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rosa axelrud

venus de recoleta

En abril nos mudamos al departamento de Parera y Quintana, y los Heinemann, en agosto del mismo año. Nosotros ocupamos el quinto piso, y ellos, el décimo. Los Heinemann eran una familia compuesta por el marido, alto, robusto y hosco, la mujer, bajita, regordeta y altanera, de esa gente que se lleva a todo el mundo por delante, y dos hijas adolescentes que provocaban eternas discusiones entre los padres. Por lo mucho que gritaban, pasaron a ser la comidilla de quienes oían su vocerío. No podemos afirmar que fueran desagradables, pero tampoco demasiado agradables. Eran esa clase de personas indefinibles, salvo cuando actuaban con desconsideración a los vecinos o sin respetar las normas de buena convivencia. No es por hablar de ellos, porque a nosotros no nos gustan los chismes, pero sepan ustedes que en diversas ocasiones entrábamos en el garaje y encontrábamos la camioneta de la señora Heinemann en nuestra cochera, que es fija, como todas las de nuestro edificio, donde no hay espacios guardacoches, entiéndase bien; o si queríamos sacar nuestro auto, su camioneta estaba estacionada de tal manera que obstruía parte del pasillo que iba hasta la rampa de acceso. Los vecinos murmuraban su disgusto contra los Heinemann, pero como es sabido, ninguno se quejaba ante ellos. En cuanto a nosotros, no nos metemos en la vida de nadie, no nos gusta llevar y traer chismes.
De lunes a viernes, todas las mañanas a la misma hora, el señor Heinemann salía en su automóvil y regresaba todas las tardes, también a la misma hora, y los sábados y domingos salía vestido con ropa de gimnasia y zapatillas siempre a las 8 y volvía siempre a las 12, nadie pudo averiguar dónde iba, pero los vecinos y el personal suponían que a correr por ahí. En casa, coincidíamos en pensar que tanto físicamente como en materia de hábitos, la señora Heinemann era la perfecta contrafigura del marido. Él se veía metódico, ella imprevisible; él, ordenado, ella, lo contrario; él, prolijo, ella, no. Y debíamos reconocer que gracias a los Heinemann, todo el personal del edificio que se ocupaba en tareas de limpieza, seguridad y mantenimiento, tenía tema de conversación y se entretenía chismeando sobre esa familia, en beneficio de los demás habitantes de los otros pisos. Pero nosotros no nos metemos en la vida de nadie, no nos gusta llevar y traer chismes.
Una noche, nos cruzamos con los Heinemann en el hall de entrada. Según lo usual, la señora Heinemann protestaba quién sabe por qué, mientras el marido la ignoraba a ella y lo que ella decía. Alcanzamos a oír que estaba cansada de que no le prestara atención.
—¡Pobre señora! Con razón es así. Debe estar llena de resentimiento —no pude contenerme de opinar y agregué— vaya a saber cuánta infelicidad viene padeciendo.
—¿Y qué querés? ¡Pobre el marido! No debe resultar agradable vivir con una mujer como esa. Se nota que es de las que se dejan estar —acotó mi marido. Eso sí, quede claro que nosotros no nos metemos en la vida de nadie, no nos gusta llevar y traer chismes.
Esa misma noche, la discusión entre los Heinemann fue fenomenal y no hubo sólo gritos, esta vez tiraron sillas, platos. Una de las hijas lloraba. Nadie supo el motivo de la disputa, pero al día siguiente, la señora Heinemann salió muy temprano en la camioneta con una de las hijas. Nosotros la vimos pasar, ceñuda y sin saludar, lo cual no nos sorprendió. En el edificio, algunos vecinos la apodaban “Miss Simpatía”. A nosotros nos contaron y nos causó gracia, pero nada más, porque no nos gusta llevar y traer chismes ni meternos en la vida de nadie.
En la Asamblea anual del consorcio estuvimos casi todos los copropietarios. Los Heinemann, también. Nos llamó la atención que ninguno de los dos saludase ni siquiera con una inclinación de cabeza. Permanecieron apartados y sin hablar ni entre ellos. Semejante actitud era propia de la esposa; él, aunque de pocas palabras, siempre se había mostrado cortés. A la otra hija tampoco la veíamos y todos estábamos intrigados, claro que por cuestiones de buena educación, nadie preguntó nada. Menos que menos nosotros, porque no nos gusta llevar y traer chismes, ni meternos en la vida de los demás.
—Sé algo sobre los Heinemann —dijo mi marido esa noche, después de la Asamblea, cuando cenábamos y como levanté la cabeza para mirarlo con cierta sorpresa, se rió—. Me enteré de esto por el vecino del noveno piso, yo nada pregunté, sabés que no me gustan las historias, pero como él empezó a hablar lo escuché. Heinemann es empresario, tiene una fábrica, nadie sabe exactamente de qué; la esposa está en la casa y opino que debe ser de las que hacen creer que hacen algo, sin hacer nada. Dicen que las hijas estudian, pero como son medio ligeras de cascos, apañadas por la madre, después del último escándalo, parece que las inscribieron en la Universidad de Houston, en programas para estudiantes de habla hispana.
—¡Con razón se peleaban tanto! Él, se nota que es un hombre educado, un caballero, tiene modales. Lo que debe sufrir con una mujer e hijas como esas. ¡Qué infierno! Claro, por eso está tanto tiempo en la fábrica, si es que está en la fábrica, aunque para mí, algo pasó con ellos, en esa casa —señalé. Y, en definitiva, convinimos en que a nosotros ¿qué nos importaba? No nos metemos en la vida de nadie, no nos gusta llevar y traer chismes.
Meses más tarde nos encontramos con el señor Heinemann en el ascensor. Nos saludamos todos y sin que en realidad nos interesase, sólo por gentileza, le preguntamos por la señora. Movió la cabeza como diciendo que era un caso perdido y con una mueca, nos confió que creía que ella no estaba en sus cabales.
—Imagínense. Ahora toma antidepresivos que le recetó no sé qué médico. Mi señora consulta con el médico que pueda manejar, aquel a quien ella le diga qué tiene que tomar. Como paga bien, siempre encuentra alguno dispuesto a complacer su capricho. Créanme, ustedes no saben cuánto cambió desde que nos casamos —dijo, vomitando las palabras.
Nos sorprendió que hablase tanto y, más aún, semejante confidencia y, no supimos qué decir. Lo vimos alejarse con paso rápido y firme. Pensamos que, en todo caso, a nosotros no nos importaba, no nos metemos en la vida de los demás, no nos gusta llevar y traer chismes.
Otra tarde nos tocó compartir el ascensor con la señora Heinemann. Nosotros ya habíamos subido cuando ella llegó corriendo desde la calle y entró. Al principio, nos costó reconocerla, con esas vendas en la cara y unos anteojos oscuros enormes. Nos dimos cuenta de que era ella, porque aunque nunca nos fijamos en nada, su figura regordeta, su baja estatura, el pelo con rulos, la ropa arrugada, los zapatos sin lustrar, denotaban que no podía ser otra. Como ustedes ya saben, nosotros no nos metemos en la vida de los demás y no nos gusta llevar y traer historias, todos nos conocen así, porque ¿a quién le importa lo que le pasa al otro?, pero por razones de buena vecindad nos vimos obligados a preguntarle qué le había sucedido. ¿Algún accidente, quizás?
—No, nada de eso, por suerte. Es que me cansé de mis párpados abultados, de mis patas de gallo, de las arrugas en el entrecejo y alrededor de la boca. Además, me operé de la nariz ¿recuerdan esa pequeña giba? y, cuando me saque estas vendas, la tendré respingona como siempre soñé —nos confió, riendo alegremente.
Nos quedamos perplejos. ¿Qué poder, qué fuerza tan grande tenía la cirugía estética como para haber cambiado el humor de la señora Heinemann?, lo cual a nosotros no nos importaba, salvo para estar enterados del asunto por si algún vecino nos decía algo sobre ella, porque nosotros no nos metemos en la vida de nadie, no nos gusta llevar y traer chismes. Semanas después, regresábamos a casa y vimos detenerse una ambulancia frente al edificio y a dos enfermeros que bajaban y abrían la puerta de atrás. Nos detuvimos para ver de quién se trataba, nada más que para estar al tanto. Con cuidado sacaron una camilla con la señora Heinemann, que tenía los ojos cerrados. Inmóviles y silenciosos, contemplamos a los dos enfermeros que empujaban la camilla, alejarse y desaparecer en el ascensor de servicio, más grande que los otros. Nos miramos, ardiendo en deseos de saber qué le había ocurrido a la pobre señora, sólo para estar al tanto, porque no nos gusta llevar y traer chismes, ni meternos en la vida de los demás. Mi marido aventuró que la operaron de algo, que estaría enferma. Yo lamenté que estuviera enferma, tal vez, grave. Qué pena, ahora que estaba poniéndose tan linda, después de las cirugías de párpados y de nariz, aunque suponíamos que no debían de ser las únicas. Quizás se había hecho lifting, pues hoy, cuando pasó en la camilla, la observamos muy bien y, sin maquillaje, ¡no se le veía ni una sola arruga!
En el edificio, nadie sabía qué le pudo haber pasado, y los vecinos con quienes nos cruzábamos, al entrar o al salir, conjeturaban toda clase de hipótesis. Algunos, no descartaron una paliza, otros pensaban en un accidente, cualquier causa era posible.
A nuestro regreso de las vacaciones nos encontramos con el vecino del sexto piso a quien le preguntamos por las novedades, sólo para estar informados, cuestiones de buena vecindad. Lo primero que nos contó fue que el señor Heinemann estaría de viaje, porque hacía tiempo que nadie lo veía. Opinamos que iría a ver a las hijas, a Houston. Quisimos saber sobre la señora Heinemann, para estar al tanto, nada más, porque a nosotros no nos gusta llevar y traer chismes, ni meternos en la vida de los demás, como ustedes ya saben. A ella sí la veían, grosera y maleducada como siempre o peor que siempre, ahora que parecía una Venus.
Llegó el invierno y el tiempo lluvioso. Aquella noche, mi marido regresó tarde, de modo que cuando entró, quise saber por qué se había demorado.
—Esperá que me cambie de ropa, estoy calado hasta los huesos —pidió, quitándose las prendas mojadas y poniéndose otras secas.
Entretanto, yo preparé la mesa y calenté la comida. Cuando nos sentamos, me miró sonriendo con aire misterioso.
—No me di cuenta de que era tan tarde. No vas a adivinar con quién estuve charlando y tomando un café —dijo y bebió un largo trago de vino.
—¿Por qué tengo que adivinar? ¿Me vas a contar o no? —le contesté.
—Bueno, no te pongas así. Me encontré con la señora Heinemann en una esquina, a unas cuadras, esperaba que parara esa lluvia tan fuerte. Como justo era la esquina de la confitería, la invité a tomar un café hasta que parara un poco de llover. Aceptó ¿y sabés por qué? Me lo dijo, porque sabe que nosotros no nos metemos en la vida de los demás y no nos gusta llevar y traer chismes. ¿Te acordás de que hace tiempo que no se lo ve al marido por aquí, y todos pensamos que estaría de viaje?
—Sí, no lo vimos más después de que operaran a la señora —acoté.
—Así es. Nada de viaje. ¡Se fue de la casa! Si la vieras, esa mujer está irreconocible, parece una estrella de cine, el del sexto tenía razón, una Venus. Me contó que se operó de todo, se hizo de nuevo: párpados, nariz, lifting, lipoaspiración en todo el cuerpo, se puso siliconas en los pechos, se hizo reducir los glúteos. El post operatorio de lo que se arregló en el cuerpo y el del lifting fueron de un sufrimiento atroz, pero estaba dispuesta a pasar por todo eso para que él le prestase atención, quería reconquistarlo —relató mi marido, entre bocado y bocado.
—Pobre mujer. ¿Tan mal se llevaban? Él parecía haberla querido mucho, se lamentaba de que ella cambiara tanto desde que se casaron. Lo increíble es que se fuera ahora que la señora está tan bonita —señalé yo— ¿qué habrá pasado, realmente? ¿Te dijo algo, le preguntaste?
—Sí. No sólo fue el padecimiento de la convalecencia, no quiere ni acordarse de eso, además, lo que le costaron las operaciones: el valor de un departamento de dos ambientes y tanto esfuerzo ¿para qué? Para que el señor Heinemann le confesase que estaba enamorado de otra persona y que no podía seguir así. Y se fue —concluyó mi marido. Quise saber si se había ido con la secretaria, conducta típica, ya se sabe—. No, ¡se fue con el personal trainer!, un joven con quien corre todos los sábados y domingos.
—¿¿Qué!! ¡¡Uy, cuando se lo contemos a los vecinos y al personal!!