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soledad puértolas

la orilla del danubio

El hombre, la criatura más perfecta de la creación, que Dios moldeó en barro con sus propias manos, tiene una propiedad que es motivo de angustia para muchos de ellos: la volubilidad. Seguramente, fue una prueba que Dios quiso ponerle en el camino para que, al volver a Él al cabo de muchas vueltas, comprendiese que el último encuentro no es, al fin, tan fácil. Los designios divinos son, en cualquier caso, inescrutables, y habrá que suponer que si el hombre es un ser tan inquieto y vacilante es porque se ajusta así a los planes sublimes del Altísimo.
No eran estas las reflexiones que llenaban la cabeza de Julio Torreno horas antes de atravesar el Danubio, que todavía no se vislumbraba, aunque toda la tropa hablaba ya de él. La cabeza de Julio Torreno estaba más bien vacía, a lo más, desconcertada. Pero si hubiera sido capaz de pensar, si su mente se hubiera atrevido con Dios, hubiera llegado a esta vaga conclusión: la de que al mundo no había quien lo entendiera.
Para comprender mejor esta historia hay que hacer dos movimientos: hay que retroceder, por lo menos, tres siglos, y ponerse después en el lugar de un villano sin ambición que se ha hecho soldado por no morirse de hambre. De Castilla a Europa, y de nuestro actual conocimiento del mundo al aislamiento en que se vivía entonces.
En el pequeño pueblo olvidado por Dios y por casi todos los poderes que mal o bien dicen representarle, el gran enemigo de esa abstracción llamada Imperio era el Turco. A eso llegaba su sabiduría. Contra el Turco había que luchar siempre. Había otros enemigos: moros, judíos, ladrones, pero era difícil en ocasiones tener una idea clara de su peligrosidad. Había, por ejemplo, bandoleros muy piadosos. Pero en la cuestión del Turco todos estaban de acuerdo.
En mitad de Europa, todo había cambiado, incluidos los turcos. Ahora resultaba que el Turco era su amigo, su aliado, todo el batallón confiaba en él y, si se dirigía hacia el Danubio tranquilamente, era porque el Turco lo permitía.
Con aquella inesperada inversión de valores, Julio Torreno llegó a la orilla del Danubio. Ante él, ante todo el batallón, una inacabable extensión de agua se descubrió, y todos se asustaron. Ignoro si alguno pensó en Moisés, pero no parece descabellado que la fantástica hazaña del Mar Rojo se reprodujera en algunas de sus cabezas, si es que había alguna cabeza lo suficientemente culta. El Danubio, desde luego, no se partió en dos, y la tropa se acomodó en las barcazas y remó durante un lapso de tiempo que a Torreno se le figuró interminable. No había tenido la tentación de las Indias por no tener que flotar sobre las aguas durante quién sabe cuántos días y nadie le había advertido que el Danubio alcanzase aquella anchura. Hombro con hombro con sus compañeros, rodeado de las aguas grises del Danubio, pasó los momentos más desagradables de su vida.
Pero una vez pisó tierra, estaba tan agradecido de no haber sucumbido para siempre, que su entendimiento se abrió un poco y sus ojos empezaron a disfrutar de las novedades. Atravesaron Orpaca, adonde se aseguraba no había llegado la civilización y una oleada de orgullo imperial —de ese Imperio del que se decía que en sus tierras no se ponía el sol—, invadió al batallón. También Torreno, analfabeto, como el resto de los soldados, se sintió superior a los orpacanes e intercambió bromas con sus compañeros como si las vidas de todos ellos se hubieran desarrollado entre sedas, laúdes y pergaminos. Torreno, incluso, se llegó a preguntar, con ese atisbo de razón que ahora lo alumbraba, por qué no se podía obligar a aquellos salvajes a adoptar las costumbres del mundo moderno. Él mismo, de no haberse decidido a probar suerte, se habría mantenido siempre atado a la miseria de su pueblo. Había abandonado su aldea y allí estaba, conociendo el mundo.
Bordearon después el estado de los anaptistas y se murmuró lo que de ese estado otros habían contado: allí regía un código distinto, antinatural. Los anaptistas vivían en común y nadie era superior a su vecino. Toda la tropa se cansó de comentar sus hábitos en tono de ferviente desprecio. Incluido el aragonés que había marchado emparejado con Torreno durante todo el recorrido y que nadie pudo encontrar a la mañana siguiente. En seguida se supo que el aragonés estaba con los anaptistas y que había salido de su pueblo con el exclusivo propósito de reunirse con ellos, pues ya un tío suyo llevaba con ellos varios años.
Antes de que el batallón llegara a su meta, el capitán los arengó. La misión consistía en prestar ayuda a unos príncipes amigos del emperador, que se encontraban en apuros. El discurso del capitán fue bello e impresionante. Las ideas de Imperio y honor, repetidas, enardecieron a los soldados. Y en seguida se produjo el recibimiento de los príncipes, caluroso, espectacular.
Era un hermoso día de primavera y en las calles, adornadas con ramilletes de flores de vivos colores, reinaba el entusiasmo. Los príncipes eran jóvenes y la princesa, rubia, alta, imponente, causó una profunda impresión en Torreno. Más que nunca se alegró de haber salido de su aldea y en su fuero interno se prometió ser el máximo defensor del honor de aquella dama. Le invadió la claridad. Vio su destino. Aquella noche la tropa se emborrachó y Torreno, en su descontrol, solo repetía: «Ya sé, ya sé». Ya sabía por qué no había ido a las Indias, por qué no había desertado, muerto de miedo, antes de atravesar el Danubio, por qué no había comprendido la evasión del aragonés. Rebosaba gratitud hacia el flamante emperador que le enviaba a proteger a tan hermosa señora y lloraba enternecido, inspirado y lleno de fuerza.
Después de la fiesta, se organizó la guardia. El capitán los llevó a las murallas y les ordenó vigilar el horizonte. Reinaba cierto desorden sobre las murallas. Torreno, con expresión encantada, seguía las bromas de sus compañeros o les oía quejarse. Parecía que hubiera nacido entre aquellas piedras, tan a gusto se encontraba.
Era mediodía. Un rumor de pájaros llenaba el aire. Los soldados habían terminado de comer y algunos de ellos, de pie, habían cerrado los ojos. Una voz dijo: «¡La princesa se acerca!». Y todos se enderezaron y se compusieron, pues la princesa traería su cortejo y quién sabe sino vendría también el capitán. Apareció primero la princesa, tan alta como un soldado, su hermosa cabellera al viento y un traje que despedía cálidos destellos de terciopelo. Los miró uno a uno, como si buscara algo. Y miró también a Torreno, que, no por atrevimiento, sino por devoción, sostuvo su mirada. Entonces llegaron hasta ellos, susurrantes, estas palabras: «Decídete ya, buscona». Como un relámpago, con la espada desenvainada, Torreno se volvió: había reconocido aquella voz. Pertenecía al soldado que estaba situado a dos metros a la derecha. Altivamente, Torreno lo retó y, antes de que el soldado se diera cuenta de lo que sucedía, le dio muerte.
La princesa, paralizada, apenas había gritado. Se había tapado la cara con las manos y se apartaba, horrorizada, del lugar. El príncipe, el capitán y los otros componentes del séquito que, efectivamente, venían detrás, tardaron en reaccionar. No sabían bien lo que había pasado. Ellos no habían escuchado nada y, de repente, se habían encontrado con un soldado muerto bajo sus ojos. Miraron con horror al resto de los soldados, temiendo que se tratase de una rebelión, pero aparte del muerto, no había nada más. Fue Torreno el que tomó la iniciativa. Se cuadró frente a su capitán, le entregó la espada y dijo solemnemente:
—El honor de la princesa está limpio.
—Claro que está limpio —repuso el príncipe, que había entendido las palabras de Torreno, pues, para asombro de todos, conocía a fondo el latín—. Aún diría más: reluce.
—Sí, señor —acató Torreno, con la cabeza baja, pero con un deje de satisfacción en su voz.
El capitán intervino. Allí había un hombre muerto y un hombre culpable y los dos eran suyos. Con voz firme y concluyente ordenó que se llevaran al muerto y que Torreno fuera detenido. Esperaba así zanjar el asunto. Pero el príncipe no se dio por satisfecho y preguntó:
—¿Qué habrá querido decir ese imbécil?
—Lo ignoro —repuso, angustiado, el capitán.
—Hay que averiguarlo —ordenó el príncipe, clavando los ojos en su esposa, que, con rostro ya impasible, se encontraba a su lado.
El capitán averiguó la verdad, pero halló la verdad impresentable y decidió que el honor resplandeciente de la princesa quedaría empañado tras las declaraciones de Torreno. Lo pensó, lo meditó, y llegó a una conclusión: Torreno tenía que desaparecer. Sus palabras no encajaban en ninguna de las versiones que se le ocurrían. Maneras de hacerle desaparecer también se le ocurrían varias. Pero el capitán, presuntuoso y huero como era, tenía sus debilidades humanas. No se lamentaba de la sangre derramada en la guerra, pero aborrecía sacrificar a un inocente en tiempos de paz. No sentía, además, ninguna simpatía por aquel príncipe que tan ostentosamente declamaba su latín de academia. No se sentía obligado a prescindir cruentamente de uno de sus hombres por dejar incólume el honor de una princesa extranjera que seguramente hasta desconocía el significado de la palabra «honor». El capitán decidió facilitar la evasión de Torreno. Bajó a la celda y tuvo una corta entrevista con él.
—Te has equivocado, Torreno —dijo para empezar, porque necesitaba reñirle.
—Señor —repuso humildemente Torreno—, la princesa fue insultada.
—Parece que fuiste tú el único en oír el insulto.
Torreno miró a su capitán, sin comprender.
—Señor —reaccionó al fin—, ella lo tuvo que oír.
—Ella seguro que ha oído muchas cosas. El que importa aquí es el príncipe.
—El honor del príncipe también se puso en cuestión.
—No me repliques. No me falta sino que mis propios soldados me den lecciones de honor. Pero a veces un comportamiento exagerado complica la vida —añadió, menos duro—. Nos la complica a todos. ¿Qué voy a hacer contigo? ¿No comprendes que me has puesto en un compromiso?
Torreno no comprendía.
—Tuviste que haberle dado una oportunidad —dijo el capitán, molesto—. No se puede matar a un hombre así como así, solo porque te pareció que había pronunciado unas palabras que ni siquiera iban dirigidas contra ti.
—Señor —se sonrojó Torreno—, él las dijo.
—Pues no importa. No es suficiente. Te has convertido en un asesino.
El capitán miró duramente a Torreno, que seguía estupefacto.
—Tú dices que la princesa oyó —siguió después, con cierta mala idea, pues el candor de Torreno le estaba irritando—, pero ella dice que no oyó nada. Nada en absoluto.
Torreno suspiró como solo suspiran los enamorados. No dijo nada. Parecía completamente resignado.
—Bueno, voy a darte una oportunidad. Has matado a un hombre y debería matarte. Así el príncipe se quedaría satisfecho. Pero aunque tú nunca sepas agradecérmelo, voy a ser magnánimo. Te vas a escapar esta noche.
Al capitán le tentaba la oratoria y había dicho las últimas palabras porque quedaban bien, pero, ciertamente, en aquel momento, Torreno no era capaz de agradecer a su capitán la devolución de la libertad y la vida. Torreno estaba lejos de dominar el mundo, y cuanto sucedía escapaba a su juicio. Si el capitán había decidido que se escapara, era porque así habría de suceder. De todos modos, no fue tan sencillo. Sacar a Torreno de la fortaleza haciendo como que salía él, no era una empresa fácil. Pero, al fin, aquella misma noche —una magnífica noche de luna llena, lo que obstaculizó la operación—, Torreno se encontró al otro lado de la muralla, bajo la protección del bosque. Le habían vestido de campesino y en sus bolsillos encontró unas monedas de oro. Todo lo que le habían recomendado era que cruzase el Danubio cuanto antes.
El Danubio, cualquiera sabía dónde estaba. Le habían señalado la estrella por la que había de guiarse durante la noche, pero eso de caminar de noche y dormir de día era algo a lo que Torreno nunca se había llegado a acostumbrar. De modo que, como no había nadie que lo obligara, aquella misma noche de luna llena durmió a unos metros de la celda de donde el capitán lo había sacado tan dificultosamente. Y durmió todas las noches y anduvo todos los días y nunca buscó en el cielo la estrella que debía guiarle y, a pesar de todo, llegó al Danubio.
Cuando las aguas grises del Danubio emergieron ante sus ojos, Torreno se estremeció. Todavía recordaba el malestar indescriptible del viaje de ida. Todavía se revolvía su estómago pensando en el oleaje de aquellas aguas bajo sus pies. ¿Quién le obligaba a cruzar el Danubio?
Hasta el momento, Torreno se había alimentado de caza furtiva y yerbas silvestres, pero ahora tenía que pensar en un medio fijo de subsistir. No iba a pasarse la vida de un lado para otro como un animal. Sentía querencia hacia los pueblos, las aldeas, las agrupaciones de seres humanos. Hasta los animales lo sienten. Torreno quería comer bien y quería una cama de verdad. Quería vivir bajo tejado. Hundió las manos en los bolsillos, acarició las monedas de oro y tomó un camino, decidido a poner fin a su huida.
No fue difícil. Por aquellos tiempos abundaban los personajes errantes, desertores y vagabundos de toda especie. Julio Torreno halló su lugar en una aldea umbrosa y rica. Aprendió un oficio, conoció a una mujer y fue padre por cinco veces. Así transcurrieron dos largas décadas de paz, amor y prosperidad.
Un día apareció ante la puerta de su casa un hombre que se le quedó mirando fijamente y que, al fin, dijo:
—¿No eres tú Torreno, el que iba a Transilvania en la compañía del capitán Ayala?
—Ese era —repuso Torreno.
—¿Y qué demonio haces aquí? ¿Es que desertaste después que yo?
Torreno apenas había prestado atención al desconocido, pero ahora levantó los ojos de su tarea.
—Y tú, ¿cómo sabes tanto de mi vida? —preguntó, escamado.
—Soy Casto, el aragonés.
—Sí que me acuerdo —dijo reflexivamente Torreno, dejando sobre la mesa el yunque—. Pero has cambiado mucho.
Era cierto. El aragonés tenía ahora una cabeza enmarañada, usaba una barba larguísima y parecía investido de una majestuosidad nueva.
—Me he hecho médico —comunicó, muy serio.
—¿Era verdad que te fuiste con los anaptistas?
—Con ellos estuve, pero no duré mucho. Son muy inocentes, todo lo dan y todo lo quieren. O te haces a sus gustos o reniegas de ellos. Antes del año, los abandoné. En cambio, pasé mucho tiempo con los salvajes. Me fue muy bien con ellos. No nos hablábamos más que por sonidos. Durante años no he pronunciado ni una palabra, ni falta que hacía. Hasta que me acometió la necesidad de hablar. Me dio miedo olvidarme. Por eso pensé en hacerme médico y recorrer pueblos. No sé por qué —añadió, filosófico— le entra a uno la nostalgia de los hombres. Aquellos no eran hombres del todo. Para vivir son fáciles. Cada uno va a lo suyo, sin complicaciones, sin embustes y, si consigues su aprecio, entonces ya has resuelto tu vida. Muchas veces pienso en ellos, la verdad. Pero vete a saber si esos seres tienen corazón —su mirada volvió de muy lejos—. Lo peor era lo de los gritos. Yo ya me he quedado ronco para siempre, y todavía, cuando me despierto, emito un par de ellos. Eso ya no me lo he podido quitar. Y a ti, ¿cómo te ha ido?
Torrente le dio sucintas noticias de su vida. Después, le invitó a comer y a alojarse en su hogar aquella noche.
—No me meto en hogares ajenos —dijo Casto—. Además, estoy acostumbrado a dormir al raso.
Torreno le devolvió una mirada intrigada. Durante el almuerzo, rodeados de la familia de Torreno, no hablaron mucho, pero después se pasaron la tarde intercambiando recuerdos, como si el tiempo que habían pasado en el batallón hubiese sido el más largo e importante de sus vidas. Cuando al anochecer Casto se retiró hacia el bosque, prometiendo que por la mañana volvería para despedirse, Torreno se quedó pensativo.
No durmió aquella noche. A su lado, su mujer, con sus cabellos esparcidos sobre la almohada, respiraba tranquilamente. No era, en realidad, muy distinta de la princesa olvidada.
Cuando Casto llegó, Torreno lo esperaba a la puerta de su casa.
—Voy a irme contigo —dijo.
—¿Por qué? —preguntó el aragonés—. Tienes una mujer bella y hacendosa, hijos sanos y un oficio respetable. No sé cómo puedes querer dejar todo esto a cambio de la vida ambulante que llevo yo.
Torreno esbozó un gesto de incertidumbre.
—Eres un tipo curioso —concluyó el aragonés—. Yo estoy ya habituado a andar solo y no sé si seré buena compañía, pero, al fin, me he pasado tantos años sin hablar que tengo ganas de desquitarme. Por mí, haz lo que quieras.
Torreno miró vagamente hacia el umbral de su puerta. Las fiestas del final del verano se aproximaban y todos los aldeanos decoraban las puertas y las ventanas de sus casas. La suya solía ser de las mejores. Casto echó a andar. Al rato, Torreno se emparejó con él.
Nacía la mañana, espléndida, y una suave humedad se derramaba sobre los árboles y los campos. Los pájaros cantaban. Así empezó otra época de la vida de Torreno: la ruta a lo largo de la orilla derecha del Danubio, en la casi siempre silenciosa compañía de Casto, el aragonés, que, aun cuando había afirmado que tenía ganas de hablar, había olvidado la costumbre de hacerlo. No perdían nunca de vista el río, dormían en playas, campos o bosques. Muchas veces miraban hacia la otra orilla. Una mañana dijo Casto:
—¿Sabes en lo que estoy pensando?
Torreno asintió.
—Estoy pensando en atravesar el río —siguió diciendo el aragonés, sin volverse hacia Torreno.
Nadie dijo nada durante un rato.
—¿Qué harás tú? —preguntó Casto al fin.
—Yo me quedo —dijo Torreno—. Un río como este solo puede atravesarse una vez.
Casto no insistió. Un amanecer se despidieron, sin ceremonias. Torreno se sentó en la arena y vio cómo el barco de Casto se alejaba. Después, se quedó dormido, porque aquella noche no había podido dormir, le había entrado como un desvelo. Tal vez sentía que quedarse allí, sin ninguna razón importante, era absurdo, tal vez le entristecía tener que deambular ahora solo. Al mediodía reemprendió su marcha y aquella noche se acomodó en una cueva de las montañas. Cuando los rayos del sol iluminaron el espacio de la cueva, Torreno encontró un sitio para todo: el rincón donde dormir y el rincón donde cocinar. Y se quedó en ella hasta el fin de sus días.
Y mientras este fin se aproximaba, Torreno se fue convirtiendo en una leyenda para los habitantes de toda la comarca. Desde la cima del monte que le servía de vivienda se divisaba un buen trecho del Danubio y todos sabían que Torreno, allí en lo alto, se dedicaba muchas horas a pensar en Dios y en los hombres. Estos le consultaban. A la caída de la tarde, a unos pasos de la cueva, aguardaban la salida del ermitaño para pedirle consejo. Unas veces salía y otras no. Pero cuando salía, todos volvían a sus aldeas reconfortados.
Torreno era un hombre sin memoria, de modo que, cuando los hombres le relataban sus penas, sus desgracias, sus pequeños contratiempos, él no podía entenderlos y daba la solución adecuada, iluminada por la luz de la imparcialidad. Recomendaba cosas extrañas, que todos consideraban mágicas. Hacía que los hombres se trasladasen a remotos lugares, se desprendiesen de determinadas cosas o adquiriesen otras. Y era eso lo que ellos querían de él. Algo terminante, no un dulce consejo. Pero el final se acercaba y Torreno lo presentía en la debilidad del cuerpo, en las vagas e infinitas dolencias que le acometían y que muchos días le obligaban a permanecer tendido sobre el suelo de la cueva. Los aldeanos, en tales ocasiones, emprendían al anochecer el regreso a su hogar, cabizbajos y desamparados.
Cuando de golpe Torreno fue invadido por la gran pena de las personas que había conocido y tal vez amado, en ese momento en que bruscamente se abrió la huella que habían dejado en su alma, comprendió que iba a morir. No podía soportar el peso de la nostalgia de su hogar. Lloró imaginando el color amarillo del campo de su infancia, el pequeño río al fondo del barranco, el sol cegador que caía sobre las casas. Vagamente, vio a sus padres, a sus hermanos, a la princesa rubia en la muralla, confundida con la figura de la esposa que le había dado cinco hermosos hijos, vio también al capitán que en la soledad de la celda le había obligado a huir y al soldado muerto en la azotea del castillo y a Casto que se alejaba remando hacia la orilla izquierda del Danubio. Sintió el dolor de todas aquellas personas y se sintió a sí mismo. Lleno de angustia, salió de la cueva, se puso a andar y ya no se detuvo.
Su cuerpo fue encontrado millas abajo del Danubio, encallado en una pequeña playa. No logró, pues, atravesar el río. Y en seguida la leyenda se extendió y se glorificó. Todos aquellos pueblos que el río bañaba desde el lugar en el que Torreno, purificado por la fiebre, la debilidad, la penitencia, debía haber caído al agua, hasta el punto en que su cuerpo fue hallado, fueron regalados durante siete años consecutivos con extraordinarias cosechas. Y fueron los únicos que, extrañamente, el Turco no llegó a arrasar cinco años después, en una cruenta guerra. Torreno, que había dado consejos antes de morir, empezó, muerto, a realizar milagros. Todavía hoy, el recuerdo del ermitaño castellano está vivo en la memoria de esos pueblos.