rendición
Un tal, así llamado, Ofner, trabajador municipal, anunciador de fallecimientos, para salvar la vida de su mujer, enferma del pecho, como le dijo nuestro médico, compró con ella una pequeña parcela del bosque en nuestra vecindad, a una altura sin nieblas y con aire puro, y los dos, trabajando durante años, y como es natural también con el apoyo del municipio y de sus vecinos inmediatos, se construyeron en la parcela una casita. Sin embargo, cuando la casa estuvo terminada, el tal Ofner enfermó, porque la construcción de la casa había sido superior a sus fuerzas, muriendo al poco tiempo. Su viuda, para la que al fin y al cabo había estado destinada la casa del lindero del bosque y que realmente e incluso después de la muerte de su marido se había repuesto visiblemente y no sólo de los pulmones, tuvo que procurarse un perro porque, como es natural, tenía miedo ahora sola. El perro ahuyentaba con sus ladridos a todo el que se acercaba a la casa de la mujer, aunque sólo fuera a doscientos pasos, y con el tiempo nadie se atrevió ya a acercarse a la casa. Durante años aguantó la mujer de ese modo, sola con su perro y sin ningún ser humano, y de pronto, de la noche a la mañana, no pudo aguantar más esa situación y fue y mató al perro, que durante tantos años la había servido tan fielmente, con uno de esos ganchos de palanca con los que los leñadores mueven los troncos, rindiéndose a los hombres.