Hay un día en el cual te enamoras. Lo acabas por olvidar. Años y años aguantando sus suspiros. Así era mi mujer. Se pasaba las noches suspirando. Noches enteras de suspiros, de vueltas y vueltas en la cama. La sentía despierta en la cama de al lado, siempre despierta. ¿En qué pensaba? Tal vez no pensaba en nada. Dormía durante el día, ese era el problema. A la menor excusa, se metía en la cama. Siempre le dolía algo. Cuando no era una cosa era otra. Hasta que me abandonó. Entonces empezó mi desfile por los bares, por las casas de los amigos. Me convertí en un solitario, un hombre con el que hay que emborracharse o aburrirse. Al final, me refugié en casa de mis padres. Ni siquiera sabía si estaba sufriendo.
Entonces fue cuando le conocí. En cierto modo, éramos compañeros de infortunio. Su mujer no le había llegado a abandonar, pero daba lo mismo. No le quería. Yo mismo podía verlo. Hacía lo que le daba la gana. Salía de casa sin decir adónde iba ni con quién ni a qué hora iba a volver.
Tenía su propia vida, eso era evidente. Enseguida nos entendimos porque ni él ni yo estábamos amargados. Quiero decir, estábamos verdaderamente desesperados, pero sabíamos que eso no tenía nada que ver con nuestras mujeres. La mía no se la deseo a nadie, no tanto porque tuviera las horas cambiadas sino porque nunca fue capaz de admitirlo. Hubiera podido sacar partido de ese desarreglo. En lugar de ponerse a pensar en algo práctico, como dicen que hacen comúnmente las mujeres, se entregaba a la lamentación. Nunca la vi llorar, pero yo sabía que era desdichada. ¿Hasta cuándo puede soportar una mujer que no le hagan caso? A fin de cuentas, aunque yo sabía que ella suspiraba, mi sueño era siempre profundo. Los hombres somos así, caemos como troncos en el sueño, roncamos, nos movemos en la cama con toda naturalidad, como si siempre hubiéramos estado allí, seguros de nuestra necesidad de reposo. ¡Qué delicadas son las mujeres! ¿Qué problema irresoluble tienen?
Pero de nada de esto hablábamos él y yo. Si nos habían tocado mujeres difíciles, allá cada cual. Uno tiene lo que se merece, y uno siempre busca algo más. Así empezaron nuestras correrías, así volvieron, inesperadamente, los tiempos de la amistad. Nadie nos echaba de menos en nuestras casas —mis padres se dormían sin esperarme, lo que nunca dejaba de extrañarme, porque habían sido unos padres vigilantes y rigurosos, y su mujer, bueno, ella seguramente llegaba a casa más tarde que él— y todas las noches perdíamos la noción del tiempo. ¿Qué contar de mis noches, de la sensación de vacío que se apodera de ti mientras recorres la ciudad al filo de la madrugada, bajo esa luz suave que poco a poco se volverá hiriente sin obedecer otro mandato que la ley natural, esa misma ley que nos obliga a envejecer y a gastarnos? La ciudad empieza a cobrar vida y sus movimientos son lentos, ingrávidos, y se oye un susurro de ruedas deslizándose sobre el asfalto y un ligero olor a gasolina se va extendiendo por el aire, venciendo los aromas de los hornos de pan que poco antes intentaron, con timidez, apoderarse de la calle. Se acabó la noche, se acabó para las siguientes doce horas. Se acabó para siempre. Imposiciones de la ley natural.
¿Adónde vamos nosotros, hombres sin trabajo, desilusionados, a quienes nadie espera, a las siete de la mañana? Él me acompañaba. Me daba un ligero empujón ante el portal de la casa de mis padres, para que yo no tuviera ninguna duda de que ese fuera el portal o de que yo no tuviera otra cosa que hacer que introducirme en él.
Durante toda un larga noche, no me habló, no despegó los labios. ¿Es que uno se fija en esas cosas? Tantas noches habíamos estado callados, cada uno perdido en nuestro mundo. Sus manos temblorosas se llevaban el vaso a la boca, el cigarrillo… Siempre era así. Temblor y silencio. Y pensamientos fijos dentro de nuestras cabezas. Empezaban y terminaban en las mujeres. Solo ellas (no las nuestras, cualquiera de ellas) podían sacarnos momentáneamente de la desesperación. Tenían la clave para salvarnos y para hundirnos. No tenían la clave de nada. Se iban, las dejábamos.
Me dijo junto al semáforo, mientras ningún coche pasaba por delante de nosotros, en la ciudad vacía, iluminada por el alba, debilitado el brillo de las bombillas:
—No tengo miedo, no tengo nada de miedo. Me voy mañana de viaje.
Nunca viajaba, pero en cualquier momento se puede empezar a viajar. A cualquier parte, por cualquier razón, con cualquier persona.
—Que tengas suerte.
Asintió, con su cuerpo tembloroso. Atravesamos la calle. No me empujó para que yo no me equivocara de portal, para que no dudara. Algunas veces no me empujaba, eran sus ojos los que me decían adiós.
Y no lo vi en un par de noches, en tres o cuatro noches. Empezaron aquellas ausencias. Desaparecía cada cierto tiempo. Dejó de decírmelo. Empezaba a ser una costumbre. Solo advertí una cosa: una chispa de inocencia al fondo de sus ojos. Algunas veces. El resto, como siempre. Una chaqueta nueva, pero ¿es que somos tan pobres como para que no podamos comprarnos una chaqueta? Y un pañuelo o una corbata. Pero a eso llegamos, a eso todavía llegamos.
Fuimos al vestíbulo de un hotel, preguntó algo en el mostrador, nos instalamos en el bar. Ya nadie pregunta nada, de forma que lo seguí. Me senté bajo la claraboya. Mi cuerpo se hundió en el terciopelo que tapizaba la butaca, en la alfombra que cubría el suelo. ¿A quién le impresiona el lujo? Te sostiene en el vacío, sobre la catástrofe, te hace flotar.
Ella se acercó hacia nosotros. ¿A quién impresionan las mujeres guapas? Sonreía, movía su cabeza para que el pelo brillara más bajo la luz, movía las manos para que tintinearan las pulseras, movía ligeramente el cuerpo para que su perfume nos envolviese. A él lo besó en los labios, retuvo una de sus manos entre las suyas.
Así que se trataba de una mujer. Una vieja amistad, un viejo amor no cumplido. Al fin, se habían vuelto a encontrar. Los dos lo sabían, los dos lo habían estado esperando. Él no viajaba. Se trasladaba al hotel cuando ella venía a verlo, dos o tres días al mes. No me dijeron nada de eso, pero fue fácil comprenderlo. Quedaron explicadas las ausencias, el brillo inocente de sus ojos y la chaqueta nueva, también la chaqueta nueva.
Él pagó la cena, él pagó las copas. Los acompañé al hotel y regresé andando hacia mi casa. Todavía era de noche, todavía flotaba en el aire el olor de los hornos de pan.
* * *
Hablaba menos, y jamás de ella. Nada cambió y todo cambió. Siguió el humo, la sed y las mujeres. Seguían nuestras vidas deshechas, el deambular sin rumbo, el constante temor. Seguía la desesperación.
Nos encontramos con su mujer en la acera, a unos pasos de su casa. Venía cargada con unas bolsas de plástico. Comida, probablemente.
—¿Me invitáis a una cerveza? —dijo, señalando el bar de la esquina.
Anochecía. Desde el bar iluminado, la calle era una zona oscura por donde transitaba gente desorientada (¿más o menos que nosotros?). Ella se miró en el espejo. Era una mujer atractiva, gastada, de energía incalculable e inservible. Tiranizaba a todos: al camarero, a sus vecinos, a quien osaba mirarla, a quien osaba ignorarla, a quien rozaba la manga de su abrigo, a quien se apartaba de ella. Y a nosotros, ese par de sujetos que rondaban la calle cuando caía la noche, sin una meta, para dilapidar las horas, para no estar encerrados, tal vez solo en busca de una cortina de niebla delante de los ojos.
Encendió un cigarrillo, ella. Yo le acerqué la llama del encendedor. Me miró durante un momento interminable a través del rímel de sus pestañas. Ojos claros, ribeteados de negro. Pupilas que no son pedazos de mar, en las que no te ahogas. Te ahogan. Volvía los ojos hacia el espejo una y otra vez, se llevaba la mano afilada al pelo, abundante, ondulado, oscuro. Hermoso pelo oscuro, su orgullo. En sus manos resaltaba el rojo esmalte de las uñas. Por instantes convertida en mujer fatal, reía y hablaba alto, con las bolsas de plástico a sus pies reposando sobre el serrín, las colillas, las servilletas de papel.
Pedimos otras cervezas.
¿Hacia dónde miraba él? Hacia otra parte, lejos, hacia los hoteles de lujo, las butacas de terciopelo, las gruesas alfombras floreadas, los camareros solícitos que se inclinan sobre la mesa y dejan con cuidado las copas en los posavasos, los platillos con las aceitunas, las patatas fritas, las almendras.
Hay un día en el cual te enamoras. Lejos, lejos, lejos.
Acabamos sentándonos alrededor de una mesa. Patas de hierro. Tabla de formica imitando madera. El chico pasó una bayeta por encima y quedó reluciente. Caímos allí, sobre las sillas incómodas, apoyados nuestros codos junto a las jarras de cerveza, en medio de gritos, de idas y venidas, de un fuerte olor a humo y a fritada. El frío del invierno en la calle. Nosotros a salvo, codeándonos con gente como nosotros, que se resiste a ir a su casa a cenar, que prefiere la televisión allí, un poco por encima de sus cabezas, rumor constante al que de vez en cuando se atiende para dejar caer un insulto. Buenos insultos en alta voz, en tono despectivo. Nada de desgarro, nada de amargura. De una manera o de otra, todavía no nos han humillado. Esperamos aquí, en esta esquina, en este bar, lo que sea.
Ella vuelve a clavarme sus pupilas transparentes, mientras se abre el cuello del abrigo y su mano se interna entre el cuello y el hombro. Manos de mujer, al fin y al cabo, manos libres y autónomas que ella no domina, mi obsesión. Y el rumor del bar se convierte en otra cosa. Me acuerdo de lo que busco cada noche, de la única posibilidad que tengo de salvarme, de la necesidad que tengo de asirme, de encontrar algo que me sujete y me sostenga. Estoy cansado de hundirme, de bajar, de precipitarme hacia abajo. Quiero…
Él se levanta, va al cuarto de baño, vuelve, pero no se sienta. Dice:
—Me voy.
Y hace un ademán con la mano, como para tranquilizarnos, exactamente igual a ese gesto que con cada amanecer me despide en el portal de la casa de mis viejos, cambiados y silenciosos, tolerantes padres que ya no me esperan desvelados, que lo ignoran todo de mi vida, que ya no se lamentan de mi suerte, que han aceptado todo lo que tenían que aceptar. Y no se lo digo, pero estoy a punto de decírselo. Nos ha dejado sencillamente porque no quería estar con nosotros.
—Voy a dejar las bolsas en casa —dice ella—. ¿O prefieres…?
No prefiero. La dejo marchar y la espero. ¿Por qué habría de irme de allí? Vuelve al cabo de un rato, media hora. El bar se ha ido despoblando de gente. Son las once, solo las once. Empieza la noche, veladamente, mientras la gente piensa en dormir, en soñar.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto, mientras observo que se ha cambiado de blusa, que se ha recogido el pelo, que se ha puesto unos pendientes largos y que, en fin, ella se quiere ir de allí.
Él nos ha dejado solos para eso, para que hagamos lo que nos dé la gana. No le importa. Está lejos. Está demasiado desesperado.
Salimos del bar. Ella me coge del brazo. Siento el olor del perfume barato que me envuelve desde la cabeza hasta los pies, todo entero.
—Llévame a cenar a algún sitio bueno. Tengo hambre —dice.
La miro un poco indeciso.
—No te preocupes, tengo dinero —dice.
Las mujeres siempre tienen dinero.
Y durante el resto de la noche no pensé en él. Nadie habló de él, ni de ningún otro amor desgraciado.
* * *
Las bolsas de plástico, llenas de comida, seguían en la cocina a la mañana siguiente. Mientras hacía café, fue sacando las cosas de la bolsa, guardándolas en el armario y en la nevera. No me sentía más deprimido que otras veces. El café siempre sabe a café a esas horas de la mañana. Había ya muchos ruidos en la calle, en las escaleras. Dentro de poco, un mediodía soleado de invierno se llevaría toda la melancolía de las penumbras, de las horas tenues.
Me sonrió rápidamente, con los brazos cruzados sobre la bata y el pelo sobre la frente, dispuesta a volver a caer sobre la cama y dormir, dormir hasta saciarse. La puerta se cerró a mis espaldas, haciendo demasiado ruido, como en todas las despedidas que se repiten, vulgares, superfluas, cuando nada nuevo ha quedado detrás. Bajé las escaleras sin cruzarme con nadie. Sentí un poco de temor mientras bajaba, como si alguien pudiera reconocerme en esa vecindad. ¿Tal vez él? Despedirse de una mujer a la diez de la mañana y dar los buenos días a alguien que te mira con rencor y pesadumbre. ¿Qué te crees que eres, visitador de lechos, furtivo, miserable cazador? Pero no hubo miradas ni saludos.
Pasaron unos días sin verle. Un viaje más largo de lo acostumbrado. ¿Y si un día se fuese para siempre? ¿Y si nos abandonara? ¿Y si ese viaje fuera ya el final?
Pero volvió, más profundamente triste que nunca, más envuelto en humo, más recorrido por temblores. Llevaba puesta su vieja chaqueta.
Y comprendí que ya no iba a viajar más, que los hoteles de lujo se habían acabado, que no volveríamos al bar de enfrente de su casa.
Volvían los tiempos de la amistad. Volvía a hablar, lentamente volvía a hablar. Monólogos enigmáticos y erráticos, un hilo que unía las cosas por los bordes. Nunca se sabía de qué estaba hablando, ese hombre desgraciado. Pero yo estaba acostumbrado a escucharle. Y así supe que cuando la bella mujer de los viajes y los hoteles estaba a punto de cansarse, cuando dejó de sonreír constantemente, cuando dejó de mover la cabeza para que el pelo se agitara y brillara, cuando dejó de mover las manos para que las pulseras dejaran en el aire el sonido del oro, cuando dejó de mover el cuerpo para atraer al hombre inferior que la miraba, desapareció, se esfumó. Volvía a ser el hombre perdido, el hombre que busca ilusiones pasajeras, el de la mirada triste y desengañada con un punto luminoso, diminuto, de algo: ¿inocencia? ¿esperanza? ¿seguridad? ¿valor? O solo un punto, un punto sin significado alguno. Durante aquel tiempo, había hecho el esfuerzo de mostrarse a la altura que le situaba ella. No la amaba porque ya no tenía fuerzas para el amor. Pero reunió los restos de los restos y se dejó envolver, entró en los sueños de ella. Alguna vez uno entra en los sueños de otro, pero no por mucho tiempo; en los sueños de otro no se permanece. Durante unos meses, ella se sintió complacida. Pero tal vez acabó por darse cuenta. Aquello no era amor. Todo había ido demasiado lejos, la vida se había ido estirando y alargando, hasta perder el color y la anchura necesaria. El vacío del alba se apoderó de la habitación del hotel. Todavía queda la noche, oscura y eterna, la misma noche, ancha e infinita, inagotable, sufriente noche. Suspiros y abandonos. ¿Qué buscamos? El recuerdo del amor se desvanece. Y nosotros mismos ya no nos recordamos. No hablemos tanto de nosotros, eso nos pierde.