retroceso
En El Cairo, al término de una recepción que daba un embajador francés con motivo del cumpleaños de su esposa y a la que asistieron unos cien invitados, los cuales, durante toda la velada, hablaron principalmente de las Fleurs du mal de Baudelaire, que el anfitrión, en muchos años de trabajo, había traducido a la lengua egipcia, se amontonaron tantas personas ante el ascensor del sexto piso, en el que vivía el embajador, que nosotros, que teníamos tiempo, retrocedimos. Cuando la puerta del ascensor se cerró, el ascensor, inesperadamente y para espanto de los que habían quedado, se precipitó al vacío, estrellándose. Los que habían quedado estuvieron durante varios segundos sin poder moverse, y permanecieron completamente mudos en el completo silencio que siguió al estrépito causado por el estallido del ascensor en la planta baja. Sólo cuando se oyeron los primeros gritos se atrevieron a salir de su estupor, pero fueron incapaces de hacer nada sensato. No querían bajar y retrocedieron hasta el piso del embajador. También nosotros volvimos al piso del embajador porque, lo mismo que los otros, éramos incapaces de bajar. Sólo tres horas después del suceso, junto con los demás, abandonamos la casa del embajador, cuando nos dijeron que habían retirado los cadáveres de todos los que habían muerto en el ascensor. Como es natural, todavía hoy nos preocupa la cuestión de por qué no nos metimos en el ascensor y retrocedimos ante los otros. En El Cairo, hemos oído, todos los años varios ascensores viejos, sobrecargados, se precipitan en el vacío.