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rosa axelrud

los de almanza

Los de Almanza eran una familia de esas que se etiquetan como tradicionales. No se sabe si por capricho o por un raro fatalismo, Gertrudis sólo se rodeaba de aquellos cuyos nombres comenzaran con “G”. Los demás ignoraban que cuando cumplió quince años, una gitana le predijo buena vida y bienestar bajo esa condición. Por eso Gertrudis fue seleccionando a quienes conocía de antes o desde entonces y trató de cumplir ese requisito necesario para lograr un buen futuro. Dueña de una belleza que quitaba el aliento a cualquiera, como es de suponer, pretendientes no le faltaron, pero los rechazaba no bien conocía sus nombres. No la impresionaban flores, bombones y otras atenciones que llegaban junto con tarjetas apasionadas. Tampoco incidía la fortuna de algunos galanes. Cuando Gonzalo de Almanza se interesó por ella fue aceptado enseguida, porque según algunas amigas envidiosas, el padre de Gertrudis le concedió la mano de su hija tan pronto de Almanza concluyó el extenso detalle de sus posesiones.
Se casaron en la Basílica de San Nicolás, donde todos lloraron cuando la solista interpretó el Ave María de Gounod, acompañada por un coro magnífico. Siguió la fiesta en Sans Souci y al día siguiente los recién casados partieron de luna de miel a Europa. Las dos semanas transcurrieron muy rápido y debieron regresar, pues Gonzalo nunca descuidaba sus negocios. Se instalaron en el piso de Guido y Callao decididos a fundar una familia.
La vida hogareña pasaba, inevitablemente, por las manos de Gertrudis, quien administraba la casa con manos férreas, según la mucama, llamada Gabina. Y en este punto de la historia, hasta la elección de la mucama no había sido sencilla. ¿Cómo encontrar a una buena persona, de confianza, cuyo nombre empezara con “G”? Créase o no, Gertrudis logró su propósito sin grandes dificultades.
Al año nació el primer hijo de una prole de siete, al que llamaron Gastón y, cada dos años, siguieron Godofredo, Gualterio, Gilberto y Germán. Galatea y Ginebra, las dos hijas menores, hacían honor a sus nombres: hermosas y con la piel muy blanca.
—¡Menos mal que nacieron dos nenas! Espero que con siete se den por satisfechos —había rezongado Gastón, que por ser el mayor estaba harto de lloros, prevenciones y reprimendas.
Los hijos crecieron y cada uno estudió lo que quiso según su vocación, porque pese a su rigidez la madre pensaba que debían elegir lo que les gustase; Gonzalo la dejaba hacer en lo concerniente a la educación de los hijos, aunque hay que reconocer que ella lo consultaba en alguna que otra oportunidad.
Por los horarios de las actividades de los hijos la casa familiar se transformó y a la hora del almuerzo o de la cena, los cambios se notaban. Sin embargo, para Gonzalo y Gertrudis la rutina social era invariable: ir a misa los domingos, generalmente a la primera, en la Iglesia del Pilar; hacer o recibir visitas en la semana y, los martes por la noche, cuando correspondía, al Colón, donde anualmente renovaban el palco bajo número 5 para el Gran Abono.
Llegó el tiempo en que los hijos se graduaron y en la familia hubo ingenieros, contadores, médicos y abogados. Las hijas fueron arquitectas. También, llegó el tiempo en que se fueron casando y la casa enmudeció a intervalos.
Gertrudis no era mujer de lamentos ni de quejas, “debilidades propias de seres de poco espíritu”, decía. No obstante, en su fuero interno añoraba otras épocas y deploraba sentirse un poco sola, aunque siempre se ocupaba en algo, tan grande era su desprecio por la inactividad. “El ocio significa hacer algo distinto de lo habitual, no que no hagamos nada”, afirmaba con una convicción inapelable.
De repente sobrevino la enfermedad irreversible de una amiga, quien en su lecho de muerte le suplicó que se hiciera cargo de su pequeña mascota. Gertrudis, conmovida hasta las lágrimas por tal demostración de afecto y de confianza, había regresado a casa con la jaulita donde un gato siamés blue point no cesaba de maullar. La puso sobre una mesada de la cocina y tomó en sus manos al animalito, acariciándolo. El gato ronroneó y clavó los ojos celestes y con cierta bizquera en los de ella.
—Tranquilo, tranquilo, nadie te va a hacer nada. Mmmm ¿cómo te llamaremos? Sos un gato muy lindo, tu especie se adapta a mi exigencia “G-a-t-o” —rió Gertrudis— y tenés esa mirada tan penetrante y enigmática… Te vas a llamar… Gurú, eso es, Gurú. Y Gurú pasó a formar parte de la familia. Claro que no todos los hijos lo aceptaron, algunos preferían los perros, los pájaros, incluso los peces a los gatos. A Gertrudis no le importó contar o no contar con la adhesión de los suyos, cuánto más de los que ni siquiera vivían ya en esa casa. Pero debió echar mano de sus más hábiles recursos para convencer a su marido.
—Sabés que no me gustan los gatos. Son demasiado independientes y traicioneros. ¡Ni punto de comparación con los perros! —dijo Gonzalo cuando le presentaron a Gurú.
—Querido, es un siamés, la raza que elegían los faraones en Egipto. ¿Te acordás cuando los vimos pintados en la tumba de Tutankamón?
—Yo no soy un faraón.
—Gonzalo, hablo en serio. Para que lo sepas, estos gatos parecen perros con la ventaja de que son más limpios. Pero lo más importante de todo esto es que me lo confió mi amiga Gigi y no pude decirle que no.
Tales argumentos, mimos por medio y los platos favoritos de Gonzalo fueron suficientes para que aceptase a Gurú, a pesar de lo cual dejó en claro que esperaba no lamentarlo.
Desde ese momento Gurú invadió toda la casa y la convirtió en su propio territorio; paseaba libremente por sus dependencias. Hubo consecuencias terribles, pues la llegada de Gurú fue la gota que rebasó la copa de la fiel Gabina, que había visto nacer a la prole, que había cuidado de la familia y de la casa. Era alérgica a los gatos. Tras una emotiva despedida se fue y Gertrudis se las arregló para conseguir una nueva mucama, más joven, llamada Griselda. Galatea había anotado todos los datos personales de la nueva empleada y las referencias, que le mandó al contador para que la inscribiese como empleada doméstica.
Una noche había función especial del Gran Abono en el Colón. Gertrudis y Gonzalo se vistieron para la velada. Gertrudis le hizo varias recomendaciones a Griselda para el día siguiente, y Gurú la sorprendió con su ronroneo y el lamido de sus piernas.
—¡Ay, Dios mío! Casi me matás del susto — dijo Gertrudis con tono divertido, mientras miraba al animalito.
Carmen, de Bizet, a cargo de famosos intérpretes italianos fascinó a los asistentes, y los de Almanza completaron la velada con unos amigos en Tomo I. Regresaron tarde y Gertrudis se quitó la ropa, se puso el camisón, se desmaquilló (nunca dejaba de hacerlo a la hora que fuese), y puso las joyas en un platito de Limoges.
A la mañana siguiente, se despertaron tarde para la primera misa y decidieron ir a la de las once. Gertrudis le pidió a Griselda que les llevase el desayuno al dormitorio y, mientras Gonzalo se duchaba en su baño, ella entró en el de ella para hacer lo propio. Cuando ambos regresaron al dormitorio, el desayuno estaba servido sobre una mesita auxiliar.
Para perder menos tiempo, Gertrudis permaneció de pie, tomando su jugo de naranja. Sus ojos se posaron sobre el platito que contenía las joyas. Y se acercó para mirarlo mejor.
—Qué extraño. ¿Se me habrá caído uno de los aros? Hay uno solo y me parece que volví con los dos —murmuró.
—¿Estás segura de que lo traías puesto?
—No, pero creo que me quité los dos.
Se tiraron al suelo y miraron debajo de la cama, de los dos sillones, de la mesa auxiliar, en todos los recovecos posibles donde podía haber ido a parar el aro. No lo hallaron.
—¡Qué pena si lo he perdido! Me los regalaste en la última Navidad, tan lindos, esos de los rubicitos en cabujón.
El viernes de la semana siguiente fueron al casamiento de la hija de un amigo de Gonzalo, dueño del campo lindero. La fiesta fue en la Sociedad Rural, unas doscientas personas. Gertrudis lucía espléndida con ese vestido de noche de gasa de seda natural violeta y con las alhajas que se había puesto. Ya empezaba el típico movimiento de los sábados de mañana temprano cuando entraron en la casa.
—Estoy tan cansada que me acostaría a dormir así como estoy —suspiró ella, quitándose la ropa, poniéndose el camisón, desmaquillándose y dejando las joyas en el mismo platito.
Despertaron bien entrada la mañana y, después de la consabida ducha y de vestirse fueron a desayunar, mientras la mucama ordenaba el cuarto. Como todos los sábados, iban a almorzar allí los hijos casados con sus esposas. Galatea y Ginebra, aun solteras y con novio, vivían en la casa familiar. No por mucho tiempo más, porque se iban a casar pronto. Las hijas quisieron conocer pormenores de la boda y entre risas y chismorreos llegó la hora del almuerzo y, también, los restantes comensales, incluidos los novios de las hijas.
Cuando Gonzalo y Gertrudis entraron en el dormitorio para dormir una breve siesta se cruzaron con Griselda que salía del cuarto con una bolsa con ropa sucia. Gertrudis echó una mirada distraída a las joyas que estaban en el platito sobre la cómoda y decidió guardarlas.
—¡No puede ser! Me falta un anillo… —afirmó, luego de cerciorarse de que no estaba—. ¿Se me habrá caído sin que me diese cuenta?
—Si te iba flojo es posible.
—Entonces lo perdí cuando me lavé las manos antes de sentarnos a la mesa. Nunca me siento sin lavármelas. ¿Vos no te diste cuenta de si lo llevaba puesto?
—No, y no pretendas trasladarme la culpa de tu falta de cuidado.
Ofendida por lo que consideraba una descortesía de su marido, Gertrudis calló. “¿Fueron pérdidas? En realidad, me parece muy casual que me falten joyas valiosas y Griselda que da vueltas por acá”, se dijo, sin poder excluir la duda. Ensimismada en sus reflexiones la fastidió que Gurú pasara entre sus piernas ronroneando.
Esa noche iban a visitar a una tía de Gonzalo que cumplía noventa años. Después de pensarlo, Gertrudis se puso unas excelentes imitaciones de joyas florentinas. En lo de la tía los sobrinos proponían un brindis tras otro, por lo cual volvieron bastante achispados.
—Mirá bien, Gonzalo. Aquí dejo dos aros, un anillo, el collar y dos pulseras.
—No te las vi antes, muy lindas —dijo él, bostezando.
—Buena bijouterie, querido.
A la mañana siguiente, no bien se despertó, Gertrudis saltó de la cama y antes de entrar en su baño le pidió a Griselda que les llevara el desayuno al dormitorio. Había decidido tenderle una celada a la mucama para despejar sus dudas, de una vez por todas. Pero cuando regresaron al cuarto para desayunar, Gertrudis comprobó que nada faltaba. Eso la convenció de la pérdida de las alhajas.
Los preparativos para la doble boda de las hijas distrajeron a Gertrudis de la pesar y la culpa que experimentaba por su descuido. La ropa, los zapatos, hablar con la peinadora, la maquilladora. Por fortuna, de la iglesia y de la recepción se ocuparon los novios, pero Gertrudis lo supervisaba todo, porque no delegaba en nadie esa responsabilidad que le aseguraba buenos resultados. Las novias y su madre guardaban, celosamente, el secreto de cómo se iban a vestir. No hubo excepciones ni siquiera para el padre o los hermanos, a quienes sus esposas habían hecho preguntar.
—¿Es que no entendés que es mala suerte contar cómo son los vestidos de novia y de madrina? No puede vernos nadie antes de que entremos en la iglesia —protestaron ellas.
—Pero che, miren que son locas —se quejaron ellos, sin éxito.
A pesar de que en los últimos dos meses no había perdido nada, Gertrudis estaba atenta respecto de su memoria y, sobre todo, de Griselda y de alguna de sus nueras, que acostumbraban entrar en el dormitorio para chismear cuando los maridos veían algún partido de rugby o de tenis en la sala. “¿Por qué no puede ser cualquiera de ellas?”, se decía Gertrudis, sin descartar a ninguna, pese a que los hechos demostraron su propio descuido y que las había perdido. Y como nada sucedió, su suspicacia se fue disipando.
En la víspera de la ceremonia religiosa, Gertrudis, Galatea y Ginebra estaban muy nerviosas. Sonó el teléfono. El contador preguntaba por María, por la liquidación del salario de ese mes.
—¿María? Debe haber un error. Aquí no hay ninguna María, contador. — dijo Gertrudis.
—Sí, señora Gertrudis. La mucama se llama María Griselda.
Gertrudis, demudada, no pudo hablar, tal era su desasosiego y le pasó la comunicación a Griselda. “¿María Griselda...María? ¡Dios mío! Esto es terrible”. No pudo seguir meditando sobre la cuestión, porque debía ultimar los detalles previos a la ceremonia.
Al día siguiente Gertrudis se despertó con una horrible cefalea, tan fuerte, que fueron necesarias tres aspirinas para aliviarla. No le perdonaba a la mucama la omisión que había hecho de su primer nombre, pero tampoco podía decírselo y que la tomara por maniática. La peinadora llegó, puntualmente, y cuando la maquilladora estaba dando los toques finales, Gertrudis dio un respingo. Gurú había enganchado las manitos en una de sus medias.
—¡Ay! Gato molesto, ¡fuera de acá! —gritó, y como el gato no se movía de su sitio llamó a Griselda a voces para que lo sacara del dormitorio. La mucama acudió presurosa y se lo llevó.
En la noche de la ceremonia religiosa, entraron en la iglesia los novios con sus madres y Gertrudis, primero con uno de los consuegros. Luego se escabulló por el costado hasta la entrada para ingresar con el otro consuegro. Las novias, primero Galatea y después Ginebra, entraron del brazo de Gonzalo que debió hacer lo mismo que su mujer, porque era el padrino de ambas. Las novias y las madrinas se veían muy bellas y elegantes, sobre todo Gertrudis, que resplandecía con una hermosura acentuada con los años, como la de una rosa en flor. El pelo recogido hacia arriba dejaba al descubierto las orejas en las que destellaban con múltiples fulgores dos soberbios pendientes de diamantes que llamaban la atención. El vestido de encaje rojo, la gargantilla y demás accesorios atraían sobre ella todas las miradas, pues alta como era contrastaba con la baja estatura de las dos consuegras, deslucidas a su lado. No hablemos de las novias, tan bonitas y angelicales que despertaban suspiros de complacencia a su paso. La ceremonia fue emotiva porque los novios habían elegido la capilla del colegio donde habían estudiado las muchachas.
Y a pesar de que eran dos parejas que se casaban al mismo tiempo, todo pasó muy rápido. La fiesta en el tradicional Plaza Hotel se desarrolló con algunos incidentes de los que fue víctima Gertrudis. Tal fue el pisotón en la pequeña cola del vestido que rasgó el encaje o cuando uno de los invitados se dio vuelta, chocó con ella y le tiró encima todo el whisky de su vaso. La fiesta se extendió hasta bien entrada la mañana y hay que reconocer que Gertrudis, presa de un creciente mal humor, se había esforzado por mantenerse serena y sonriente. Cuando por fin los de Almanza entraron en su casa Griselda los esperaba con el desayuno listo.
—No, no voy a tomar más que el jugo de naranjas. Estoy agotada —declaró Gertrudis. Su marido saludó a la mucama y rendido por el cansancio se fue a dormir —.
Tras la rutina de costumbre, Gertrudis ya dormía cuando apoyó la cabeza en la almohada y al despertarse estaba anocheciendo. Abrió la puerta del dormitorio y se encontró con Gurú que daba vueltas por ahí. Gonzalo se había levantado hacía rato y cuando ella fue al living lo encontró leyendo el diario.
—Creo que tengo el horario cambiado, ahora que es de noche no tengo sueño —se lamentó ella.
—Ya te dormirás—acotó él.
—Tengo frío. Vuelvo enseguida, voy por mi bata —dijo Gertrudis y fue hasta el dormitorio de donde salía Griselda.
—Señora Gertrudis, ya me voy. Hasta mañana.
—Hasta mañana, Griselda —contestó Gertrudis mirando cómo se alejaba mientras pensaba que esa muchacha cuyo nombre no empezaba con “G” era la causante de tantos trastornos.
Cuando Gertrudis entró en el dormitorio, el destello de las alhajas que contenía el platito le recordó que debía guardarlas.
—. ¡No es posible! ¡¡Gonzalo!! ¡¡Gonzalooo!!
—¿Qué pasa? —preguntó alarmado él.
Ella rompió a llorar y le mostró las joyas que descansaban en el platito sobre la cómoda. El marido advirtió que faltaba uno de los pesados pendientes de diamantes. La miró en silencio. Sin decir nada levantó el auricular y telefoneó a un amigo que era comisario inspector y le contó lo que ocurría. El otro quiso saber en cuánto valuaba las alhajas que faltaban y repuso que en mucho dinero y más aún en afecto, por lo que representaban en los recuerdos de otros tiempos que acuñaba su mujer. Gonzalo colgó el auricular y le aseguró a su esposa que muy pronto se resolvería todo. La confortó como pudo, aunque en su fuero interno no daba tanta importancia a joyas que bien podían reemplazarse por otras. Media hora más tarde telefoneó el comisario inspector amigo de Gonzalo para comunicarle que la mucama había sido detenida y la estaban interrogando.
Griselda estaba sentada en una silla sin respaldo con los ojos desorbitados por el miedo e irritados por el humo de quienes fumaban alrededor.
—Vamos, confesá que te las llevaste y devolvelas, tus patrones no quieren escándalos. Te vas y listo —le dijo el Principal.
—Pero si yo no hice nada, no me llevé nada…
—Piba, por tu bien confesá y devolvelas. ¿Sabés lo que te pueden hacer en la cárcel? —la previno el Subcomisario. La muchacha se echó a llorar, repitiendo que era inocente, que no se había llevado nada.
El interrogatorio se prolongó por horas y se ensayaron diversos tonos para convencerla, por las buenas o por las malas, de que devolviera las alhajas, sin lograr quebrar la resistencia de la mucama.
—Está bien. No querés hablar. Métanla en una celda a ver si mañana lo piensa mejor y habla —dijo el subcomisario.
Entretanto Gertrudis se había acostado nuevamente con un paño de agua fría sobre su cabeza. Las lágrimas no cesaban de fluir y sentía los ojos hinchados y que le ardía la cara. A duras penas intentó sonreír, agradecida, cuando su marido le trajo un té.
—Vamos, querida, ya se arreglará todo.
—¿Estás tan seguro? Yo lo dudo, falló la condición, porque esa mujer no se llama Griselda sino, María Griselda. Eso es lo que explica esta desgraciada situación: me faltan joyas, el gato me corrió las medias, me rompieron el vestido, me lo mancharon todo ¿y vas a decir que no existe ninguna relación entre la llegada de esta chirusa y lo que me está ocurriendo?
Los maullidos de Gurú los interrumpieron y concitaron la atención de ambos. Ni siquiera se habían dado cuenta de que la tierna mascota estaba en el dormitorio. Gonzalo se arrodilló y miró debajo de la cama, pero no lo vio. Tampoco se lo veía en otro sitio del cuarto.
—Pero ¿dónde se metió este gato endemoniado? —preguntó él. Ella se encogió de hombros y contestó que no lo sabía—. No lo veo por ningún lado, pero está debajo de la cama, lo oigo maullar… ah, ahí está. Mirá donde se había metido. Hizo un agujero en la tela del somier. ¡Salí, Gurú! ¡Salí, te digo!
Y el gato que no tenía por costumbre obedecer, se quedó en su escondrijo mirándolo con fijeza. Gonzalo se cansó de tratar de convencer al gato y lo tiró hacia afuera. Gurú maulló y ofreció cierta resistencia, pero Gonzalo no era hombre acostumbrado a perder batallas. Gurú, vencido, salió del escondrijo y algo cayó detrás de él. Gonzalo advirtió un brillo extraño en el suelo, debajo de la cama y estiró la mano, intrigado. Cuando la abrió, en su palma había un aro, un anillo y un pesado pendiente de diamantes.