PAIS RELATO

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roberto fontanarrosa

la publicidad

—La publicidad es así, viejo —dijo Palmucci—. Te pasás un año haciéndote bien la paja y de golpe tenés que trabajar tres días como una bestia.
—Así no se puede laburar bien. —Se cruzó de brazos Rubén.
—Sí, pero, además, Alberto no planteó bien la cosa. —Jubani volvió a cerrar el menú y quedó mirando un punto lejano—. No la planteó bien.
—¿Te parece?
—Sí. Él tenía que recalcar bien, bien recalcado, el asunto de la motivación Yo se lo había dicho mil veces. Lo de la motivación era fundamental. Y había que hacérselo entender a estos tipos.
—Estaba nervioso. Estaba cansado —se disculpó Palmucci.
—Estaba nervioso porque si no agarramos esto —dijo Rubén— el año que viene nos van a comer los piojos, eso es seguro. Yo no sé con qué carajo les voy a pagar el aguinaldo este año, ya.
—Los tipos parecían contentos.
—Sí, Palmu, parecían contentos, pero a estos tipos les tenés que abrir el melón. —Jubani repasaba nuevamente el menú—. Son tipos que están acostumbrados a bolichear, compran publicidad como quien compra beneficencia.
—Y tienen guita, eh.
—Puta si tienen. Toda esta zona es muy rica.
Se quedaron un rato en silencio. No había nadie en el salón, pero les habían dicho que no había problemas en comer algo, la cocina todavía estaba abierta. Se escuchaba música funcional suave y, a veces, muy a lo lejos, un mozo cantando.
—¿Qué se come acá, che? —preguntó Palmucci, manoteando uno de los menús.
—Yo no sé para qué mierda miro si ya sé lo que voy a pedir —dijo Jubani y cerró con fuerza la carta, que sonó como una bofetada.
—¿Qué vas a pedir?
—Carne.
—No hay parrilla. Me parece que no hay parrilla.
—Un lomo habrá. Un peceto.
Palmucci se había quedado mirando los detalles del salón.
—La decoración se la deben haber encargado al estudio «Me cago en el buen gusto» —opinó, rascándose la nariz—. Es una mezcla…
—¿No te gusta? —se sorprendió Rubén.
—Mirá esas máscaras de cobre.
—A mí me gustan…
—El otro día hablábamos con Alberto —terció Jubani—, porque ¿viste que él es un esteta?, bueno, justamente sobre la decoración de este tipo de boliches hablábamos. Y claro, uno se siente tentado a cambiar todo, a hacerlo más armónico, porque vos fijate, ¿qué sorete tendrá que ver aquel póster de Portofino con esas máscaras de cobre? Una cosa indigenista mezclada con algo turístico de la Riviera italiana…
—Aquellas lámparas redondas allá…
—Las lámparas allá, todo eso. Y, sin embargo, sin embargo —prosiguió Jubani—, si vos te fijás bien, todo esto es coherente. Hay una unidad. Hay una cohesión. —Rubén miraba a su alrededor como buscando la mencionada cohesión.
—Claro, es como un poco pretencioso —dijo.
—Pero vas a ver que es coherente. —Golpeteó con el puño contra el mantel, Jubani—. Seguro que tiene que ver con la personalidad del patrón, con la comida que te sirven, con la gente que viene acá.
—A mí me gusta —redondeó Rubén y Jubani consideró criterioso no contradecirlo.
Otra vez cayeron en el silencio, cortado tan solo por algunas consideraciones o críticas de la reunión con el cliente.
—Pero Alberto no lo planteó bien —volvió a la carga Jubani.
—Estaba cansado.
—¿Por qué decís eso? —se molestó Rubén—. Para mí estuvo bien.
—No, no. Lo que pasa es que ahí hay un problema —dijo Jubani, y se señaló el pecho con el pulgar de la mano derecha.
—¿Vos?
—No. Yo no. Él, Alberto, conmigo…
Rubén lo miró.
—¿Qué clase de problema?
—Y… —Jubani estiró esa «Y» griega al mismo tiempo que se echaba hacia atrás como desperezándose, rascándose el pecho—. Es un asunto conmigo. Antes de que yo entrara, él hacía y deshacía. Ahora estoy yo, que le doy las pautas del laburo, los perfiles de las campañas, la motivación psicológica, entonces…
—Pero él te contrató para eso, justamente…
—Sí, pero le jode, que alguien maneje más que él ciertas cosas, que tenga que admitir que ciertas argumentaciones suyas no corren… Es jodido…
—Oíme —sonrió Rubén—, ¿a vos te parece que, si Alberto tiene que tirarse a agarrar una campaña como esta, se va a patear en contra, por el simple hecho de no darte la razón a vos? ¿A vos te parece?
—Dejalo ahí —condescendió Jubani—. Dejalo ahí.
Volvieron a permanecer en silencio un rato, tomando un poco de vino, algo más distendidos, cansados quizás.
—La cuestión es que nosotros ya la palmamos —sentenció otra vez Jubani.
—¿Por qué? —se enojó Rubén.
—¡Eh, loco! —dijo Palmucci—. No era tan malo lo que presentamos.
—No es eso, viejo, no es eso. Pero, no sé si ustedes se fijaron, ahí la cosa estaba muy clara. Estas son empresas que dependen de Buenos Aires, los tipos nos reciben acá, hablan con todo el mundo acá, pero las cosas se deciden allá en Buenos Aires, eso es al pedo. Y esto ya está entangado con alguna publicidad de allá, tenelo por seguro, ya lo tienen todo arreglado.
—¿Y por qué nos llaman a nosotros? —se enojó de nuevo Rubén.
—De forros nos llaman, Rubén, nos llaman de forros, para salvar las apariencias. Ellos no le pueden dar una campaña, incluso una campaña chica pero que en definitiva son unos buenos mangos, a una agencia determinada, sin hacer el circo de llamar a una especie de licitación, invitar a otras agencias y hacer creer a todo el mundo que las cosas son resueltas democráticamente por derecha.
—No creo.
—Ponele la firma, Rubén. Ponele la firma. Ahí ya debe haber algún tipo del directorio entongado con alguna agencia de allá para pasarle el laburó. ¿O te creés que nos van a dar el laburo a nosotros por la linda cara, con los tiburones que hay en Buenos Aires?
—Pero…, flaco, flaco. —Lo agarró del brazo Palmucci—. ¿Vos te creés que una agencia grande de Buenos Aires se va a calentar por esta campaña? Para nosotros es guita, pero para ellos son chirolas, es bosta…
—Son chirolas para ellos, flaco —apoyó Rubén.
—¡Tomá, chirolas! —El puño de Jubani percutió algo en el aire—. Que allá se cagan bien cagados de hambre. ¿O te creés que no se cagan de hambre allá también? Mirá que yo laburé un tiempo allá, son capaces de sacarte los ojos por cinco guitas.
Se abrió otro paréntesis
—Y no te extrañes… —rubricó Jubani—. Si no hay alguna multinacional detrás de todo esto. Dejá que yo averigue.
—¿Qué va a haber? —menospreció Rubén, pero sin mucho entusiasmo, casi vencido.
Cuando vino el mozo cada uno hizo su pedido, aunque Jubani no tuvo suerte. Al pedir carne, el mozo frunció la cara como si le hubiese alcanzado un proyectil sorpresivo y le advirtió que iba a ir a la cocina a ver si quedaba.
—Y…, es tarde, loco. Llegamos de última nosotros —explicó Palmucci.
—Te digo que en Rosario —Rubén informó— no encontrás muchos lugares abiertos a esta hora. En Rosario mismo.
—Antes estaba El Nacional por lo menos.
—¡Eh, en Buenos Aires, vas a las cuatro de la mañana y están así los boliches!
—Es otra cosa. Ya bastante culo haber encontrado este boliche abierto, querido…
Pero Jubani se había quedado mirando el infinito, cruzado de brazos, abstraído como si la data del mozo lo hubiese sumido en un estado catatónico.
—No —dijo finalmente—. No es casualidad, viejo, no te confundas.
—¿Qué no es casualidad? —respondió trabajosamente Rubén, con un trozo de miga de pan inconvenientemente grande en la boca.
—Lo de la carne no es casualidad, no seas ingenuo.
—¿Yo soy ingenuo? —La voz de Rubén tuvo, esta vez, una arista de bronca.
—Te digo que no seamos ingenuos —suavizó el flaco—. No te digo a vos, puntualmente, esto de la carne no es casualidad. Detrás de esto hay toda una cosa organizada, un plan muy preciso, muy bien instrumentado, no te creas que es joda, no te creas nomás que este gil del mozo va a preguntar a la cocina, el cocinero le contesta sí o no y la cosa se termina ahí. No es así.
Jubani meneó la cabeza, misteriosamente. Rubén detuvo el bocado en la boca mirándolo curioso. Palmucci también lo miraba a Jubani.
—Acá hay todo un complot dirigido contra el país —asesoró el flaco, bajando el tono de voz—. Globalmente dirigido contra América latina, los países no alineados y más precisamente con la Argentina, y que apunta netamente a eliminar el consumo de carne vacuna entre nosotros. Esto es un intento que no arranca acá, te digo más, ni siquiera arranca en el Pentágono, cómo podría creerse, sino que proviene de la cabeza de varias multinacionales, las tres o cuatro corporaciones que conducen los hilos de la economía mundial.
Y, ¿cuál es la prédica, cuál es la consigna en este momento para…?
—Pero… —se solventó Rubén.
—Esperá, esperá que te explique. ¿Cuál es la consigna en este momento tendiente a sabotear las economías regionales de los países del Tercer Mundo?
—Pero escuchame —lo cortó sin más preámbulos Rubén—. ¿En qué les beneficia a ellos, a esas multinacionales que vos decís, que acá se coma menos carne?
—Pero querido… —Jubani estiró una sonrisa indulgente, como quien se encuentra ante la pregunta de un niño—. Hay dos razones fundamentales. Primero, que la carne de mejor calidad, la de exportación, vaya a los países subdesarrollados, primero. Vos sabés que acá nosotros comemos la bosta, el desecho, las sobras. Lo bueno bueno va para ellos, para los rubios, los anglosajones, no se queda acá. ¿Lo sabías, no?
Rubén admitió con la cabeza, ceñudo.
—No es tan mala la carne que comemos, che —alcanzó a meter Palmucci.
—¿Qué se logra con eso? —Jubani cerró el puño de su mano izquierda enarbolando el dedo pulgar en anuncio de que continuaba contabilizando—. Que los países desarrollados sigan manteniendo pueblos mejor alimentados, mejor comidos, más sanos y, por ende, más inteligentes. En tanto nosotros nos vamos debilitando cada vez más, cada vez más sumidos en el raquitismo, la deformidad, el alcoholismo, la desnutrición infantil, la mortandad infantil… Andate al Chaco, por ahí ni hablemos de Bolivia y lo podés ver. La miseria, lo que les asegura una continuidad de raza superior sobre nosotros. Una superioridad que ya no se da en armamentos nucleares, ojivas atómicas ni las pelotas, se da de acá —se tocó el estómago— y de acá —se tocó la cabeza—. Querido, Harvard ha dado 632 premios Nobel, querido. Nosotros tocamos el cielo con las manos porque tenemos tres. Eso, por la carne, porque, no te engrupás, ahora hay una serie de dietas, de recetarios, de ondas, de modas, que te meten en la cabeza de que la carne hace mal, que te caga la salud, que te trae el colesterol, la arterioesclerosis y no sé qué otras cagadas más. ¡Tomá! —El puño del flaco volvió a remachar el aire—. Esos son todos versos que salen del Pentágono, de los truhanes economistas de la escuela de Chicago para que nosotros, los boluditos, no morfemos más carne y se la mandemos a ellos. Y segundo, ¿qué pasa?
Jubani, aún con el pulgar levantado, miró, inquisidor, a sus amigos.
—¿Qué pasa? —inquirió Palmucci.
—¿Qué pasa si uno no come carne vacuna? —repitió Jubani. No le respondieron—. Come pescado, querido. ¿Come pescado o no come pescado?
—Sí…, come pescado.
—Pollo —arriesgó Palmucci.
—¡Pescado, pescado! —Golpeó sobre la mesa Jubani—. ¿Y quiénes sacan el pescado, quiénes tienen el pescado? —Jubani esta vez no esperó respuesta consciente de que era un intervalo inútil—. ¡Ellos! Ellos sacan el pescado, no vamos a ser nosotros que somos unos pobres giles que tenemos cuatro buques de mierda que no sirven para un carajo. Y ellos sacan el pescado… —Jubani se inclinó sobre la mesa, bajó la voz y miró velozmente hacia los costados—. De nuestros mares territoriales. De nuestros propios mares territoriales. —Golpeteó con la punta del dedo índice sobre el mantel rubricando cada palabra—. ¿O vos te creés el verso de que, cada tanto, una cañonera nuestra, un buque de guerra, atrapa un pesquero japonés, uno coreano, un pesquero ruso, le requisan la carga y le hacen garpar todo lo que afanaron? ¿O vos te creés eso? Verso, puro verso.
—Ahora… —seguía ceñudo Rubén—, cuando vos decís «ellos», ¿a quién te referís?
—Los yanquis —se anotó Palmucci.
—Los yanquis… —aceptó Jubani—, los rusos, los japoneses y guarda al hilo con los checoslovacos. Acá los checoslovacos juegan un papel muy importante… O, ¿a ver si no tuvieron nada que ver con el asesinato de Banchero, en el Perú? Ojo, guarda al hilo, guarda al hilo. Entonces, ¿qué pasa? Ellos, que en muchas cosas están peleados, cuando se trata de intereses hegemónicos no vacilan en darse la mano, se llevan el pescado de acá, de toda la costa nuestra, lo procesan allá, te lo arreglan, te lo adornan, y nos lo vuelven a vender con un nudo en la punta. Nos abrochan bien abrochados, querido. Es así…
Rubén soltó el aire que estaba reteniendo en un suspiro prolongado y limpió de migas su sector de mantel.
—No sé… no sé… me suena…
—Es así querido, ponele la firma…
—Me suena un poco fantasioso.
El mozo se acercó, enarcó las cejas, se inclinó hacia Jubani y se disculpó.
—Carne no nos queda.
—¿Qué tiene?
—Pescado. —Los tres se miraron, Jubani entornó los párpados, sabio—. Tenemos dorado, hay buena boga, algo de surubí…
—Boga. Tráigame boga. —El flaco parecía querer terminar pronto con el trámite.
El mozo se retiró. Ellos quedaron en silencio.
—Quédense piolas. Háganse los boludos —recomendó Jubani. De pronto se levantó.
—¿Adónde se fue? —preguntó Rubén, un instante después.
—Habrá ido a mear.
—No, si salió…
Palmucci se encogió de hombros. Al rato volvió el flaco, apurado.
—Vení —le ordenó a Rubén—. Vení un cachito.
—¿Yo también? —dijo Palmucci.
—No. No vengan los dos que no quiero levantar la perdiz.
Salieron y Palmucci se quedó algo inquieto, comiendo un grisín. Pronto volvieron, pero antes Palmucci escuchó que cerraban la puerta del auto. Jubani llegó a sentarse de vuelta excitado, nervioso, con la carpeta de la agencia debajo del brazo. Rubén también se sentó de nuevo, serio.
—Esa antena no es de televisión, querido —le dijo el flaco.
—Parece muy grande…
—¿Dónde viste una antena así? Esa antena es dos veces, tres veces una de televisión común.
—Puede ser un radioaficionado…
—¿Radioaficionado? ¿Y qué, quiere comunicarse con Marte el radioaficionado con semejante antena? Tiene unos tensores gruesos como esta botella…
—¿Qué pasa? ¿Hay una antena? —se interesó Palmucci.
—En el techo. Enorme —dijo Rubén.
—Y, ahora… Vení, Palmucci —ordenó Jubani, parándose.
—¿Yo también voy para afuera?
—No. ¿Vos fuiste al baño?
—Sí, cuando llegamos. Me estuve aguantando de mear en toda esa presentación.
—¿Queda al lado de la cocina?
—Sí, debe ser porque hacía un calor de la puta madre.
—Vení.
Esta vez el que se quedó solo fue Rubén, golpeando suavemente con el extremo de un medio grisín sobre la mesa. Al poco tiempo, los otros dos volvieron.
—Contale qué escuchamos —le indicó Jubani a Palmucci apenas se sentaron.
—Hablaban en…
—Despacio —recomendó Jubani. Palmucci bajó la voz.
—Hablaban en inglés…
—¿Quiénes? —se alarmó Rubén.
—Los mozos —aseveró Palmucci—. Los mozos, en la cocina. El que nos atiende a nosotros y los otros que no vimos. El cocinero debe ser.
—¿Cómo le decían al mozo nuestro? —le incitó Jubani.
—Jerry.
—Jerry —repitió Jubani, mirando a Rubén. En eso llegó el mozo con el pedido y ellos dejaron de hablar. Palmucci canturreaba, Jubani se frotó una ceja y Rubén fruncía los labios como para besar a alguien.
—Y esperá que te muestro algo —dijo el flaco apenas el mozo se retiró. Abrió la carpeta de la agencia, sacó otra pequeña carpeta flexible de plástico translúcido marrón y de allí tomó dos hojas de papel fotocopiado. Jubani pegó una ojeada hacia la puerta de la cocina y puso las dos hojas sobre la mesa.
—«Quién es quién en la CIA en América latina» —recitó, traduciendo un título en inglés. Había textos y tres fotos, no muy bien reproducidas, pero uno de los rostros era claramente identificable.
—Jerry Stophulos Venables —leyó Jubani, en voz baja—. 62 años, nacido en…
—¡El mozo!
—¡Este es el que nos atendió!
Jubani guardó las hojas en la carpeta rápidamente y luego puso la carpeta dentro de la más grande.
—Pero… —dudó Rubén—, ¿vos pensás que ellos sabían que nosotros veníamos acá?
—Los satélites, viejo. Ven todo.
Comieron un momento, en silencio.
—Te digo más… —tragó dificultosamente Jubani—, acá la cosa ya no es simplemente un complot perfectamente orquestado contra el país —bajó aún más la voz—. La cosa es conmigo…
Rubén inquirió con un gesto de la cara, módicamente.
—Yo milité, viejo… —explicó Jubani. Rubén asintió con la cabeza, había entendido.
—Oíme… —dijo Palmucci—, hablemos en voz un poco más alta. No sea cosa que los tipos se apiolen…
—¿Qué tal está el pescado? —elevó considerablemente su voz Rubén.
—Bueno. Muy bueno —casi gritó Jubani.