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rosa axelrud

un día enrevesado

Cuando quiso abrir la puerta del departamento se le trabó la llave y por más que intentó sacarla, no pudo. Fastidiada, fue a buscar al encargado del edificio, mientras reflexionaba que ese era uno de esos días en los que todo le salía mal, uno de esos días en los que parece mejor no levantarse de la cama ni salir de casa.
Ya temprano de mañana el despertador no hizo el trabajo acostumbrado y no la despertó a tiempo. La ducha apresurada con el agua apenas tibia, el resbalón cuando pisó descalza el suelo húmedo del baño y la torcedura de tobillo; el café sin azúcar, porque había olvidado comprarlo, y para postre, esas gotas derramadas sobre los zapatos de gamuza, que quedaron estropeados. Luego, la interminable fila para cargar la tarjeta SUBE, el vagón del subterráneo tan atestado que faltó poco para que no subiera, sin contar los empujones durante el corto viaje, apretujada como en lata de sardinas y el infaltable pisotón en el pie dolorido que le hizo ver una constelación.
Suspiró, resignada, hilvanando la serie de desventuras sufridas ese día, pues a lo largo de la jornada no cesó de sucederse una fatalidad tras otra. Imposible enumerarlas. A eso se sumaba aquel malestar agudo en la boca del estómago, como si una mano invisible le retorciera las entrañas. Agotada, sobre todo por el cúmulo de emociones negativas desde temprana hora, no tuvo otro remedio que someterse a quien sabe qué conjuro adverso y aguardar a que el encargado se desocupara, de modo que permaneció de pie en el pasillo junto a la puerta del departamento. Por fin, el buen hombre acudió a socorrerla y tras frenéticos forcejeos sin que la llave se moviera, optó por un trato más amable que logró el resultado deseado. Tras un clic clic, la obstinada cerradura cedió y la llave volvió a su recorrido natural; la puerta se abrió con un leve silbido de protesta.
Sabrina entró y encendió la luz. Puso la cartera sobre la mesa y se quitó el abrigo. La extraña sensación en el estómago no la había abandonado, aunque, la sentía menos intensa después de la victoria contra la cerradura. Según acostumbraba, sin pensarlo, encendió un cigarrillo y aspiró el humo casi con deleite. Arregló las sillas alrededor de la mesa y, entonces, reparó en el sobre que descansaba entre el cenicero y el pequeño jarrón de Limoges que fue de su madre. Se dio cuenta de que la letra era de Octavio y se dijo que debía haberlo dejado allí, mientras ella estuvo ausente.
No tenía hambre, le vendría bien tomar algo caliente. Se preparó un té y maldijo por lo bajo. Había olvidado comprar azúcar. No lo tomaría sin endulzarlo. “O vas a comprar azúcar o lo tomás así”, se reprochó en voz alta, irreconocible en medio de aquel carraspeo. No vaciló en ponerse el abrigo, tomó la cartera y las llaves y salió corriendo hacia el minimercado de la esquina. La irritante espera acrecentó su malhumor y ese malestar que no parecía dispuesto a darle tregua. Cuando regresó, la puerta se abrió sin dificultad y, más aliviada, pensó que la salida había sido beneficiosa. Calentó el té, lo azucaró y, con un suspiro de satisfacción, se arrellanó en el sofá, bebió unos sorbos reconfortantes y desdobló la carta.
“Querida Sabrina. Para cuando leas estas líneas ya estaré lejos. No fue una decisión fácil, pero la considero necesaria para salvaguardar el recuerdo de nuestro amor maravilloso...”
El corazón aceleró su ritmo de manera tan alocada que parecía empeñado en salírsele del pecho, un sudor frío le recorría la espalda y las sienes palpitaban su desconcierto. La habitación giró alrededor y debió apoyar la cabeza en el respaldo del sillón de estilo inglés. ¿Octavio, irse así? Temblorosa, bebió otro par de sorbos, encendió un cigarrillo y continuó la lectura con un oscuro miedo que serpenteaba dentro de ella y le entrecortaba la respiración.
“... ¿Te acordás de nuestro primer encuentro el día en que nos conocimos? Me acerqué a vos con tanta timidez, atraído por el magnetismo que irradiabas. Absorta, leías ese inolvidable clásico de Borges: Historia universal de la infamia, en el café del Village. Te pregunté si te molestaba que compartiéramos la mesa y un café. Respondiste con una sonrisa que lo decía todo. Disfrutamos, entonces, de un silencio sólo interrumpido por nuestra música interna, mientras gozábamos del placer de la buena lectura, de la mutua compañía y de los expresos...”
¿Cómo olvidarlo? Ella, tan sola, se planteaba la insatisfacción de una vida gris, opaca, sin amor. No la atraía cualquiera, quizás, por tratar de encontrar a un hombre con tantas virtudes que no debía existir. Sin embargo, cuando él se acercó y le habló con la sencillez de un caballero no desprovisto de señorío y con esa voz bien templada que ella asoció, mentalmente, con la de Alain Delon, había quedado despojada de cualquier resistencia.
“...Se hizo tarde y me sentí obligado a acompañarte. Sin que ninguno de los dos se lo explicase, ya que recién nos conocíamos, aceptaste de buen grado y cuando iba a dejarte en la puerta de tu casa, me preguntaste si tenía hambre y me invitaste a comer lo que hubiera. Aunque sorprendido, acepté gustoso. Los prosaicos bifes a la plancha con ensalada que nos hacían guiños desde los platos no impidieron un tren de confidencias que nos llevó a contarnos parte de nuestras vidas. Teníamos la Impresión de conocernos desde hacía mucho tiempo, de ser viejos amigos. Quién sabe, tal vez, en alguna vida anterior. Ninguno de los dos se había casado, nos sentíamos vacíos y solos, hastiados de una rutina interminable. Creo que esa atracción física se apoyó, además, en tantas coincidencias que aquello en que no opinábamos igual resultaba insignificante.…”
Interrumpió la lectura. Necesitaba caminar, estirar las piernas, sobre todo, meditar. ¿Qué sucedió con ellos? ¿Por qué Octavio se habría ido? Por su mente desfilaron imágenes de diez años de vida en común. Tenía la certeza de que los amigos envidiaban ese entendimiento tácito, sin discusiones, sin enojos, esa comunicación absoluta entre los dos. Ahora, de pronto, este balde de agua helada que le caía sobre la cabeza. Se preparó otro té y encendió otro cigarrillo, reflexionando que nunca había dudado del amor que se profesaban, de esa “química” que se revelaba con el mero roce de sus manos, el perfume, las miradas elocuentes. ¿Estaría enfermo, afectado por alguna de esas dolencias graves e inexorables? Tal vez ponía distancia para que ella no sufriera viéndolo decaer, consumirse. Sí, esa debía ser la causa, ahora que meditaba sobre ello, porque lo había notado raro, preocupado, últimamente. ¡Pobre Octavio, tanta carga sobre sus hombros! ¿Cómo no la compartió con ella?
“...Esa noche, la de nuestro primer encuentro, me comporté como un perfecto caballero de otros tiempos, según me dijiste. Esa conducta te sedujo, aún más. No fue premeditada, no hubiera podido engañarte, vos intuiste que yo era así y cuando me dispuse a marcharme, sólo intercambiamos los números telefónicos y un fugaz beso. Nunca te dije que cuando cerraste la puerta detrás de mí, yo estaba seguro de que eras la mujer con quien quería estar, a quien quería ver al despertarme cada día, junto a quien envejecería. Con vos deseaba compartir mis sueños, mis proyectos. Con vos formaría una familia en la que ambos trascenderíamos más allá del tiempo. Te llamé y salimos varias veces, querida Sabrina, entendeme, yo temía equivocarme y creo que vos también, pues veníamos arrastrando malas experiencias en el amor. Por eso buscamos asegurarnos de que esta vez sería para toda la vida y nuestro amor se protegió por sí mismo de cualquier embate. Jamás olvidaré la primera vez que te estreché en mis brazos, que te sentí palpitar. Tampoco, aquella apasionada intimidad…”
Se estremeció trayendo a su memoria esos encuentros de placer infinito, de la culminación, y de esa sensación casi embriagadora de plenitud. ¿Y él? Sabía que le ocurría lo mismo. Entonces, ¿por qué, por qué? Observó, preocupada, el temblor de sus manos cuando levantó la carta para proseguir leyendo.
“...Te repetí, incansable, que nunca conocí a alguien como vos. Debo agregar, querida, que con vos viví momentos inolvidables que me embargaron de felicidad. A tu lado aprendí a respirar mejor, a reír de verdad. Al cabo de un par de meses, no podíamos vivir el uno sin el otro. Necesitábamos estar juntos durante el tiempo que no atendía al cumplimiento de la labor cotidiana o de nuestras responsabilidades. Sin pensarlo dos veces, unimos nuestras soledades y nos mudamos a esta casa. Esa unión sólida no necesitó sacramentos ni ligaduras legales que imponen la fe o los hombres; teníamos la fuerza y la aptitud para enfrentar cualquier dificultad y pensamos que con el correr del tiempo esa unión sin fisuras, que soñamos eterna, se consolidaría por ese amor intenso. Desgraciadamente, no fue así, querida Sabrina. ¿Te acordás de cómo me avine a complacerte cuando me pediste, llorosa, que no bebiera tanto? Sabía que te horrorizaba que pudiera enfermarme. Además, para mí, vos estabas por encima de todo hasta por encima de mi propio placer...”.
Puso el papel sobre su regazo. Luego, se tocó la frente con la mano. Ardía. ¿Tanto lo había disgustado su insistencia para que dejase la bebida? No era posible. Octavio le contó que se había aficionado al whisky cuando hizo su maestría en los Estados Unidos: “Ah, Sabrina, allí beber es casi obligatorio, algo tan natural. Diría que los yanquis beben desde que se levantan hasta que se van a dormir”, le había dicho, risueño. Más tarde, de vuelta en Buenos Aires, no podía dejar de beber, aunque había cambiado el whisky por buenos vinos nativos. Aspiró hondo. Los hombres guardaban su cuota imprevisible. ¿Y las mujeres? ¿Y ella? Sacudió la cabeza y volvió al mensaje.
“...Me diste todo de vos y viviré reconociéndotelo por el resto de mi vida, tengo mucho para agradecerte. Renovaste mis fuerzas; tu confianza en mí volvió a dotarme de la autoestima y de la seguridad de mí mismo que había perdido y alcancé el éxito, porque estabas ahí. Muchas noches me dije que eso bastaba, pero estaba equivocado. Uno cree tenerlo todo, se siente satisfecho, saciado y, de pronto, el diablo mete la cola y ese edificio, un verdadero templo sólido y bello, construido con tanto esfuerzo, se resquebraja y se desmorona. Si supieras cuántas veces me pregunté el porqué, indagué dentro de mí los motivos de la angustia que experimentaba. Una de tantas noches insomnes, la sencilla respuesta se alzó ante mis ojos desvelados, abiertos al asombro y a la incredulidad. No soportaba más el olor a tabaco que despedía tu pelo, que yo conocí perfumado, tus dientes, antes blancos y ahora amarillentos igual que tus dedos, por obra de la perseverante nicotina. Tu piel, que yo admiraba, comparándola con la tersura y el color del alabastro, se ajaba por las mismas causas. Sabés bien que no fumo, que detesto el cigarrillo y sus perniciosos efectos y, aún así, no te importó, o esa perversa adicción es más férrea que tu amor, que vos misma. ¿Cómo luchar contra una fuerza tan poderosa que hasta domina tu voluntad? Yo, resignado a perder la partida, abría las ventanas de par en par en todas las habitaciones sin que te dieras cuenta, ensimismada en tus tareas y con el sempiterno cigarrillo en la mano o en la boca. ¿Cuántas veces salí al pequeño balcón sobre la avenida? Innumerables. Y a vos, Sabrina, jamás se te ocurrió que yo necesitara respirar un aire más puro que el que flotaba en casa. Y en ese refugio forzoso donde escondía mi pena, conocí a Eleonora, nuestra vecina del departamento “B”, que por idénticas razones salía a respirar el aire oscuro, miraba las luces y meditaba sobre la tristeza que la embargaba por no lograr que su compañero dejase el cigarrillo. A eso se agregó que comprendimos que éramos víctimas del abandono de nuestras parejas. Sin saberlo, en el frescor nocturno compartíamos la desdicha y la frustración de la derrota contra lo imposible de vencer. Primero, los tímidos saludos, luego, pequeñas confidencias; así nos dimos cuenta de que teníamos los mismos gustos, iguales aspiraciones y nada nos separaba. Al principio no nos atrevimos a pensar en nosotros ni siquiera en una vida sin nuestras parejas, pero con el correr de los días nuestra desesperanza se acentuó hasta que se nos hizo insoportable y nos confesamos nuestro hartazgo frente a una humillante soledad en compañía. De a poco, se fue imponiendo nuestra necesidad de vivir de otra manera, con más libertad y con la felicidad de pensar sólo en nosotros. Por eso, tras muchas vacilaciones, decidimos irnos juntos a otra ciudad, de otro país, en donde intentaremos rehacer nuestras vidas. Nunca te olvidaré. Sabrina querida, te llevo en mi corazón, no como antes sino de distinto modo. Espero que sepas comprenderme y me recuerdes sin rencores. Octavio”.