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thomas bernhard

expedición

El marido de la hermana de mi abuelo, un pintor sin éxito en Europa que, por su matrimonio, pudo disponer de una gran fortuna, la cual debió a la diligencia de mi bisabuelo, partió a principios de siglo en una, como dijo entonces, expedición científica a la Argentina e hizo escala en una ciudad de la costa para mí desconocida. Había estimado la duración de su expedición y, por lo tanto, de su estancia en Sudamérica en cuatro meses; al parecer se dedicaba a las ciencias naturales, un tema del que, sin excepción, se han ocupado todos nuestros antepasados y con el que algunos de ellos, precisamente por sus publicaciones sobre ese tema, se han hecho famosos. Transcurridos los cuatro meses, mi tía abuela no supo nada más de su marido, que hasta entonces había escrito a Europa de cuando en cuando. Un día le enviaron por correo la cartera de su marido, con una nota que decía que su marido, en esa ciudad de la costa para mí desconocida, había montado a caballo y partido, y no había vuelto más. Como en el momento de su partida, según los testigos, había horribles tormentas, se supuso que había perecido en esas tormentas. Tampoco del caballo se encontró el menor rastro. Así pues, la hermana de mi abuelo tuvo que resignarse a la muerte de su marido, que procedía originariamente de Eger, y se quedó sola con la hija de doce años que su marido le había dejado. Sesenta y dos años después de haber partido a caballo y desaparecido su marido en Sudamérica y, como había creído ella con seguridad, de haber muerto, supo por Le Monde, que durante cuarenta años fue su lectura diaria, que su marido, realmente, no había muerto en Río de Janeiro hasta sesenta y un años después de haber sido declarado fallecido por las autoridades austriacas, sin casarse, pero rodeado de mujeres que le servían y siendo un pintor famoso en el mundo entero, que había dado nuevo impulso y prestigio internacional a la pintura sudamericana y, como escribía Le Monde, a todo el arte sudamericano, con el mismo nombre con que había vivido en Europa, sólo que con una o al final. Inmediatamente la madre, que entretanto era viejísima pero no tan vieja que no pudiera leer Le Monde, y la hija comenzaron a pensar en cómo hacerse adjudicar por los tribunales la, como se sabía, inmensa fortuna de su marido y padre.