sin embargo (entremeses para un relato radiofónico)
Sin embargo, ¿qué podía esperarse de todo eso? A veces detestaba su imaginación de aquella soga o piola o hilo sizal o zisal (como mierda se escriba) o más bien hilo peludo como la pata derecha de una araña pollito zurda y la dejaba correr por el patio de baldosas flojas y una rota en la esquina o en la punta, porque en la esquina lo que estaba roto era el farol. Pero, ¿quién sino él podría hacerlo, si supiera (que aún dentro de su alma conservaba aquel cariño que tuvo para él) aun cuando más coser y bordar o abrir la puerta para ir a juzgar, como su padre que fuera juez y parte, mas nunca testigo?
Resumiendo, entonces, las manos quietas como piedras quietas sobre el teclado de la máquina de escribir como que era una mentira falaz y sucia eso de máquina de escribir porque sola no escribía nada, pero nada de nada. Resumiendo, digo, y ya es decir demasiado, Carmelo se atusó el cabello rubio y fino como el de una muñeca que habla, camina y pide pis, y se oprimió las sienes que tenía a ambos lados de la frente sobre los pómulos bajo una transpiración copiosa, húmeda, tangible, pegajosa y molesta. Pero poco quedaba ya por lamentar, de nada valía llorar o gemir, ni siquiera ocultarse bajo el escritorio de madera oscura como la sangre de un toro, morcilla de pellejo negro y tirante, y taparse los oídos, los dos oídos, para no escuchar, cubrirse los ojos con las rodillas, lógicamente flexionados con ese dolor ritual en la ingle. De nada valía siquiera procurar meterse en el segundo cajón empezando de arriba pues, más sería el tiempo perdido en sacar los biblioratos, los papeles, las gomitas, el jabón pegoteado de papel higiénico amarillo patito y la toalla o tuaya mugrienta y peluda como la misma pata derecha de aquella araña que supimos mencionar renglones arriba. No, más arriba, casi en la otra hoja.
Para Carmelo, solo el reloj estúpido y criterioso, monótono y boludo y para colmo grande en la pared del fondo, arriba, podía traerle la retirada que no era deshonrosa porque huir no es de cobardes, no, ¡no!, que el general Quiroga fue en coche al muere si es por eso y eso no era escapar, no. En suma. No.
Pero tampoco podría levantarse así, como un resorte de la silla, como un muñeco de la caja de sorpresas, como un tiovivo, sí, eso, un tiovivo si acaso así se llamaran y antes que el silbato penetrante y agudo, largo como un camino del desierto de Negep o de más allá, del Gran Mogol, tal vez, le dijera, le indicara, al Carmelo, ya te podés ir, tomatelás pronto antes de que aparezca Vanzino por esa puerta, no, por esa, que es la de la calle y te grite, te relaje, te putee, te pegue, te cague a trompadas, hijo de una gran puta, por eso que le escribiste en la nota de ayer cuando la ibas de machito, de dueño de la verdad, de paladín de la pluma y la palabra y hoy estás esperando el pito final como el atleta clavado al piso de granza con los timbos claveteados, los dedos en el suelo, la boca seca, el corazón al máximo, los oídos en sangre viva para captar el tiro de largada, para saltar para adelante como un lanzazo, como una puteada contenida, como un gomerazo de pendejo sucio y pendenciero. Carmelo no quiere parecer apurado, no quiere parecer que está esperando que suene el pito, ese pito, y tomó las carpetas, todas, las amarillas también, los puchos, el encendedor y camino hacia la puerta donde ahí mismo, parado, quieto, negro, duro y serio, estaba Vanzino. Vanzino, con la mano bajo el saco, bajo el sobaco. Vanzino. Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres. Porque se puede estar transmitiendo agarrando el micrófono con las dos manos casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta transpirada y abierta, los auriculares ciñendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarse a gritos en el fierro, tienen que ser llenos, digamos, macizos, nutridos, eso, nutridos. Tienen que llenar la boca, carajo, atragantarla, que se los pueda masticar, escupir, como puede ser digamos Marrapodi, viejo, Marrapodi: «¡Volooó Marrapodi y echó al córner!». Marrapodi llena la garganta, sube y se puede arrastrar, no queda encía, muela, paladar sin Marrapodi para deletrear casi con asco, con afonía. No, Marrapodi además volaba y se quedaba colgado en el aire con la pelota suya como un dirigible. ¿Remate? «¡Vuela Marrapodi y atrapa!».
¡Roque Marrapodi!, para colmo, nombre para reventarse las venas del cuello y que lloren los ojos por un solazo bárbaro de domingo a la tarde, lleno de gente porque entró Masantonio o quien sea y «tiraaa y allá sale disparado Marrapodi como un lanzazo», la boca abierta, más abierta, los ojos casi en blanco, el pelo exagerado en el aire, un pie aquí y el otro allá, un manchón verde, uno gris, ese golpe en la punta de los dedos como quien puede manotear un pájaro, una gaviota, caer hecho un manojo en el aire, los bigotes misturados de césped, el olor, relojear por debajo de un brazo y la ingle dónde fue a parar esa bola y gritar sintiendo la garganta afiebrada de flema «volooó Marrapodi», medio arrastrando los dientes y la lengua, la doble erre, porque ya estaba el flaco con el fulbo bajo el brazo yendo a buscar la gorra que quedó en el otro palo. O quizás Camaratta, pero un poquito menos, ya que siempre debía jugar en cancha de Atlanta donde es puro tierra y cada entrevero era una polvareda tremenda, donde catorce hinchas se morían de calor y odio y miles pero miles de argentinos escuchaban succionados por el radio la voz porteña del balonpié, pasión de multitudes «¡CA - MA - RA - TTA!», que salvó su arco de segura caída. Camaratta, carajo, no Blazina, por ejemplo, porque decir Blazina es como decir felino o colina, algo plástico, estético. Otro, Mirko, volaba en treintaitrés revoluciones: ahora un brazo, después el otro, flexionar la rodilla, el pelo ahora extendido en el aire, una cosa blanca blanca, pero todo como en cámara lenta, muda, como un vacío que se hubiera chupado el rugido de la tribuna. Solo Blazina planeando, en blanco y negro para colmo, que eso no es para hinchas, es para artes visuales. No, no se puede transmitir sin esos nombres. Ojalá estuviera Marrapodi o Camaratta o Marracatta o Camarrodi, Macarratta, «¡se tiiiira Macarratta!», «¡Volooó, Camarrodi!». El micrófono hecho un puñal, un puñetazo sudoroso. ¿Cómo puede haber un arquero García, por ejemplo? García. ¿Qué se va a decir, «volooó García? Si queda en la boca esa sensación desierta y adormecida de cuando uno come pastillas de menta, carajo. Nada. “Voloó García», qué mierda va a volar ese boludo. Que se quede parado para eso.