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rosa axelrud

ludovico

Después de que se recibieron de médicos, se casaron y se mudaron a San Fernando, donde iban a vivir y a instalar sus consultorios. En Europa y en los Estados Unidos ya se utilizaba el sistema del cuidado de la salud a través de las obras sociales, pero aunque aquí se oía hablar de sus bondades, aún no se lo aplicaba. Por eso, el doctor Bari y la esposa pudieron dedicarse al ejercicio de la medicina sin mayores dificultades, él como clínico general y cirujano, y ella como pediatra. Al principio apareció un tímido paciente y como quedó conforme, los recomendó a otras personas, éstas a las de más allá y así, en poco tiempo, tuvieron una cantidad estable de pacientes, porque, salvo por la concurrencia a los hospitales, no había otro modo de cuidar la salud como no fuese a través de la consulta a un médico en su consultorio o por visita domiciliaria.
Poco a poco fueron progresando, vinieron los hijos y, también, se agregó a la familia un lindo perro salchicha color miel que llamaron Ludovico. Nervioso y cascarrabias, como la mayoría de los perros chicos, Ludovico tenía una inteligencia relevante que hacía las delicias del médico y de su familia. Todos decían que era raro, que tenía mañas de gato y conductas propias de la raza perruna, extraña y ventajosa mezcla, porque no necesitaban tener un gato para que se ocupase de mantener la casa libre de ratones y, además, era un buen vigilante y custodio del hogar de los Bari.
Una tarde, don Ágapo, el carpintero, llegó al consultorio para que el doctor Bari lo revisase. Lo acompañaba la esposa, ambos se veían preocupados. El médico lo auscultó, examinándolo de pies a cabeza y de derecha a izquierda. El corazón, normal. La presión: ocho de mínima doce de máxima, más que buena para un hombre de cincuenta y siete años. Nada por aquí, nada por allá, pero lo cierto era que don Ágapo no se sentía bien desde hacía unos días. Primero, pensó que le había caído mal alguna comida y se resignó a tomar un purgante, la sopa y la compota que le dio su mujer, sin que se produjera ninguna mejoría.
—Es necesario que se haga análisis de sangre y de orina. Veremos si aparece la causa de su malestar —dijo el médico y le entregó las órdenes para los estudios.
Diez días más tarde don Ágapo, acompañado por la esposa, volvió al consultorio del doctor Bari con los resultados de los análisis. Antes de abrirlos, el médico lo observó. Se veía demacrado y enflaquecido. Leyó los informes; hemograma, bien; recuento globular, bien; cantidad de leucocitos y de glóbulos rojos, normal; eritrosedimentación, colesterol, lípidos, en cantidades normales, sin rastros de glucosa en la sangre ni en la orina, color, transparencia, ácido úrico, sedimentación normales. No había señales de infección ni de nada que le hiciera pensar en algún proceso temible.
—Pero, Doctor. No me siento bien. No tengo fuerzas para nada. Hace dos semanas que no trabajo, si sigo así tendré que devolver las señas que tomé, porque no podré cumplir con la gente —se quejó el carpintero.
El médico comprendía la gravedad de la situación del paciente, pero ¿qué podía decirle? ¿Que él también empezaba a preocuparse por esa dolencia desconocida?, que pese a los estudios y al examen general que daban normales, esa dolencia misteriosa lo tenía a mal traer a don Ágapo, que desmejoraba a ojos vistas. La esposa del paciente, nerviosa y angustiada, lo instó a encontrar una solución. El médico se defendió, argumentando que no era un dios, sino sólo un profesional que practicaba su ciencia lo mejor posible y ordenó que el paciente se hiciera más estudios, colonoscopia y radiografía de abdomen, entre otros, sofisticados y costosos Don Ágapo había dicho que no escatimaría cuanto fuera necesario para curarse del mal que lo aquejaba.
A las dos semanas el paciente volvió al consultorio, siempre escoltado por la esposa. Más flaco aún, caminaba arrastrando los pies, escuchimizado y encorvado y se estaba quedando calvo, el pelo se le caía de a mechones.
—No sé, Doctor. Para mí, debo tener algo malo en el estómago. Vomito todo lo que como, orino y defeco con sangre y, fíjese, ¡cómo se me cae el pelo, me estoy quedando pelado! —gimió el pobre hombre.
—Yo le digo al Ágapo, que para mí, le hicieron el mal de ojo. Algún envidioso, de esos que nunca faltan —terció la esposa, moviendo la cabeza con emergía para darle más fuerza a lo que suponía.
—Señora, yo no creo en el mal de ojo y opino que si sigue así, tendré que ordenar su internación. Lo peor es que no encuentro nada extraño. Todos los estudios dan resultados normales. Sí, ya sé, don Ágapo, que usted desmejora día a día, lo veo. Tal vez, sea oportuna una consulta con algún especialista —sugirió el doctor Bari.
Don Ágapo aceptó la propuesta de la consulta y, allí mismo, el médico telefoneó a un colega gastroenterólogo para concertar la visita. Acordaron ir juntos a casa del paciente el lunes siguiente, por la noche.
En su casa, el médico había estado muy silencioso a la hora de la cena. Ensimismado, daba vueltas al malestar de don Ágapo, convencido de que el pobre hombre se consumía y acabaría muriéndose ante sus ojos, sin que él pudiera impedirlo. No sabía qué hacer. Después de cenar se sentó en su sillón, junto a la lámpara y, de pronto, reparó en la ausencia de Ludovico. Extrañado, preguntó por la mascota de la casa.
—No anda bien del estómago, seguramente, habrá comido cualquier porquería —dijo la esposa.
Como el médico no sólo estaba preocupado por ese paciente, sino muy cansado al cabo de una jornada agotadora, no le dio mayor importancia a la descompostura estomacal del perro, no era la primera vez que comía lo que no debía, o que el mismo animalito se purgaba comiendo pasto.
Al día siguiente, el doctor Bari se desocupó temprano, además, la jornada se le había pasado muy rápido con la atención de casos sencillos. Entró en su casa y se dijo de que Ludovico no debía sentirse mejor, no había salido a ladrarle su bienvenida. Se sorprendió de que el malestar de la mascota durase tanto tiempo. Salió al jardín y se encaminó hacia la cucha del perro. Allí estaba, acostado, gimiendo débilmente. Lo levantó con cuidado y lo sostuvo entre sus brazos para examinarlo, mientras Ludovico le lamía la mano, agradecido. Advirtió, de pronto, que le faltaba el pelo en algunas partes del cuerpo, no se veía como cuando cambiaba el pelo, porque nunca quedaba pelado por completo. Con Ludovico en sus brazos fue hasta la cocina donde la criada daba los últimos toques a la comida.
—Chata, ¿qué comió Ludovico? —preguntó con urgencia.
—Lo de siempre, Doctor. Carne cocida con arroz —respondió la mujer.
—Mmmm. Decime, Chata, por una de esas casualidades ¿echaste algún veneno para cucarachas, algún insecticida, o algo por el estilo? —le preguntó, tras pensar un momento.
—¿Insecticida o veneno para las cucarachas? No, no, Doctor. Hace unos días puse unos pedacitos de queso con veneno para ratas —contestó ella.
—¡¡Eso es!! ¡¡Veneno para ratas!!! —gritó el médico con voz triunfal y sin que la buena mujer entendiera por qué se alegraba tanto él se apresuró a darle un somnífero a Ludovico y cuando se durmió, le practicó un lavado de estómago.
Tras esa tarea, le telefoneó al colega gastroenterólogo y le contó lo sucedido con Ludovico, agregando su observación sobre la coincidencia de los síntomas del perro y los del carpintero. El gastroenterólogo lo escuchaba con atención y cuando el doctor Bari concluyó el relato le preguntó qué pensaba.
—Me temo que a mi paciente le esté ocurriendo lo mismo —suspiró el médico.
—Es posible. Si le suministran el veneno en muy pequeñas dosis, tené por seguro de que no sale nada en los estudios, pero el veneno va haciendo estragos en el organismo. ¿Y quién pensás que puede ser? —dijo el gastroenterólogo, muy interesado en el caso.
—No sé. Pero lo está haciendo muy bien —respondió el doctor Bari.
El lunes fueron a visitar a don Ágapo y convinieron en internarlo con urgencia. Ordenaron un lavado de estómago, una dieta estricta y prohibieron todas las visitas al paciente. Al mismo tiempo, el doctor Bari dio parte a la policía, quien allanó la casa y encontró el veneno para las ratas. La esposa, conducida a la comisaría, en un mar de lágrimas, terminó confesando que ella le daba todos los días un poquito de veneno, apenas una pizca, según indicación de su amigo, ambos interesados en la muerte del carpintero.
—Don Ágapo se salvó gracias a vos, Ludovico, te debe la vida —le dijo el médico a su mascota que, restablecido, se ocupaba en mordisquearle las pantuflas.