un abogado, otro abogado
Miré fijamente a los dos hermanos sentados frente a mi escritorio. Hacía un año que le habían encomendado a un colega mío el trámite sucesorio del padre de esos clientes sin que mi colega hubiera continuado la sucesión desde el dictado de la declaratoria de herederos. Se quejaban de que el trámite no estuviera terminado, porque había un comprador de la única casa del acervo sucesorio y se veían imposibilitados de cerrar trato. Lo más grave para ellos era que tenían necesidad de ese dinero.
—No hay derecho, Doctora. Si por lo menos nos hubiera dicho que no podía hacerlo, que no tenía tiempo, en fin, que quizás no le interesaba, no nos veríamos perjudicados así. Esa casa no es fácil de vender. Tiene muchas contras —señaló uno de los hermanos, el más ofuscado.
—Vaya a saber qué sucedió con el colega —dije sin saber qué contestar, porque en mi interior compartía la irritación de mis clientes. Sin embargo, no es ético manifestarse en contra de un colega, máxime cuando está ausente y no puede defenderse, por lo que guardé silencio.
—Que no tenía interés. Eso —apuntó el otro hermano.
Medité un momento y resolví aceptar el caso. Les expliqué, ante todo, que era imprescindible que el otro abogado renunciase a seguir con el trámite. Me mostraron un recibo a cuenta de honorarios. Aunque no me sentía inclinada a tratar ese asunto con mi colega, di por sentado que los dos hermanos, tan enojados, provocarían un conflicto que agravaría la situación, así que elegí hablar yo con el otro abogado.
Antes, le telefoneé para concertar una entrevista y con la secretaria convinimos en que el Doctor me recibiría el jueves de la semana siguiente. A pesar de que quiso saber de qué se trataba y lo preguntó con cierta insistencia preferí no adelantarle nada y me limité a decirle que era un asunto personal. Y, de eso se trataba, porque conversaría con él sobre la premura de concluir aquella sucesión, invitándolo a hacerlo dentro de un plazo perentorio y, en caso de que no pudiera o de que no quisiera hacerse cargo, le pediría, con toda cortesía, que renunciase. El asunto no era fácil, convengamos en qué fácil es herir la susceptibilidad ajena, quizás, con más frecuencia que la deseada. Pero, cada vez que la duda entre intervenir o no intervenir personalmente se apoderaba de mí veía alzarse ante mis ojos los rostros preocupados de los dos hermanos deseosos de vender esa casa, cuanto antes.
La semana pasó muy rápido, ya que estuve atareada con demandas, contrademandas, traslados y notificaciones, a lo que, sabido es, siempre se suma la preocupación de llevar buena cuenta de los términos procesales, cuya inobservancia puede producir la pérdida de un derecho y hasta la del proceso. Así llegó el jueves previsto para el encuentro con mi tranquilo colega.
Ya esa mañana se me presentó complicada por la demora en la recorrida habitual de los distintos Juzgados para verificar la marcha de los expedientes, recorrida necesaria y de absoluta responsabilidad profesional, pues a pesar de la magnífica solución que nos brinda la consulta de los casos a través de Internet, una no debe confiarse demasiado, ¿qué seguridad hay de que no se produzcan errores u omisiones involuntarias? Ese jueves de mañana quedé exhausta: los ascensores del Palacio de Justicia no funcionaban, tampoco los de Lavalle 1212. La gente protestaba en medio de un calor agobiante en los primeros días de octubre y de una humedad tan alta que nos alertaba sobre probables chaparrones.
Entré en el Petit Colón, donde me senté a la mesa acostumbrada. Recobré mis fuerzas gracias al café expreso y a la animada conversación con otros colegas, con quienes compartí el fastidio. Por mi reloj comprobé que faltaban veinte minutos para la cita, así que pagué y me dirigí hacia allá, caminando, ya que la oficina del colega quedaba a pocas cuadras. Ínterin, me crucé con otras dos colegas y una de ellas me consultó sobre un caso determinado. Cuando nos despedimos estaba sobre la hora, de modo que apreté el paso y entré en el edificio como una exhalación, justo a tiempo para librarme del chaparrón que empezó a caer en ese momento y para ver que un hombre salía del ascensor y se disponía a cerrar la puerta.
—¡Espere, por favor, déjela abierta! —le dije con urgencia. Él se apresuró a abrir la puerta que ya había casi cerrado y se marchó, al tiempo que yo subía en el ascensor y apretaba el botón del séptimo piso. En mi fuero interno agradecí no haberme demorado más de unos pocos minutos, que no son relevantes en nuestra sociedad. Abrí la puerta del ascensor, -ya sabía que era la oficina de la derecha-, vi que un hombre salía de la oficina donde yo iba a entrar.
—¡Espere, por favor, déjela abierta que yo voy allí! —le pedí, lanzándome en esa dirección. El hombre se hizo a un lado y yo entré.
Más tranquila, le pregunté a la secretaria por el Doctor. Le dije quien era y que tenía una entrevista programada para ese día, a esa hora. Tras recorrer la agenda se encogió de hombros. No la debía haber anotado la secretaria del otro turno. Luego me precedió hasta el despacho de mi colega. En realidad, no me era desconocido, recordaba haber conversado con él alguna vez, hacía tiempo. Me recibió con toda cordialidad y me invitó a tomar asiento. Yo llevaba el expediente sucesorio, que puse sobre el escritorio y le sonreí, cuando la secretaria nos trajo café y salió.
—Doctor, permítame decirle que se ve usted mucho más joven de lo que yo lo recordaba —le dije sin que ello significase un cumplido, porque en verdad me sorprendió verlo más delgado, tostado por el sol y hasta con su pequeña calvicie oculta debajo de un peluquín que lo favorecía, restándole edad. Sonrió, complacido.
—Verá, querida Doctora. Después de una enfermedad que me tuvo en conversaciones con San Pedro y una operación de la que ya estoy restablecido, dado que aún no es mi tiempo para un viaje al Paraíso, renací de mis propias cenizas como el ave Fénix —bromeó.
Yo asentí y, en ese clima propicio para plantearle el motivo de mi visita, le conté lo que sucedía. Él me escuchó y acotó que, por su lamentable alejamiento de la oficina durante esos meses, no se acordaba del caso, aún así, sin haber visto el expediente que yo le tendía, me aseguró que no tenía ningún inconveniente en renunciar.
—Se lo agradezco, Doctor, en nombre de los clientes, a los que les explicaré que no fue mala voluntad sino que estuvo enfermo —señalé.
—Gracias, querida Doctora. Ocurre que estoy abarrotado de asuntos muy importantes y urgentes, por eso no puedo ni debo, dadas las circunstancias, ocuparme de esta sucesión y prefiero renunciar —explicó, mientras hojeaba el expediente. Yo aguardaba, callada, que él confirmara su decisión y que preparase un escrito con su renuncia—. ¡Pero, querida Doctora, yo no soy el abogado que interviene aquí!
Lo miré desconcertada. Él reía a mandíbula batiente y, como pudo, entre carcajadas, me confió que el abogado de los dos hermanos tenía su oficina en el séptimo piso del segundo cuerpo y nosotros estábamos en el séptimo piso del primer cuerpo. Me contagié de su risa y ya éramos dos. Tal debió haber sido el alboroto que la secretaria asomó la cabeza para ver qué ocurría, cuando le contamos, entre carcajadas que no cesaban, fuimos tres los que reíamos sin poder parar.
Cuando pudimos recuperar el aliento, me levanté, tomé el expediente, agradecí el cafecito y tras saludarlos al abogado y a la secretaria me fui, sin dejar de reír, y subí en el ascensor. Las personas con quienes compartí el descenso y el ascenso que me llevó al séptimo piso del segundo cuerpo, me miraban entre incómodas y extrañadas de que no dejara de reírme.
Lo peor fue cuando entré en la oficina del colega que me estaba esperando, porque con él tenía concertada la entrevista. Y cuando me recibió, regordete, con la calvicie y la edad que no disimulaba y yo tenía en mi memoria, no pude evitar reír, de nuevo. Sólo le conté que me había demorado involuntariamente y me disculpé.