Siempre me había llamado la atención aquel hombre silencioso y triste que se quedaba en el bar cuando nosotros nos marchábamos. Algunas veces me había mirado, como si quisiera decirme algo, y aunque siento un verdadero rechazo hacia los pesados y los borrachos, de buena gana me hubiera quedado con él, si Flory no hubiera, como de costumbre, tirado de mí. Porque él no era un pesado ni un borracho. Estaba claro que bebía, consumía los alargados vasos de ginebra con tónica uno tras otro, pero parecía que no le afectaban. Se sostenía bien en su taburete, apoyando los codos en la barra, dirigiéndonos de vez en cuando miradas inexpresivas. Tenía la mirada perdida, era cierto, pero de algún modo eso resultaba tranquilizador: no iba a meterse con nosotros, no iba a dirigirnos la palabra, no le interesábamos. Nunca nos había causado el menor problema. Él se limitaba a estar allí, en la barra, seria, dignamente, mientras nosotros hablábamos, gritábamos y reíamos. Nosotros, mucho más que él, éramos los borrachos. Solo que nosotros nos marchábamos antes. Él se quedaba siempre, hasta las dos, las tres, las cuatro… Él cerraba el bar.
Más de una vez me había pregunta quién era, a qué se dedicaba, cómo un hombre así, de aspecto tranquilo y agradable, joven y educado, no tenía otro lugar al que acudir, noche tras noche. Yo no iba a aquel bar todos los días.
A lo sumo, un par de veces a la semana, porque Flory era implacable con su trabajo. Tenía que levantarse pronto de lunes a viernes. Se desquitaba los fines de semana, desde luego. No creo que hubiera otra chica capaz de beber más whiskies que ella, más amante de los bares y de las juergas.
Y ninguna, tampoco, más celosa. A las diez de la noche me tenía que tener a su lado. De lo contrario, empezaba a llamar a mis amigos, a mi familia, a todo el que pudiera saber algo de mí. De modo que entre semana era imposible salir y puedo asegurar que las escasas veces que tuve que hacerlo, ella me esperó, desvelada, en el cuarto de estar, para amenazarme con su inmediato abandono. Flory tenía sus ventajas, pero en ese punto era incorregible.
Ella también se había fijado en él. En realidad, había sido Flory quien lo había descubierto. Era un hombre de los que resultan atractivos a las mujeres, ellas sabrán por qué. Tenía cierta elegancia. Su ropa, gastada, no era mala.
Sus gestos, siempre comedidos, su seriedad, sugerían que, fuera cual fuese la razón por la cual todas las noches iba a parar a aquel bar, había otras horas en el día durante las cuales él tenía asignado un papel medianamente respetable.
La mayor parte de las veces él no estaba en su lugar, al final de la barra, cuando nosotros llegábamos. Nos instalábamos alrededor de una de las mesas bajas del fondo y en ese momento en que nuestra animación empezaba a flaquear y dudábamos entre pedir otra copa o irnos a la cama, surgía él. Yo levantaba la mirada en busca del camarero y lo veía, en su sitio, un poco de espaldas a todos nosotros, veía su mano temblorosa sujetando el vaso o sosteniendo el cigarrillo. Y veía cómo Flory lo miraba. Sabía que ella acabaría por levantarse y pasaría muy cerca de él en dirección al cuarto de baño. Siempre lo hacía. Muy cerca de él, casi rozándolo. Pero no era entonces cuando él se volvía. Permanecía quieto, casi inmóvil, con los codos apoyados en el mostrador. Estoy convencido de que nunca se dio cuenta de que ella pasaba junto a él. Estaba allí, encerrado en su mundo, indiferente a las idas y venidas de los demás, incluidas las idas y venidas de las mujeres guapas y provocativas como Flory.
Fue una noche, al volver a casa después de una cena a la que Flory no había podido asistir porque se encontraba enferma, cuando algo me hizo entrar en el bar. Tal vez era demasiado pronto. Tal vez pensé que al menos en aquella ocasión ella no me esperaría levantada. Y entré en el bar. Era un martes, o un miércoles, o puede que un jueves. No había mucha gente y enseguida lo vi a él, con la cabeza un poco inclinada sobre el vaso. Solitario y abstraído, como siempre. Me senté a su lado y le ofrecí un cigarrillo. Fue un gesto mecánico, no lo hice pensando en entablar una conversación, no era ninguna excusa para iniciar un diálogo. No tenía ganas de ir a casa, no tenía sueño. Uno entra en un bar, se sienta a la barra y saca la cajetilla. Si al lado hay alguien y uno está solo y ese alguien también está solo, pues le ofrece un cigarrillo. Él tampoco se sorprendió. Lo cogió, me ofreció fuego, encendió su cigarrillo y volvió a replegarse en sí mismo. Permanecimos en silencio hasta mi segunda copa. Cuando el camarero me la acercó, él la miró e hizo ademán de cogerla: se creyó que era para él. Cuando comprendió su error, se disculpó y encargó otra.
—Usted estaba aquí hace un rato, ¿verdad? —me preguntó.
Asentí.
—Es que cada vez veo peor —dijo—. Veo cosas que no suceden. Sin embargo —declaró, un poco perplejo— no veo lo que sucede.
—¿Quiere usted decir que confunde la realidad con la imaginación?
—Yo nunca he tenido imaginación —dijo—. Pero mi verdadero drama es la falta de memoria. Llegué a perder la memoria, eso es lo que me pasó.
Me miró, calibrando hasta qué punto me impresionaba. Me vi en la obligación de responder.
—Pero la recuperó —observé.
—Esa es la inseguridad en la que vivo —dijo—. Me dieron de alta, pero dijeron que me podía volver a pasar. ¿Conoce a otra persona a quien le haya sucedido esto?
Negué con la cabeza.
—Es un caso de amnesia, ¿no? —pregunté.
—Un poco particular. Yo no sufrí un golpe ni un shock ni nada. La perdí gradualmente. ¿Quiere saber cómo sucedió?
Parecía deseoso de hablar y le animé a hacerlo.
—Un día cualquiera —empezó—, un día como cualquier otro, mi mujer me dijo: «¿Dónde pusiste la copa que ganaste el invierno pasado en las competiciones de Candanchú?». «¿Qué copa?», le pregunté, extrañado. «No gané ninguna copa, ni siquiera participé en esas competiciones». Tampoco recordaba que hubiera pasado unos días en Candanchú. «¿Quieres decir que no te acuerdas de nada? Llegaste el primero a la meta, era una carrera de eslalon. Todo el mundo te felicitó. Yo estaba allí. Y luego recogiste la copa y la elevaste por encima de tu cabeza», dijo ella despacio. Nada, no podía recordarlo. Mientras más detalles me daba ella, más se resistía mi memoria. «Se te ha tenido que hacer una especie de vacío», dijo ella al fin, «tenemos que estar atentos». Pero, por fortuna, durante un buen período de tiempo, mi cabeza funcionó normalmente. Seguía sin recordar nuestra estancia en Candanchú, lo que no dejaba de preocuparnos, pero no había ningún otro síntoma y tácitamente decidimos no hablar de ello.
Mi interlocutor hizo una pausa, bebió, carraspeó y reanudó el hilo del relato.
—No sé cuánto tiempo pasó hasta que, en el transcurso de una cena en casa de unos amigos, mi mujer hizo referencia a un enorme ramo de flores que al parecer le había enviado yo después de una discusión un poco violenta. Algo tembló en mi interior mientras mi cuerpo se cubría de un sudor frío. No lo recordaba, ni el ramo de flores, ni la discusión violenta. Nada. No quise decirlo allí, en público, pero todos notaron mi malestar, de forma que tuvimos que marcharnos. Le pedí a ella que condujera el coche, porque a mí me temblaban las manos. Ella asintió, sin comentar nada, porque supuso que la razón de mi temblor era que había bebido de más, y ese era un asunto del que ya habíamos hablado suficientemente y que nos llevaba a un punto muerto, lleno de reproches mutuos. «Ha vuelto a pasar», le dije a mi mujer, ya dentro del coche. «El qué», preguntó ella. «No recuerdo lo de las flores», dije. Dio un frenazo tal que por poco se nos echa encima el coche de atrás. «¿Qué dices?, ¿cómo has podido olvidarlo?». Pero tuvimos que admitirlo: no lo recordaba. Aquella noche apenas dormimos. Había que tomar una resolución. Por la mañana, mi mujer llamó a un médico amigo suyo y consiguió una cita.
Aproveché su silencio para ofrecerle un cigarrillo. Lo cogió. Me tendió el encendedor. Cuando tuvimos nuestros cigarrillos encendidos, volvió a hablar.
—En cuanto vi al doctor me calmé un poco. No me gustan los médicos, siempre me he resistido a que me examinen con sus aparatos, no tengo ninguna fe en la ciencia, esa es la verdad, pero aquel hombre me inspiró confianza. Fue él quien me miró con simpatía: lo percibí en su mirada levemente compasiva, en sus ademanes. Me invitó a sentarme en el sofá mientras él se dejaba caer en una butaca. Quiero decir: todo era lento en él, pasivo, hasta indolente. Empecé a hablarle de mí mismo, pero el pánico se apoderó de mí. Repentinamente, no sabía qué contarle. No sabía qué hacía allí, con él, en aquella habitación. Mi mujer me aguardaba en la sala de espera, había preferido que pasara yo solo. Todo tembló a mi alrededor y yo fui tragado por una nube. Solo podía oír un ruido sordo, como de un motor. Aquel ruido —dijo mi nuevo amigo señalándose la cabeza— se me ha quedado dentro. Todavía puedo oírlo —suspiró y prosiguió su relato—. Cuando volví en sí, o en mí —sonrió leve, fugazmente—, escuché un rumor por encima de aquel ruido, hasta que el ruido desapareció y el rumor se hizo más cercano: era una conversación entre un hombre y una mujer. Quise levantar la cabeza (y en ese mismo momento comprendí que estaba echado en una cama), pero no pude. Me pesaba demasiado. «No ha sido nada», dijo el doctor suavemente. «No es el primer paciente que se desmaya en la consulta del médico», insistió. Una enfermera me ayudó a incorporarme. Todos nos sentamos, menos la enfermera, que, junto al doctor, me escudriñaba con unos ojos grandes, fríos. Vi en ellos lo que me aguardaba, esa frialdad, quiero decir, y sentí miedo y deseos de marcharme, pero no me podía mover.
«Tardaron en hablar. Sobre nosotros pesaba un silencio denso. El doctor estaba escribiendo algo en un papel, me pareció que se trataba de un dibujo. Al fin, me hizo un gesto con la mano para que me acercara a la mesa y viera lo que había estado dibujando. Era una especie de máquina muy complicada, de esas que salen en los chistes y en los tebeos, una de esas máquinas que no sirven para nada, solo para que los que las veamos sepamos que eso es una máquina: el prototipo de la máquina. En realidad, el dibujo era bueno. Volví a sentir hacia él una corriente de simpatía. “¿Le gusta?”, me preguntó, seguramente al ver la expresión aprobatoria de mi rostro. «¿Se imagina cómo funciona?». Desde luego que no. Pero él tampoco lo sabía. Sus explicaciones no fueron claras y ninguno de los dos nos enteramos de cómo funcionaba la máquina. La conclusión era que si fallaba una pequeña y delicada pieza todo aquel sistema de tubos, depósitos, llaves y cables se desajustaba. Y eso era lo que me estaba pasando a mí. Sabía que me iba a decir eso, pero, de todos modos, le miré, atónito. Yo era una persona bastante mayor para esas metáforas. Le disculpé porque, como ya he dicho, el dibujo era bueno y él lo contemplaba con una satisfacción bastante inocente.
«“Bien”, suspiró el médico, «tenemos que someter a examen esa máquina. Nos llevará su tiempo. Cuanto antes empecemos, mejor. Empezaremos por un reconocimiento físico exhaustivo». Siguió hablando: yo sabía adonde iría a parar y lo escuché atentamente. Mi mujer, que se había reunido con nosotros, aunque yo no recordaba en qué momento había entrada por la puerta, había bajado los ojos. Parecía extraordinariamente abatida.
El hombre se calló, pensativo, como si aquella imagen de su mujer todavía le perturbara. Bebió un largo trago. Creo que encargó otra ginebra con tónica. En cualquier caso, a lo largo de la noche siempre hubo un vaso a medio llenar a su derecha, sobre el mostrador.
—Lo que siguió después no es muy interesante, no es nada interesante —dijo—. Me recluyeron en una clínica, me hicieron todo tipo de análisis, de pruebas. Hablaban mucho conmigo, me preguntaban cosas, me llevaban de aquí para allá, presentándome nuevos doctores cada día. Al fin, se tranquilizaron un poco y me dejaron vivir una vida casi normal. Tenía un buen cuarto, libros, radio, televisión. Acudía al comedor, donde había gente más o menos como yo. Hice algún amigo que otro. Pero ni mujer ni trabajo, claro, eso era lo extraordinario, lo que hacía que todo resultara algo irreal, como imaginario. Si quiere que le diga la verdad, no echaba de menos a mi mujer, pero que aquella vida cansaba, era un poco como la muerte. No había horizontes, no se hablaba de esperanzas. Todos los enfermos, si es que éramos enfermos, parecíamos fantasmas, personas desprovistas de algo. —Hizo una pausa. Volvió a beber—. Así pasaron algunos meses. Pudieron ser cuatro, seis o nueve. Pero fueron muchos más. Yo diría que estuve allí mucho tiempo, siglos. Todo eso me hizo cambiar… —Se detuvo—. Me endurecí —dijo—. Cuando salí de la clínica, decidí vivir solo. Mi mujer y yo no habíamos tenido hijos, de forma que la separación resultó fácil. Ella apenas opuso resistencia. Desde entonces, no la he vuelto a ver.
El hombre me miró un momento, una décima de segundo, y vi el estupor inundando su vida, luego apartó de mí su mirada y la fijó en el vaso. La imagen de Flory, desvelada o durmiendo, surgió en mi interior. Miré a mi alrededor. Nos habíamos quedado solos, el hombre y yo. Solo quedaba un único camarero al otro lado de la barra. Apoyado contra la caja, hacía un crucigrama. Miré mi reloj. El bar cerraría de un momento a otro.
—Sí —dijo él—. Debemos irnos.
Hizo un gesto al camarero.
—Apúntelo todo a mi cuenta —dijo.
El camarero dejó la revista y nos miró. Asintió y nos deseó buenas noches. Salió de su lugar tras el mostrador y nos acompañó hasta la puerta. Volvió a decirnos adiós.
—Una buena noche —dijo mi amigo.
Hacía frío pero era, efectivamente, una buena noche. Clara, despejada. Había algo en el aire, algo cálido.
—La vida es amarga —dijo—. Solo a veces —miró al cielo— se encuentra uno bien. Este es el momento bueno. No hay nadie por la calle. Todas las personas están dormidas. Y mientras duermen, callan.
Anduvimos un trecho de la calle. Luego, repentinamente, se despidió. Durante unos segundos, contemplé su espalda, un poco encorvada, y sentí temor por aquel pasado suyo, por el tono impasible de la voz de su mujer y los ojos fríos de la enfermera, y un leve escalofrío me recorrió, tal vez la ausencia de rencor en el relato era lo que me había estremecido.
Seguí andando hacia mi casa. Flory estaba dormida, pero se despertó.
—¿Se puede saber qué has estado haciendo? —preguntó, malhumorada—. Te estuve esperando despierta hasta las dos.
—He estado hablando con ese hombre —dije—, el del bar, el que está en la barra todas las noches.
—¿Quién? —preguntó con cierto interés—, ¿el de la barra?
Luchó contra el sueño y contra la debilidad que le daba su enfermedad, porque no podía renunciar a su curiosidad. Se incorporó y dobló la almohada para apoyar la espalda. Me miraba con los ojos muy abiertos, recién salida de las tinieblas.
—Ha estado un año internado en un centro psiquiátrico, según he podido deducir. Había perdido la memoria, no toda la memoria, pero algunas cosas se le habían borrado de la cabeza, casi todas relacionadas con su vida matrimonial. Parece que se curó, al menos, los médicos le dieron de alta. Nada más salir de la clínica, se separó de su mujer. Me pregunto si será verdad.
—¿Y por qué iba a mentirte? Es una historia fascinante —dijo Flory, entusiasmada.
—Lo contaba como si no acabara de creérselo, como si no le hubiera pasado a él.
—Ya sabía yo que ese hombre tenía una historia —siguió Flory—. Es tan atractivo. ¿Por qué no me llamaste? Me hubiera puesto cualquier cosa y hubiera bajado.
Le recordé que estaba enferma, que había tenido fiebre.
—Te prometo que te lo presentaré —le dije.
—Claro —dijo ella—. Ahora ya lo conoces.
Desdobló la almohada y hundió en ella su cabeza. Cerró los ojos.
—Apaga la luz —dijo, dando por concluida nuestra conversación.
Así era Flory. Había saciado su curiosidad y tenía un nuevo filón donde dejarla libre y profundizar, pero para eso tenía tiempo. Ahora quería dormir. Yo no había tenido tiempo de desvestirme, pero eso a ella no le importaba: que me las arreglara en la oscuridad.
Pero yo no pude cumplir mi promesa, y Flory no llegó a conocer al hombre de la barra. No lo vimos aquel sábado, ni al siguiente, ni ninguna de las noches en las que recalamos en el bar, a la vuelta de un cine o de una cena. Le pregunté a uno de los camareros, el que nos había atendido aquella noche y nos había acompañado hasta la puerta, cerrando el bar tras nuestra marcha. Se acordaba del hombre, ¡cómo no se iba a acordar! Era un cliente fijo y pagaba puntualmente sus cuentas. Bebía mucho, era cierto, pero nunca había causado el menor problema, nunca se había metido con nadie.
—La única noche en que lo vi hablar fue cuando habló con usted. Me fijé porque era muy extraño, y por eso cerré el bar algo más tarde. No quise interrumpirle. Para una vez que hablaba… —Se encogió de hombres—. Y a mí, ¿qué más me da irme a casa a una hora que a otra? No hay nadie que me espere.
—¿Y no ha vuelto? —pregunté, porque por un momento temí que el camarero fuera a contarme su vida. Algo tenía la barra de aquel bar.
—Eso es lo raro —dijo—. No ha vuelto. Y dejó una cuenta pendiente.
Dije que yo podía pagarla. Al fin y al cabo, aquella noche yo había bebido tanto como él. El camarero hizo un gesto de negación con la mano.
—Son los riesgos del negocio. Y, ¿quién sabe?, puede que algún día vuelva.
Yo lo volví a ver mucho después, por lo menos media docena de años después. Habían pasado tantas cosas en mi vida que su desaparición no podía preocuparme. Otras personas habían desaparecido de ella. Entre ellas, Flory. Estaba llena de defectos, pero ocupaba un lugar en mi vida y alguna vez la echaba de menos. Ahora vivía con Clara, en otra casa, en otro barrio. Clara me daba mucha más libertad. A ella no le gustaban los bares. Tenía una boutique de ropa infantil. A sus hijos, que vivían con nosotros, les hacía ella misma la ropa. Siempre estaba contenta. No le gustaba cocinar, pero tenía pasión por el orden y cuando no estaba en la boutique estaba en casa. Si yo llegaba tarde, la encontraba dormida. Ya podía encender la luz tranquilamente y ponerme a leer a su lado, que ella no se despertaba y si se despertaba, murmuraba algo así como «me alegro de que hayas llegado, buenas noches», se daba la vuelta y volvía a quedarse dormida.
A mí me gustaba llegar a casa cuando todos dormían. Mis amigos decían que Clara no me iba a aguantar así por mucho tiempo, pero yo creo que me aguantaba por eso. Por lo demás, no salía todas las noches.
Y una de aquellas noches lo vi. También había pasado el tiempo para él, de forma que tardé en reconocerle. Lo tenía delante de los ojos, en su postura de siempre, silencioso, mirando su vaso medio vacío. Estaba más delgado, más encogido, y un ligero temblor recorría sus manos. Había perdido pelo, tenía canas, pero era él: aquella ropa gastada, buena cuando se compró, aquella manera de mirar sin ver a quienes pasaban junto a él. Mi primer impulso fue hablarle, pero me detuve. ¿Qué derecho tenía yo sobre aquel hombre absorto, aferrado a sus silenciosas e interminables noches?
Supongo que mientras lo pensaba, le estaba mirando. Él debió de sentir sobre su cuerpo el peso de mi mirada, porque se volvió hacia mí. En un primer momento, no se inmutó. Yo era una persona anónima, uno más entre los pobladores de la noche. Podía, como los demás, sentarme a su lado, rozarle, mirarle. Él contaba con eso, con estar rodeada de gente. Pero repentinamente, su mirada cambió. Me vio. Apareció en su frente un signo de duda.
—Usted… —empezó—. Ahora caigo. Usted estaba aquella noche en el bar.
Me estremecí. Era su voz, su memoria. Y, de nuevo, como aquella noche de hacía seis años, rompió a hablar:
—No sabe lo que me pasó, claro, ¿cómo iba a saberlo? Salimos juntos del bar, ¿se acuerda? Hacía una noche magnífica, muy estrellada, y estuve andando hasta el amanecer. No había nadie por las calles, eso es lo bueno de las noches. Entonces se escuchan todos los ruidos, los silenciosos ruidos, llenos de ecos. Tengo un oído muy fino para las ruedas de los coches. Los percibo desde lejos, como los hombres del campo pueden oír los caballos —sonrió tenuemente—. Y no se escuchaba ningún ruido cuando crucé la avenida, ningún rumor. Pero apareció el coche y me arrolló. Ni siquiera se detuvo. Me dejó allí, tirado, sin sentido. Supongo que el conductor iría medio borracho. Fue un golpe fuerte. Lo único que recuerdo es el ruido dentro de mi cuerpo, como un cohete que estallase, y la luz de los faros, que me deslumbró. Así que de nuevo fui a parar a un hospital, esta vez por causas físicas. —Hizo un gesto irónico—. Mi cuerpo estaba roto por todas partes: un fémur, un antebrazo y desplazamiento de vértebras. Me escayolaron prácticamente todo el cuerpo. Y así permanecí, tendido boca arriba, con una pierna y una mano levantadas… Cuatro meses, y luego rehabilitación. La verdad es que algunas veces pensé en usted y hasta me pregunté si no le extrañaría no volverme a ver por el bar, pero mi vida cambió radicalmente. Cuando salí del hospital apenas podía desenvolverme solo y una hermana mía me obligó a instalarme en su casa. Fue un tiempo difícil y aburrido, pero ya pasó —dijo—. Me recuperé totalmente. O casi.
—Siempre dicen que se vuelve a nacer después de un accidente —dije.
—Eso dicen —asintió, y añadió, mirándome con interés—: No deja de ser curioso que nos hayamos encontrado de nuevo en otro bar.
—Supongo que somos dos noctámbulos.
Movió la cabeza, filosófico. Dio un largo trago. De repente, volvió a mirarme, como si súbitamente se hubiera acordado de algo.
—¿Recuerda usted lo que le conté? —me preguntó—, ¿recuerda usted mi historia?
—No era una historia fácil de olvidar.
—Eso creo yo —dijo, convencido—. No se va usted a creer lo que me pasó después. Hace unos meses me encontré con el doctor, el amigo de mi mujer, ¿se acuerda? Creo que le hablé de esa visita, era un hombre simpático, que hacía bonitos dibujos de máquinas y que parecía tener buenas intenciones, pero yo, sin duda asustado, me desmayé en la consulta, perdí el sentido. Pues bien, yo salía del Banco y me crucé con él en la puerta giratoria. Dio la vuelta y me abrazó. Me quedé asombrado, ¿era para tanto? Pero él seguía mirándome, emocionado. «¡Cuánto me alegro de verle!», repetía. Supongo que debió de comprender que me había sucedido algo y le tuve que explicar lo del accidente. «Pero por lo demás se encuentra usted bien, ¿verdad?», insistía, y quiso que tomáramos un café. «No tengo ninguna prisa», dijo, «no sabe lo que me alegro de verle, lo del Banco puede esperar». Fuimos a una cafetería. «Nunca pensé que volvería a verle», me confesó entonces, «pero he pensado mucho en usted. Verá, me cuesta decirlo, pero usted es para mí un fracaso profesional. Debo admitirlo. Me equivoqué con usted. Y lo siento, quiero que me disculpe». Le disculpé, ¿cómo no iba a hacerlo?, pero le pregunté por qué decía eso. «Así que no sabe nada», me dijo, asombrado. «Nada de qué», dije yo. «Pues de su mujer». «Nada, no la he vuelto a ver desde que me separé de ella, hace por lo menos diez años». Tenía una expresión preocupada. «Está internada», dijo gravemente. «Era ella quien estaba enferma. Inventaba historias. Confunde la realidad con la fantasía. Se encuentra ya en una situación irreversible. Todos los diagnósticos coinciden». Me miraba con dolor. «Lo siento», dijo. Me apretó el brazo, pagó la cuenta y se fue.
»Se fue, así, tranquilamente, diciéndome la verdad de tantos años de mi vida. Salí a la calle y me maravillé del fulgor del sol, del color del cielo. La verdad estaba allí, rodeándome. Apenas me podía sostener en pie.
Se calló, pensativo. Todavía temblaba.
Algo en mí se estremeció. Su tono de voz, distante, levemente incrédulo, conmovió mi conciencia. Nuevamente incrédulo, conmovió mi conciencia. Nuevamente dudé, ¿sería cierto lo que me acababa de contar? ¿Qué sentido tenía que inventar a esas historias para mí?
—Me pregunto por qué me desmayé —murmuró—. Eso hizo que el médico pensara que yo estaba verdaderamente enfermo. Solo tenía miedo.
¿Qué podía decirle? Pedimos otras copas.
A nuestro alrededor, la gente se fue marchando. Quedaba una pareja, un hombre joven y una mujer de cierta edad: ¿una aventura? El camarero se dirigió hacia ellos, entre las mesas.
—Vamos a cerrar —dijo.
—Van a cerrar —dijo el hombre, a mi lado, mientras se llevaba el vaso a los labios, apurando la bebida.
—Esa vez me toca a mí invitarle —dije yo.
En la calle, nos vimos envueltos en una lluvia fina. Era una noche gris de otoño, una noche igual a muchas otras. El hombre me dijo adiós, se subió el cuello de su gabardina y echó a andar. Andaba con dificultad, no como anda un borracho, sino como anda un hombre que no puede dominar el mecanismo que mueve sus piernas. Observé cómo se alejaba y algo me contuvo para no ofrecerme a acompañarle hasta su casa. Tal vez el miedo a hacerme amigo de un demente.
Me dije que su pista volvería a perderse, como la de tantas otras personas que, repentinamente, se esfuman, sin que normalmente lleguemos a saber qué caminos emprendieron cuando se alejaron de nosotros, si les fue mal, si les fue bien, si fueron trágicamente atropellados por un coche o por la misma vida, si fueron, por lo contrario, alzados a alguna hermosa cima desde la que todavía nos recuerdan con la sensación de los buenos momentos, esos buenos momentos que aquel hombre buscaba cada noche, cuando salía del bar y echaba a andar en el silencio de la madrugada, diciéndose que todo estaba bien, lejos y en su sitio, sin importarle demasiado haber sido engañado u ofendido, todo estaba bien en ese momento de valor incalculable.
Y pensé en Flory, en la absorbente y frívola Flory, que tantas miradas de curiosidad había lanzado al extremo de la barra del bar, aspirando a desvelar el misterio de la vida de aquel hombre silencioso y absorto. Me hubiera gustado saber qué pensaba de ese final y me pregunté qué pensaría de él si no lo viera ahora, más demacrado que nunca, renqueante y tembloroso. Puede que todavía, incluso así, le hubiera gustado. Lo cierto es que, unas horas más tarde, traté de buscarla, a ella, a la alegre, celosa y persistente Flory, pero no la encontré.