País Relato - Autores

sebastián martínez

la furia

Desde los tiempos de Orestes las furias no han perseguido más a los hombres. Pero tal vez mañana. O tal vez hoy. Ahora mismo…
La furia vivía pero no existía. Existía pero no en vida. Dormía pero no descansaba. Era humana pero no parte de la humanidad. Consciente pero inanimada. Estática pero no muerta.
Simplemente esperaba.
Por su parte, la humanidad continuaba su habitual camino. Los neutrales y los pacifistas se dedicaban a fabricar armas para vender a los belicistas. En nombre de la paz se arrojaba napalm en el sudeste asiático. En el medio Oriente, los intereses del petróleo y las habituales dictaduras, que no sabían cómo distraer la atención del pueblo, se dedicaban a maquinar sobre los sistemas de seguir en el poder, al precio normal de sangre y sufrimiento. La carrera de armamentos seguía tras los telones de conferencias y acuerdos que costaban millones, mientras por otro lado la gente se moría de hambre, al mismo tiempo que ciertas organizaciones gastaban más en cócteles y recepciones que sus presupuestos de la lucha contra el hambre y la pobreza. En los demás lugares los negros tiraban al blanco, se producían revoluciones, contrarrevoluciones, golpes de estado, contragolpes, sublevaciones, crisis monetarias, crisis ideológicas y crisis de sentido común.
Cualquier tiempo pasado fue mejor.
Volvamos hacia el pasado…
… hacia el pasado. Hacia el grupo 509 de la escuadrilla norteamericana 313, al mando del Coronel Tibbets.
Son las nueve horas y catorce minutos, cuando el bombardero Enola Gay vuela sobre una ciudad. Una compuerta se abre lenta y ominosamente. Adentro, en la penumbra, reluce con brillo mate un gran ovoide negro. Como un monstruo de pesadilla agazapado en un pozo sin fondo. Mudo, ciego, inerte. Pero en su corazón, en su interior, está la energía del universo.
El sistema hidráulico abre con un golpe seco los brazos de acero que rodean la bomba atómica y ésta cae perezosamente, como si no deseara nunca llegar al suelo.
El proyectil gira sobre su eje y su roma punta mira sin ojos hacia la semidormida ciudad.
¡Salve, Hiroshima!
¡Yo te saludo!
Aquí, entre el cielo y la tierra, en una milésima de segundo, se ha formado una esfera con dos segmentos de uranio. Una billonésima de segundo más tarde, un fantástico resplandor azulado ha brillado en el interior de la bomba. Una millonésima de segundo más tarde una bola de fuego inmensa aparece sobre la tierra.
Y ha sonado un trueno como si fuera a hundirse un continente.
Es un trueno que ha despertado al mundo.
Abajo, una onda de choque arrasa los edificios e incendia todo lo que encuentra a su paso.
En el centro de la explosión, la desintegración absoluta. La transmutación prosigue en el suelo, en los muros, en el aire. Radioactividad en la alta atmósfera y en todo lo que era la ciudad. Rayos alfa, beta y gamma, en el aire, en el polvo, en el agua.
Si ha quedado alguien vivo no importa.
Morirá igualmente.
¿Cómo serán los que nazcan de aquí a cien años, las mutaciones?
Hiroshima eres sólo ceniza y fuego, una columna de ceniza y polvo que se alza sobre el mundo. Un obelisco de ruina y muertos que se proyecta en la estratosfera.
Un monumento de muerte de trece mil metros de altura.
Y pocos días después, cuando aún arde Hiroshima, otro trueno sacude el mundo.
Nagasaki.
Aquí el sol brilla en el cielo. Otros países, otras ideas. Pero los hechos son los que cuentan, no la amistad o el desprecio.
En la mañana hay muchos que aprenden que la guerra no es una película de efectos, ni las letras impresas de los periódicos.
Pues en cuatro días han muerto cerca de medio millón de personas.
Más los que han muerto en los combates.
En los bombardeos.
En los campos de concentración.
¡Civilización!
La espera había terminado.
Sus manos se cerraron y se dirigieron hacia su pecho. Los largos cabellos negros se agitaron como si soplara el viento.
Y unos ojos se abrieron.
Unos ojos inmensos, profundos, de color verde, fulgurantes de odio, centelleantes como el corazón de una esmeralda.
La espera había terminado.
El sociopsicólogo se hallaba en lo alto del acantilado y observaba las gaviotas. Podía ver su escafandra autónoma destacándose como un gran limón sobre la arena de la pequeña y tranquila caleta del acantilado. Se le ocurrió pensar cómo sería caerse por allí. Observó la extensión de la costa que se ofrecía a su mirada. Por lo que veía lo mismo le daba que todas las ciudades del mundo yacieran en ruinas ante él. Pateó una piedra del reborde y observó cómo caía, imaginando que era él mismo.
La furia salió de la cueva y permaneció erguida en el reborde que daba al mar. Contempló el horizonte límpido y azulado que se confundía con el mar y las revoloteantes y blancas gaviotas en el fondo del acantilado.
El sociopsicólogo se preguntó cuánto tiempo hacía que estaba allí sin moverse.
Se preguntó por qué había venido aquí.
Era el peor sitio de todos para pasar la mañana.
De pronto, súbitamente, como apareciendo de la nada, vio a una mujer en el reborde inferior, a sus pies. Una mujer de cabellos negros, de azulado reflejo, que se extendían sobre sus hombros y le cubrían casi toda la espalda.
Aunque impasible, se maravilló.
El rumor del mar llenó el tranquilo silencio. Era un magnífico cuadro estético. Pero en estos casos la estética acostumbra a ceder ante la onomatopeya.
Por ello…
—¡Eh! —gritó—. ¿Qué…?
La frase nunca terminó. Porque la mujer se había girado, con los cabellos revoloteando como un gran abanico negro.
Y lo había mirado.
Y sus ojos verdes eran como intolerable odio destilado.
La furia observó al que había gritado.
Era un hombre alto y delgado, de cabellos de reflejo rubio y ojos grises burlones. Tenía un aire tranquilo, como si la presencia de ella fuera lo más natural del mundo. Como si el encuentro no tuviera importancia.
Entonces tomó una decisión.
Tendió una mano.
—Ayúdame a subir —dijo.
El sociopsicólogo y la furia caminaron juntos sobre el borde del acantilado.
Ahora que la veía a su lado, se hallaba intrigado. Porque al principio había creído que era una turista con el deseo de broncearse, pero a su lado podía ver que tenía una piel tersa y láctea, blanca como la nieve, como si el sol no existiera allá de donde venía.
Y aquellos ojos verdes que parecían desear la muerte de un mundo.
—¿Puedo saber tu nombre? —había preguntado.
—Soy una furia —había dicho ella, con aquellos inmensos y rutilantes ojos de color jade.
Y él la había mirado atentamente, diciéndose para sí que no había visto otra mujer igual, con aquellas facciones clásicas, aquel cuerpo proporcionado, propio de las estatuas griegas.
Como para hacerle el amor.
Bueno, ya llegaría esto, si podía.
Lentamente, bajo el cálido sol, descendieron hacia la caleta donde él se había instalado y se detuvieron en la fina y tórrida arena.
La furia miró las calmosas y transparentes aguas, como si no las hubiera visto nunca.
—Deseo bañarme —dijo, andando hacia la orilla.
El sociopsicólogo observó cómo se acercaba al mar; una maravillosa estatua, una perfecta escultura contra el dorado reflejo del sol en el agua, y se quedó titubeando.
—¿Vienes? —murmuró la furia.
Cogidos de la mano entraron en el agua.
Cuando salieron del mar, él extendió una gran toalla de vivos colores y se tendieron sobre ella.
Le pasó un brazo por debajo de sus blancos hombros y sus negros cabellos.
Podía ver maravillosamente su satinada piel y la perfección sobrehumana de su cuerpo.
Tan cerca y tan lejos, pensó, si no fuera por estos ojos fríos y llenos de odio.
La furia giró su cabeza hacia él y sus inmensos ojos se clavaron en los suyos.
Como una serpiente hipnotizando a un pajarillo, pensó él.
—Tengo la misión de destruir a la humanidad —dijo la furia.
Si esto lo hubiera escuchado de cualquier otro, él se hubiera hecho un comentario privado sobre el equilibrio mental del que lo dijera. Pero aquellos ojos grandes y brillantes no permitían tomar el asunto de una manera normal.
—Al paso que va —dijo—, no creo que sea necesario hacer nada para lograrlo.
—Precisamente por ello.
—¿Y cómo vas a hacerlo?
—Muy fácil.
—Ya —no pudo evitar un dejo de ironía en su voz.
La furia se apoyó en un brazo y se inclinó sobre él. Sus ojos parecieron hacerse más grandes y fulgurantes, llenos de un odio infinito.
Imprevistamente, en un instante, la playa se transformó en un lago de llamas, mientras los dos quedaban aislados en el interior de un reducido círculo. El calor era espantoso. Parecía como si estuvieran en el interior de un volcán en erupción, en la puerta de un horno de hierro fundido.
Abruptamente, al igual que había empezado, la playa recobró su normalidad.
El asombro le embargó.
—Poltergeismo —murmuró—. Una aplicación de las fuerzas parapsíquicas. Pero, ¿cómo…?, ¿qué…?
—Soy una furia —había repetido ella—. Y ahora te doy una oportunidad.
—¿Una oportunidad? ¿Una oportunidad de qué?
—De defender a la humanidad.
El sol permanecía inmutable en el cielo azul de verano. Las gaviotas chillaban y hundían su cabeza en el agua. La arena refulgía con dorado calor.
Allí estaban. Un hombre y una furia.
Adán contra Megaera.
Un símbolo irónico, pensó él. Yo defendiendo a la humanidad. A una humanidad que no me importa. Pero…
—La humanidad no necesita defensa que yo sepa. Sus obras hablan por ella.
—Todas sus obras han sido para producir guerras.
—No, no todas.
—Demuéstralo.
—Pues había un tiempo en que…
… había un tiempo en que todo era miedo. Los hombres primitivos se encontraron con fenómenos más allá de su comprensión: terremotos y volcanes, el mar y las tormentas, los huracanes y las lluvias, el sol y el fuego. Más incomprensible era el hecho de que nada parecía estable: el día y la noche, el cielo infinito, el nacimiento y la muerte. El miedo, el temor, lo desconocido, todo ello fue el principio de la religión.
Y sin embargo, para enfrentarse a lo desconocido no hace falta tener grandes conocimientos, no hace falta ningún valor. Sólo hace falta la sabiduría, porque cualquiera puede tener conocimientos o adquirirlos. La sabiduría es algo específicamente humano. No requiere conocimientos, no precisa instrumentos. Una máquina puede suministrar datos, una medición pude aportar cifras, y algunas veces el investigador no hace más que tomar nota. La sabiduría es la que ha de interpretar los conocimientos.
Así, hubo un tiempo en que la belleza y una relativa sabiduría llegó a reinar durante casi un siglo. Una sola ciudad, con una población que no llegaba a los cuarenta mil habitantes, alcanzó un florecimiento intelectual suficiente para influir en la cultura occidental durante dos milenios y medio.
Treinta años de guerra fueron suficientes para destruir la Atenas de Pericles.
Según dice la historia, Arquímedes calculó las leyes de las secciones cónicas, las del sistema de poleas y la bomba hidráulica, mientras los romanos sitiaban la ciudad donde residía.
Arquímedes fue una gran figura, un genio y un hombre con sabiduría.
Todo ello no impidió que un legionario le partiera el cráneo con su espada.
Aristóteles fundó un gran compendio de recopilaciones y estableció unas bases del pensamiento que habían de arrastrar a la humanidad por un camino falso durante dos mil años.
Luego, se suicidó.
Los artistas del Renacimiento crearon sus obras entre torturas y hogueras.
Pero las crearon.
Galileo y Giordano Bruno tuvieron menos suerte.
Sólo porque el Sol había de dar vueltas alrededor de la Tierra.
Cuando en realidad es al revés.
La teoría de Platón de que los filósofos debían gobernar fue siempre rechazada por Kant, afirmando que el uso del poder impide inevitablemente el uso de la razón.
Las células que componen un cuerpo humano se rigen por distintas leyes fisiológicas.
A la humanidad se le puede aplicar una analogía semejante.
Pero, algunas veces, hay células que no siguen esas leyes, que se rebelan, que se multiplican sin deber hacerlo. Esas células malignas crecen a expensas del organismo, lo intoxican y lo conducen a una catástrofe inevitable.
Es el cáncer.
Ha ocurrido antes y ahora.
¡Heil!
¡Sieg!
Nace la gente en el interior de cierta cultura. Y se les educa y cría de acuerdo con ella. Se les atiborra de símbolos, de ideas, de analogías.
Nada más que símbolos. Que es lo peor que puede tener un ser humano. Conducen a la identificación. Y llega un momento en que están convencidos.
Dígaseles que las costumbres de su cultura son las mejores y se lo creerán. Año tras año en el mismo ambiente, tratando con gente que posee las mismas normas inculcadas. Evítese todo el contacto posible con pueblos de otras costumbres. Instáurense fronteras y leyes de diversos tipos.
¿Qué se ha logrado?
Hágase desfilar a este pueblo delante nuestro y pregúntesele lo que se quiera acerca de sus costumbres. Estadísticamente, nadie discrepará grandemente del otro. Habrá diferencias de opiniones, de conocimientos, de ideas, pero no de la cultura. Parecerá como si todos hubieran salido del mismo molde.
¿Quién tiene la culpa?
Nadie, pues al final la cultura se ha cerrado sobre sí misma.
Dígaseles ahora que son los mejores, una raza superior, una nación con destino histórico, el repositorio del futuro, el imperio de los mil años.
Neurosis.
Y las bombas caen…
—… caen porque hay un millón de hechos, ambición, odio, ansia de poder, frustraciones, complejos, ignorancia, embrutecimiento, desconfianza, inferioridades. Y un día estallan…
Besó a la furia suavemente en el hombro.
—… estallan porque hay además otras razones. Mercados, población, producción, alimentos, materias primas, armamentos…
La siguió besando hacia el cuello y deslizó su mano por su espalda.
—Y la gente no puede hacer otra cosa que seguir a rastras de lo que han creado. No pueden rebelarse. Están presos en su propia obra o en la de la mayoría…
¿Tiene derecho el poderoso a ejercer su fuerza contra los débiles?
¿Qué es lo que se entiende por poderoso y por débil?
Así, llega el día de los vencidos.
Y el precio de la derrota es siempre muy caro.
Hambre.
Sin hogar.
Y vergüenza.
Pero la vergüenza, la ética, la moral, debían de tenerse antes.
Y con ello el período de la postguerra y sus consecuencias.
Porque el hambre es algo terrible y lo puede todo.
La bomba atómica se logró merced a un cúmulo de coincidencias a través de la historia.
Y se arrojó, aunque Japón ya había ofrecido tres veces su rendición por medio de países neutrales.
Porque había costado dos mil millones de dólares que se habían de justificar ante la nación, y por razones políticas frente a Rusia, el gran oso despierto.
Dos mil años antes, Dios había venido a salvar a una humanidad pastoril encerrada entre desiertos y montañas.
Hágase tu voluntad.
Ave María.
Pater Noster.
Dominus regit me.
El Señor es mi pastor…
—… la humanidad está recogida en sí misma. Ha cerrado los ojos ante la vida natural y sencilla y se ha envenenado con un cúmulo de símbolos carentes de significado. Más vale dejarlo así. Es su peor castigo. Quizá algún día…
Besó a la furia en los labios.
La furia se levantó. Un remolino de negros cabellos y unos feroces ojos verdes.
—¡Tú! —gritó—. ¡A ti no te importa la humanidad! ¡Ni su pasado, ni su presente, ni su futuro!
—Nunca he dicho que me importara. Tal vez sienta curiosidad por su futuro.
—¡Tú eres un cínico, un falso, un indiferente, un egoísta, un…!
La furia se derrumbó, se replegó sobre sí misma, sollozante.
La acercó hacia su hombro y la acarició.
Está bien, pensó, está bien. Siempre hay un modo de vencer. Habla mal de la humanidad y el otro buscará inconscientemente el descargo de esa maldad. Y entonces es posible que vea que la humanidad también posee ternura, esperanzas, temores, ansiedades. De que también desea un momento de felicidad. De que sus actos son sólo una aberración, una distorsión de esos deseos. Y de que estos actos es inevitable que ocurran. Alguna vez, algún día…
Las estrellas fueron mudos testimonios de una mutua comprensión y entendimiento.
Y de una pasión amorosa.
Verdaderamente humana.
Por la mañana, el sociopsicólogo abrió los ojos al sol naciente y miró a su lado.
Estaba vacío.
Un poco más allá, en la arena, estaba escrito: ADIÓS.
Y había una marca borrosa, como si ella hubiera deseado decirle algo más.
Sus pasos terminaban abruptamente en la arena, como si se hubiera desvanecido en el aire.
Más tarde, en el mar, con la escafandra en la espalda, nadando hacia el azulado fondo, se preguntó qué hubiera ocurrido en caso de no haber convencido a la furia.
Claro que él había actuado por egoísmo, a pesar de formar parte también de la humanidad.
Porque la humanidad le importaba poco.
Muy poco.