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roberto fontanarrosa

viejo de las latas

Algunos le decían el «Viejo de las latas», pero otros le decían Pataquenó. Su figura oscura deambulaba por las calles de nuestro barrio oscilante y lenta, balanceándose como un barco indeciso a veces, como si no supiera qué rumbo tomar. Llevaba un bastón rústico en la mano derecha y en la otra sostenía por sus asas cinco o seis tarros donde, seguramente, calentaba su magra comida. Lo seguían siempre siete u ocho perros, tan sucios e hirsutos como él mismo.
«No se acerquen al Viejo de las latas», advertía mi madre. «No se acerquen a Pataquenó», recomendaban las vecinas. «Escapen de ese viejo», me decía Julio, mi primo, un muchacho adolescente, grueso y corpulento, que había asumido mi custodia. Y el aspecto de Pataqueno justificaba los temores. Alto, de larga y enredada cabellera negra, su rostro estaba casi totalmente oculto por una barba tupida y entrecana, que apenas dejaba entrever una boca de rictus despectiva, carnosa y violácea. Se cubría la cabeza con un sombrero de ala ancha raído y, bajo su sombra, relucía el brillo feroz de una mirada impía, exagerada por el borbollón agreste de sus cejas enormes.
«Parece que mató a su hermano», dijo una vez mi padre, en el almuerzo, en la única oportunidad en que se refirió al mendigo. «Y purgó una larga condena en el presidio de Ushuaia». «Ha estado loco», informo, otro día, susurrando, un vecino que lucía preocupado. «Encerrado en el manicomio de la calle Suipacha». «Perdió a toda su familia en la Gran Guerra», comentó una tarde Modesta, la almacenera, que presumía de informada. «Es polaco».
«Era un hombre de infinita fortuna —dijo alguien—, y lo perdió todo por una enfermedad venérea». «Por si acaso, no se acerquen», repetía mi madre, cuya piedad cristiana se diluía ante el peligro. «Te puede contagiar algo malo», insistió Julio, mi primo, mientras hacía sus ejercicios con una mancuerna para fortalecer sus bíceps ya expandidos.
Pero nosotros éramos una pandilla de chiquillos audaces e indomables. Corríamos por las calles como el viento y nos solazábamos perpetuando mil y unas travesuras. Robábamos naranjas de las verdulerías, tocábamos los timbres a la siesta y arrojábamos piedras al Viejo de las latas. Desde una prudente distancia, irresponsables con nuestros diez u once años, le lanzábamos cascotes, tuercas y pedazos de baldosa, cuando lo sorprendíamos descansando en la plaza o en el umbral de alguna casa.
Sabíamos que Pataquenó, lento y pesado, tardaría una eternidad en incorporarse y corrernos. «Hay que aprovechar la lentitud del enemigo», repetía Julio, en tanto hacia rounds de sombra en la pequeñez del altillo de la casa de mi tío. Y Pataquenó se limitaba a insultarnos en un idioma indefinido, levantando el puño torpe bajo los innumerables abrigos que llevaba puesto siempre, aun bajo el calor insoportable del estío. Sus perros, incluso, amigos ocasionales, tal vez animales abandonados en busca de calor y compañía, tampoco reaccionaban. Solo retrocedían y escapaban ante la lluvia de piedrazos.
Pero no nos animábamos a acercarnos a ese viejo. Solo una vez, Raulito, el hijo de la Graciela, quizás el más audaz y atrevido de toda nuestra barrita de diablillos, intentó prenderle fuego con una tea que le acercó de atrás, procurando encenderle las faldas de un sacón sin mayor éxito. No podíamos adivinar la edad de aquel mendigo, de ese pordiosero o «croto», como usualmente se lo calificaba, porque la densa mugre que patinaba sus mejillas ocultaba las reales condiciones de su cutis. Quizás había arrugas muy profundas tras lo sucio. Solo podíamos advertir, desde tan lejos, que no tenía todos sus dientes. Y los que tenía, lucían amarillos y negros, como la piel de una hiena.
Aquel día terrible fue un domingo, y a la siesta, que es cuando ocurren las cosas terribles en los barrios. Andábamos por las calles del barrio, los purretes, cazando tórtolas, persiguiendo gatos, robando moras de la casa quinta de los Frígola.
Bajamos por calle Mitre hacia la plaza y allí lo vimos al Viejo de las latas, junto al surtidor de agua al que nosotros solíamos encaramarnos para saciar nuestra sed inagotable. Se había quitado algunos de sus sacos y camisas dejando ver un tono peludo como el de un simio y una barriga abultada y rosácea, casi obscena, mientras se refrescaba las axilas con un trapo. «¡Pataquenó! ¡Pataquenó!», le gritamos, gozosos, mientras buscamos piedras para tirarle. Habrán sido dos o tres piedrazos los que le arrojamos, sin acertarle, cuando se volvió hacia nosotros, hecho una fiera. Más ágil de lo que suponíamos, inesperadamente intolerante en este caso, lanzaba bastonazos a troche y moche, mientras rezongaba con su extraña lengua. Su agilidad, no obstante, no podía con nuestra velocidad y nuestra infancia. Casi divertidos, huimos en distintas direcciones gritando exageradamente.
Yo corrí por Mitre, varios metros, en sentido contrario al que lo habían hecho la mayoría de los niños. Me detuve. No quería apartarme demasiado de ellos y perderlos, resignando la diversión de nuestras correrías de la siesta. Me oculté, entonces, en el zaguán umbrío de una casa y allí esperé. Supuse que Pataquenó ya habría regresado a algún sitio semioculto bajo los árboles de la plaza donde mitigar los rigores del verano. Habré estado allí diez minutos sin asomarme a la calle. Me senté en un escalón de mármol y fue entonces que vi, detrás de una de las puertas altas y metálicas de la calle, un par de latas arrinconadas. Comprendí con horror que ese era el lugar que había elegido Pataquenó para descansar antes de ir en procura de la frescura del agua. Me paré, de un salto, con el corazón latiendo en el pecho como un émbolo. Y allí escuché. Escuché, afuera, acercándose, los pasos arrastrados de ese viejo, las suelas desgastadas de aquellos zapatos toscos, atados con hilos de bramante, raspando la acera al caminar, con aquel paso desigual y trabajoso. Me aterroricé. Vi, incluso, en el piso, frente a la puerta del zaguán donde me ocultaba, la sombra proyectada del mendigo, ya inminente. Pegué un salto hacia la vereda, desesperado, procurando escapar antes de que el cuerpo enorme del pordiosero me bloqueara la salida. Pero una mano rápida y peluda, dura como un garfio, me prendió del brazo y me detuvo. Me retorcí como un zorro en la trampera, pero aquella garra me contenía con una fuerza extraordinaria. Sentí también, en las narices, un ramalazo penetrante a olor a sucio, a sudor ya reseco, un tufo a orines. Otra mano me atrapó por el otro brazo y el Viejo de las latas me hizo girar hasta que mi cara quedó a escaso medio metro de la suya. Se había arrodillado frente a mí. Pude ver sus brillantes ojos claros enrojecidos, su nariz grotesca, sus mejillas protuberantes tiznadas por el hollín. Y entonces ese hombre, ese hombre temido y marginado, ese hombre aborrecido y supuestamente feroz, sonrió. Sonrió dulcemente y musitó, en un muy comprensible castellano: «Esto quiero hacerte. Solamente esto». Y con su mano derecha, tiernamente, me acarició la cabeza. Y me soltó, me dejó ir. Yo caminé, lentamente, unos pocos pasos hacia la plaza, aún aturdido y temeroso, cuando escuché el alarido desorbitado de mi primo: «¡Lo manoseó, manoseó a mi primo! ¡Ese viejo sucio lo tocó!».
Julio fue el primero en pegarle a Pataquenó una patada. Luego fueron los chicos de la barra, enardecidos y animados por la actitud de Julio. Y después los vecinos quienes, ante el griterío, salieron a la calle munidos de palos, cachiporras y tridentes. Hasta yo, tomando conciencia de que ese viejo se había propasado, alcancé a propinarle alguna patada, algún trompazo, entre toda la turba que se reunió en un minuto para pegarle.
Nunca más se supo del viejo Pataquenó. Dicen que quedó tirado en el medio de la calle casi un día. Que sus perros, uno a uno, se fueron alejando. Que una ambulancia se lo llevó después. A mí, mis padres me mandaron por dos años al psicólogo. Y en verdad no recuerdo ya con exactitud si aquel hombre tan solo me acarició la cabeza o sus caricias se hicieron luego más y más atrevidas.
Es una parte de la historia que el subconsciente niega, dijo el psicólogo, cubriéndola con el solo recuerdo de la sonrisa bondadosa y el olor a vino.
Lo cierto es que ahora estoy bien, puedo contarlo, y al Viejo de las latas no se lo vio nunca más por las calles del barrio. «Volvió a Polonia», cuentan que dijo don Valentín, el farmacéutico, que fue uno de los que más le pegó, con un puntero. Pero yo no estoy muy seguro.