en la fosa de las mujeres
En el mesón El Prado del valle del Aurach, en el que nos reunimos muy a menudo con los leñadores, cuando queremos enterarnos de sus problemas y también conversar mejor que en otros sitios, apareció en mil novecientos cincuenta y tres, antes de Navidades, un hombre que inmediatamente nos llamó la atención por su silencio. Que aquel hombre, al que anteriormente no habíamos visto nunca, debía de ser de origen campesino nos resultó inmediatamente evidente, porque, después de haberse sentado en la sala, se quedó con el sombrero puesto. No era evidente qué era lo que el hombre, que tenía unos treinta años, buscaba aquí, tampoco estaba de visita en casa de parientes que residieran aquí, para eso nos pareció insuficientemente bien vestido, llevaba un traje usado y, en muchos sitios, incluso roto. Excitada nuestra curiosidad, lo invitamos a sentarse a nuestra mesa y a participar en nuestra conversación, y se sentó con nosotros y encargamos para él una cerveza. Sólo a una hora avanzada nos dijo el hombre, sin más, que estaba buscando mujer y nos preguntó si conocíamos una apropiada para él, y dónde podría encontrarla. Alegres como estábamos, le gastamos una broma y, hacia la medianoche, lo mandamos a la llamada Fosa de las Mujeres, de la que brota un río pequeño pero que a veces, sin embargo, lo arrastra todo, y en la que no brilla el sol. En la Fosa de las Mujeres vivía una mujer de unos cincuenta años, deforme de piernas y brazos y, en general, totalmente deforme, la cual, sin embargo, era muy querida por su inmenso amor a los animales y su amabilidad con las personas. El hombre no volvió a salir en diez años de la Fosa de las Mujeres y después de diez años, por primera vez, sólo para casarse con la vieja deforme en la pequeña iglesia de Reindlmühle. Después de su boda, los dos desaparecieron en la Fosa de las Mujeres por otros diez años. Se dice que son felices.