PAIS RELATO

Libros de roberto fontanarrosa

Autores

roberto fontanarrosa

la tarde en que los gitanos robaron a mi hermano

En aquella época, al menos, era sabido que los gitanos robaban criaturas. Mi madre se lo había dicho mil veces a Blas, de la misma forma en que me lo repetía a mí, pero Blas, quizás por ser el menor, era más atrevido y desobediente. Lo cierto es que, pese a las advertencias de que no se asomara a la calle, Blas insistía en hacerlo. Salía al patio donde mi padre guardaba el carro y, por el agujero de la cerradura del portón, espiaba hacia afuera.
Blas tenía ojos azules y, de más está decirlo, para los gitanos unos ojos azules eran gemas, piedras preciosas que descontrolaban la rapiña y la codicia de aquellos húngaros. Sin duda, alguno de ellos espió hacia nuestro patio al mismo tiempo que mi hermano lo hacía hacia afuera y así fue como lo descubrieron. O, tal vez, uno de los zíngaros lo detectó desde lejos, por el relumbrón que producían los ojos de mi hermano al mirar. Ellos eran como indios para esas cosas y estaban siempre atentos a todo aquello que brillase, como podían estarlo las grullas o los lustrines.
El barrio entero sabía de la amenaza de los gitanos, pero no era fácil reconocerlos, ya que solo se los individualizaba por las ropas o el oso que siempre llevaban consigo. El olor del oso era fuerte, como el de todo animal rústico, y daba cuenta de su presencia desde varias cuadras antes, pero esa tarde supongo que no lo llevaron. Tampoco era de desechar la teoría del viejo Francesco, un vecino que se pasaba los días atisbando tras los visillos de su ventana, en un altillo, quien sostenía que, aquel día, los gitanos habían cambiado su ropa para que no los identificasen y habían actuado vestidos de alabarderos de la Guardia Suiza Vaticana. Pero no podía creérsele mucho al viejo Francesco, no solo por su conocida afición al alcohol sino también porque un grupo de personas vestidas con el uniforme de dicho cuerpo militar hubiese originado mayor repulsa que los mismos gitanos, ya que, el nuestro era un barrio de itálicos que aún guardaba rencor por la demora por parte de la cúpula papal en beatificar a Salvatore Giuliano.
Lo cierto es que los gitanos atrajeron a Blas con promesas, o le ofrecieron leerle las líneas de la mano, o algo similar, y lo atraparon con un lazo que tiraron por sobre el portón de mi casa, en horas de la siesta. Todavía no me explico cómo ninguno de nosotros escuchó nada, aun considerando que teníamos el sueño pesado de 105 trabajadores portuarios y aquel era un sofocante día de verano. Pero es que, no solo los gitanos enlazaron a mi pequeño hermano, sino que, en el intento, capturaron también a Cormorán, el caballo de tiro de mi padre. Cormorán era un amable percherón de edad avanzada que debería pesar sus buenos 300 kilos. Desde la calle y ante lo elevado del portón, los zíngaros no debieron saber con exactitud qué era lo que estaban enlazando. Yo supongo que serían más de 20 o 30 los ladrones para poder elevar, mediante la cuerda, el peso combinado de Blas, aun considerando que era flacucho, el de Cormorán y, más todavía, el del carro de reparto, ya que mi padre no había desprendido el animal de sus arneses. En las siestas, mi padre dejaba, frecuentemente, el carro preparado. Los tiempos eran duros y papá había decidido ofrecer a sus clientes, como servicio extra, una provisión de urgencia de leche, por si alguien la solicitaba en forma desesperada. Había muchas fundiciones de acero y plomo en la zona y, en ellas, la leche era vital para la salud de los operarios. El saturnismo, la intoxicación con plomo, era un azote para la barriada y, muy a menudo, se veía salir a mi padre a escape, en pijama, saltando sobre el carro, como bien podría haberle hecho Ben Hur sobre la cuadriga ante el azote huno. Mi madre, en tanto, abría el portón con la premura de un atleta.
Lo que sí estaba amurado contra la pared del fondo era el carro, ya que mi padre lo sujetaba con una cadena para que Cormorán, sorprendentemente nervioso para ser un animal entrado en años, no lo moviese constantemente, perturbando nuestro sueño y el de los vecinos con el entrechocar de los tarros de leche. De esta forma, durante años, mi madre, mi padre, mi tío Edalberto y yo, nos rompimos la cabeza pensando cómo había hecho aquella banda de delincuentes para lograr despegar de la tierra, elevar y hacer pasar por sobre ese portón de hierro herrumbrado de casi tres metros de altura, a mi pequeño hermano Blas, el percherón de tiro, el carro cargado de tarros de leche y la pared del fondo que se desprendió entera detrás de la cadena que inmovilizaba el carro. Y no solo eso, en casa había una parra y esa bella enredadera, a la vez que nos prodigaba sombra en abundancia, unía la pared del fondo con la pared lateral de la cocina, dando a nuestra humilde casa una continuidad visual que suavizaba, en parte, su inarmónico aspecto. Se trataba de una disímil construcción donde confluían lo rural y lo urbano en desparejos porcentajes.
Tampoco nunca pudimos explicarnos cómo ninguno de nuestros vecinos, por lo general curiosos en grado sumo y ávidos de todo lo que fuese enterarse de nuestras intimidades, escuchó al menos un rumor, un sonido sospechoso, un eco inusual, dentro de una comunidad rutinaria y habituada a escuchar siempre la misma clase de sonidos.
Nadie oyó los presumibles gritos de mi hermano, ni el jadeo lógico de los delincuentes, ni el bufar brutal de nuestro caballo, ni la previsible caída estrepitosa de los enormes tarros de leche, ni el despedazarse de la pared al dar contra el suelo, ni el desgarrarse de la enmarañada parra con la explosión perceptible de las uvas chinche, como tampoco el crujir de los muros de la cocina, la total destrucción de nuestra modesta vajilla, el desmembramiento de la cocina económica y los angustiosos alaridos del abuelo Babbo quien se vio, de pronto, hundiéndose en el pozo negro, sorprendido, según era su costumbre, acechando la heladera de hielo para dar cuenta de los orejones.
El comisario Treviso arriesgó en la triste mañana del día siguiente y en el destrozado predio donde se levantaba nuestro comedor, que, quizás los vecinos guardaban cierto resentimiento contra mi hermano, dadas sus frecuentes travesuras que habían deparado, entre otros males, la ceguera del padre del almacenero y la hemiplejia de la señora Agustina. Pero mi padre se opuso con énfasis a tal argumento. Defendió encarnizadamente la pesadez del sueño del pueblo trabajador, rescató una frase de Kalinin sobre el derecho al reposo del proletariado y terminó declarándose anarquista, a viva voz y asumiendo la total responsabilidad del sangriento atentado contra el tren El Serrano, ocurrido quince años atrás. Por aquel rapto de verbalismo, por aquella encendida defensa del «Impuesto a la almohada», como él lo llamaba, purga aún su condena en una gélida prisión del sur.
En un momento, dos semanas después del robo, pensamos que estábamos a un paso de rescatarlo. Junto con el comisario Treviso, llegamos de sorpresa al campamento que los gitanos habían levantado cerca de la vía. Si la policía no lo había requisado antes, nos explicó el comisario, era porque lo habían confundido con un circo, diversión popular muy difundida por aquellos años.
Los gitanos, con desconfiada amabilidad, nos hicieron entrar a sus caóticas carpas y, en una de ellas, yo advertí la presencia de un niño, rubio como mi hermano, de ojos azules como él, de su misma altura, su mismo rostro y su misma voz. Pero, pronto, nuestra esperanza se apagó como la luz de un candil ante la enjundia de una ventisca. Los zíngaros nos explicaron que, aquel niño, estaba con ellos desde su nacimiento, que pertenecía a la tribu y que, además, no se trataba de un niño, sino que era un oso. Nos confiaron, a título de secreto, y juro que yo no lo sabía, que los osos, de pequeños, eran así. Nos marchamos, entonces, con la congoja apretando nuestros corazones.
De mi hermano, no volvimos a tener noticias hasta pasados 27 años.
Ya grande, convertido yo en contador público nacional, papá en el sur por las razones anteriormente apuntadas, muerta mi madre quien nunca se recuperó de la destrucción de la parra, di con mi hermano en una actuación de Paco de Lucía. Se lo veía hermoso y desenvuelto, rodeado de gitanas esbeltas, alegres y multicolores. Se había convertido, sin duda, en el Rey de los Gitanos, y aquella condición parecía ensoberbecerlo y ufanarlo. En el hall del teatro, por un instante, nuestras miradas se cruzaron. Fue un segundo apenas, antes de que él girase el rostro de inmediato. Pero yo sé que me reconoció. Quedó en mi recuerdo su imagen altiva imponente, el manchón de su pelo rubio abanicando el aire, y el olor del oso que, a su lado, fingía leer, adusto, el programa de la noche.