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—¿Hay un libro que empieza así, no? «Ayer murió mi madre. O fue anteayer».
—Sí. Algo así. «Ayer murió mi madre. O anteayer» —asintió Leonardo, algo sorprendido porque no imaginaba que ese tipo que estaba sentado frente a él fuera un tipo leído.
—Camus, posiblemente. Uno de esos.
—Camus. En El extranjero. ¿O en La náusea? —dudó Leonardo.
—Uno de esos —afirmó el otro, girando un poco la cabeza, como aflojándose el cuello de la camisa, el nudo de la corbata—. Pero era de otro autor.
Leo aprovechó para mirarlo. De traje, el maletín apoyado sobre los muslos. Le debía molestar, pero parecía acostumbrado. Por ahí era un vendedor de libros, a juzgar por eso de lo del «era de otro autor».
En realidad, lo veía casi todos los días en el café, y de tanto verlo comenzó a saludarlo. Pero no habían cruzado nunca ni una palabra. Leo no se explicaba muy bien cómo habían ido a parar a la misma mesa, pero lo atribuía a que aún se sentía shockeado, confuso, como desplazándose en un vacío donde no había casi ruidos, algo distante, flojo. Raro.
—Pero en mi caso fue la semana pasada —torció un remedo de sonrisa, Leo—. De eso estoy seguro. Jueves de la semana pasada.
—¿El jueves pasado murió tu mamá?
—El jueves pasado murió la vieja.
Se quedaron un poco en silencio. Leo sintió que el otro lo miraba.
—¿Y cómo andás?
—Raro —dijo Leo.
—Son golpes.
—Son golpes fuertes.
—Sacudones.
—Sí.
—¿Estaba enferma?
—No. Eso fue lo más jodido. Estaba bien, muy bien. Se murió de un día para el otro.
El otro tipo se tiró hacia atrás en la silla, sosteniendo el pocillo de café en la mano derecha, y resopló largo y fuerte. Parecía que la conversación no daba para más. El mozo pasó por atrás de Leo y le apretó un brazo.
—Leo —lo reconfortó.
—Miguel —aceptó Leo. Quizás eso lo animó a seguir. Se extrañaba de ponerse a hablar de esas cosas con alguien a quien apenas conocía. Pero, tal vez lo necesitaba.
—¿Y sabés qué es lo raro? —dijo Leo. El otro lo miró callado—. Que todavía no pude llorar. Mirá qué cosa. No pude.
—Bueno… Eso depende de cada uno. De los autocontroles de cada uno. ¿Vos sos de lágrima fácil?
—No. En realidad, no. Pero… pienso que en este caso debería dar…
—Es una cosa muy importante. Una pérdida muy importante.
—Fundamental. ¿Qué otra cosa puede ser más importante?
—Un hijo —estimó el otro, cortante.
—Un hijo. De acuerdo. No tengo hijos. Por lo tanto, para mí…
—Es tu vieja. O tu viejo, lógico.
—Lógico… Pienso que me vendría bien… Porque siento una cosa acá… —Leo se apoyó los cinco dedos de su mano izquierda, como una araña, sobre el pecho.
—Una opresión, es claro.
—Podría ser un desahogo.
—Sería un desahogo, no tengas ninguna duda.
Leo siguió mirando hacia la calle, la cara fruncida, aprobando con la cabeza aquella idea de que sería un desahogo.
—¿Sabés que hay pastillas para eso, no? —preguntó el otro. Leo lo miró, el ceño fruncido.
—¿Para qué? ¿Para la opresión?
—Para llorar.
—Vos me estás jodiendo.
—Mirá —el otro se empezó a limpiar los dedos, minuciosamente, con una servilletita—, yo podré ser un hijo de puta, podré ser un tipo que por ahí me cago en las formalidades, pero nunca te voy a joder con un tema así…
—No quise decir eso —se disculpó Leo—. Lo que pasa es que…
—Hay pastillas para llorar. Yo soy visitador médico —abrió su maletín y comenzó a revisar el interior, buscando—, y estas pastillas son nuevas… En realidad, no son nuevas. Son de Medex y vinieron hace poco a reemplazar a otras, anteriores, que eran las Lacrimen… ¿Dónde carajo las metí? —Sacó una cajita amarilla, la miró y la volvió a tirar adentro—. Claro… uno dice «pastillas para llorar, pastillas para llorar». En definitiva, son desinhibitorias. Eso son…
—Aflojan…
—Aflojan… —El tipo levantó cuatro pequeñas plantillas de papel metalizado, unas sobre otras, unidas por una banda elástica—, relajan un poco.
—Como un sedante.
—Sí. Pero estas tienen un efecto directo sobre el lagrimal y las glándulas endocrinas. No es solo un sedante. Tomá. —Le alargó a Leo el montoncito de pastillas.
—No. Pará —se echó atrás Leo—. No me las vas a regalar…
—Son muestras gratis. Yo las vengo trabajando de hace mucho. Agarralas.
Leo las tomó y las hizo girar entre las manos, observando las indicaciones chiquitas.
—Ahí tienen la posología —señaló el otro, que había dejado, por fin, el maletín en el suelo, al lado de su silla—. Pero no vas a entender un carajo. Yo te digo…
—De todas maneras, no veo una mierda sin los lentes.
—Tomate una esta noche, antes de cenar.
—¿Son de efecto inmediato?
—Bastante. Por eso te digo. Son fuertonas. Incluso, antes, tenían una contraindicación para los casos de epilepsia. ¿A vos no te pasa nada de eso, no?
—Por suerte…
—Provocaban alguna deficiencia auditiva. Pero estas son mejores. El efecto es casi inmediato. Por eso no te digo que la tomes acá…
—No —se alarmó Leo, apretando las tabletitas plateadas contra su pecho y mirando a todos lados, repentinamente avergonzado de poder llegar a llorar frente a terceros.
—Los médicos las recetan mucho —dijo el otro—. Porque no es bueno no llorar por mucho tiempo. ¿Sabías?
—No. No sabía. En absoluto. Es más, me parece raro llorar a menudo. O, al menos, a mí no me pasa…
—Pero es una necesidad fisiológica, como cualquier otra. De lo contrario hay una retención de excedente que te puede joder. La urea, por ejemplo ¿de dónde sale? ¿La gota? ¿El codo de tenista?
Leo miraba las pastillas como si se trataran de un CD, haciéndolas girar para estudiarlas.
—Lo que pasa —siguió el otro— es que nosotros, los argentinos, tenemos esa pelotudez de que «los hombres no lloran» y toda esa sanata ridícula. Es una cultura machista equivocada. Hay pueblos que no son así. Los nórdicos, por ejemplo.
—No sabía.
—Pero ellos chupan. Con eso les basta. Te imaginás, siempre de noche.
—La depresión.
—La tristeza.
—¿Con una sola da resultado? —Leo apuntó al otro con el vértice de las tabletas.
—Eso no te lo puedo asegurar. —Chasqueó los labios el visitador—. Eso no te lo puedo asegurar porque todo depende de la personalidad del consumidor. ¿Vos sos un tipo muy controlado, muy medido?
—Muchísimo.
El otro sacudió la cabeza un par de veces, bajando la vista. Se estaba quedando pelado en la parte superior de la cabeza, advirtió Leo.
—Entonces por ahí vas a necesitar un tratamiento un poco más largo. Esto es acumulativo.
—¿Cuántas hay acá? —preguntó Leo empezando a contarlas.
—Seis. Apenas dos en cada una de esas cosas. Son muestras gratis.
—Pero, oíme —dijo Leo—, si tenés más, vendémelas. Así me aseguro.
—¿Sabés qué pasa? —El otro volvió a tomar el maletín, lo puso sobre sus muslos, lo abrió y casi sumergió la cabeza allí dentro—. No sé si tengo y… y son muy caras…
—¿Caras?
—Caras.
—Pero, ¿cuánto?
El tipo emergió, triunfal, desde la oscuridad del interior de su maletín, con una cajita chata, verdosa.
—Cuatro mil mangos. —La mostró en el aire—. Esta cuesta cuatro mil mangos.
—Y dámela.
—No te puedo hacer descuento porque en el laboratorio…
—Ni se te ocurra —desestimó Leo contando la plata que había sacado del bolsillo del pantalón—. Ya bastante conque me diste las muestras gratis… Bah… —dudó, interrogante, deteniendo la cuenta—, ¿me las puedo quedar, no?
—Por supuesto. Ni hablar. —El otro volvió a dejar el maletín en el suelo. Se acomodó el saco, algo ladeado por los movimientos—. Y creo que hacés bien. Con esas dosis seguro que te va a hacer efecto. Si no es esta misma noche a más tardar mañana al mediodía. Y eso te va a aliviar mucho. Seguro que te va a aliviar mucho. Porque, ojo, el contener el llanto prolongadamente no solo te jode acá, en el pecho, sino que te perjudica también la garganta. ¿No te dolió mucho la garganta?
Leo se tomó la garganta como si fuera a estrangularse.
—Ufff… —pareció congraciarse por el acierto de su interlocutor—. Ni te cuento. Un dolor bien profundo, interno.
—Eso puede derivar en anginas, adenoides, deterioro de las cuerdas vocales…
El otro se metió el dinero en el bolsillo de su pantalón, se puso de pie, maletín en mano, y le estiró la derecha para saludarlo.
—Te veo en estos días y me contás —le dijo.
Leo ni se levantó —después se iba a reprochar esa falta de galantería— y le dio la mano. El visitador era más alto de lo que le había parecido.
Se quedó solo y una especie de bruma densa pareció cubrirlo nuevamente. Se cruzó de brazos. Había estado moderadamente entretenido, pensó, durante la charla. Pero ahora volvía a acordarse. Miró fijamente el pequeño vaso de soda que le había traído Miguel acompañando el café. Pero prefirió dejar la pastilla para la noche.
Al día siguiente, a la mañana, volvió al bar casi por inercia. No había nadie. Pero, a poco de sentarse, llegó Ricardo. Ricardo era médico. Leo, sorprendido de su propia locuacidad, le contó lo de las pastillas y el visitador médico. Quizás, suponía, un golpe como el recibido lo había abierto un poco hacia los demás, lo había hecho apoyarse en sus amigos, o simples conocidos.
Ricardo lo miró, agudo y concentrado.
—Esas pastillas no existen, Leo —le dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Cómo «no existen»?
—No existen. Nunca existió nada así. Relajantes hay, por supuesto. Pero no pastillas para llorar.
Leo se quedó en silencio.
—¿Las tenés allí? —dijo Ricardo.
Leo buscó dentro del bolsillo interno de su saco. Le mostró una de las tabletas plateadas de la muestra gratis.
—Acá están. Son totalmente reales. —Le alcanzó a Ricardo, despechado—. Se pueden tocar. Se pueden oler.
Ricardo se puso los lentes y leyó el reverso de la plaqueta.
—¿Cuánto te cobró por esto? —preguntó luego, golpeteando con el plano de la plaqueta sobre la palma de su mano.
—Cuatro mil.
—¿Cuatro mil pesos? Esto es un regenerador de la flora intestinal. Te engañó como a una sirvienta.
—¿Cómo…?
—Un regenerador de la flora intestinal. ¿Leíste lo que dice?
—No. Y aunque lo leyera no entendería. Es todo muy técnico.
—Te cagó. ¿Lo tomaste?
Leo aprobó con la cabeza.
—¿Te produjo algo?
—Una especie de urticaria acá, en la parte del pubis.
—Es una de las contraindicaciones. Pero no es nada.
Ricardo se quedó mirándolo, siempre golpeteando con los remedios sobre su mano. Leo parecía haberse achicado en su silla, echado hacia atrás.
—¿Lo conocés al tipo? Hay que ser muy hijo de puta para aprovecharse de alguien que…
—Esperá. —Frunció la cara, Leo, tomándose la boca del estómago—. Voy al baño.
Se levantó y se fue al baño. Ricardo pidió un café. Esperó un rato. Cuando pasaron quince minutos y Leo no venía empezó a preocuparse. Se acomodó un par de veces, inquieto, en su silla. Y, finalmente, se levantó y entró al baño. Desde adentro de uno de los cubículos de los inodoros, escuchó un llanto fuerte y sostenido. No supo qué hacer.
—Ehhh… —vaciló—. ¿Estás bien? ¿Estás bien? —preguntó.
El llanto se cortó un poco para reanudarse más sofocado. Ricardo fue hacia la puerta del cubículo, casi en puntas de pies. Pero se volvió junto a las piletitas.
—Parece que te hizo efecto —dijo, en voz alta—, Leo, parece que te hizo efecto.
Leo tampoco contestó. Seguía llorando. Ricardo salió del baño, fue hasta la mesa y se sentó. Esperó un poquito por si volvía su amigo. Pero luego dejó la plata de su café sobre la mesa y salió a la calle.