un marido enamorado
Todos decían que habían sido hechos el uno para el otro, que formaban una pareja indiscutible, de esas que son para siempre y más allá de la muerte. Así fue, desde que salieron de la iglesia bajo una lluvia de arroz y de aplausos, que parientes y amigos alborozados les prodigaron con tanta emoción. Los años de armoniosa convivencia trajeron hijos, tres en total, y mayor solidez a la unión de Morita y Romualdo Contreras.
En la pequeña ciudad de Villa Luna, todos trabajaban de sol a sol y los fines de semana se reunían en el Club Social y Deportivo de Villa Luna, donde el baile de los sábados era una tradición.
Allí, precisamente, se habían conocido Romualdo y Morita, y cuando él la vio, supo que esa muchacha tímida, rubiona y custodiada por los padres, sería su esposa. Por eso, no bien empezaron los acordes de un vals, con visible nerviosismo, Romualdo Contreras se acercó al trío y pidió permiso para bailar con la joven. El padre de Morita lo había recorrido con la mirada, sometiéndolo a una severa inspección y, previa inclinación de cabeza de la esposa, en sentido afirmativo, concedió su autorización. El muchacho no la dejó sola ni un momento; si terminaba la música retenía a la muchacha en la pista de baile, esperando que sonaran los nuevos acordes de otra pieza. No quería que bailara con otro, celoso de esa prenda que reclamaba para él, como dueño absoluto.
El sábado siguiente ocurrió lo mismo, y el otro; y así la situación se repetía invariable cada semana. Romualdo, que ya tenía veinticuatro años, consideraba oportuno casarse, ahora que su padre quería que se hiciera cargo del negocio, que se pusiera al frente y tomara las riendas de los ingresos de la familia.
–¿Te casarías conmigo? –susurró en el oído de Morita, mientras giraban al compás de un vals. La respuesta afirmativa y el destello en los ojos de ella fueron suficientes para que Romualdo experimentara la alegría de una anhelada aceptación. La apretó contra su pecho y le dijo que pediría su mano el domingo por la tarde.
Desde aquel primer sábado en que el joven pidió permiso para bailar con su hija, el padre de Morita esperó a que Romualdo se decidiese. Había adivinado que ese jovencito sería su yerno y lo había aprobado de entrada. Su mujer no le había dado ningún hijo varón y, en cambio, lo colmó de preocupaciones dándole cinco mujeres, de las cuales sólo le quedaba esta hija para casar. Cuando Romualdo Contreras, con una solemnidad capaz de quitarle el aliento a cualquiera, le pidió la mano de Morita, el padre consintió, sin dejar de lado su expresión severa.
—Sólo pongo como condición que nunca le faltes el respeto y que no la hagas sufrir, porque en ese caso, te las vas a ver conmigo –había agregado, con tono amenazador. Romualdo cumplió aquella promesa y, a pesar de la muerte del suegro, siguió siendo fiel a la palabra empeñada.
Morita fue redondeando su figura, y los años la convirtieron en una bella mujer, que despertaba miradas de admiración a su paso. El marido, lejos de sentir celos, se enorgullecía de que su esposa fuera una de las mujeres más bonitas de Villa Luna. Cuando los hijos le dieron un respiro, Morita comenzó a ir al negocio para ayudar a Romualdo, que trabajaba solo, tras la muerte de sus padres. Y, así, Morita pasó más de un susto cuando la ola de asaltos a mano armada llegó también y, por desgracia, a la pequeña ciudad donde vivían.
—No nos pasó nada porque Dios nos protege, tenemos un Dios aparte. No importa si se llevan plata o mercadería; por suerte, se contentan con eso y nos dejan tranquilos –dijo Romualdo, después del último asalto.
—Sí, por ahora tuvimos suerte. Igual, me parece que no estaría de más que tengas a mano un revólver, por si acaso –opinó Morita.
Romualdo pensó que era buena idea y compró un Colt calibre 38 y balas en la armería del centro y tramitó su permiso para portar armas, concedido de inmediato, por ser un vecino prominente y, porque colaboraba todos los años con varios bonos contribución para el hogar policial de Villa Luna. Romualdo sabía disparar armas de fuego, ya que solía usar la escopeta que llevaba en la camioneta y, cada tanto, cazaba alguna perdiz desafortunada que se cruzaba en su camino. No obstante, un Colt 38 requería cierto aprendizaje, por lo que se entrenó para el uso de la nueva arma. A partir de entonces, ese revólver pasó a ser un compañero inseparable, que le hizo crecer la confianza en sí mismo y sentirse seguro.
Como si lo hubieran sabido, desde la compra del Colt 38, los ladrones elegían a otros como blanco de sus fechorías, y los Contreras dudaban de que fuera pura coincidencia.
—Me llamó María del Carmen para que vayamos juntas a la cena aniversario de los veinticinco años de egresados de la secundaria —dijo Morita, alegremente, esa noche.
Él quiso saber dónde sería y ella contestó que en un boliche del centro, la amiga no le había dicho cuál. Romualdo enarcó las cejas, pero guardó silencio. Al cabo de un rato, preguntó si era sólo para las compañeras. Morita lo miró sorprendida y rió.
—Mirá que sos ridículo. Si tuve compañeras y compañeros, cómo se te ocurre que el aniversario de egresados sea entre nosotras solas —lo reprendió sin dejar de reír.
Romualdo no contestó, aquello no le gustaba nada, pero tampoco podía oponerse. Su mujer tenía todo el derecho del mundo de recordar la época de estudiante con los ex compañeros, aunque había unos cuantos que él conocía bien y detestaba, profundamente. No fuera cuestión de que se burlaran de él y lo tildaran de celoso, cuando no sentía celos, sino cierta inquietud.
Los preparativos de Morita fueron múltiples. Aunque se sabía bonita, se esmeró por estar mejor aún. Y se veía espléndida, “una diosa”, opinaron las hijas, a quienes se adhirió su marido, de mala gana. El hijo la aprobó con un silbido de admiración y la hizo dar vueltas. Romualdo admitió, a regañadientes, que su mujer estaba lindísima con ese vestido negro largo, bordado con mostacillas y canutillos negros. Los zapatos de tacón alto la estilizaban, y el pelo rubio recogido hacia arriba le daba un aire elegante. “Una reina, sí, eso parecés”, se dijo, mirándola con arrobo.
Sonó aquella alegre bocina que anunció la llegada de la amiga, Morita se despidió de cada uno con un beso y se fue corriendo hacia el auto. Romualdo, rabioso consigo mismo, se dispuso a ver el partido entre el Real Madrid y el Barcelona, en compañía del hijo, fanático del fútbol europeo, sobre todo, cuando se acercaba el final de la disputa por el liderazgo español. El partido fue encarnizado, los dos equipos habían salido a la cancha dispuestos a ganar el campeonato, y los dimes y diretes del partido lo distrajeron de sus pensamientos.
Como era una cena aniversario, Morita no regresaría muy tarde. Ni el hijo ni él tenían sueño, y cuando terminó el partido, con el apretado triunfo del Real Madrid, comenzaron a ver una película de acción. Los tiros lo entretenían.
—¡Qué tarde es! ¿Mamá todavía no llegó? —observó el hijo, ahogando un bostezo.
—Andá a saber, seguramente, estará chismeando con los compañeritos —respondió el padre, con sorna, sin disimular su fastidio.
El hijo bostezó otra vez y se levantó para irse a dormir. Romualdo apagó el televisor y miró el reloj. Las cuatro menos diez y ni señales de su mujer. Se dijo que ya era tiempo de que volviese, si como había dicho, se trataba sólo de una cena aniversario. Cansado por la jornada y por la espera subió hasta la planta alta, entró en el baño y, después, se puso el pijama. Lo peor de todo era que la película lo había desvelado y tardaría en conciliar el sueño. De igual modo, se acostó en la cama, con los ojos bien abiertos.
Morita y Maria del Carmen habían llegado temprano y se ubicaron en una de las mesas del costado. Los demás compañeros de su división y de las restantes del mismo año fueron agregándose entre risas y vítores. Las exclamaciones cuando se reconocían, el asombro y la pena por los que no habían ido o se fueron para siempre fueron creciendo. Exhaustos, se sentaron a las mesas, y la velada se desarrolló entre bromas y recuerdos de aquella época compartida por todos. Este era médico, la otra actriz, los había en la política, en el extranjero, profesionales, comerciantes, de todo un poco. Morita había sido una de las más lisonjeadas. Estaba igualita y nadie dejó de afirmar que hasta se veía mejor que de estudiante. Siguieron los brindis, y uno gritó que pusieran música. Ni ella ni la amiga dejaron de bailar, asediadas por los compañeros. De pronto, Morita preguntó qué hora era y palideció cuando le dijeron que cerca de las 4. Debía regresar sin pérdida de tiempo. El marido estaría preocupado. María del Carmen, un poco achispada, le dijo que la llevaría, pero Morita temió que se matasen en el camino, porque se revelaban esas copas de más y, no confiaba en que María del Carmen manejase con prudencia, así que, sin vacilar, pidió un taxi, que pronto fue a buscarla y la dejó en la puerta de su casa.
Nerviosa por los reproches que sobrevendrían seguros, revolvió en la pequeña cartera, buscando las llaves, y se maldijo cuando recordó que a último momento había cambiado de cartera, poniendo las llaves sobre la mesita de noche, donde las había olvidado. Miró alrededor y sintió miedo. Un silencio sólo interrumpido por algún insecto se cernía sobre ella. No tocaría el timbre; si dormían y Romualdo se despertaba sería peor. ¿Esperaría al amanecer? Él se levantaba temprano, le explicaría, las llaves estaban en la mesita de noche, como prueba de la verdad. Sin decidirse caminó hacia los fondos de la casa. Quizás hubiera quedado abierta la puerta de la cocina. Su temor la hacía ver sombras de ladrones, agazapados, en todas partes.
El hijo, cuyo dormitorio estaba sobre la cocina, aún no se había dormido del todo. Un ruido raro, como de forcejeo lo despabiló. Prestó atención y fue a buscar a su padre.
—Papá, allí, abajo, oí un ruido extraño. ¿Serán chorros? —susurró, asustado. Romualdo se incorporó. Miró la hora, no eran las 5 todavía.
—Es posible. Si esos desgraciados roban a pleno día, nada les impide aprovechar cuando la gente decente duerme —respondió en voz baja.
Se puso las pantuflas y sacó el revólver del cajón de la cómoda, donde lo guardada cuando volvía del negocio. Sin hacer ruido bajó por la escalera, con el hijo pegado a sus talones. Sigilosamente, en puntas de pie, se dirigieron hacia la cocina y en la oscuridad divisaron una sombra junto a la puerta. Romualdo pensó que era mejor pescar al ladrón con las manos en la masa, pero desechó la idea, porque esos delincuentes nunca trabajaban solos y era de prever que fueran varios. Si llamaba a la policía ¿cuánto tardarían en llegar? A esa hora, no enseguida. Como consecuencia de sus pensamientos se decidió y sin decir esta boca es mía, apuntó y disparó. Una y otra vez. La sombra cayó al suelo sin un quejido, y padre e hijo se precipitaron a abrir la puerta. Ante ellos, Morita yacía en medio de un charco de sangre, muerta.