Tenía en las manos un tubo, con un líquido color verde. El hombre parecía enfadado.
—Soy un “Nobel”. ¿Y sabe lo que me encargan? ¡Un remedio para el resfriado! ¡No hay derecho! ¡Resulta indignante!
—Oiga usted, que si lo encuentra se forra —le digo, recordando lo que escuché una vez a un matasanos—. Lo menos cien millones.
—¿Y qué importa el dinero? —dice él.
Me quedé mudo. Lo dicho, el fulano estaba como una cabra. Ya iba a marcharme sin despedirme, cuando el tipo me llama.
—Oiga, si se toma usted esto le doy diez libras. No, no tenga miedo. Solamente es para curar los catarros.
Y me soltó una jerga sobre la glándula tironosecuantas, o quizá hiponoséque, al parecer relacionada con el pitalamio, las fosas nasales. Le dije que por diez libras, pagadas de antemano, estaba dispuesto a tomar cicuta, pero que para más seguridad, era que lo tomásemos los dos juntos, con la ayuda de un tanganazo de whyski. Me dijo que no era mala idea y que además estaba harto. Conque va y parte el líquido verde, me da las diez del ala. Y, cataplum, que empinamos el codo.
—Tomasito, ¿qué quieres para comer? —Musita la doctora Duwilia.
—No me llames Tomasito, pedazo de sebo.
—¿Qué dices?
—Nada —grité, ante el temor que me agarrara pata oír mejor—, que quiero patatas fritas, caviar, salmón ahumado y champaña.
No me gusta abusar, que quede entendido. No les voy a arruinar. Los granos de caviar son como aceitunas para mí, y con un sólo trozo de patata frita me hincho. En cuanto a champaña, con un dedal agarro una borrachera fenomenal. Tengo veinticinco veces menos de estatura, y esa cifra al cubo, de volumen respecto a una persona normal. Las comidas me las sirvan en el cristal de unas gafas a modo de bandeja. Los platos se los quitaron a la niña del portero y aún así necesito extender las manos para abarcarlos. Ni hablar de cucharas y por tenedor un trozo de alfiler, que parece una lanza…
Y como iba diciendo, el doctor majareta y yo nos tomamos el verde. Me entró sueño en seguida. Desperté porque me di un coscorrón contra el suelo. Me había caído de la silla. Me levanto y tropiezo con los pantalones, digo, con la chupa, digo… No sé lo que digo. Me sobraba ropa por todas partes. Y la silla me parecía enorme. Pego un grito, pego un salto y los pantalones que se caen al suelo. Calculo ahora que entonces estaba en el medio metro y que de haber podido avisar al doctor, nos hubiéramos salvado.
Por lo que pude ver, y por lo que luego me han contado la doctora Duwilia y las enfermeras, el doctor también había encogido. Pero así como era joven y elástico, él era viejo, rígido y lo que fue peor, tenía un hueso roto. Quiero decir que hacía tiempo se había roto no sé que hueso de la cadera, que quedó mal soldado. Y eso fue la causa de su muerte. Todo él se rebajó como un traje comprado a un gitano, menos el hueso, que al no estar soldado, no fue afectado. Y el hueso, al achicarse lo otro, le rompió la carne, la piel y… ¡Burr! Todavía tiemblo cuando lo recuerdo: era como un hombre de dos palmos, pegado a un hueso que sobresalía y chorreaba sangre. Nunca he soportado la sangre, de modo que me desmayé.
Al recobrar el conocimiento, ya estaba todo consumao. Yo tenía la altura de los cuatro dedos pegados de una mano y me tenían, desnudito, porque, toda la ropa se había soltado, metido en una ratonera. ¡Uff! ¡Qué días! La gente estaba como loca. Entraba, salía, berreaba, querían saber… Vino la Policía, vino el gachó que vive en Dowing Street y hasta me parece que el Onasis. Conté lo que había pasado y tuvieron que creerme. ¡A ver, sino!
—¿Sabe usted, doctora? Me encuentro muy solo —la digo una noche de éstas, con los rayos de la luna entrando por la ventana.
—Lo comprendo, Tom, lo comprendo.
—Doctora… Yo necesito una mujer.
La pobre se ruborizó intensamente. Si fuera vanidoso pensaría que está enamorada de mí. Claro que a lo mejor se puso colorada pensando en una escena de amor entre este menda y una chica. Yo, pensando lo mismo, me muerdo de rabia.
—Sí, claro, Tomasito; pero…
—Es que no hay derecho, vamos… Si ustedes no pueden volverme a mi tamaño, ¿por qué no me fabrican una gachí a mi talla?
Porque así es la vida. Resulta de todos los resultados que con la muerte del doctor Branswa se ha perdido su secreto. Tras mucho insistir, pude convencerlos. Fuera casualidad, fuera que yo era un adicto, fuera el tanganazo de whisky, el caso es que la glándula ésa del crecimiento obró en sentido contrario. Y el descubrimiento es fabuloso. Lo dijo un militar con muchas medallas. Podría enviarse un ejército en un solo avión. E ir a la Luna en una caja de zapatos.
Pero no hay forma de hallar la solución. La doctora dice que es algo así como recrear la materia. Se puede freír un huevo, y hasta un chiquillo lo haría; pero ni el mayor sabio del mundo lo puede desfreír. Ni volver una bobina de papel a ser un árbol del Canadá. Si acaso, pueden trabajar en el líquido empequeñecedor. Se ha formado hasta un partido político, que me quiere hacer “leader” a mí. Argumentan que con una Humanidad mil veces más pequeña, no habría problemas de espacio y alimentación. La Tierra podría contener mil veces la población actual.
Me estoy volviendo un chico culto, de tanto escuchar a médicos, sabios y políticos. Pero yo sólo sé las penitas que se pasan siendo el hombre más pequeño del mundo. Una vez, que me dejaron en el jardín, las hierbas del césped me parecían malezas de la selva, y una hormiga, un monstruo. Aventuras no me faltaron. Y no faltarían a una Humanidad liliputiense.
Pero, repito, una y otra vez, la soledad me abruma. Una soledad en compañía. Literalmente, nunca estoy solo. Siempre hay una docena de papamoscas a mi derredor, y hasta de noche están las enfermeras vigilando. Pero estoy solo y me pego unas enormes panzadas de llorar. Curiosamente, el vicio se me ha quitado. Pero añoro las minifaldas de Mary Quant, los “tub” de Soho, el gamberrear por Kings Road, el llamar asesino a Stiles. Por añorar, añoro hasta leer un libro. Me han traído algunos, que ellos llaman miniaturas, pero que me llegan a la cintura. Los normales, los tengo que leer a diez metros y para volver una hoja necesito sudar la gota gorda.
—Sí, doctora; por lo que más quiera. Consiga el mejunje verde. Aunque sea un poquito. Y dénselo a una chica. Nos podemos casar…
—Los comprendo, Tom, lo comprendo.
—Quiero una chica de mi tamaño. Usted, doctora, es hermosa, pero desde aquí la veo bigote y si me diera un beso me podría tragar.
—Lo comprendo, Tom, lo comprendo.
—Y un rábano, comprende —digo, casi llorando—. Necesito una chica que se acurruque en mis brazos que sea más débil que yo. Que me diga. “¡Qué fuerte eres, Tom!”. Que me bese suavemente. Que escuche mis tonterías y le parezcan maravillosas verdades. Necesito unos ojos de mi tamaño, azules como el mar de España. Y, entonces, no me importará que tenga que vivir toda la vida en una jaula. Necesito…
—Comprendo, Tom, comprendo…
La doctora está llorando. Caen monstruosas lágrimas. Y yo también lloro, mientras los rayos de luna nos iluminan.
Y por eso, yo, Tom Salvar, el hombre más pequeño del mundo, escribo esta historia. Para que me comprenda el mundo entero, para que hagan presión, para que los sabios investiguen. Ya ven que pido muy poco…