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rosa axelrud

el espejo con vitral

El único heredero de la chacra de los Flores resultó Eustaquio, el nieto. No se le conocía mujer ni que alguna vez se hubiera fijado en una de las muchachas del pueblo, aunque no faltaba a ningún baile de los sábados por la noche. En el pueblo todos decían que era un hombre metido para adentro por lo callado, pero nadie podía afirmar que fuera mala persona y, por otra parte ¿no se hizo cargo, primero de cuidar al padre cuando se enfermó y, luego, de la madre? Hijo ejemplar. ¿Qué importaba si hablaba poco, si no se daba más que con Liborio Fuertes, su vecino? Otros vecinos, maledicentes, pensaban que ocultaba su verdadera forma de ser, pero a Eustaquio Flores lo que dijeran acá o allá lo tenía sin cuidado. Él estaba tranquilo porque no había ninguna persona que pudiera reprocharle ni pedirle cuentas de nada. Se levantaba todos los días al alba, antes que los gallos. Tomaba unos amargos y no bien clareaba, montaba su tordillo y recorría la chacra, inspeccionando el gallinero, cerciorándose de que el peón ordeñaba la vaca, comprobando cómo progresaban las plantaciones de frutas finas, que en época de cosecha le dejaban una ganancia para vivir sin privaciones, pues supo continuar el negocio de exportación comenzado por su padre. Volvía al mediodía, se preparaba algo para comer, ordenaba la casa y se acostaba a dormir la siesta. Al atardecer iba al pueblo o a lo de Liborio Fuertes y jugaban al truco, al tute o a la escoba de quince. Regresaba, comía frugalmente, se sentaba en un sillón frente al espejo con vitral para leer y, al rato, se iba a dormir.
Todos los días repetía las mismas secuencias, que él no consideraba rutinarias sino cuestión de hábitos y de horarios. Los sábados por la tardecita cuando se levantaba de la siesta se bañaba y se lavaba la cabeza, se afeitaba y se ponía ropa limpia. Montaba el tordillo e iba a buscar a Liborio Fuertes para ir juntos al baile en el pueblo. Otras veces, Liborio se le adelantaba y lo iba a buscar a él y como Eustaquio aún no estaba listo, desmontaba y entraba en la casa para esperarlo. Se sentaba en el sillón y contemplaba el espejo con vitral.
—¡Ah!, amigazo. Ese espejo es hermoso, no vi nada igual en toda mi vida —le decía sin acordarse de que no era la primera vez.
—Lo trajo mi bisabuela desde Italia. Es florentino —respondía, invariablemente, Eustaquio y agregaba— si me muero antes que usted, Liborio, será suyo.
Liborio Fuertes no respondía y se quedaba admirando una obra de arte, porque eso era ese espejo: un rectángulo de cristal de Bohemia con un ancho borde de vitrales multicolores que destellaban cuando el sol se metía por la ventana.
Los domingos, salvo el peón que no dejaba de ordeñar la vaca, Eustaquio Flores permanecía inactivo, guardando el recogimiento dominical como su madre le había enseñado, aunque no iba a la iglesia. Se levantaba más tarde, porque se acostaba de madrugada y por eso se posponían todos sus horarios de comidas y de entretenimientos compartidos con el vecino. Por lo que hasta aquí se dijo, Eustaquio Flores llevaba una vida apacible y sin sobresaltos.
Una mañana el peón le entregó la lista de lo que había que comprar y Eustaquio hizo su recorrida rápidamente para ir al pueblo, distante unos diez kilómetros. Había poca gente en el almacén de ramos generales, por lo que no perdió tiempo con la compra y con la ayuda del almacenero puso los paquetes y las bolsas en el carro y regresó para pagar, saludar y marcharse. Caminó unos pasos y tropezó con una mujer que pasaba en ese momento; fue tan rápido todo que ninguno de los dos pudo evitar el encontronazo que la hizo gritar de sorpresa y caer al suelo. Eustaquio la ayudó a levantase, mientras se disculpaba una y otra vez, diciéndole que no se dio cuenta de que ella pasaba, que no la había visto y no terminaba de entender cómo pudo hacerla caer así.
—Está bien, está bien. No se preocupe. Veré si puedo caminar —dijo la mujer dando unos pasos sin dificultad—. ¿Lo ve? Estoy perfectamente. No ha pasado nada. Vaya tranquilo.
—Le pido que me disculpe. No fue mi intención asustarla ni que se hiciera daño —insistía el avergonzado Eustaquio, que en ese lapso había hablado más que en todo el día anterior.
Con una amable sonrisa ella repitió que no había sido nada, el susto o mejor dicho la sorpresa, nada más y le tendió la mano como señal de afirmación de lo dicho. Él se la estrechó sin poder apartar sus ojos de los de la mujer.
—¿No se molestará si la invito a tomar algo? —aventuró, con alguna vacilación.
—Claro que no me molesta, acepto gustosa para demostrarle que no le guardo ningún resentimiento —contestó ella.
Él se presentó, ella hizo lo propio y así Eustaquio y Eulalia fueron caminando mientras conversaban. Se cruzaron con varias personas que lo conocían y se asombraron de que hablase, él, siempre callado. En el pequeño bar, lechería y restaurante “El palenque”, el único del pueblo, se sentaron a una mesa y, mientras él tomaba una cerveza, y ella una gaseosa, se enteró de que la joven tenía veinticinco años y había quedado sola en el mundo sin más parientes que una tía en el pueblo, con quien viviría. Y Eulalia se enteró de que él tenía cuarenta años, era soltero, vivía solo y, no pasaba hambre.
Es de suponer que a esas pequeñas confidencias se agregó una fuerte atracción y, por eso, después de casi dos horas de charla, él le preguntó si podía volver a verla. Como es de imaginar Eulalia aceptó, porque Eustaquio Flores no era mal parecido, aunque sin llegar a ser buen mozo como un actor de cine, tenía su estampa, su altura y su prestancia varonil, conjunto que llamaba la atención de una mujer. En cuanto a Eulalia se puede afirmar que tenía una figura esbelta, mediana estatura y cabello y ojos claros. Debía tener su encanto, porque hasta ese momento ninguna mujer de por allá había logrado interesar tanto a aquel hombre como para que se decidiera a hablar.
Se vieron los sábados por la noche en los bailes, a los que Eulalia asistía con la tía o cuando Eustaquio iba al pueblo a hacer alguna compra. Entonces pasaba por la casa de la tía de Eulalia y con el permiso de la buena señora llevaba a la sobrina a tomar algo al bar, lechería y restaurante “El palenque”, como quedó dicho, el único del pueblo. Eustaquio empezó a pensar que quizás había llegado la hora de casarse, de formar una familia con la mujer que compartiera su vida y le diera hijos, pero quería asegurarse de que Eulalia fuera buena y decente, por lo cual decidió observar cómo se comportaba. Nada mejor que en el baile de los sábados y con el permiso de la tía la llevó y se la presentó a Liborio Fuertes como una amiga y por su comportamiento Eulalia resultó aprobada. Una tardecita Liborio le ganó dos partidos seguidos jugando al truco.
—Dicen que desafortunado en el juego, afortunado en el amor —dijo Eustaquio, pensativo.
—Ajá, eso dicen. ¿Y usted qué piensa? ¿Le parece que es afortunado en el amor? —contestó Liborio. Eustaquio no respondió y al cabo de un largo silencio le preguntó qué opinaba de Eulalia—. Parece buena mujer, pero ¿por qué me pregunta a mí? Yo soy un solterón cinco años mayor que usted, que es quien debería contestarse eso.
Eustaquio sonrió, otra vez, y confesó que Eulalia le gustaba más que ninguna mujer en toda su vida. Creía que era buena, pero ¿cómo no dudar? Su madre lo había prevenido sobre las mujeres, que son esto, que son lo otro. Que recordara lo que le pasó a Adán con Eva, a Sansón con Dalila y a tantos que era imposible nombrar a todos. Liborio sacudió la cabeza y encendió su pipa. Él opinaba que las mujeres eran tan necesarias que no se podía vivir sin ellas, pero muchas veces, tampoco con ellas, eran como serpientes capaces de provocar las más cruentas guerras. Los dos conocían varios casos de parientes y amigos entrañables que discutieron por una mujer y uno terminaba asesinando al otro, y aquel otro de los dos hermanos Polingo, enamorados de la misma moza. Uno terminó muerto, el otro preso y ninguno se quedó con ella.
—Eso es lo que me tiene pensando y pensando —reconoció Eustaquio— eso. La desconfianza.
—Hombre, no tiene por qué ser así. La moza parece buena, ya se lo dije. Si no prueba se la pierde. Deberá estar atento y prevenido —aconsejó Liborio Fuertes.
Eustaquio y Eulalia se casaron el primer viernes de abril, al mediodía por civil y, por la noche una sencilla ceremonia en la iglesia del pueblo, a la que siguió una cena para los pocos amigos y conocidos en el bar, lechería y restaurante “El palenque”, como es seguro se recordará, el único del pueblo. Eran cerca de las dos de la madrugada cuando llegaron a la casa en la chacra de los Flores. Ella nunca había estado allí, ¿cómo iba a visitar la casa de un hombre que vivía solo?
Antes de entrar él la levantó y con ella en brazos traspuso el umbral, ella reía feliz. La depositó en el sillón frente al espejo con vitral. La luna se colaba entre las rendijas de los postigos iluminando con un tenue haz de plata. Eulalia sintió una extraña emoción cuando miró el espejo y le pareció estar en un sitio encantado, pero todo se esfumó con destellos magníficos cuando Eustaquio encendió el farol.
—¡Qué hermoso espejo! Jamás vi uno igual, tan bello —dijo Eulalia con admiración y se acercó para mirarlo mejor.
—Lo trajo mi bisabuela desde Italia. Es florentino —le informó él, acercándose a ella para tomarla de una mano y llevarla por toda la casa, para que supiera que desde ese momento ella era la dueña.
El alba los halló dormidos, uno en brazos del otro y despertaron cuando el sol ya estaba bien alto, al mediodía. Los dos saltaron de la cama y él vio con agrado que ella sacaba las sábanas sucias con los vestigios de su inexperiencia y las hacía un ovillo en el piso. Mientras él preparaba la comida, ella ordenó el cuarto, puso ropa de cama limpia, abrió las ventanas para ventilar la casa, barrió y puso las sábanas en remojo en la pileta. Eustaquio observaba sus idas y venidas y por primera vez desde que la había conocido se dijo que esa era la esposa para él.
Su nueva vida le modificó los hábitos y los horarios a los que estaba tan acostumbrado, pero pensó que era para mejor, porque ahora que no estaba solo los días se le pasaban volando y ya no sentía ese aburrimiento que lo llevaba a esperar que llegara la noche para irse a dormir. Desde que Eulalia vivía allí se sentía feliz y no veía la hora de regresar a casa para estar con ella. Su frescura y su alegría eran contagiosas. Y como es de imaginar, Eustaquio dejó de ir a lo de Liborio Fuertes, prefería tomar mate con su mujer, pellizcarla, desatarle el delantal y rodearla con sus brazos, levantándola en vilo para llevarla a la cama y amarla.
Liborio sentía la ausencia del vecino, pues durante todos esos años se vieron todos los días y desde el casamiento de Eustaquio no habían jugado ni tomado mate juntos. Aburrido y nostálgico como estaba decidió hacerles una visita a los Flores. Se puso ropa limpia, ensilló el caballo y fue para allá. Eustaquio se alegró de que fuera por ahí y sintió algún remordimiento por haberlo abandonado.
—Eulalia, tenemos visita, se quedará a comer —le dijo a su mujer, que saludó al vecino con una tímida sonrisa.
—No quisiera molestar —empezó a decir Liborio, pero Eustaquio lo interrumpió. Estaba arreglado, comería con ellos.
La velada transcurrió con animación. Las empanadas de carne de Eulalia y su guiso de pollo y verduras fueron alabados por los dos hombres, que después de comer jugaron un partido de truco, mientras ella lavaba los platos y ponía orden.
Liborio observaba a su vecino en silencio y cuando vio que Eulalia salía de la casa le dijo que no había que preguntar cómo lo trataba la vida de casado, porque a la vista estaba que muy bien. Eustaquio rió y le confesó que de haber sabido que iba a sentirse tan feliz se hubiera casado antes.
—Es que antes no era el tiempo. ¿Acaso no fue rápido desde que conoció a su mujer? —lo corrigió Liborio. Sí, así era y tenía razón, admitió Eustaquio—. Ve, si yo conociera a una moza como la suya, pensaría en dejar de ser soltero.
Eustaquio se enorgulleció de su elección y se sintió complacido de que Eulalia les llevara café y, con la discreción propia de una mujer decente, se disculpara y los dejara solos. Los dos hombres jugaron varios partidos de truco hasta bien entrada la noche y el único perdedor fue el flamante marido, tan afortunado en el amor. Las visitas de Liborio se hicieron más frecuentes, porque Eustaquio, que no quería ir a ninguna parte sin Eulalia, no la llevaría a casa del vecino para que se aburriese viéndolos jugar. Con el tiempo Eulalia se quedaba con ellos, haciéndoles compañía, ocupada en la costura o en tejer. La víspera de Nochebuena, Liborio fue a cenar a casa de los vecinos y le entregó un paquete a la mujer.
—Es para usted, Eulalia, espero que sea de su agrado —dijo. Ella se sonrojó y se apresuró en desatar el moño y en abrirlo. Del interior sacó un vestido azul. Nunca le habían regalado un vestido, tampoco tenía uno tan bonito. Corrió al dormitorio para probárselo y regresó ruborizada y con el vestido puesto.
—Te queda muy bien —la aprobó el marido, que para sus adentros se preguntaba cómo sabría Liborio Fuertes qué talle comprar. Con el rabillo del ojo los observó, callado. Liborio la lisonjeaba, a ella y a todo lo que ella hacía o decía. Eulalia reía. Eustaquio creyó percibir una sutil provocación en cada movimiento de su esposa y sintió que le palpitaban las sienes, que le hervía la sangre. Pensó que no se dejaría llevar por lo que bien podía ser su imaginación. Para fin de año todos volvieron a encontrarse en el gran baile organizado en el pueblo y, aunque otros conocidos quisieron bailar con ella, Eulalia los rechazó, diciendo que sólo bailaba con su marido, lo que convenció a Eustaquio de que habían sido ideas suyas.
Una tarde cuando regresó del pueblo con la compra de los materiales para ampliar el gallinero no encontró a Eulalia en casa. Extrañado, se preguntó dónde pudo haber ido y cuando estaba por salir a buscarla la vio venir a caballo. Ella le hizo un saludo con la mano y sonrió, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando miró la expresión de él.
—¿Dónde estabas si se puede saber? —preguntó Eustaquio con aspereza.
—Fui hasta lo de Liborio Fuertes para llevarle empanadas, al pobre le gustan tanto y se las había prometido —contestó ella y entró en la casa sin mirarlo.
Esa noche ninguno de los dos se sintió feliz como todas las noches que siguieron a la de su casamiento. Eustaquio, muy callado, tomaba vino, varios vasos más que los dos que acompañaban su comida. Eulalia tampoco hablaba, porque se había dado cuenta del enojo del marido, pero como no estaba acostumbrada a ese mutismo ilimitado, se armó de valor y quiso saber qué le pasaba.
—Que no me gusta que mi mujer ande por ahí, visitando hombres solos —rugió él, dando un puñetazo en la mesa, pues esa inocente pregunta liberó su furia.
—Pero si yo no hice nada malo —se defendió ella y se interrumpió aterrorizada cuando él se levantó saltando hacia ella con expresión torva, los ojos enturbiados por el alcohol e inyectados en sangre. Inmóvil, como petrificada en su silla, observó que él se quitaba el cinturón y, de pronto, oyó que restallaba en el aire y el cuero le golpeaba la espalda. Su grito de dolor y su desesperación por escapar lo encolerizaron hasta sacarlo del todo de las casillas y bramó de ira. De un empujón la tiró al suelo y sin darle tiempo a nada le propinó una paliza descomunal, golpeándola hasta que se cansó. Después, se fue a acostar, dejándola tendida en el piso, dolorida, con la cara tumefacta e hinchada, con signos de su violencia en todo el cuerpo y con un llanto que no cesaba.
A partir de entonces, Eulalia no ocupó más el dormitorio y todas las noches se preparaba su cama en el sillón frente al espejo con vitral. Ya al otro día de aquella golpiza Eustaquio, arrepentido, deseaba hacer las paces, pero no sabía cómo y, tampoco se disculparía por defender su honor de marido, aunque reconocía que se le había ido la mano.
Liborio Fuertes iba regularmente sin sospechar nada. Eulalia, ahora, se las ingeniaba para no estar presente o aparecía para saludarlo y se iba con variados pretextos, todos muy atendibles. Así transcurrieron cuatro meses sin que Eustaquio pidiera perdón o que Eulalia lo perdonara. Las comidas, en especial la cena, habían dejado de ser alegres, porque los dos permanecían callados y serios. Una noche Eustaquio no soportó más esa situación.
—¿Se puede saber cuándo mi mujer va a cumplir sus obligaciones conmigo y va a venir a dormir a nuestra cama? —preguntó, con la mayor suavidad posible. En vano esperó que ella contestara. Siguió silenciosa, con la mirada baja. Pensó que no lo había oído y repitió la pregunta elevando la voz. Eulalia se levantó y le dio la espalda sin pronunciar palabra. Entonces Eustaquio se levantó, abalanzándose sobre ella, la tiró al suelo y se le echó encima, mientras ella se resistía y se esforzaba por huir. Fue inútil, él era mucho más fuerte y el deseo se le había aumentado cada noche que pasaba sin ella. Ahí mismo la poseyó con las ansias acumuladas todos esos meses. Cuando él se levantó, satisfecho, Eulalia escupió en el suelo y salió corriendo de la casa, mientras él, aturdido, se quedaba mirando la puerta abierta. De repente, se dio cuenta de que se había ido, de que lo dejaba y con un rugido salió detrás de ella, gritando su nombre en la noche.
—¡¡Volvé a casa, porque juro que te voy a encontrar y vas a saber lo que es bueno!! ¡¡Eulalia!! ¡¡Volvé te digo, porque si me abandonás juro que te mataré!! —aullaba, yendo de un lado a otro.
Eustaquio Flores regresó poco antes del alba, exhausto, embarrado, sudoroso y sin Eulalia. Nadie volvió a verla, parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Hizo la denuncia a la policía y la buscaron por todas partes, pero no la encontraron. Todos pensaron que la desdichada se habría ahogado en el río, quedando su cuerpo enredado allá en el fondo o que la habría destrozado algún animal salvaje.
Con una amargura que antes no tenía, Eustaquio volvió a los hábitos y a los horarios modificados por Eulalia y, también, a los encuentros con el vecino. Pero no se sabe si porque así estaba escrito o por la inmensa culpa que lo atormentaba, su interés en todo lo que lo rodeaba fue decayendo hasta que debió guardar cama. Liborio Fuertes y el peón se turnaban para cuidarlo.
—Liborio, si me muero, no se olvide de que el espejo con vitral es para usted —dijo el enfermo por enésima vez.
—Usted se va a poner muy bien, ya verá —contestaba el vecino por enésima vez.
Eustaquio Flores murió en silencio, un silencio al que había retornado después de que se fuera Eulalia. Liborio lo encontró así, como dormido, ese atardecer del primero de noviembre, cuando llegó para darle la cena. La casa parecía hechizada con los tibios rayos del sol que descomponían el vitral del espejo en mil destellos de colores. Contempló esa maravilla que ahora era suya. Se lo llevaría al día siguiente, después del funeral.
Tal como lo había pensado, Liborio Fuertes volvió al día siguiente a la casa de Eustaquio Flores. Se bajó del carro y ató el caballo. Sacó su caja con herramientas y entró en la casa definitivamente sola. Buscó la escalera y subió hasta quedar a la altura de los ganchos que sostenían el espejo. Se dijo que anochecería pronto, debía darse prisa. Con cuidado rodeó el espejo con una manta gruesa y lo separó de la pared, apoyándolo en la escalera. Fue bajándolo al mismo tiempo que lo hacia él. Ya abajo, miró el sitio donde había estado colgado el espejo y se sorprendió de ver un hueco grande y profundo. “Seguro que allí guardaba un tesoro”, se dijo con codicioso interés y subió por la escalera hasta quedar a la altura de la oquedad. La habitación estaba casi en penumbras, el sol se ocultaba. Introdujo la mano y palpó despacio. Tocó algo duro. “Acá está el tesoro”, pensó y tiró hacia él. Miró lo que tenía en la mano y aulló su horror, seguro de que enloquecería de espanto, porque estaba contemplando un cráneo humano.