Jeremías Jedd se hallaba de pie sobre el polvo ígneo del aeropuerto espacial, contemplando el cielo y protegiéndose los ojos con la mano. Ocasionalmente consultaba la hora en su kronos, sacudiéndolo para asegurarse de que tenía cuerda, y luego miraba a sus espaldas hacia la achaparrada construcción de la oficina de Aduanas y el enorme reloj de la fachada. La pizarra anunciaba plácidamente que el Pinacle estaba a punto de llegar y dejaría a los pasajeros en la Puerta Tres.
Jeremías sacudió la cabeza y volvió a sacar del bolsillo la carta de Marte. Lentamente la desdobló y la leyó, como un hombre que comprueba su mnemotecnia. Después de varias lecturas había acabado por familiarizarse con su contenido. La carta decía:
“Como ya sabrás, Exportaciones Generales Genex, ha montado aquí una factoría, junto a Fuerte Wargod. Su instalación ha requerido mucho tiempo y dinero, la mayor parte de la cual se envió como equipaje personal, debido a la situación de los embarques espaciales.
”Como otras muchas personas, opino que eso fue una tontería, porque habrían podido obtener la conducción acabada directamente en Marte, y porque tal factoría requerirá fuerza motriz… cosa muy difícil de conseguir aquí. Sin embargo, no me preocupo mucho. ¿Por qué tiene que preocuparnos lo que nuestros competidores hagan con su dinero?
”Pero aquí está lo gracioso. Pese a que la factoría es pequeña y relativamente desprovista de lo más elemental, fabricará tuberías. Y el material es de plástico, susceptible de ser enviado en láminas. No hace falta explicar lo que esto significa para nosotros. Nuestra firma obtuvo los contratos de flotas espaciales, en vez de Genex, únicamente porque el Gobierno aprobó nuestro sistema, es decir metiendo las tuberías de diámetro más pequeño dentro de las mayores. Pero también ahora envía así sus tuberías la Genex. La idea no puede patentarse.
”Por lo tanto, a menos que encontremos un medio patentable de enviar tuberías en menos espacio del que precisa Genex, estamos arruinados, hermano…, del todo. Genex pretende monopolizar cuanto se refiere al sistema Colonial, ya lo sabes. Controla ahora casi todas las naves, los productos, y los servicios. Y me temo que nosotros engrosaremos la lista de los pequeños comerciantes que han tratado de hacerles la competencia”.
Jeremías se guardó la carta y se frotó los ojos. Le dolían. Desde que recibió aquella carta una semana atrás, apenas había dormido. Suministrar tuberías al proyecto Marte constituía un trabajo lo bastante duro para ahora dedicar largas noches en el laboratorio tratando de establecer la manera de competir con Genex. Todo cuanto Hal y él poseían, estaba invertido en su proyecto. Habían trabajado juntos desde que salieran de la universidad hasta que Hal se decidió por Marte.
Deseó fervientemente que todo hubiese sucedido al revés.
Si Hal estuviera allí, él habría podido imaginar algo. Jeremías fue siempre el verdadero cerebro de la firma Jedd. Pero de hecho, era Hal quien había descubierto algo. ¡Qué ironía! El caso es que no podía explicarlo por carta, ni por telegrama. Genex controlaba también el correo, y no tenía obstáculos para realizar averiguaciones.
Jeremías volvió a levantar la vista. Divisó un puntito brillante en el cielo. Miró en torno suyo. Los empleados del aeropuerto estaban preparando ya la rampa de recepción de la nave. Volvió a sacar la carta para releer lo que se refería a Phyllis Exeter:
“Muchacho, he encontrado la solución. No te la explico, sin embargo, en esta carta, porque ya sabes los motivos. Confío en que sabrás descubrirla por ti mismo. Los nuevos contratos van a ser puestos a subasta, y la prioridad para las flotas se concederá a la compañía que garantice envíos mayores por menor coste. Mi sistema no puede ser más sencillo. Budgie hubiera podido explicártelo. Dispones de tres semanas a partir del momento en que recibas esta carta. Y no olvides que necesitas diez días para presentar una solicitud de patente.
”En relación con esta idea, Phyllis Exeter llegará en el Pinacle. Me gustaría que fueses a recibirla, porque tiene lo que necesitas. Me porté muy bien con ella cuando estuvo en Thor City. Probablemente te lo contará. Habla más que Budgie. Procura ser listo, amiguito”.
Jeremías frunció el entrecejo mientras doblaba la carta y volvía a guardarla. Los dos últimos párrafos eran más explícitos de lo que parecía a simple vista. Sí, mucho más. Se fijó en una frase: “Sé listo, amiguito”. Y las referencias a Budgie…, no estaba seguro, pero era evidente que no figuraban en la carta por el mero propósito de llenar papel. Y la referencia a Phyllis Exeter y a su llegada. Eso ya era algo.
Si Hal quería asegurarse positivamente de que se entrevistaría con Phyllis Exeter, eligió el método más conveniente. Sólo por ese renglón encontraría a la joven, aunque se escondiese en las entrañas de la Tierra. Pero, ¿por qué Phyllis? Al fin y al cabo, Hal y Phyllis habían sido… Jeremías se encogió de hombros. Si Hal pretendía raptarles, allá él.
Mientras pensaba, Jeremías comenzó a experimentar una antigua y familiar sensación.
En aquel momento comenzó a hacerse audible el ronco zumbido de los cohetes del Pinacle. Rápidamente fue descendiendo la nave, hasta estabilizarse a unos tres mil metros. Jeremías oyó distintamente el súbito cambio de marcha de los cohetes de propulsión fría, y al cabo de un minuto una nube de polvo salió al encuentro de la nave.
Jeremías pasó a la sala de espera de la Puerta Tres, esquivando apenas las ráfagas de aire cargado de polvo. Se abrió paso por entre la multitud allí reunida y se acercó a una portilla cubierta con un disco de plástico transparente a través del espeso polvo que se arremolinaba violentamente en torno al edificio. Desde la central del aeropuerto, hacia la sección donde iba a aterrizar la nave, se adelantó la escalerilla extensible que debía unirse al monstruo, como un enorme ovipositor.
Quince minutos después la escalerilla permitió descender a los pasajeros de la nave. La muchedumbre se apresuró hacia los ascensores, siendo apartada por los empleados. Jeremías no se movió, tratando de parecer indiferente, aunque sin lograrlo.
Llegó el primer grupo. Un individuo de rostro moreno, y bastante corpulento; otro de fría mirada, nervioso y delgado. Ambos se apartaron para ceder el paso a una mujer con los niños y una pareja de ancianos. Entonces apareció Phyllis.
Al verla, Jeremías se preguntó qué haría un hombre para derribar aquella muralla, aquélla máscara brillante que la joven parecía llevar. Darle un beso o pegarle un puñetazo obtendría el mismo efecto. Tenía el cabello sedoso, de un verde iridiscente. Fumaba con una larga boquilla, y el color de humo parecía hermanarse con su cabellera. Su voz era tan vivaz y armoniosa como siempre. No tardó mucho en divisar a Jeremías.
—¡Oh, Jeremías! ¡Jeremías Jedd! ¿Cómo estás, querido?
—No me llames querido —replicó él.
—Oh, nadie pensará de mí más de lo que piensa ya.
—Pero alguien puede empezar a pensar cosas de mí —contestó Jeremías, con sequedad.
La cogió del brazo, mientras la muchacha reía.
—Vamos, necesito un trago —propuso Jeremías—. Sólo uno.
—Pareces estar muy seguro de que te acompañaré —observó ella, retrocediendo un paso.
—¡Has estado leyendo mi correo! —refunfuñó él.
Ambos avanzaron hacia la puerta, dirigiéndose al corredor que conducía a la oficina de Aduanas. Jeremías miró hacia atrás. Los dos individuos que había visto en los ascensores les iban siguiendo. Hizo un gesto con la cabeza.
—¿Van contigo?
La muchacha se encogió de hombros.
—Bien, ya sabes…
—No, no lo sé. En absoluto. Pero hoy aprenderé.
Phyllis volvió a reír y se colgó del brazo de su acompañante.
—Jeremías —le preguntó mimosa—, ¿todavía sientes algo por mí?
Jeremías contempló aquellas pupilas verdosas.
—Sí, creo que sí. Mala suerte.
—¿Mala suerte?
—Tiempo perdido —aclaró el joven—. Cuando pienso en todo el que he perdido pensando en ti, cuando hubiese podido estar fabricando tuberías…
—Por esto me gustas —se enfadó ella—. Siempre sabes dar la bienvenida más adecuada —se soltó del brazo del muchacho—. ¿Por qué me tratas así?
—Por varios motivos. Sin contar el hecho de que no te apartarás de mí hasta que hayas averiguado cuanto sé respecto al suministro de tuberías. No importa lo que yo haga o diga, no te separarás de mí.
—De acuerdo —la voz de Phyllis sonó muy profesional—. Así será, cuando tú lo dices. Pongamos las cartas boca arriba y juguemos con realismo. Pero, hubiera sido mucho más agradable.
—Conmigo no. Ni contigo ni conmigo.
Una vez dentro del edificio, torcieron hacia los ascensores de la derecha y bajaron a la cafetería, situada dos plantas más abajo. En el ascensor no conversaron, debido a la presencia de los dos individuos que les estaban siguiendo desde el exterior. Jeremías los examinó, pero el más joven desvió la mirada, contemplando el techo y silbando suavemente. El otro parecía estudiar los zapatos de Phyllis.
—Creo que has contratado a esos dos tipos —observó Jeremías—, sólo para satisfacer tu egolatría. Necesitas que los hombres te sigan por donde vayas.
—No necesito pagarles para eso —replicó ella con frialdad—. Lamento que te muestres tan descortés, Jeremías. Por favor, no te pases de la raya. Aunque te parezca extraño, tengo otros muchos acompañantes mejores que tú. Yo misma, por ejemplo.
—Lo sé —admitió él. Habían entrado en la cafetería y Jeremías la ayudó a sentarse—. Me gustas así. Me refiero a que podrías gustarme si lo intentara. Ésta es la primera vez que no te veo usar tu atractivo femenino, para atraparme.
—Tus cumplidos son más desagradables todavía… ¿Quieres iluminar la minuta?
Jeremías apretó el botón que iluminaba la pantalla de la minuta. Tras estudiarla un instante, la joven señaló en el numerador los platos que deseaba. Jeremías la estudió durante esta maniobra.
Tuvo que admitir a regañadientes, que era una muchacha estupenda. Su apariencia, sus actos, su personalidad eran asombrosos. Frunció un poco el entrecejo, expresión que Phyllis a veces había mostrado en la Universidad. Generalmente significaba que se sentía fuera de sí, y dispuesta a hacer algo, como guiñarle un ojo a un profesor vulnerable, o copiar los apuntes de otro alumno.
Frunciendo también el ceño, Jeremías estudió varios instantes a la joven y al final, dijo:
—Dime una cosa. ¿Cómo esperas conseguir lo que te propones?
—No sé a qué te refieres.
El tono de Jeremías reveló impaciencia.
—¿Cómo vas a hacerlo? Tienes que reunirte conmigo en el aeropuerto, o buscarme. ¿Después, qué?
—Pareces estar enterado de todo. Contesta tú mismo.
—De acuerdo. Vas a hacerme olvidar el disgusto que siento por ti, y a proporcionarme el negocio… fingiendo remordimientos, naturalmente. Lamentas que una vez nos arrebataste el contrato en beneficio de una factoría de cosméticos… propiedad de Genex, y la vez en que Hal se enamoró de Dolly Holleson, y tú le contaste tantas mentiras respecto a él, qué Dolly se casó con otro… también lo lamentas. O la vez en que tú… —elevó la voz—, en que tú aceptaste mi anillo, mi actitud de perdón y olvido, así como un tercio de las acciones, de nuestra Compañía…, que entregaste a Genex sin más explicación que me fuera al infierno… Un piropo malentendido. Mira, Phyl, cuando me enteré, al entregarte las acciones, que Hal había falsificado el certificado de cesión, estuve a punto de matarle. Sí, corrió un grave peligro. Creyó que si tu situación mejoraba, podría recuperar las acciones, más adelante. De lo contrario… —respiró hondo—, perdería únicamente un poco de su tranquilidad de espíritu. En particular la mía. El caso es que Hal opina que eres un demonio y yo también. Desconozco la opinión que tienes de ti misma, pero puedo asegurar que no obtendrás de mí la más mínima información.
—Eres muy desagradable cuando te lo propones, ¿verdad? —susurró ella. Jeremías jamás había visto tan abiertos los ojos de Phyllis, ni su rostro tan pálido—. Y no te importa suavizar tus puntos de vista con una metáfora.
—Siempre apunto al blanco —replicó él—. ¿Por qué no te ofendes? ¿Por qué no te largas?
—Mira —repuso ella, lentamente, con una sonrisa trágica, y levantándose.
Se dirigió a la puerta. Un individuo se puso en pie, en una mesa de un rincón, y se encaminó hacia la salida. Detrás de Jeremías hubo ruido de sillas, y los individuos que les habían seguido antes, pasaron apresuradamente por su lado.
El que ya estaba en la puerta, un sujeto de aspecto suave, delgado y con las sienes grises, se cruzó de brazos y se recostó contra la pared, fuera del alcance de la fotocélula que abría la puerta. Cuando Phyllis llegó junto a él, el hombre le dirigió la palabra. Phyllis se detuvo y meneó la cabeza. Entonces, su interlocutor le sonrió. La joven se mordió el labio superior, agachó un poco la cabeza y volvió a dirigirse a la puerta. De una manera tan tranquila que apenas se advirtió su gesto; el individuo le impidió el paso.
Los otros dos tipos se unieron a ellos, les saludaron con efusión, tomaron a Phyllis por el brazo y la devolvieron de nuevo entre risas a la mesa de Jeremías, para luego, regresar a la suya propia. Toda la maniobra fue efectuada con tanta delicadeza, que nadie reparó en lo ocurrido.
—Acabo de presenciar algo estupendo —comentó Jeremías—. Una operación de bloqueo, contigo de protagonista, para variar un poco. Bien, siéntate y cuéntamelo todo, como una buena chica.
Jeremías volvió a sentirse aturdido por la expresión de la joven, por su ensimismamiento. Phyllis se dejó caer en su silla, evitando la mirada de su acompañante. Colocó las manos sobre el mantel, pero no dejaron de temblar. No abrió la boca.
Jeremías tocó un rosetón de la mesa y abrió la cámara fría de Phyllis, sacando la bebida que ella había pedido.
—Bebe un sorbo —le ofreció con gentileza—, y por una vez en tu vida cuéntamelo todo. ¿De qué lado estás, aparte del tuyo? ¿Cómo ha sucedido? ¿Y por qué esos sujetos tienen tanto interés en que no me dejes?
—Todo fue mal. Tú… tú sabes demasiado, Jeremías. Y sin embargo, no sabes lo bastante. Está bien, te lo contaré. Decírtelo no servirá de nada…, quiero decir que tú no me ayudarás. Pensé que podría sonsacarte sin que llegaras a saber nunca que ellos… que yo…
—Que te tienen atrapada —terminó Jeremías por ella—. El origen, Genex. La temperatura, alta. Siempre ha sido esto lo malo de ti, Phyl —afirmó Jeremías, sacudiendo la cabeza con pesar—. Tienes tanta suficiencia. Jamás solicitas la ayuda de nadie. Siempre descubres una salida, generalmente a costa de los demás. Pero supongo que Genex sabe tanto como yo.
Phyllis asintió con una sumisión que admiró y conmovió a Jeremías. Alargó una mano hacia ella, pero la retiró sin tocarla.
—Bien, habla —le ordenó.
—Todo iba bien —comenzó ella—. Logré una serie de contratos para Genex. Lo quieren todo. Todo el comercio colonial: naves, suministros, personal… todo. Y lo están consiguiendo, sea como sea. Al final, se apoderarán de Marte.
—¿Y qué? Todavía se hallan bajo la autoridad del Gobierno.
—Oh, será a corto plazo, Jeremías. Recuerda la historia. Después de los descubrimientos y las exploraciones, hay una fase colonizadora. La colonización es una ocupación en sí misma…, ya que el desarrollo tarda en llegar. Naturalmente, hoy día este proceso se ha acelerado en gran manera. Ya conoces los recursos naturales de Marte: uranio, hierro, diamantes y drogas. Se trata de una oportunidad ilimitada para quien controle el planeta. Tal vez durante dos generaciones, Marte necesitará el protectorado de la Tierra. Pero luego nacerán los patriotas, Jeremías. Y la Tierra se hallará con un competidor en vez de una colonia. Y según actúe este competidor, hará que se incline hacia una dirección u otra. Genex no quiere un mundo, sino dos, todo el Sistema, la Galaxia entera.
Jeremías se retrepó en su silla y la contempló, estupefacto.
—¿Eso lo has deducido por ti misma? No puedo creerlo. No, no lo creo. ¿De quién lo has aprendido?
—De Hal Jedd —repuso ella, con gran esfuerzo.
—¡Bien, bien, bien…! —Jeremías sacó del bolsillo la carta de Hal y la abrió. Los ojos de la joven fueron a la carta, al rostro de Jeremías, y luego se posaron en el mantel. El joven continuó—: No me engañes. Sé que has leído esto. Tú y tu compañía de exportaciones —repasó la carta, subrayó una frase con el índice, leyendo en voz alta—: “Phyllis Exeter llegará en el Pinacle. Me porté muy bien con ella cuando estuvo en Thor City.”
—Por esto he venido aquí —susurró ella con súbita amargura—. Sí, le vi. Muchas veces. Hasta llegó el rumor de que había descubierto algo radical en el sistema de fletes. Ya sabes que mantiene un pequeño laboratorio en su oficina. Bien, estuve allí.
—Se lo pediste tú, ¿verdad? Te dijiste: “Engañaré a este majadero y al estúpido de su hermano, como siempre he hecho, desde que éramos niños. Además, tengo que ajustar una cuenta”. ¿No fue así?
Phyllis casi se echó a reír.
—No pensé que tu hermano fuese un majadero —tomó un sorbo de su bebida—. Cuídate del filete, ¿quieres, Jeremías? Tengo apetito.
Jeremías sacó el filete crudo del refrigerador. Estaba tierno y sazonado. Lo deslizó dentro del calentador de inducción.
—¿Cómo te gusta?
—Un poco hecho —contestó Phyllis.
Jeremías manipuló los controles y cerró el cajón, mientras la joven continuaba su relato.
—Vi muchas veces a Hal. Sí, Jeremías, llegué a sentir adoración por él. No era una cosa personal… No me gusta su tipo. Estos chicos profesores me dejan fría. A mí me gustan los jóvenes de cabello rubio, lo bastante fuertes como para abofetear a una muchacha cuando se lo merece, e incluso para abstenerse de tocarla. Y tal vez con un hoyuelo en la barbilla…
Inconscientemente, Jeremías se acarició la pequeña concavidad de su mentón y se alisó el cabello rubio.
—¡Maldita seas con tus gustos! —exclamó—. Continúa con tu historia. ¿Por qué te interesaba Hal?
—Por lo que podía decirme sobre Genex. No sé…, tal vez jamás me había molestado en pensarlo. Tal vez mi salario y las retribuciones extraordinarias me impedían reflexionar. Sea como fuere, ocurrió tan lentamente que no me di cuenta. Pero lo que Hal me contó sobre sus ideas a gran escala… Yo estaba dentro de la empresa y tenía la obligación de saber acerca de ella más que tu hermano. Y cuanto más lo pensé, menos me gustó Genex. Tal vez hubiese debido apartarme de Hal. O hacerle callar, al menos. Pero, como ya he dicho, consiguió convencerme sin que me diera cuenta.
—Hal es así —sonrió Jeremías—. Sostiene la teoría de que una voz baja en una estancia ruidosa se oye mejor que una fuerte.
El cajón situado en el centro de la mesa dejó escapar un ligero silbido y se abrió. Jeremías cogió las pinzas, asió el filete y lo puso en un plato que ofreció a Phyllis.
—Gracias. Bien, conocí a un chico en Fuerte Wargod, un inocentón de ojos azules. Tal vez fuese la luz de la luna. Ya sabes que en Marte hay dos lunas, por lo que su efecto es doble. Quizá soy un poco alocada y no puedo resistir el impulso de sonsacar a la gente. El caso es que ese chico necesitaba recibir una fuerte impresión. Y antes de darme cuenta, ambos estábamos en el parapeto contemplando la Tierra, tan enorme y brillante, y yo comencé a relatarle todo lo referente a la colonización, a los dominios, y al patriotismo de la segunda generación de Marte. Hablé mucho. Realmente, no sé si yo misma creía todo cuanto dije.
Se estremeció de pronto, como tratando de ahuyentar de su cuerpo algo repelente. Se recobró con un esfuerzo y comenzó a trinchar el filete. Luego añadió, después del primer bocado:
—Aquel niño de ojos azules resultó ser un agente de Genex, cuya misión era averiguar mis convicciones.
Jeremías comenzó a reír a carcajadas, de manera cruel. Se reprimió al punto y se inclinó hacia delante.
—Eso fue lo que ocurrió… Me alegro muchísimo. Un tipo de aspecto ingenuo consiguió que le abrieses tu corazón, ¿eh? Dime, cariño…, ¿no intentaste cederle parte de tus acciones de la compañía?
Aquello la hirió profundamente. Phyllis, muy enojada, dejó de comer y maldijo a Jeremías. Luego, de pronto, sonrió y se encogió de hombros. Fue un gesto extraño, cuya resignación hizo que Jeremías volviese a sentir piedad por la muchacha. Phyllis había tratado siempre, con gran empeño, de ocultar sus debilidades personales. Y hasta entonces lo había conseguido. La joven era un magnífico producto de sus decisiones, y a Jeremías le molestaba ver destruido aquel producto, aun odiando lo que ella representaba.
—Lo siento —se disculpó, y ante su sorpresa, estas palabras salieron con suavidad de su boca.
—Por esto estoy aquí —concluyó ella—. Fracasé con Hal, como ya debí haber previsto. Y conseguí una buena reprimenda por ello y por el asunto con el tipo de aspecto ingenuo. Fue entonces cuando Hal escribió esta carta. Genex controla el correo. Desde entonces, todos los grandes cerebros de la empresa, y otros menores, han tomado cartas en el asunto. Me han traído hasta aquí como última oportunidad: o todo o nada. Tengo que descubrir el secreto; si lo consigo, volveré a gozar de los antiguos privilegios, si fracaso, estoy hundida. Fuera de Genex no surgen oportunidades, y ocuparía un puesto de honor en la lista negra.
—Naturalmente —asintió Jeremías—. Ahora lo comprendo. Y esos tipos que nos han seguido no permitirán que me dejes mientras no obtengas los informes… ¿Y si me marcho?
—Iré contigo. No me despegaré de ti en ningún momento.
—¿Y hasta cuándo puede continuar esta situación?
—Hasta que me confíes el secreto. O hasta que Genex consiga el contrato. En cuyo caso me veré despedida automáticamente.
—¿Y si abandonas?
—Estoy perdida.
—En otras palabras, tu destino está en mis manos.
—Sí, así es, Jeremías.
Y ante la estupefacción del joven, Phyllis se echó a llorar convulsivamente. Como actriz era bastante endeble. Lloraba de veras, de corazón.
Jeremías se echó hacia atrás y la contempló, reflexionando de modo febril. La carta de Hal poseía varios significados, y Jeremías no había sabido desentrañarlos todos aún. “Sé listo, amiguito.” La verdadera frase hubiera sido: “Si no puedes ser listo, sé precavido”. Tal vez debió mostrar más cautela, pero Phyllis parecía haber respondido bien a su tratamiento. Jeremías sabía su problema. Estaba asustada. Durante largo tiempo había vivido de su considerable astucia, y ahora estaba aterrada ante un final casi inevitable.
¿Pero cuál sería el secreto? ¡Jeremías tenía que averiguarlo!
Hal había apelado a todo su ingenio para explicárselo en aquella carta. En alguna frase, tal vez la presencia misma de Phyllis… estos factores formaban parte del secreto.
Phyllis estaba ya más serena.
—Lo siento. Supongo que no me encuentro muy bien. Y estoy metida en un mal paso. ¿Sabes por qué he llorado? Porque tú no te has levantado y me has dejado al contarte todo esto. ¿Me ayudarás, Jeremías? ¿Me ayudarás?
—¿Ayudarte? ¿Cómo?
—Explicándome el secreto —se inclinó excitada sobre la mesa—. O en todo caso un sistema análogo, o al menos mejor que el de Genex.
—Me estás halagando —por lo visto, estaba convencida de lo que él sabía: “Sé listo, amiguito.” Tenía que serlo. Y mucho—. Creo que Genex ha mandado ya una fundición en Marte. ¿Por qué están tan preocupados?
—Por la fuerza motriz —fue la respuesta—. En Marte sólo hay dos centrales, y ambas trabajan hasta el límite. Además, son excesivamente pesadas… Los fletes espaciales son tan complejos (alimentos, equipo, y demás artículos) que las centrales no se ponen en marcha hasta que sean absolutamente esenciales. La fuerza motriz está racionada, y a Genex le cuesta una fortuna conseguir la necesaria para realizar el laminado de las tuberías. Su objetivo, como es lógico, consiste en obtener un monopolio espacial y eliminar a las compañías independientes.
—No —objetó el joven—. La contienda se libra en realidad por algo más importante que las tuberías. Vaya, vaya… Lo importante es hallar el medio de fletar tuberías en menos espacio que las láminas.
—¿Y cómo se puede lograr esto, Jeremías?
Jeremías sonrió.
—Crees que te lo diré, ¿verdad? No tengo ningún motivo para fiarme de ti. Estás poco menos que a mi merced, y me has concedido la opción de salvar tu piel (o tu carrera, si la quieres llamar así) con el riesgo de que se lo reveles a Genex y así destruir no sólo a Jedd y Jedd, sino además toda posibilidad en cincuenta años de obtener el monopolio. No, no te contaré nada.
“Ojalá alguien pudiera decírmelo a mí”, pensó.
—Pero viniste a esperarme —reflexionó ella—, y no me has arrojado a los lobos cuando tuviste la ocasión… ¡Claro, ignoras el secreto!
—Al contrario, me estoy divirtiendo. He esperado años para verte a mis pies.
—No escucharé tus tonterías —replicó ella—. Creo que estoy en lo cierto. Y lo único que puedo hacer es ayudarte a pensar. La carta. Tú. Yo. El secreto está aquí, en esta mesa, simplemente con que unamos las piezas.
—Sí, será muy entretenido —asintió Jeremías, con más jovialidad de la que experimentaba—. ¿Por dónde empezamos?
—Por la carta —repuso Phyllis con presteza. Cerró los ojos y movió los labios. Jeremías comprendió que estaba repasando la carta de memoria. Luego abrió los ojos y preguntó—: ¿Quién es Budgie?
—Un compañero de la infancia.
—Mentira. Hemos hecho investigaciones sobre todos vuestros asociados.
Jeremías abrió lentamente la boca. Y entonces pegó una fuerte palmada sobre la mesa, soltando una estrepitosa carcajada.
—¿Quieres decir que los computadores de Genex han estado buscando a todos mis condiscípulos, primos, camareros y novias… para hallar a Budgie?
—Lo hemos intentado todo. Y deja de reírte. ¿Quién es?
Jeremías levantó el índice con irritación.
—Vaya, órdenes ahora. Comportémonos como una dama y un caballero, o te enviaré a las minas de sal.
—Lo siento —se excusó ella. Jeremías apretó los labios—. Lo siento —repitió Phyllis, con más humildad.
—Así está mejor. Bien, no pasará nada grave si te lo digo. Budgie era un periquito que teníamos. Vivió casi veinte años. Le hicimos un buen funeral.
La joven le miró con la incredulidad retratada en sus pupilas.
—Pero, según la carta, Budgie hubiera podido revelarte el secreto. No te creo, Jeremías. ¿Quién es Budgie?
—Te repito que el único Budgie que he conocido fue un periquito. Juraba como un carretero. Era un periquito cebra y le pusimos el nombre de Budgie. Esta clase de periquitos es la más charlatana del mundo.
—¿Cómo? —exclamó la joven irritada—. ¿Una criatura con memoria y sin cerebro es depositaría de la clave? —Jeremías pareció sobresaltarse y Phyllis añadió—: ¿Qué te pasa? ¿Es que poseía un cerebro privilegiado?
Mientras Jeremías buscaba una respuesta, la muchacha se retrepó en su silla, entornando los ojos.
—Casi he acertado, ¿eh? Hablemos claro, Jeremías. Conoces el secreto desde que eras niño, ¿verdad?
—Exacto —murmuró él. ¿Era así? ¿Cómo era posible? Se llevó una mano a la frente. “Memoria sin cerebro. Éste soy yo”, pensó.
Se contemplaron mutuamente.
—Si al menos supiera un poco más de plásticos —suspiró ella—. O sobre tu hermano. Estoy segura que de saber cómo actúa el cerebro de Hal, lo adivinaría todo inmediatamente.
Jeremías la miró con fijeza y comprendió que decía la verdad. La mente del joven era de rápida enciclopédica comprensión, pero la intuición era el punto fuerte de Phyllis. Por su cerebro cruzó un plan… Saltar de la silla y atacar violentamente a uno de los funcionarios de Genex que pacientemente aguardaban a Phyllis; tal vez, acusar a la corporación. Pero rechazó al instante la idea.
Eran demasiado listos. Le dejarían en libertad. Uno de sus técnicos en plásticos se ocuparía de Phyllis hasta que alguna observación de la muchacha tuviese sentido para él. ¿Y luego qué? Podría imaginar el sistema a tiempo, o no. Y si no lo conseguía estaba hundido. En cuyo caso, Genex conseguiría siempre el contrato.
—¡Hal! —el nombre se deslizó de entre sus labios, tan hondo era el deseo de ver a su hermano. Con una sola palabra éste habría podido darle la clave, si es que existía.
—Yo también —murmuró Phyllis—. Si pudiese ver a Hal una sola vez, por un minuto… Te aseguro que podría… —de pronto cogió su bolso para mostrar una serie de artículos femeninos—. ¿Dónde está…? Oh, sí aquí —tomó una pieza rectangular de plástico. Era azul, lisa y pesada.
—¿Qué es?
—Un lápiz de labios. Un encendedor. Una linterna. Cualquiera de estas cosas. Pero Hal me lo entregó. Y soy lo bastante mística como para creer que me ayudará a pensar. Hal lo tuvo entre sus manos. ¿No sabes que todas las mujeres (incluso las de hoy), somos brujas?
Cerró los ojos, con el plástico entre las manos, en profunda concentración.
Al observarla, Jeremías frunció el entrecejo, y reflexionó como no había hecho en toda su vida. Algo con memoria y sin cerebro. Algo… Una línea de la carta flotó entonces ante sus ojos.
“Me gustaría que fueses a recibirla, porque tiene lo que necesitas.”
—Dame esto —ordenó con fiereza, arrancándole el objeto de la mano. Instintivamente, la joven trató de recuperarlo, pero Jeremías la golpeó con dureza.
Phyllis se hundió en la silla, dilatadas las aletas de la nariz, frotándose la mano y mirándole como una gata furiosa.
Jeremías examinó el objeto, comprobando su tacto y su olor. Lo abrió para sacar los polvos faciales y luego el espejito. No había nada desusado en aquella especie de polvera. Un poco cara, tal vez, pero igual que tantas. No llevaba marca de fábrica.
—¿De dónde sacó Hal esto?
—No me lo dijo. Tal vez lo comprara. Quizá lo fabricó. Posee un laboratorio. ¡Devuélvemelo!
—No —y Jeremías volvió a estudiarlo.
—Jeremías… —rogó ella con mimo.
El joven la miró. Volvía a ser la Phyllis de siempre. Estaba muy erguida y hermosa y otra vez había color en las mejillas. Jeremías la admiró profundamente. Phyllis alargó la mano.
—Dámelo.
—No.
La joven lanzó una ojeada a su alrededor.
—Es una prueba. He sido robada. Oficial, me han arrebatado un objeto de mi pertenencia —fingió que se dirigía a un funcionario público—. Estábamos ahí los dos, sentados y bebiendo amigablemente, cuando él me atacó y empezó a violentarme —su rostro volvió a mostrarse frío—. ¿Quieres contarle exactamente al policía, querido, por qué quieres quedarte con este objeto?
—No, mientras Genex y la policía estén de acuerdo —gruñó él—. Está bien, llegaremos a un compromiso. Tú ignoras el significado de este objeto. Podrías equivocarte. Si la sección de plásticos de Genex no consiguiese descubrir nada acerca de él, tu suerte habría terminado.
—Oh… —exclamó Phyllis. Volvió a mirar a su alrededor, observó a los guardianes de Genex y se estremeció—. ¿Cuál es tu proposición?
—He de averiguar algo más. Pero no estoy seguro de qué se trata. Meditemos con serenidad. ¿Recuerdas exactamente qué te dijo Hal con relación a esto?
—No dijo gran cosa. Sólo alguna frase filosófica sobre las mujeres, sobre mí y los plásticos. No lo recuerdo con exactitud.
—Inténtalo.
—Fue… algo así —Phyllis hizo una pausa, y Jeremías comprendió que estaba buceando en su memoria, buscando un oculto significado en aquellas frases. Por fin se encogió de hombros y murmuró—: “Me gusta regalarte este plástico, Phyl. Los plásticos constituyen un planteamiento análogo a las mujeres, a veces guardan una notable similitud. Algún día obtendremos un plástico que reaccionará de manera diferente bajo un mismo estímulo, como haces tú. Una vez reirá, otra llorará, y siempre hará lo inesperado”. No creo que sean unas palabras excesivamente halagadoras.
Jeremías la miraba con mente excitada.
—Dame la polvera —le ordenó con decisión—. La llevaré a un laboratorio.
—No —repuso ella con firmeza. Y se la cogió de nuevo—. Sinceramente, no sé qué piensas. Pero lo sabré con el tiempo. Y en caso contrario, conozco a quienes podrán descubrirlo. Bien —añadió arqueando el cuerpo—, será mejor que me vaya, querido. Y muchas gracias por tu compañía.
La mano que se cerró sobre su muñeca parecía de acero.
—No te muevas —le ordenó Jeremías. Su tono la inmovilizó—. No puedes correr este riesgo. No sabes lo suficiente. Si te llevas esto, jamás llegaré a saber la verdad, y significará para ambos la sentencia de muerte. Haremos un trato. Una vez más. Voy a efectuar una prueba con este plástico. Puedo hacerla aquí mismo. Tú podrás asistir. Suceda lo que suceda, tu descripción será suficiente para un ingeniero. Esto nos concederá un respiro a ambos. Si realmente existe un secreto, tendrás también la oportunidad de averiguarlo.
Transcurrió un largo lapso de tiempo antes de que ella asintiese con el gesto.
Cuando lo hizo, Jeremías cogió el plástico y con su cuchillo rascó la superficie y dejó caer el polvillo dentro de un cenicero. Luego cogió unas pinzas del calentador y tocó el polvo. Acto seguido, colocó su cigarrillo entre las pinzas, aplicándolo al polvillo. Finalmente, cogió el cenicero y lo sostuvo sobre la llama de su encendedor. Quemó parte de las raspaduras. Olió el humo, asintió, y ajustó la temperatura del calentador.
—¡No! —gritó ella—. ¡Lo estás quemando! Has descubierto el secreto y ahora destruyes la prueba para que yo no pueda averiguar nada.
Alargó sus manos hacia el cajón, pero Jeremías la asió por las muñecas con una sola mano y meneó negativamente la cabeza.
—No te muevas.
El calentador emitió un silbido y se abrió la tapa. Chocaron las cabezas de ambos al inclinarse ansiosamente para escrutar el interior. Pero ninguno de ellos hizo caso del dolor.
En el fondo del compartimento había una retorcida pieza de plástico azul. Era muy lisa y formaba una serie de circunvoluciones. Comprendieron al instante de qué se trataba.
Una frase.
En realidad, sólo dos palabras.
YO RECUERDO
—Claro —susurró Phyllis—. ¡Qué estúpida soy! Hasta yo conocía este fenómeno. Recuerdo una demostración en la universidad donde comprimía un hexaedro para darle la forma de un carrete. Al calentar de nuevo se formaba el hexaedro original. Un poco húmedo, pero un hexaedro. Con algunos perfeccionamientos, las tuberías pueden ser comprimidas en palitos, ladrillos, o algo similar, y volver a su forma inicial al ser calentadas. Un sistema mucho mejor que la fundición o la conversión en láminas. Jeremías, amigo mío, puedes quedarte con la polvera y con mis mejores saludos. Cuélgalo o ponlo en un marco en tu laboratorio, cuando empieces a trabajar para Genex…, como tendrás que hacer si no quieres morirte de hambre. “Yo recuerdo.” Me gusta.
—Lo que no recuerdas es que necesitas ayuda, Phyllis —se burló Jeremías, añadiendo—. Mi ayuda.
—Los plásticos y las mujeres, ¿te acuerdas? —se levantó como una reina, recogió todas sus pertenencias, dirigiéndose hacia la puerta con una imperiosa seña a sus guardianes. Ignorando por completo a Jeremías Jedd, los otros la siguieron.
El joven volvió de pronto en sí con un gruñido inarticulado, animal, y corrió a la puerta. El hombrecillo de las sienes grises se detuvo frente a él.
—¿Quiere algo, amigo?
Jeremías levantó la mano para apartar al entrometido, pero su mirada se fijó en lo que el otro tenía en la mano. Era una cajita rectangular, de piel, con una aguja. Jeremías ya la conocía. Un contacto con la caja, una presión de la aguja… Y la variedad de productos inyectables producía escalofríos.
Se contemplaron fríamente durante un largo instante. Después, alguien pasó junto a ellos.
Un policía del aeropuerto.
—¡Guardia! —gritó Jeremías, retrocediendo—. ¡Este tipo me está amenazando con una aguja!
El policía, que mostraba una notable nuez en la garganta, los miró y se acercó al individuo de los cabellos grises.
—Deme esto, amigo.
El hombre sonrió, levantó la caja, y al abrirla, extrajo de ella un cigarrillo.
—Una broma, guardia. Completamente inofensiva.
—¡Ja, ja! —el guardia rió con frialdad, luego compuso el semblante y se encaró con Jeremías, con las cejas enarcadas—. Hay que estar seguro de lo que se dice, amigo —dicho lo cual se marchó.
El hombre de los cabellos grises le sopló el humo de su cigarrillo a Jeremías.
—Será mejor que se tranquilice —luego añadió—: Nos gusta bromear, pero no siempre. ¡Quieto! —exclamó, mirando al consternado Jeremías—. Puede hacerme detener, si gusta, pero miles como yo seguirán pegados a su sombra. Ahora será mejor que vuelva a su mesa y se tome otro trago.
Y antes de que Jeremías pudiera mover un dedo, el individuo se hallaba ya en el corredor.
Frustrado, furioso, aturdido, Jeremías permaneció donde estaba; luego, al cabo de unos momentos, regresó a su mesa. Tras darle un puntapié, se dejó caer por fin en la silla.
Volvió a mirar el interior del calentador, donde las letras de plástico parecían mirarle plácidamente.
YO RECUERDO
Y entonces reflexionó sobre las palabras que Hal había dirigido a Phyllis.
Las pujas de la subasta se efectuaban en una sesión pública, que tenía lugar en el vasto salón de la Asamblea para la Prioridad de Suministros Espaciales. El comisario espacial, un viejo con blancas melenas leoninas y ojos de recién nacido, se apoyaba en la mesa con una varita en la mano. Le protegían los protocoloides sin rasgos de su bien provisto despacho.
Frente a él la sala se dividía en tres grupos, cada uno de los cuales inspeccionaba una serie de aparatos. Detrás seguían las filas de asientos para el público, que ocupaba una tercera parte de las butacas. Se procedía en aquel instante a la segunda demostración. El primer demostrador y sus ayudantes se hallaban ya desmantelando su maquinaria, que había transformado una bala larga y compacta de plástico en varios centenares de metros de tubería de veinticinco milímetros.
El público había contemplado aquella maniobra impresionante, sabedores o no de que Winfield y Shack, responsables del proceso, constituían en realidad una empresa filial de Genex, cuya participación en la subasta no tenía otro objeto que producir una ilusión de competencia.
La Junta de Genex había elegido con astucia un aceptable sistema, a cargo de un demostrador atractivo y eficaz. Se trataba de una joven esbelta, bella, de ojos claros, voz cristalina, y cabellos verdes. En aquel momento decía:
—…Sin despreciar las otras solicitudes de patente presentadas, Genex ofrecerá esta tubería a precio más bajo por unidad fletada que cualquier otro competidor, gracias a un tratamiento secreto del plástico.
—¡Gracias a los malos tratos infligidos ocultamente a la competencia! —vociferó un individuo de la galería, antiguo propietario de una empresa espacial.
La demostradora se dirigió graciosamente hacia un montón de alargados bastoncitos de plástico, que se apilaban junto a la máquina, y tomó uno.
—Señor comisario, este bastoncito tiene dos metros de longitud y un dieciseisavo de centímetro cuadrado de superficie. Como observará, es extremadamente flexible. Sin embargo, su almacenaje resulta compacto y económico, puesto que no son necesarios los mangos rectangulares. Los fardos de estos bastones seguirán, en caso necesario, las curvas de las cabezas de proyectil, o sea, que utilizarán económicamente cada centímetro cúbico de espacio. Ahora le haré una demostración de cómo se forma la tubería sin uniones con estos bastoncitos.
Se acercó a la máquina, metió un bastón por un orificio, y accionó una palanca.
—Éste es un calentador muy sencillo. En la Tierra y en Marte, particularmente en este último planeta, funcionará por medio de espejos de sol, por lo que no será precisa la corriente local.
Se oyó un murmullo de aprobación.
Un pequeño motor cobró vida, y de la máquina surgió, por el otro extremo, un fragmento de tubería. La joven repitió la operación otras dos veces y luego se inclinó respetuosamente ante el comisario, quien indicó:
—Muchas gracias, señorita Exeter. ¡El siguiente!
—¡El señor Jeremías Jedd, de Jedd y Jedd! —voceó un ujier—. ¡Sistema para el suministro espacial de tuberías!
Jeremías se levantó, efectuó los acostumbrados formulismos de la solicitud, y empezó a explicar:
—Estoy profundamente agradecido a la señorita Exeter por varios motivos. Uno de ellos, por su concisa y adecuada descripción de las ventajas del proceso Genex. Por ello me ha ahorrado gran cantidad de tiempo, ya que mi sistema es sustancialmente el mismo. La única diferencia radica en el tratamiento del plástico antes y después de la elaboración. Debo declarar, además, que el precio de los bastones que presento será exactamente cinco veces mayor que el de los mostrados por la señorita Exeter. Aparentemente me hallo en gran desventaja.
Jeremías hizo una pausa para dar mayor efecto a los murmullos provocados por su audaz declaración. El comisario se aclaró la garganta y levantó un índice sin apartar la mano de su barbilla. Un ujier pegó un golpe de maza con un simple movimiento del brazo.
—Adelante —gruñó el comisario, pero su tono decía: “Si no puede competir con las otras solicitudes, ¿por qué me hace perder mi tiempo, y el de toda esta gente, imbécil?”
Jeremías avanzó hacia su máquina, casi un duplicado de la presentada por Phyllis Exeter, y metió un bastoncito en el orificio. Lo hizo con algún esfuerzo, ya que el bastón parecía pesar bastante.
El resultado fue casi análogo al anterior, con una sola excepción: la tubería tenía una longitud de doce metros, en vez de los dos obtenidos por Phyllis. Se oyó de nuevo un fuerte murmullo en el salón. Jeremías levantó entonces la mano.
—Esta mayor longitud de la tubería es una enorme ventaja sobre los demás métodos, pero no la mayor.
Con toda tranquilidad volvió a accionar una palanca…
¡Y sin haber cargado la máquina, salió otro fragmento de tubería de doce metros de longitud!
Realizó de nuevo la operación con idéntico éxito. Surgieron cada vez fragmentos de tubería del mismo tamaño, hasta reunir seis en el suelo. Humeaban un poco, pero todos los fragmentos eran uniformes y perfectos.
—Señor comisario, solicito que el flete exclusivo de tubería a Marte sea concedido a mi compañía, a) porque su almacenamiento es tan compacto como cualquier otro existente en el mercado, b) porque puede enviar aproximadamente un volumen de tubería nueve veces mayor por unidad cúbica que el más cercano competidor y c) porque puede proporcionar tubería por unidad de longitud a un precio el once por ciento más barato que cualquier otra empresa de la Tierra. Y esto, a pesar del precio aparentemente bajo de la altruista compañía a que pertenece la señorita Exeter. Gracias, caballeros.
—¡Un momento, joven! —le detuvo el comisario—. Ha efectuado usted una demostración muy notable. Pero estoy oyendo comentarios poco halagadores, que afirman oculta usted fragmentos de tubería dentro de la máquina. ¿Puede dar una explicación a los profanos en la materia sobre este resultado extraordinario?
Jeremías sonrió, mirando la máquina que tenía delante.
—Desde luego, señor. Mi compañía, como todos recordarán, se aseguró un contrato durante la última sesión gracias al ingenioso procedimiento de alojar las tuberías de diámetro más pequeño dentro de las mayores…, método no patentable, y que nuestros competidores tardaron más en descubrir, pero que no dudaron en copiar inmediatamente.
”En el presente caso, temo que hayan incurrido en la misma falta de (por así decirlo) lógica y comprensión. Nuestra tubería sigue presentándose en fragmentos alojados unos dentro de otros; seis ocupan el espacio de uno, y el conjunto se halla comprimido en estos bastoncitos.
—¿Se refiere usted a tubería del mismo diámetro? —exclamó el comisario con incredulidad.
La mente de Jeremías se echó a reír, al tiempo que sus relucientes pupilas despedían chispas de cólera.
—En efecto, pero es una simple cuestión de densidad. La tubería interior es un plástico condensado, un sistema patentado, claro está. Mientras tiene lugar el proceso, tan magistralmente descrito por la señorita Exeter, dicho plástico recobra su densidad primitiva, así como su forma original. La tubería interior queda entonces más condensada todavía que la que la circunda, y así hasta que las seis se ven alojadas una dentro de la otra. Se comprime después el conjunto, se moldea en bastoncitos de las dimensiones adecuadas, justamente las mismas que preconiza Genex.
”Al aplicar calor, la tubería exterior recobra su forma y es desalojada automáticamente de la máquina. Como es lógico, ha precalentado ya la siguiente tubería, que, a su vez, precalienta a la que le sigue. La consecuencia es que el proceso de calentamiento de cada unidad resulta menos largo que el de mis competidores. Ésta no es más que una ventaja mínima, sin embargo, dentro del proceso.
—Tengo que felicitarle calurosamente, señor Jedd. Y ahora, a título de curiosidad personal, ¿puedo preguntarle cómo descubrió tan ingenioso sistema?
—Por supuesto, señor comisario. El procedimiento fue descubierto por mi hermano en Marte. Y tuvo la cortesía de enviarme, a través de una persona, una muestra. Ésta se presentaba en forma de polvera, una polvera de señora. Al aplicarle calor, se convirtió en una tira de plástico, donde apareció una frase grabada: “Yo recuerdo”.
Jeremías sonrió ampliamente.
—No comprendí que se podía obtener algo más de la muestra hasta más tarde. Guiado por una intuición al recordar unas frases relativas a las mujeres y los plásticos, volví a someter el plástico a tratamiento. Entonces obtuve nuevas frases. Y leí: “Densidad dos”. Comprendí que me hallaba en el buen camino. Proseguí el tratamiento y leí: “Densidad tres”… —sonrió de nuevo—, continué y obtuve una determinada longitud de tubería. Después fue sencillo analizar el plástico y averiguar el tratamiento de condensación… Perdón, creo que alguien debiera ofrecerle un vaso de agua a la señorita Exeter.
Se encontraron aquella tarde, tal vez por casualidad. Phyllis se hallaba a la sombra del edificio donde vivía Jeremías, cuando éste llegó de su laboratorio.
—¿Jeremías?
—Oh, Phyllis…, lo siento.
—¿Sentirlo? Esto se dice cuando alguien hace algo malo. No es éste tu caso. ¿No será que sientes… compasión?
El joven no lo negó.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito un empleo.
La tomó de la mano para llevarla a un espacio iluminado por la luna. No la soltó.
—No puedo darte ningún empleo, Phyl.
—Sí, lo sé, lo sé. Jamás he sido… de confianza. Oh, Jeremías, ni siquiera he sido fiel a mí misma.
—No lo entiendo. Tú siempre…
—Siempre que podía actuar por mi cuenta, y no es así, Jeremías.
—Oh… —exclamó el joven; le acarició la mano—. Tienes una piel muy suave. Tal vez sea esto parte de tu problema, Phyl.
—Sé a qué te refieres. Pero hay empleos para mí…
—No serían adecuados para tu ingenio ni tu astucia.
—Entiendo. Creo que conseguiré uno, Jeremías.
—Lo sé. Adiós, Phyllis.
—Adiós, Jeremías.
Hay un trabajo que varios siglos de progreso humano no han inventado. Nadie ha descubierto aún una ventana que se limpie por sí sola. Cuando uno de los monumentos de la humanidad se eleve a miles de metros en la atmósfera y sus ventanas tengan que limpiarse, esta ocupación deberá realizarla un tipo muy especial. Tendrá que ser fuerte, seguro y valeroso. Deberá vivir, lejos de su trabajo, de una forma que no le reporte ninguna desventaja, ni coarte sus buenas cualidades.
Jeremías se alegró cuando se enteró de que Phyllis estaba realizando tal tarea. Entonces supo lo que siempre había sospechado: que ella, algún día, llegaría “allí”, a lo más alto.
Lo sabía en lo más hondo de su corazón.