País Relato - Autores

theodore sturgeon

butilo y el respirador

Aún me sentía triste por haber provocado que el Habitante del Éter desapareciera del alcance de los hombres, cuando tuve la feliz idea de hacer que regresase. Tendría que haberla dejado en forma de idea. No tendría que haber ido a ver a Berbelot. Tendría que haberme quedado en la cama. Pero tengo cerebro, no sentido. Y fui a ver a Berbelot.
No se alegró de verme, cosa que me hizo saber a través del televisor de su recibidor. Todo un invento, ese recibidor. Sabía que era un ascensor, que llevaba a los invitados a sus habitaciones en la gran mansión, la «Casa construida por el Perfume». Hasta ahora, no supe que era también un mecanismo altamente eficiente. En cuanto pasé la mano sobre la placa sensible que servía de timbre, su cara apareció en la pantalla.
—¡Ah! ¡Hamilton! —dijo.
Lo siguiente que recuerdo es que las paredes del recibidor dieron la vuelta. Me quedé cabeza abajo, me sacudieron dos veces y luego aterricé fuera de la casa. Creo que diseñó el aparato sólo para mí. Era un hombre simpático, pero sí que le duraban los enfados. Este último había durado un año entero. Y sólo porque no había tenido tacto con el Habitante.
Me levanté, me sacudí el polvo y juré que nunca volvería a molestar a aquel viejo cascarrabias. Y entonces busqué una tienda y le llamé por teléfono. Así fue. Berbelot era un tipo peculiar. El respeto que sentía por él era más fuerte que la furia. Era el único hombre que he conocido capaz de hacerme lamentar algo.
Entré en la cabina del videófono y marqué mi identificador en el panel, que registró la llamada para que pudiera pagarla. Entonces marqué el número de Berbelot. Se puso su criado.
—Quiero hablar con el señor Berbelot, Cogan.
—El señor Berbelot ha salido, señor Hamilton.
—¡Vaya! —exclamé—. ¡Entonces, ha sido usted el que me ha soltado ese espantavendedores de la puerta! ¡Voy a partirle la cara, idiota subatómico!
—Oh… no fui yo, señor Hamilton, de verdad. Yo…
—Si no fue usted, entonces fue Berbelot. Y si lo hizo, es que está en casa. Además, le vi en la pantalla. Ya basta de cháchara, cara de perro. Dígale que quiero hablar con él.
—Pe-pero si no quiere hablar con usted, señor Hamilton. Me dio órdenes estrictas hace un año.
—Dígale que he ideado un sistema para volver a entrar en contacto con el Habitante del Éter. Vamos. No le despedirá, pedazo de melón. Le besará en las mejillas. ¡Rápido!
La pantalla se quedó vacía y oí la voz de Berbelot:
—¡Creí que te había dicho…!
Y a continuación la humilde voz de Cogan.
—¿Qué? —estalló el viejo, y a continuación otra serie de murmullos que fueron interrumpidos cuando Berbelot se colocó delante del transmisor.
—¡Hamilton! —dijo enfadado—. Si esto es una broma…, si piensa que puede burlarse de mí con…, si se atreve a jugar conmigo…, si…
—Si me da una oportunidad, Rey de la Peste —dije yo, sabiendo que si lo hacía enfadar de veras me escucharía, pues era del tipo de los que hablan sin parar cuando se irritan—. Tengo una idea que puede hacer que el Habitante vuelva, pero es usted quien tiene que llevarla a la práctica. Usted es quien tiene los aparatos.
—¡Suba! —susurró, con las patas de gallo temblando—. Pero se lo advierto, si esto es un truco, más vale que se vaya despidiendo de su esófago.
—¡Voy para allá! Por cierto, cuando vuelva a entrar en ese recibidor, asegúrese de que pulsa el botón adecuado.
—No se preocupe —gruñó—. Tengo aquí un aparato que es igual de eficiente. Lanza a la gente desde el piso dieciséis. Suba.
La pantalla se oscureció. Suspiré y me puse en camino hacia la «Casa construida por el Perfume».
El ascensor se detuvo tan bruscamente que el estómago me dio un vuelco. Salí de él. Berbelot me esperaba, tan receloso como un inspector de hacienda. Tendí la mano mientras comentaba algo así como lo magnífico que era volver a verle, y él se la quedó mirando. Cuando pensé que iba a dejar pasar el honor de estrecharla, cogió la mía, la retiró con rapidez, la miró y se la limpió cuidadosamente en la chaqueta. Sin que dijera una palabra, sospeché que no se alegraba mucho de verme, que pensaba que era un tipo loco y poco recomendable, y que no se fiaba de mí.
—¿Le he dicho alguna vez que lamento muchísimo lo que sucedió? —dije, con toda la calma que pude.
—Conozco a un tipo que dijo lo mismo después de haber asesinado a alguien. Le ejecutaron de todas formas.
Aquello me pareció muy agradable.
—¿Quiere que le cuente mi idea, sí o no? —Sonreí apretando los dientes—. No he venido para que me insulten.
—Me doy cuenta. Imagino que ya le insultan lo bastante en todos los demás sitios. Bien, ¿cuál es su idea?
Vi que Cogan se asomaba por detrás del hombro del viejo y le arrojé mi sombrero. Ya que Berbelot había olvidado aparentemente su hospitalidad, le ahorré la molestia de invitarme a sentarme y me senté.
—Berbelot —dije cuando tuve entre los dedos uno de sus hermosos cigarros—, se está comportando usted de un modo poco razonable. Pero he despertado su curiosidad, y por lo menos, mientras se sienta de esa manera, tendrá que ser sociable. Siéntese. Voy a ser socrático. Puede que tarde un poco.
—Sufro —dijo él, y se sentó—. Sufro demasiado. —Hizo una pausa y luego añadió, pensativo—: Nunca pensé que me podría entretener tanto con alguien que me aburriera. Adelante, Hamilton.
Cerré los ojos y conté hasta diez. Berbelot podía ser más insultante que ninguna otra persona que conozco.
—Primera cuestión —dije—. ¿Cuál es la naturaleza de la criatura que bautizó usted como Habitante del Éter?
—Bueno, es… aparentemente una combinación de esencias etéreas que viven en nosotros y a nuestro alrededor. Es como si el aire de esta habitación fuera un animal pensante. ¿Qué quiere…?
—Las preguntas las hago yo. Ahora bien, ¿cree usted que es inteligente?
—Por supuesto. Su inteligencia es peculiar, desde luego. Parece estar motivada por un deseo infantil de divertirse… principalmente a expensas de los pobres seres humanos.
—Pero sus acciones eran razonables, ¿no?
—Sí, aunque exageradas. Llegó a nosotros a través de la televisión en color; ése fue su único medio de expresión. Y desató un infierno con los programas… Parece un bromista cósmico, bastante desinhibido, a quien tanto le da las consecuencias que sus acciones puedan acarrearle. Y fue entonces cuando usted, cabeza de chorlito, le dijo que había herido los sentimientos de alguien y que debería desaparecer, y el Habitante se disculpó y no hemos vuelto a saber nada de él. Otra vez una reacción exagerada. Pero ¿qué tiene eso que ver con…?
—Todo. Mire: se le hizo reír fácilmente. Se le hizo sentir vergüenza fácilmente. Lloró fácilmente. Si de verdad quiere usted volver a entrar en contacto con él, tiene que partir de este punto.
Berbelot pulsó un botón oculto y las luces tomaron un tinte verdoso. Decía que se piensa mejor con luz verde.
—Admito que esa idea concreta me ha pasado por alto —asintió—, puesto que no tengo una mente que se ponga a divagar y llegue a oscuridades ilógicas. Pero debo hacerle justicia (y no es que merezca usted nada que se parezca a un cumplido), creo que tiene algo. Sin embargo, supongo que ha llegado hasta ahí. He pasado horas pensando en ese problema. He llamado a esa criatura días y días por medio de una onda policroma direccional. Le he pedido disculpas y le he suplicado, le he contado chistes y prácticamente le he pedido que saque sus pies invisibles por la pantalla del televisor para poder besárselos. Y no he oído ni un suspiro. No, Hamilton, ese Habitante del Éter está enfadado, molesto y no está en casa. Y todo por su culpa.
—Una vez —dije soñadoramente—, conocí a una mujer cuyo marido se había marchado de casa. Ella sabía dónde estaba y le enviaba un mensaje tras otro. Pedía y suplicaba y lloraba por los videófonos. No consiguió nada. Entonces tuvo una idea. Le envió una carta telefacsímil, escrita con su propia emisora. Describía con todo lujo de detalles las diecinueve clases de sanguijuela que pensaba que era él.
—No sé qué tiene todo esto que ver con el Habitante —dijo Berbelot—, pero ¿qué sucedió?
—Pues que él se enfadó. ¡Se enfadó tanto que dejó todo lo que estaba haciendo y regresó a casa corriendo para darle una paliza a su mujer!
—Ah —dijo Berbelot—. Y como el Habitante se ríe con facilidad, piensa usted que…
—Sería fácil hacer que se enfadara, si encontráramos la forma de hacerlo.
Berbelot se frotó las manos y sonrió.
—Es usted un loco temperamental, Hamilton, y estoy convencido de que su ingenio es un feliz accidente que tiene poco que ver con su mente hipotética. Pero debo felicitarle por la idea. En otras palabras, cree usted que si conseguimos hacer que el Habitante se enfade lo suficiente, intentará desquitarse y entrará en contacto con nosotros de una forma o de otra. ¡Qué me zurzan!
—Pensé que le gustaría.
—Bien, vamos. ¿A qué estamos esperando? ¡Bajemos al laboratorio! —Se detuvo repentinamente—. Esto… Hamilton… esa historia suya. ¿Le pegó ese hombre a su mujer cuando llegó a casa?
—No lo sé —dije inocentemente—. Me acabo de inventar la historia para ilustrar mi idea. Podría ser.
—Hum… Si el Habitante decidiera… quiero decir, es una criatura grande, ya sabe, y no sabemos…
—Oh, no importa —me reí—. ¡El Habitante no puede atravesar la pantalla del televisor!
Lo que demuestra lo poco que sabía sobre el Habitante del Éter.
Me maravillé ante el museo-laboratorio de Berbelot. ¿Sabían que antiguamente, hace más de doscientos años, usaban unos aparatos eléctricos, con una pantalla de cristal construida al final de un gran tubo catódico? Imaginen. ¡Y aun antes, utilizaban un disco con agujeros en espiral, y un mecanismo registrador! Sin embargo, tenían los principios de la modulación de frecuencias. Pero sus aparatos eran tan rudos, por increíble que parezca, que las perturbaciones atmosféricas interferían en la recepción. Berbelot tenía copias de todos esos intentos risibles de aparatos emisores y receptores.
—De acuerdo, de acuerdo —refunfuñó ante uno de los primeros transmisores policromos—. Ya ha estado usted aquí antes. Venga aquí y écheme una mano. Tiene la boca abierta como un castor.
Me acerqué y seguí sus instrucciones mientras él sacaba y preparaba una espiral compuesta por dos finos cables.
—Dios santo —me maravillé—, ¿cómo llegó usted a aprender tanto sobre la televisión, Berbelot? Imagino que tiene que haber dedicado buena parte del tiempo libre que le ha permitido su negocio millonario para organizar todo esto.
Él se echó a reír.
—Hamilton, la televisión y la perfumería son similares. Ya sabe que no hay mujer tan hermosa como las que ve cada día en las emisiones de noticias. Durante los últimos ochenta años, desde que se inventó el selector de sombras Duval, la televisión ha dado un aspecto perfecto a todas las señoras que aparecen en las ondas, y hombros cuadrados a todos los hombres. Todo es muy falso, pero resulta agradable de mirar. La perfumería es igual. Mi interés en deslumbrar estéticamente a las masas me llevó a ambas ciencias.
—Muy ingenioso, pero no va a ayudarle a hacer enfadar al Habitante.
—Mi querido muchacho, no sea obtuso. Oh, reduzca un poco el nivel de nitrógeno… eso es. —Localizó y desenrolló habilidosamente siete alambres en el generador de ondas del videocircuito. Continuó hablando mientras llevaba los alambres a una caja de control con cinco botones y un reóstato—. Verá, hay que tratar al Habitante con cuidado. Nos conoce y sabe cómo funcionan nuestras mentes, o de otro modo no habría pensado nunca en hacer que nuestro Secretario de Estado contara chistes verdes la primera vez que se utilizó oficialmente la televisión en color. Ahora bien, es usted notorio por su espontaneidad. ¿Qué haría usted para enfadar a ese viento etéreo?
—Bueno… le diría que era un sucio tal-y-cual. Le insultaría. Le diría que es un gallina y que se atreviera a pelear. Le…
—Eso es lo que pensaba —dijo Berbelot agriamente—. Le insultaría en nuestra lengua, olvidando que no tiene orgullo para ser herido ni, por lo que sabemos, colegas, grupos, enamoradas o amigos con los que cotillear. No, Hamilton, no podemos insultarle. Él nos puede insultar a nosotros porque sabe lo que somos y cómo pensamos, pero nosotros no sabemos nada de él.
—¿Cómo, si no se puede hacer enfadar a un tipo, si no puede ridiculizarlo ni censurarlo ante sí mismo o sus amigos?
—Haciéndole algo que no le guste.
—Sí, darle unos azotes. Patear sus vibraciones. Clavar un cuchillo en su personalidad múltiple.
Berbelot se rió.
—Cambiando de tema, ¿ha olido alguna vez mi Vierge Folie?
—¿Un perfume nuevo? Pues no.
Berbelot cruzó la habitación y regresó con un puñado de frasquitos.
—Tenga.
Olí. Era un aroma maravillosamente delicado. Era sutil, suave, y sugería la imagen mental de las vetas del más fino mármol.
—Mmm. Agradable.
—Huela este otro —dijo.
Y así lo hice. Era aún más sutil que el otro. Tuve que esforzarme antes de detectar el suave aroma.
—Se llama Casuiste —dijo Berbelot—. Ahora inténtelo con este otro. Es mucho más sutil, y tendrá que oler a fondo para captarlo.
—Hermoso trabajo —sonreí yo—. Hacer que el pobre macho inocente quede atrapado en los brazos de la víbora antes de caer bajo su hechizo.
Yo había visto algunos de sus anuncios. Él se rió.
—Ésa es la idea. Tenga.
Berbelot me tendió el frasquito y lo aspiré con fuerza, dejando que el aroma llegara hasta mis pulmones. Lo siguiente que recuerdo es que estaba tosiendo, jadeando, jurando y haciendo aspavientos a derecha e izquierda. Pensé que iba a morirme y deseé poder hacerlo. Cuando me sequé las lágrimas de los ojos, no pude ver a Berbelot por ninguna parte. Le busqué por todo el laboratorio y por fin le vi acurrucado tras un enorme transmisor fotoeléctrico. Con un grito, me abalancé sobre él. Se metió prácticamente en la máquina y empezó a apartarla, con la firme convicción de que seguiría rompiendo cosas mucho después de haberle puesto la mano encima. Afortunadamente para él, había cuatro gruesas barras entre nosotros. Se colocó tras ellas, riendo, hasta que me paré impotente.
—¡Salga! —jadeé—. ¡Mono artrítico, salga y le golpearé con tanta fuerza que se ahogará en los lazos de sus zapatos!
—Ésa fue una quintaesencia cuádruple de almizcle —dijo él instructivamente, y sonrió—. Idiota. Más que idiota.
Me agarré a las barras.
—Muy gracioso por su parte. Le voy a meter los brazos por el cuello hasta que digiera sus propias uñas.
—Está enfadado, ¿eh?
—¿Cómo?
—Digo que está enfadado. ¡No le he insultado, ni le he puesto en ridículo, ni nada, y mire lo enfadado que está!
Empecé a ver la luz. Iba a hacer enfadar al Habitante…
—¿De qué habla?
Sacó un pañuelo blanco y lo agitó mientras salía del interior de la vieja máquina.
—De acuerdo —dije yo—. Haya paz, hermano. Pero le sugiero que trate al Habitante mejor de lo que me ha tratado a mí. ¿Cómo demonios espera que un olor así pase por un transmisor policromo?
—No es fácil, pero creo que puede hacerse. ¿Sabe algo de la teoría de la percepción de ondas?
—No mucho. Es algo sobre una serie de disposiciones del espectro de vibraciones de la percepción sensorial, ¿no?
—Hum… sí. Las ondas del pensamiento son de alta frecuencia, y aunque son lanzadas al éter, no tienen carácter electromagnético. Lo mismo sucede con las vibraciones relacionadas. El gusto y el olfato.
Y también el sonido.
—¡Un momento! El sonido es una vibración puramente física, de partículas de aire contra nuestro aparato auditivo.
—Naturalmente… de la fuente del sonido a ese aparato. Pero es trasladado desde el oído interno al centro auditivo del cerebro en una onda del tipo espectral del que le hablo. Lo mismo pasa con la vista y con el tacto.
—Empiezo a ver a dónde quiere llegar. Pero ¿cómo puede contactar con el Habitante con esas ondas?… suponiendo que pueda producirlas y transmitirlas.
—Oh, puedo hacerlo. Es simplemente una cuestión de producir emanaciones de alta frecuencia.
—Parece estar muy seguro de que el Habitante quedará afectado por las mismas ondas que influyen en nuestros sentidos.
—No usaré las mismas ondas. Por eso le cité la teoría espectral. Ahora mire; tomamos las ondas del pensamiento de la psique puramente interna… los mensajes que llevan los impulsos cerebrales a los distintos centros del cerebro. El pensamiento puro, sin acción. Hay una cierta longitud de onda. La llamaremos mil. Ahora, tomemos las frecuencias de olor, tacto y vista. Son setecientas ochenta, ochocientas cincuenta y novecientas sesenta respectivamente. Dígame, ¿cómo contactamos con el Habitante del Éter?
—Por medio de la onda policroma.
—Eso es.
—Y quiere usted decir que la proporción…
Berbelot asintió.
—La proporción entre las ondas de pensamiento del Habitante y sus vibraciones sensoriales debe ser la misma que entre nosotros.
—¿Y por qué?
—Porque sus reacciones mentales son las mismas, como le dije antes, sólo que exageradas. Razona igual que nosotros, más o menos. Su esquema mental se corresponde con el nuestro.
—Magnífico. Todo es tan simple cuando usted lo dice… Entonces, ¿pretende descubrir cuál es la proporción entre lo que es para mí un dolor de garganta, y cuál sería para el Habitante?
—Eso es. Pero no será un dolor de garganta.
—¿Dónde será, entonces?
—Está usted sintonizando una frecuencia equivocada —rió—. Voy a hacerle sufrir de la mejor manera que sé… y recuerde que mi especialidad es la perfumería.
—Ah —respiré.
—Voy a preparar algo realmente especial. ¡Voy a fabricar una peste que va a poner los pelos de punta al Habitante!
—Por el olor de la esencia de huevos podridos con que me ha gaseado, tendrá que serlo.
—Lo será. Vamos a ver… como base usaremos butilo mercaptano. Algo dulce, algo amargo…
—… algo prestado y algo azul.
—Déjese de tonterías románticas. —Estaba muy atareado con su trabajo—. Mezclaré un poco de grasa de cerdo y… ah. Esencia de rosas.
Se estuvo quieto un instante mientras medía cuidadosamente las gotas de líquido que iba introduciendo en un recipiente cerrado. Entonces agitó el frasco y se dirigió a mí.
—Estará listo en un momento. Vamos a preparar el transmisor.
Lo hicimos igual que lo habíamos hecho un año antes. Manipulamos las células transmisoras del aparato y emplazamos un receptor. Enviaría la señal a la casa de campo de Berbelot, a unos mil doscientos kilómetros de distancia, por medio de un rayo direccional, y la señal regresaría por cable. Si el Habitante interfería, aparecería en el receptor. Cuando lo hicimos la vez anterior, tuvimos la extraña experiencia de mantener una conversación con nuestras imágenes en la pantalla.
—Ahora destilaré mi perfume de basura —dijo Berbelot—, y cuando esté listo, usted será mi conejillo de indias.
—Ni se le ocurra, Berbelot —dije yo, retrocediendo.
Él sonrió y se dirigió a su trabajo. Era un hermoso receptáculo de cristal y trabajó enteramente bajo una gran jarra campaniforme al transferirlo del recipiente. Butilo, carne quemada y esencia de rosas. Dios mío.
Estuvo preparado en media hora… un coloide marrón, sólo unas gotas en la retorta.
—Vamos, Hamilton —dijo Berbelot—. Huela un poquito. Quiero darle la exclusiva.
—¡Oh, oh! —repliqué—. Espere un momento.
Llamé por el comunicador y un par de segundos después apareció Cogan, el criado de Berbelot. La cara de Cogan me recordaba siempre, no sé por qué razón, una bandeja llena de platos vaciados.
—¿Ha traído su nariz? —le pregunté acercándole el compuesto químico.
—Sí, señor.
—Bien. —Quité el tapón del frasquito y lo mantuve apartado de mí—. Huela esto.
—Oh, pero si yo… —dijo Cogan, y miró indeciso a Berbelot, quien sonrió.
—Bien… ¡Oh!
Dijo «Bien» con timidez, y «Oh» cuando le agarré por el cuello y le metí la nariz en el líquido humeante.
Cogan se cayó al suelo con tal rapidez que no se movió. Se puso en pie despacio, como si el poder de aquella poderosa peste le estuviera levantando por la mandíbula, su cabeza dio dos vueltas y se dirigió a la puerta. Caminaba de puntillas, con los brazos medio levantados, como un sonámbulo. Chocó contra la puerta, trató de abrirla, dijo «Oh, Dios mío» débilmente y desapareció por el corredor.
—Bueno —dijo orgullosamente Berbelot—. Parece que huele realmente mal.
—Parece como si… —Hice una mueca—. ¡Oh… oh, cielos! —Corrí hacia la retorta y coloqué el tapón—. ¡Santo Dios! ¿Le dimos una dosis concentrada de eso?
—Usted se la dio.
Se había filtrado a la habitación y, de todos los efluvios apestosos, aquél era el peor. Era apio podrido, el peor olor de la naturaleza. Era mantequilla rancia. Era pan de molde. Era ajo de Luxemburgo fermentado. Era podredumbre. Cosas que corren sobre seis patas, aplastadas. Era horrible.
—Berbelot —jadeé—. No querrá matar al Habitante.
—No le matará. Simplemente no le gustará.
—Compruebe. ¡Guau! —Me froté la cara—. ¿Cómo va a hacer que llegue al Habitante del Éter?
—Bueno, usaremos el olfactómetro.
—¿Y eso qué es?
—Un artilugio de la profesión. Lo conseguí hace tres años. Sin él, no habría ganado ni un céntimo en este negocio.
Me llevó hasta una máquina enormemente complicada, toda llena de brillantes relés y puentes electroatómicos.
—¡Santo cielo! —exclamé—. ¿Qué hace eso? ¿Toca música?
—Tal vez se pregunte cómo sé tanto de la teoría de la percepción sensorial a través de las ondas —dijo él—. Mire, ¿ve estos diales? ¿Y este pomo sensibilizado?
—¿Sí?
—El pomo tiene cada uno de sus ciento dos lados tratados con un agente químico distinto, muy sensible. Dejo caer una gota…
—¿Que hace qué?
—Me ha oído. El olor es una emanación de gases de la especie olorosa, que constituye una pérdida de masa de aproximadamente un cincuenta billonésimo al año, más o menos, según la fuerza del olor y la consistencia del cuerpo emanante. Ahora expongo este pomo a nuestro aplasta-Cogan —se acercó a la retorta con el pomo en la mano, arrastrando su cable, y descorrió un poco la tapa—, y el gas toca cada superficie. Cada una de ellas reacciona si puede. Los resultados son recogidos, devueltos al olfactómetro y transformados en números en el gran dial.
—Y eso es…
—La proporción de la que le hablaba antes. Mire, el dial marca setecientos ochenta y seis. Con la frecuencia del pensamiento abstracto colocada arbitrariamente en el mil, tenemos una proporción entre este olor y el pensamiento.
—Tómeselo con calma, Berbelot. Soy escritor.
Él sonrió.
—Eso nos da una ecuación con la que trabajar. Setecientos ochenta y seis es a mil, como equis es a nuestra onda policroma.
—¿No es como mezclar licores? Una parte de los números está en vibraciones de pensamiento, la otra en ondas de radio.
—Las proporciones son así —me recordó—. Puedo tener la tercera parte de las manzanas o de las naranjas que usted tenga, no importa cuántas sean.
—Considero que estoy contra las cuerdas. Por Júpiter, con ese aparato no me extraña que sus perfumes constituyan prácticamente un monopolio. ¿Revelaría algún secreto si me dijera qué es lo que tiene ese Doux Rêves suyo? ¿Cómo demonios se le ocurrió ese olor? Haría que una nonagenaria se pintara los labios y una centenaria se comprara un liguero.
—Claro, se lo diré —rió él—. Doux Rêves marca setecientos setenta y nueve, setecientos ochenta y tres en el dial, y da la casualidad que ése es el olor del filete bien jugoso. Pero nadie lo asocia con el filete cuando lo compra… a trescientos cinco dólares. Sólo huele como algo deseable.
—Berbelot, está usted estafando al público.
—Hum… Por eso pago cincuenta mil millones de impuestos todos los años. Acérquese a ese banco.
—¿Delante del receptor? ¿Qué va a hacer?
—Oh, tengo que estar cerca del transmisor. He de ajustar la onda portadora, que llevará la proporción adecuada a la onda policroma. No conecte el receptor todavía.
Me senté. Aquel hombre sorprendente estaba a punto de hacer algo inaudito. La verdad es que no me sentía cómodo. ¿Cómo podía tener tanta confianza? No sabía más del Habitante que yo. Actuaba como si tuviera un perfecto control de todo, cosa que era cierta, como si no tuviera que preocuparse por recibir una paliza por lo que estaba a punto de hacer. Bien, él creó ese olor, ¿no? Yo no fui. Siempre podría echarle la culpa, aunque yo fuera el instigador. Recuerdo que me pregunté si sería capaz de convencer de aquello al Habitante del Éter, en caso de que se pusiera duro. Oh, bien.
—De acuerdo, Hamilton. ¡Conéctelo!
Así lo hice, y unos segundos más tarde comenzó la transmisión. La pantalla fluctuó y se aclaró y me vi en ella, como si estuviera mirando en un espejo, excepto que mi imagen no estaba invertida.
—Muy bien, Berbelot.
—De acuerdo. ¡Allá va un poco de brisa de Esencia del Diablo, de Berbelot!
Oí el click de un interruptor y luego el leve rumor de un reóstato. Miré mi imagen y mi imagen me devolvió la mirada; Berbelot se acercó y se colocó donde podía verme. Sólo más tarde me di cuenta de que tuvo cuidado de ponerse fuera del alcance del transmisor. La imagen no cambió. Todos y cada uno de los movimientos eran míos, cada tic facial, cada…
—¡Mire! —exclamó Berbelot, y regresó a su consola.
Durante un instante, no divisé nada de particular; pero entonces lo vi también. El aleteo más imperceptible de los agujeros de la nariz. Un leve movimiento de cabeza. Y luego un olisqueo audible a través del altavoz. El movimiento se detuvo igual de rápido.
—Esta vez ha conseguido algo, Berbelot —chillé—, pero parece que se ha marchado. La imagen es normal.
—¡Espléndido! —dijo el viejo. Desconectó el transmisor y la pantalla receptora quedó en blanco—. Ahora escuche. He dejado que lo huela sólo el tiempo aproximado que usted dejó la tapa abierta, hace un rato. ¡Esta vez voy a ofrecerle lo que le dio usted al pobre Cogan!
—¡Dios mío! Y yo, ¿qué se supone que hago?
—¡Siéntese! Si el Habitante empieza a dar patadas, devuélvaselas. No admita que lo hicimos para coaccionarle, o de otra manera desaparecerá.
—Creo que tiene razón. Entonces quiere enfadarlo de veras, ¿no?
—Al menos durante un rato. Entonces desconectaremos y seguiremos trabajando mañana. Después de unas cuantas sesiones le contaremos toda la historia; pensará que tiene gracia. Parece que la razón de su vida es divertirse… si se puede decir que ese ente supercósmico vive. Luego se sentirá halagado. Sabe, Hamilton, si conseguimos que interfiera para nosotros, puede que podamos organizar una compañía publicitaria y hacer que estropee todas las emisiones de la competencia con sus bromas, por ejemplo.
—¡Piensa usted en todo! ¡Vamos, adelante!
La máquina se encendió de nuevo y, tras unos segundos, volví a verme en la pantalla. Me hizo sentir un poco incómodo. Allí estaba yo, mirándome, mirándome, mirándome. Me mareé.
El reóstato chirrió y un auxiliar, en alguna parte del interior del complicado transmisor, zumbó levemente. Durante unos cinco minutos me quemé las pestañas, pero no pude ver el menor atisbo de que mi imagen detectara algo fuera de tono.
—¿Está seguro de que sus aparatos están funcionando correctamente? —le pregunté a Berbelot.
—Absolutamente. ¿Nada aún? Que me zurzan. Espere. Un poco más de jugo aquí, y creo que puedo hacer que el olor adquiera un tono…
—¿Qué pasa aquí? —rugió el altavoz.
Miré. Aún estaba sentado, pero mi imagen se levantaba lentamente. Una cosa extraña: cuando había sido mi imagen auténtica, me mostraba de cintura para arriba. Al levantarse del banco, no tenía piernas. Aparentemente el Habitante sólo podía distorsionar aquellas ondas que habían sido emitidas. Era un espectáculo extraño.
Nunca habría reconocido aquella cara como propia. Estaba retorcida, y furiosa, y era desagradable.
—¿Eres tú el causante de esto, basura? —me preguntó.
—¿Qu-qué?
—No actúe así —susurró Berbelot. Estaba fuera de campo, mirando jubiloso el receptor—. ¡Trátelo mal, Ham!
Inspiré profundamente.
—¿Que si estoy causando qué? ¿Y quién es una basura? —le pregunté desafiante al receptor.
—Ese olor, y lo eres.
—Sí, lo causo yo, ¿y quién eres tú para llamarme basura?
—Bien, córtalo, ¿y a quién me parezco?
—Me gustaría que tuvieran una conversación a un tiempo —dijo Berbelot.
—Métete la lengua en la boca, cinturita de avispa —le dije al Habitante—, o iré y te embadurnaré hasta la sombra con esa substancia.
—Eres un tipo listo, ¿no? ¡Nematodo insignificante!
—¡Regurgitación etérea!
—¡Basura cuadrimensional!
—¡Fantasma informe, cara de nada, cobardica!
Estaba empezando a gustarme todo aquello.
—Escucha, trapo, si no dejas de infectar de olor mi entorno, te haré comer una ventana.
—Inténtalo y te dejaré tan aplastado que dirás que un plano es un hemisferio convexo.
—Si tuvieras lo que hay que tener, vendrías aquí y pelearías conmigo.
—Si no fueras más peligroso que una mosca en un crucero de batalla, vendrías aquí y pelearías.
—Tocado —dijo Berbelot.
—¿Ah, sí? —dijo el Habitante.
—Sí.
—Clisé —dijo Berbelot.
—No me gusta tu cara —dijo el Habitante.
—Pues quítatela.
—No, mientras pueda insultarte haciendo que la mires.
—Es una cara mejor que la que tienes.
—¡Antropófago peludo, picapiedras, aborigen aullador!
Berbelot apagó el transmisor y el receptor. Sólo entonces me di cuenta de que el Habitante me había puesto al rojo vivo. Estaba en el laboratorio, de pie, dispuesto a darle un manotazo al televisor de mil dólares.
—¿Por qué ha hecho eso? —exclamé, volviéndome hacia Berbelot.
—¡Tranquilo, muchacho, tranquilo! —rió él—. En primer lugar, el Habitante ha tenido suficiente. En segundo lugar, estaba citando a Carlyle, un antiguo autor del siglo diecisiete o dieciocho. Se le acabó la originalidad. ¡Lo ha hecho usted bien!
—Gracias —dije, secándome el sudor de la frente—. ¿Cree que se ha enfadado?
—Supongo que bastante. Seguiremos mañana por la mañana. Voy a dejar conectado el olor…, sólo una insinuación, para que no nos olvide.
—¿Cree que volverá a embarullar los programas comerciales?
—No. Sabe de dónde procede el problema. Ahora está demasiado enfadado para pensar en otra cosa que no sea la fuente. Puede que piense en los anuncios más tarde, pero si existe algún riesgo le demostraremos que somos más listos y nos reiremos de él.
—Que me aspen si no me mete usted en las historias más raras —dije, admirado.
Él se echó a reír y me palmeó la espalda.
—Suba ahora y dígale a Cogan que le sirva algo de comer. Yo vendré en seguida. Tengo trabajo que hacer. Va a pasar la noche aquí, muchacho.
Le di las gracias y subí. Tendría que haberme ido a casa.
Estaba agotado, pero antes de irme a la cama tenía cosas que hacer. La comida había sido deliciosa, aunque por la forma en que Cogan actuó sospeché que habría arsénico en el café o que me encontraría con un cuchillo en la espalda. Pero la habitación a la que me condujo era muy hermosa. Berbelot, como era de esperar, era tan bueno en decorar como en todas las otras cosas. La habitación estaba rematada en cromo, gris y negro, y todo se centraba alrededor de un gran espejo que había en un extremo. Construir un dormitorio en torno a un espejo es el mayor cumplido que un anfitrión puede hacer a una habitación de invitados.
El espejo, además, era fascinante. No era exactamente plateado, era de un material gris oscuro, como de acero inoxidable. No puedo decir si era de metal o de vidrio. Daba una imagen magnífica: densa y verdadera, y acentuaba el color natural. Probablemente era algo que el propio Berbelot había inventado.
Caminé ausente de un lado a otro, pensando en Berbelot y en el Habitante. Tenían mucho en común. No podía decir exactamente qué eran, o lo grande y poderosos que pudieran ser. Al pensar en la serie de insultos que el Habitante me había dirigido, me di cuenta de que había hablado claramente en mi lengua. Berbelot lo hacía también. Sin embargo, los dos podrían haberme sobrepasado por completo en una batalla dialéctica.
Vi mi sombra por el rabillo del ojo y por un momento me entretuve haciendo sombras chinescas en la pared, que estaba frente del espejo. Un pájaro, un gato, una cara graciosa… Lo hago desde que era niño. Es algo que me fascina. Deambulé por la habitación haciendo sombras chinescas en la pared y pensando en el Habitante y Berbelot, y luego me encontré mirándome en el espejo.
—¡Hola! —Le dije a mi reflejo.
Me miró plácidamente. No estaba mal con aquel pijama de seda de Berbelot y la expresión arrogante. Eso sí que era un buen espejo. ¿Qué es lo que hacía que uno pareciera diferente? ¿El color? No exactamente. Saqué la lengua y lo mismo hizo mi reflejo. Me llevé la mano a la nariz, hice burlas y me quedé helado. Ahora sabía lo que era.
La imagen… no estaba invertida.
Me quedé allí, con el brazo derecho levantado y el pulgar en la nariz. El brazo derecho del reflejo —el que estaba a mi izquierda, ya que se encontraba frente a mí—, estaba alzado, y tenía el pulgar en la nariz. Me quedé blanco como una sábana.
¿Estaba loco? ¿Tenía resaca mental después de haber visto aquella imagen sin invertir en el televisor de abajo?
—Esto es horrible —dije.
No podía ser un espejo. Ni siquiera Berbelot podía construir uno así. ¿Era un espejo? ¿O una pantalla de televisión? No podía ser. No con la profundidad que tenía. Era casi como si estuviera delante de una cabina de cristal y me mirara dentro. La imagen era tridimensional. De repente, decidí que estaba jugando con mi nariz desde hacía demasiado rato. Aquello, pensé, tenía que ser un truco de aquel endiablado viejo. No me extrañaba que no hubiera querido cenar conmigo. Estaba preparando su aparato mientras yo cenaba. Si era una pantalla de televisión (y yo nunca había oído hablar de nada parecido), entonces aquella imagen no era yo, sino el Habitante del Éter. Escuché con atención, y escuché el zumbido del aparato de transmisión. ¡Vaya broma! Había un aparato oculto en alguna parte de esta habitación enviando mi imagen y recuperándola por cable. Pero aquella pantalla…
Mi reflejo, súbitamente, se abrió de piernas y se llevó las manos a las caderas.
—¿Qué miras? —me preguntó.
—N-nada —dije tan sarcásticamente como pude mientras mis dientes castañeteaban—. El Habitante de nuevo, ¿eh?
—Eso es. Amigo, sí que eres feo.
—¡Ten cuidado con lo que dices! Sabes que puedo desconectarte.
—¡Ja! Ya no tengo por qué temerte más, gracias a un truco que acabas de enseñarme.
—¿Sí? No puedes engañarme, capullo. No eres más que un accidente amoral de los rayos cósmicos.
—Te lo advierto, no te pongas chulo conmigo.
—Haré lo que me dé la gana. No podrías sacar ni un dedo de un tarro de manteca.
Él suspiró.
—De acuerdo. Tú te lo has buscado.
Y entonces tuve que pasar por la peor cosa que ningún mortal de la historia del mundo ha experimentado nunca. Una cosa es discutir contigo mismo en el espejo. Otra, completamente distinta, es que tu reflejo estire una pierna, de una patada al espejo, lo rompa, se dirija hacia ti y te dé un par de golpes en la boca antes de que te tumbe en la alfombra con un gancho terrible. Eso es lo que me pasó. Justo eso, Dios me ayude.
Me quedé tumbado en la alfombra mirándome a mí mismo, que acababa de noquearme, dije «Uau» y me puse a dormir.
No tengo ni idea del tiempo que estuve allí tumbado. Cuando la luz volvió a filtrarse en mi cerebro, Berbelot estaba arrodillado junto a mí y me tomaba el pulso. El hermoso espejo (o lo que fuera), estaba esparcido en unas mil piececitas por el suelo, y físicamente yo estaba por el estilo. Por fin, me di cuenta de que Berbelot estaba diciendo algo.
—¡Hamilton! ¿Qué ha pasado? ¿Se da cuenta de que ha echado a perder un aparato de treinta mil dólares? ¿Qué es lo que le pasa? ¿Está enfermo?
Me di la vuelta y me senté en el suelo, y luego Berbelot me echó una mano hasta que pude incorporarme. Notaba la cabeza como si fuera un globo de fuego y cada vez que mi corazón latía me cegaba.
—¿Por qué ha roto el receptor? —dijo Berbelot enfadado.
—¿Yo? ¿Romperlo yo? No he roto nada. Lo rompió él —dije, atontado—. Estaba de pie ante el espejo cuando me dio una patada y me dejó fuera de combate. —Agité la cabeza y dejé que el dolor sacudiera mi esqueleto—. Uf. Uau. Estaba…
—¡Basta! —exclamó Berbelot.
Me recuperé casi de repente.
—¿Receptor? ¿Qué quiere decir? ¿Qué receptor?
Berbelot daba saltos como un loco.
—El nuevo —gritó, señalando los restos—. ¡Mi primer receptor tridimensional!
—Tri… ¿de qué habla, hombre?
Se calmó de la misma manera que se calmaba cada vez que se le hacía una pregunta sobre la televisión.
—Es una caja de pequeños proyectores. Están… dispuestos dentro de esa pantalla que acaba de romper. Los rayos combinados dan un efecto tridimensional o estereoscópico. Y ahora, va usted y se lo carga —gimió—. ¿Por qué tuvo que nacer? ¿Por qué tengo que sufrir por su causa? ¿Por qué…?
—Espere un segundo, amigo, Yo no me he cargado su preciosa pantalla.
—Acaba de decir que lo hizo.
—Hum. Dios me ayude. Fue el Habitante. Tuve una pequeña discusión con él y le dio una patada a la pantalla, salió y me dio una tunda.
—¿Qué? —Berbelot estaba realmente sorprendido esta vez—. ¡Es usted un maníaco! ¡Fue su propia imagen! ¡Estaba emitiendo y su imagen se reprodujo abajo!
—¡Y usted es un mercachifle apestoso y cabezón! —repliqué—. ¡Supongo que rompí el espejo de una patada, me rompí tres dientes y me dejé más frío que un pastel de carbón, sólo para poder mentirle!
—Esto es lo que pasa cuando uno hace que un cretino mayorcito le ayude en un experimento —murmuró Berbelot—. ¡No intente jugar más con mi paciencia, Hamilton!
—¿Su paciencia? Entonces, ¿qué demonios estaba haciendo ese nuevo aparato en esta habitación?
Él sonrió débilmente.
—Oh… eso. Bueno, quería divertirme un poco a su costa. Después de que se marchara, sintonicé con el Habitante y le dije que esperara. Le puse en contacto con… con el tipo que estaba apestando su mundo.
—¡Viejo carcamal! ¡Divertirse a mi costa! Quería que me pasara la noche discutiendo con esa partícula-gamma desplazada, ¿no? Vaya, debería… ¡Es más, creo que lo voy a hacer!
Y le agarré por el cuello.
—Permítanme —dijo una voz a nuestras espaldas.
Nos cogió a cada uno por un hombro. Nuestras cabezas chocaron violentamente y de pronto nos encontramos a los pies de mi imagen. Berbelot contempló mi antiguo reflejo con horror silencioso.
—¿Dónde estabas? —gruñí.
—En el rincón —dijo, señalando con el pulgar por encima del hombro—. Tengo que decir que son ustedes una pareja extraña.
—Berbelot —dije—, aquí tiene a su Habitante del Éter. Ahora voy a pisarle la cabeza hasta que se coma mis zapatos, por haberme llamado mentiroso.
—¡Bien, que me zurzan! —dijo Berbelot.
—Será mejor que se expliquen a toda prisa —recalcó el Habitante tranquilamente—. O de lo contrario les haré pedazos y les volveré a juntar alternando las piezas.
—Oh, sólo intentábamos volver a ponernos en contacto con usted.
—¿Para qué?
—Nos interesa. Le hablamos hace un año y luego desapareció. Queríamos hablar con usted de nuevo.
A pesar de la furia que sentía hacia Berbelot, encontré algo más por lo que admirarle. Había recordado la infantil particularidad del Habitante y la utilizaba justo en el momento en que había que hacer algo rápidamente.
—¡Pero si me dijeron que dejara de interferir!
¡Presto! La criatura ya estaba dudando, a la defensiva. Su mutabilidad era sorprendente.
—Él se lo dijo —replicó Berbelot, señalándome. Yo carraspeé—. Yo no.
—¿Entonces no hablan ustedes uno en nombre del otro? Nosotros lo hacemos.
—Ustedes, singular y plural, son un ser homogéneo. Toda la humanidad no está bendecida con mi naturaleza particularmente afable.
—¡Viejo narcisista! —repliqué yo, y me abalancé hacia él.
El Habitante, tranquilamente, me dio una patada. Me quejé un poco más.
—¿Quiere decir que usted es mi amigo y él no? —preguntó el Habitante, mirándome fríamente, con la misma frialdad con que uno mira a una cucaracha a la que va a pisar cuando se aparte de la pared.
—Oh, yo no diría tanto —explicó Berbelot amablemente.
Tuve una inspiración que, por lo que sé, me salvó la vida.
—¡Dijiste que aprendiste a salir del aparato de televisión gracias a mi! —estallé.
—Cierto. Supongo que debería estarte agradecido por eso. No te haré pedazos. —Se volvió hacia Berbelot—. Le oí llamar, naturalmente, pero con una vez que se me digan las cosas es suficiente. No comprendí. Cuando digo algo, generalmente lo siento. Los humanos no son comprensibles, pero siguen siendo muy graciosos.
El científico que había en Berbelot apareció.
—¿Qué fue lo que dijo de que Hamilton le había enseñado a salir del televisor?
—Oh, le estuve observando desde la pantalla. Lamento haberla roto. Caminaba por la habitación haciendo imágenes en la pared con las sombras. Eso es lo que estoy haciendo ahora.
—¿Sombras chinescas?
—Desde luego. Soy una criatura que vive en cinco dimensiones y es consciente de cuatro, igual que ustedes viven en cuatro dimensiones y son conscientes de tres. Él hizo sombras tridimensionales que se proyectaron en una superficie bidimensional. Estoy haciendo imágenes cuatridimensionales que están siendo proyectadas en tres dimensiones.
Berbelot frunció el ceño.
—¿Sobre qué superficie?
—Sobre la de su cuarta dimensión, naturalmente.
—Nuestra cuarta… Hum… ¿con qué fuente de luz?
—Una pentadimensional. Igual que su sol, por ejemplo, tiene cuatro.
—¿Cuántas dimensiones hay?
—¿Cuánto se puede sumar? —Guiñó el Habitante.
—¿Podría proyectarme a su mundo?
—No lo sé. Tal vez sí, tal vez no. ¿Va a dejar de emitir ese horrible olor? —preguntó de repente.
—¡Naturalmente! Sólo lo hicimos para que se enfadara y acudiera a hablar con nosotros. No teníamos mala intención.
—¡Oh! —Aplaudió el Habitante, contento—. ¡Una broma! ¡Qué divertido!
—Le dije que se lo tomaría bien —murmuró Berbelot.
—Sí… ¿y si no hubiera sido así? Es usted una rata, Berbelot. Se aseguró de que si alguien tenía que llevarse algún golpe por su olor, ése no fuera usted. Es muy amable. —Se hizo un tenso silencio por unos instantes. Luego sonreí—. Oh, qué diablos, lo consiguió usted, Berbelot. Choque esa mano. Yo habría hecho lo mismo si tuviera su cerebro.
—No es malo del todo, ¿eh? —preguntó sorprendido el Habitante, mirándome.
—Bien, ¿está todo en orden ahora, Habitante? ¿Se da cuenta de que será bienvenido cada vez que quiera?
—Sí… sí, eso creo. Pero no volveré a venir de esta manera. Sólo puedo tomar forma con esa encantadora máquina tridimensional suya, y tengo que romper la pantalla para salir. Lo siento. Hablaré con usted en cualquier otro momento. Mientras, ¿puedo hacer algo por usted?
—¿Y por qué iba a tener que hacerlo? —pregunté sombríamente.
—Oh, ¡piense en lo mucho que nos divertiremos!
—¿Le gustaría de verdad hacer algo por nosotros?
—Oh, sí. Por favor.
—¿Puede dirigir esa interferencia suya en cualquier frecuencia de radio cada vez que quiera?
—Claro.
—Bien, mire. Vamos a fundar una compañía para anunciar ciertos productos. Hay otras compañías en el mismo negocio. ¿Quiere dejar nuestros programas tranquilos y divertirse con nuestros competidores?
—¡Me encantaría!
—¡Eso será magnífico!
—¡Berbelot, somos ricos!
—Usted es rico —me corrigió el viejo alegremente—. ¡Yo lo soy todavía más!