Era costumbre de la familia de mi madre reunirse durante el verano en casa de mi abuela. Era un piso no muy grande en el que nos instalábamos dos familias. Además de los residentes habituales de la casa: mi abuela, su hijo soltero, la cocinera y la doncella. Nosotros ocupábamos hasta el último rincón de la casa. No recuerdo que mi abuela se enfadase jamás y, sin embargo, era muy formalista. La veo peinándose frente al espejo, las horquillas sobre el tocador y el cabello gris sobre los hombros, antes de hacerse su complicado moño y de colocarse alrededor de la garganta la tirilla blanca y negra. Siempre vestida de negro, siempre derecha, siempre impecable. Ninguna joya, ninguna pintura sobre su rostro. Paseábamos cogidos de su mano y a veces nos compraba pasteles, pero no le gustaban los caprichos. Ella no era caprichosa. Le bastaban sus trajes negros, su tirilla, su cabello bien cepillado y bien peinado. No era rica, no nos dejó nada. Pero en su armario había muchas cosas y algunas veces nos las enseñaba. Cosas sin valor, recuerdos. Tenía una hermana misionera que le enviaba objetos típicos de quincallería china. Había raso y marfil en aquel armario y, sobre todo, muchas cajas, muchos cajones. En ese armario, dividido y ordenado, se guardaba el mundo. China era el mundo.
La abuela pasaba parte del invierno con nosotros, por lo que estábamos acostumbrados a ella, pero todavía me sorprende que ella se mostrase tan acostumbrada a nosotros. Ninguna de las dos familias invasoras era muy numerosa, pero, sumadas, aportaban seis niños a una casa, desde hacía años, solo habitada por adultos.
Esa era nuestra casa de los veranos y, como todas las casas, tenía sus zonas oscuras, que nunca llegué a conocer enteramente. Estaba el trastero, al que se llegaba atravesando la cocina y donde se guardaban las maletas, las mantas, alguna ropa de abrigo que no cabía en los armarios y una cubertería de plata que nunca se usó. El trastero, con la luz encendida, no daba mucho miedo. Algo más de miedo, además de otras cosas imprecisas, daba el cuarto de la doncella, que estaba enamorada de mi tío. Creo que solo entré en él dos veces en mi vida, entre otras cosas, porque la doncella lo cerraba siempre con llave —supongo que esa era una precaución bastante sensata, considerando la invasión estival—. De las dos veces que entré no conservo un recuerdo ni nítido ni agradable. Era un cuarto ascético, muy desnudo, muy triste. Parecía innecesario guardarlo bajo llave. Me parece que había una maleta debajo de la cama, pero no hubiera deseado abrirla.
La auténtica zona oscura, misteriosa y profundamente atrayente para nosotros estaba al otro lado de la puerta. Al otro lado del descansillo. Allí, junto a nosotros, vivían los Arroyo. Yo tenía de ellos una información vaga. En casa de mi abuela siempre se estaba hablando de ellos, incluso cuando no se hablaba. Era como un susurro permanente. La doncella se pasaba muchas horas espiando tras la mirilla. Los Arroyo siempre llegaban a altas horas de la noche, borrachos. Su vida era un escándalo. Por la noche se oía un alboroto en la calle que tardaba en extinguirse y, al cabo, un estruendo en las escaleras y alguien decía: «Ya están los Arroyo», «otra vez los Arroyo».
Pero nunca llegué a conocerles. Iba con mi madre por la calle y nos cruzamos con uno de ellos. Ella me informó después, volví la cabeza y solo vi las espaldas de un hombre alto y vestido de negro que se alejaba. Otra vez, nos encontramos con mi tío cerca de casa y nos dirigíamos con él hacia el portal cuando se detuvo a hablar con unos amigos. También después, supe que había tenido a un Arroyo frente a mí. Los Arroyo, de día, pasaban inadvertidos. No había nada que los singularizase y yo me sentía remotamente decepcionada.
No sé si el único niño de entre los primos los envidiaba secretamente, pero entre las chicas no había duda: todas hubiéramos dado cualquier cosa por conocerles y llamar su atención. Incluida la doncella, que era tan devota y estaba enamorada de mi tío. En cuanto a mi tío, él era también un poco como ellos y toda la familia se sentía orgullosa de él. Era un eterno opositor. Y la figura central de la casa. Todos vivíamos a su alrededor. Con frecuencia, nos dejaba jugar en el hermoso mirador entarimado de su cuarto. En él se encerraba a estudiar durante toda la noche. La luz se filtraba por debajo de la puerta. Después de la cena, todos hablábamos en voz baja. Aparecía a media mañana, con su bata de seda y sus zapatillas de boxcalf que luego dejaba bajo los sillones. Se instalaba frente al balcón y allí consumía lentamente un puro y pequeñas tazas de café. Parecía muy satisfecho de su vida en aquel momento y, dijera lo que dijera, nos conquistaba. Pero no todas las noches se quedaba en su cuarto. Muchas salía, por los que sus regresos coincidían con los de los Arroyo, en nuestra imaginación y, probablemente, en la realidad. Solo que nadie censuraba las salidas de nuestro tío. A la mañana siguiente, aparecía más tarde. A veces, incluso no se levantaba para comer. Pero nadie hablaba de él. Toda la censura estaba reservada a los Arroyo.
Pero, al fin, todo se disolvió en el recuerdo. Mi abuela dejó de existir un mediodía, rápida y silenciosamente. La muerte de mi tío, también rápida, tuvo un carácter trágico. La doncella se recluyó en un convento de clausura, en un gesto sincero y dramático. El piso de mi abuela fue cerrado. Los veranos cambiaron.
* * *
Solo muchos años más tarde, pregunté a mi madre por los Arroyo. Por primera vez hablamos de ellos. La tarde caía y mi cuarto se iba quedando casi a oscuras mientras mi madre, al otro lado del hilo telefónico, me relataba la verdadera vida de los Arroyo.
Así supe que en la puerta contigua a la nuestra, en el centro del descansillo, habían vivido sus abuelos. Ellos habitaban el piso de la derecha. Detrás de la puerta que caía enfrente de la nuestra. Eran cinco hermanos. Las dos chicas, de quienes yo nunca había oído hablar, habían muerto muy jóvenes, de dolorosas enfermedades. Una de ellas en un convento. La madre de los Arroyo se pasaba las tardes en el piso de los abuelos, acompañándoles y rezando rosarios con la abuela. El padre de los Arroyo, que era ingeniero del Estado, era, al parecer, una persona extremadamente buena y afable y despertaba, entre quienes le conocían, una especie de veneración. En la casa, todos sabían que los tres hermanos salían al caer de la tarde para volver a altas horas de la madrugada completamente borrachos. Pero nadie informó a sus padre, que seguramente lo sabían. Nadie hablaba de ello. El sereno les ayudaba a subir las escaleras y el ama que los había visto nacer habría cuidadosamente la puerta al percibir el alboroto en las escaleras. Entre los dos les acostaban. Así habían sido sus vidas, día tras día. Todo el mundo tenía la certeza de que los Arroyo acabarían mal, y así sucedió. Habían muerto ya, locos y enfermos.
«Locos y enfermos». Esas fueron las últimas y vagas palabras de mi madre, que se extendieron sigilosamente por mi cuarto en penumbra. Aquellos hombres altos y vestidos de oscuro que yo no había llegado a ver jamás, habían encarnado para mí, con sus correrías nocturnas, el misterio de la vida. Y cuantas veces los busqué inútilmente a través de la mirilla de la puerta, sentía vibrar la vida en mi interior. Pero el descansillos siempre estuvo vacío para mí.
Pasados tantos años, tuve que preguntarme si el descansillo no estuvo, también, siempre vacío par ellos. Y supe que, lo que desde el interior del piso de mi abuela me arrastraba hacia ellos, era, en parte, ese temor.