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rosa axelrud

la magia de las predicciones

La tarotista meditaba la interpretación de las cartas elegidas por mí, de entre las que ella había colocado en perfecto orden sobre la mesa. El cuarto unía su silencio al de nosotros. Yo miraba a través de la ventana que había tras ella y aguardaba sin apuro sus predicciones.
¿Hacía cuánto tiempo que la consultaba? Ya no lo recordaba. Un amigo me la había recomendado. “Es maravillosa. Infalible. Cambiará tu vida”, me aseguró. Aquella primera visita que le hice con cierta aprensión, cuatro, cinco o seis años atrás, bastó para que me conquistase. Madame Tarita, como se hacía llamar, era una mujer de edad indefinida. Imposible calcularla, aunque yo estaba convencido de que andaría por los cincuenta. Alta y robusta, tenía una mirada oscura y escrutadora y una voz clara y firme, la firmeza que le daban los conocimientos de ese arte de la adivinación del futuro de los otros. Admito que en esa primera entrevista no me dijo nada que no supiese, que no fuera de carácter general. Que andaban mal mis negocios, no había que ser un genio para advertirlo, pues mi rostro preocupado y sombrío ya era suficiente evidencia para una persona acostumbrada a leer en el pensamiento de los demás. Que sufría el mal de amores. Claro, es sabido que un asunto siempre se encadena a otros. Sin embargo, su voz casi persuasiva me cautivó desde ese momento, y creí en esa mujer y en sus vaticinios con la desesperación del náufrago que se aterra a una tabla en medio del un mar sacudido por una fuerte tempestad. Aquella primera visita no me dejó nada, sentí que todo permanecía igual. El amigo que me la recomendó se rió de mí cuando le confié mi desazón.
—¿Acaso creés que es mágico? Nada de eso, tampoco hace milagros. Tenés que darle tiempo al tiempo. En un par de visitas más, estoy seguro de que comprobarás lo que te digo —afirmó mi amigo con tono de buen conocedor. Yo me resigné a aceptar el consejo y la opinión de su experiencia, mucho mayor que la mía y decidí que volvería a ver a Tarita.
La segunda vez, estaba más convencido de los beneficios de la consulta, de modo que cuando ella tiró las cartas, elegí cada una sin vacilaciones. Cuando Tarita daba vuelta una carta, la estudiaba en medio de un silencio que a mí se me antojaba sepulcral, tal vez por esa semipenumbra y el halo de misterio que parecían rodearla. Recuerdo cuánto me asombró lo primero que me dijo al conocerme: “Debe aprender a contestar con el oído y la obediencia”. Volví a mi presente cuando escuché su voz.
—Mañana hablará con alguien que se interesará en comprarle algo —señaló, sin dudarlo.
—Sí, bueno, ojalá; porque quiero vender mi departamento tan grande y caro para mantener. Ya sabe, Tarita, mudarme a otro más chico sin expensas o, al menos, más bajas —murmuré, algo avergonzado.
Ella, con su sonrisa enigmática, aseguró que según las cartas al día siguiente lograría mi propósito. Con mis esperanzas renovadas regresé a casa, donde Berenice, mi esposa, ni siquiera daba muestras de alegrarse por mi llegada. Ya casi me había acostumbrado a esa mirada gris glacial de su bienvenida. Cenamos en medio del silencio opaco y pesado en que se había convertido nuestra vida en común. Los problemas empezaron cuando perdí mi empleo en una inmobiliaria de importancia que merced a los cambios de la economía de nuestro país se vio obligada a reducir personal. Yo fui uno de los elegidos para ese sacrificio y allí estaba ahora, mirando el rostro inexpresivo de Berenice, la única que trabajaba en casa, la única que mantenía nuestro hogar sin hijos. Nos habíamos casado cuando yo estaba en medio de una racha afortunada, y ella se había acostumbrado a la buena vida. No le faltaron ropa, zapatos, carteras, perfumes, todo de primeras marcas internacionales. Tenía costosas joyas, símbolos inequívocos de nuestros momentos más felices, que había recibido de mí en cada aniversario de boda.
Mientras comía, yo me preguntaba si nuestro amor se había acabado o si alguna vez hubo amor entre nosotros. No podía creer que un revés transitorio en nuestra economía borrase de un plumazo nuestro matrimonio y lo hiciera trizas como un terremoto destructor de cualquier esfuerzo del hombre.
—¿Alguna novedad? ¿Encontraste algo? —la oí decirme, incisiva. Nada, repuse, tras beber un sorbo de agua. Volvimos a callar, y yo, a pensar que no le había contado sobre mis visitas a Madame Tarita ni sobre su predicción para mañana. ¿Para qué? Lo más probable era que Berenice se riese o se burlase de mí o, peor aún, que se encolerizase. Su violencia de los últimos tiempos me preocupaba.
Después de la cena me ofrecí a lavar los platos. Era lo menos que podía hacer, ya que ella, tras una jornada de labor, había preparado la comida. No contestó, mucho menos agradeció mi deferencia sin darse cuenta de que yo no tenía ninguna obligación de rebajarme a ocupaciones propias de mujeres. Se retiró, majestuosa como una reina aún sin trono a nuestro dormitorio. La miré alejarse por el pasillo. ¡Nuestro dormitorio! Ya no me parecía mío, no me sentía el hombre de la casa. ¡Ah! Pero ya vería quién era yo.
Al otro día, solo en casa, terminé de pasar la aspiradora y me preparé un café. Las palabras de Tarita me daban vueltas en la cabeza. Ella afirmaba que hoy vendería el departamento ofrecido hacía un par de meses. ¿Momento difícil o precio fuera de mercado? Decidí hablar con un amigo que estaba al frente de una inmobiliaria y conocía mi casa. Conversé con él y colgué el auricular convencido de que el precio era tan alto que nadie se interesaba ni siquiera para contraofertar por considerar que cualquier contraoferta sonaría ridícula dadas mis pretensiones. Claro que había una excepción, la de una sola contraoferta ofrecida no bien publicado el primer aviso, que quedó rechazada de plano. Me di cuenta de que yo mismo provocaba mi desgraciada situación por lo que decidí ponerle remedio. Llamé a la inmobiliaria. ¿Tenían aún aquella oferta que me había parecido ridícula?, quise saber. Por supuesto, repuso el vendedor. Que cerrara trato le dije sin vacilar.
Ya estaba hecho. Tarita había acertado en su predicción. Había vendido esta casa que me agobiaba con su mantenimiento, que ya no podía soportar. Iría a verla, para agradecerle y, de paso, para que me dijese cómo seguiría mi suerte, qué me deparaba el destino.
Tarita me recibió con su sonrisa enigmática y sentí que me traspasaba la mirada achinada de sus ojos negros. Llevaba una túnica de seda roja y el pelo suelto me pareció una cascada negra que le llegaba hasta la cintura. Con un gesto de la mano derecha me indicó la silla enfrente de la suya. Nos separaba la pequeña mesa donde había un mazo de cartas de Tarot, tan antiguas y extrañas como ella misma.
—Madame ¿qué es el Tarot? —me oí preguntarle.
—Un juego de números, por lo menos, en su origen y, aún hoy, en algunas partes —repuso con su voz clara y firme e hizo un gesto vago. Luego, fijó sus ojos en los míos—. Yo opino que permite el desarrollo de las personas. Estas cartas representan los aspectos más importantes, los principales de la vida. ¿Los ve? Nos enseñan qué podemos aprender de nosotros mismos.
Yo me sentía fascinado, subyugado por la explicación y por esa mujer. Su voz, su dominio de sí. Me embargaba una sensación extraña que en el silencio y en aquella penumbra propiciaba las confidencias, la apertura de los corazones. De la nada apareció una criada que depositó dos pequeñas tazas de té sobre la mesa y se esfumó en la misma nada de donde vino. Con otro gesto, Tarita me invitó a beber la delicada infusión.
—¿Y los naipes? Me refiero a ¿cómo sabe usted qué decir, lo adivina, lee algún mensaje que ellos le revelan? —insistí.
—Los naipes se llaman arcanos, que quiere decir misterios. No son tan misteriosos como se pretende hacer creer. Si lo fuesen nadie podría interpretarlos. Yo prefiero darles el nombre de explicaciones, porque así se alcanza una mayor comprensión de lo que nos sucede, eso nos conduce al Nirvana, a la felicidad —agregó ella, sin apartar los ojos de los míos.
Todo parecía tan irreal. Yo no quería que se rompiera esa especie de hechizo que flotaba allí, en ese recinto, tan raro y acogedor como Tarita. Quise que ahondara en su clarificación y vi acentuarse en su rostro pequeño esa sonrisa que me cautivaba. Sin apartar sus ojos de los míos señaló que lo más importante era descifrar lo que había en las cartas, su mensaje. Los naipes contenían leyendas, relatos, mitología, enigmas y sus explicaciones. Yo la escuchaba con atención, inmóvil, entendiendo cada vez menos. Se lo dije y me miró con indulgencia.
—Ciertamente, no es sencillo. Hay varias formas de tirar las cartas, yo uso el sistema llamado de la Cruz Celta y los veintidós arcanos mayores. A partir de la pregunta que cada uno hace sobre aquello que le preocupa dispongo las cartas y las leo. Es decir, interpreto su mensaje —concluyó Tarita y elevó el brazo derecho con la mano abierta y los dedos unidos, dando a entender que mi curiosidad sobre el Tarot debía terminar. Asentí y le conté lo ocurrido con el departamento. ¿Había sido una premonición suya? No contestó. Yo pensaba que, quizás, ella había condicionado mi conducta y así se lo manifesté, pero tampoco obtuve respuesta.
—¿Qué quiere saber hoy? —me dijo con suavidad. Yo tragué saliva. Si lo del departamento se resolvía ¿qué sucedería con Berenice?
Tarita barajó los naipes, y yo corté. Los dispuso sobre la mesa y me invitó a darlos vuelta. Su dedo índice se posó sobre la carta número seis, la de los enamorados, que en esa tirada aparecía invertida. Movió la cabeza y se puso seria. La carta invertida, mala señal, la señal de que mi matrimonio no sobreviviría al desastre de la mudanza y la pérdida del departamento que parecía lo único que le importaba a Berenice.
Más tarde, a la hora de la cena le conté que había aceptado la oferta de compra. No dijo nada, siguió comiendo. Pensé que quizás no me había oído, así que repetí mis palabras.
—Ya te oí. ¿Querés que te aplauda o que te felicite por regalar esta casa? Pues, te aplaudo —y lo hizo con lentitud— y te felicito. Estarás bien contento de haber arruinado nuestras vidas. Todo lo que logramos ahorrar, cuanto progresamos en estos años de casados y, aún desde antes, cuando comenzamos nuestra relación, todo eso lo tiraste por la borda de un barco que se hunde. ¿Entendés? ¡Se hunde! —explotó Berenice con esa violencia que había desarrollado últimamente y me incomodaba tanto.
Me defendí lo mejor que pude. ¿Creía que yo estaba complacido con la situación? Sufría más que ella, más de lo que podía alguien imaginar, porque no me sentía un hombre capaz de procurar el sustento diario para su hogar. Se encogió de hombros y con una risa sarcástica, que me exasperó, dijo que no se notaba, que me veía muy cómodo haciendo las tareas domésticas, en tanto ella se estresaba cada día más. A ese paso, era candidata segura para un infarto al corazón. Me levanté de la silla y tiré la servilleta sobre el plato, harto de sus injurias y de ese desdén que ya no aguantaba más. Tomé mi saco y me fui, saliendo de esa casa y de su vida.
Un mes después nos encontramos para firmar la escritura de venta, dividir el precio y decirnos adiós. Sólo quedaba el trámite de divorcio, que por cuestiones de dinero decidimos posponer hasta que pudiéramos pagar a los abogados. Alquilé un pequeño departamento por la zona de Palermo Viejo a un par de cuadras de donde vivía Madame Tarita, en la calle El Salvador. No sabía por qué necesitaba verla, oír su voz tranquila. ¿Me estaría enamorando de ella? No lo creía así, me debía de llevar más de diez años y, no obstante, no descartaba que me atraía como un imán. Pero, de ahí a enamorarme, había una gran distancia. Me inclinaba más por sentir una gran curiosidad por ese arte de adivinación. Admiraba sin reservas ese don de dar siempre en el blanco con sus predicciones.
El silencio se me hacía insoportable. Miré a Tarita con insistencia, de modo inquisitivo. Ella parecía ausente, en otra parte, lejos. Carraspeé, no sé si para llamar su atención o porque tenía la garganta seca. Levantó la cabeza. Señaló la carta número 1 y me explicó que se trataba del Mago. Supuestamente, era yo. Me auguró que saldría pronto de esa situación calamitosa de mis finanzas y que para lograrlo debía ayudar al Destino, a mi destino. ¿Cómo?, quise saber. Pues, buscando algún empleo. El Mago indicaba que tendría éxito, que obtendría buenos resultados. Salí presuroso, bullía de energía. En casa comencé a marcar los avisos clasificados que pedían una persona con mis características, con mis cualidades. Telefoneé a diversas empresas, concertando entrevistas y fijé horarios y, al día siguiente, ya había conseguido trabajo, con tal facilidad que me sentía desconcertado. Pensé en los caprichos del destino, en lo paradójico de la vida, pues, de haberse producido este cambio unos meses antes, no me hubiera visto forzado a malvender mi casa y mi matrimonio se hubiera salvado. ¿En qué se había convertido mi vida?
Tarita aseguraba que el destino de cada uno era así, veleidoso, contra él nadie podía oponerse, nadie tenía las de ganar. Esa afirmación suya se contraponía con otra con la que me recibió la primera vez que la vi. Entonces, me había dicho que nuestro destino se escribía de antemano en el mismo día de nuestro nacimiento.
Mi vida dio un vuelco notable y mis consultas a Tarita se hicieron más frecuentes, casi cotidianas. No me cobraba tanto como para que yo considerase que sus predicciones fueran tan costosas o que abusaba de mi debilidad. Yo no me daba cuenta de los sutiles lazos de dependencia vital que me envolvían de modo invisible y suave, uniéndome a ella. Para mí, verla a diario era como una gimnasia, como un rito que me hacía sentir bien.
—Llegó tarde —me reprendió Tarita con cierta acritud, esa noche.
—Lo siento, Madame. Me dormí. Ayer trabajé hasta muy tarde cerrando operaciones. Los extranjeros se enloquecieron. Compran o alquilan cuanto se les ofrece si está bien ubicado —me disculpé.
No respondió y, como era usual, me hizo un gesto con la mano derecha para que me sentara. Lucía magnífica con esa túnica dorada, el pelo sobre los hombros y hacia abajo. Después de tirar los veintidós arcanos me invitó a darlos vuelta. Yo la observaba. Inquieto, noté que había palidecido. Tras un silencio largo y penoso, levantó la cabeza y con su voz clara y firme me dijo que perdería mi empleo por un asunto de dinero o de papeles. Yo no sabía qué decir. Callé y sentí que todo giraba. ¿Estaba segura? ¿Qué más había? No contestó y se levantó, dando por terminada la entrevista. Sabía que era inútil preguntar, insistir. Se obstinaba en no hablar más y no cedía.
En la oficina todo se desarrollaba con normalidad. Yo estaba atento a lo que sucedía alrededor, en particular, con el dinero. A última hora, el inversor que compraría un departamento a punto de rematarse, entró en mi despacho y puso un paquete de cincuenta mil dólares sobre la mesa.
—Le dejo acá cincuenta mil para la compra del departamento de la calle Honduras. Me voy unos días afuera, así que háganse cargo de firmar el boleto en comisión para mí y de pagar. El saldo, contra escritura —especificó y sin esperar recibo se fue apurado.
Me quedé solo, contemplando el dinero sobre mi escritorio. Era viernes. ¿Qué hacer? No podía dejarlo ahí, no tenía la llave de la caja ni conocía la combinación. Llevarlo a casa tenía sus riesgos, podían robarme. Me reproché no haberme negado, ahora me encontraba en una encrucijada y, según Tarita saldría mal parado de todo esto.
En ese momento llegó uno de los dueños de la empresa que, para suerte mía, había olvidado las llaves. Le expliqué lo ocurrido con el inversor y le entregué el dinero, pidiéndole que me firmara un recibo. Era lógico. Sí, pero él no lo consideró lógico.
—¿Recibo? ¿Yo a usted? ¡Mequetrefe! ¿Quién piensa que es? El inversor no le pidió ningún recibo de este dinero y usted tiene el tupé de pedirme uno? ¡¡Está despedido!! —gritó, ofendido, y fue inútil que yo tratara de justificar mi actitud desconfiada. Era como una tela rota y zurcida, se notaba remendada.
Llegué a la casa de Tarita con un terrible malestar y con una sensación de fracaso atroz. Entré, arrastrando los pies y me recibió envuelta en una túnica negra. Todo se veía lúgubre, tétrico. Le pedí que me tirara las cartas y corté el mazo. Las fue colocando sobre la mesa y, como siempre, me invitó a darlas vuelta.
—Madame Tarita. Escucho y obedezco —dije, con una triste sonrisa.
Tarita no contestó, ocupada en estudiar las cartas. Yo ya estaba acostumbrado a esos largos silencios. ¿Eran una parte de su personalidad o la forma de poner en escena lo que hacía, como una obra teatral?
Tras un largo rato, levantó la cabeza y me miró fijamente. Con su voz clara y firme me explicó que los arcanos vaticinaban que nos alejaríamos para siempre, que no nos veríamos nunca más. Me levanté de un salto y le grité mi desesperación. Me di cuenta de que no podía vivir sin ella y de que la sola idea de perderla sin haberla tenido nunca, me enloquecía. Avancé hacia ella sin dejar de gritar y sin que ella se inmutase. Parecía esperar esa reacción, porque su rostro permanecía sereno e impasible. Se puso de pie, lentamente, y esbozó esa sonrisa enigmática. Luego, me dio la espalda y comenzó a caminar hacia la puerta, en el otro extremo de la habitación. La tomé de un brazo y la hice girar hasta que la tuve frente a mí.
—¿Por qué me hace esto? ¿Cree que puede jugar conmigo? —estallé, furioso, atrayéndola hacia mí.
Ella se dejó besar y la estrujé entre mis brazos ansiosos y, no supe lo que hacía cuando la arrojé al suelo y me tiré sobre ella. Tarita seguía inmóvil, sin defenderse, como en trance. Loco de ira ante su pasividad, que consideré un rechazo absoluto, un ostensible desprecio por mí, comencé a golpearla. Ni un sonido salió de su boca ni de su garganta; ningún ay. Nada.
Cuando volví en mí, su cuerpo yacía inerte en el piso y su cara sanguinolenta me horrorizó. Su vaticinio se había cumplido una vez más y, como siempre, yo había ayudado a mi destino.