adaliana
Esta noche, cuando Escudero descienda a los pisos que habita la servidumbre y llame a la puerta de Adaliana, sucederá algo terrible. Pero hasta aquí no habrá sorpresas. Acostumbradas a los pasos del hombre, acurrucadas ya entre las sábanas, las mujeres permanecerán atentas e intuirán las figuras que, al paso de Escudero, dibujarán los candelabros con sus sombras en los pasillos de los cuartos. Cuando el hombre se detenga frente a la puerta elegida, todos escucharán los golpes. Llamarán a la propia puerta, o a la puerta vecina; todas concluirán que da lo mismo. Las jóvenes esperarán en silencio, las niñas dormirán con las manos de sus madres aferrándoles con fuerza las muñecas. Aguardarán impacientes los movimientos de la elegida. Sin decir una palabra, ella abandonará la cama para salir de inmediato y caminar tras Escudero. Las que queden escucharán los ruidos en la escalera y la puerta que se cierra con ansiosa bestialidad. Después, con el sueño, pasará la noche, y aún demasiado temprano para que las pequeñas ventanas iluminen sus cuartos, las mujeres de la casa despertarán al oír los pasos que descienden las escaleras y avanzan penosamente hacia el único cuarto que, en la noche, habrá esperado con la puerta abierta. La mujer se recostará con cuidado en la cama vacía y dormirá hasta entrada la tarde, puesto que ninguna de ellas reclamará su ayuda en el trabajo diario y, aunque muchas la alentarán a conversar, guardará silencio durante varios días.
Pero esta noche será diferente. Adaliana, su joven imagen frente al espejo, cepilla un largo y lacio pelo negro que no conoce otras manos que las propias. Escudero la ha visto esta tarde lavar ropa junto al río y no habrá azar en la elección: llamará a su puerta con la necesidad urgente que le inspira lo nuevo. Lo que no sabe Escudero, y sospechan las mujeres, es que algo extraño sucede con Adaliana: cuando se peina frente al espejo, han visto el delirio en sus ojos ausentes al mirar sus propios ojos. Atentas, sabrán que la puerta elegida es la de ella y darán comienzo a un rezo que se repetirá en silencio hasta aún entrada la noche, mientras las manos oscuras de la comadrona reconocen el futuro como se anticipa una tormenta y dibujan con sudor, en el aire, un destino que ya se ha visto en sueños y que ella conoce bien.
Pero esta noche será diferente: Adaliana no escuchará el llamado. Mientras los golpes se repitan, las mujeres suplicarán desde sus camas que ella ceda, que abra la puerta. El llamado será cada vez más impaciente, las manos de las mujeres se aferrarán a las sábanas en silencio. Al fin un último golpe derribará la puerta. Como un veneno que se lleva en la sangre, el pelo oscuro de Adaliana se reflejará en las pupilas famélicas de Escudero: ya nada evitará la predicción de la comadrona. En la pared, en los pasillos, en los cuerpos de los dos, las uñas de Adaliana dejarán sus marcas. Luchará frenética, pero él la irá empujando hasta la salida. Se aferrará a los muebles, a los marcos, a los poros ásperos de las paredes, todo lo que los rodea caerá inevitablemente al piso. El terror de sus gritos obligará a las mujeres a asomarse. Sin reconocerlas, Adaliana intentará tomarlas de los brazos arrastrándolas con ella varios metros, hasta que el resto de las mujeres acudan en su ayuda y las separen de sus manos desesperadas. Después se harán a un lado. Contemplarán como una pesadilla la fuerza inagotable que se duplica en la lucha de Adaliana. Desearán que la batalla acabe de una vez por todas, que Escudero la lleve al fin a la salida y ambos se pierdan en la noche. La comadrona, tras la puerta, no verá pero recordará lo que ya ha visto en sueños. Adaliana resistirá cuantas horas lleve junto al hombre. No habrá un grito final, sino varios que se irán perdiendo poco a poco, como los ejércitos en la guerra, o como se pierde la sangre.
Más tarde, la puerta se abrirá con lentitud. Los pasos descansarán de escalón en escalón. Se arrastrarán hasta el cuarto, se detendrán frente al espejo. Adaliana encontrará, en una imagen ajena, ojos que seguirán siendo los suyos pero serán distintos. Escudero no volverá a llamar a su puerta, pero cada noche optará por los mínimos parecidos que el resto tiene con ella. Durante nueve meses, Adaliana dejará sus obligaciones, mirará al resto desde la ventana de su cuarto, guardará silencio; las mujeres sólo se animarán a hablar en voz baja.
El vientre de Adaliana crecerá desproporcionadamente, deformado, consumiéndole el cuerpo como una gigantesca garrapata. Sostenida con firmeza por los ojos que la miran desde el espejo, aferrará el mango de su cepillo como se sostiene un puñal, y en las noches largas, en todas las noches, alisará su pelo con la precisión con la que se decide una estrategia.
Acostumbradas, abocadas sólo a las tareas diarias, las mujeres tardarán en entender que los golpes son contra la criatura, y al fin descubrirán a Adaliana abandonar su cuerpo frente a las escaleras más altas, dejarse caer hacia abajo ajena al dolor. Las manos oscuras, los dedos fuertes de la comadrona, se unirán cada noche al rezar porque la noticia de aquel crimen diario no llegue a escucharse en los pisos superiores. Pero al fin, la gran puerta se abrirá más temprano de lo que esperan las mujeres. Los pasos del hombre bajarán acompañados de otros pasos y otras manos, y tras los golpes a la puerta no habrá tiempo para que Adaliana conteste al llamado. Entrarán con violencia. Esta vez, ella se dejará arrastrar. Las mujeres reconocerán más fuerte que nunca ese olor espantoso que impregnará las ropas y las sábanas.
Adaliana, atada a su propia cama de pies y manos bajo la orden de Escudero, será custodiada día y noche por las mismas mujeres. Obligada a comer, a bañarse, vestida y desvestida por manos sumisas de mujeres carceleras. Dos veces al día, como se recibe las manos de una madre, los dedos oscuros de la comadrona le separarán los labios secos, le abrirán la boca a la fuerza y la obligarán a beber. Adaliana sentirá el agua fresca correr por su cuerpo como se siente correr la vida, la nueva vida en la sangre y en la sangre el alimento de una criatura que crece sin piedad, una sustancia acuosa y débil que irá afianzándose en su vientre como una enfermedad nefasta.
Al fin llegará el momento. Tras meses de silencio se escuchará el grito de Adaliana: inapelable, siguiendo el camino que sus uñas marcaron en las paredes, viajará como una sentencia rabiosa escaleras arriba, llegará al cuarto de Escudero y le erizará de frío los pelos de la nuca. Las cocineras harán a un lado la comida, las jardineras abandonarán los jardines, las camareras dejarán caer las sábanas sobre los colchones. Escudero sabrá, sin ninguna duda, que la criatura que nace es la elegida, no uno más entre otros tantos bastardos sino un único y primer heredero. Como si en el grito de este hijo, aun antes de escucharlo, él ya pudiese leer los signos claros de su propia sangre.
La comadrona y otras dos mujeres asistirán al parto. Desatarán las manos de Adaliana que tras meses de inmovilidad permanecerán en su sitio, cerrados los puños como si aferraran una forma de dolor. Tras la puerta, en el pasillo, el murmullo de una multitud de mujeres. Pero Adaliana sólo escuchará otros sonidos: los latidos fuertes de un corazón que no es el propio. Y luego, con la misma cadencia, los pasos firmes del hombre que, desde los pisos superiores, se acerca. Las manos oscuras depositarán en los brazos de Adaliana una criatura pequeña: la predicción de cada noche se cumplirá rigurosa ante los ojos de la comadrona que, rindiéndose al destino, sacará del cuarto al resto de las mujeres.
Pronto llegará Escudero. Se detendrá ante la comadrona, preguntará por el niño. La mujer dirá: esa muchacha no lo quiere, se lo comería si pudiera con tal de que vuelva a su vientre. Y con el horror ya naciéndole en los ojos, la comadrona dejará al hombre pasar al cuarto, cerrará la puerta, y esperará. Las mujeres leerán en sus ojos lo que sigue: el principio de una tormenta, el hombre que se tarda. Ruidos que son quejidos, o llantos. Un gruñido sediento, casi animal, y al fin, el olor a muerte. La comadrona abrirá la puerta. Frente a las mujeres, el hombre caerá de rodillas, y mirará en sus manos ensangrentadas los posibles restos de algo que fue pequeño, y suyo, pero que ya no lo es.
Por eso es que la comadrona, rodeada de velas, une sus palmas y reza: es que esta noche sucederá algo terrible, piensa, mientras la gran puerta del pasillo se abre y en el cuarto contiguo, peinando su pelo negro, Adaliana mira en el espejo sus propios ojos ausentes.