sushi
Que vaya quedando claro: me rompe las pelotas la comida sushi. Como dice el Gordo Oviedo, ahora resulta que los chinos, que se han cagado de hambre toda la vida, nos van a venir a enseñar a comer a nosotros. Se morían siempre de hambre los hijos de puta, comían ratones, gatos, hormigas. Monos comían, raíces, y resulta que ahora son los reyes de la comida universal. Pero, ¿por qué no se van a la concha de su madre?
Y toda su sabiduría consiste en que se comen los pescados crudos. Mirá vos el esfuerzo. Se estrujaron el bocho por hacer eso. Agarran un pescado y se lo comen crudo. Y acá todos aplaudimos como pelotudos. «Vamos a comer sushi, vamos a comer sushi». Pero, ¿por qué no se van a hacerse romper bien el orto?
Es como si a mí me pidieran que les recomiende una comida rápida y les digo «papa con cáscara». ¡Qué joda! Sacás una papa de bajo tierra y te la morfás, así nomás, sin pelarla ni nada. ¿Querés algo más rápido que eso? Pum y al buche.
Estos chinos, igual. La comida sushi, la comida sushi, qué espectacular. Sacás un pescado del agua y te lo morfás. De pedo esperan a que se muera, por respeto al bicho. No te extrañe que ahí en Cantón, en Manchuria, en alguno de esos lugares donde ellos viven, se los comen vivos, ¡no solo crudos! ¡Vivos! Si están muertos de hambre y no pueden aguantar a que se cocinen, hermano, no pueden aguantar.
Y para nosotros, pobres boludos, es la gran sabiduría oriental, la comida alternativa, no te sentís pesado después de comerla. ¿Y cómo te vas a sentir pesado si no comés un sorete? Ni pan te ponen. ¿O no sabés que ni pan te ponen? Te ponen arroz, arroz blanco te ponen. Ni siquiera con un poquito de salsa, de azafrán, de tártara. Por lo menos de tártara, querido, ya que viven por ahí. Y lo que pasa es que no tienen, no tienen ni pan, mi viejo. Mao les dijo «les va a tocar un pan felipe a cada uno cada catorce años», y los tipos se la bancan. «Qué bien, qué bien la revolución cultural de este tipo», dicen y levantan el librito rojo que tienen y se conforman, se conforman con un miñoncito por dinastía.
Mirá qué aporte, pescado crudo. Yo también me voy mañana a La Florida, saco un bagre, uno viejo del agua, lo sirvo crudo y les hago a todos el verso de que es comida sushi. Qué vivos, qué vivos son estos orientales para vendértela cambiada, mi viejo. Nosotros siempre nos hemos considerado unos pelotudos porque les vendemos vacas a los europeos a dos mangos y después los europeos nos venden carteras hechas con el cuero de estas vacas a 40.000 dólares. Estos chinos, con esa cara de boludos, agarran un pescado, le ponen limón encima y te lo enchufan como la quintaesencia de la gastronomía fina.
¡Y qué sé yo si el sushi es chino o japonés! O chino, o japonés o coreano, son todos lo mismo.
¡Cómo nos rompió el culo Kung Fu con el verso de la sabiduría milenaria! Ahora resulta que lo refinado es comer con palitos como los japoneses. ¡Porque no conocían el tenedor, mi querido! Así como cuando se inventó la pólvora se acabaron los guapos, cuando se inventó el tenedor se acabaron los palitos. Verso, viejo, puro verso. Se manchaban todo, se llenaban de arroz hasta las verijas. Yo no he comido sushi nunca ni lo voy a comer, descuidate. Lo único que faltaba, que encima que me rompe las pelotas el pescado lo tenga que comer crudo.
«No sabés lo sano que es», te dicen. Claro, ven o los tiburones, que regalan salud, y piensan que es para todos.
Una foto
Las fechas nunca han sido mi fuerte. Me cuesta recordar, por ejemplo, cuándo lo mataron a Dorrego, o cuándo se encontraron a charlar San Martín y Bolívar. Me acuerdo, sí, el año en que murió mi viejo (el 71), pero no recuerdo el mes ni el día. Ni siquiera si hacía frío o si hacía calor. Me acuerdo del cumpleaños de mi vieja, el 28 de diciembre, por la simple razón de que coincide con el día de los Santos Inocentes. O el de mi hijo, o el de mi mujer porque, de este, más vale no olvidarme. Pero después, nada más.
Entonces, divido las cosas, los períodos, en base a hechos que han sido importantes para mí, sucesos que me han marcado. Alguien dijo (un dramaturgo, seguramente, los dramaturgos siempre dicen esas cosas) que la vida no se separa por datos cronológicos, por días en el calendario, sino que está señalada por las grandes catástrofes espirituales. La mía, al menos, no tan intensa, no tan categórica ni grandilocuente, se mide, apenas, en relación a eventos más mundanos, menos drásticos. Paso a detallarlos. A saber: algún viaje, los Mundiales de Fútbol, los campeonatos ganados por Central y los Salones de Córdoba. «Eso fue antes de la Segunda Bienal», informo, a veces. «Aquello fue bastante después del Mundial de México», me digo, en otras.
Es por eso que guardo bien guardado en mi memoria, el primer Salón del Humor y la Historieta, en el año 1972. Yo hacía muy poco que publicaba en Hortensia y tenía una escasísima relación con los dibujantes, salvo como lector. Venía del artificioso mundo de la publicidad y recuerdo que, antes de viajar desde Rosario, le dije al Pelado Galimberti: «Voy a ver qué pasa. Si me hincho, me vuelvo».
Pese a la invitación de Cognigni, supongo que me sentía como un colado a la fiesta, un poco marginal, un sapo de otro pozo. Y es curioso porque, a pesar de que he aprendido a desconfiar largamente de mi memoria, hubiese jurado que, en aquel primer encuentro, éramos muy pocos.
Tengo una imagen fija en la cabeza: la de estar todos charlando, amontonados, en el departamento del Crist (departamento al que llamábamos «el submarino» por la economía con que había distribuido sus espacios), con el Negro Caloi, el Bróccoli, el Lolo Amengual, el Menchi Sábat, el Viejo Breccia, Quino, Cognigni, el Cascote. Y nadie más. Hubiese firmado ante escribano público que, en aquel primer encuentro, no había nadie más, no había más gente.
«Vos te equivocás, Fon», me aclararía los tantos, hace no mucho, el Turco Salomón, vía telefónica. «¿O no te acordás de aquella famosa foto con el Kalondi riéndose, levantando los brazos, adonde estamos todos?».
«Eso fue en el segundo Salón, Turco —insistí, porfiado—. Tengo la foto». Entonces el Turco me dio datos, suministró fechas, agregó nombres y me refrescó la memoria con respecto a aquella época en que, bajo gobiernos militares, ya muchos comenzábamos a practicar, levantando los brazos, para los años duros que vendrían.
Y tenía razón, nomás, el Turco. Volví a esa foto, que ahora tengo enmarcada en el estudio. Y es un grupo grande. Somos muchos. Estamos en un parque o algo así. Y seguramente el fotógrafo aprovechó el final del almuerzo para agarrarnos juntos, antes del desbande. Empezando, de izquierda a derecha (como quien inicia el curso normal de una lectura), en la fila de atrás, de los parados, está el maestro Oesterheld, de pelo blanco, narigón, sin el birrete de Ernie Pike aquella tarde. Después el Quino, mirando hacia el centro del grupo (hacia Kalondi), o atendiendo tal vez a un chiste del Cognigni. Algo detrás, Caloi, más flaco a pesar de tener casi siempre el mismo peso (es notable observar esa ilusión óptica en las viejas fotos). Cristina, arreglándose el cabello (debía de haber un viento bárbaro). Por atrás, asoma Nené. Después, el Turco Salomón, el Lolo, Oscar Steimberg, Lino Palacio (de chaqueta beige) fumando con cierta distinción, siempre elegante. El Gordo Cognigni, diciendo algo hacia la fila de los sentados. Yo, sin barba y con bigote. Coquito Feldman, algo encorvado, como para empezar a correr. Después Kalondi, en la antedicha postura rendicional, de entrega, los brazos en alto y las palmas de las manos hacia el frente. Después Alberto Breccia, en pose de tanguero, una mano en la cintura y el faso en la otra. Cierra (arriba) el negro Crist, también fumando, más delgadito, sosteniendo una de las tantas servilletas que fueran dibujadas con saña. Y sustraídas (guardo una, aún, con dibujo y firmas). Abajo, sentado sobre el césped, el pibe mayor de los Sábat (es un ropero, ahora). Alicia Quino, también prestándole atención al Cognigni. Alberto Bróccoli, Loli, el Menchi Sábat con el más chico de los chicos (el que después dibujó para Clarín y La Nación, Alfredo). Blanca y Ester, de lentes negros. Y la Pequeña, lidiando con una nena ajena cuya filiación escapa a mi memoria. Hay dos o tres rostros, además, que no sé precisar, admítanme el olvido. Son muchos años. ¿Era Parroti el que está a lado de Oesterheld?
En la foto sobrevuela un clima de jolgorio, de joda reposada, de amiguismo. Se ve que estaba fresco. Uno nomás en mangas de camisa, el Kalondi que, tal vez, ya había entregado munición y equipo a sus captores. Con el abrigo puesto apenas sobre los hombros está el Crist. Pero se ve mucho saco, mucho pulóver de cuello alto, y hasta un poncho (el Turco Salomón). Hay dos o tres (el Quino, Oesterheld, el Turco) que todavía tienen en las manos la cucharita y la copa con el postre (helado, a juzgar por la veladura sutil que nubla el vidrio). Y otros esgrimen cigarros de hoja (como en las fotos de nuestros abuelos) que alguien distribuyó en la sobremesa. El sol todavía pega de arriba, algo escorado. Deben ser las tres de la tarde, quizás las cuatro. Atrás hay árboles y todo es parque. Blanco y negro la foto, por supuesto.
Cuando llegué al Genaro Pérez, aún recuerdo, no conocía a nadie. Solamente al Crist (ya éramos amigos), a la Pequeña, al Gordo Cognigni y a Sarita. Al grupo de Hortensia, en suma. Allí, entonces, conocí al Quino. Y al Menchi Sábat. Y me decían que Quino y el Menchi se conocieron también allí en Córdoba, porque nunca se habían visto en Buenos Aires. Y, a pesar de que yo no vengo de la escuela del humor (copié a Roy Crane, a Robbins, a Hugo Pratt), estar frente al Quino era lo mismo, para mí, que estar frente al Papa, al Santo Padre. Crecí leyendo a Breccia, a Oesterheld, a Quino, a Lino Palacios. Crecí con ellos, y hay que consignar eso para entender la cosa. Mucho tiempo después iba a leer que Cassius Clay (veterano ya, Muhammad Ali), al enfrentarse a un joven desafiante al que doblaba en edad, y en tanto el árbitro recitaba el reglamento, le susurraba al muchacho, mirándolo a los ojos: «Desde el momento mismo en que naciste, oíste hablar de mí. Ahora estás frente a mí. Soy el más grande». Y pese a que Quino no me dobla en edad, pese a que su juego de piernas no se parecía en nada al de Muhammad, pese a que su afabilidad y amistosa sencillez distaban en mucho de la magnífica soberbia del negro, así me sentía yo frente a él. Me parecía mentira, en fechas posteriores, en Buenos Aires, llamarlo por teléfono, al número que él me diera y que atendiera él, personalmente. Yo pensaba que me iría a atender una secretaria, un mayordomo, alguien que me pasaría a su vez con otro tipo, quien me daría una nueva fecha, un horario correcto, un día oportuno para hablar con el Quino. Pero no. Atendía él, lo más campante. Lo mismo me pasó (en rigor de verdad) con el Negro Caloi, con el Bróccoli, el Lolo Amengual, el Menchi Sábat.
Cuando nos fuimos separando del grupo de esa foto, cuando se puso de pie Alicia, cuando el Menchi ayudó a pararse a Alfredo, cuando el Crist se quitó el abrigo de sobre los hombros para ponérselo bien, cuando el Turco fue a depositar su copa vacía en una mesa, cuando Kalondi bajó los brazos, cuando yo me volví para Rosario, tomamos varios caminos diferentes. Pero no muy opuestos o distantes. Siempre nos mantuvimos mirándonos, oyéndonos, leyéndonos, bastante pendientes los unos de los otros. Y con muchos de aquellos de la foto, a través de los años me he visto muy seguido, o hemos hablado, nos hemos escrito. Con el Negro Crist, el Negro Caloi, o con el Quino, siento la ligazón que se puede sentir con los hermanos. Con otros, por ejemplo, el Menchi; por ejemplo, el Breccia; por ejemplo, el Lolo, me veo menos (no hay que olvidar que vivo en Rosario), pero el afecto es el mismo. Me basta saber que están, es suficiente. «¡Mirá si no ibas!», me retó el Pelado Galimberti a mi regreso. ¡Mirá si no iba! ¡Qué distintos que hubieran sido para mí estos 20 años!
Después volvimos varias veces a las Bienales siguientes. Pero, en cada ocasión, tenía sabor a aniversario. Hicimos otras fotos, muchas fotos. De aquella original, había un puñado que ya no estaba. No sé si es natural, no sé si es lógico. No. Seguramente no es así en este caso. Toda foto de grupo encierra una tragedia. Pero hubo otras fotos, distintas, iguales. Estaban, eso sí, sin duda alguna, el Bróccoli, el Gordo Cognigni, Sarita, Lino, Ester, Oesterheld y todos aquellos que íbamos. Había otra gente también. Dibujantes nuevos, además. Tal vez al Turco ya no tuviera el poncho. Quizás al Crist no le cerraba demasiado bien el saco. En una de esas sería Alfredo el que lo tuviera al Menchi alzado. Yo, donde tenía el pelo, devolvería un reflejo inoportuno. Y quizás Kalondi volviera a levantar los brazos. Pero siempre volvimos a hacerla. Y era divertido. Porque es así. Así es la cosa. Y es la única reflexión que se me ocurre.