la sal de la vida
El Scania Vabis plateado fue disminuyendo la velocidad a medida que se acercaba a Porto Alegre. Dobló a la izquierda y siguió despacio unas cuadras hasta que detuvo su marcha en la playa de maniobras de la empresa “Os Galgos”, de transporte de mercaderías en general dentro del Mercosur. Bajó de la cabina y subió a un taxi que lo llevó hasta un edificio de departamentos sobre la calle Borges de Medeiros. Emilio Gianti suspiró contento de haber llegado a casa, aunque se sentía cansado y si bien reconocía que su trabajo era estresante tenía la certeza de que no era la causa de su agotamiento. Quizás lo mejor sería tomarse unas vacaciones. Soñaba con ellas hacía cinco años, pero no podía. ¿Qué le diría a su esposa?
Al abrir la puerta del departamento, lo mareó un penetrante perfume a violetas y no sabía qué más y a través de la tenue luz rojiza de la lámpara de pie vio a Soraya avanzando hacia él. Parpadeó al contemplarla. Alta, delgada, ondulaba dentro de esa bata de gasa negra transparente que dejaba ver su cuerpo desnudo, armonioso, perfecto. El pelo castaño rojizo suelto sobre la espalda y el pecho le daba un aire felino. Lo abrazó, se apretó contra él y lo cubrió de besos. Emilio ya no experimentó más cansancio cuando la levantó y la llevó hasta el dormitorio. Ella se dejó caer en la cama y le sonrió, provocativa. Él no pudo resistir más y se quitó la ropa, apresurado. Después se transportaron a un mundo de placeres infinitos donde se quedaron hasta el otro día.
Lo despertó el fuerte y tentador aroma del café recién hecho y el sol que le anunciaba que ya era media mañana. Se levantó bostezando y tras su paso por el cuarto de baño se encaminó a la cocina. Soraya lo esperaba en el desayunador. Se veía espléndida con esa bata de gasa blanca transparente, el pelo recogido en una cola de caballo.
—Meu amor, eu te esperé tanto. Eu nào sé por qué estos días en que estuviste de viagem se me hicieron tan largos —dijo, con un gracioso mohín que pareció darle más belleza a su rostro anguloso. Él sonrió y le palmeó una mano.
—Estás tan hermosa. Cada vez me cuesta más irme. Nena, me volvés loco —susurró, con voz ronca y ella rió, feliz.
Volvieron a la cama y retozaron allí hasta la tarde. Entonces, se ducharon juntos, se vistieron y salieron a caminar. Irían al cine y después a cenar. Emilio se daba cuenta de las miradas que cosechaba su mujer, miradas de hombres y de mujeres la recorrían admirándola. La contempló de reojo. Exquisita. Mientras ella se detenía en cada vidriera de la Rua Da Praia para observar ropa, zapatos, carteras, perfumes, para ella, para él, todo; Emilio pensó en la Soraya de seis años atrás. Él tenía treinta y nueve años, edad en que muchos hombres se plantean cambios, según los entendidos. Había llegado con una carga de máquinas agrícolas argentinas desde la fábrica Don Roque, de Córdoba y regresaría con una carga de lavarropas brasileños de la fábrica Philips desde Porto Alegre. En el Hotel Ombú se había encontrado con unos compañeros de flotilla que lo invitaron a acompañarlos a un cabaré donde había una cantante excepcional. Una belleza de mujer con una voz fantástica. “Un miñón, che, una máquina”, le aseguraron. A pesar de su cansancio se dijo que tenía ganas de divertirse un poco, ¿por qué no? Hacía cuatro años que estaba casado con Julia, con quien vivía en una cómoda casa en Río Cuarto, Córdoba. Ella era una hacendosa mujercita de su casa y cuando él llegaba después de cada viaje, lo esperaba con la comida preparada, la que a él más le gustaba; su ropa y sus zapatos; impecables, la casa, reluciente por donde la mirase. Un dechado de virtudes.
Cuando entraron en el cabaré, lo impresionó esa mujer ondulante, que lucía un vestido de lamé ajustado a su cuerpo y esa voz sensual y quedó atrapado irremisiblemente. Soraya aceptó beber una copa con ellos después del espectáculo, pero no apartaba los ojos de Emilio, y él sintió que esa mujer lo atraía con locura. Los compañeros se levantaron para irse, entonces, les dijo que se quedaría un rato más y los vio alejarse con una sonrisa de complicidad. Él esperó que Soraya saliera del cabaret para invitarla a entrar en su vida. Hacía seis años.
—Meu amor, vení, Olhe ese par de aretes ¿nào te parecen divinos? Me gustaría ver cómo me quedan —oyó que ella le decía, con voz insinuante, mimosa, y se oyó alentarla para que entrara, se los probara y preguntara el precio; si costaban menos de trescientos dólares, se los compraría. La vio desaparecer dentro de la joyería, ilusionada como una criatura y no tardó en salir con los ojos brillantes y los aros puestos. ¿Cómo sabía que costarían eso? Trescientos dólares.
Soraya no quiso ir al cine. Tenía otra idea mejor, que cenaran y después que fueran a bailar a algún lugar de esos donde se baila apretadinho. ¿Qué le parecía?, le preguntó, guiñándole un ojo.
—Nena, sabés que no soy de madera —susurró, con voz ronca.
Cuando la estrechó fuerte entre sus brazos, al compás de una bossa nova lenta y pegadiza, pensó cómo había cambiado su vida desde que la conoció. Hacía seis años. Después de hacer el amor con ella, nada era igual, porque ninguna mujer tenía ese fuego interno, ese cuerpo escultural. No podría vivir sin ella. Tampoco sin Julia, tan dulce, recatada e ingenua. Tan hacendosa. Aspiró el perfume de Soraya que se abandonaba en sus brazos. ¿Había llevado a Julia a bailar alguna vez? Nunca. Con ella la vida era limpia, sencilla, cómoda. Con Soraya era un arrebato lujurioso, un volcán tan ardiente como su pasión. Suspiró cuando la música cesó y se sentaron a la pequeña mesita que ocupaban. Soraya estaba radiante, pidió más champán y le dio un largo beso. Emilio la contempló extasiado y se preguntó cuánto tiempo más podría seguir con esa doble vida tan perfecta.
Tres días después se despedía de una Soraya llorosa y compungida que le aseguraba que ya empezaba a contar los minutos hasta que volviera dentro de un mes y medio ya que esta vez emprendería una extensa gira combinando varias ciudades del centro, oeste y sur argentinos. La abrazó, susurrándole en el oído cuánto la amaba y que por aceptar ese recorrido tan largo le pagarían más del doble.
Quince días más tarde llegaba a Río Cuarto. A la entrada de la ciudad, sobre la ruta del camino de circunvalación, dejó el semi remolque en los depósitos de la empresa y se dirigió a su casa en el tractor. Cruzó la San Martín y dobló a la derecha siguiendo seis cuadras más. Apagó el motor y bajó. Caminó por el sendero que llevaba a la puerta de su casa y vio venir corriendo a Julia con los brazos extendidos.
—¡Emilio! ¡Cuánto te extrañé! —afirmó, echándole los brazos al cuello. Él la abrazó y la besó con ternura y entraron en la casa entrelazados por la cintura. Ya antes de entrar percibió un intenso aroma a vainilla y pensó en que seguramente había flan. Así era, y budín de chocolate y tallarines y una variedad de platos que satisficieron su apetito. Hizo el amor con Julia con tanta ternura, con tanta suavidad que se dijo que así lo habrían hecho los santos varones. La miró, durmiendo a su lado, bonita, con ese pelo rubio ensortijado que le daba un halo de pureza. De mediana estatura, tenía un cuerpo grácil, bien proporcionado. Suspiró, se consideraba un hombre muy afortunado.
Regresó una vez más con Soraya y, otra vez, con Julia y Emilio Gianti se sentía tan exhausto que organizó un programa de viajes que le permitiría descansar de sus dos esposas, pues espaciaría sus visitas a Porto Alegre y a Río Cuarto y permanecería un tercio de su tiempo en alguna otra parte, solo, para reponerse de tanto desgaste psicofísico. Así, su cronograma fue estructurado a razón de quince días en Porto Alegre con Soraya, un mes solo, quince días con Julia en Río Cuarto y otro mes solo. Gracias a tan magnífico plan que llevó a cabo durante un año y medio pudo recuperarse y ganar más dinero, de modo que todo salía a la perfección.
Esa mañana llegó a Porto Alegre ansioso ante la perspectiva de estar con Soraya. No veía la hora de estrecharla en sus brazos y de amarla de cualesquiera de las mil formas que había aprendido con ella. Como de costumbre dejó el Scania Vabis en la playa de maniobras de la empresa, tomó un taxi y llegó al edificio de la Borges de Medeiros.
Al entrar en el departamento lo encandiló el sol que entraba por la ventana. Fue hasta el dormitorio esperando encontrar a su mujer tendida en la cama, con una de esas batas provocativas que lo volvían loco, pero no estaba allí. De pronto, oyó que lo llamaba desde la cocina y fue a buscarla. Abrió la puerta y se quedó asombrado mirando a una Soraya vestida con un pantalón y una remera, debajo de un delantal blanco, el pelo recogido en una trenza, sin maquillaje, que revolvía el contenido de una cacerola.
—Meu amor, eu pensé que vocé llegaba mais tarde y quise sorprenderte. Esperá que eu apago o fogào. —le dijo y, tras apagar la hornalla, corrió a su encuentro.
Se abrazaron con ardor, pero él no percibió ese encantador perfume de violetas y algo más en su pelo, sino un desagradable olor a ajo. No quiso decirle que desde hacía una semana se imaginaba cómo harían el amor cuando él llegara. Y a pesar de la fogosa pasión que tutelaba sus encuentros amorosos, esta vez, no hubo voluptuosidad ni desenfreno lujurioso ni baile apretadinho. Cuando se despidieron, Emilio no le confesó su desilusión, ¿cómo decirle que él ya estaba casado con Julia, la perfecta ama de casa? Y que cuando unió su vida a la de Soraya, a riesgo de que algún día se descubriera su bigamia, fue porque quería en su cama a una mujer con experiencia en amar. Ahora, resultaba que Soraya quería convertirse en ama de casa, ella, una reina para el amor. ¡Qué desperdicio!, se dijo, amargamente.
Tras el mes de descanso de sus mujeres, que no significaba que estuviera ocioso, sino que hacía viajes cortos en otro radio, regresó a Río Cuarto, donde estaría quince días con Julia.
Estacionó el tractor frente a la puerta de la casa y al bajar de la cabina oyó los compases de una suave música cadenciosa y agradable. Abrió la puerta y parpadeó, boquiabierto. Una Julia vestida sólo con una túnica de gasa dorada, transparente, debajo de la cual no llevaba nada puesto, lo recibió con una sonrisa pícara. Tenía el pelo rubio suelto y un perfume delicioso a frutas tropicales lo embriagó.
—Pero ¿qué es esto! ¿Qué te pasa? —preguntó, con voz ronca, en tanto ella se colgaba de su cuello y lo cubría de besos ardientes, le hacía sacarse la campera, le desabotonaba la camisa y los pantalones y se apretaba, insinuante, contra él.
Aturdido, se dejó arrastrar al dormitorio, donde un sahumerio esparcía un delicado aroma a melón y cuando ella se dejó caer en la cama, completamente desnuda, los rayos del sol que se colaban a través de las rendijas de las persianas bajas le dieron una exótica tonalidad dorada de la cabeza a los pies. Emilio no supo bien qué hacía y se arrojó sobre ella, amándola con frenesí, como nunca lo había hecho hasta entonces.
Cuando la contempló durmiendo a su lado, desnuda y sin cubrirse con la sábana como acostumbraba, pensó con amargura que ya no volvería a hacerle sus platos favoritos.