famosos
El famoso cirujano y profesor que, después de haber tenido que interrumpir una operación en sí nada difícil y, por consiguiente, tampoco peligrosa, porque de pronto perdió la cabeza, y de haber tenido que confiar a su ayudante la continuación de la operación, no fue sincero ante la opinión pública y, por consiguiente, ante la paciente que había recuperado el sentido, lo que quiere decir que no tuvo la entereza de carácter suficiente para reconocer lo que realmente había pasado, y se dejó felicitar por la paciente por aquella operación realizada con éxito. Por no hablar de los regalos, exageradamente valiosos, entre otros un reloj de bolsillo de oro que, al parecer, llevó Napoleón I, que aceptó sin más de la paciente. No sabemos cuántos cirujanos famosos pierden todos los días la cabeza e interrumpen operaciones y confían a sus ayudantes la continuación de esas operaciones y se dejan felicitar y agasajar por ellas, pero su número debe de ser tan alto como el de cirujanos famosos. Y el número de ayudantes desconocidos y no reconocidos que, sencillamente, jamás pueden permitirse perder la cabeza es igualmente alto. Siempre hemos preferido hacernos operar por los ayudantes de los cirujanos famosos, que son también siempre famosos profesores de medicina, y no por los cirujanos y profesores mismos. Y siempre hemos salido sanos y salvos.