los celos de genaro
Consultó el reloj. Las cuatro de la tarde. Su mujer no tardaría en regresar a casa; hacía una media hora que había ido al supermercado y, aunque no iba a hacer la compra del mes ya se sabe que las mujeres se entretienen mirando productos nuevos o los ya conocidos que se ofrecen en otra parte. Justamente, el diario traía un artículo muy interesante sobre la política de ventas de los supermercados, y él, tras leerlo masculló que los consumidores eran unos tontos. Con el noticiario no tuvo mejor suerte. Lo aturdió la carrera alocada del mundo entero para llegar a ninguna parte. “¿Cómo es posible que sólo interesen los hechos policíacos, no hay nada bueno?”, se dijo, rechazando esa idea.
Se levantó con desgano y fue a la cocina a calentar agua para el mate. ¿Dónde pondría Isolina los bizcochos de grasa? Con seguridad, en cualquier sitio. ¡Cómo le gustaba cambiar todo de lugar! Decía que eso la distraía, que odiaba la rutina. Puso el agua caliente en el termo y volvió a su sillón frente al televisor, que como en muchos hogares, ocupaba un sitio privilegiado que nadie cambiaba.
Malhumorado por no haber encontrado los bizcochos, tomó un par de mates amargos, que le supieron horribles. Había olvidado mezclar la yerba con cáscara picada de naranja seca. Con un gruñido, retornó a la cocina, tiró parte de la yerba e introdujo los trocitos de cáscara seca. Pensó que quizás los bizcochos estuvieran en uno de los tarros de abajo, porque su mujer se había quejado de la altura de la alacena. Abrió la puerta de la derecha y sonrió complacido, ahí estaban. Puso un puñado en un plato pequeño y volvió al sillón.
Ya se había comido los bizcochos y apenas quedaba agua en el termo, cuando miró otra vez el reloj. Una hora y media y ni señales de Isolina, que no había llevado el teléfono móvil, porque el supermercado quedaba a dos cuadras y no quería perderlo o que se lo robasen. Pero por no llevarlo, Genaro no podía saber dónde estaba y el motivo de tanta demora. ¡Bah!, la tardanza tendría múltiples causas, y, en todo caso, ella ya le contaría.
El teléfono lo sacó de sus reflexiones. Al principio contestó de mala gana, pero se suavizó cuando oyó la voz de la vecina que preguntaba por su mujer. Que no estaba, le dijo, que le iba a avisar que la llamase cuando volviera. Gracias, que no se olvidase, recomendó la vecina. Colgó el auricular, ahora resultaba ser el secretario de Isolina. A pesar de que tenía sus años, siempre había caminado con soltura, pero desde el accidente, menos de una década atrás, ya no lo hacía tan bien como antes, y eso que lo habían operado tres veces. Claro que la indemnización les permitió reformar la casa, no obstante él ya no pudo andar sin aquel bastón que odiaba, porque le recordaba que se veía obligado a depender de él. ¡Habían pasado tanto desde que Isolina le entregó sus dieciocho años de inexperiencia y él, con treinta y cuatro, la amó como a nadie!
Se dio cuenta de que cavilaba en silencio, ya a oscuras, y encendió la luz. ¡Dos horas y cuarto! ¡Mujer endemoniada, ¿qué le pasaría?! No se ocultó su preocupación. Buscó el amaretto, su preferido desde la juventud, y se sirvió un trago. Tras apurarlo chasqueó la lengua, sintiéndose reconfortado.
Cierto era que había tenido algunos amoríos fugaces con una que otra mujerzuela, de esas que se ofrecen a un hombre como frutas maduras que se caen de los árboles y que a él lo apenaba que la fruta se estrellara contra el piso. Sin embargo, Isolina jamás lo supo, porque él cumplía como Dios mandaba con su obligación de buen marido y el tiempo no había menguado esa pasión. Y aunque no podía quejarse, salvo por la falta de hijos, reconocía ser un esclavo de esos celos de cuanto hombre le hablara, o sólo la mirara. También era cierto que ella nunca le dio motivos para alimentar sentimiento tan irracional como incontrolable, pero él tampoco sabía si alguna vez Isolina lo había engañado. Y cada vez que él manifestaba su cólera, ella, halagada, se reía de sus sospechas. ¡Ah! Sólo Dios sabía cómo lo irritaba esa mirada divertida, esa expresión casi burlona en esa boca que él besaba con tanto amor.
El sonido del teléfono lo estremeció. La vecina insistía en saber dónde había ido Isolina. Le repitió que al supermercado y colgó disgustado, el rostro enrojecido. Miró el reloj de la cocina. ¡Dos horas y cuarenta minutos! ¿Pero dónde se habría metido? ¡Ah, ni bien entrara, ya lo oiría! ¡Mejor que llegara preparada! Más rabia le daba no poder caminar apoyándose en ambos pies. Observó el grosor del bastón y pensó en que quizás fuera oportuno golpearla un poco como para recordarle que a pesar del accidente, él, Genaro, seguía siendo el hombre en esa casa, quien mandaba allí. ¡Que no se equivocara ni pretendiera sobrepasar su indiscutible autoridad marital!
El ruido de la llave en la cerradura lo alertó. Hizo un esfuerzo para serenarse. Primero, le preguntaría de buen modo la causa de semejante tardanza y si la respuesta no lo satisfacía o si olfateaba algo, ¡pobre de ella! Isolina entró y cerró la puerta. Avanzó empujando el carrito hasta la mesa de la cocina y en silencio empezó a guardar lo que había comprado. La voz de Genaro la sobresaltó y se dio vuelta para mirarlo.
—¿Y adónde se metió la señora, si se puede saber?
—Pero, Genaro ¿no te dije que iba al supermercado? —contestó ella, sorprendida por ese tono tan casual que encerraba una furia que no tardaría en liberarse.
—¡Madonna Santa! Claro que me lo dijiste, ¡hace tres horas! ¡Tanta gente había? ¡¡Mirá si voy a creer que estabas en el supermercado!! ¿Tengo cara de tonto! ¡Las mujeres son todas unas desvergonzadas! ¡Se burlan de sus maridos, de la confianza que les tenemos! ¡Ah! Pero yo no soy como los demás. ¡¡Genaro Panzutti no se deja engañar por nadie, menos por su mujer!!
Isolina lo contempló blandiendo el bastón y calló, los ojos muy abiertos, sin reprimir esa ligera sonrisa que a él lo encolerizó más. Por la mente de Genaro pasaron las imágenes de Isolina a los dieciocho años, tan dulce e inocente, de Isolina vestida de odalisca que bailaba la danza del vientre y la de los siete velos hasta quitárselos todos, ante sus ojos hambrientos de placer. Isolina y él haciendo el amor de mil formas. Isolina, Isolina. La visión de ella con un desconocido, en la cama de un hotel, lo descontroló. ¡Ah, ya le enseñaría! ¡La mataría! ¡Eso es, la mataría! Y sin pensarlo dos veces caminó con paso vacilante hasta el cajón de los cubiertos, mientras ella, acostumbrada a ese griterío, a esas explosiones, le había vuelto la espalda y proseguía guardando la compra.
Genaro, martirizado por aquellas imágenes eróticas, extrajo el cuchillo y, no se sabe cómo saltó hacia adelante y cayó sobre ella, sin dejar de proferir insultos registrados en un amplio repertorio en italiano y en castellano, en un terrible chapurreo que no conseguía aliviarlo. Con la mano izquierda la sujetó del pelo y extendió la derecha hasta que la punta del cuchillo se apoyó en el cuello de la mujer. Isolina gritó, pidiendo auxilio, convencida de que, esta vez, acabaría por matarla, mientras trataba de soltarse. Genaro la cubría de insultos que alcanzaron hasta a la pobre abuela, muerta hacía tantos años.
—¡¡Puttana, svergognata, juro que te mataré!! No me harás más cornuto. Maledetta, aprovecharte de mi confianza, de que después del accidente no tengo el vigor de antes. ¿Qué quejas tenés de mí como marido, eh? ¡Contestame!
—¡Socorro, socorro, me mata, me mata!
Los gritos y los insultos retumbaron entre las cuatro paredes y se expandieron más allá, hasta la casa de los vecinos que, preocupados, irrumpieron en la casa como si fueran un comité de rescate. Isolina forcejeaba y en el cuello, tan blanco, se veía una delgada línea rojiza. Lloraba protestando y defendiéndose. El vecino, un hombre corpulento, asió al iracundo marido por los brazos con un rápido movimiento y el cuchillo cayó al suelo, mientras Genaro continuaba el rosario de improperios con los brazos inmovilizados.
—¡Está loco, loco! —chillaba Isolina—. Siempre fue muy celoso, pero empeoró con los años y, desde el accidente, no me da respiro, cuando salgo, pega los ojos en el reloj, contando los minutos hasta que vuelvo. ¡Me siento como en una cárcel!
—¡Cállese la boca, svergognata! —rugía Genaro—, ¿adónde estuviste tres horas, eh? ¿Pensás que soy un tonto, que me voy a creer que estabas en el supermercado? ¡No señor! ¡Estabas con otro hombre, estoy seguro!
—Genaro, Genaro ¿cómo pensás eso de mí, de nosotros? Pero ¡¿no te das cuenta de que es ridículo?! ¡¡Acabás de cumplir ciento dos años y yo voy a cumplir ochenta y siete!!