un hombre de respeto
Cuando Edmundo volvió de Catanzaro ya había cambiado. No era el mismo. Lo encontré bien vestido, más atildado y con los puños de las camisas no tan deshilachados. No era, en suma, el chico sombrío que yo había conocido unos seis o siete años atrás, a poco de regresar del pueblo de sus abuelos, en Italia, cuando me vino a ver. Y eso no era habitual en él. Siempre había sido un pibe hosco y solitario, con el que uno se encontraba por azar, en la calle o por algún acontecimiento familiar como cumpleaños y casamientos. Pero en aquella ocasión pasó a verme, sin aviso previo eso sí, como cuadra a alguien no demasiado acostumbrado a las formalidades. Me encontró en casa de casualidad y estuvimos un rato charlando en el vestíbulo. Me contó que había estado en Catanzaro y que allí había escuchado por primera vez que los de su familia, los Sciabica, quizás podían estar relacionados con la mafia. Esa información, era notorio, lo exaltaba. Le brillaban los ojos cuando barajaba la posibilidad de estar en contacto con aquellos personajes de Rosario que, por aquel entonces, manejaban el negocio de la prostitución en Pichincha.
—Los Minitello, los Pietrantuono, los Ambrosetti, los Casalicchio —me dijo, ufano, pero bajando la voz, como temiendo que mi madre, o Rosalba, pudieran escuchar.
Me quedé un rato en silencio. Yo era dos o tres años menor que él, y no conocía demasiado sobre la mafia, por lo tanto, no lograba aquilatar si un contacto con esa organización era importante o no. No sabía, tampoco, cuál era el motivo de la visita de mi primo lejano, salvo el simple hecho de saludarme, verme o notificarme de que había vuelto, si es que eso tenía alguna utilidad.
Hacía un tiempo, casi un año atrás, Edmundo me había sorprendido con otra de sus visitas inesperadas. «En la puerta hay un muchacho que te busca», me había anunciado Rosalba esa tarde. Fui hasta allí, curioso, y estaba Edmundo. Con su apariencia habitual, sombrío, torvo, el pelo negro caído sobre la frente, un saco oscuro perteneciente a un traje y pantalones, también oscuros, pertenecientes a otro, camisa blanca cerrada hasta el botón de arriba. Rosalba no había reconocido a Edmundo, pero eso era entendible porque salvo un par de veces que había venido para las fiestas, nunca más había estado en casa. Edmundo, en aquella oportunidad me dijo que andaba vendiendo Biblias, me ofreció una sin mayor convicción y luego de quedarse callado largamente —como si el vendedor hubiese sido yo— dejó saludos para mis padres y se marchó. En definitiva, mis pocos encuentros con él, desde su llegada de Italia, habían sido así.
La primera vez que supe de él, me acuerdo, fue por mi viejo. Un día, a la hora del almuerzo, me notificó a mí y a Nora, mi hermana, que estaban por llegar unos parientes lejanos desde Europa. La prima de una prima de una prima, con su hijo, un poco mayor que yo. Que debíamos tratarlo bien, que debíamos hacernos amigos, porque era gente que venía de sufrir mucho por los avatares de la guerra. Los fuimos a esperar una mañana a Rosario Norte. Habían llegado a Buenos Aires en barco y desde allí se vinieron para Rosario. Me impresionó Edmundo porque era bastante alto para su edad, algo encorvado, pálido y, en esa ocasión, casi no pronunció palabra. Era comprensible, de todos modos, ya que conocía poco el idioma y se enfrentaba con un país extraño. Milva, su madre, por el contrario, era jovial y simpática y no dejaba de hablar ni medio minuto. Los llevamos en el auto de mi padre a una pensión de calle Laprida y allí los dejamos. No supe más de ellos por un tiempo, lo que me tranquilizó porque me sonaba tarea poco gratificante hacerme amigo de ese chico italiano de aspecto poco amigable y que olía mal. Un par de veces escuché hablar, en la mesa, a mis padres, sobre los inmigrantes, medianamente preocupados.
—Que se ocupe Maruca, que es un familiar más directo —oí decir a mi madre. Mi viejo resoplaba.
—Entendé que no es una situación fácil para ellos —argumentaba.
—Para nosotros tampoco es fácil —decía mi madre.
—Ya vamos a ver, ya vamos a ver… Por lo pronto van a venir a casa para Navidad…
Mi madre movía la cabeza de un lado a otro, frunciendo los labios, mientras pelaba una manzana.
Esa Navidad fue una de las veces en que más hablé con Edmundo. Sin embargo, él, de entrada, ni se acercó a mí y a mis primos. Milva lo empujó un par de veces hacia nosotros, pero él se resistió.
—No le insistas, no le insistas —dijo el tío Negro, afable—. Vos sabés cómo son los chicos. Ya se van a hacer amigos solos.
Lo dijo adelante nuestro, con esa falta de recato con la que se habla de los menores enfrente de ellos. Yo me desentendí entonces de Edmundo, que comió en la mesa nuestra, la de los chicos, en una punta, mirando largamente las molduras del techo, sin hablar.
—¿Dónde está Edmundo? —preguntó, en un momento, mi tía Clelia, cuando estaban por dar los regalos. «Edmundo, Edmundo», llamaron. Alguien dijo que creía que Edmundo había ido a la terraza con Marcelo y Sergio, dos de mis primos, a tirar cañitas voladoras.
—Andá a buscarlo —me indicó mi madre—. Y traé a los otros, también.
Subí a la terraza y allí estaban. Marcelo y Sergio tiraban cañitas voladoras desde una botella de sidra, apartando cuidadosamente a María Eugenia. Más allá (la terraza era muy grande porque era común a todos los departamentos), Edmundo estaba sentado en uno de los bancos de madera, las manos en los bolsillos, cerrado el saco, como si tuviera frío en esa noche de verano.
—Hay que bajar —le dije. Me miró sin contestar. Luego perdió la vista tras una cañita voladora de las cientas que se elevaban sobre la ciudad. No hizo ademán de levantarse.
—Parecen bengalas —dijo, de pronto, en un muy aceptable castellano. No supe qué decir. Me senté al lado de él—. Bengalas marinas.
—¿Viniste en barco? —recordé. Aprobó con la cabeza—. ¿Es lindo el viaje en barco?
—A no ser por los submarinos —musitó. Y se quedó callado de nuevo por un rato.
—¿Había submarinos? —atiné a preguntar. Me observó, como quien se enfrenta con un ser humano de increíble ignorancia.
—Miles —dijo—. Uno nos torpedeó.
Lo miré, incrédulo.
—Por suerte —prosiguió, animado—, el torpedo entró por un lado del barco y salió por el otro. Entonces, el agua entraba por uno de los agujeros y salía por el otro. Eso impidió que se hundiera el barco.
Lo miré en silencio. Tenía la inequívoca sensación de que me estaba tomando para la joda. Me levanté del banco. «Me dijeron que bajáramos», le repetí. Pero él bajó como diez minutos después.
—Te agarró para la joda —se rió mi viejo, al día siguiente, cuando le conté la charla—. Te agarró para la joda. Si a un barco le aciertan con un torpedo se hunde. Y el agua no entra por un agujero y sale por el otro. Entra por los dos agujeros y se hunde más rápido todavía.
Me quedó una mala impresión de Edmundo. No era divertido, olía mal y mentía. Por suerte no lo veía mucho. Recién volví a encontrarlo un día, cuando por orden de mi madre fui al negocio del señor Rodríguez y Andrade a comprar jabones. Rodríguez y Andrade era el depósito mayorista donde trabajaba mi tío Mario, y solíamos tener la franquicia de comprar allí algunas cosas a buen precio. Cuando mi tío me atendió en el mostrador, atrás, pasando con unos paquetes enormes, lo vi a Edmundo. Solo lo saludé con un movimiento de cabeza, que él retribuyó. Al salir, cuando ya me habían entregado una caja de jabones de tocador La Toja, él acertó a salir casi junto a mí, cargando un paquete.
—¿Seguís…? —le pregunté, por decir algo—. ¿Seguís vendiendo Biblias?
—No vendía Biblias —se sonrió, casi con un reproche—. Esparcía la palabra de Dios.
—Pero… Vendías Biblias…
—Sí… Pero ya no. Ya no… Fue un trabajo que agarré para hacer algo antes de viajar.
—¿Ahora trabajás acá? —le pregunté. Edmundo se detuvo, dejó el paquete en el suelo y agitó la mano derecha en el aire.
—Mirá cómo me queda —mostró. En la palma de la mano tenía los surcos rojos del hilo zizal del paquete—. Tengo que llevarlo como quince cuadras.
No atiné a decir nada. Me impresionaba. Era el primer amigo o conocido de mi edad al que veía trabajando en algo pesado.
—¿Necesitás jabones? —me dijo, de pronto, muy serio.
—Tengo —le mostré—. Recién compré.
—¿Compraste? ¿Cuánto te cobraron?
—No sé… Creo que lo paga después mi vieja, en casa.
Edmundo me miró largamente. Aprobó luego con la cabeza.
—¿Trapos de piso necesitás? —preguntó, tomando de nuevo el paquete—. ¿O queso?
—No… No…
Meneó la cabeza como aprobando, fastidiado.
—¿No te conviene ponerte un pañuelo? —Le señalé con mi mentón la mano castigada por el hilo zizal.
—Chau, chau —me dijo. Y cruzó la calle.
Supe de la muerte de Milva porque mi viejo se negó a que yo fuera al entierro.
—Es grande, tiene que ir —dijo mi vieja, mientras comíamos—. ¿Vos querés ir?
Yo me encogí de hombros.
—Tengo que estudiar.
—Tiene que estudiar. Dejalo.
Un par de noches antes había escuchado a mis padres cuchicheando en el patiecito, casi en la puerta de mi pieza. Hablaban de que la madre de Edmundo estaba muy mal, una cosa fulminante, que Morocha decía que era asunto de días. «¿El chico sabe?», escuché preguntar a mi viejo. Las respuestas de mi madre eran más difusas, nebulosas por su tono de voz muy bajo. Lo que decía mi padre era más nítido, su voz era más estentórea y cada tanto mi madre le indicaba que hablara más bajo.
La última vez que lo encontré a Edmundo, antes de que viajara a Catanzaro, fue en un tranvía, volviendo yo de no sé dónde. Estaba sentado del lado de pasillo y el tranvía iba lleno. Era invierno y llevaba una bufanda gruesa y ordinaria en el cuello. Me saludó sin ninguna sonrisa. Me contó que se iba a Italia. Que la madre, al morir, le había dejado dinero para el pasaje a la tierra de sus antepasados.
—Todos estos años había estado juntando dinero para este viaje —me dijo.
—Pero… ¿vas y volvés, o vas a quedarte?
—No lo sé… Según… Mi idea es quedarme acá… Ya me he hecho de muchos amigos acá…
La frase me sorprendió. Nunca había imaginado a Edmundo con amigos, nunca parecía buscar amigos, nunca supe que fuese socio de un club o que practicase algún deporte. Observé que la persona que estaba sentada junto a Edmundo me miraba largamente, como sintiéndose habilitada para participar de la conversación. Era un hombre de unos treinta años, algo rechoncho, modestamente vestido.
—Orlando… —me lo presentó Edmundo—. Un amigo.
Orlando no extendió la mano, pero hizo una corta reverencia con la cabeza.
—Castel Gandolfo, ¿dónde queda? —preguntó mi madre, a la hora del almuerzo.
—Calabria. Gente de respeto. Zona de la mafia calabresa —dijo mi padre.
—Eso me dijo —continué informando sobre mi conversación de la tarde anterior con Edmundo, cuando él vino a saludarme a su llegada de Italia y estuvimos charlando en el vestíbulo—. Que tal vez su familia tuviese conexiones con la mafia…
—¿Allá? —preguntó mi viejo.
—Acá. Me dijo acá. Con la mafia que maneja Pichincha. Le dijeron que su padre, el padre de Edmundo, habría estado conectado con la mafia, allá en Italia. Pero que esos contactos podían continuarse, quizás, acá, con gente que estuviera cercana a Chicho Grande… ¿Puede ser?
—Chicho Grande y Chicho Chico —aseveró mi padre, conocedor.
—Y con la otra mujer…
—Ágatha… —dijo mi viejo.
—Ágatha Galiffi —completó mi madre, algo trémula.
—¿Y qué más te dijo? —preguntó mi padre—. ¿Que se iba a contactar con ellos?
—No. No me dijo nada más. Simplemente eso. Es más, ni siquiera sé para qué vino. No viene nunca.
—Es un chico raro —dijo mi madre.
—Es un idiota —dijo Nora—. Se hace el raro.
—Bueno… —terció mi viejo—. Te trajo un cenicero de regalo.
—Sí, que se lo robó del barco. —Mi madre no transaba.
—¿El que dice «Comte Rosso»? —preguntó Nora.
—Sí. Me dijo que lo había comprado —apunté.
—Por ahí lo compró.
—Es raro. Es un chico raro —siguió mi madre.
La siguiente ocasión en que lo encontré me estaba esperando en la esquina de San Lorenzo y Paraguay, donde yo me bajaba del tranvía.
—¿Qué hacés? —me saludó. Había consolidado su cambio de aspecto y de carácter. Sonreía más, con una sonrisa estirada y no demasiado simpática, pero sonrisa al fin. Estaba mejor vestido, con ropa de mejor calidad y ya no se movía como un marginal.
—Hola —me sorprendí.
—¿Vos me habías dicho que te gustaban las tapas de La Domenica del Corriere? —me preguntó, sin dilaciones. Asentí con la cabeza.
—Tengo un montón para darte. Las recibí la semana pasada de Italia, me las mandaron de Catanzaro.
—Ah, bueno… —me alegré. Me gustaban de verdad esas ilustraciones siempre sensacionalistas con imágenes de choques, de catástrofes, de accidentes singulares, dibujadas con un realismo impresionante.
—Podés hacer cuadritos con cada una —me indicó Edmundo—. Vení que te las doy.
—¿Adónde? —Me quedé parado en la esquina, el tablero de dibujo bajo el brazo.
—A mi casa. Vivo acá nomás. A dos cuadras.
—¿No vivías por la calle Laprida? —pregunté para ganar tiempo.
—No. Me mudé hace tres meses. Vení que te las preparé en un paquete.
—¿Sabés qué pasa…?
—¿Qué te pasa? ¿Tenés miedo de venir? —desafió Edmundo, con una sonrisa cínica—. Son dos minutos, tu vieja no te va a retar.
—Sí… Porque tengo que… —No redondeé la idea. Serían dos minutos, después de todo. Fuimos hasta la pieza de Edmundo. Porque no era una casa ni un departamento. Era una pieza, apenas, en una pensión algo más alegre que la que yo había conocido a su llegada. En el poco tiempo que estuvimos allí, Edmundo me hizo saber que se había convertido en un cultor de su nacionalidad. Puso en una vitrola unos discos de Enrico Caruso, a quien acompañó en el canto durante varias estrofas con dudoso acierto. Me mostró postales de Catanzaro, del golfo de Calabria, fotos de sus tías de Cosenza, de su abuela en la plaza Della Gondolfieri, de los amigos de su padre sentados a las puertas del restaurante La Maresca.
—¿Y de tu viejo? —tuve la impronta de preguntar.
—Poco se sabe —admitió—. Creo que mi madre se acordaba de su nombre… Cosas de la guerra.
No me insistió en que me quedara más tiempo. Me dio las revistas y comenzamos a bajar las escaleras. Se detuvo en medio de ellas.
—¿Olés? —me preguntó, ufano. Olfateé el aire. Olía a salsa de tomate.
—La vieja de la pensión —me acotó, gozoso— me prepara los tagliatelli como se preparan en La Magdalena, con pepperoncini, con olivas… Alcaparras, ají molido, orégano.
Me acompañó hasta la puerta. Yo le estaba sinceramente agradecido, porque había sido rápido, había sido amable y no había sido invasivo.
—¿Fuiste alguna vez a Pichincha? —me preguntó, de pronto. Negué con la cabeza.
—Pasé —le dije—. Yendo a la cancha. En el tranvía.
Temí que me preguntara por las mujeres, por mi relación con ellas.
—El sábado tengo que ir a entrevistarme con el señor Montefiori —me reveló, imprevistamente severo—. Es un hombre de respeto.
Recordé que había escuchado aquella definición, en boca de mi padre, con relación a la mafia.
—Es el tipo que regentea el hotel Las Lilas —prosiguió, severo, Edmundo—. Pero no regentea solo ese. Tiene a su cargo también el París y el Americana. Es un hombre poderoso. —Me miró fijamente luego de observar hacia ambos lados—. Montefiori me va a decir, lisa y llanamente, si mi padre pertenecía a la mafia, que es casi seguro, me lo dijeron en Castel Gandolfo. Con seguridad me va a dar algún empleo en sus negocios… —Hizo un silencio, esperando que pasara una gorda que entraba a la pensión, a la que saludó con una corta reverencia—. Manejar, en una de esas, alguna casa de citas no muy importante, algo de eso… ¿Viste alguna vez las señoritas que trabajan ahí? ¿Las polacas, las francesas, las portuguesas?
Negué con la cabeza, muy pero muy alterado. La sola mención de aquellas mujeres fabulosas me subía la temperatura.
—En caso de que yo me haga cargo de uno de esos hoteles —siguió cuchicheando Edmundo—, vos podrías visitarlo sin ningún problema. Te imaginás. Yo podría destinarte la mejor habitación, las mejores mujeres y, por supuesto, dentro de la mayor de las discreciones…
Yo me reí, nervioso.
—Bueno, te agradezco, la verdad que sería… —admití.
—Vos siempre me has tratado muy bien —me dijo—. Y eso es algo que un inmigrante nunca olvida.
—Sería fantástico —completé, con la garganta seca ante la posibilidad de acceder a un mundo de maravillas—. Pero… no sé… —Yo era consciente de que nunca lo había tratado demasiado bien a mi primo lejano. Quizás él entendió mi habitual parquedad y timidez como un signo de cercanía.
—¿Por qué no me acompañás mañana? —ofertó Edmundo, de pronto. Lo miré, incrédulo—. ¿Por qué no te venís conmigo a ver a Montefiori? —Me encogí de hombros, nervioso.
—No sé… Es un asunto privado tuyo…
—¿Tenés algo que hacer?
Vacilé. El día siguiente era sábado. Podía acomodar mis cosas como para acompañar a Edmundo sin dar en casa mayores justificativos.
—No, pero…
—No creas que mañana va a haber mujeres —se rio Edmundo—. O… bueno… puede haber mujeres, pero estarán en otra cosa. Nosotros iremos simplemente a charlar con este hombre. Lo de las mujeres puede ser después, si dentro de, no sé, un mes, dos meses, yo me hago cargo de algún hotel. Pero mañana ya podemos ir haciéndonos amigos…
—Pero… ¿Para qué querés que vaya yo?
Edmundo resopló. Aspiró hondo. Y por primera vez abandonó su actitud de autosuficiencia y desenvoltura.
—Porque no me animo a ir solo —me dijo. Y me desarmó—. Prefiero ir con alguien. Alguien que tenga más educación que yo. Más conocimiento de las cosas. No sé…
—Pero, ¿este hombre lo permitirá?
—¿Qué vayas vos conmigo? —pareció alterarse Edmundo—. Por supuesto que lo permitirá. Vos no sos un cualquiera. Sos alguien de mi familia. Y la familia es fundamental para esta gente. No habrá problemas.
Me quedé un minuto en silencio. Después le pregunté a qué hora nos encontraríamos al día siguiente.
El sábado a la tarde pasé por la pensión de Edmundo y tomamos un tranvía hasta Pichincha. Todavía era temprano y no había mucha animación en la zona. Tocamos al timbre de una casa elegante de calle Pueyrredón, tipo petit hotel, de dos pisos, con balcones amplios. Nos atendió una mucama y dijo que esperáramos un poco. Diez minutos después nos hizo pasar a una gran sala de la planta baja, adonde nos aguardaba el señor Montefiori. Era un hombre de mediana estatura, de unos sesenta años, calvo, de prolijos bigotitos oscuros, que vestía con afectación. Edmundo se presentó y me presentó a mí, como a un primo de sangre. Montefiori nos hizo sentar. Se magnificaba el silencio excesivo y molesto de la casa al ninguno de los tres tomar la palabra.
—Porporatto, Porporatto, Porporatto… —repitió Montefiori el apellido de Edmundo en tanto se sentaba detrás de un amplio escritorio de madera oscura—. Me dijeron de Castel Gandolfo que averiguara sus conexiones con la Familia… —Edmundo aprobó con la cabeza. Montefiori abrió uno de los cajones laterales de su escritorio y sacó una carpeta—. Acá tenemos… —anunció. Edmundo aspiró hondo y se adelantó en su silla. Montefiori abrió la carpeta y pasó un par de páginas frunciendo el ceño y formando un pico con los labios. Luego miró fijo a Edmundo a los ojos—. Este era su padre, joven Porporatto —dijo. Tomó una foto y la elevó en el aire para que nosotros la viéramos.
Se veía un robusto caballero japonés, la cabeza totalmente rasurada hasta la mitad del cráneo y de allí hasta la nuca cubierta por un oscuro cabello largo ceñido por una trenza casi en la espalda. Sus ojos eran inequívocamente oblicuos y el kimono que cubría su pecho amplio estaba cubierto de bordados en hilos de oro.
Edmundo miró al señor Montefiori, casi airado.
—¿Es… es una broma? —aventuró.
Montefiori movió la cabeza lentamente a ambos lados, negando. Dejó la fotografía sobre el escritorio y tomó un sobre con papeles.
—Acá están todos los datos de su padre… Era, en efecto, un miembro de la mafia, pero de la mafia japonesa, de Osaka, la Yakuza…
Edmundo no podía articular palabra.
—Cosas de la guerra, joven Porporatto —explicó Montefiori, elevando las cejas—. Sabrá usted que siempre hubo una particular relación entre japoneses e italianos. Hoy por hoy, justamente, habrá leído que se avecina una alianza entre japoneses, italianos y alemanes…
Edmundo me miró. Yo asentí con la cabeza. Había leído algo de eso en La Capital.
—Respetamos mucho a la Yakuza, obviamente —elevó su voz el señor Montefiori dando a entender que la conversación estaba llegando a su fin—. Pero no podemos cometer la imprudencia de inmiscuirnos en sus asuntos. Por lo tanto… es todo lo que le puedo informar…
Montefiori se puso de pie, nosotros lo imitamos.
—¿Quiere llevarse la foto de su padre, Porporatto? —preguntó Montefiori, cauto.
—No… Bueno, sí… —se contradijo Edmundo, consternado. No atinaba a moverse demasiado, pese a que Montefiori ya abandonaba su lugar tras el escritorio y yo me acercaba hacia la puerta. Montefiori le alargó la fotografía.
—Es una bella foto —estimó.
—Sí.
—Tal vez pueda darle un nombre para que usted vaya a ver —se condolió Montefiori ante el desamparo de mi primo. Sin esperar ningún gesto de Edmundo, tomó una lapicera y, con presteza de hombre acostumbrado al mando, garabateó un par de líneas en un papelito ínfimo—. Tome —le alcanzó a Edmundo—, le será útil.
Salimos al sol de la tarde y allí quedamos, en la puerta. Edmundo, la foto de su padre bajo el brazo, miró por primera vez el papel.
—Taido Shira —leyó—. Zeballos 1347.
Tomamos el tranvía. Edmundo no habló en todo el trayecto y se bajó en su casa, cuatro cuadras antes que yo.
La última vez que lo encontré por la calle, él iba en una bicicleta de reparto. Había perdido el particular fulgor que trajo de Castel Gandolfo pero su ropa blanca lucía muy limpia. En realidad, casi me atropella cuando yo me disponía a cruzar la calle y él venía con la bicicleta de reparto, de contramano, junto a los autos estacionados. Frenó de golpe y conversamos un poco. Me dijo que Taido Shira era el dueño de la tintorería «El Nuevo Japón» y que se ocupaba de lavar las sábanas de los hoteles del señor Montefiori. Que él, Edmundo, pedaleaba todos los días por los hoteles del barrio Pichincha, y que se estaba haciendo amigo de muchas de las chicas. Que cualquier día de esos me podía invitar a ir a conocerlas. Pero no le creí demasiado. Se fue pedaleando con la bicicleta y hasta el día de hoy, no lo he vuelto a ver.