País Relato - Autores

soledad puértolas

la vida oculta

Jacomo Sandoval se encontraba a la sazón en Nápoles, en casa de su tío el capitán Ricamo, marqués de Villamayor. Se había quedado allí, porque de regreso a Palermo, donde tenía familia, vivienda y oficio importante, se había sentido mal. Ya no era el joven a quien las dolencias corporales le hacen sonreír fanfarronamente. A los treinta y ocho años, se sentía cansado. Había participado en más de treinta batallas y, por lo menos dos de ellas, figurarían para siempre en los anales de la historia. Había dejado, pues, su huella en el siglo. El rey, para saldar la deuda de sus servicios, le había recompensado liberalmente. Bien es cierto que Jacomo se había ganado esa recompensa, no solo en el agitado campo de las batallas, sino en las muchas horas de espera que había tenido que gastar en las antesalas de administradores y virreyes, antes de que se atendieran sus peticiones. Y de eso también estaba cansado. Si algo había conseguido, nadie se lo había dado de balde.
Pero todas las dificultades que habían tenido que ser superadas para lograr su envidiable renta y posición, le dolían ahora, le desvelaban, mientras, postrado en el lecho del cuarto que su tío había dispuesto para él, sufría los intermitentes escalofríos de la fiebre. Y no hallaba ningún consuelo en sus recuerdos. Las guerras se desvanecían en una nube de polvo y el rostro de su dulce esposa no quería acudir a su memoria. Ella sí que había soportado con paciencia sus largas ausencias, sus regresos súbitos, muchas veces malhumorados, y sus también súbitas partidas, quedándose al frente de una casa donde la sucesión de nacimientos no estaba en relación con el incremento de los ingresos. Ella nunca se había quejado. Solo le comunicaba lacónicamente: tal ha nacido, tal tiene ya tantos años, tal superó una enfermedad, tal ha muerto. Ahora Jacomo no veía el rostro de aquella mujer ejemplar. Hacía un esfuerzo por evocar sus rasgos tranquilos y bien proporcionados, y fracasaba. De su esposa solo le venía un murmullo, un confuso recuento de datos que no se entendía bien. A sus hijos tampoco podía recordarles, pero eso no le inquietaba. Todos los niños le parecían iguales. Envueltos en encajes y terciopelos, perfumados, cualquiera sabía cómo eran en realidad. Jacomo Sandoval solo se entendía con los rapaces de las calles, porque él mismo había sido un rapaz antes de ser soldado.
El médico aparecía de tiempo en tiempo tras la cabecera de la cama. Ordenaba que se le diese un brebaje que el pobre Jacomo tragaba a duras penas y, tras lanzarle largas miradas filosóficas, decía que todo marchaba bien. Jacomo perdió la noción del tiempo.
Un mediodía abrió los ojos y vio el cuarto iluminado por la suave luz que se filtraba a través de las cortinas. Supuso que estaba amaneciendo. En la casa reinaba un silencio extraño. Agitó su cuerpo bajo las sábanas y lo reconoció sano. Habían cesado los dolores. No tenía fuerzas suficientes como para incorporarse, de forma que durante un rato solo miró los diferentes objetos, algunos muy valiosos, que poblaban el cuarto. Era evidente que su tío se cuidaba muy bien. Era muy entendido en todo aquello que significaba lujo: vidrios, tapices, joyas. Mientras se decía que era probablemente su buena relación con el obispo lo que le había procurado una posición tan sólida, se dio cuenta de que en el exterior, alguien cantaba. Hermosas canciones las napolitanas. Y hermosas las napolitanas. Una canción se sucedía a otra y se diría que la voz sabía que estaba siendo escuchada. Sonaba cada vez más próxima, y su tono se iba haciendo más íntimo.
Repentinamente, cesó, y un gran vacío tomó posesión de la habitación, antes tan llena. Los objetos preciosos seguían sobre los estantes, los tapices y los cuadros cubrían las paredes, pero en el aire no había nada. Antes de darse cuenta, Jacomo se había levantado, había abierto el balcón y buscaba en el hueco de las ventanas abiertas a la mujer que le había deleitado con su voz. Al fin, la halló. No cantaba ahora, movía los labios susurrando como para sí, y miraba al bastidor mientras sus manos manejaban la aguja. Era una mujer muy hermosa y Jacomo se quedó contemplándola.
Jacomo Sandoval había conocido a muchas mujeres. En la vida de los soldados las mujeres son casi imprescindibles. A las mujeres se acude siempre, se ganen o se pierdan las batallas. Mujeres para celebrar la victoria y mujeres en cuyo regazo lamentarse del fracaso. Un soldado sin una mujer es un extraño soldado, está mal visto. Jacomo podía considerarse un hombre afortunado, pues nunca había tenido que suspirar por una mujer. Estaba seguro de que la dama del bastidor levantaría, al fin, sus ojos hacia él, y esperaba ese momento apoyado en la balaustrada, mientras el sol caía sobre su cabeza. La dama levantó los ojos. Era muy joven. Su mirada era de esas miradas demasiado inocentes, demasiado abiertas, que causan gran confusión. Fue seguida de un gesto con la mano. Luego, la dama desapareció. Al cabo de un rato, Jacomo escuchó unos golpes en su puerta y como estaba seguro de ver aparecer a la muchacha tras ella, se quedó paralizado ante la vista de un joven extraordinariamente hermoso, cuyos ojos brillaban con la misma inocencia que los que acababan de mirarle. El joven sonreía. No había duda de que se trataba de un recadero y seguramente de eso estaba hablando, aunque Jacomo no podía escucharle. Fuera porque el sol le había afectado más de la cuenta, o porque la enfermedad le había dejado enormemente débil, o porque los ojos del muchacho eran de un azul en verdad deslumbrante, el caso es que Jacomo hubo de echarse sobre el lecho, víctima de algo que no había experimentado jamás: la atracción hacia otro hombre.
—¿Os encontráis bien? —preguntó el muchacho cuando, una vez finalizado su discurso, no obtuvo respuesta.
—Aproxímate —pidió Jacomo, a quien el sol, la enfermedad y la belleza daban nueva audacia.
—¿Cómo has encontrado mi casa? —preguntó luego, por empezar a hablar.
El joven dio una larga y exhaustiva explicación. Al parecer, había sido una buena pregunta. Describió la parte de Nápoles donde se encontraban, habló de la influencia del marqués en el gobierno de la dudad e incluso parecía estar enterado de la larga y extraña enfermedad de Jacomo. Habló con admiración de la fama que había cobrado en la última batalla, añadiendo que a un soldado que tan valientemente había defendido a su rey nada se le podía negar. Y nada le fue negado aquel ardiente mediodía.
Ya en el momento de las confidencias, preguntó Jacomo:
—¿Y tu ama?
—Buena fulana está hecha —repuso tranquilamente el muchacho.
—¿Te has fijado en sus ojos? ¡Son iguales a los tuyos!
El joven se echó a reír. Todo el mundo lo decía. Se encogió de hombros. Así era el azar, la naturaleza. No parecía darle más importancia. Pero a Jacomo el parecido le impresionaba, le irritaba.
—Estoy seguro —dijo insolente— que debe de haber una razón para ese fantástico parecido.
—¿Razón? —pronunció parsimoniosamente el muchacho, como si se tratara de una palabra rarísima.
—Vamos, que a mí no me engañáis. Sois hermanos.
—Y si fuésemos hermanos, ¿con qué objeto habríamos de ocultarlo? —dijo el joven después de frenar su risa.
—Bueno —repuso Jacomo, sin darse por vencido, la gente oculta muchas cosas. No creas que todo el mundo va por ahí pregonando las verdades a los cuatro vientos. Hay cosas que están bien en una parte y en otra no. Hay pueblos que tienen costumbres extrañas.
—Oh, vamos, qué manera de embarullarte. Si te descuidas, caes en herejía.
Jacomo miró al muchacho con recelo.
—No soy un soplón, demonios, no me mires así. Pero todo lo que dices carece de sentido. Eres un hombre muy complicado y no sé exactamente qué es lo que te preocupa. Pero si sales de dudas visitando a Lucrecia, ahora mismo te llevo junto a ella.
Los criados del marqués sirvieron un abundante almuerzo y después de descansar un rato, Jacomo y el joven salieron a la calle. Pasaron por delante de varios palacios y se detuvieron al fin al pie de una cancela.
—No imaginé que estaba tan lejos —dijo Jacomo, fatigado.
El muchacho abrió la puerta, le guio a través de unas escaleras de mármol y aparecieron en la estancia de Lucrecia.
—Mucho habéis tardado —dijo esta, mirando atentamente al caballero y al recadero—. Afortunadamente, soy una dama paciente. Si no tuviera paciencia, más me valiera morir. No es divertida la vida de una dama.
Sin embargo, sus ojos brillaban, divertidos.
—Fabio —pidió Lucrecia—, tráenos algo de beber. Estoy muerta de sed.
El muchacho salió del cuarto esbozando una breve reverencia que a Jacomo se le antojó un gesto burlón.
—Bien, caballero —dijo Lucrecia, levantando su barbilla hacia Jacomo y en un tono frío y cantarín—. ¿Qué deseáis?
—Si no me equivoco —repuso el soldado, que a estas alturas creía que sí se equivocaba—, fuisteis vos quien me mandó llamar.
Lucrecia sonrió. Alargó la mano hacia el bastidor para acariciar con la punta de los dedos el bordado.
—Es cierto que os llamé, pero, al fin, vos vinisteis, y cuando uno va a alguna parte es porque espera algo, ¿qué esperáis vos en realidad?
—Señora —dijo Jacomo, acercándose a Lucrecia—, desde que os oí cantar desde mi lecho sentí la necesidad de estrecharos entre mis brazos.
—Sin embargo, os habéis entretenido con Fabio —dijo la dama, rechazando con su delicada mano el peso del cuerpo de Jacomo—. Y me siento celosa. Debéis definiros. O él o yo.
—¿Cómo podría dudar, señora? ¿Acaso me veis indeciso?
—No puedo negar que estáis adiestrado en las respuestas oportunas, pero si os aceptara ahora me atormentaría más tarde la duda de si, en igualdad de condiciones, no preferiríais a Fabio.
—Fabio no está aquí —dijo el soldado, sudoroso e irritado ante la incomprensible resistencia de la dama.
Como convocado por las palabras de Jacomo, entró en ese instante Fabio, que repartió los refrescos encargados por Lucrecia. Jacomo se dejó caer sobre una butaca, desanimado.
—Si os pongo a prueba es para que luego disfrutéis más de mis favores —dijo Lucrecia, sonriendo compasivamente.
Todos bebieron sus refrescos en silencio.
—¿Y bien? —preguntó Lucrecia al fin.
Jacomo miró a Lucrecia. Miró a Fabio. Cerró los ojos con dolor.
—Querido Fabio —dijo la musical voz de Lucrecia—, está visto que, una vez más, nuestra rivalidad no puede resolverse. Amémonos tú y yo para que el soldado encuentre un bálsamo en sus tribulaciones.
Desdichado Jacomo. Alguna vez en algún burdel había espiado el amor de los otros, pero en aquella habitación tan escuetamente amueblada, inundada por la luz de la tarde, los hermosos seres que se amaban a sus pies, le parecieron parte de un sueño. Aquella escena le perdió para siempre.
Apareció en su casa al anochecer y nunca se preocupó de recordar cómo llegó hasta ella, si fue solo, acompañado o trasportado en un coche. Cuando su tío regresó a la mañana siguiente lo encontró levantado y arreglado, pero devolvía una mirada ausente, que podía atribuirse a su reciente enfermedad.
—Querido sobrino —le dijo cuando lo juzgó oportuno—, ahora que ya te has curado, lo más conveniente es que te reúnas con tu querida esposa cuanto antes. Ella debe de estar ansiosa por tenerte a su lado y nadie como ella podrá procurarte las atenciones que requieres. Yo te alojo con gusto, con placer —subrayó, puesto que lo estaba echando—, ya ves que soy un pobre viejo del que nadie se acuerda y tú me has acompañado, aunque hayas estado postrado en cama —el pobre marqués empezaba, nervioso, a desvariar—. Pero la familia es la familia y tus pequeños hijos alegrarán, mejor que yo, las tediosas horas de tu convalecencia.
Después de tantos esfuerzos, el marqués se encontró con que su sobrino había dispuesto ya su equipaje. Pensaba reemprender su viaje aquella misma mañana. El tío, asombrado y levemente inquieto por haber sido descortés, incluso intentó retenerlo, pero Jacomo tenía una idea fija. Sus palabras de agradecimiento no fueron excesivamente cordiales y el tío se calló, malhumorado. Bastante había hecho con albergar a Jacomo durante aquel largo mes.
En Palermo, todo seguía igual. La vida de la ciudad discurría entre la violencia, el peligro, las confidencias y el aburrimiento de siempre. María Sandoval, glorificada por el pasado heroico de su esposo y por la nada despreciable renta que le habían asignado, había embellecido la casa y se había embellecido a sí misma. Los hijos que habían sobrevivido a las enfermedades eran ya muchachos y ninguno de ellos mostraba una clara inclinación hacia las armas. Hubo un primer conato de recelo, ante posibles cambios en las costumbres familiares, pero ni se puede cambiar lo que apenas existe ni Jacomo estaba especialmente interesado en alterar la vida de nadie. En seguida se demostró que el por tan largo tiempo ausente cabeza de familia no molestaba en absoluto. Muchas veces sus ojos se perdían y no contestaba a las pequeñas preguntas de su esposa sobre aspectos de la vida doméstica. María Sandoval sabía comprenderle. Los soldados no pueden apartar de sí el recuerdo de las pasadas guerras. La nostalgia de las batallas los acompaña para siempre, Jacomo se iba haciendo cada día más silencioso, más huraño. María toleraba, indulgente, sus excentricidades, mientras la rutina de la vida continuaba.
El lugar preferido de Jacomo era el jardín. Pasaba muchas horas contemplando las hojas de los árboles. Tenía, también, un cuarto preferido, cuyas paredes desnudas reflejaban la luz del día y de la noche. No soportaba los muebles exquisitamente trabajados que colmaban las otras habitaciones, ni los objetos que adquiría su esposa y sus hijos para mostrarlos orgullosos a los visitantes. Cuando los ojos abstraídos de Jacomo se desprendían de la rama del árbol que el sol nimbaba, o del punto de la pared que daba paso al infinito, miraban al resto de los mortales como si no los reconociera. Y si aparecía ante él la grácil silueta de María, se empañaban de bruma. En seguida estuvo claro para todos que el pobre Jacomo había perdido el juicio.
Algunas veces miraba a María disimuladamente, receloso y alarmado, por si ella hubiera llegado a entender la razón de su vacío.
Pero María Sandoval no lo entendía. Iba y venía por los pasillos, recorría los senderos arreglando los setos. Ciertamente, no descuidaba las tareas de la casa y se ocupaba de sus hijos. Pero, en realidad, no tenía mucho trabajo. Contaba con doncellas eficientes y los niños, ya crecidos, no la molestaban. Tantos años de ausencia, de hijos, de esperas, en lugar de gastarla la habían embellecido. Era una mujer hermosa y empezaba a saberlo. Era feliz comprobando que la delicada tela de sus vestidos realzaba su figura. Estaba encantada con las variaciones de su peinado, que daban a su rostro una nueva expresión cada mañana. Su Jacomo, a quien apenas había llegado a conocer en su juventud, ahora, callado, y ausente, cada vez estaba más lejos, pero María se encogía levemente de hombros y, casi sonriente, se decía para sí: «¡Cosas de las guerras!». Luego se alejaba cantando, porque Dios la había obsequiado con una dulce y melodiosa voz que inundaba la casa de forma casi imperceptible.