de regreso
Cuando los periódicos hablan siquiera en este país de algún artista destacado, incluso de importancia mundial y de fama mundial, originario de este país, siempre hablan sólo de cierto artista, porque de ese modo pueden causarle un daño mucho mayor en su patria que si escribieran enseguida, real y verdaderamente, lo que piensan de ese artista, al cual, porque procede de su país y pertenece a su generación, que no ha producido tantas cosas que valgan la pena, odian más que a nada y persiguen con su odio hasta el fin de sus días. No le perdonan que un día renunciara a ellos por su arte y por su ciencia y que, con su obra incesantemente proseguida, demuestre continuamente su propia grandeza y la nulidad de ellos. Cuando no pueden hacer otra cosa, porque el mundo entero escribe sobre ese, en su opinión, vil renegado, escriben también ellos, pero, escriban lo que escriban, arrastran por el fango al que toda su vida han perseguido. No se dan cuenta de que, con ello, se hunden cada vez más profundamente en ese fango ellos mismos. Con su envidia y con su odio ahuyentaron a mi amigo hasta Newcastle, en Australia, en donde se sacrificó totalmente por su ciencia. Cuando hace años, atormentado por la nostalgia, me anunció que iba a dejar Newcastle y a volver a su patria, le previne por telégrafo inmediatamente contra ese regreso a su patria, y le advertí de que esa patria suya no era en realidad más que un infierno vil en el que ininterrumpidamente se calumnia al espíritu y se aniquila la ciencia y el arte, y de que su regreso significaría su fin. No siguió mi consejo. Es un hombre enfermo de muerte, del que, desde hace ya años, el manicomio Am Steinhof es la morada apropiada y, al mismo tiempo, horrible.