una fiesta inolvidable
No había nacido agraciado, la Madre Naturaleza no fue pródiga con él. Ya de bebé se evidenciaron ciertas deformidades como esa cabeza grande hasta la exageración, que hacía pensar a los demás que en cualquier momento iba a rodar por el suelo, pues su cuerpo escuchimizado no se veía tan fuerte como para sostenerla; incluso su pobre madre, que se negaba a aceptar tan dura realidad, llegó a temer que se le quebrase el cuello. La lista de defectos, por llamarlos de alguna manera, se completaba con esa nariz; para algunos, una nueva especie de berenjena rosada; un ojo verde y el otro azul, eso no era tan grave, después de todo hasta le daba un aire interesante. Pero esos dos lunares negros y con pelos debajo de la nariz llamaban la atención por lo desagradables. La oreja derecha mucho más baja que la izquierda y algo separadas del cráneo; las manos enormes, huesudas y los pies pequeños. El cabello color bronce raleaba en esa cabezota y no causaban buena impresión. Tampoco dejemos de mencionar el nombre que según parientes y vecinos, no lo había favorecido: Elio. Sin ser feo, daba lugar a no pocas bromas como esas que le gastaban en forma constante en la escuela: “elio o nosotro, ello acá, nosotro allá”, entre otras, más soeces, a todo lo cual se sumó, justo al empezar el preescolar, una detestable giba en la espalda que con el correr del tiempo se le acentuó. Su madre afirmaba que lo que Dios no quiso darle en belleza se lo había dado en inteligencia y el paso del hijo por la primaria lo demostró con holgura. Gracias a esa inteligencia fuera de la común y a su aplicación en los estudios, Elio mereció ser abanderado hasta su egreso del séptimo grado. Los compañeros, por un lado, se mofaban de su aspecto y, por el otro, se morían de envidia por sus logros. Como es de suponer echaban sal en la herida siempre abierta que le causaba esa apariencia suya y no desperdiciaban ocasión para gastarle toda clase de bromas y para burlarse de él.
En el secundario no fue más afortunado y a pesar de las recomendaciones de sus padres, coincidentes en que debía aprovechar ese intelecto privilegiado para una carrera científica, él se empecinó en estudiar arte. Sería escultor y sin saberlo hacía honor al significado de su nombre, porque precisamente tenía que ver con esa afición al arte. Su deficiente motricidad fina, tan necesaria para colmar su aspiración, no fue un obstáculo, puso toda su energía en juego para mejorarla y sus trabajos merecieron distinciones, por lo que los padres ya no insistieron, tratando de hacerlo cambiar de parecer.
Elio resultó ganador de numerosos premios que le permitieron costear diversas cirugías estéticas que lo sacaron del mundo de los hazmerreír y lo colocaron entre las personas bellas. Cabe mencionar que su obra artística reflejaba, como no puede ser de otra manera, su interior cargado de resentimiento y en aquella primera hora de su carrera sus esculturas vibraban su rencor. Pero no sabemos por qué, la crítica tan veleidosa como el público se enloquecía con cada nueva muestra y lo ponía por las nubes con sus elogiosas opiniones. La fama y el éxito continuos lo contaban entre sus artistas mimados y por fortuna para él, su sufrimiento fue disipándose en la medida en que el niñito que anidaba en su interior enjugaba sus lágrimas de rabia y de impotencia.
Las mujeres lo asediaban y los hombres, también. Él estaba convencido de que la vida le debía un desquite y no dejaba pasar la oportunidad de alimentar su tan maltrecha vanidad, ya que necesitaba ser adorado como a un dios. Los padres observaron sus cambios de humor, sus desganos, las altas y bajas de un caracterismo difícil de soportar y de comprender. Consultaron con médicos del cuerpo y de la mente y todos coincidieron en que se le pasaría. Quizás pensaron que era mejor no tener tratos con él. Con el tiempo y de a poco las frecuentes rabietas se espaciaron y desaparecieron el día en que conoció a Remedios, quien como su nombre, pareció ser el antídoto contra tanta frustración en su niñez.
Remedios, dueña de una belleza tranquila y serena, fue un bálsamo para sus heridas, que ya sabemos, nunca habían cerrado y, aunque la quería, en su fuero interno Elio temía comprometerse hasta la eternidad, sabedor de que todo se transforma. Presuponía que también ella cambiaría para él. La Providencia esta vez resolvió la cuestión, porque la dulce Remedios enfermó de leucemia y en pocos meses expiró en los brazos de un hombre que volvía a llorar con el desconsuelo de aquel niño.
No estaba solo, el éxito jamás deja solos a quienes toca con su varita mágica. Elio transitaba por los caminos de la vida como un rey a quien seguía una infaltable cohorte de aduladores que pretendían asociarse a los buenos resultados que obtenía siempre y, en definitiva, sacar provecho de él. Entre sus seguidores se destacaban tres artistas: dos hombres y una mujer, que se decían sus amigos y, en verdad, por el tiempo que pasaban a su lado daban buenas muestras de serlo.
Por entonces se acercaba septiembre. Elio pasaba horas absorto, pensando en Remedios y en cuánto la echaba de menos. Reconocía, nostálgicamente, que con ella jamás se había sentido triste o amargado como ahora y con varias esculturas en terminación. Una de ellas se llamaría “La Primavera” y cifraba sus esperanzas en que sería su obra cumbre. Trabajaba en ella día y noche, se alimentaba de ella, esa escultura lo obsesionaba.
Uno de los amigos, que había ido a visitarlo esa mañana y a observar sus adelantos en la obra le preguntó cuándo la terminaría.
—Pronto. Me gustaría exponerla en el Centro Pompidou, en París —respondió Elio desde arriba de la escalera, junto a la escultura.
—¿El Pompidou? Elio, ¿qué te pasa? Nos debés a nosotros, tus amigos, ese momento casi sublime cuando le saques el paño que la cubrirá y la muestres. No todos podemos ir a París para la ocasión. Pensalo, nos debés eso a nosotros —afirmó el otro.
Elio lo contempló, dubitativo. ¿Les debía? Él no le debía nada a nadie, mucho menos a quienes cacareaban una amistad de la que él dudaba. La voz del otro lo sobresaltó y le pidió que repitiese lo dicho, no le había prestado atención.
—Dije que por qué no hacés una fiesta. Distinta, especial, y en medio de todos nosotros descubrís “La Primavera”. Estoy seguro de que Solange caerá rendida a tus pies —agregó con una sonrisa cómplice.
Elio sopesó la idea. No estaba mal y tenía tiempo para llevar “La Primavera” al Pompidou. Podía hacerlo cuando quisiera, contaba con los medios y con el beneplácito de los franceses para con su trabajo. No tenía más que escribirles y viajar. Además, la sugestiva alusión a Solange era más que tentadora. La joven, de impactante belleza, había despertado la atención del grupo, pero ella se mostraba esquiva y distante con los otros artistas, preocupada por su labor y por su proyecto de convertirse en una pintora famosa, y a Elio no se le escapaba que le mariposeaba alrededor para que la recomendase a alguna galería de arte para exponer sus cuadros. La muchacha sabía que una palabra de Elio era suficiente, pero él opinaba que aunque las pinturas eran buenas, debía perfeccionarse o divertirlo a él, antes de recomendarla. Sonrió, paladeando de antemano el éxtasis de hacerla suya. Una escultura humana en sus manos, lista para ser sometida y modelada a su antojo y a su caprichoso placer.
Suspiró, prometió pensarlo y lo pensó. Sería una fiesta originalísima. Los asistentes podían conocerse o no conocerse, porque se invitarían en forma encadenada y bajo las estrictas condiciones de ser hermosos y de concurrir disfrazados como habitantes de la antigua Grecia.
Cuando invitó a sus tres amigos, entre ellos Solange, observó complacido el rubor del halago de ella al exponerles su idea y el requisito ineludible de la belleza. Cada uno se comprometió a invitar a tres personas hermosas y así los restantes hasta un total de noventa y nueve.
Al día siguiente Solange fue a verlo con diez telas que colocó una al lado de la otra, formando una línea horizontal que destellaba luz y color. Anhelante, contuvo el aliento esperando su opinión.
—No están mal, nada mal —dijo Elio, tras estudiarlos con detenimiento.
—¡Lo sabía! Sabía que me los aprobarías —rió ella, feliz y estampó un sonoro beso en la mejilla del amigo—. ¿Podrás recomendarme a alguna galería de arte? Si vos quisieras…
—Yo querré si vos querés —contestó Elio con rapidez y la atrajo hacia él dispuesto a una lucha sin renunciamientos. Sin embargo, se sorprendió cuando ella se entregó a sus caricias y a su ardiente juego amoroso sin vacilaciones.
Cuando los dos descansaban su pasión, Solange se incorporó y apoyada en el antebrazo, le preguntó si él querría recomendarla, ahora que ella quiso darle el gusto. Elio sintió que la ira lo embargaba y no pudo contener el impulso de darle una fuerte e inesperada bofetada que la sorprendió. Con un grito la joven cayó hacia atrás, se incorporó sollozando y restañó como pudo la sangre de su boca. Luego escupió su desprecio por el escultor, se vistió rápidamente, juntó sus pinturas y se marchó dando un portazo. Él la dejó ir silencioso e indiferente, pensaba que todas las mujeres eran unas golfas excepto su madre y Remedios, que lo amaron de verdad sin esperar nada a cambio. Su furia no se calmó y con el correr de las horas iba aumentando. Otro amigo le dio su interpretación de que no todas las mujeres eran golfas, sólo las bonitas, que podían sacar ventaja vendiéndose al mejor postor para conseguir lo que deseaban. Elio admitió que el pensamiento tenía su lógica. ¿Qué mujer fea se prostituiría? Nadie se interesaría en una fea.
Una semana antes de la fiesta Solange festejó su cumpleaños y como si no hubiera ocurrido nada, le telefoneó a Elio para invitarlo. Su voz era como un suave ronroneo de gatito mimoso; Elio masticó su desdén y aceptó. La reunión en casa de la joven estuvo animada y todos se divirtieron, menos él. Experimentaba un rencor sordo contra ella y en su interior se libraba una dura batalla entre el deseo y el desprecio. Cuando se marchó con los otros dos, el conflicto no se había resuelto.
Ese 21 de septiembre sin nubes, templado y espléndido daba su alegre bienvenida a la primavera. Los invitados comenzaron a llegar vestidos como en la antigua Grecia y cuando todos estuvieron reunidos, noventa y nueve en total, sonaron las trompetas de Verdi en la Marcha Triunfal de Aída, y entró Elio en medio de una salva de aplausos. Parecía una fiesta en el Olimpo. La música lánguida, la penumbra, la bebida que corría como ríos caudalosos, y, sobre todo, la hermosura colectiva propiciaban juegos amorosos que no tardaron en producirse, porque el deseo se apoderó del ánimo de todos. Y allí como en la antigua Grecia, según cantaba Homero, todos se hicieron el amor entre risas y suspiros. Después, una luz intensa los despabiló y se miraron, desconcertados. La ropa desarreglada, el pelo enmarañado delataban a voces aquellos momentos apasionados y no restaron belleza al conjunto.
Con paso firme Elio se encaminó hacia el enorme bulto cubierto con terciopelo negro. Ahora, la música reproducía el preludio al acto III de Lohengrin de Wagner. Todas las miradas convergieron en el escultor, que se había subido a una tarima, colocándose junto a la alta escultura cubierta.
—Amigos —gritó con voz estentórea— están aquí como resultado de una cuidadosa selección. Fueron elegidos por su hermosura, por ser los más bellos amigos que cada uno de nosotros tiene.
Las risas y los aplausos con los que la vanidad satisfecha aprobó sus palabras atronaron la amplia terraza de la antigua casona familiar donde tenía lugar aquella singular velada. Varios reflectores esparcían luces con los colores del arco iris y uno más grande dirigía una luz dorada a la escultura cubierta con terciopelo negro. Elio tiró bruscamente del terciopelo y ante un ¡oh! de extasiado asombro apareció la magnífica obra del escultor. “La Primavera” era una mujer de proporciones perfectas, tan parecida a Solange que nadie dudaba de que debía ser ella, aunque la de mármol rosado irradiaba una cándida dulzura, inocencia y virtud que no tenía la Solange de carne y hueso. La cerrada ovación premió la obra de Elio, quien con una sonrisa extraña, levantó los brazos para acallarla.
—Gracias, amigos, muchas gracias, pero no es mi mérito. Yo sólo reproduje la hermosura de una mujer en esta piedra, perpetué esa belleza para siempre.
Solange, segura de sí, se adelantó y le agradeció por haberla inmortalizado. Él la hizo subir junto a él y la besó, largamente. Después, la hizo bajar y tomó una manguera que había junto a “La Primavera”.
—Amigos, acérquense. Quiero rociarlos con un elixir maravilloso, capaz de borrarlo todo —los invitó con una sonrisa juguetona. Los asistentes se acercaron riendo y bromeando, aventurando cuál sería el elixir. “Perfume francés”, decían unos, “champán”, decían otros. Elio abrió una canilla que había junto a la escultura y el líquido salió a chorros. Los gritos de sorpresa, los alaridos y los ayes de dolor llegaron al cielo, teñido por nubes de ácido nítrico. La luna y las estrellas huyeron despavoridas y La Belleza, que antes reinaba en ese lugar, desapareció para siempre.