País Relato - Autores

soledad puértolas

en el límite de la ciudad

A las ocho de la mañana, las campanas, que habían marcado el paso de las horas durante toda la noche, despertaron al ocupante de la habitación 304 y le ofrecieron la brillante claridad que se filtraba por debajo de las tupidas cortinas. Cuando las campanas cesaron, un clarín rasgó el aire y el remoto ritmo de una marcha militar ocupó los minutos que el viajero dedicó a correr la cortina y abrir totalmente la puerta que daba a la terraza.
El sol caía de plano sobre aquel lado del edificio: un hotel de reciente construcción desde cuyas habitaciones se abarcaba la vista de la ciudad. A la izquierda, el terreno, protegido por oscuras murallas que habían sido levantadas siglos atrás, descendía hasta el puerto. Sobre una torre vigía ondeaba una bandera. Dos espigones —uno de los cuales conservaba los raíles de un tren que había transportado mineral— avanzaba hacia el mar. Entre ellos, los barcos de pescadores flotaban exhibiendo sus fuertes coloridos. Una ancha avenida partía del puerto y bordeaba la playa, de arena oscura. Perpendicular a la avenida se abría la calle principal. Era fácil distinguirla desde la terraza del hotel por la amplitud de la calzada y el aire señorial de sus edificios.
En el montecillo de pinos donde se hallaba situado el hotel se había iniciado el trazado de un parque. Los azulejos verdes del quiosco de la música brillaban bajo los rayos del sol. A la derecha, la ciudad se extinguía en las laderas de una serie de montes bajos donde se agrupaban, indiferenciadas entre sí, casas encaladas y azules. En la cima del monte más alto, sobre una torre, otra bandera ondeaba al viento. Y, al fondo, recortado sobre el cielo, grande pero no imponente, el Gurugú.
El ocupante de la habitación 304 contempló largamente la ciudad. No había nacido en ella, pero había pasado allí parte de su vida. Había transcurrido mucho tiempo desde entonces, pero, a excepción del hotel y de un par de bloques modernos que se habían levantado en el centro en sustitución de viejos edificios, nada había cambiado. Solo estaba más deteriorada. Los cálidos colores de las fachadas, y los más oscuros de las verjas que adornaban los balcones, se habían ido desvaneciendo. Un nuevo malecón, en aguas que ya no le pertenecían, se adentraba en el mar. Señalaba el límite. La ciudad no podía crecer. Al otro lado, se extendía otro país. Aquella ciudad existía lejos del corazón de la patria que simbolizaban todas aquellas banderas que ondeaban tan orgullosamente. Nada, en todo el paisaje, recordaba a ese corazón. La luz, impregnada en polvo, de desierto, reverberaba sobre la llanura. Sin embargo, aquellas casas de hermosas y pretenciosas fachadas eran testimonio de una presencia. Una civilización había impreso su orgullo y su estilo en ellas. En el pasado, el ocupante de la habitación 304 había hablado de ello con calor.
Dejó la terraza y encargó el desayuno y el periódico. Algo más tarde con el periódico bajo el brazo, abandonó la habitación.
El encargado de recepción le dirigió una mirada de vaga curiosidad. Fuera de temporada, los viajeros adquieren, en los hoteles vacíos y silenciosos, un aire sospechoso. Ya en el exterior, el hombre emprendió el descenso de la empinada cuesta que bajaba hacia la ciudad. No era joven, pero sus pasos eran ágiles. Andaba sin esfuerzo.
En la limpia mañana de febrero, la ciudad ya había comenzado a moverse. Los jardineros trabajaban en el parque y un muchacho, tal vez escapado de la escuela, escuchaba la música que brotaba de una radio. Sus notas invadían la calle solitaria.
El visitante se dirigió hacia el puerto. Desde allí, contempló las murallas. Deshizo sus pasos y se adentró por la calle principal. Todas las casas tenían en su plante baja un escaparate donde se ofrecían a la venta, en confusa disposición, los más diversos objetos. Con pequeñas variaciones, las tiendas eran iguales entre sí.
La calle, que había ido ascendiendo casi imperceptiblemente, desembocaba en una plaza irregular de la que partían calles en todas direcciones. El viajero se decidió por la más empinada y en seguida estuvo inmerso en un mercado callejero de ropa y, más adelante y algo más organizado, un mercado de frutas y verduras. Aquel barrio estaba lejos ya de la majestuosidad del centro. Muchos hombres iban cubiertos con chilabas y las mujeres de edad habían adoptado un sari de nylon blanco. A un lado de la plaza se levantaba la terraza de un salón de té. No era precisamente un lugar elegante. En él deambulaba la gente del mercado. El visitante se dejó caer con todo el peso de su cuerpo sobre una de las endebles sillas de madera dispuestas sobre la superficie de la terraza. Encargó un té y extendió el periódico ante sus ojos.
Un vendedor ambulante se paseó por la terraza, mostrando sus mercancías en el fondo de una caja marrón. Había relojes, de esferas azules y verdes, bolígrafos y encendedores esmaltados, estatuillas de piedra; la mayoría, figuras de elefantes. El visitante, que se había asomado a la caja, negó. Su gesto de curiosidad le valió una mayor insistencia. Para desembarazarse del vendedor, compró un reloj.
—¿No necesita nada más? —preguntó el vendedor en tono confidencial.
—Un coche. Me gustaría atravesar la frontera. El vendedor lo miró con un brillo de desconfianza en sus ojos. Pero en seguida se sobrepuso.
—Un coche, por supuesto. El problema es la frontera —añadió pensativamente.
—No quiero sino ir a Nador. Ir y volver. Una visita nada más.
—Perfectamente —dijo el vendedor, aprobatorio, levemente aliviado—. No hay problemas. Puedo conseguir un coche y la persona que lo lleve. Sin preguntas en la frontera. Sin esperas.
—Todavía no me he decidido. Si lo hago, vendré por aquí mañana.
—Perfectamente, señor. Lo que usted quiera. Yo siempre estoy aquí. Por si acaso, le busco el coche. Si no viene, no pasa nada —lanzó una mirada a su caja marrón, de donde había salido el reloj, y se alejó, saludando.
El viajero terminó el té y se encaminó hacia la calle principal. A una manzana de la plaza, penetró en un gran edificio y se presentó en recepción. Le esperaban. Ese había sido el motivo del viaje. Había sido escogido para llevar a cabo aquella gestión porque él conocía esa ciudad. La reunión se prolongó hasta la hora del almuerzo, incluyéndola. Aunque volvería a celebrarse una segunda sesión, más relajada, por la noche.
Regresó al hotel. En el último tramo de la cuesta, aminoró el ritmo de sus pasos. Ya en su habitación, corrió la cortina, dejando el cuarto en penumbra, y se tendió sobre la cama.
Le despertó el sonido del teléfono al otro lado de la pared. Era un timbre remoto que se introdujo en sus sueños y le entregó a la realidad de la habitación oscura. Una voz de mujer en un idioma que no pudo reconocer —tal vez era francés— hablaba en susurros. De pronto se convirtieron en un grito. Sus sollozos atravesaron la pared. Inmediatamente, un ruido seco, como de una puerta cerrada con violencia. El teléfono fue colgado y una voz de hombre empezó a preferir insultos. Esta vez, no había duda, en francés, aunque su pronunciación no era la de un nativo. Tal vez un español. Repitió varias veces en tono despectivo y amenazador: «¡Deja de mentirme!». La mujer seguía sollozando. Pronto se hizo el más absoluto silencio.
Apartó las cortinas y salió a la terraza. La ciudad se estaba hundiendo en la noche. La luz de las farolas iluminaba débilmente las calles. Sobre el mar se reflejaban las luces del puerto y el faro brillaba con intermitencia. Volvió al cuarto, se lavó, se cambió de camisa y bajó al bar.
Al otro lado del mostrador, varias camareras desocupadas hablaban en tono elevado. Se quejaban de los frecuentes apagones que podían sorprenderles camino de sus casas a última hora de la tarde o en el interior de un cine, de la falta de diversiones: de toda la parte del mundo que no llegaba hasta allí. Tuvo que alzar el tono de la voz para atraer su atención.
Un matrimonio de edad y posición social confusas estaba sentado a una mesa. El resto de las mesas estaban vacías. Un enorme bolso de cocodrilo descansaba sobre un mantel. Cualquiera que fuese la razón que les había llevado allí, no parecía porporcionarles un motivo de conversación. El hombre movía los labios, pero no hablaba, producía una especie de rumor. La mujer, que observaba cuanto la rodeaba con unos ojos claros, inexpresivos, no lo miraba a él. Por un momento, su mirada se cruzó con la del ocupante de la habitación 304 y en sus ojos se reflejó un brillo de duda. Luego, pausadamente, su mirada se posó sobre el bolso.
Otro hombre entró en el bar. Se sentó al otro extremo de la barra, pidió el menú y lo estudió. Lanzó hacia las camareras miradas de insinuación. Ellas seguían con su rosario de quejas que, de vez en cuando, de forma inesperada, interrumpían con una risa estentórea. Al fin, una de ellas le fue a atender y otra se aproximó al ocupante de la 304 en busca de algo bajo el mostrador.
—No hay mucha gente en el hotel —dijo este.
La camarera se volvió hacia él. Era una joven bonita.
—Es invierno —replicó—. En verano no se encuentra una habitación libre en toda la ciudad. Llegan a alquilarse hasta las casas particulares —lo miró de frente y se fue bruscamente.
El viajero pagó su consumición y salió a la ciudad oscurecida. Su nueva cita se desarrolló, como en la primera, sin contratiempos. Cenó, después, en el Club Marítimo, rodeados de más camareros —escrupulosamente atentos, ceremoniosos— que de clientes.
En el hotel, por la noche, ya no había ningún signo de vida. De la habitación contigua llegaban pequeños movimientos, débiles ruidos.
A la mañana siguiente, el sonido del teléfono volvió a interrumpir en su sueño. Durante mucho tiempo el timbre se repitió, sin que nadie le contestara. Después de una pausa, volvió a sonar. No obtuvo respuesta. Trató de recuperar el sueño, pero los ruidos del exterior, que llegaban en medio del silencio de la mañana, le desvelaron. Extinguidos los últimos acordes de la marcha militar, se levantó. La ciudad apareció, fulgurante, ante sus ojos. Un grupo de jardineros, bajo el balcón, discutía con fuerza, lo que resultaba extraño en aquel lugar y a aquella hora.
La muchacha que le trajo el desayuno, la misma que la noche anterior le había atendido en el bar, parecía muy contenta.
—Se fueron los de la 303 —dijo el hombre.
La muchacha se rio y aseguró que los inviernos eran insoportable. Luego, describió a la pareja. Habló con admiración del sari de seda amarillo que llevaba la mujer. Pero el hombre no le había gustado. Frunció el ceño, como si tuviera contra él algo personal. Repentinamente, se calló. Había hablado demasiado.
—Que tenga usted un buen día —dijo alegremente desde la puerta.
El vendedor ambulante estaba sentado en la terraza, tras las celosías del salón de té. Sonrió generosamente.
—Sabía que iba a volver —dijo, convencido.
Se levantó, dejando una moneda sobre la mesa.
—El chófer nos está esperando.
El visitante le acompañó silencioso. Subieron por una estrecha calle en cuesta, a un lado de la cual se sucedía una hilera de tiendas, todas cerradas con oscuras persianas de madera. Parecían cerradas para siempre. El vendedor golpeó una puerta e inmediatamente apareció un muchacho en el umbral. Alto, fuerte, de tez oscura y cabello claro. Asintió a todo cuanto le dijo el vendedor y señaló un enorme coche azul aparcado en un callejón.
El viaje a Nador fue un viaje veloz y sin problemas. En la frontera, el joven se entendió con los guardias, y ni siquiera hubo de dar propina. En Nador, recorrieron el mercado. Luego, se dirigieron a la avenida donde los nativos se sentaban alrededor de mesas de madera par beber sucesivos vasos de té. Ellos también se sentaron y pidieron té. A unos pasos de distancia, en una mesa ocupada por árabes de todas las edades, una mujer muy joven y hermosa, vestida con un sari amarillos, hablaba animadamente. A su lado, un hombre pálido, de procedencia europea, permanecía callado. Al fin, se levantó e hizo levantar a la dama árabe, Todos se pusieron en pie, abrazaron a la joven y se quejaron lastimeramente. El hombre estrechó, sin cordialidad, la mano de sus acompañantes, luego empujó a la joven fuera de la avenida y se dirigieron hacia un lujoso coche. El coche dio la vuelta frente al mar y desapareció. El grupo de árabes se volvió a sentar, todavía quejumbroso.
El visitante lanzó una mirada hacia el fondo de la avenida, por donde había desaparecido el coche. El muchacho, que había observado la escena, sonrió vagamente.
—Si tiene usted tiempo —dijo—, podemos ir a un lugar que conozco.
Sus ojos brillaron con animación.
—Tengo tiempo —dijo el hombre, desganado.
Abandonaron Nador camino de la frontera. Al cabo de unos minutos, el coche se apartó de la carretera y avanzó hacia el mar por un camino de arena. Unas palmeras bajas bordeaban el camino. No terminaba en una playa, sino en una explanada de piedra gris. A un lado, se levantaban unos edificios acristalados.
—Una base de hidroaviones abandonada —informó el muchacho, con el orgullo de un propietario.
Salieron del coche y recorrieron la explanada. Contemplaron los edificios: sus cristales estaban rotos, el hierro oxidado. El mar plateado, plácido, chocaba en sus suaves oleadas contra la piedra. El sol se derramaba sobre él.
—¿Le gusta? —preguntó el muchacho.
Sonrió. Par él era el paraíso.
Ofreció un cigarrillo a su acompañante. El hombre rehusó. El chico fumó despacio, con los ojos perdidos en el horizonte.
—Es hora de volver —dijo el hombre.
En el coche, el muchacho encendió la radio. Seguía el ritmo de la música, a elevado volumen, con la cabeza. La visión del mar se perdió. Solo había desierto y luz cegadora. En la frontera, un desordenado grupo de gente cargada con los más diversos paquetes y algún que otro animal doméstico, pareció que iba a impedirles el paso. Pero de nuevo, el muchacho, que salió del coche y habló con un guardia, allanó toda dificultad. El viaje, al fin, llegó a su término. El hombre pagó a su chófer y le invitó a almorzar en su compañía, pero el muchacho se excusó. Debía comer con sus padres.
Después del almuerzo, abandonó la ciudad. Un taxi lo llevó desde el hotel al aeropuerto. Faltaba media hora para la salida del avión y pidió un café. Desde una mesa contempló las pistas de aterrizaje.
Probablemente, no volvería a aquella ciudad. Tiempo atrás, había hecho suyo su destino, pero ahora ya no la veía: solo las pistas de aterrizaje al otro lado del ventanal. El pasado, y tal vez el presente, se desvanecía en ellas.