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rosa axelrud

reflejo condicionado

Jorge Quinteros era un abogado, cuyos clientes consideraban de singular inteligencia. Valoraban, especialmente, su sentido común y la picardía para negociar con habilidad en asuntos difíciles y para defender a sus clientes con maestría. Y aunque lo sabían capaz de venderse a la contraparte, porque no tenía demasiados escrúpulos, muchos preferían elegirlo como abogado y seguir de cerca sus pasos. En suma, lo vigilaban para evitar sorpresas.
Uno de esos clientes era el empresario Silván, que en ese momento estaba viendo venirse abajo la cadena de escuelas para perfeccionamiento de tenedores de libros y de contadores prácticos. El señor Silván era un precursor del sistema de cursos “a distancia” o por correo y, como todo pionero en la venta de determinado producto, puede afirmarse que había conquistado el mercado. Al comienzo, por lo novedoso del sistema, las ganancias se multiplicaron en progresión geométrica, y el señor Silván se compró un piso en la avenida del Libertador y Teodoro García, desde cuyo balcón terraza veía el río de la Plata, lo cual hizo muy feliz a la señora Silván. Pero, viviendo en esa casa había que estar a tono con el resto de los consorcistas, que en su mayoría tenían un auto importado, por lo que el empresario se decidió por un Mercedes Benz amarillo de cuatro puertas, con ventanillas eléctricas, equipo de bar y hasta teléfono. “Una verdadera belleza”, había dicho la señora Silván, más feliz, todavía. Y como el empresario no perdería su valioso tiempo conduciendo el automóvil contrató un chofer.
Así, todos los días a las 8 de la mañana, el señor Silván salía en el Mercedes Benz amarillo, conducido por el chofer, rumbo a las distintas sucursales de la cadena de escuelas Silván. No se quedaba mucho tiempo en ninguna, pues su gran tarea consistía en el control y en la inspección permanentes de la marcha de los cursos. Por desgracia, tanto trabajo, tanta dedicación, no fueron suficientes para frenar la caída estrepitosa de las escuelas Silván.
—No lo entiendo. No entiendo cómo me puede estar pasando esto. Si venía recaudando el equivalente de unos setenta mil dólares mensuales —le dijo el señor Silván al doctor Quinteros, esa tarde en que el abogado lo puso de cara a la terrible situación.
—Si usted, que es el dueño del negocio, no lo sabe, ¿cómo diablos voy a saberlo yo? —repuso Quinteros, encogiéndose de hombros—. Y le repito que en mi opinión, no tiene más remedio que enfrentarse con el hecho concreto. Usted está en quiebra ¿lo oyó bien?, aunque no haya quebrado en los papeles. ¿Sabe por qué le digo que está en quiebra? Porque usted no puede ignorar que el mes que viene ya no tendrá cómo pagar. Además, de nada sirve llorar sobre leche derramada, salvo para aprender. Creo que sus gastos fueron excesivos. Usted no supo administrar bien los ingresos. No hay otra explicación.
El empresario, que se había tomado la cabeza con las manos, la levantó vivamente encolerizado. ¿Con qué derecho le hablaba así? Ni que fuese su padre. Si bien algo de cierto había en la observación sobre el desequilibrio en la balanza de ingresos y de egresos, también había que tomar en cuenta ese factor determinante: los vaivenes de la economía. Nadie podía pasar por alto la influencia de la economía sobre las empresas.
—¿Me va a negar usted que casi todas las empresas en el país están atravesando una situación tan caótica como la mía? —se defendió el señor Silván.
Quinteros rió, afirmando que mal de muchos era consuelo de tontos. Sólo que no consideraba tonto a su cliente, sino un negligente. El abogado señaló que la mayoría de las empresas que se concursaban adolecían de una mala administración.
—Es casi normal que algunos empresarios, de esos que crecen de golpe, den manotazos a los ingresos sin pensar que sólo pueden disponer de parte de las ganancias, parte del resto deben reinvertirlo para subsistir como empresas, y el saldo, destinarlo a pagar a proveedores. Cuestión simple, matemática pura —agregó el abogado, con cierta petulancia.
—Entonces ¿qué debo hacer? ¿Qué me aconseja usted? —repitió el señor Silván, secándose el sudor de la cara con el pañuelo.
—Ya se lo dije. Concursarse. Si los acreedores le aprueban la propuesta, lo demás es fácil. Iremos a verlos, a uno por uno, les ofreceremos pagarles al contado con una quita importante y, desde ya, me animo a asegurarle que pagará mucho menos que lo que debe y logrará levantar el concurso —explicó el doctor Quinteros.
El señor Silván se había levantado y paseaba su nerviosismo a lo largo del despacho del abogado, que lo observaba en silencio, sopesando la tarea que tenía por delante y, seguramente, cuánto cobraría. Tras un largo y penoso rato, el empresario se sentó, otra vez, frente al abogado.
—Es que no creo que me alcance la plata que tengo. ¡Estoy en la ruina, sin un peso! ¡Soy un estúpido! —se lamentó, desesperado.
Jorge Quinteros entrecerró los ojos y pensó. Luego, con una sonrisa, le preguntó cómo estaban las cuentas bancarias. El señor Silván, sorprendido, respondió con arrogancia que a los bancos no les debía nada. El doctor Quinteros rió con alegre satisfacción.
—¡Perfecto, muy bien! Mañana mismo pedirá en cada banco el máximo de crédito posible. Ahí tendrá la reserva para pagar a los acreedores, incluidos los propios bancos —explicó.
El empresario no se mostró feliz con semejante solución. Sabía poco y nada sobre asuntos judiciales, lo indispensable, pero su intuición lo prevenía de que ese procedimiento podía no favorecerle como decía su abogado.
—¿Y si lo consideran un fraude en perjuicio de los bancos? —aventuró. El doctor Quinteros no negó que se diera esa posibilidad, pero si pasaba un tiempo entre el otorgamiento de los créditos y la presentación del concurso, como para hacer ver que no había premeditación, ninguna maniobra, estaba seguro de que todos quedarían convencidos de su buena fe. Explicó también que en la práctica todo concurso provocaba en los acreedores un fastidio muy grande, un disgusto con el deudor y por sobre esas emociones la preocupación de lograr un solo objetivo: cobrar lo que se pueda, cuanto se pueda y lo más pronto posible.
El empresario, sin alternativa de elección, no tuvo más remedio que seguir adelante con la idea de su abogado. Sin ninguna dificultad consiguió de uno de los bancos un préstamo de seiscientos mil dólares y del otro banco, quinientos mil dólares. Importes netos. De acuerdo con el plan trazado fue pagando a cada quien, a cuenta, para hacer ver a todos que las escuelas Silván resistían los efectos de la economía y mostraban su buena administración.
Mientras tanto, Jorge Quinteros trabajaba febrilmente en la preparación del concurso y, como es lógico suponer, ya había cobrado gran parte de sus honorarios. Tres meses después, las escuelas Silván se presentaron en concurso preventivo y, según lo previsto, después de muchos meses, que ya se sabe se toman los juzgados en lo comercial para fijar fechas, se celebró la audiencia con los acreedores que, para entonces, estaban menos furiosos y aprobaron la propuesta de la empresa concursada. El doctor Quinteros afirmaba que la mayor tarea empezaba a partir de ese momento, recordó a su cliente que había que entrevistar uno por uno a cada acreedor para ofrecerle un arreglo privado que se discutía hasta que se llegaba a un consenso y el acreedor cobraba menos, al contado. Nadie se veía forzado a hacer una quita, porque cada uno evaluaba con la más absoluta libertad la propia conveniencia de disminuir su pretensión.
Esa tarde el señor Silván, y el doctor Quinteros tenían una reunión en el microcentro de la ciudad con un acreedor importante. Allí se dirigieron muy cómodos, en el Mercedes Benz amarillo, conducido por el chofer. Llegaron a su destino en Diagonal Norte y Florida, bajaron del auto, el empresario le dio unas indicaciones al chofer, y el auto se alejó.
La reunión con el acreedor resultó pesada, el hombre no daba su brazo a torcer y se resistía a la quita de un setenta por ciento sugerida por el abogado, aunque admitía que el total englobaba intereses convencionales y punitorios. Tras dos horas de tira y afloje cerraron trato en un importe que el señor Silván se apresuró a pagar, librando un cheque personal a la orden del acreedor.
Salieron a la calle, y el doctor Quinteros vio el Mercedes Benz amarillo estacionado a unos pasos, de modo que se encaminó allí, seguido por el señor Silván. Las puertas estaban abiertas, subieron y se sentaron.
—Dígale al chofer que vaya por el bajo, así me deja en casa —le dijo el señor Silván al abogado.
—¿Por qué mejor no se lo dice usted? —contestó el doctor Quinteros fastidiado porque su cliente lo tomase por un mensajero.
—Porque este es su auto —repuso el señor Silván, ofuscado.
—No, no es mi auto ¡yo creí que era el suyo! —afirmó el abogado, perplejo.
—Tampoco es el mío. Como no se puede estacionar acá le dije a mi chofer que se fuese, que yo regresaría en taxi —respondió el señor Silván y sin ponerse de acuerdo, los dos abrieron las puertas a sus costados y bajaron del auto entre sonoras carcajadas con sólo imaginarse que si el doctor Quinteros no se hubiese fastidiado, ese chofer los hubiera llevado donde le ordenaran, tan acostumbrado estaba a obedecerlas, sin pensar en de quien provenían las órdenes.