País Relato - Autores

soledad puértolas

la llamada nocturna

«Ven, tengo algo que contarte», había dicho Valerio al otro lado del hilo telefónico. Y esa fue la razón de que Enrico abandonara su casa en el atardecer de aquel crudo día de invierno.
No era la primera vez que Enrico escuchaba aquella frase, y aunque ya estaba familiarizado con la clase de confidencias que anticipaba, no había dudado. Las llamadas de Valerio llegaban con oportunidad.
Tanto Valerio como Enrico eran solteros, carecían de familia y, de vez en cuando, se reunían, se emborrachaban ligeramente, intercambiaban puntos de vista sobre asuntos más o menos trascendentes y bromeaban sobre las soledad de sus vidas. Después, se olvidaban de sus existencias durante una buena temporada. Sus vidas, con aquel punto en común, seguían cursos muy distintos. En la de Enrico no existía el ocio ni había cabida para las diversiones sociales. Estaba entregado a la investigación. Su habitación amplia y su cómoda butaca, los libros y los manuscritos, le bastaban. Si alguna aspiración tenía Enrico en la vida era alcanzar la serenidad, y a veces sentía que lo había conseguido. Pero, inesperadamente, aparecía una vaga inquietud. Una tarde cualquiera levantaba los ojos y contemplaba despacio la habitación. En sus labios se dibujaba una sonrisa complacida. Durante algunos segundos, todo se detenía, se petrificaba. Después, ya no podía concentrarse en su trabajo. El bienestar había desaparecido, dejando en su lugar un profundísimo vacío. Valerio llamaba en esas ocasiones. Enrico, desasido de las cosas que le rodeaban, contestaba afirmativamente. Hubiera acudido a cualquier parte, y la casa de Valerio, al otro lado de la ciudad, era especialmente indicada. De ella salía con el vago convencimiento de que su elección no había sido errada. La vida de su amigo, aunque pareciera deslumbrante, estaba tan vacía como la suya. Era un consuelo mediocre y mezquino, pero le servía. Porque, aun cuando apenas pensaba en él, Valerio estaba detrás de su melancolía. Algunas veces se había llegado a preguntar si no era la nostalgia de su llamada lo que repentinamente hacía empalidecer sus investigaciones y su comodidad. La llamada de Valerio era la llamada del mundo. Si nadie le llamaba, ¿qué sentido tenía su existencia? Tal vez a Valerio le sucedía lo mismo: deseaba comprobar que la ausencia de emociones y vida social empobrecía y acobardaba el espíritu. Enrico y Valerio estaban, pues, unidos por la íntima necesidad de combatir la envidia, la soledad y la equivocación.
Cuando Enrico se vio en la calle, dudó. Podía tomar un taxi o podía ir en su propio coche que se guardaba en el garaje y que casi nunca empleaba para ir a casa de su amigo, pues prefería, sobre todo en invierno, la comodidad del taxi. Pero si dudaba era porque en el fondo no le apetecía mucho ir aquella noche a casa de Valerio y limitarse a escuchar cuantas fantásticas cosas le ocurrían.
Pero se había detenido en medio de la calle, y un taxi frenó a su lado. Enrico se introdujo en él, arreglándose después los faldones de su abrigo. Dio la dirección de Valerio. El conductor asintió y empezó a hablar. O tal vez había empezado antes. Era uno de esos hombres que no necesitaban en su conversación el estímulo del interlocutor. Enrico no era, y aquella noche menos que nunca, un interlocutor estimulante. Sordo a las palabras del conductor, contempló, con expresión abstraída, a través de la ventanilla, las luces de la ciudad.
El taxi se aventuró por un callejón que acortaba la distancia hacia la casa de Valerio y, perdido como estaba Enrico en sus pensamientos, apenas advirtió cuanto sucedió entonces. Vio, de repente, que el coche estaba parado y que unos hombres —uno de los cuales había caído sobre él y no se levantaba— habían invadido el coche. El que se había sentado junto al conductor ordenó, con voz terminante, salir de la ciudad en seguida. El conductor había dejado, abruptamente, de hablar.
En menos de un minuto estaban en la carretera. Enrico trató de pensar. El hombre que había caído sobre él respiraba con dificultad y sus piernas estaban dobladas de un modo extraño. Su rostro expresaba dolor. Enrico se movió, rechazando el peso del hombre.
—No se mueva —dijo, entonces, el hombre que iba sentado delante—. Está en la mejor posición para no desangrarse.
Eran unas palabras extrañas, que resultaron tremendas, porque Enrico divisó, en la mano derecha del hombre, una pistola que le encañonaba, de forma que, de entrada, Enrico sintió que era él quien, si no se movía, no se iba a desangrar. Luego miró más detenidamente al hombre que lo acompañaba y vio una mancha oscura en su rodilla derecha.
El taxi, siguiendo las indicaciones del hombre de la pistola, abandonó la carretera. La noche era muy oscura y Enrico ignoraba el lugar donde se encontraban.
El herido se quejó y pareció dejar de respirar. Enrico extendió su mano y le tomó el pulso. Todavía latía.
—¿Es usted médico? —preguntó el otro, rutinariamente, como si hubiera hecho esa pregunta muchas veces en su vida.
—No —repuso Enrico.
Su voz sonó tenue, asustada.
Ahora el coche seguía un camino estrecho entre unas colinas. Por el ruido de las ruedas se deducía que era un camino de tierra. Descendieron una cuesta y se vislumbraron unas luces al fondo. Parecía tratarse de un valle.
—Es allí —dijo el hombre.
El coche llegó hasta las luces. Eran débiles y lo que se veía no parecía una gran mansión. Debía de ser una granja. El hombre de la pistola se volvió:
—No se le ocurra moverse —repitió, mostrando de nuevo el cañón de su pistola.
Empujó con ella al conductor. En el exterior, lo tomó del brazo y lo arrastró hasta la puerta de la casa. Los golpes del llamador retumbaron en la noche. Al cabo de unos minutos, la puerta se abrió. Del hueco oscuro surgió un hombre alto y fuerte. Todos se dirigieron al coche y sacaron al herido, ya desvanecido. Antes de cruzar el umbral, Enrico miró al conductor. Las manos de los hombres estaban desocupadas. Podían echar a correr en mitad del campo, alcanzar la carretera. Pero en los ojos del conductor no había ninguna expresión. Con la palabra, parecía haber perdido toda forma de comunicarse con los demás. El grupo entró en la casa. Atravesaron un zaguán en penumbra y se dirigieron hacia unas escaleras. Había luz en el piso de arriba.
—Vosotros delante —dijo el hombre que ya no tenía pistola, empujándoles.
En el alto de las escaleras apareció una mujer. Solo miró al herido, se acercó a él y ayudó a sostenerlo mientras recorrían el pasillo y entraban en un cuarto. Depositaron al herido sobre una cama y la mujer y el hombre de la pistola se quedaron allí. El otro los arrastró escaleras abajo. Volvieron al zaguán y entraron en una sala donde crepitaba el fuego en una chimenea. Encendió las luces y mandó que se sentaran.
Era una habitación espaciosa y caliente. Los colores claros de los sofás, las cortinas que cubrían las ventanas y la gran alfombra extendida sobre el suelo de madera gastada, armonizaban entre sí. Sobre un aparador se exhibía, ordenadamente, una colección de platos, fuentes y tazas. Varios cuadros colgaban de las paredes. Flotaba algo cálido en aquella habitación.
Permanecieron en ella mucho rato, herméticamente callados. El muchacho, con el ceño fruncido, se concentró en su labor de vigilancia. Miraba alternativamente a Enrico, al conductor, al fuego de la chimenea, parpadeaba, respiraba ruidosamente, y hacía balancear sus rodillas. Sus pies estaban como clavados en el suelo. Desde el piso de arriba provenía un ruido de voces y pasos. Se escuchó un golpe desde el exterior. Posiblemente era el médico. Alguien bajó. Al cabo de un rato, volvieron a bajar. La puerta de la casa se abrió y se cerró. Un coche encendió su motor y su ruido se perdió en la lejanía. Arriba se hizo el silencio.
El muchacho hizo tamborilear los dedos sobre su pierna. Los miraba fijamente, aburrido. Los ruidos volvieron. Un coche se aproximaba. El motor se apagó a la puerta de la casa. Portazos, pasos en las escaleras. Transcurridos unos minutos, la puerta de la habitación se abrió y la mujer apareció en el umbral.
—Sal —dijo al muchacho—. Con ese —señaló al conductor. /
Hubo que zanrandearle para sacarlo. Parecía no enterarse de nada. Enrico y la mujer se quedaron solos en la habitación. Se oyeron algunas voces en el zaguán que pronto se extinguieron entre otros ruidos. La mujer se acercó a la chimenea y trató desganadamente de avivar el fuego. Luego se sentó en una butaca y miró a Enrico. Estaba muy cansada, pero no era desdichada. Solo estaba algo triste. Parecía encontrarse bien allí, entre aquellos muebles y aquellos cuadros que, sin duda, respondían a sus gustos. ¿Añoraba otra vida? ¿Eran esos colores cálidos expresión de nostalgia, de una vida lejos de los hombres que la rodeaban o delataban, por lo contrario, su complacencia?
—Hace una noche muy fría —dijo Enrico, porque repentinamente sintió la necesidad de conocer a aquella mujer.
Ella le devolvió una mirada muy dulce, ¿o era una ilusión? Pero no dijo nada.
—Aquí, en mitad del campo —siguió Enrico—. Yo no sé si podría vivir. No salgo mucho de casa, pero necesito sentir la ciudad a mi alrededor. No sé por qué. Me ayuda a concentrarme. En mi trabajo… —La mujer le seguía mirando con sus ojos cálidos y cansados. Enrico se calló. No era eso lo que quería decirle. No sabía bien lo que quería decirle. Hubiera preferido que fuese ella quien hablara.
—No tengo ganas de hablar —dijo en ese momento la mujer, y apoyó la cabeza sobre el respaldo de la butaca.
Apartó su mirada de Enrico y perdió sus ojos en la pared. En uno de los cuadros: un paisaje amable y tranquilo. Parecía haber perdido todo interés por Enrico.
El silencio cobró de pronto una profundidad insondable. La mujer, en actitud de reposo, parecía pensar en algo. Sus ojos acariciaban, soñadores, el paisaje del cuadro. Se sintió dolorosamente atraído por ella.
La puerta se abrió y apareció el hombre que había empuñado la pistola.
—En marcha —dijo.
Enrico se levantó y miró a la mujer. Esperaba algo. Una despedida, una incierta promesa.
—No compliquéis más las cosas —dijo secamente ella, después de una fugaz mirada a Enrico—. Este no hablará. Marchaos de aquí cuanto antes. Quiero apagar las luces.
—Vamos —dijo el hombre.
Los dos abandonaron la habitación. La mujer no se movió. En el exterior, estaba helando. El silencio era absoluto. El coche estaba frente a ellos.
—Tú conduces —dijo el hombre.
Enrico se volvió hacia él, interrogante, y el otro indicó con un gesto despectivo el asiento de atrás. Allí estaba, sentado, el conductor. Había sido golpeado y sus ojos, que habían perdido el temor y la expectación de la espera, lo miraron, fríos e imperativos.
Enrico puso en marcha el coche y, siguiendo las indicaciones del hombre, salió a la carretera. Pronto se divisó la ciudad. Tenía que recordar ese camino. En las primeras casas de la ciudad el hombre mandó detener el coche y descendió.
—Dejas el coche en el centro —dijo—. Y ten la boca bien cerrada.
Su tono había sido más bajo. Debía de estar cansado. Enrico siguió hacia el centro.
—¿Necesita usted ayuda? —preguntó al conductor.
—Obedezca —repuso este. Su voz sonó fuerte, con resentimiento—. No me han goleado duro —aclaró después.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Enrico—. ¿Piensa denunciarles?
—Lo haré mañana. Agresión nocturna. No hacen mucho caso. Lo apuntan en un papel, para las estadísticas.
—Váyase —susurró el hombre.
Enrico se alejó a paso rápido. Sobre su cara sintió una ráfaga de frío. No le gustaba dejar a aquel hombre así. Había sido golpeado impunemente. La mujer de la granja se encontraba ya muy lejos, tragada por la noche. Se había evaporado como un fantasma. Habría apagado las luces de la casa. El fuego seguiría crepitando en la chimenea. Volvió la cabeza. El coche ya no estaba allí. Todo, pues, había desaparecido.
En la plaza, entró en un bar. Miró el reloj. Todavía no eran las doce. Se bebió un whisky de un trago, para borrar la creciente sensación de cobardía, traición y pérdida.
Salió de nuevo a la calle. Sus pasos se dirigieron, casi mecánicamente, hacia la casa de Valerio. La contempló. Las ventanas del salón estaban iluminadas y Enrico se representó su lujoso y cálido interior. Las hermosas lámparas derramando su luz sobre los caros y escogidos muebles, el fino cristal de las copas donde se vertía el vino que habría regado la cena. Seguramente, Valerio tendría todavía su copa entre las manos. Desde allí, poco después, vio abrirse la puerta de la casa y una sombra se recortó en el umbral.
A los pocos segundos, la verja también se abrió, y la delgada y elegante silueta de Valerio apareció en la calle. Enrico se ocultó. Valerio, con paso alegre, ligero, la cabeza cubierta, la bufanda de seda bien ajustada al cuello del abrigo, avanzaba hacia sus aventuras nocturnas. Enrico lo vio pasar y no le habló, pero por primera vez en su vida deseó que fuera feliz en sus aventuras.