haumer, el leñador
En la vecindad inmediata de Aurach, después de subir al Hongar y volver luego al valle, caminando cinco horas por su cima hacia los Montes del Infierno, visitamos a Haumer, el leñador, del que hacía tiempo nada sabíamos. Haumer no nos abrió la puerta ni siquiera después de llamar repetidas veces, aunque estábamos seguros al suponer que estaba en casa. Cuando nos íbamos ya de la casa, tuvimos de pronto la impresión de que ahora nos había oído e iba a abrirnos, y volvimos a la casa. Realmente nos abrió Haumer, al que conocemos mejor que a nadie desde nuestra más temprana infancia, y nos hizo entrar y nos rogó que nos sentáramos en el llamado salón de abajo. Hasta que no llevábamos un rato en los bancos del salón de abajo no nos dimos cuenta de que Haumer no nos había dicho nada todavía. Estuvimos más de una hora en su casa y luego nos despedimos, sin que pronunciara una sola palabra. Sólo al día siguiente, cuando hablé de ese encuentro con mi primo, supe que, desde hacía ya más de cuatro años, Haumer había perdido el oído y la voz, como consecuencia de la explosión de un petardo que él mismo había encendido el día de la boda de su hija, que se casó con un oficial de carnicero de Nussdorf. Al mismo tiempo me di cuenta de que hacía más de cuatro años que no visitaba a Haumer, precisamente el hombre, pensé, al que tanto debía.